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Libro PDF El hombre peligroso – Lawrence Block

El hombre peligroso – Lawrence Block

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Los hombres que trabajan en los escritorios de la Agencia son todos del mismo tipo. Todos son un poquito más altos que el promedio. Usan trajes oscuros, camisas
blancas, corbatas a rayas. Beben whisky escocés con agua o bourbon con agua o, durante el verano, vodka collins. Hacen ejercicio en el gimnasio una vez por semana,
generalmente balonmano o squash. Sonríen mucho, pero no tanto como para ponerte de nervios. Nunca los tomarías por gerentes de ventas o agentes de compras, pero
es posible confundirlos con gente del departamento de personal, lo cual, bien pensado, es parecido. Si has pasado mucho tiempo con ellos, los reconoces de inmediato.
Esto no es una desventaja para ellos, como podría suponerse; no operan bajo encubierta, casi nunca salen de Washington, así que no les importa mucho que se sepa
quiénes son.
Este, en particular, no se alejaba del estándar por más de un punto de porcentaje, o cuando mucho dos. Era algo más huesudo que la mayoría, y yo adivinaría que su
ejercicio semanal consistía en correr a campo traviesa. Me dio un firme apretón de manos, me miró derecho a los ojos al hablar, y su voz resonaba de sinceridad y
definición de propósito. Esto nunca jamás tiene significado.
–Siento que hayamos tardado tanto en procesarlo a usted, Sr. Kavanagh –dijo–. Ya sabe cómo son las cosas, los molinos de Dios y las ruedas de la burocracia.
–No hay problema.
Y no lo había. Me tenían hospedado en el Doulton y pagaban la cuenta allí; no me había sido difícil soportar tres semanas de buena comida y entorno de súper lujo.
No me molesta esperar; la paciencia es tan parte de la vida como la acción.
–¿Está gozando de Washington, espero?
–Seguro.
–¿Y lo tienen cómodo aquí?
–No me quejo.
–Bien.
Esperé a que él dijera algo, y me tardé un minuto en darme cuenta que no lo iba a hacer. Se me ocurrió quedarme mirándolo hasta que él bajara la vista. Pero para qué;
la habitación del hotel era mía, pero la ciudad era de él, jugaríamos según sus reglas. Me estaba esperando, lo cual quería decir que tenía una respuesta para mí, lo cual
quería decir que yo debía hacer una pregunta.
Sonreí con toda la amabilidad que se merecía, e hice tres–: Bueno, ¿adónde voy y a quién veo y cuándo empiezo?
Su rostro se ensombreció luego luego.
–Buena pregunta –dijo–. La cosa, Paul, es que no tenemos nada disponible en este momento, nada adecuado para usted, por el momento no. Como están las cosas
hoy en día . . .
–Espere un minuto.
Se detuvo, me miró.
–Empecemos otra vez desde el principio –dije–. Yo no vine trotando a Washington con un signo de interrogación pintado sobre la frente. Ustedes fueron los que me
llamaron, ¿se acuerda? Ustedes me preguntaron si quería sumarme al equipo. Yo dije que no tenía nada mejor que hacer, y que me sonaba bien, y vine para acá, y pasé
por la rutina de la entrevista, y tomé las pruebas, y no hice olas, y desaparecieron tres semanas, y ahora . . .
–Se le pagará su tiempo.
–Oh, al demonio con eso. Si mi tiempo no vale nada, no me importa si me lo pagan o no.
Me levanté de la cómoda silla y di unos pasos sobre el profundo tapete hacia la ventana con su abrumadora vista sobre el Capitolio de nuestra nación. Atravesé la
mitad de la distancia y me di la vuelta.
–Mire, usted no quiere decir que no hay un empleo disponible. Siempre hay un empleo disponible. Lo que implica es que alguien que quería emplear a Paul Kavanagh
ha cambiado de opinión durante estas tres semanas. Lo que quiero saber es por qué.
–Paul . . .
–Quiero saberlo, y quiero que usted me lo diga. Tal vez quiera ir a otro lado, porque sus gentes han escondido micrófonos espías en este cuarto. Eso está bien,
pero . . .
–No sea tonto. No pusimos micrófonos en el cuarto.
–Entonces todos estamos en un lío, porque en el enchufe de la lámpara ha habido un micrófono de guijarro desde que yo llegué, y . . .
Se puso de pie, diciendo–: Es nuestro.
–Pues claro. Mire, Dattner . . .
–George.
–George. George, yo conozco el juego. La neta verdad es que lo conozco. Lo he jugado y sé cómo va. ¿Comprende?
–Está bien.
–Así que no le pido que lo piense de nuevo, porque en primer lugar usted no tomó la decisión y en seguido lugar estas decisiones no se cambian. Todo eso ya lo sé,
¿está bien? –Asintió con la cabeza –. Todo lo que quiero es una explicación. En algún momento durante estas tres semanas alguien cambió de parecer. Quiero saber por
qué. Conozco mi expediente durante los últimos diez años. Laos, Vietnam, Camboya . . . me saqué buenas notas en todo, y lo sé, y no ha podido surgir recientemente
nada que no estuviera en mi página desde siempre. ¿Correcto?
–Prosiga.
–Bueno, ¿qué más hay? ¿mi expediente civil? No lo tengo. ¿Familia? Puros republicanos de por vida, excepto un tío díscolo que votó por Truman en 1948. De todas
maneras, ya se murieron todos. ¿La universidad? Jamás firmé una petición ni formé parte de un grupo político. Jugué fútbol americano y en las calificaciones mantuve
un promedio de siete punto cinco. Una vez me pidieron que fuera candidato al consejo estudiantil, pero yo no tenía tiempo. Ni ganas. Después de graduarme hice una
prueba para el equipo de los Steelers. No pesaba bastante para jugador profesional. En agosto murió mi padre y en septiembre me enrolé en el ejército. En el
entrenamiento básico llegué a sargento, y me metí a la aviación militar porque le tenía miedo a las alturas y no quería admitirlo. La mitad de los tipos que conocí estaban
allí por la misma razón. Los demás buscaban que los mataran, y algunos lo lograron. Luego estuve diez años allá, y ustedes ya saben todo lo que tiene que ver con eso.
Pude haberme quedado otros diez años, pero todo el mundo se cansa de las selvas, tarde o temprano. Yo me cansé y regresé, y aquí estoy, y . . .
Le volví la espalda, cortando en medio de una oración, y caminé a la ventana. Estaba irritado contra mí mismo. La ocasión no era para esa clase de oratoria. Me estaba
dejando llevar por la ira. Hay veces que vale la pena hacerlo, veces en que una sobrecarga emocional auto-inducida te ayuda a funcionar mejor, pero este momento no era
de esos.
Miré a Washington hasta que se disipó la tensión, luego giré para mirar a Dattner. George. Preguntó si había por aquí algo de beber. Yo tenía en el estante una botella
de whisky escocés más o menos bueno. Le dije que no, pero que podía llamar al servicio de habitación si gustaba. Me dijo que no me molestara.
Regresé y me senté de nuevo. El seguía de pie.
–Es su turno –dije.
–Perdón, ¿cómo dijo?
–Le toca, es su turno. Yo hablé, y ahora puede hablar usted. He estado cuatro meses fuera del uniforme y es inconcebible que en ese lapso haya hecho algo
sospechoso. No me he juntado con comunistas ni agentes extranjeros. No me he juntado con nadie, yo . . . Al demonio con eso. Le toca a usted, amigo. O soy un riesgo
de seguridad o soy un incompetente. Me va a decir cuál de esas cosas soy, y cómo me descubrieron ustedes . . .
