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Libro PDF El Imperio Invisible La Autentica Conspiracion Del Gobierno en la sombra Daniel Estulin

 El Imperio Invisible - La Autentica Conspiracion Del Gobierno en la sombra- Daniel Estulin

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oposición, y con un bloque de separatistas más numeroso que nunca—. Un partido
occidental de derechas, el Partido de la Reforma (sin relación alguna con el de Jesse
Ventura), resultó la tercera fuerza en el Parlamento de Ottawa.
El referéndum sobre la libre determinación de Quebec de 1995 se convirtió en noticia
de primera página a lo largo y ancho de Canadá. Sentimientos astutamente manipulados
saltaban de la arena política a los ayuntamientos de pueblos y ciudades, a los centros
comerciales, los bares y restaurantes, las peluquerías y los patios.
—Quebec es diferente. No somos Canadá. Tenemos derecho a ser una nación —decían
algunos.
—¿Queréis marcharos? ¡Hacedlo! Pero no volváis. ¿Quién será vuestro socio
comercial? ¿Francia?
Los quebequenses decían:
—¡Nos largamos!
Y el resto de la indignada y manipulada Canadá, llena de personas confiadas a las que
dirigían desde las bambalinas, decía: —¡Idos al infierno y no volváis! Mentiras y más
mentiras.
Se puede decir con seguridad que el siglo XX y los primeros años del XXI pasarán a la
historia por la eterna monotonía de las mentiras que todo el mundo se creyó. La bala
mágica que mató a JFK, el 11-S, las armas de destrucción masiva en Iraq, el edulcorante
artificial que es bueno para la salud. La que más me gusta de todas es la de que Anna
Nicole se casó con ese hombre tan viejo y tan rico por amor. Por otro lado, sé que, sin
lugar a dudas, han ocurrido cosas más extrañas.
Hace quince años tuve que tomar una dura decisión. Creer en el hombre que me había
contado con tres años de adelanto lo que iba a ocurrir en Canadá era atravesar el espejo
hacia un universo paralelo de humo y reflejos. Me daba miedo lo que podría encontrar allí.
También significaba reconocer ante mí mismo que la vida que había creído llevar antes de
aquel día fatídico era ficticia. Por supuesto, podría haberlo considerado una coincidencia,
haberme negado a contemplar su realidad y haberme retirado hacia una cómoda existencia
de noticias nocturnas e historias de primera página.
Pero no lo hice, y antes de que terminara 1996 estaba trabajando con otras personas
con el objetivo de sacar a la luz los siniestros planes que el Club Bilderberg iba a diseñar
para Canadá durante su reunión anual, que aquel año se celebraba, muy oportunamente, en
un exclusivo complejo hotelero cerca de Toronto. Debido a nuestros esfuerzos, el
encuentro se abrió camino hasta las primeras páginas de los periódicos de todo el país;
despertó una gran indignación, así que los miembros del grupo se vieron forzados a dejar
para más tarde su proyecto de la Unión Norteamericana. (De nuevo, en La verdadera
historia del Club Bilderberg se ofrece una narración mucho más detallada de estos
acontecimientos.)
Ahora, mientras observo el mundo avanzar a pasos agigantados hacia el abismo y me
pregunto por qué la gente inteligente que acudió a escuchar las conferencias y charlas que
pronuncié en Estados Unidos ha decidido ignorar mis advertencias, recuerdo mi reacción
inicial de incredulidad ante las revelaciones de Vladimir. A veces, las historias
simplemente parecen demasiado extrañas como para ser verdaderas. Los acontecimientos,
sin embargo, las corroboran a menudo.
