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El Libro de las revelaciones Ángel de la Luz 1 – Renato Sandoval PDF

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AÑO 220 DESPUÉS DEL NUEVO ORDEN
I
El viento golpeaba su rostro constantemente y la nieve le provocaba un ardor intenso cuando se filtraba en las rasgaduras de su piel. El tiempo era crucial para poder
mantenerse con vida. Por momentos, deseaba detenerse y poder curarse; aún le quedaba energía para lograrlo, pero los perseguidores cada vez se acercaban más. Ella
sentía que sus pasos se producían en cámara lenta mientras que los de los cazadores tenían una velocidad abrumadora.
Había estudiado durante dos semanas cada rincón del Bosque Nevado y sabía cuál camino tomar durante una emergencia, pero con lo que no contaba es que el
hechizo con el que se había creado aquel lugar, hacía que se volviera un laberinto. Hasta el mejor guía podría perderse. El artífice de ese lugar, inclusive, podría sufrir
alguna confusión durante su trayecto.
Por un momento sintió que estaba corriendo en círculos. Cuando encontró una cueva en la que podría confundir a sus perseguidores, tomó el mayor impulso y se
esforzó para poder llegar, pero antes de alcanzar la entrada, un rayo estalló y descendió del cielo un ser extraordinariamente grande con dos alas blancas y cabello rubio
que le conferían un carácter místico, que se posó justo frente a ella, obstruyendo su paso totalmente. Ahora tenía que derrotar a un nuevo adversario para poder salvar
su existencia.
—Vaya, eres más pequeña de lo que imaginé. Casi lo logras, lástima que ahora llegará tu fin —le dijo.
—He derrotado a tus hermanos y tú no serás la excepción. Te lo pediré una sola vez, hazte a un lado y podrás cantar al amanecer —contestó ella.
—¿Crees que con un simple discurso me voy a asustar? Tú serás la que no verá el amanecer. Ahora morirás por orden de quien en su honor vivimos —dijo el ser
alado, a la vez que desenfundaba su espada y producía una intensa luz que la cegó por un momento.
Mastafá empuñó su espada y tomó velocidad hacia su adversario, Cuando llegó a su encuentro se produjo un choque de fuerzas inimaginable que inclusive hizo
temblar la tierra. El ser alado trató de ser más agresivo y buscó cortarle la cabeza, pero Mastafá pudo esquivarlo, doblando de una manera fantástica su espalda.
Entonces aprovechó los segundos en que su contrincante regresaba a su postura para aplicar una patada en su espalda y lanzarlo a una pared de rocas. Él sacó sus alas
inmediatamente y voló hacia Mastafá, quien se recuperaba del impacto. Ella lo recibió con un codazo en la cara para tratar de noquearlo. Cuando cayó al suelo, alzó su
espada y se la hundió hasta cortar su cuello.
No dejaba de jadear ni por un segundo. Se había enfrentado ya a nueve iluminados contando a este último y había recibido muchos golpes por todas partes. Para
poder avanzar era necesario curarse, así que conjuró toda su energía en las manos hasta que estas empezaron a tornarse de un color rojo. A continuación, pegó un grito y
todo su cuerpo se envolvió en llamas. Sus heridas empezaron a cicatrizar hasta el punto en que la piel se regeneró por completo, sus huesos empezaron a unirse y las
fracturas desaparecieron. Al terminar de curarse, cayó al suelo; el desgaste había sido tal, que necesitaba unos segundos de respiro.
Se recostó al pie de un árbol cercano a la cueva que había divisado momentos antes. Estaba débil, pero tenía que esforzarse al máximo si deseaba culminar su misión
puesto que se hallaba a unos cuantos metros de la salida. Se puso de pie de nuevo en el momento en que escuchó pisadas que se acercaban a donde ella se encontraba.
—Shhh, no hagas ruido —escuchó una voz.
—Debe de estar cerca. Silencio, todos —escuchó una segunda voz.
—Es más fuerte de lo que pensábamos, ha matado a Liv y ahora también a Fast, hay que atacarla sin piedad —escuchó una tercera voz.
Era un escenario difícil. Tres iluminados, por lo menos, y solamente ella con su energía totalmente limitada, pensó por un momento y analizó toda la situación para
llegar a una conclusión: los tenía que enfrentar para poder seguir su camino tranquila o bien debía correr tan rápido como pudiera hasta llegar a la cueva, ganando un
tiempo considerable para conjurar un hechizo y obstruir el camino. Sin embargo, las dos alternativas tenían un alto grado de dificultad.
—Mastafá, oye, aquí. Ven —escuchó una voz cerca que le parecía familiar.
Giró su cuerpo en todas las direcciones en que le permitía el escondite que había logrado encontrar, pero no veía quién la estaba llamando.
—Mastafá, aquí a tu izquierda. Mira —le dijo nuevamente la voz.
A unos cinco metros reconoció a un anciano con largos cabellos y barba. Entonces supo que Let no le había abandonado y que había cumplido su juramento.
—Let, vienes tarde, te dije que no podía pelear con todos los iluminados que me persiguen. Si te ven, te matarán también —le dijo Mastafá, susurrando.
—No te quedes allí. Ven conmigo, pero trata de venir agachada —le contestó Let.
Mastafá se movió con el mayor sigilo posible y fue poco el ruido que ocasionó, salvo por alguna que otra hoja seca que se encontró en el camino.
—Estoy acorralada, Let, debiste ayudarme antes. Tuve que arreglármelas sola y ahora tengo a tres pisándome los talones —dijo Mastafá, acomodándose al lado del
anciano.
—Lo sé, amiga, traté de hacer todos los arreglos lo antes posible, pero veo que me tardé más de la cuenta. Ahora bien, tenemos que trazar un plan, porque yo creo
que no son solo tres iluminados los que vienen detrás de ti —le contestó Let.
—Supuse que eran más. Escucha, debes irte, me ayudaste en un principio, pero ahora resulta complicado tener que cuidarte y a la vez eliminar a los iluminados que
me acechan —dijo Mastafá.
—Tranquila, no estorbaré. Lo que debes hacer es enfrentarlos, confía en mí. Yo voy a conseguir la ayuda cuanto antes —le contestó Let.
—¿Pretendes que los enfrente sola? —preguntó Mastafá.
—Sí, así es, debes enfrentarlos. Gana un poco de tiempo, aunque sea uno o dos minutos, para que venga la ayuda que necesitas —contestó el anciano.
—Estás loco, Let, por lo menos te daré la esfera. Si muero, tú me harás el favor de llevarla ante el Maestro —dijo Mastafá, sacudiendo su bolsillo para sacar la esfera.
—Espera, no vas a morir, te lo garantizo. Además, tú eres quien ha encontrado la gema, nadie más se puede arrogar ese éxito. No me la des, guárdala, que esa esfera
representa la culminación exitosa de tu misión —le contestó Let.