Me lanzó una mirada larga y escrutadora y luego dejó que sus ojos se posaron un momento sobre la lámpara del techo donde habían plantado su juguetito. Creo que
lo hizo a propósito.
–Ya le he contado todo lo que tengo autorización para decir –dijo.
–Me doy cuenta de eso.
–Así que . . .
Me tardé un segundo, pero encontré mi línea en el guión.
–No voy a dejar pasar las cosas –dije para cooperar–. Si usted se larga ahora, voy a hacer olas hasta descubrir de qué se trata todo esto. Preguntando a un número
suficiente de personas encuentra uno la respuesta. Puedo preguntarle a mi diputado. Puedo preguntarles a algunos reporteros . . .
Una sonrisota rápida apareció en su rostro pero no se escuchó en su voz.
–Eso no sería bueno –dijo–, yo no . . . Paul, si le cuento lo que sé, ¿dejará pasar las cosas?
–Si tiene sentido.
–No sé si lo va a tener. Tiene sentido, pero tal vez para usted no.
–Haga la prueba. ¿Incompetente? ¿riesgo de seguridad? ¿cuál soy?
–Un poco de cada cosa.
Llegó la ira, una contracción instantánea de los músculos de mis piernas y de mi abdomen. Estaba listo, sabía que iba a llegar, estaba preparado de antemano para
taparla, pero aún así sospecho que se notó algo. Sin embargo, no lo revelé al pequeño espía del techo. Cuando hablé, pronuncié palabras casuales, como si nada.
–Más vale que me lo cuente.
Y así lo hizo.
Yo había tenido razón . . . no era nada en mi expediente militar, nada en los años de universidad, ni en los años anteriores, nada en la historia de mi familia. En verdad, no
era nada que yo hubiera hecho.
Era lo que yo era.
–Le hemos dedicado tres semanas –dijo Dattner–. Sabemos más sobre usted de lo que sabe usted mismo, pero eso no lo sorprenderá. Parte de nuestra investigación
ha sido acerca de su pasado, y esa historia es buena, como acaba de decir. Eso lo sabíamos desde antes de contactarlo, antes de invitarlo a Washington. Si su récord no
fuera perfecto, jamás nos habríamos comunicado con usted. Claro que lo revisamos de nuevo, pero no salió a relucir nada malo. Sin embargo, su récord no es más que la
mitad del cuento. El resto de nuestra investigación fue sobre lo que es usted ahora, no lo que ha sido y hecho en el pasado. Allí es donde encajaron las entrevistas y las
pruebas. Todos esos formularios que llenó tenían un propósito. ¿Sabe mucho sobre las pruebas?
–Sólo que ya tomé bastantes para toda la vida.
–Ajá. ¿Sabe lo que están diseñadas para descubrir?
Me encogí de hombros.
–Si estoy loco o no, supongo. Las pruebas políticas fueron bastante obvias, aunque se me hace que podría uno pasarlas a base de fingimiento . . .
–No tan fácilmente como podría pensarse.
–Tal vez no. No soy experto. Las otras, déjeme pensar. Había exámenes físicos que de seguro pasé, todo desde la salud y la coordinación hasta los armamentos y la
destreza en el combate sin armas. Sé que en eso salí bien. Y había una parte psicológica, preguntas como que si creo que me persiguen unos hombres pequeñitos. Hace
un año hubiera respondido que sí, porque en realidad me perseguía todo un pelotón de hombres morenos pequeñitos, pero no se trata de eso, ¿verdad?
No sonrió. Parece que no fue un buen chiste.
–Supongo que esa prueba muestra problemas de personalidad –añadí–. Homosexualidad, esa clase de cosas. O locura completa. ¿Y qué más había? Pruebas de
cociente intelectual, en las que de seguro salí bastante bien, y pruebas para medir relaciones espaciales y aptitud mecánica. Una vez me dieron una llave para que la
armara, una llave de agua. Si es por esa que no me dejan entrar . . .
–No.
–Porque siempre aspiré a ser plomero, y . . .
Prendió un cigarrillo.
–Había otras pruebas –dijo –. A veces le estaban haciendo pruebas sin que usted lo supiera. Sus reacciones emocionales mientras lo hacían esperar, ese tipo de cosas.
Los psicólogos son una bola de solapados.
Miró a su alrededor buscando un cenicero; me levanté y le busqué uno.
–En realidad –prosiguió–, un psicólogo le podría explicar todo esto mejor que yo. Pero yo estoy dispuesto a hablar con usted, y ellos no, así que no se enoje conmigo
si sueno algo impreciso. No es mi terreno.
Le dije que eso era bastante justo. Me dijo que él sólo podía darme la idea general en términos legos, y le dije que los términos legos eran los únicos que yo entendía.
Se relajó en su silla, apagó su cigarrillo y yo esperé, sin sentirme muy seguro de querer oír lo que me iba a decir.
–Las pruebas de personalidad –dijo finalmente–, son considerablemente más sofisticadas de lo que podría pensarse. Por ejemplo la que mencionó, la de las preguntas
sobre los hombres pequeñitos que lo persiguen. Esa es la IMFM . . .
–¿Eso qué quiere decir?
–La Quién-Sabe-Qué-Madres Multifásica de Minnesota. Descubre muchas condiciones emocionales, desde la histeria y la paranoia hasta no sé qué tantos. Aun
sabiendo cómo funciona, es muy difícil engañarla. Ha estado en uso general durante muchos años . . .
–La tomé hace dos meses.
–Ajá. ¿Solicitud de empleo?’
Asentí–: Solicité una docena de trabajos diferentes. Posiciones de ejecutivo de empresa. Algunas compañías me querían, pero nadie me ofreció algo que me
emocionara. Una de las compañías me hizo esa prueba.
–¿Le ofrecieron empleo?
–Todavía no he sabido de ellos.
–No creo que lo contraten.
–¿De veras?
Hizo que sí.
–Su perfil IMFM no va ser lo que están buscando.
–¿Qué soy? ¿Histérico o paranoico?
–Ni lo uno ni lo otro. Pero tampoco es hombre de empresas.
–Prosiga.
Pensó durante un rato y finalmente dijo–: En realidad no tengo el vocabulario para hacer que funcione esto. Había, oh, no sé cuántas pruebas. No tendría caso repasar
cada una y explicar lo que hacía y cómo salió usted en ella. Sólo puede hacer una especie de resumen de lo que descubrimos. Y puedo decirle que el síndrome, el patrón
de personalidad que surgió, no es poco usual. No para una persona con sus antecedentes. Dije antes que usted es un riesgo a la seguridad y un incompetente. Por un
momento creí que me iba a dar un puñetazo. –Admití que el impulso había sido bastante fuerte –. Tal vez se lo pueda aclarar, pues. Nuestras pruebas muestran que no
está altamente motivado en alguna dirección en particular. En otras palabras, no hay nada que desee intensamente. No codicia un millón de dólares, no tiene hambre de
poder, no arde por alguna causa social o política . . .
–¿Eso es malo?
–Déjeme terminar. A final de cuentas, quiere decir que no hay nada que le importe mucho, nada más allá de cumplir con el trabajo que tenga entre las manos, vivir una
vida razonablemente cómoda, y mantenerse vivo.
