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Libro PDF El hijo Philipp Meyer

El hijo - Philipp Meyer

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Magno, su última noche de vida mortal, se
escabulló del palacio e intentó sumergirse en el
Éufrates, consciente de que si su cuerpo
desaparecía, su pueblo pensaría que había
ascendido a los cielos como un dios. Su esposa lo
detuvo a la orilla del agua. Lo arrastró de vuelta a
casa para que muriese como mortal. Y la gente se
pregunta por qué no volví a casarme.
Si apareciera mi hijo, preferiría no verme
obligado a soportar su sonrisa de triunfo. Semilla
de mi destrucción. Sé lo que hizo y sospecho que
lleva ya tiempo honrando con su presencia las
riberas del Jordán, porque Quanah Parker, último
jefe de los comanches, no dio muchas
oportunidades al muchacho de llegar a los
cincuenta. A cambio de esa información ofrecí a
Quanah y sus guerreros un búfalo joven, un animal
de primera para que lo matasen a la antigua usanza
con lanzas, en mis tierras que antaño fueran su
cazadero. Uno de los compañeros de Quanah era
un venerable jefe arapahoe, y mientras nos
comíamos el hígado caliente del búfalo según las
viejas costumbres, untado en la propia bilis del
animal, me dio una alianza de plata que él mismo
le quitó del dedo a George Armstrong Custer. En
el anillo figura la inscripción «7.º Cab.». Tiene
una profunda hendidura de un lanzazo, y, puesto
que no tengo un heredero como es debido, lo
llevaré conmigo al río.
La mayoría estará familiarizada con mi fecha de
nacimiento. La Declaración de Independencia que
liberó a la República de Texas de la tiranía
mexicana se ratificó el 2 de marzo de 1836, en una
humilde choza a orillas del Brazos. La mitad de
los firmantes padecía malaria; la otra mitad había
venido a Texas para huir de la soga del verdugo.
Yo fui el primogénito de la nueva república.
Los españoles llevaban en Texas cientos de
años pero no habían llegado a ninguna parte.
Desde Colón habían estado conquistando a todos
los nativos que se les ponían delante y aunque
nunca he conocido a un azteca, debían de ser un
montón de monaguillos remilgados. Los apaches
lipanes pararon a los antiguos conquistadores en
seco. Luego llegaron los comanches. El mundo no
había visto nada parecido desde los mongoles;
ahuyentaron a los apaches hasta el mar,
destruyeron el ejército español y convirtieron
México en un mercado de esclavos. Una vez vi
comanches conduciendo una multitud de aldeanos
por la orilla del Pecos, los había a centenares, del
mismo modo que uno llevaría el ganado.
Tras haber sido derrotado por los indígenas, el
gobierno mexicano concibió un plan a la
desesperada para colonizar Texas. Cualquier
hombre, de cualquier nacionalidad, dispuesto a
trasladarse al oeste del río Sabine recibiría cuatro
mil acres de tierra libre. La letra pequeña se
escribió en sangre. La filosofía comanche respecto
de los forasteros era de una rigurosidad casi
pontificia: torturar y matar a los hombres, violar y
matar a las mujeres, destinar los niños a la
esclavitud o la adopción. Muy pocos oriundos de
los antiguos países de Europa aceptaron la oferta
de los mexicanos. De hecho, no vino nadie en
absoluto. Salvo los norteamericanos. Llegaron en
tropel. Tenían mujeres e hijos de sobra, y al que
venciere le daré de comer del árbol de la vida.
En 1832 llegó mi padre a Matagorda, cosa habitual
en aquellos tiempos si uno consideraba que el
riesgo de morir ante un pelotón de fusilamiento o
de perder la cabellera a manos de los comanches
era la manera que tenía Dios de decirle que había
grandes recompensas al alcance de la mano. Para
entonces el gobierno mexicano, inquieto ante la
horda anglo que crecía dentro de sus fronteras,
había prohibido la inmigración norteamericana a
Texas.
Y aun así era mejor que los Antiguos Estados,
donde a menos que uno fuese hijo del dueño de una
plantación, no podía aspirar más que a las migajas.
Como demuestran los archivos, las clases más
acomodadas, los Austin y los Houston, accedieron
de buen grado a seguir siendo ciudadanos de
México siempre y cuando pudieran conservar sus
tierras. Sus descendientes han librado batallas
propagandísticas para salvaguardar su nombre y
conseguir que se les declare Fundadores de Texas.