—Está bien, uno o dos minutos puedo aguantar, tómalo en cuenta — dijo Mastafá con desolación.
—Es más que suficiente —susurró Let con una leve sonrisa.
Mastafá se puso de pie, ajustó su espada y se encomendó a quien en su honor se vive. Luego giró de frente al bosque, dando la espalda a la cueva que representaba su
única salida.
—¡Aquí estoy, vengan por mí! ¡Y para que lo sepan, soy Mastafá, la justa guerrera, caballero de la luz! ¡He luchado en el nombre del Gran Caballero de la Luz, quien
es nuestro liberador y a honra de quien en su honor vivimos! ¡Acérquense, iluminados, estoy preparada! —gritó Mastafá.
Inmediatamente después de haber dicho las últimas palabras, uno de los perseguidores salió a su encuentro. La espada resplandecía a la luz de la noche. Mastafá se
puso en posición de batalla para aguantar la embestida; sin embargo, mientras se concentraba en el adversario que se acercaba, escuchó un pequeño silbido que le sirvió
de alerta. Otro oponente venía por la retaguardia. Así que se giró y pudo divisar a un iluminado que se encontraba ya demasiado cerca como para poder esquivar su
ataque. El puño de su contrincante pegó en su rostro de manera brutal, provocando que saliera despedida hacia un árbol con el que chocó de espalda.
Rápidamente se recompuso para poder esquivar el ataque del segundo adversario. Fue una fracción de segundo la diferencia entre mantener su cabeza pegada al
cuerpo o perderla y que rodara por el frío suelo del Bosque Nevado. Aprovechó el desconcierto del oponente, al no haber podido matarla, para golpearlo con su codo en
la nuca y hacerlo caer al suelo. Mastafá alzó su espada para decapitarlo pero el acero de la misma chocó contra la espada de un tercer adversario, evitando así que ella
cumpliera su cometido. La batalla de espadas, pues, inició en la tierra y continuó en el aire. Mastafá logró esquivar el acero del adversario que iba dirigido a su cabeza,
girando ciento ochenta grados, y aprovechó su posición sobre el iluminado para partirlo en dos con su espada.
No tuvo tiempo de saborear la primera baja que había producido en este encuentro, ya que inmediatamente una patada en la espalda la hizo estrellarse en el suelo
cubierto de nieve, caída hasta cierto punto reconfortante porque sin nieve hubiera sido más grave. Se trató de poner de pie rápidamente pero cuando alzó la vista, se
quedó atónita. Estaba rodeada por cinco iluminados. La situación era más difícil de lo que se había imaginado, no había ninguna salida más que la muerte.
—Hoy sí ha llegado tu final, desertora —dijo uno de los iluminados, sacando a relucir su poderosa arma.
—Nos has hecho sufrir un poco, pero al final terminarás como todos los desertores de tu clase: muerta —añadió un segundo iluminado.
—Si tengo que morir, pues moriré, pero con honor. Lucharé con toda mi fuerza y, para demostrarles que un caballero de la luz puede más que un iluminado, yo soy
Mastafá y si debo morir el día de hoy, será honrándome como guerrera —les contestó Mastafá.
Cuando los cinco iluminados procedían a embestirla, un fuego cayó sobre el campo de batalla. Como si hubiera sido una bomba, el estallido provocó que todos
salieran despedidos. Poco a poco se disipó el humo producido y Mastafá pudo observar algo peor que los cinco iluminados atacándola constantemente. Era una silueta
inconfundible, un ser temible de altura preponderante, cabello de color vino tinto y ojos rojos. Supo de inmediato a quién se tenía que enfrentar entonces.
—Parece que el entrenamiento no les sirvió de nada, no debí confiar en ustedes —les gritó el recién llegado a los demás iluminados, que poco a poco se iban poniendo
de pie.
—Señor, nos engañó y utilizó… —el iluminado no pudo concluir la frase cuando estalló en mil pedazos y se convirtió en arcoíris debido al movimiento de la mano
derecha del recién llegado.
—¿Algún otro que quiera justificarse? —preguntó a los demás iluminados.
Nadie tuvo el valor de poder dirigir palabra alguna. Estaban completamente aterrados por lo que había sucedido con su compañero. Un movimiento de la mano
derecha de su jefe y había estallado y disipado su energía.
—¿A quién tenemos aquí? Mmm… a una sirviente de Bartomeu. Veo que eres diestra con tu espada o por lo menos eso demostraste con mis súbditos. Te daré una
oportunidad, Mastafá, devuélveme la esfera y te garantizo tu vida —le dijo aquel impresionante ser.
—Uriel, el Fuego, sabes que siempre te he admirado, pero esta vez te equivocas. Para tener la esfera deberás matarme primero, no soy una sirviente, soy una guerrera
—le gritó Mastafá, empuñando su espada y tomando velocidad para embestirlo; sin embargo, todo quedó en un deseo porque al acercarse, Uriel esquivó con una
velocidad de relámpago el ataque, para enseguida golpearla con su puño, hacerla caer al suelo y seguir jugando con ella.
—Te di la oportunidad de vivir, Mastafá, y la desperdiciaste. Ahora tendré que deshacerme de ti —le dijo mientras la tomaba del cuello para extender su tormento.
Mastafá estaba empezando a perder el conocimiento, su mundo se estaba tornando oscuro, no le quedaban fuerzas para poder librarse de su adversario. En el momento
en que estaba en sus últimos suspiros, cayó al suelo repentinamente.
Uriel recibió un golpe por la espalda y a Mastafá, por el estado en el que se encontraba, le era imposible percibir las cosas de manera adecuada.
—¿Quién eres tú? —preguntó Uriel a un ser de seis alas que portaba una espada resplandeciente.
—Vengo por Mastafá. Pueden regresar al Elyseum y nadie saldrá lastimado. No tengo la intención de derramar más sangre —le contestó el extraordinario ser.
Mastafá pudo abrir poco a poco sus ojos y empezó a respirar de una forma normal. A unos metros de donde se encontraba pudo distinguir a Let, que le sonreía. «Ha
vuelto a llegar un poco tarde», pensó Mastafá.
—¿Crees que con un golpe de suerte podrás derrotarme? ¿Por qué no te acercas y peleas de frente? —le dijo Uriel.
—Mi nombre es Zarael y ahora prepárate para morir, Uriel —le contestó.
Mastafá aún se encontraba un poco desorientada por la fuerza que había aplicado Uriel en su cuello, pero pudo observar la batalla que se desarrollaba en el cielo.
Tanto ella como los otros cuatro iluminados estaban estupefactos con la velocidad de los dos oponentes. Las espadas de ambos resplandecían con cada golpe y hacían
resonar sus filos. Uriel trataba de ensartar su espada en el cuerpo de Zarael, pero la velocidad de este lo superaba al momento de los ataques.
