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Libro PDF El imperio de la fe – Rubén Plá

El imperio de la fe – Rubén Plá

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En el año 303 la religión cristiana se
había convertido en una seria amenaza
al poder del Imperio Romano. Sus fieles
representaban la quinta parte de la
población total de los territorios
gobernados por Roma, incluidos algunos
de los más influyentes ciudadanos, y la
única fe con presencia en todas las
provincias, en oriente y occidente.
Con el fin de combatir su creciente
número, influencia y poder a partir del
año 303 la tetrarquía que gobernaba el
Imperio Romano promulgó una serie de
edictos que establecían, de forma legal y
oficial, la prohibición de la fe cristiana,
y la práctica de esta, dando así inicio a
diez años de cruel persecución.
Mientras esta tenía lugar el Imperio
vivía una época convulsa, de crisis
política. Esta se agravó tras las reformas
del emperador Diocleciano quien
dividió el poder del vasto imperio en
cuatro partes. Dos augustos, la máxima
autoridad, gobernarían cada uno en
occidente y oriente. Al mismo tiempo
los territorios de estos serían divididos
y repartidos con un cesar, la segunda
mayor autoridad y, en la práctica,
sucesor de su augusto.
De esta forma el Imperio quedó
dividido de la siguiente manera:
Diocleciano, augusto de oriente,
gobernaba sobre las diócesis (división
política utilizada en el Imperio Romano
del siglo III) de Oriente, del Ponto y de
Asia.
Gal er i o, cesar de oriente, tenía
autoridad en las diócesis de Tracia,
Mesia y Panonia.
Maximiano, augusto de occidente,
gobernaba las diócesis de África e
Italia.
Y Constancio Cloro, cesar de
occidente, en las diócesis de Hispania,
Vienne, la Galia y Britania.
Lejos de traer estabilidad al Imperio,
un caos de luchas de poder se
desencadenó tras la renuncia de los dos
p r i me r o s a u g u s t o s . Estos fueron
sucedidos por sus cesares, Constancio
Cloro en occidente y Galerio en oriente,
pero los cesares nombrados por ellos no
fueron bien recibidos por algunos,
incluidos los hijos de ambos, dando
inicio a una cruenta guerra civil.
El 25 de julio de 306 muere
Constancio Cloro, augusto de occidente,
en Britania, durante una campaña
militar. Su ejército nombra sucesor a su
hijo y general, Constantino, mientras que
en Roma es escogido augusto de
occidente Severo, auspiciado por el
antecesor de Constancio, Galerio, dando
así inicio a seis años de guerra por el
dominio de Roma.
Para el año 312 en la ciudad eterna
gobierna Majencio, hijo de Maximiano y
yerno de Galerio, a quienes traicionó
para hacerse con el poder. Ante la
invasión del ejército de Constantino de
la península itálica Majencio se refugia
en Roma para defenderse de su
adversario quien se dirige hacia la
capital para hacerse con el poder
absoluto de occidente.

PRIMERA PARTE
Roma
312 A.D
CAPITULO I
En su dormitorio el anciano
Melquiades se encontraba postrado en
cama. Hacía dos años que había sido
nombrado obispo de la Iglesia de Roma
y uno desde que estuviera gravemente
enfermo.
Por las angostas escaleras que
conducían desde la sala principal de la
Iglesia hacia los aposentos superiores
subía un hombre de cuarenta y tres años,
de barba y cabello canos, portando una
bandeja con una jarra de agua y una sopa
de carne. Al subir caminó por un
angosto pasillo, iluminado por algunas
velas, hacia la puerta del dormitorio de
Melquiades. Un hombre, algunos años
más joven que él, que esperaba en la
puerta, se interpuso en su camino.
—Yo serviré al obispo— dijo este
tomando la bandeja con sus manos.
—Lo haré yo, hermano Demetrio—
dijo el hombre de la barba. —Sé que
pretendes quedándote aquí todas las
noches.
—Supongo que lo mismo que tú,
Silvestre— respondió el joven con tono
irónico.
—Soy el diácono de esta iglesia, y
por lo tanto debo servir al obispo.
Silvestre tiró de la bandeja hacia sí,
mirando fijamente al joven.
—Debes saber que mientras se
recupera el hermano Melquiades tengo
la máxima autoridad de esta
congregación.
Demetrio soltó la bandeja, al fin,
cediendo a la amenaza velada de
Silvestre. Desde hacía meses la relación
entre ambos era tensa, especialmente
tras la designación de este último como
diácono, la segunda autoridad de la
Iglesia después del obispo. Para todos
los miembros de la congregación de
Roma fue una gran sorpresa. Demetrio
procedía de una familia de varias
generaciones de cristianos y desde
pequeño había resaltado por su
capacidad de enseñanza y lectura
pública y por su interés en los asuntos
espirituales. Por ello, cuando el puesto
de diácono quedó vacante tras la
violenta muerte del anterior, asesinado
en las calles de Roma por un grupo de
paganos contrarios a los cristianos,
todos imaginaban que el joven lograría
alcanzar el puesto que tanto anhelaba.
