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Libro PDF El Juego del Diablo – Juan José Díaz

El Juego del Diablo – Juan José Díaz

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Álex llegó cinco minutos tarde, como
siempre. Se acercó a la máquina que
dejaría constancia de su leve retraso y,
mientras deslizaba la delatora tarjeta
por la ranura, echó un vistazo a la
oficina en la que había estado
trabajando los últimos diez años de su
vida.
Era una estancia inmensa, diáfana, de
modo que podía ver a sus compañeros
organizando el material que iban a
necesitar para atender a la cada vez más
numerosa y hastiada masa de españoles
en paro. Porque Álex, al igual que sus
compañeros, trabajaba ayudando a las
personas desempleadas a encontrar
empleo.
En su cabeza resonaron de nuevo las
palabras de Clara en su primera cita:
―¿Que eres qué?
―Autoorientador, ya te lo he dicho
―respondió él divertido ante el
aparente interés de aquella chica
pecosa, de pelo corto color azabache y
profundos ojos claros con la que su
amigo Jaime le había preparado una cita
a ciegas que, contra todo pronóstico,
estaba resultando un éxito.
―Pero es que no tiene sentido
―sonrió ella haciendo tintinear los
cubitos de hielo de su gin tonic al girar
el vaso con gesto despreocupado con su
mano izquierda―. Quiero decir que la
palabra en sí no tiene sentido. Entiendo
que como orientador laboral ayudes a la
gente a encontrar trabajo, pero…
¿autoorientador?… El prefijo “auto”
indica algo que se hace una persona a sí
misma… ¿cómo vas tú a “autoorientar”
a alguien?
Clara rio, y en ese preciso instante
Álex comprendió aquello que había
leído tantas veces… “su risa sonaba
como un arroyo de agua fresca”. Porque
así fue como sonó, y él se sintió sediento
a pesar del whisky con cola que tenía a
medio tomar sobre la barra del pub, que
pasó a convertirse en una isla habitada
por espectros semitransparentes entre
los que Clara refulgía con todos los
colores del arco iris.
―No puedo estar más de acuerdo, el
nombre roza el ridículo, pero a eso es a
lo que me dedico ―se defendió medio
en broma sin poder apartar los ojos de
aquella seductora mirada―. Mi trabajo
consiste en intentar que la gente obtenga
unos conocimientos informáticos
básicos, para que puedan buscar trabajo
por sí mismos a través de Internet.
―Vale, ahora lo pillo ―respondió
ella resoplando ante algo que se le
antojaba más que evidente―. ¿Y no
hubiera sido más lógico orientador
informático?
―Amén a eso, hermana ―asintió
entrechocando su vaso con el de Clara a
modo de brindis.
Apenas tres horas después, ambos
estaban en casa de Álex haciendo el
amor sobre el sillón, incapaces de
contenerse hasta llegar al dormitorio; un
par de semanas más tarde aquella
preciosa chica y su gato ya vivían con
él, y habían puesto su mundo patas
arriba.
―Despierta figura, que has llegado al
curro ―bromeó Jaime sacándolo de su
ensimismamiento autoinducido, como a
él le gustaba llamar a ese momento en el
que se evadía de todo lo que le rodeaba
y se zambullía en su mundo interior.
Álex sonrió de mala gana. Aunque se
sentía morir por dentro, iba a hacer todo
lo posible porque no se le notase.
―Lunes… ¿qué más quieres? ―se
defendió.
―Ya, ya… a saber hasta qué horas de
la madrugada habéis estado Clara y tú
haciendo marranadas para venir con
semejante cara de sueño.
Touché. Jaime no tenía forma de
saber que ella no había vuelto del
concierto de Lágrimas Dulces. Cuando
le llegó el encargo del periódico para
que cubriese la noticia del paso del
grupo por Málaga, se volvió loca de
alegría. Álex sabía que ella bebía los
vientos por el cantante, pero siempre se
lo había tomado a broma, hasta que
llegó la madrugada del viernes y en
lugar de volver a casa, le envió un
whatsApp diciéndole que necesitaba
tiempo para pensar. Qué casualidad.