–¿Y eso quiere decir que estoy loco?
–No. Quiere decir que está demasiado cuerdo.
–Ya me perdió.
–Me lo temía –suspiró–. Según lo dicho hasta ahora, usted parecería un candidato perfecto para nosotros. –Se me había ocurrido la misma idea–. Hará lo que se le
ordene, no permitirá que la ambición personal lo descarrile, no tiene debilidades obvias que un enemigo pudiera explotar. Hasta este punto, suena como la descripción
perfecta de uno de nuestros agentes.
–O de un robot.
–Recuerde que dijo eso. Es relevante –tomó otro cigarrillo, pero no lo prendió–. Para continuar . . . tiene la falta de motivación que se necesita para el perfil perfecto.
Pero nuestros hombres tienen algo más, algo que los hace funcionar de manera competente, algo que evita que sean riesgos de seguridad. Se trata de un fuerte anhelo de
servir a su patria.
Se me ocurrieron mil cosas al mismo tiempo, y no dije ninguna.
–No porque sean patriotas de nacimiento y usted no, Paul. La razón no es por lo general muy bonita. Algunas veces (muchas, francamente) es porque son
homosexuales latentes que necesitan validarse como hombres. Y no siempre latentes, tampoco; algunos de nuestros mejores hombres son, bueno, olvídelo.
–No se aleje del punto.
–Ajá. El punto, supongo, es que tienen que servirnos. A nosotros. A la nación, a la Agencia misma, poco importa a cuál. Si son robots, los controles que los manejan
están aquí en Washington. La Agencia tiene un papel vital en sus vidas, de padre o madre o hermano o lo que sea. Harán todo lo que se les ordene.
–Y yo no lo haría.
–No, usted no lo haría. Hace diez años lo hubiera hecho, pero ahora no, y esa es la diferencia.
–No entiendo.
–Claro que no, carajo. –Se frotó la frente con la yema de los dedos, preocupado–. Bien, veámoslo desde otro punto de vista. ¿Honestamente piensa usted que
ingeriría una pastilla negra? –Me le quedé mirando fijamente–. Una píldora mortal. Cianuro en el hueco de un diente, un cápsula letal cosida bajo la piel, lo que sea.
Supongamos que descubren su coartada, lo capturan y lo someten a interrogatorio. La única manera de evitar que el enemigo lo exprima es sacándose usted mismo de la
jugada. ¿Usted lo haría?
–Supongo que sí.
Sacudió la cabeza. –Si realmente piensa así, está usted equivocado. No se lo puedo comprobar. Es cierto, de cualquier manera. Usted no lo haría. Ni soportaría una
larga tortura. No me interrumpa, Paul. Aún desde antes de ser torturado, usted se daría cuenta de que tarde o temprano tendría que hablar, y sabría que tendría sentido
el haber hablado rápidamente, evitando así un dolor innecesario. Cantaría como una soprano.
–No lo puedo creer.
–¿Debo callarme ahora?
–No hasta que me haya dicho algo que tenga sentido para mí.
–Bien. Tal vez esto ayude. Usted no soportaría el ser torturado y siendo razonables, no se suicidaría. O lo pensaría con cuidado y se daría cuenta de que simplemente
no valdría la pena, de que no tendría sentido. ¿Porqué morir para evitar que los chinos averiguaran algunos cuantos datos que muy probablemente no les servirían casi de
nada? ¿Para qué perder un brazo o un ojo, o una noche de sueño y eventualmente hablar de todos modos? Y, yendo un paso adelante, ¿Porqué dejarse matar cuando
podría protegerse convirtiéndose en agente doble? Hace diez años podría haber concluido que un hombre, en efecto, podría perder la vida al saltar de un avión, y esa
corazonada lo hubiese mantenido lejos de las brigadas de paracaidistas.
–Yo saltaría mañana mismo, Hoy, si usted lo desea.
–Porque ya no le teme a las alturas.
–¿Y?
–Es verdad que no le tiene miedo a las alturas y al mismo tiempo ha pasado por un cambio emocional. En cierto sentido ha perdido algo, pero existe otra forma de ver
las cosas. Podría decir que ha ganado algo, que ha madurado y ha aprendido a pensar por sí mismo.
–¿Y eso qué tiene de malo?
–Será bueno para usted y malo para nosotros.
–¿Porque he aprendido a cuidarme a mí mismo? Eso es lo que hicimos en esas selvas amigo. Éramos un grupo de soldados mercenarios cumpliendo con nuestra
misión.
–Pero se enlistó y se quedó allí.
–Lo disfruté.
–Y regresó diez años después.
–Dejé de disfrutarlo.
–Piénselo y verá que es mucho más que eso, diablos. Se ha convertido en un hombre con el cual no podemos contar, eso es todo. Olvídese del asunto de la tortura,
olvídese de la píldora negra que no ingeriría. Las cosas van más allá. Se tocan puntos que serían mucho más adecuados que la autodestrucción. Supongamos que le
ordenáramos que fuera a un país hostil a asesinar a un líder político.
–Lo haría.
–De acuerdo . . . lo haría. Pero vayamos más lejos, supongamos que le ordenáramos que fuera a un país neutral y asesinara a un político partidario de occidente para
que el gobierno tomara represalias en contra de los comunistas. El papel de usted sería el de unirse al personal de este hombre, convertirse en su amigo y después
asesinarlo y culpar a los comunistas de ello.
–Ustedes no hacen las cosas de esa manera.
Miró al techo. –Digamos que no. Pero supongamos que un día nos decidiéramos a ello, y lo escogiéramos a usted para este trabajo. Usted conocería a este hombre y
le agradaría, y decidiera entonces que él es importante para el futuro de su país. ¿Entonces qué?”
Me sentí atrapado. –Es una pregunta estúpida –le dije.
–Responda.
–Lo pensaría, yo . . .
–Lo pensaría. Deténgase. Cuando le pidieron que borrara del mapa a las guerrillas en Laos, ¿se detuvo acaso a pensar quiénes eran ellos y qué era lo que estaban
haciendo?
–No es lo mismo . . .
–¡Cómo no va a ser lo mismo, carajo! –Sus palabras fueron casi un grito y se vio obligado a bajar la voz a su volumen normal. Esto me divirtió. Yo era quien debiera
de estar molesto.
–Disculpe –dijo–. Pero sí es lo mismo. Un agente eficiente es como un soldado eficiente. Debe hacer lo que se le pide, ni más ni menos.
–En ocasiones, un soldado debe usar su propio juicio.
–Pero solamente cuando se le ordena a hacerlo. El resto del tiempo, carece de juicio propio. Sólo obedece órdenes.
–Como un buen soldado alemán.
–Precisamente.
–Como cuando la Brigada Ligera se metió en una misión suicida e inútil, sólo por obedecer órdenes.
–Esa es la idea.
–Y yo no haría eso.
–No, Paul. Usted se pondría a reflexionar. Haría un drama, lo pensaría y lo meditaría cuidadosamente. A un nivel básico, esto lo volvería a usted ineficiente. Sería
demasiado lento y objetaría a ciertas órdenes. Esto es bastante serio, tarde o temprano acabaría haciendo mal las cosas y se cuestionaría las reglas. Lo razonaría y llegaría
un momento en el que estaría en desacuerdo con el plan de acción, y acabaría estropeándolo intencionalmente o se rehusaría a ponerlo en práctica. Podría llegar incluso a
la cuidadosa y racional conclusión de que el mundo funcionaría mejor si ayudara al otro bando . . .