Para que la gente de Jesse Ventura y yo viajáramos en el mismo barco era vital
persuadir a aquellos individuos de altos vuelos de que se plantearan realizar algo más que
un simple programa para TrueTV. El Club Bilderberg no es un fenómeno aislado, sino una
gran conspiración que se remonta a siglos atrás. De hecho, el actual Club Bilderberg ya
existía a comienzos del siglo XIII, justo después de la Cuarta Cruzada. Entonces se les
conocía como la Nobleza Negra veneciana. Hoy en día existen aún nobles venecianos, pero
han pasado a la clandestinidad y han cambiado su antiguo aspecto por el de una reunión
informal y privada de personas poderosas; se han dado a conocer como el Club Bilderberg
en honor al hotel de Oosterbeek (Países Bajos) donde se reunieron por primera vez en
1954.
—¿Cuál sería tu enfoque, Daniel?
Les expliqué que la única forma de hacerlo creíble era exponer desde una perspectiva
histórica las causas que han provocado los acontecimientos políticos que nos rodean. El
hombre del otro lado de la línea telefónica seguía escuchando.
—Lo que diferencia a los verdaderos investigadores de los artistas de pega y de sus
primos conspirativos es la historia. Si situamos el Club Bilderberg en su contexto histórico,
les quitamos la posición de ventaja a los potenciales «desacreditadores».
—¿Puedes ponerme un ejemplo?
—Tomás de Aquino y la idea de «ley natural» —le respondí.
—De acuerdo, ahora me has pillado.
—En el siglo XIII, Aquino subrayó la importancia de que existieran leyes naturales bajo
el plan divino de Dios, leyes que se pudieran conocer y que condujeran de forma natural
hacia una nación-estado ideal dedicada al bien común. A lo largo del siguiente siglo, De
Monarchia Mundi, de Dante Alighieri, y Concordantia Catholica, de Nicolás de Cusa, hicieron
avanzar esas ideas. Por primera vez se postuló la teoría de que el aspecto más relevante
de la nobleza no es la sangre o la posesión de tierras, sino más bien la necesidad de
ennoblecer al individuo, lo cual supuso una evolución trascendente en el desarrollo de la
humanidad. Entonces —añadí adelantándome a sus preguntas y a su impaciencia—, a
mediados del siglo XV, el derrumbamiento de las casas bancarias de Bardi y Peruzzi
provocó una reacción en cadena que hizo que la economía productiva entrara en crisis.
Aquella desintegración fue consecuencia del colapso repentino de la peor burbuja financiera
de deuda y especulación de la historia; lanzó a Europa al caos y destrozó temporalmente a
gran parte del poder oligárquico de Venecia y a sus compinches.
—Daniel, ¿qué tiene eso que ver con el Club Bilderberg? —me interrogó uno de los
hombres de California.
—Ellos son los oligarcas actuales, los que han estado batallando desde entonces contra
el florecimiento de las repúblicas dedicadas al bien común. Aquellas ideas liberales
consiguieron una adhesión masiva en Inglaterra con la aparición del poder parlamentario.
Entonces, de nuevo como respuesta a la tiranía real, primero en la Declaración de
Independencia de Estados Unidos y después en su Constitución, se formuló la idea de que
una democracia representativa es la única forma práctica de defender los derechos
inalienables de los individuos.
»E1 fomento del progreso científico y tecnológico fue un precepto que se le impuso a
la república. En la Constitución se mencionan de forma específica las patentes y los
derechos de autor. Fue algo realmente revolucionario, puesto que el compromiso con
aquellas nuevas instituciones, incluso por parte de una pequeña minoría en Europa y
Norteamérica, cambió la dinámica de todas las naciones. Todas se vieron obligadas a
ajustar su comportamiento y a adoptar de forma práctica todos los avances tecnológicos y
científicos; si no, las alas del progreso las dejarían atrás.
»Esto es lo que se esconde tras el feroz conflicto que a lo largo de los últimos
seiscientos cincuenta años ha enfrentado a la tradición republicana clásica de Solón,
Sócrates, Platón y Leonardo da Vinci contra las fuerzas que representan a la mal llamada
«Ilustración», que no es sino una máscara de la tiranía mundial que los bilderbergers
tienen la esperanza de construir.