Después, silencio absoluto. No le dio
siquiera el derecho a réplica: apagó el
móvil, y si te he visto no me acuerdo.
Desde entonces apenas había pegado
ojo. Poco más de cuarenta y ocho horas
que no le habían servido para
convencerse de que ella no era como
pensaba, que era el tipo de persona que
podía tirar años de relación cegada por
e l glamour de un personaje
prefabricado con el único objetivo de
vender discos, cegada por alguien a
quien ni siquiera conocía. ¿O es que
acaso fue capaz de adivinar cómo era la
persona que subyacía tras el personaje,
y descubrió que era tan atrayente, tan
increíble como para que mereciese la
pena dejarlo todo sin pensar, para cortar
amarras y..? ¿Y qué? ¿Qué era lo que se
suponía que iba a pasar ahora?
¿Desaparecería de su vida y ya está, sin
más? Esa angustiosa pregunta lo había
acompañado en todas y cada una de las
interminables horas de soledad
inesperada, que habían sido desde todo
punto incapaces de borrar incontables
recuerdos de felicidad compartida.
―Vale, lo que tú digas, desagradable
personajillo de mente calenturienta
―respondió sin ganas, obligándose a
dejar de pensar en Clara, mientras se
dirigía a su mesa y sacaba de los
cajones toda la parafernalia que a buen
seguro iba a necesitar en aquella
irritante e interminable mañana de lunes.
Cuando un par de horas antes había
sonado el despertador, todo su ser le
suplicaba que no fuese al trabajo, que
llamara y soltase cualquier excusa
razonable para quedarse en casa
―excusa que además no estaría muy
lejos de la realidad porque nunca en su
vida se había sentido tan exhausto―,
pero su odioso sentido de la
responsabilidad lo había obligado a
arrastrarse fuera de la cama y a meterse
en la ducha, y lo cierto era que al sentir
el agua caliente sobre su piel albergó la
esperanza de que quizá el frenético
ritmo de trabajo al que se enfrentaba
habitualmente le permitiese dejar de
pensar en ella, aunque fuese en
momentos puntuales.
―¡En sus marcas… GO! ―dijo en
voz alta Jaime arrancando una sonrisa a
Emilio, el vigilante jurado y, por ende,
el encargado de abrir las puertas y
mantener a raya a los usuarios que,
debido a la crisis, y cada vez con más
frecuencia, descargaban sus
frustraciones personales sobre los
trabajadores de la oficina.
Cuando los casi ciento cincuenta kilos
de humanidad de Emilio alzaron la
persiana metálica, la gente que ya había
comenzado a formar cola en la acera
accedió al interior. La oficina, de unos
doscientos metros cuadrados, era
rectangular y estaba dividida a lo largo
por un muro de poco más de un metro de
altura, rematado por una encimera de
mármol sobre la que se colocaba la
información de interés. Además, servía
de separador entre la sala de espera, en
la que había sillas para acomodar a un
buen número de personas, y la zona de
atención, en la que Álex y sus
compañeros trabajaban. Emilio se
encargaba de custodiar la única entrada
que comunicaba ambas, al final del
muro, además de mantener el orden e
intentar que los usuarios respetasen los
turnos.
La mañana transcurrió con relativa
tranquilidad hasta unos quince minutos
antes de la hora del descanso. Álex, tras
rellenar el preceptivo informe acerca de
la persona a la que acababa de atender,
lo guardó en su correspondiente carpeta
y consideró la posibilidad de ir a
desayunar. Para no dejar el servicio
desatendido ni hacer esperar a ningún
usuario más tiempo del necesario, tenían
organizados turnos que iban rotando a lo
largo de la semana. Aquel lunes, Álex
tendría como compañero de desayuno a
Jaime, por lo que comenzó a darle
vueltas en la cabeza la idea de contarle
lo que le había pasado con Clara.
Mientras trataba de decidirse, echó un
vistazo a la cada vez más concurrida
sala de espera. En la entrada a la zona
de atención, al final del mostrador que
las separaba, Emilio impedía el paso a
un tipo de aspecto poco recomendable
que intentaba colarse por el viejo
método de formar escándalo, sin saber
que el vigilante de seguridad había
toreado en plazas bastante más
complicadas que esa.