Además, Uriel era demasiado fuerte. Durante un intercambio de golpes, alcanzó el rostro de Zarael y, antes de que este cayera en picada hacia el suelo, le propinó una
patada con toda su fuerza en el estómago. El golpe fue totalmente devastador para Zarael, que finalmente cayó sin remedio. Entonces Uriel descendió con cierta sutileza
para postrar su pie sobre la cabeza del vencido. A causa del impacto contra el suelo, este había perdido su espada, por lo que se encontraba en una situación de
inferioridad respecto a su oponente, que aprovechaba para enterrarle más el rostro en la nieve.
—Eres rápido y bueno, pero yo soy el fuego de quien en su honor vivimos. Tu blasfemia la pagarás caro y como ya me estoy aburriendo, ahora vas a morir —le dijo
Uriel cuando su espada se hundía en el costado de Zarael, quien soltó un fuerte alarido que se propagó en todo el silencio del Bosque Nevado. Al sacar la espada del
abdomen de Zarael, Uriel soltó una leve carcajada para humillar más a su oponente. Este intentó recuperar poco a poco su postura, pero estaba gravemente herido y su
sangre seguía derramándose sobre la nieve.
En medio de la ejecución que le esperaba a Zarael, surgió del cielo una luz que cegó a todos y que fue descendiendo hasta quedarse quieta frente a ellos durante
algunos segundos. El resplandor era fuerte y Mastafá no soportaba el ardor de sus ojos. La luz cada vez era más intensa y sentía como si estuviera frente a una hoguera
quemándose lentamente. De pronto, la luz golpeó a Uriel y lo elevó al cielo; enseguida se convirtió en una especie de bola de fuego que a toda velocidad alcanzó de
nuevo a Uriel para golpearlo una y otra vez, sin que este pudiera defenderse en lo absoluto. Después de tomar impulso, la bola de fuego impactó de manera brutal sobre
la cabeza de Uriel. Fue en ese momento cuando Mastafá pudo distinguir por fin qué era esa bola fuego. El descubrimiento la dejó boquiabierta: era el ser más bello que
había visto, tenía seis alas, su cabello era oscuro como la noche y su mirada era profunda y piadosa al mismo tiempo; una imagen hermosa de ver a la luz de la luna de
Tiamat. Uriel cayó totalmente envuelto en llamas y su atacante descendió utilizando sus seis alas hasta postrarse enfrente mientras Uriel lo observaba aterrorizado.
—No se queden allí inmóviles y abran un portal hacia el Elyseum inmediatamente —ordenó Uriel a los cuatro iluminados que seguían estupefactos.
El recién llegado se acercó a Zarael y tocó su frente. Inmediatamente este soltó un grito ensordecedor y se puso de pie. Lo curó con solo tocarlo.
—¿Puedes pelear? —le preguntó a Zarael.
—Sí, puedo —contestó Zarael aún con una sensación de sorpresa en el rostro.
—Perfecto, encárgate de los iluminados y yo me quedo con Uriel. Y trata de evitar que abran el portal —le dijo a Zarael, quien asintió con la cabeza.
Entonces se acercó lentamente a Mastafá y realizó el mismo procedimiento que con Zarael, tocó su frente e inmediatamente esta empezó a sentir cómo su cuerpo
sanaba hasta encontrarse perfectamente en cuestión de segundos.
—Discúlpame, hemos llegado un poco tarde, pero ahora podrás terminar tu misión. Sé que tienes aún la esfera, percibo su fuerza. Toma la ruta de esa cueva y saldrás
del Bosque Nevado. Termina lo que has iniciado ya que lo has hecho de una manera magnífica. Te admiro —le dijo el ser a Mastafá.
—Gracias, ¿quién eres? —le preguntó Mastafá.
—Tú sabes quién soy, Mastafá. Ahora, por favor, toma el camino que te dije y vete. No podremos resistir tanto tiempo, seguramente vendrán refuerzos —le dijo el
ser, esbozando una sonrisa y tocándole con la mano su rostro. En los ojos de Mastafá dejó grabada su bella mirada.
—¿Eres tú, Let? —preguntó Mastafá, cuando emprendía su camino.
—Vete —le contestó el ser mientras guiñaba el ojo.
Mastafá tomo la ruta indicada y dejó atrás la batalla, saliendo victoriosa, con la esfera de la verdad como se le había ordenado. Dentro de la cueva todo estaba oscuro
y no se veían vestigios de la batalla. Sonrió y disfruto su victoria. Jamás revelaría que Let la ayudó, como se lo había prometido a este.
II
Era un día frío como habían sido los últimos en Tiamat. Después del último eclipse que había tenido lugar hacía dos meses el clima variaba constantemente, sobre
todo en las noches. En algunas ocasiones había un calor sofocante y en otras un frío que te hacía temblar de pies a cabeza. En el centro de Trenville, ciudad de la Primera
Nación, según el Nuevo Orden, se encontraba el Palacio de Justicia, el lugar donde todos los días los abogados discutían los problemas sociales que infringían las leyes y
cuya solución la debía dictar un juez.
Ese día el Palacio de Justicia estaba congestionado por una cantidad considerable de periodistas. No era raro que siempre estuviese presente la prensa para informar a
los habitantes de la Primera Nación de la actualidad en los casos de impacto social; sin embargo, en esta ocasión se observaba más afluencia que de costumbre.
La razón de dicha conglomeración era que a las nueve horas el juez Thompson dictaría sentencia sobre un caso en el que se discutían 2 500 millones de templares
entre dos farmacéuticas. Un caso emblemático en los últimos tres años. Resultaba que la farmacéutica Colman había creado un medicamento para curar el cáncer llamado
pluterol, pero durante su fabricación un empleado supuestamente había sido sobornado por alguien de la farmacéutica Hills para hacerse con la fórmula del
medicamento. Colman afirmaba que se le había entregado a un extrabajador, de identidad confidencial y cuyo paradero se desconocía, la cantidad de 100 millones de
templares por revelar la información.
Colman se enteró de este hecho quince días antes de que ellos lanzaran el pluterol, cuando Hills lo estaba sacando a la venta y las autoridades de la farmacéutica se
llevaban todo el crédito en transmisión mundial. Se trataba del medicamento más avanzado por la medicina, e inmediatamente se empezó a vender como pan caliente.
Los periodistas se aglomeraron cuando hizo su entrada Henrik Boden, un abogado joven, de tez blanca, ojos color celeste, que gozaba de una altura que superaba el
metro con ochenta centímetros; un profesional con mucha proyección que había crecido de manera abrumadora en los últimos cinco años, al grado de ser catalogado
como uno de los mejores diez abogados de Tiamat, según las revistas legales. Era dueño de una de las firmas de abogados más importantes de la Primera Nación.
Boden defendía los intereses de la farmacéutica Hills. No era muy amigo de los periodistas, ya que en diversas ocasiones le habían hecho reportajes sobre los
misterios de sus casos. Además, no era un secreto que Henrik tenía una red de contactos importantes y que su poder económico podía influenciar al final las decisiones
judiciales.