–Traición, en otras palabras.
–Si usted quiere. Si hace diez años yo lo hubiera llamado traidor, usted no lo hubiera tomado tan calmadamente. La palabra misma, el concepto, le hubiese enfurecido.
Un hombre capaz de soportar con calma el nombre de traidor es capaz de serlo.
–Espere un momento.
–¿Qué?
–Bueno, yo tampoco soy psicólogo, maldición, pero ¿no es esto un tanto teórico? Lo que usted está diciendo es que no puede emplear a nadie que haga uso de su
cerebro . . .
–Está usted equivocado. Necesitamos gente inteligente.
–¿Entonces qué?
–Es la forma de utilizar el cerebro. Necesitamos a un hombre con un corto circuito cerebral cuyo proceso de pensamiento independiente pueda ser desviado. Esto
suena un tanto ridículo.
–Pero . . .
–Sí, claro. –Estuve de acuerdo–. Pero todo esto suena como si hubiera sido formulado por una computadora. No me lo trago.
Estaba sonriendo, pero su sonrisa era diferente. –Sí, sí se lo traga, de hecho ya lo ha aceptado. Usted sabe hacia dónde voy, lo acepta y lo único que puede
argumentar es que es teórico, que así no funcionan las cosas en la práctica. Pero usted lo sabe bien, pobre tonto.
Esta vez encendió el cigarrillo. –Entrevistamos a muchos hombres de su posición, hombres con su mismo historial. Rechazamos a un gran número de ellos, porque
hemos tomado nota de nuestros fracasos a lo largo de los años, llegando a comprobar lo que usted ahora describe como teoría. Hemos analizado a los desertores y a
quienes metieron la pata, los hemos fichado y sabemos muy bien cómo poner a prueba a nuestros prospectos. ¿Sabe qué otra cosa hacemos? Periódicamente
examinamos a nuestros hombres en campaña. No tengo ahora las cifras, pero un alto porcentaje de ellos acaban fallando tarde o temprano. Dan el paso necesario y
conquistan la fuerza que los hizo eficientes al principio, y en algún momento aprenden a pensar. Entonces los colocamos frente a un escritorio en Washington, o de
plano los retiramos.
–Porque pueden pensar.
–Sí.
–Porque han madurado, tal vez.
–Más o menos. –La sonrisa otra vez–. Ellos maduran, Paul. Maduran y ya no pueden mezclarse con los jovenzuelos. Dejan de creer en las hadas, y después ya no
pueden volar. No pueden volar.
Me dirigí al estante y saqué la botella de whisky. No se molestó en recordarme que un rato antes, yo había negado que la tenía. Serví dos tragos, les agregué agua. Le
pregunté si quería que pidiera hielo, pero me dijo que no era necesario. Le ofrecí su bebida. Bebí un sorbo yo también y recordé que aproximadamente un año antes, yo
hubiera de hecho, reaccionado a una conversación semejante a esta emborrachándome a fondo. Pensé en embriagarme ahora, pero me di cuenta de que no tenía caso. Fue
entonces que empecé a comprender que él tenía razón.
Rompió el silencio preguntándome qué pensaba sobre ello ahora. ¿Le creía?
–Tendré que pensarlo.
–Sí, claro. Existen dos respuestas . . . No y Tendré que pensarlo. Que significa Sí.
–Tal vez.
Al cabo de un rato dije–: ¿Qué hago ahora? ¿No existe alguna ranura abierta entre ustedes por la cual un filósofo pudiera ser de utilidad?
–No. En principio, usted no está particularmente calificado para realizar trabajos de oficina. Y en cualquier cosa que usted hiciera, querría dictar las normas. De un
modo o de otro.
–¿Entonces? Eso significa que no soy un sujeto digno de ser empleado a los treinta y dos años de edad. Fantástico.
–Existen muchos trabajos de tipo civil . . .
–Pensé que usted había dicho que tampoco pasaría sus pruebas de personalidad.
–No todo mundo las exige. Y no todas las compañías buscan lo que nosotros estamos buscando. Al respecto, existe un libro sobre cómo triunfar en esos exámenes.
No competirán con los nuestros, pero lo sacarán adelante en el procedimiento rutinario de exámenes corporativos.
–En cuanto a eso concierne, he recibido ofertas de trabajo.
–Desde luego.
–Algunas muy buenas. Buen dinero, trabajo razonablemente sencillo . . .
–Bien.
Miré fijamente a la alfombra. –Las rechacé todas cuando ustedes me llamaron. Jamás lo pensé dos veces. A ese grado me emocionaron.
–Quizá un negocio propio . . .
–Seguro.
–Si tiene capital, o dinero ahorrado.
–Lo he considerado. No es lo mío.
Más silencio. Se levantó y fue al baño. Miré mi copa intentando encontrar una buena razón para terminarla. No pude. Volvió, caminó hacia a ventana. Estaba
anocheciendo. Volvió y se sentó otra vez.
Dije–: Supongo que me tiraré en la playa hasta que se termine mi dinero. Después tendré que encontrar un trabajo.
–Sí, claro.
–Mmmm.
–Muchos tipos con sus habilidades encuentran trabajo. Seguro sabe a qué me refiero.
–¿Mercenarios?
–Desde luego, y no me diga que no lo ha considerado. Si extraña la aventura, allí es donde la encontrará. África no es tan diferente al sudeste asiático, ¿no es verdad?
–Probablemente no.
–Y los reclutadores en Johannesburgo y Salzburgo no utilizan la IMFM. Tampoco esperan ninguna lealtad de su parte. Usted se encontraría bien allí.
–¿Del lado de quién?
–¿Qué diferencia hace?
–Oh, tiene usted razón.
Otro silencio. Terminó su trago y se levantó abruptamente. –Supongo que es todo –dijo–. Siendo francos, hubiese preferido ahorrarme toda esta plática. No estoy tan
seguro de que usted habría armado un escándalo. Muchos rechazados que desean obtener una respuesta dicen que acudirán a sus congresistas o a la prensa. No muchos
lo intentan, pero me pareció que valía la pena calmarle los ánimos. Si le conté algo que usted hubiera preferido no escuchar, lo siento pero así es la cosa.
Si realmente lo sintiera, pensé, entonces sus días en la Agencia estarían contados. Enseguida rectifiqué. Realmente lo lamentaba, pero dejaría de importarle en cuanto
cruzara la puerta. Una vez que dejara de lamentarlo, se sentiría liberado.
Le acompañé a la puerta. No nos dimos la mano, aunque él parecía listo para hacerlo. Yo no tenía nada en su contra, pero tampoco nada a su favor. El solamente
estaba cumpliendo con su trabajo, ¿verdad?
DOS
Dos horas más tarde, abordé un jet para Nueva York, y dos horas después, me encontraba en mi habitación en un hotel de la calle 44 Oeste. Era todo un bajón
comparado con el Doulton, pero pagué mi propia cuenta y me sentí mejor así. Revisé mi correo, que incluía ofertas de trabajo, solicitudes para entrevistas y de parte de
la compañía que me había aplicado la IMFM, una explicación diciéndome que de momento no había nada para mí.