En realidad fueron solo los hombres como mi
padre, que no tenían nada, los que llevaron a Texas
a la guerra.
Al igual que todo escocés sano, arrimó el
hombro en la derrota de San Jacinto y después de
la guerra trabajó de herrero, armero y tasador. Era
alto y de trato fácil. Tenía la espalda erguida y las
manos duras, y la gente se sentía a salvo en su
compañía, lo que a la postre resultaba ser una
falsa ilusión para la mayoría.
Mi padre no era religioso, y a él achaco mi
conducta pagana. Aun así era de los que sienten el
aliento del jinete pálido en la nuca. No era
partidario de perder el tiempo. Primero vivimos
en Bastrop, cultivando maíz y sorgo y criando
cerdos, despejando el terreno hasta que llegaron
los nuevos colonos, los que esperaron a que el
peligro de los indios hubiera quedado atrás, y
luego llegaron con sus abogados para recusar las
escrituras y los títulos de propiedad de los que
habían civilizado la región y vencido al piel roja.
Aquellos primeros texanos habían adquirido sus
propiedades con la moneda humana más antigua
que existe y la mayoría no sabía leer ni escribir.
Antes de cumplir diez años yo ya había cavado
cuatro tumbas. El más leve rumor de cascos al
galope despertaba a toda la familia, y para cuando
llegaban las noticias —algún vecino abierto en
canal como un cochinillo en Acción de Gracias—,
mi padre ya había comprobado la munición y luego
él y el mensajero se perdían en la noche. Los
valientes mueren jóvenes: así reza el dicho
comanche, pero también era cierto en el caso de
los primeros anglos.
Durante los diez años que Texas resistió como
nación, el gobierno ansiaba desesperadamente la
llegada de colonos, sobre todo de los que tenían
dinero. Y por medio de algún telégrafo invisible el
mensaje alcanzó los Antiguos Estados: ahora esta
zona es segura. En 1844 llegó el primer forastero a
nuestra puerta: corte de pelo de barbería, ropa
comprada en una tienda, un alazán en el que
hubiera podido montar una dama. Pidió pienso
aunque su caballo se hundía en la hierba. Un
caballo que no comía hierba: nunca había oído
nada parecido.
Dos meses después fue recusado el derecho a la
propiedad de los Smithwick y luego el de los
Hornsby y el de los MacLeod fueron adquiridos
por una miseria. Para entonces había más
abogados per cápita en Texas que en ningún otro
lugar del continente y en apenas unos años todos
los primeros colonos habían perdido la tierra y se
habían visto obligados a ir al oeste de nuevo,
hacia territorio indio. Las clases más nobles que
habían robado las tierras ya estaban urdiendo una
guerra para proteger a sus negros; el Sur sufriría
una maldición pero Texas, una criatura del Oeste,
saldría indemne.
Mientras tanto se lanzó una campaña contra mi
madre, castellana de antigua estirpe, de piel
morena pero facciones delicadas: los nuevos
colonos aseguraron que tenía una octava parte de
sangre negra. Los caballeros de las plantaciones se
enorgullecían de tener ojo para esas cosas.
Para 1846 habíamos cruzado la frontera
colonizada rumbo a las tierras que le fueron
concedidas a mi padre en el Pedernales. Era un
cazadero comanche. Los árboles no habían oído
nunca hacha alguna y la tierra, y todos los animales
que en ella vivían, se veía abundante y hermosa.
La hierba hasta el pecho, la tierra profunda y negra
en las cuencas, y hasta las laderas más abruptas
cubiertas de flores silvestres. No era el lugar árido
y pedregoso que es hoy en día.
Las reses españolas salvajes se atrapaban
fácilmente a lazo: en cuestión de un año teníamos
un centenar de cabezas. También había cerdos y
mustangs al alcance de cualquiera. Había ciervos,
pavos, osos, algún que otro búfalo, tortugas y
peces en el río, patos, ciruelas y uvas cimarronas,
árboles con colmenas y caquis: la tierra rebosaba
de vida tal como hoy en día está podrida de gente.
El único problema era conservar la cabellera en su
sitio.