—Abogado Boden, ¿cree que el Juez Thompson condenará a Hills? — le preguntaba un periodista mientras Henrik trataba de no asfixiarse en el mar de gente que
había en aquel lugar.
—Abogado Boden, ¿será revelado el nombre del extrabajador de Colman? —preguntaba un segundo periodista.
—Abogado Boden, ¿si condenan a Hills, ya no se venderá el pluterol? —preguntó un tercer periodista.
—Amigos, aún no hay nada decidido, el juez Thompson debe valorar nuestras pruebas y estoy seguro de que ganaremos este caso, así que no se preocupen porque el
pluterol se seguirá vendiendo —contestó Henrik.
—Boden, ¿demandarán de vuelta a Colman? —preguntó otro periodista.
—Boden, ¿habrá conferencia de prensa al terminar la vista para la sentencia? —quiso saber un periodista más.
—Solo les diré que tenemos que esperar unos minutos para tener las respuestas. Por favor, déjenme pasar porque llegaré tarde y el juez Thompson quizá no ha
tenido una de las mejores mañanas. Con permiso, feliz día —les dijo Henrik cuando por fin lograba entrar en el Palacio de Justicia y librarse del acoso y de los
empujones de los periodistas.
—Vaya que vienes con cara de pocos amigos. ¿Será porque hoy las cosas no van a salir como tú deseas, Henrik? De igual manera no pierdes tú, pierde tu cliente —le
dijo un hombre gordo y de baja estatura que se encontraba en la entrada del edificio.
—Liam, créeme que hoy no es uno de mis mejores días, me ha costado venir hasta acá, hay un tráfico del demonio por todos lados y lo que menos espero es tener
que soportar tu sarcasmo —le contestó Henrik molesto, mientras tomaba asiento en la zona de espera previo a ingresar a la sala de vistas.
Liam Newton era el abogado de la farmacéutica Colman. A pesar de que su aspecto físico no era del todo agradable, y que también su forma de vestir era espantosa
—camisa arrugada, corbatas dobladas, zapatos sucios, entre otras cosas—, era un buen abogado. De hecho, su firma era la competencia directa del bufete de Henrik y su
rivalidad llevaba ya algunos años. Sin embargo, en este caso habían sido oponentes directos y había sido una lucha legal interesante, cada uno con su forma de trabajar.
Mientras Henrik era un abogado serio, elocuente y un excelente estratega, Liam era amigable, sarcástico y tendía a la confusión para que el juez aceptara como válidos
sus argumentos. Si hubiese sido boxeo, habría sido la pelea del siglo entre los dos mejores exponentes que había en la actualidad.
—Tranquilo, Henrik, no quería ofenderte, imagino que has tenido un mal día y que posiblemente dentro de unos minutos se ponga peor, pero la verdad es que te
deseo lo mejor, eres muy buen abogado —le dijo Liam.
—No estoy peleando contigo, Liam, es solo que siempre tienes que hacer una broma o un comentario sarcástico que me saca de mis casillas —le contestó Henrik.
—Muy bien, abogado, te dejo con el buen humor que llevas esta mañana. Espero que sigamos siendo amigos después de que tu racha termine hoy mismo — le dijo
Liam, esbozando una sonrisa repugnante.
—No has ganado aún —le contestó Henrik, conciso, para evitar mantener la plática con Liam.
Henrik se concentró en sus documentos y revisó de nuevo todas las pruebas aportadas en el juicio. Aunque estaba seguro de su capacidad, existían algunas de ellas
que no le eran favorables, sobre todo ciertos informes que indicaban que en Hills habían sufrido una crisis financiera cuatro años antes que los había llevado al borde de
la quiebra.
Posteriormente sus laboratorios se habían enfocado en producir medicamentos baratos pero de alto consumo que ayudaron a la empresa a subsistir; sin embargo, de la
noche a la mañana su crecimiento fue abrumador gracias al pluterol.
No tenían laboratorios sofisticados para crear un producto tan innovador y argumentaban que el descubrimiento del pluterol se debía a un error en la fabricación de
aspirinas, a un compuesto químico que se había aportado en exceso y que provocó que la fórmula se alterara, y que desde ese momento sus estudios se enfocaron en
producir la famosa medicina milagrosa.
En un principio Henrik no había creído ni una sola palabra de los responsables de Hills; sin embargo, cuando se enteró de que Liam Newton era el abogado de
Colman, no pudo resistirse a tomar el caso. Habían pasado algunos años sin tener una batalla legal con cierto grado de dificultad y hasta la fecha se encontraba invicto.
Cada uno de los casos que había llevado ante el Palacio de Justicia fue un éxito. No obstante, el sabor del triunfo ya no era igual para Henrik. Muchas batallas
simplemente eran demasiado sencillas para él. Pero en este caso lo motivaba encontrarse a un rival atractivo, otro abogado que estaba invicto y con una fama que iba en
aumento día a día.
Para Henrik la presencia de Liam como contraparte no era la guinda del pastel, sino que el pastel por completo; por su mente solo pasaba una idea: ganar o ganar.
—Abogados, pueden pasar adelante. Su señoría, juez Thompson, hará su ingreso y aprovecho para pedir sus credenciales —interrumpió sus pensamientos el
secretario del Tribunal.
Henrik hizo su ingreso al campo de batalla, su sitio favorito, y tomó asiento. Sentía adrenalina con cada caso. Cuando tomaba la palabra su mente y su corazón se
entrelazaban para provocar en todos una mezcla de pensamiento lógico aunado a un sentimiento profundo.
Henrik nunca preparaba sus argumentos, era de la idea que todo lo que sale del corazón de manera espontánea es mejor que lo preparado durante diez o doce horas
intensas de concentración. Su habilidad en la comunicación y en la oratoria era una de sus mejores bazas a la hora de enfrentar los juicios, ya que siempre sonaba
convincente y elocuente.
—Abogados y público en general, por favor pónganse de pie. El juez Thompson hará su ingreso —dijo en voz solemne el secretario del Tribunal.
En ese momento se observó a un hombre de tez morena, de por lo menos dos metros de altura y una obesidad casi mórbida, enfundado en una toga de color negro y
con dificultades para caminar dado que con tremendo peso sus pies no respondían bien.
—Pueden sentarse —les indicó el juez Thompson y luego de una breve pausa dijo—: El día de hoy estaban citados para escuchar el veredicto final sobre el caso No.
2455: Hills vs. Colman. Primeramente, quiero dar la palabra a los abogados de las partes, por si quieren agregar algo más antes de que escuchen mi fallo. —Y dirigió su
mirada a Henrik.
—No, su señoría, los argumentos de esta representación han sido planteados de manera adecuada y ratifico los mismos —le contestó Henrik.
—Gracias, abogado Boden. ¿Abogado Newton? —preguntó ahora, fijando su mirada en Liam.