No obstante el anciano obispo nombró a
Silvestre.
Silvestre, por su parte, procedía de
una noble familia romana, de alta
posición social y económica. Su padre,
Rufino, había ostentado algunos cargos
políticos en la ciudad. Su esposa, y
madre de Silvestre, Cloridia, se había
convertido al cristianismo tan solo
quince años antes, siendo acompañada
por su hijo quien se bautizó al poco
tiempo. No obstante, al aprobarse el
edicto de Diocleciano cinco años
después por el que se prohibía el culto
cristiano bajo amenaza, que en muchos
casos resultó muerte en la hoguera,
Rufino perdió su empleo y fue exiliado
de Roma, siendo acompañado por su
esposa e hijo. Dentro de la congregación
de Roma aquello se vio como un acto de
traición por parte de Silvestre, quien
huía para evitar la persecución. Tres
años después, cuando las aguas se
calmaron, Silvestre regresó del exilio,
ahora solo, y solicitó la mediación del
entonces diácono, Melquiades, ante el
obispo Eusebio para volver a ser
aceptado en la congregación.
Resultó que entre los cristianos de
todo el imperio, especialmente en
oriente, se habían popularizado las
enseñanzas de Donato, el obispo de
Cartago, que defendió la necesidad de
mantener la pureza de la iglesia ante el
relajamiento de los requisitos para
aquellos que querían ser parte de ella.
Basándose en las epístolas de Pedro y
de Juan, principalmente, enseñaba y
llevaba a cabo la práctica de los
primeros apóstoles de expulsar de la
Iglesia a los pecadores y a aquellos que
traicionaran la fe, aun para salvar sus
vidas.
Eusebio, el obispo de Roma, aceptada
como la principal congregación de toda
la Iglesia, era contrario a esta
enseñanza, argumentando que la
misericordia del Señor obligaba a
recibir a todo aquel que ejerciera fe en
Cristo, fueran cuales fueran sus
antecedentes. Ante la oportunidad de
ilustrar su posición vio con buenos ojos
aceptar de nuevo a aquel hombre
arrepentido. Al poco tiempo fueron
evidentes las dotes organizativas y
oratorias de Silvestre y tras el ascenso
de Melquiades como obispo fue
nombrado diácono con la consecuente
sorpresa de muchos, e ira de Demetrio.
Desde el pulpito, y aprovechando su
nueva autoridad, Silvestre defendió la
postura del obispo Melquiades, la
misma que su antecesor, contraria al
credo donatista y la necesitad de
perdonar y recibir a todos aquellos que
regresaran a la fe tras la ola de
persecución. Amenazados, ahora sí, de
expulsión todos aquellos que aceptaran
las enseñanzas donatistas pronto se
acallaron las voces de crítica contra
Silvestre y su ascenso en la Iglesia.
—Por ahora— alcanzó a responderle
Demetrio mientras Silvestre entraba en
la habitación del obispo y cerraba la
puerta tras de sí. —Tal vez mañana ya
no estemos aquí ninguno de los dos.
Ignorando las palabras de Demetrio,
Silvestre entró en la habitación. Esta
estaba a oscuras, iluminada únicamente
por una vela. La noche había llegado a
Roma y la luna estaba cubierta por un
manto de nubes.
—Silvestre… — susurró Melquiades.
Silvestre se acercó a su cama, puso la
bandeja en una mesita y se inclinó frente
al anciano.
—Descanse, señor— le dijo
tiernamente. —No haga esfuerzo.
Solamente coma para recuperar fuerzas.
Le vamos a necesitar.
—¿Ya llegó Constantino?
—Aun no. Pero los rumores en la
ciudad son muchos. Los soldados de
Majencio están nerviosos. Pronto
llegará.
—No debemos desaprovechar esta
oportunidad.
—Lo sé, obispo. Se acabó el
ostracismo y la marginación. Pero no se
preocupe, yo me encargaré de todo, tal y
como usted quiere. Confíe en mí.
—La Iglesia te necesita más que
nunca.
—¿Y cree que podemos confiar en
ese hombre?
—Por supuesto que no— dijo el
obispo, interrumpido por un fuerte
acceso de tos. —Nunca confíes en
nadie, más que en el Señor. Pero lo
necesitamos, y él a nosotros.
Demuéstrale como de importantes somos
para él y te ganaras su gratitud. Estará en
deuda con la Iglesia para siempre.
En ese momento llamaron a la puerta,
dando fuertes golpes.
—«Como sea Demetrio, lo hecho de
aquí a patadas»— pensó Silvestre.
—Quieren ver al señor obispo.