»¿Qué te parece esta idea de la perspectiva histórica?
—De acuerdo —fue su respuesta—. Sí, podemos trabajar contigo sin ninguna duda.
Debo admitir que, incluso a aquellas alturas, aún tenía mis dudas. Mi familia y yo nos
trasladábamos al Sudeste asiático, entre otras razones porque mi libro no podía darse
realmente por concluido sin una entrevista en exclusiva con el traficante de armas más
famoso del mundo, y éste se encontraba encerrado en una prisión de Bangkok, pendiente
de una petición de extradición realizada por el gobierno de Estados Unidos. Además,
trabajaba contra reloj para cumplir el plazo de entrega de El Imperio Invisible. Las fechas,
sin más, no cuadraban.
Nada parecía encajar. Algo en mi interior me decía una y otra vez que pospusiera
aquella oportunidad o, incluso, que renunciara por completo a ella. Al fin y al cabo,
racionalizaba, hay cientos de personas creíbles y no tan creíbles que adorarían salir en
cualquier programa con Jesse Ventura. Deja que acaparen unos cuantos primeros planos.
Los productores debieron de percibir mis vacilaciones y comenzaron a presionarme
para que me comprometiera de forma oficial con el proyecto. De hecho, había mucho en
juego. Terminé por darme cuenta de que, si me echaba atrás, los únicos que saldrían
ganando serían David Rockefeller y su cohorte de bilderbergers. Y eso, claro está, no podía
aceptarlo.
Desde hace ahora casi diez años he disfrutado de acceso privilegiado a documentos e
información que no sólo están fuera del alcance de los civiles, sino también de los
generales de cinco estrellas y de la mayor parte de los líderes mundiales. Viajé dos veces
a Estados Unidos, en octubre de 2007 y durante la primavera de 2008, para realizar giras
promocionales por todo el país de La verdadera historia del Club Bilderberg. En las librerías
de Nueva York y en las firmas de libros del Medio Oeste y de la costa Oeste le dije con
exactitud a la gente qué debía esperar a corto plazo, qué iba a ocurrir y cómo.
La economía, el colapso del mercado inmobiliario, la carrera presidencial, Irán, Iraq,
Afganistán, drogas, blanqueo de dinero, la caída de Wall Street, el paro, el precio del
petróleo, la destrucción del dólar. Ahora ya ha ocurrido. Por desgracia. Y lo digo en serio,
porque preferiría, con mucho, haberme equivocado y no tener que estar presenciando un
colapso económico mundial. Lo he dicho constantemente a lo largo de muchos años. Dije
que los poderes fácticos retirarían su dinero y lo pondrían a salvo antes de echarlo todo a
pique. Lo hicieron… Era su dinero. Era nuestro dinero.
Advertí claramente a la gente de que el día en que perderían la mayor parte de sus
bienes iba a llegar mucho más pronto de lo que la mayoría imaginaba. Lo que despertó
aquella alarma fue la información sin precedentes que mis topos del Club Bilderberg me
habían pasado. Si no me creen, miren las grabaciones de las predicciones que hice:
circulan por toda la red, incluido YouTube.
Cuando el sistema financiero crea burbujas, hace aumentar el coste de los activos muy
por encima de su valor. Cuando la burbuja estalla, el valor de esos activos cae en picado.
Los que tienen capital disponible lo compran todo.
—Vendan sus casas, y háganlo en seguida —aconsejé—. Esto está a punto de explotar.
Descuenten un 10 por ciento del precio máximo, y se cambiarán de casa al cabo de una
semana. Vivan de alquiler durante un año aproximadamente. Entonces, si son inteligentes,
podrán volver a comprar una casa igual o mejor por la mitad de ese precio.
Lo expliqué allá por 2006, poco después de la reunión del Club Bilderberg en Kanata,
Canadá.