—Gracias, su señoría, solo antes de que usted dicte la sentencia a favor de mi cliente, quiero darle las gracias a Henrik Boden por regalarme el mejor juicio de mi vida.
Es una lástima, pero recuerda Henrik, lo importante es participar no ganar —se dirigió a Henrik, esbozando una sonrisa.
—Siempre tan ocurrente el señor Newton, la próxima vez que haga una payasada de este tipo lo expulso de la sala —lo reprendió el juez Thompson con una mirada
de rabia—. Bien, una vez que los honorables abogados han rendido todos sus argumentos, es procedente dictar sentencia. Debo ser sincero y manifestar que ha sido uno
de los casos más difíciles de dictaminar. Ambas partes han presentado diversas pruebas para respaldar sus argumentos; sin embargo, el hecho de que Colman no haya
facilitado el nombre del trabajador que supuestamente robó la fórmula del pluterol, los deja en un limbo, porque el mejor respaldo al argumento hubiese sido traerme a
esta persona. Encuentro válidos los argumentos del abogado Boden en cuanto a la incertidumbre de la persona que supuestamente fue sobornada por Hills. Por otro
lado, la historia relatada por el inventor del medicamento me parece verídica, y hago énfasis en que es mi percepción y que cada uno de ustedes tiene la suya propia. Por
tanto, no me queda más que fallar a favor de Hills y por demanda inadmisible condeno a Colman por daños y perjuicios a la propiedad intelectual de Hills por un monto
de 2 500 millones de templares, los cuales deberán ser pagados en los próximos quince días. De no cumplirse así, se procederá al remate de los bienes de Colman. Se ha
hecho justicia —dijo Thompson en el momento en que su martillo caía sobre la mesa e inmediatamente se puso de pie para salir de la sala.
—Por favor, de pie —ordenó el secretario del Tribunal.
Henrik no salía de la sorpresa, no podía creer que había ganado después de tres años de lucha y sobre todo por el hecho de propinarle una derrota dolorosa a Newton.
«Maldito, ahora quiero ver tu sonrisita» pensó justo cuando el juez Thompson abandonaba la sala.
Se les permitió a los asistentes salir del Tribunal; sin embargo Henrik, que siempre mantenía su clase y sobre todo su caballerosidad, decidió esperar un momento
para olvidarse por unos minutos de sus modeales y restregarle su victoria a Liam en la cara.
—Bueno, Liam, lo siento, pero lo importante es participar no ganar — le dijo, extendiéndole su mano y regalándole una sonrisa como las que soportaba a diario de
este.—
Aún no ha terminado, Henrik, no cantes victoria porque vamos a apelar. Está claro que Thompson se equivocó —contestó Liam, en un tono serio, algo inusual en
él.
—Perdiste, adiós —le dijo Henrik mientras se daba la vuelta y se dirigía a la salida de la sala. Si la felicidad se contabilizara, él podría puntear ese momento con un
cien.
Al salir, se encontraba una avalancha de periodistas para tomar nota de las impresiones del caso. Henrik trató de evitarlos a toda costa pero cada vez que lo hacía,
parecía que se multiplicaban. Sentía ligeras ganas de ir al baño, así que uso este deseo como excusa para dejar la aglomeración y poder entrar al servicio. Hubo
empujones y jaloneo, así que cuando por fin entró recostó su espalda en la puerta para poder obtener un leve respiro por todo el cúmulo de emociones vivido hacía un
momento.
Pensaba en cómo le había demostrado al mundo que era mejor que el payaso de Liam Newton. Hubo un momento en que había perdido la confianza pero al final
había sido una batalla épica en la que nuevamente salía victorioso.
—Abogado, felicitaciones —lo sorprendió una voz femenina. Nervioso, Henrik, pensó que por error se había metido al baño de damas.
—Tranquilo, estás en los baños correctos. Si alguien se equivocó aquí, fui yo, Henrik, De verdad que eres bueno y también muy guapo —le dijo la chica. Era joven,
no más de veinticinco años, pelirroja y con facciones delicadas.
—Disculpa, no sabía que estabas aquí, ahora mismo me salgo —le dijo Henrik.
—No, te estaba esperando, de hecho. Creo que lo más conveniente había sido esperarte afuera, pero como te darás cuenta, es un poco complicado con esa cantidad de
personas que quieren ganarse la primera plana del día de mañana —le contestó la chica, esbozando una leve sonrisa.
—¿Me esperabas a mí? Vaya, los periodistas siempre se las ingenian para hostigarme. Mira, si crees que te voy a dar una exclusiva en el baño, estás equivocada, y si
no tienes que hacer tus necesidades, me gustaría pedirte que retiraras, porque yo sí necesito hacer las mías de manera urgente —le dijo Henrik molesto.
—¿Crees que si tuviera ganas de hacer mis necesidades entraría a este baño? Solo míralo, es asqueroso. Creo que si tuviera ganas de lo que fuera, preferiría hacérmelo
encima —le contestó la chica, soltando una pequeña carcajada que provocó que Henrik hiciera lo mismo.
—Me has caído bien, chica. Si quieres que te conteste alguna pregunta, hazla. Te daré a ti la primicia que todos quieren saber —le dijo Henrik.
—Yo no te he dicho que sea periodista, Henrik —le contestó la chica, riéndose.
—Bueno, entonces sí que estás loca. Si no te importa entonces, me gustaría que salieras del baño —le indicó Henrik.
En ese momento la chica se le acercó de manera sensual. No podía pasar por alto que era una mujer verdaderamente hermosa. Cualquier hombre se volvería loco por
aquel cuerpo escultural. Ella fijó su mirada en Henrik y lentamente acarició la solapa de su saco, tocó su corbata, y enseguida su mano fue subiendo para acariciarle el
rostro, sutil y lentamente.
—Espera, estoy casado, no puedo negarte que eres muy bella, pero tengo esposa e hijos y yo no soy infiel. Además es que, aunque quisiera hacerlo, tampoco
considero que sea el lugar idóneo, son los baños del Palacio de Justicia —le explicó Henrik mientras tomaba su mano para que no siguiera con su coqueteo.
—Tranquilo, abogado, que no soy tu enemigo. Solo jugueteaba contigo. No vengo a hacerte preguntas ni tampoco quiero tener sexo contigo. Eres muy guapo, pero
hay cosas más importantes ahora mismo en las que me debo de enfocar, aunque quizá podría darme un pequeño receso —dijo la chica a la vez que volvía a rozar con sus
dedos los labios de Henrik.
—Bueno, suficiente, dime qué quieres y vete —sentenció Henrik, echando su cuerpo hacia atrás.
—Qué aburrido eres, abogado, y tan bien que lo podríamos pasar. No puedes decir que algo no te gusta si no lo has probado —le contestó la chica ahora con una
sonrisa llena de picardía y sensualidad.