Silvestre relajó el rostro al reconocer
aquella voz femenina. Era una de las
hermanas que habían ido aquella tarde a
limpiar la iglesia.
—Llegó la hora— dijo Melquiades.
Silvestre asintió y caminó hacia la
puerta.
Al abrirla se encontró, efectivamente,
con Minerva.
—Hay un señor vestido con paenula
y capucha esperando abajo para hablar
con el obispo— dijo la señora algo
preocupada.
—Yo lo recibiré. Puedes retirarte,
hermana. A las doce de la noche
celebraremos una misa por la
supervivencia de la ciudad en estos
tiempos tan difíciles.
La mujer asintió y se marchó a paso
rápido. Recorrió el espacio rectangular
de la Iglesia, de paredes descarapeladas
por la falta de mantenimiento, alto techo
a dos aguas, lámparas de velas que
iluminaban cada diez metros y vetustos
bancos de madera a ambos lados,
dejando un pasillo central por el que la
mujer caminaba. En la penúltima fila
pasó junto al hombre encapuchado,
quien la saludó con un leve movimiento
de cabeza. Luego ella salió cerrando la
pesada puerta de madera.
Silvestre caminó despacio hacia él.
El encapuchado se levantó para
recibirlo. Cuando hubieron estado frente
a frente, a pocos centímetros el hombre
se retiró la capucha. Era un hombre de
menor estatura que aquel, de cuerpo más
robusto y barba de mayor longitud, pero
de color oscuro.
Ambos se fundieron en un fuerte
abrazo.
—Hermano Silvestre. Qué alegría
encontrarte a salvo.
—Hermano Osio. Lo mismo digo.
—¿Cómo sigue el obispo?
—Igual. Su enfermedad del estómago
lo aflige día y noche. No creo que pase
de este año.
—¿Entonces tú te encargaras de los
asuntos que requiere mi señor?
—Como hasta ahora lo he hecho. Pero
pasa, por favor, a la sala de arriba,
debes estar sediento.
—Un vaso de vino me vendrá bien.
Viajar con el ejército es agotador.
Los dos subieron al comedor de la
iglesia, en una habitación contigua a la
que cobijaba al obispo. Silvestre invitó
a Osio a sentarse en una silla, frente a la
mesa y le sirvió vino en una copa de
cobre.
—¿Tuviste problemas para entrar en
Roma?— preguntó Silvestre
—Ya llevo muchos años haciendo
este trabajo. Sé cómo entrar en una
ciudad enemiga sin ser detenido.
Además, ¿a quién le importa la entrada
de otro cristiano a Roma?
Silvestre rio.
—No conoces esta ciudad. Aun
asesinan cristianos en las calles.
—A mí no— dijo Osio retirando su
toga y dejando ver una espada que
colgaba de su cinturón. —Tenemos una
guerra, no contra carne y sangre—
agregó citando de las Escrituras.
—Cierto. Y se necesitan medidas
extraordinarias para salvar la Iglesia. Y,
¿cuándo llega tu señor?
—Ya ha llegado. Mañana será el gran
día.
—Roma le dará la bienvenida que
merece.
—Y en eso deberás ayudarme.
—Eso tenlo por hecho.
—Pero necesitamos algo más. Y
necesitamos que lo hagas esta misma
noche.
—¿Tu señor mantendrá su palabra?
—Todo lo que ha prometido lo hará,
si la Iglesia de Roma cumple su parte.
—Haré lo que tu señor mande.
CAPITULO II
El edificio de reuniones de la Iglesia
principal de Roma, donde servía el
obispo de la ciudad, estaba en pésimas
condiciones después de años de
persecución y penurias económicas.
Había sido construida un siglo atrás,
siendo su primer uso como basílica,
edificio público destinado al comercio,
y después de ser adquirido por un
acaudalado romano convertido al
cristianismo donada a la Iglesia. De
planta rectangular, formada por tres
naves principales, la central de mayor
tamaño y altura donde se colocaban los
bancos de madera. Y al fondo de esta se
hallaba la exedra, de planta
semicircular, donde se oficiaba el rito
religioso. En el fondo de una de las
naves laterales había una puerta que
conducía, por una escalera, hasta la
residencia del obispo, una humilde casa
de varias habitaciones. Ahora aquel
antiguo y descuidado edificio estaba
abarrotado.
Desde hacía meses no disfrutaba de
tal bullicio. Ante la incertidumbre por el
futuro de la ciudad, expuesta a un cruel
sitio o una batalla devastadora, cientos
de fieles se habían dado cita en el
edificio. Las noticias sobre la marcha de
Constantino y su ejército hacia la capital
y el estado de emergencia establecido
por Majencio tenía a la gente nerviosa.
Además de los habituales feligreses
aquella noche llenaban el lugar multitud
de soldados del ejército de Majencio
que, esperando órdenes, y mientras este
efectuaba su ritual al dios Marte en el
Foro Augusto junto

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