—Sí, pero… —contestó la mayor parte de la gente.
—No se olviden del oro. Pasará de novecientos dólares la onza a mil doscientos.
—Sí, pero…
En uno de los informes del Club Bilderberg de mediados de los noventa descubrí una
expresión nueva y aterradora: «destrucción de la demanda». Hasta el año 2002 no
comprendí su verdadero significado.
—¿Qué quieren decir con «destrucción de la demanda»? le pregunté a uno de mis
confidentes del grupo en 2002.
Esa persona me miró y lo pensó con detenimiento antes de contestarme con otra
pregunta:
—¿Cómo destruirías la demanda?
—Con una guerra —respondí instintivamente.
—Las guerras son muy caras. En realidad, es mucho más sencillo.
—¿Ah, sí?
—La demanda se destruye destruyendo la economía mundial.
Iba a comenzar a hablar, pero puso una mano en alto y detuvo mi siguiente pregunta.
—Si te asusta que David Rockefeller pueda perder su fortuna, no te preocupes —
comentó con sarcasmo.
Sonreí y esperé.
—Es una simple transacción de riqueza, igual que la Gran Depresión. La gente perderá
sus casas, su capital, sus ahorros y su dinero real. Detrás de ellos vendrán otros y lo
comprarán todo a hurtadillas por unos peniques.
Desde ese punto de vista, sus planes para la destrucción de la demanda y el
cataclismo económico tenían sentido. Si el Imperio Invisible no hubiera realizado ese tipo
de intervención para ralentizar el ritmo del crecimiento económico, las naciones-Estado
comprometidas con el progreso científico y tecnológico se habrían convertido en
dominantes. Eso habría significado la muerte de la oligarquía. Implicaría el final del
Imperio Invisible. Las naciones que fomentan el desarrollo mental y creativo de sus
pueblos producen personas que no tolerarán indefinidamente las formas de gobierno
oligárquicas. Los pueblos analfabetos, tecnológica e intelectualmente atrasados, sí lo harán.
En Portland, Oregón, en un auditorio que rebosaba de público, tuve la temeridad de
aleccionar a los ciudadanos estadounidenses, que habían acudido en manadas a oír mis
opiniones sobre el Club Bilderberg, acerca de sus propios principios de gobierno:
—Si se quiere que la gente participe en el autogobierno, deben involucrarse en las ideas
mediante las que la sociedad se autogobierna. Las personas ignorantes, desinformadas, no
pueden implicarse de manera competente en el autogobierno: no saben cuales son los
problemas de la Administración. Por eso, para los esclavos afroamericanos de los Estados
Unidos del siglo XIX, la alfabetización fue la primera premisa para alcanzar la libertad.
Recuerdo que una mujer mayor me preguntó si «alfabetización» quería decir saber leer
o si implicaba algo más profundo. Una buena pregunta.
La verdadera alfabetización también es «alfabetización cultural», un elemento crucial
para cumplir con los requisitos del autogobierno, que está íntimamente ligado al ideal de
una república con carácter de nación-Estado. Este tipo de repúblicas defiende la
«mancomunidad» y el bienestar general de la ciudadanía. Defiende el bien común de las
generaciones futuras.
La mancomunidad, el bienestar general de la población tal como se refleja en el
preámbulo de la Constitución de Estados Unidos. Lo que se promueve es el desarrollo de la
humanidad, el avance del poder del individuo y de la nación gracias al progreso científico.
Esto aumenta el potencial de toda la población.
Por otro lado, el imperio del dinero depende de la supresión del conocimiento científico
generalizado, lo cual se consigue manteniéndonos atrasados y mudos. Por supuesto, el
saber científico que puede monopolizar es un asunto totalmente diferente. Es sencillo
localizar las líneas de falla. Nosotros y ellos. La lucha se da entre los que queremos
desarrollar las mentes humanas y los que no.