De pronto, algo llamó la atención de
Álex, haciendo que volviese a dirigir la
vista a un punto del muro separador
cercano a su mesa. Desde allí, un
hombre que debía rondar los cuarenta y
pocos años lo miraba sin pestañear.
Algo no encajaba. Un segundo antes
no había nadie a este lado, todos se
encontraban aguardando su turno en la
sala de espera, en la parte exterior del
muro. Era como si el hombre se hubiese
materializado de la nada. A pesar de
ello, estaba claro que debía haber una
explicación lógica, y la más plausible
era que aquel individuo hubiese saltado
por la encimera de mármol. Era un
hombre muy extraño, que no encajaba en
absoluto en el perfil de los que solían
acudir a la oficina. Vestía un abrigo de
color gris oscuro, sobre un traje de
chaqueta dos tonos más claro, con todo
el aspecto de costar al menos un par de
sueldos de Álex, o incluso alguno más.
Su pelo negro azabache era el más
oscuro que había visto en su vida;
engominado y peinado hacia atrás, daba
aspecto de estar muy húmedo, pero a
pesar de ello no reflejaba el más mínimo
destello, ni de la luz que se derramaba
desde los tubos fluorescentes del techo,
ni de la que entraba filtrada por las
cortinas venecianas a través de los
grandes ventanales que daban a la calle.
Álex no pudo evitar pensar en los
agujeros negros, zonas tan densas que ni
siquiera la luz puede escapar a su
irresistible poder de atracción. Algo en
su interior le avisaba de que debía
actuar con precaución porque aquel
hombre absorbería su luz al mínimo
descuido. A pesar de lo absurdo de la
idea que había pasado fugaz por su
cabeza, no pudo reprimir un escalofrío.
Una perilla, que también parecía estar
engominada, remataba su puntiagudo
mentón, realizando un extraño repunte
hacia arriba e inclinándose hacia delante
como un dedo acusador. Su cabeza, vista
de perfil, era como una lúgubre luna
oscura en cuarto creciente, y la cara
presentaba una delgadez tan extrema que
daba la impresión de que su piel se
hubiese estirado al máximo para
aplicarla directamente sobre el hueso.
Los pómulos se marcaban de forma
exagerada bajo la piel tensa, tanto que
Álex llegó a imaginarlo como una
radiografía viviente en la que se podía
adivinar hasta el más pequeño de los
huesos. Se levantó para decirle que no
debía estar allí, a pesar de que todas y
cada una de las fibras de su ser le
gritaban que no lo hiciera.
―Disculpe, debe aguardar usted su
turno en la sala de espera, por favor
―le dijo, y mientras lo hacía
compadeció al compañero que tuviese
que atenderlo; estaba seguro de que no
estaba allí por él, porque todas las citas
que tenía programadas para el resto del
día eran con personas a las que ya había
visto con anterioridad. Sin embargo, el
hombre seguía mirándolo con un
inusitado e incómodo interés. Como si
respondiese a sus pensamientos, éste
sonrió, ladeó la cabeza e hizo ademán
de llevarse la mano al ala de un
hipotético sombrero como gesto de
saludo: un gesto en desuso desde hacía
ya muchos años; sin embargo a él le
pareció que encajaba a la perfección en
aquel personaje. Se dirigió hacia la
mesa con tal gracilidad que parecía
desplazarse levitando a pocos
centímetros del suelo sin necesidad de
tocarlo. Álex no quiso mirarlo a los pies
por un miedo irracional a descubrir que,
en realidad, eso era lo que sucedía. Para
evitarlo se obligó a concentrarse en el
abrigo que ondulaba tras él con una
cadencia casi hipnótica. Los segundos
que necesitó para llegar hasta la mesa le
parecieron horas.
―Perdone, le he dicho… ―comenzó
a protestar, y se sorprendió al descubrir
que le temblaba la voz.