A la mañana siguiente me dirigí a Brentano y compré un libro llamado Cómo Triunfar en las Pruebas de Personalidad. Ese era el título realmente. Leí un poco más de
la tercera parte del libro antes de botarlo. Después me puse a escribir a varias compañías, explicándoles por qué no podía aceptar un puesto en este momento. Escribí
cuatro o cinco cartas antes de que se me ocurriera que hubiera podido obtener los mismos resultados sin haberlas escrito siquiera. Destruí las cartas que había escrito, y
las tiré junto con las cartas de las compañías.
Una noche, asistí a una obra de teatro, pero me retiré después del primer acto. Era una comedia, y era descorazonador ser la única persona del público que no se reía.
También fui a ver varias películas. Me hice de algunos libros baratos pero casi no terminé ninguno. Las historias de guerra eran poco veraces. Las de misterio eran un
poco mejores, pero no me interesaban gran cosa. Las peores eran las abultadas novelas, con sus citas en la portada que explicaban con cuánta frescura éstas se habían
sumergido en el tejido de la sociedad moderna.
No comprendía a los personajes. Eran todos tan triviales, con sus nimios problemas maritales y profesionales. Tal vez me hubieran interesado más de haber tenido
una carrera o un matrimonio propios, pero tenía mis dudas al respecto. Lo más relevante de cada libro que leía, era que me parecía que las personas no podían
comunicarse entre sí. Decidí que todos deberían aprender el Esperanto, y me deshice de los libros, uno a uno.
Las películas eran igual de tontas, pero no tenía que leerlas. Sólo tenía que permanecer sentado mientras sucedían.
No hacía yo gran cosa el resto del tiempo. Había un televisor en mi habitación. Pedí que me fuese retirado a cambio de un radio, enseguida me trajeron un pequeño
radio AM-FM, diciéndome que podía conservar el televisor de todos modos, nunca lo encendí. A veces escuchaba música en la radio, pero la mayor parte del tiempo
olvidaba encenderlo, así que bien podía haber vivido sin él también.
No tenía yo a quién llamar.
Una noche, me ligué a una joven en el elevador. ¿Dónde más podría haber conocido a una mujer? A ésta se le rompió un tacón al pisar entre el piso y el elevador. Nos
pusimos a conversar mientras yo liberaba al tacón de la ranura, y nos decidimos a cenar juntos, Subió a su habitación a cambiarse de zapatos y cuando regresó le invité
un tempura en un sitio japonés que quedaba a una cuadra. Dejamos nuestros zapatos en la entrada y nos sentamos en las esteras, yo hablé de las licencias militares en
Tokio. Ella me preguntó si las mujeres japonesas eran tan maravillosas como se supone lo son, lo cual estableció el programa de la velada. Sugerí que fuéramos a un club
nocturno, ella dijo que debía cambiarse de ropa, y cuando volvimos al hotel descubrí que ella era mejor de lo que yo sospechaba. No teníamos que ir a ningún lado antes.
Nos fuimos a su habitación, ella sacó una botella y dos copas, y nos fuimos a la cama.
Ella era alta, lo cual me agrada. Tenía buena pierna y un trasero bien formado, sus senos eran pequeños pero verdaderos. Cabello castaño con muchos destellos
rojizos, un cutis terso y un bello rostro. En realidad no había nada que objetar en ella. Nos besamos y nos abrazamos brevemente y nos metimos en la cama, pero el
estúpido soldadito se rehusó a erguirse.
Esto solamente me había sucedido una vez, sin contar las inevitables ocasiones en las que el alcohol había suprimido mi lujuria. Sólo en una circunstancia el viejo
soldado había bajado las armas en el lejano pasado. En ese entonces yo me había sentido enojado, aterrorizado, apenado e irremediablemente avergonzado, cuatro
emociones que persistían hasta que alguna otra noche, alguna otra joven me aseguraba que aún era yo un hombre.
Pero ahora yo no era nada de esto y lo que realmente me molestaba era la ausencia de reacción; de pronto me encontraba yo, no sólo impotente sino evidentemente
resignado, y era a esa resignación a la que me resistía.
Me disculpé, más por su autoestima que por la mía. Malaria, le dije; había yo sufrido un ataque hacía solo dos noches, y ésta era una consecuencia frecuente, un
efecto colateral casi inevitable que en realidad no existe, ni sucede, pero me mantuve tan calmado y seguro de ello que era imposible que ella no lo creyera. Dijo que
podríamos intentarlo en otra ocasión, pero sentí que era poco caballeroso dejarla así. Ella me agradaba. Así que me puse en acción con un órgano menos caprichoso que
el viejo guerrero lleno de cicatrices.
Ella deseaba devolverme el favor, malaria o no malaria, y resultó que era sorprendentemente hábil para esos menesteres, a tal grado, que sucedió la reacción adecuada
y así pude concluir con los procedimientos de acuerdo a la manera usual. Me desempeñé de manera aceptable, mas no excepcional, y si ella lleva un diario, supongo que
no merecí más allá de un 7.
–Ves –me dijo más tarde–. Puedo curar la malaria.
–Eres mejor que la quinina.
–Tal vez me convierta en enfermera del ejército.
–Tal vez vuelva a enlistarme.
–No lo creerás, pero nunca lo había hecho antes. No pensé que tú lo harías. No siempre lo hago, sin embargo, cuando lo hago no siempre lo disfruto y . . .
–Mira Sharon . . .
–Lo que quiero decirte es que realmente me gustas –dijo torpemente, mientras una lágrima recorría su linda mejilla–. ¿Te parecen bonitas mis mejillas? En verdad,
Paul, me dejo llevar demasiado por el candor. La honestidad puede ser desconcertante, ¿no crees? Tengo veintinueve años, me divorcié hace poco más de tres años. No
soy una zorra, no diría que lo soy, aunque tú podrías pensarlo, y creo que eso no me gustaría para nada.
–No seas tonta.
–Bien, trabajo como secretaria en un bufete de abogados in Milwaukee, y ahora me encuentro de vacaciones, que terminan este domingo cuando vuele de regreso a
casa. No estoy enamorada de nadie en este momento, ni siquiera de ti, aunque podría llegar a estarlo si las cosas marcharan bien. Quedan tres, no, cuatro noches de aquí
al domingo, y me encantaría si quisieras que las pasara contigo, pero si no es así creo que soportaría el inevitable golpe a mi autoestima. No digas nada por ahora. Este
pequeño discurso no ha sido una pregunta. Fue para que supieras quién soy. Creo que la gente debe de conocerse antes de hacer el amor por segunda ocasión. También
pienso que deberíamos hacer el amor una segunda vez. ¿Cómo va tu malaria?
Hicimos el amor otra vez, y evidentemente mi malaria parecía haberse curado. Mejoré mi nota de 7 a 9 y todo fue realmente muy lindo. Ella pronto se quedó
dormida. Me vestí y descendí dos pisos a mi propia habitación, me desvestí y me metí en la cama, pero no pude dormir.
Decidí que si nos viéramos las próximas cuatro noches estaría bien, y que si no la volviera a ver nunca, también estaría bien. Me pareció que debía de decidirme por
una cosa o la otra. También me di cuenta de que ella era la única mujer con quien yo había estado desde que había vuelto a los Estados Unidos. Esto también me
impactó.
Cuando salió el sol, fui a ver a un agente de ventas en la 5ª y pregunté por las tarifas de vuelos a Rodesia y Sudáfrica. Salían más caros de lo que yo supondría, pero el
dinero no era problema. Si hubiera querido, podría haber contratado un avión privado. Entre pagos atrasados, bonos gubernamentales y el seguro de mi madre tenía yo
unos veinte mil dólares.