12 de agosto de 2009, Madrid, 11.57 h
El hombre que había tras el mostrador de venta de billetes tecleó con brusquedad algo
en el ordenador, esperó una milésima de segundo, entrecerró los ojos, volvió a comprobar
mi identificación, pulsó la tecla de borrar hasta que mi nombre desapareció de la pantalla,
puso mi pasaporte canadiense bajo la luz, verificó las marcas de agua tal como le habían
enseñado, volvió a introducir los datos lentamente por segunda vez y esperó. Algo iba mal.
Sonrió. Aquella sonrisa era la más agradable que había visto en mucho tiempo. Por lo
general, no suelen dedicármelas, no los representantes de líneas aéreas o los agentes de
uniforme.
—Sólo un momento, señor. Vuelvo en seguida.
—¿Hay algún problema? —pregunté sin tener siquiera una remota idea de lo que me
esperaba.
—No, no, todo va bien, señor Estulin. Es que su nombre… Voy a comprobarlo dentro.
Sí, algo iba mal, muy mal. Llevo haciendo esto, sea lo que sea lo que hago para
fastidiar a la gente, durante demasiado tiempo como para no reconocer las señales
reveladoras. Miré el reloj. Era mediodía. Mi vuelo estaba programado para las 13.25 h.
Gracias a Dios, iba con tiempo, al menos por una vez. Mi forma habitual de coger un avión
consiste más bien en correr tras el aparato cuando se dirige hacia la pista de despegue y,
lo que es aún más embarazoso, en mantener a todo el pasaje a la espera mientras camino
por el pasillo con aire apesadumbrado y pidiendo disculpas por el retraso.
—¿Señor Estulin?
La voz pertenecía a un hombre que actuaba en cumplimiento de su deber. Un
representante oficial de la línea aérea acostumbrado a tomar decisiones difíciles
relacionadas con pasajeros sumisos, crédulos y descerebrados.
—Lo tiene delante.
Sostuvo mi pasaporte en la mano derecha, verificó el sello de la cubierta, lo abrió por
la página correspondiente, y miró en primer lugar la fotografía y después a mí.
—Me llamo… —Me dio su nombre—. Usted es de… —Me dijo mi lugar de procedencia.
—Mire —lo interrumpí—, ya sé quién soy y estoy completamente seguro de cuál es mi
ciudad de origen. ¿Quiere un autógrafo y no sabe cómo pedírmelo o es que hay algún
problema con mi pasaporte, mi cara o mi nombre?
El hombre se aclaró la garganta.
—Señor Estulin —dijo bajando la voz—, su nombre aparece en cierta lista de personas a
las que no les está permitido entrar en Estados Unidos. Lo estamos comprobando otra vez
para asegurarnos. Sé quién es usted. De hecho, he leído su libro. Muy interesante, si me
permite añadirlo.
Estaba claro que se sentía incómodo.
—He realizado varios viajes a Estados Unidos a lo largo del último año y no he tenido
ningún problema para entrar en el país —repuse intentando reconducir la situación.
—Son tiempos difíciles, señor. —Intentaba tranquilizarme de la manera más estúpida.
-—¿Difíciles? ¿A qué se refiere?
—La guerra contra el terrorismo, señor.
—No me insulte, por favor. —Le lancé mi mejor mirada asesina—. Creía que había
dicho que había leído mi libro.
—Señor, en lo que se refiere a las normas de Estados Unidos, la aerolínea no puede
hacer nada —se disculpó—. Debemos limitarnos a cumplir cualquier tipo de directriz que
establezcan.
—¿Así que la directriz de impedirme coger mi vuelo a Nueva York la ha implantado el
gobierno de Estados Unidos?
—Lo suponemos, señor. Le aseguro que la aerolínea no tiene ningún motivo para
retenerlo aquí.
—¿A qué nivel?