—Gracias por las bellas palabras, pero vayamos al grano o vete de una vez, necesito usar el baño y mi tiempo vale oro. Si me pagas, puedo pasar escuchándote hablar
todo el día si quieres.
—Vengo a darte un regalo, quiero que lo tomes y lo guardes. Es un tesoro que no te imaginas lo que costó encontrarlo.
—¿Un regalo? ¿Por qué? ¿Estás loca? —le dijo Henrik, soltando una carcajada.
—Sí, toma —le contestó la chica, lanzando una pequeña bolsa que casi se cae cuando Henrik intentó recibirlo.
Henrik abrió la bolsa y en su interior había una especie de piedra preciosa, como una gema de color gris claro. A pesar de que Henrik era un gran conocedor de joyas,
nunca había visto una igual.
—¿Qué es esto? —preguntó Henrik.
—Un regalo —contestó la chica.
—No, me refiero a qué tipo de piedra es, está bastante pesada y no he visto una igual antes.
—Lo tendrás que averiguar. Tómala, abogado, y guárdala bien que quizá te podrá servir en un futuro.
—¿Y qué quieres que haga con ella?
—Es tuya Henrik, ¿qué quieres que te diga? —dijo la chica al momento en que se dirigía a la puerta del servicio.
—¿Por qué me la regalas? —le preguntó Henrik.
—Porque es tuya, Henrik. Y ahora sí me voy —le dijo, lanzándole un beso y abriendo la puerta para marcharse.
—Espera, no me has dicho cómo te llamas —exclamó Henrik.
—Mastafá —contestó y desapareció.
III
Con el paso del tiempo la vida en el Gehena se había vuelto bastante tranquila. Cada uno de los demonios tenía una función en la sociedad y su fin era mantener un
lugar agradable para poder vivir. Pero todo había cambiado en el momento en que Lucífugo tomó el mando luego de que el Creador desapareciera sin dejar rastro alguno.
La lluvia mojaba el rostro de Agatha, una mujer de estatura promedio, pelo color lila (que en realidad era su color natural, aunque la mayoría de las personas creía que
era teñido), tez blanca y bellos ojos color marrón.
Se encontraba de camino a su hogar después de un día agotador en el trabajo. Vivía en una casa rodante que se ubicaba en las afueras de Afory, una ciudad al norte de
la Primera Nación, en Tiamat.
Agatha no gozaba de una situación económica favorable, pero se sentía tranquila de subsistir con su trabajo. Era la encargada de la caja en la tienda de la gasolinera
ubicada en la entrada de la ciudad. A simple vista un trabajo sencillo pero exactamente el que necesitaba, puesto que le permitía pasar totalmente desapercibida de lo que
sucedía en Tiamat, y sobre todo del Gehena.
Al entrar en su humilde recinto, se quitó la capa impermeable y también el abrigo, encendió la poca calefacción con la que contaba y fue directamente a la cocina a ver
si ese día tenía la suerte de poder comer algo nutritivo. Debido a su situación, muchas veces tenía que conformarse con comer alguna que otra fritura o pan de días. A
pesar de todas estas limitaciones, ella se sentía tranquila y eso a su criterio no tenía precio.
Esa noche cenó unas brochetas de queso que habían sobrado del día anterior y un vaso de leche. Se dio cuenta de que tenía más de dos semanas de no limpiar, así que
tomó la escoba y unas cuantas bolsas de basura para dejar su casa un poco más decente de lo que estaba, aunque no fue un gran cambio en realidad.
Estaba totalmente sola en Tiamat, no tenía amigos y eso quería decir que era muy difícil que recibiera una visita, por lo que le importaba muy poco mantener
presentable la casa. Al terminar, fue a su pequeña habitación en donde solo había una cama y una mesa. Se quitó un collar con un pequeño dije en forma de estrella, los
anillos que de su mano derecha y el cinturón con las dagas que llevaba para cuidarse de los demonios y de los celestes. Todo lo colocó en la mesa.
En más de una ocasión se había topado con algún demonio que no aceptaba su retiro y la había atacado, siempre sin éxito, dado que Agatha era una excelente guerrera
entrenada por los mejores maestros del Gehena. Pero cuando se trataba de celestes, era más complicado. Alguna vez tuvo que esconderse porque su enemigo era
demasiado poderoso y derrotarlo no era posible.
Agatha pensaba que no hacía nada malo, solo quería pasar su existencia en Tiamat sin molestar a nadie. Pero también era cierto que por la forma en que había sido
creada jamás podría pasar desapercibida o llevar una vida completamente tranquila.
Después de tomar un pequeño baño de agua caliente, se vistió y se preparó para dormir. Al día siguiente se le presentaba una nueva lucha para sobrevivir y para
esquivar cualquier dificultad que se le presentara en el camino.
Sin poder conciliar el sueño, pensó como todas las noches, en aquellos momentos vividos con Annan. Fueron siglos juntos en el Gehena, hasta el momento en que
uno de los caídos abrió las puertas para que todos los demonios pudieran caminar en Tiamat.
El Gehena era un lugar bastante atractivo, una ciudad en la cual se asentaron durante mucho tiempo los demonios. Contaba con una tecnología sumamente avanzada
en relación con la de los humanos en Tiamat, pero no contaba con la vegetación ni con su hermosa naturaleza. Era un lugar lleno de muros y edificios en los cuales vivían
los demonios.
Agatha y Annan residían en el centro de la ciudad a unos cuantos metros del Capitolio, el lugar donde se encuentra el Consejo del Gehena y que funciona también
como centro de operaciones.
Con Lucífugo al frente, se inició la construcción de una especie de prisión en las inmediaciones de la ciudad. No estaba destinada para demonios, sino para humanos
que debían ir al Gehena al morir para que su energía se acumulara y se adhiriera a este lugar; hecho que cambió totalmente las políticas del Gehena. Al darse cuenta de
que mientras más energía humana había en la ciudad esta más se nutría, empezaron a incentivar a los humanos para que al terminar su existencia en Tiamat se fueran al
Gehena.
Al principio, fue a base de engaños concebidos por Lucífugo, un ser traidor y mentiroso. Después de un tiempo, el Consejo decidió que los humanos debía ir al
Gehena por voluntad propia y sin engaños, o bien que por sus propias acciones ameritaran terminar ahí, lo que provocó que la prisión desapareciera.
Se creó entonces una ciudad específicamente para humanos, pero siempre subordinada al Gehena. Era un lugar idéntico a este pero más pequeño, que poco a poco fue
creciendo debido a la gran cantidad de personas que lo fueron habitando. La energía de este lugar aumentó significativamente al punto de que su poder estaba muy cerca
del que generaba el Elyseum.
Cuando el poder del Gehena creció al máximo, Astaroth, uno de los príncipes caídos, abrió las puertas y muchos demonios pudieron recorrer Tiamat con
tranquilidad. Sin embargo, nunca se llegó a controlar el abuso de poder que algunos demonios infringían en Tiamat. Al ser pocos, se les podía atrapar fácilmente pero
más tarde, cuando el número de demonios que recorrían Tiamat aumentó, se hizo demasiado difícil.