Pasé la tarde en el cine. Después intenté decidir si debía o no volver a ver a Sharon. Me era imposible decidir qué era lo que yo prefería, por lo que intenté determinar
que sería lo mejor para ella, si estaría más dolida si me despidiera para siempre de ella ahora o dentro de cuatro días. Decidí que era imposible saberlo, y que para el
caso, en realidad me importaba muy poco si la lastimaba o no, así que decidí pensar en otra cosa.
Fui a algún lado a tomar café. Pensé en convertirme en un mercenario blanco en un oscuro rincón de África, y lo único que se me ocurrió era que se trataba de una
buena idea, y me pareció el mejor argumento a favor y en contra, todo al mismo tiempo. Lo que más deseaba era tener algo que hacer, y al mismo tiempo era lo que
menos deseaba. Sospeché que George Dattner no me había dicho toda la verdad. Era obvio que la IMFM había revelado que yo era un psicótico.
Regresé al hotel. Esa noche invité a Sharon a un restaurante de carnes en la 3ª Avenida. Más tarde fuimos a un club de jazz y bebimos algo dulce con tequila, no
recuerdo qué. Después nos fuimos a su habitación, donde los dos obtuvimos un diez.
Al otro día consulté la sección amarilla del directorio, buscando a un psiquiatra para poder hacer una cita para el día siguiente. Esa noche Sharon y yo fuimos al
teatro, cenamos tarde en un restaurante kosher y después hicimos el amor.
Al día siguiente había una película que me interesaba ver, así que falté a la cita con el psicólogo. No le llamé. Cuando volví al hotel me encontré con un mensaje de su
consultorio. Lo tiré. Sharon cenó con una vieja amiga. Nos encontramos más tarde, conseguimos una copia de Cue y no se nos ocurrió nada qué hacer, así que nos
fuimos a su habitación. Me dijo que todo el personal del hotel parecía encantado con nuestro romance, y yo comenté que quizá querrían usarnos para su publicidad.
Nos metimos en la cama y yo permanecí sentado toda la noche intentando comprender cómo era posible que yo pudiera pasar tanto tiempo haciendo el amor
apasionadamente con una mujer tan magnífica y no disfrutarlo. No lo deseaba de antemano ni saboreaba su recuerdo. Era algo que yo hacía, como respirar simplemente.
El día siguiente era el último con Sharon, así que fuimos a un restaurante fino y a un exclusivo club nocturno, asistimos a un ostentoso espectáculo, ninguno de los
dos nos atrevimos a decepcionar al otro admitiendo que era aburridísimo. Soportamos una coreografía de danza y a un cantante. Cuando apareció el cómico observé que
ella tampoco se reía. Le dije–: ¿Por qué no nos vamos? –y ella respondió–: Creí que nunca lo dirías. Puse demasiado dinero sobre la mesa y nos levantamos, pasando
directamente enfrente de la orquesta justo al momento en que el pobre payaso llegaba a la culminación de un chiste. Demostró que también podía ser grosero,
abandonando su broma e insultándonos. Sharon lo mandó al carajo.
Ya afuera ella me dijo que casi no podía creer lo que había dicho. –Olvídalo –le dije. En estos momentos él les está diciendo que ha sido la mejor oferta que ha recibido
en toda la noche y todo mundo se está riendo nerviosamente. Tomemos café.
Mientras bebíamos café ella habló de Milwaukee. Mencionó a su hija, de quien yo no había oído hablar hasta ahora. Dijo que la había dejado con su madre, que
tampoco había mencionado antes. También habló de su jefe; implicando tal vez que él era casado y que ella se acostaba con él y que lo hacía sobre todo por la simple
razón de que él estaba allí. Nunca dijo esto del todo, pero yo jamás lo hubiera inferido si ella no lo hubiese deseado así.
Después subimos a su habitación y concluimos que el espectáculo tal vez no había estado tan malo como nos lo había parecido a los dos, después nos fuimos a la
cama pero ninguno de los dos estaba de humor. Nos preparé unas copas y conversamos.
Casi llegué a abrirme con ella. Hablé un poco de mis años en las Fuerzas Especiales, y un poco más sobre lo que había yo hecho después de ser dado de baja.
Después hablé un poco sobre lo que planeaba hacer. O no hacer. Hablé menos de lo que podía haber hablado, pero me parece que ella entendió más de lo que yo pude
decir. Al cabo de un rato nos dejamos de chismes y hablamos de todo un poco, durante horas, y acabamos haciendo el amor después de todo.
Nunca conciliamos el sueño. Su avión salía a las diez y ella no quería que la llevara al aeropuerto. No discutí con ella. Se estaba volviendo muy difícil evitar hablar de
lo nuestro y de un posible futuro juntos. Ninguno de los dos había tocado el tema, pero tarde o temprano alguno de los dos podría llegar a hacerlo y eso parecía una
mala idea. La observé mientras hacía su maleta. A las ocho ella bajó a pagar su cuenta y yo me fui a mi habitación.
Desde las diez, cuando su avión debía de despegar, hasta las tres, mucho tiempo después de que debió de haber aterrizado, mantuve encendido mi radio. Estaba
absolutamente convencido de que su avión se estrellaría y no podía decidir si esto significaba que me sentía aterrorizado de perderla o si deseaba que el avión se
estrellara. Después decidí que ambas cosas eran lo mismo, y pensé que si hubiera asistido a mi cita con el psiquiatra esa hubiera sido una de las preguntas que yo podría
haberle hecho. Pero claro que la cita hubiera tenido lugar antes del vuelo, y . . .
Permanecí despierto todo ese día domingo, toda la noche y casi todo el lunes también. Pasé la mayor parte del tiempo caminando. Ordené algunos alimentos pero casi
no pude comer. En las primeras horas de la tarde del lunes le escribí una larga carta diciéndole que la amaba y que quería casarme con ella, adoptar a su hija y conseguir
un empleo prometedor. Utilicé un montón de hojas con el membrete del hotel. Después entré en pánico pues me di cuenta de que no tenía su dirección, pero recordé que
podría obtenerla de la tarjeta de registro del hotel. Decidí hacerlo de inmediato, pero antes me estiré sobre la cama por unos momentos para imaginar cuan maravillosa
sería nuestra vida juntos, entré en paz conmigo mismo y dormí durante veinte horas.
Desperté bañado en sudor, seguro de que había enviado la carta. La busqué sobre el escritorio pero no la encontré y estaba seguro de que algún miembro del personal
del hotel la había encontrado y la había enviado por mí. Llamé al ama de llaves y estoy seguro de que la convencí de que estaba loco. La carta estaba sobre la cama. La vi
allí y colgué el teléfono. Me conseguí una cajetilla de cerillos y la quemé hasta el último pedazo. Ni siquiera me permití leerla, sólo quemé cada una de las páginas y las
eché por el retrete.
Otra vez recorrí la sección amarilla en busca de un psiquiatra, pero me di por vencido y aventé el directorio al otro lado del cuarto. Si concertara una cita, no cumpliría
con ella o la olvidaría. Tal vez extraviaría la dirección o perdería el tren, o cualquier cosa.