—El ordenador no proporciona esa información.
—¿Cómo sabía el gobierno de Estados Unidos que iba a viajar a su país? —lo
interrogué.
—Nosotros, señor, es decir, las normas y los requisitos de cooperación intern…
—Pare, por favor —lo interrumpí—. ¿De modo que la Unión Europea ha cedido a las
exigencias del gobierno norteamericano? —pregunté.
—¿Cómo?
—Oficialmente, la Unión Europea ha negado que el gobierno estadounidense tuviera
acceso a las listas de pasajeros europeos. Oficialmente —repetí—. Extraoficialmente, por
medio de varios programas paneuropeos coordinados con los gobiernos de Estados Unidos
y de Canadá, esa información está disponible previa instancia. —De repente, caí en la
cuenta—. Lo único que necesita hacer la persona adecuada es solicitar información sobre
posibles terroristas. ¿Significa eso que la aerolínea le facilitó mi nombre al gobierno
norteamericano de forma voluntaria sin que ni siquiera se lo pidiera primero?
El rostro del hombre se contrajo en una expresión de horror. Sabía con certeza quién
era yo, era muy consciente de mi reputación como polemista de primera clase en Europa,
estaba al tanto de que millones de personas leían mis libros y de que cientos de miles de
fervientes admiradores seguían religiosamente mis entrevistas y apariciones en televisión.
Se le había pasado por la cabeza la idea de que todas aquellas personas aparecieran en la
televisión estatal mientras formaban un piquete en las oficinas de su empresa y estaba
siendo de lo más respetuoso, adrede.
—Señor Estulin, no puedo decirle más. Tiene que creerme. Si supiera algo más, se lo
contaría. Incluso si mi empresa me lo prohibiera, se lo contaría.
Presté atención al tono, la modulación y las cadencias de su voz. En ella había protesta,
pero no disimulo o engaño. Estaba diciendo la verdad. Las personas que en una
conversación normal dicen la verdad dan por hecho que se las creerá. Los mentirosos, por
el contrario, suelen mirar al otro con bastante frecuencia después de haber hablado para
ver si ha picado el anzuelo o si necesitan esforzarse más en persuadirlo. El representante
de la aerolínea lo daba por hecho.
—Lo que han hecho ustedes es ilegal —le dije. Él no respondió—. La representante
holandesa del Partido Verde en el Parlamento europeo, Kathalijne Maria Buitenweg, afirmó
públicamente que este tipo de acción es una clara violación de las leyes europeas vigentes
que regulan la privacidad y la protección de datos —le espeté apretando los dientes.
(En cualquier caso, Kathalijne Maria Buitenweg debería haberse informado mejor. El
Parlamento europeo, la única institución elegida mediante votación de la Unión Europea, no
es más que una asamblea sin poderes legítimos para poner en marcha una legislación: su
único recurso legal es pedir a la Comisión que lo haga. Además, el número de propuestas
es tan elevado que los miembros tienen que votar en muchas de ellas sin saber
exactamente lo que realmente implican. El debate es prácticamente inexistente y los
estrictos límites de cinco minutos favorecen que la mayor parte de las propuestas
legislativas se aprueben sin apenas objeciones. El Parlamento europeo no tiene control
sobre las monedas y tampoco puede crear impuestos. El suministro de dinero es dominio
del Banco Central Europeo, un organismo controlado de forma sinárquica que orquestó la
expansión del fascismo producida entre 1922 y 1945 en la mayor parte de Europa y que
aún existe hoy en día bajo la forma de una red de casas bancarias privadas, como Lazard
Frères.)
—Señor Estulin, puede presentar una queja ante su representante europeo.
Otra mentira, pensé para mí; por no hablar de la ingenua forma de intentar cargarle la
responsabilidad de aquello a otra persona.
Estaba a punto de volver a hablar, pero lo interrumpí: —Recuerde que esa buena gente
no representa,

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