Antes de salir del Gehena, muy poco sabían los demonios de los otros lugares que existían en el universo; sin embargo, gracias a Astaroth conocieron Tiamat y
lastimosamente también conocieron la existencia del Elyseum, esto por culpa de los celestes, que eran seres destructores y sin ningún sentido de respeto a la existencia;
gozaban de mucho poder e inclusive podían destruir a un demonio con un solo golpe. Debido al crecimiento del Gehena los demonios fueron nutriéndose de poder
suficiente para poder enfrentarse a los celestes, como ya le había sucedido a Agatha en diversas ocasiones.
También sucedió que los príncipes caídos, es decir, los celestes que ayudaron al Creador durante la Gran Guerra, desaparecieron de un momento a otro, dejando
solamente a Lucífugo, quien aprovecho la situación y empezó a abusar de su poder, llegando a declararse Consejero del Gehena.
Durante dos siglos habían compartido con Annan no solamente un lecho de amor, sino también de misiones. Ambos eran parte de las defensas del Gehena como
soldados de guerra; sin embargo, nunca existió la necesidad de utilizar la armada de la cual formaban parte hasta la declaratoria de guerra entre el Gehena y el Elyseum.
Durante más de dos siglos los celestes se dedicaron a cazar a los demonios. Cuando los príncipes caídos desparecieron, Lucífugo les declaró la guerra después de tener
una reunión con el General, jefe de los celestes. Desde ese entonces se han librado batallas que han terminado con una gran cantidad de demonios y celestes muertos; sin
embargo, poco a poco se han convertido en guerras ocasionales.
Durante una de esas batallas, Annan fue herido por la lanza de un celeste y tardó mucho en sanar, lo que llevó a Agatha a proponerle que se retirarán a Tiamat, lejos
de todas las guerras internas y externas. Sin embargo, Annan se negó rotundamente a retirarse de la armada del Gehena porque era parte de su razón de ser y sin ella su
existencia perdería sentido. Por esta razón se separaron y la última vez que Agatha lo vio fue cuando se despidieron; una despedida cargada de sentimientos.
Agatha seguía concentrada en sus pensamientos cuando de pronto se escuchó un ruido estremecedor, como si una persona hubiese tratado de forzar la puerta. Se dio
cuenta de que su collar empezó a brillar. Se levantó de un salto, tomó las dagas y se dirigió a la entrada de su casa. Entonces descubrió a un ser que se encontraba en el
interior, sentado en su sala.
—Vaya, veo que estás viviendo en la suciedad. No me explico la idea de cambiar el Gehena por este basurero —le dijo el ser.
—Ferret, ¿eres tú? —dijo Agatha.
—Sí, soy yo, Agatha. He venido a verte.
—Si vienes… —dijo ella, empuñando las dagas.
—Tranquila, vengo en paz. No pretendo pelear contigo, no pretendo que me mates —contestó Ferret,
—¿Qué es lo que quieres?
—Quiero que regreses. He venido a buscarte porque eres una de las nuestras. Somos lo que somos, nuestra naturaleza tiene un sentido y no puedes esconderte en
Tiamat —expuso Ferret.
—Por enésima vez, no voy a volver al Gehena, que te quede bien claro —contestó Agatha con tono molesto.
—Tienes una misión y la debes cumplir. Ha llegado el momento que tanto hemos esperado, la batalla final y el regreso del Creador —dijo Ferret.
—El Creador no va a regresar, ese estúpido General lo encerró y disolvió su ser, y todo porque no supimos defenderlo —contestó Agatha, al tiempo que agachaba la
miraba.
—Lo que sucedió ya es pasado. Tranquila, es hora de que tomes mi mano y defendamos nuestra raza. Los malditos celestes se creen superiores al universo y nos
cazan, matan a los nuestros, los torturan — habló Ferret con rabia.
—¿Cómo está Annan? —preguntó Agatha.
En ese momento Ferret agachó su mirada. No quería pronunciar las palabras que vendrían a continuación.
—Ferret, dime ¿cómo esta Annan? —le gritó Agatha con vehemencia.
—Está muerto. Seis celestes lo capturaron cuando regresaba a casa, lo torturaron en el Elyseum y fueron a tirar sus restos a las puertas del Gehena. Fue realmente
horrible. Su cara mostraba aún señales del castigo que sufrió.
—Dime que es mentira —intervino Agatha con una lágrima que recorría su rostro.
—Eso es lo que más quisiera en el mundo, amiga, pero no es así. Annan ha muerto —dijo Ferret con gestos de tristeza.
—Malditos celestes, los odio —contestó ella y arrancó en llanto.
—Lo siento, de verdad. Pero lo podemos vengar. Toma mi mano y luchemos juntos para destruir a esos asesinos —le dijo Ferret mientras la tomaba entre sus brazos
y la abrazaba muy fuerte.
—No puedo, entiéndeme. Ya no quiero que mi existencia se base en guerras. Se lo dije a Annan y no me hizo caso. Y ahora está muerto, no lo puedo creer aún.
—Está bien, ya no te molestaré más. Piensa en lo que te dije. El Creador viene en camino y todo cambiará. Haremos que Gehena y Tiamat sean totalmente distintos.
Recuerda que nos enseñó que la libertad es la necesidad de todo ser viviente y no olvides que eres una guerrera —dijo Ferret y se despidió con un beso en la mejilla.
—¿Viniste a pedirme que regrese o a darme la noticia? —preguntó Agatha, tomando del hombro a Ferret para evitar que se fuera.
—Por ambas. Me lo pidió directamente Lucífugo —contestó Ferret y desapareció.
Esa noche Agatha durmió muy poco. No dejó de pensar en todos esos momentos tan bellos que había pasado al lado de Annan. No había sabido nada de él hasta la
visita que Ferret le había hecho. El sueño la venció con la idea de que tenía dos caminos: vivir con dolor para siempre o suicidarse.
IV
Mastafá entró en la habitación del motel sin percatarse de que había una sombra en la oscuridad y se recostó en la cama, sin nada más que hacer y un poco
desesperada por haber tenido que seguir al humano durante todo el día. Era difícil pensar en que ahora debía fingir ser niñera, sin saber cuánto tiempo más iba a durar esa
misión tan tediosa.
No se explicaba por qué le habían asignado algo así. Ella era una guerrera nata y desde que decidió convertirse en un caballero de la luz no había descansado en
averiguar los misterios que contenían las decisiones del Elyseum.
Los misterios del Elyseum habían dejado de ser importantes para la Resistencia desde que conocieron la profecía del Gran Caballero de la Luz. Ella no creía que fuera
posible la llegada de un salvador para los ángeles disidentes; sin embargo, por ser una soldado tenía que seguir órdenes y no cuestionarlas.