La realidad es que yo no era de fiar. No entendía mi propia mente y no podía hacerlo pues mi cabeza se encontraba en demasiados lugares al mismo tiempo. He visto
a hombres paralizarse en combate, siendo atacados por la derecha y por la izquierda al mismo tiempo, absolutamente incapaces de responder a los ataques en cualquiera
de las dos direcciones, permaneciendo estúpidamente parados en sus puestos hasta ser derribados por las balas. Ahora entendía cómo se sentían. Yo era peligroso, para
mí mismo y para cualquiera que estuviera cerca de mí. Era necesario que estuviera a solas en alguna parte hasta que las cosas se calmaran.
No hagas nada, pensé.
Tres palabras perfectas, que todo lo respondían. ¿Ver a Sharon o no ver a Sharon? No hacer nada. ¿Conseguir empleo, o no conseguir empleo? No hacer nada.
¿Unirme a un ejército de mercenarios? No hacer nada.
Cambié a efectivo todos mis bonos gubernamentales, retiré todo mi dinero de varios bancos que lo custodiaban. Me compré un cinturón porta dinero en Abercrombie
ft Fitch y le metí 193 billetes de cien dólares, junto con mi baja, mi acta de nacimiento y mi diploma. Lo puse bajo mi ropa y me propuse nunca quitármelo, ni siquiera
en la ducha. Quería llevarlo todo conmigo a donde fuera.
Después empaqué en una maleta todo aquello que me parecía importante y le pedí al botones que hiciera lo que quisiera con el resto. Pagué la cuenta del hotel y tomé
un taxi hasta Idlewild
Hubiera salido más barato tomar el autobús desde la terminal, pero estaba seguro de que algo saldría mal si no llegaba al aeropuerto lo antes posible. Lo único que
había decidido hasta entonces, era que me gustaría irme a algún lugar cálido; ya estábamos en octubre y no quería comprar ropa de invierno. Para cuando llegué al
aeropuerto ya me había decidido por Miami, probablemente porque ya había yo estado allí, años antes. Conseguí un vuelo que saldría en cuatro horas, me compré un
diario y pasé las próximas cuatro horas leyéndolo. Lo leí todo, los anuncios clasificados, las cotizaciones de la bolsa de valores, todo lo que pudiera encontrar. Fui el
primero en la línea al abordar y el primero en bajarse del avión cuando aterrizamos.
Durante el vuelo hice una lista de reglas:
NO HACER NADA
No escribir cartas a nadie.
No hacer llamadas telefónicas.
No hablar con nadie.
Nada de mujeres, excepto putas cuando sea necesario.
Dos copas al día, antes de la cena. Ni una más.
Tres comidas al día.
Ejercicio diario, natación y calistenia, mantenerse en forma.
Bastante sueño, sol.
No ir a ningún lado, excepto al cine.
En caso de duda, no hacer nada.
TRES
Me despertaba el sol. Entraba de soslayo por mi puerta cada mañana, unos segundos más temprano que el día anterior, unos días más tarde que el día siguiente. El
punto medio del invierno había llegado y se había ido, y ahora el sol se levantaba un poquito más temprano cada mañana, y yo también. No había nubes en el cielo,
apenas había una onda sobre la superficie del océano. La vista serviría bien para comercial de aerolínea. Caminé de mi cabina directo al océano y nadé unos quince o
veinte minutos, luego regresé e hice una fogata en la playa mientras permitía que el sol me secara. Quebré el último par de huevos, dejándolos caer dentro de la sartén y
noté que era mi día para remar hasta Cayo del Hongo. Comía dos huevos cada mañana e iba a Cayo del Hongo cada seis días, a comprar otra docena y cualquier otra
cosa que me hiciera falta. La tienda era el porche cerrado de la casa de Clinton Mackey, y por tanto estaba abierta siete días por semana, ahorrándome el esfuerzo de
poseer un calendario. Por lo general podía calcular qué día de la semana era, y más o menos qué día del mes. Hoy, por ejemplo, era probablemente jueves, porque me
parecía recordar que era viernes la última vez que remé a la tienda de Mackey. (¿O fue la penúltima vez?) Y era como mediados de enero, tal vez un poco más allá de la
mitad del mes, porque el día de año nuevo había caído, según mi memoria, en lunes. Así que si tuviera que adivinarlo, yo diría que era jueves, 19 de enero. Pero no tenía
que adivinarlo, porque no importaba.
Me comí los huevos con salchichas, preparé una taza de café instantáneo, me la tomé, fregué mis trastes en el océano, los sequé, los guardé. Agregué a la fogata el
contenedor vacío de los huevos y dejé que esta se apagara. Había una lista pegada con una tachuela al interior de la puerta de mi cabina, y la leí, como hacía todas las
mañanas. Era la misma lista que había escrito en el avión, la Lista de no hacer nada; había tenido que copiarla varias veces, pero no había cambiado una palabra, como si
la forma precisa de las frases originales fuera tan importante como en el catecismo.
Leí un capítulo de mi libro en turno mientras se me digería el desayuno. Era de tapa blanda, Vidas de los grandes compositores. Esta mañana leí sobre Robert
Schumann. A los 34 años desarrolló una profunda aversión a los lugares elevados, a todas las herramientas metálicas (incluyendo las llaves) y a las drogas. También se
imaginaba constantemente que le resonaba en los oídos la nota «la». Así continuaron las cosas durante dos años. Aprendí otras cosas acerca de él, y en breve las olvidé
todas.
Coloqué las Vidas de los grandes compositores donde antes, sobre el refrigerador portátil. Afuera el día seguía calmo y claro como antes, y hacía más calorcito. Corrí
tres vueltas a la isla, la cual era como del tamaño de un campo de fútbol americano con las esquinas redondeadas. Por lo general corría seis vueltas, aproximadamente un
kilómetro y medio, según mis cálculos, y por lo general hacía lagartijas y sentadillas y cosas por el estilo, pero los días de remar me limitaba a tres vueltas. Mi isla
distaba como 0.8 kilómetros de Cayo del Hongo, y remar hasta allá valía un montonal de sentadillas y lagartijas y giros de los brazos.
Los últimos noventa metros, más o menos, me los eché con un sprint, y cuando terminé ni siquiera resoplaba. Me refresqué en el océano, me sequé al sol e hice todo
lo que tenía que hacer antes de mi excursión a la tienda. Mi cinturón porta dinero estaba enterrado detrás de la cabina, a diez pasos de distancia. Lo desenterré, le sacudí
la arena, me lo puse. Me puse ropa interior y camisa y pantalones de mezclilla y calcetines y zapatos. Me vestía cuando iba a la tienda y cuando el clima se ponía frío,
lo cual era cosa rara; a este paso mi poca ropa me iba a durar toda la vida. Tomé un rápido inventario, puse unas tiras de sobras del pescado de ayer como cebo en una
línea de pescar, y finalmente, usando como espejo el interior de la sartén, le di un rudo recorte a mi cabello y a mi barba. Rasurarme no tenía caso y no había dónde le
cortaran a uno el pelo, pero yo hacía el esfuerzo para no parecer demasiado salvaje. El atraer demasiada atención no era consistente con el no hacer nada.
El bote era pequeño, de fondo plano, rojo. Arrojé dentro de él los remos, lo arrastré por la arena hasta el agua.
«¿Docena de güevos y qué más?» Clinton Mackey me lo decía cada seis días, sin alterar jamás una sílaba. Esa era una de sus características que me más agradaban. En
Cayo del Hongo y las islitas que lo rodean viven unas doscientas personas, pero era raro el día en que yo hablara con cualquiera, excepto con Clinton, o su esposa o su
hija. Cuando un hombre tiene solo una conversación por semana, más vale que sea segura y predecible.