―Buenos días ―le interrumpió el
recién llegado con una media sonrisa. Su
forma de hablar resultaba extrañamente
seductora. Le ofreció la mano como
saludo, gesto al que Álex respondió por
educación, a pesar de que el hombre
estaba ignorando sus indicaciones por
completo. Sostuvo la mano de Álex
entre las suyas, y el gesto le incomodó
sobremanera. Casi pareció más una
caricia que un saludo.
Sus dedos huesudos resultaban fríos y
desagradables en extremo, tanto que
cuando lo soltó, sintió un alivio
increíble. Deseoso de acabar cuanto
antes, trató de insistir en que esperase al
otro lado del mostrador a la vez que
buscaba con la mirada a Emilio por si la
situación se le iba de las manos. Al
volver la vista se encontró con los ojos
del hombre clavados en los suyos.
Eran unos ojos tan negros que casi
daba la impresión de que el iris iba a
ser absorbido por las pupilas.
«Más agujeros negros », pensó sin
poder evitarlo. Esas pupilas eran
diminutas en comparación con las de
cualquier persona que él conociera, lo
que le confería un aspecto inquietante.
Malvado incluso.
―Ehh… necesitaría… que…
esperase… fuera… ―tartamudeó Álex,
atrapado en el irresistible poder de
atracción de aquella mirada.
El hombre sonrió. Y su sonrisa le
provocó un súbito escalofrío. Sus finos
labios se curvaron hacia arriba, pero
solo en uno de los extremos de la boca,
mientras el otro permanecía inalterado.
No se retrajeron lo bastante como para
mostrar sus dientes, y Álex dio gracias a
Dios por ello, porque estaba convencido
de que si lo hiciesen dejarían al
descubierto una hilera de finos y
afilados colmillos.
―Por favor, toma asiento. No tengo
cita, ni busco trabajo ―ordenó el
hombre mientras apartaba la silla en la
que se sentaban los usuarios y se
acomodaba en ella. Álex, sin saber por
qué, hizo lo mismo en su sillón. La voz
le provocó el mismo efecto que un
millar de tizas arañando sobre una
pizarra.
―Lo… lo lamento… entonces no voy
a poder… atenderle ―respondió Álex,
recayendo en su crisis de tartamudez
recién estrenada―. Este servicio está
destinado exclusivamente a personas
que estén buscando empleo.
―No necesito trabajar, aunque a
veces, sólo a veces, lo haga por
diversión. ―Puso la misma extraña y
desagradable sonrisa que funcionaba
solo en la mitad de su cara―. Recuerdo
aquella vez que instalé una cabina de
teléfonos en Miravalle de la Colina, un
precioso pueblecito en el norte.
De ninguna manera podía imaginar a
aquel hombre de porte aristocrático
instalando una cabina de teléfonos, así
que si era una broma, o un guiño, con él
no funcionó. Sin embargo, el nombre del
pueblo encendió una luz roja de alarma
en su cerebro sin que pudiese precisar el
porqué. Hasta el último músculo de su
cuerpo se puso en tensión, como le
sucede a la presa que acaba de
descubrir al depredador que se dispone
a saltar sobre ella. Sin previo aviso, el
hombre desencajó la mandíbula y dejó
escapar una estridente carcajada,
dejando al descubierto unas fauces de
pesadilla, con múltiples hileras casi
superpuestas de horribles dientes, finos
y afilados como agujas.
Álex se levantó de golpe,
aterrorizado, y su silla de oficina se
estrelló con gran estrépito contra la
estantería en la que estaban organizados
los archivadores con los expedientes de
los usuarios. Emilio dejó de inmediato
la discusión con el personajillo que
intentaba colarse y se acercó a toda
velocidad. La mesa de Jaime era la que
se encontraba situada más cerca de la
suya, y tanto él como la persona a la que
estaba atendiendo, una mujer menuda
con aspecto de haber pasado los
cincuenta hacía ya mucho, se giraron
sobresaltados. Jaime le lanzó una
mirada interrogativa frunciendo el ceño,
y la acompañó con un leve movimiento
de cabeza a la vez que encogía los
hombros. Los demás compañeros, cuyas
mesas estaban más alejadas, volvieron a
sus quehaceres al ver que no ocurría

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