Las esferas se habían convertido en una obsesión del Maestro, quien en realidad ni siquiera sabía cómo funcionaban y menos qué es lo que harían al juntarse. Lo único
que era certero es que las tres esferas se encontraban en los peores lugares de Tiamat y los obstáculos para obtenerlas eran temibles.
Recordó lo sucedido en el Bosque Nevado. No había podido sacar de su mente al hermoso ser en el que se había convertido Let y la paliza que le dio a Uriel. En ese
momento fue cuando su mente divagó sobre la verdadera naturaleza del misterioso salvador.
No conocía a Let hasta que llegó a la entrada del Bosque Nevado. Era imposible no sonreír ante la imagen del anciano con bastón, con cabellera y barba larga, y ese
aspecto tan peculiar pero a la vez amigable que lo envolvía.
De no haber sido por Let seguramente habría muerto en el Bosque Nevado. Los iluminados que derrotó eran fuertes y si no hubiera contado con el factor sorpresa
consideraba que no lo habría logrado. Los caminos secretos que se le mostraron fueron esenciales para encontrar la esfera.
Se puso de pie y volvió a ver el mapa que le había regalado Let. Al principio era una hoja en blanco, pero conforme fue avanzando le mostró el camino a seguir. Los
secretos de aquel bosque se fueron revelando durante el camino y así fue como pudo pasar desapercibida. Sabía que ni con el mejor entrenamiento podría haber salido
viva de aquella misión.
Observó con detenimiento el documento pero no encontró nada extraño. Pensó que se trataba de un hechizo o bien alguna clase de papiro de escriba de quien en su
honor se vive, pero no tenía ese aspecto. A simple vista seguía siendo una simple hoja de papel.
—Veo que no has dejado de estudiar mi mapa, aunque debo decirte que ya no te va a servir —le dijo alguien mientras ella, sorprendida, se percataba de que se sentaba
en la cama.
—Let, no sabía que estabas aquí, Me has dado un gran susto —exclamó Mastafá.
—Tranquila, querida, no quise hacerlo, pero los tiempos son difíciles y tenía que visitarte antes de lo previsto —dijo el anciano.
—No entiendo aún que fue lo que sucedió en el Bosque Nevado, Let.
—Conseguiste la esfera, eso fue lo que sucedió.
—Sí, eso sí es cierto, pero, ¿cómo lograste acabar con Uriel? A eso me refiero.
—Lastimosamente no acabé con ese patán porque lograron abrir el portal y largarse al Elyseum —contestó Let, negando con la cabeza.
—Let, necesito que me digas algo, ¿quién eres? —Mastafá fue al grano.
—Interesante, la verdad, aunque según mi percepción te preocupas demasiado. Podría ser iluminado, caballero de la luz, caído o demonio, qué más da. Lo que te debe
de interesar es que soy tu amigo, y estoy aquí para ayudarte —respondió Let.
—Sí es importante para mí, Let, pertenezco a la Resistencia y no puedo estar hablando contigo a menos que me sea permitido —habló Mastafá.
—Veo que cada día la Resistencia se parece más al Elyseum. Secretos por aquí, misterios por allá, órdenes a los guerreros y decisiones para los gobernantes. Lo más
triste de todo es que se revelaron por un sistema igual al que ahora mismo te encuentras.
—Es diferente, Let, nosotros queremos la paz para los nuestros y buscamos la verdad —explicó Mastafá.
—La paz a base de sangre; en realidad me conmueves. En cuanto a la verdad, pues debes entender que todo es relativo. A ver, te daré un buen consejo, haz lo que tú
consideres correcto y no lo que se te imponga.
—El derramamiento de sangre es necesario para que podamos ser considerados libres, inclusive quien en su honor vivimos lo realizó durante la primera batalla,
esperamos que el Gran Caballero de la Luz retorne para otorgar el equilibrio que necesita el universo —expuso Mastafá.
—Realmente eres ingenua, hija. Dime la verdad en algo, ¿crees en la profecía del Gran Caballero de la Luz? —preguntó Let mientras hacía un ademán sarcástico con
sus dedos.
—Mi maestro dice… —empezó a decir ella.
—No me interesa lo que diga tu maestro, quiero saber tu opinión, Mastafá —la interrumpió Let.
—La verdad es que tengo dudas, Let, pero sí creo que las esferas contienen un poder inimaginable que nos ayudará a restaurar la paz entre los distintos grupos del
universo —contestó Mastafá.
—Pero, ¿y si el poder al que te refieres es oscuro?
—No lo creo, toda la energía es positiva, lo he sentido cuando toqué la bolsa que contenía la esfera —afirmó Mastafá.
—Con el tiempo entenderás más el papel que debes desarrollar en toda esta batalla, pero ahora mismo tienes que centrarte en el humano —le indicó Let.
—Ese es el problema, no tengo ni la menor idea de qué tiene de espectacular ese tipo, y ahora soy yo la niñera de un insolente.
—De todos los misterios que se están creando en esta batalla, ese es uno de los que no he encontrado explicación. Al parecer el humano está ligado a la esfera, lo que
no entiendo es cómo —dijo el anciano.
—La verdad no me importa, lo único que quiero es terminar con el misterio y que se me asigne una verdadera misión —dijo Mastafá.
—Estás asignada en la mejor misión que alguien podría imaginar, eso ni lo dudes.
—¡Claro, por eso me ves tan emocionada! —le contestó Mastafá, soltando una pequeña carcajada—. Por cierto, ¿por qué no me dijiste antes que eras un ángel? —
quiso saber.
—Porque no lo soy.
—Claro que lo eres, vi tus hermosas alas con ojos y tu perfecto enoquiano1 no podía pasar desapercibido.
—Ya te he dicho que no creas todo lo que ves.
—Bueno, si tú lo dices. Ahora bien, dime, ¿para qué me has venido a buscar?
—Es la pregunta que esperaba de tu parte, hija. En esta ocasión te he venido a buscar para pedirte que ayudes a un amigo.
—¿Qué amigo?.
—Ya te darás cuenta. Lo importante es que debes llegar tan pronto como puedas, porque si no lo haces, podría ser desastroso para todos.
—Let, por favor, sabes que odio tanto misterio. Dime ahora mismo a quién voy a ayudar, por favor —pidió Mastafá, frunciendo el ceño.
—Mastafá, lo debes averiguar tú sola. Además, ¿recuerdas nuestro trato?
—Claro que lo recuerdo. Muy bien, iré entonces. Solo espero que no me metas en graves problemas esta vez.
—No debes temer, todo está planeado —dijo el anciano, movió ligeramente su bastón y se empezó a abrir un portal—. Bien, hija, solo tienes que cruzar el portal y
estarás en el camino. Recuerda ser cautelosa siempre —concluyó.
—Claro, aunque espero que esta vez no me traten de matar quince iluminados —replicó Mastafá con tono sarcástico.

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