–Docena de huevos para empezar –dije.
–Una docena son doce, fresquecitos de la gallina –puso el paquete sobre el mostrador–. Juro que tú nunca te has de quitar del sol. Ha de brillar de noche donde tú
estás, sol noche y día. Si te pones más prieto, no voy a poder decidir si te sirvo o no. El gobierno federal me va a decir que a güevo tengo que servirte.
Esto también era parte invariable de nuestra conversación.
–¿Salchichas? ¿Un kilo?
–Correcto.
–¿Naranjas?
–Todavía me quedan muchas.
–¿Aceite pa’ cocinar?
–Tengo.
–¿Cigarrillos? No, caray, tú no fumas, ¿o ya empezaste, desde la última vez que te vi?
–Todavía no, Clint.
–Pos no, si Nuestro Señor dijo que no.
Cuando empecé a frecuentar la tienda Clinton Mackey había intentado discutir conmigo los eventos del momento. La política, la inflación, el estado del mundo. Le
quité la costumbrita diciéndole que yo era muy religioso y no creía en la radio, ni en los periódicos ni en meterme con cosas que no fueran de mi incumbencia inmediata.
Cualquier manía recibe excusa al instante si es en nombre de la religión; ahora él apagaba su radio cuando me veía venir.
–¿Línea de pescar? ¿anzuelos? ¿cualquier cosa de pescar? –Sacudí la cabeza–. ¿Cebo? No, tú no usas cebo, ¿verdá? ¿Has pescado hartos últimamente?
–Algunos.
–¿Güisqui? ¿Un cuarto de aguardiente casero, de ese refino ilegal que Diosito ama por ser producto naturá? –Mi religión era tortuosa–. No es del mejor que he
vendido, pero mejorcito que el de la vez pasada.
Dos copas antes de la comida, ni una más.
–Mi botella ya está casi vacía –le dije–, mejor dame medio litro.
–No trajistes la botella, ¿verdá? Claro que no, si todavía le queda un poquito. ¿Te molesta llevarte una de a litro? Es que se me acabaron las botellas de a medio, pero
si quieres te vacío unas botellas de refresco.
–Un litro está bien.
–Y agua embotellada, claro. ¿Doce litros?, ¿dieciséis?
–Doce.
–Las latas las agarras tú mismo.
Fui a los estantes de alimentos enlatados y escogí los que quería. Después seleccioné un par de chuletas de puerco y un bistec del refrigerador de carnes. Clint siguió
con el resto de su lista: ¿Cordón?, ¿reata?, ¿asa de hacha, piedra de afilar, cerillos, vendas a de sivas, yodo?, ¿café?, ¿cepillo de dientes, pasta de dientes, tela de
siva?, ¿baterías, de célula seca, célula mojada? ¿y pos qué otras chivas?, ¿docena de güevos y qué otras chivas y qué se me olvida?
–Par de libros nuevos en el estante –añadió–, ¿por qué no les echas un ojo mientras empaco esto?
No había libros que me interesaran. Hacía mucho que había dejado de leer ficción, y no me apetecía ninguno de los dos títulos de no ficción. Uno era de filosofía, lo
cual según yo no es más que ficción sin trama, y el otro era una guía básica a la física atómica; leí las primeras páginas y decidí que era demasiado difícil para mí.
Todavía me quedaba por leer más de la mitad de las Vidas de los grandes compositores, además de una historia de Australia y Nueva Zelandia.
–La próxima vez que venga el distribuidor de libros, pregúntale si me puede conseguir un diccionario de tapa blanda.
–Ah chirrión, acaba de pasar por aquí, y me lo pedistes la semana pasada y se me olvidó. Pero le voy a preguntar. ‘Ora sí me voy a acordar.
Yo no estaba seguro de la razón por la cual quería el diccionario. Nunca era tan difícil adivinar el significado de las palabras desconocidas.
Clint me ayudó a cargar las mercancías hasta el bote. Yo podía atracar a unas docenas de pasos de su tienda. Hicimos dos vueltas y llenamos el pequeño remero con
cajas de cartón.
–Apenas queda lugar pa’ ti –dijo–, y apuesto que vas a flotar más bajo que en el viaje pa’ acá. –Esta era otra de las cosas que decía siempre.
–Bueno pues, adiós.
–Adiós.
–Y me voy a acordar de ese diccionario. Perdona, se me olvidó; me voy a fijar y ‘ora sí me acuerdo.
–Si te acuerdas, bien. Pero si no, no te preocupes.
–Al que se preocupa se le cae el pelo. –Esto era una broma . . . estaba tan calvo como una docena de güevos y las otras chivas–. ¡Cuídate, ‘ora!
El bote flotaba más bajo en el agua, lo que era sin duda comprensible, pero no tan bajo como para hacer una diferencia. El regresó a su casa y yo remé de manera
constante y regular, empujando con la espalda, gozando de la forma en que mis músculos entraban de inmediato en el ritmo correcto. El sol estaba alto en el cielo, el mar
azul y tranquilo. Era bueno estar vivo. Real y honestamente era bueno estar vivo.
Había llegado a mi pequeña isla como los trozos ocasionales de madera a la deriva, dejándome llevar por la marea. Miami no era nada bueno. Gentío, ruido, música,
afuera calor y adentro frígido aire acondicionado. Pasé una semana muy mala allí. Esa semana hubiera sido mala en cualquier lugar, pero Miami la empeoró.
Después de un tiempo llegué a Cayo Hueso, y eso tampoco era bueno, aunque mejor que Miami. Comparé los dos lugares y me pregunté qué características hacían a
Cayo Hueso mejor que Miami, y así se me hizo fácil decidir qué tipo de lugar buscaba.
Me fui por el carril equivocado durante un rato. Pensé que lo ideal podría ser vivir en un barquito, para ir a donde se me diera la gana cuando se me diera la gana. Fui a
averiguar los precios de los barcos y decidí que me alcanzaba el dinero, y hasta me sobraba para comprar lo que quería.
Me ayudó mi Lista. Comprar un barco era gastar dinero, y gastar dinero no era no hacer nada. Comprar un barco también implicaba ser dueño de uno, y ya me había
dado cuenta que mientras menos poseyera, mejor estaría. Si no podía llevarlo sobre mi persona ni botarlo, no lo quería. Y lo peor del caso es que un barco me permitiría
ir de un lado a otro. Lo único que yo quería hacer era quedarme en un solo lugar. Ir de un lado a otro no es no hacer nada.
Así que dejé que unos comisionistas de bienes raíces me mostraran propiedades que se rentaban en los cayos más pequeños, y uno de ellos me llevó a Cayo del
Hongo. Estaba a punto de tomar una casita allí cuando el barco de motor del comisionista pasó cerca de una islita que tenía tamaño y forma de cancha de fútbol
americano y en un extremo una casucha curtida por la intemperie. Le pregunté qué era aquello, y él dijo que estaba jodido si lo sabía, pero que en la estación de
huracanes se iba a volar al infierno. Le pregunté quién era dueño de la isla, y si vivía alguien en la choza. Me dijo que no sabía. Le dije que me llevara inmediatamente de
regreso a Cayo del Hongo. Trató de disuadirme, y le dije que si no hacía lo que yo decía lo iba a echar por la borda para ver si sabía nadar. Creyó que yo estaba
bromeando, así que lo eché por la borda. Resultó que no sabía nadar, así que tuve que lanzarme al agua para

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