2
JEANNE ANNE McCULLOUGH
3 DE MARZO DE 2012
Había murmullos y voces quedas, no la suficiente
luz. Estaba en una sala grande que al principio
tomó por una iglesia o sala de tribunal, y aunque
estaba despierta, no sentía nada. Era como flotar
en un baño tibio. Había arañas de luces apenas
iluminadas, leña humeante en la chimenea, mesas y
sillas jacobinas y bustos de antiguos griegos.
Había una alfombra que había sido regalo del sha.
Se preguntó quién la encontraría.
Era una casa grande y blanca al estilo español:
diecinueve dormitorios, biblioteca, un gran salón y
sala de baile. Sus hermanos y ella habían nacido
allí, pero ahora no era más que una casa para los
fines de semana, un lugar para las reuniones
familiares. El servicio no volvería hasta el día
siguiente. Tenía la mente despierta del todo, pero
el resto de su ser parecía desconectado y estaba
casi segura de que alguien más era responsable de
que se encontrara así. Tenía ochenta y seis años,
pero por mucho que le gustara decirles a los
demás que se moría de ganas de cruzar a la Tierra
de Mañana, no era exactamente cierto.
«Lo más importante es un hombre que haga lo
que le digo.» Se lo comentó a una periodista de la
revista Time y la sacaron en la portada, cuarenta y
un años y aún seductora, de pie en su Cadillac
delante de un campo de bombas de extracción de
petróleo. Era una mujer menuda y esbelta, aunque
la gente lo olvidaba nada más conocerla. Tenía una
voz que se hacía oír y los ojos grises como una
pistola vieja o de un azul viento del norte; era
imponente, si bien no exactamente hermosa. Cosa
que el fotógrafo yanqui debió de haber visto. Le
hizo desabrocharse otro botón de la blusa y le dejó
el pelo como si acabara de apearse de un
descapotable. No estaba en la cima de su poder —
eso había llegado décadas después—, pero la
gente empezaba a tomarla en serio. Ahora el
hombre que había sacado la fotografía estaba
muerto. «No va a encontrarte nadie», pensó.
Claro que iba a ocurrir así; ya de niña había
estado sola casi siempre. Su familia era
propietaria del pueblo. Lo de la gente no tenía
sentido, a su modo de ver. Los hombres, con
quienes lo tenía todo en común, no apreciaban su
compañía. Las mujeres, con quienes no tenía nada
en común, sonreían demasiado, se reían más fuerte
de la cuenta y le recordaban en buena medida a
perrillos falderos, sus vidas desperdiciadas en la
decoración de interiores y los atuendos de otros.
Nunca había habido lugar para una persona como
ella.
Era pequeña, ocho o diez años, y estaba sentada en
el porche. Era un día fresco y las colinas verdes se
prolongaban hasta donde alcanzaba la vista,
propiedad de los McCullough, hasta donde
alcanzaba la vista. Pero algo no encajaba: ahí
estaba su Cadillac, aparcado en la hierba, y los
viejos establos, que su hermano no había quemado
todavía, ya habían desaparecido. «Ahora voy a
despertar», pensó. Pero entonces el Coronel —su
bisabuelo— estaba hablando. Su padre también
estaba presente. Una vez tuvo un abuelo, Peter
McCullough, pero desapareció y nadie tenía nada
bueno que decir de él y era consciente de que a
ella tampoco le habría gustado.
«Estaba pensando que igual podías pasarte por
la iglesia este domingo», dijo su padre.
El Coronel era de la opinión de que esas cosas
era mejor dejárselas a los negros y los mexicanos.
Tenía cien años y no le importaba decirle a la
gente que se equivocaba. Tenía los brazos como
baquetas y la cara cubierta de manchas igual que
un viejo cuero de vaca, y decían que la siguiente
vez que se cayera, lo haría directamente en la
tumba.
«Lo que pasa con los predicadores —decía—,
es que si no están cortejando a tus hijas o
comiéndose todo el pollo frito y la tarta de la
nevera, están engañando a tus hijos en algún asunto
de trata de caballos.»
Su padre era el doble de grande que el Coronel,
pero, como señalaba el Coronel cada dos por tres,
era ancho de espaldas y débil de mente. Su
hermano Clint le compró un caballo y una silla de
montar a aquel pastor y debajo de la manta tenía
una úlcera casi del tamaño de una torta.
Su padre la obligó a ir a la iglesia de todos modos,
madrugando para hacer el trayecto hasta

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