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Libro PDF El libro de los cuentos perdidos – J. R. R. Tolkien

El libro de los cuentos perdidos - J. R. R. Tolkien

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El libro de los Cuentos Perdidos, escr ito de sesenta a setenta años at rás, fue la
pr imera obra literar ia impor tante de J. R. R. Tolkien y en ella se habla por pr imera
vez de los Valar , de los Hijos de I lúvatar , los Elfos y los Hombres, de los Enanos y
los Orcos y de las t ierras en las que se desar rolla su histor ia, de Valinor , más allá
del océano occidental, y de la Tier ra Media, las «Grandes Tier ras» ent re los mares
del este y el oeste. Unos cincuenta y siete años después de que mi padre dejara de
t rabajar en Los Cuentos Perdidos, se publicó El Silmar illion,* en el que su distante
precursor quedó profundamente t ransformado; y desde entonces han pasado seis
años. Este Prefacio parece un sit io adecuado en el que comentar algunos aspectos
de ambas obras.
Se dice comúnmente que El Silmarillion es un libro «difícil», que acercarse a él
requiere explicaciones y guías; y es en este aspecto lo cont rar io de El Señor de los
Anillos. En el Capítulo 7 de su libro The Road to Middle-earth [ El camino a la Tier ra
Media] , el profesor T. A. Shippey lo acepta como un hecho («El Silmar illion será
siempre por fuerza una lectura ardua») y explica el porqué de esta afirmación.
Nunca se t rata con just icia una exposición compleja cuando se la ext racta, pero
según Shippey esto ocur re en El Silmar illion por dos razones. En pr imer lugar , no
hay en el libro una «mediación» parecida a la de los hobbits (así en El hobbit
«Bilbo es el eslabón que une los tiempos modernos al mundo arcaico de los enanos
y los dragones») . Mi padre no ignoraba que la ausencia de hobbits ser ía sent ida
como una carencia en «El Silmar illion», y no sólo por aquellos lectores
par t icularmente encar iñados con los hobbits. En una car ta escr ita en 1956, poco
después de la publicación de El Señor de los Anillos, mi padre decía:
No creo que llegase a tener el at ract ivo del S. de los A. : ¡no hay hobbits en
él! Repleto de mitología, de una cualidad feérica, y de todos esos «altos
peldaños» ( como podría haber dicho Chaucer ) que han gustado tan poco a
muchos de mis críticos.
En «El Silmar illion» los ingredientes son puros y sin mezcla; y el lector está a
mundos de distancia de semejante «mediación», de semejante embate deliberado
(mucho más que una mera cuest ión de est ilos) producido por el encuent ro ent re el
Rey Théoden y Pippin y Merry en las ruinas de Isengard:
¡Adiós, hobbits míos! ¡Espero que volvamos a encont rarnos en mi casa!
Allí os sentaréis a mi lado y me diréis todo lo que vuest ros corazones desean:
los hechos de vuestros antepasados en la medida que los recordéis…
Los hobbits saludaron con una profunda reverencia. ¡De modo que ése es
el Rey de Rohan! dijo Pippin en voz baja . Un magnífico viejo. Muy cortés.
En segundo lugar:
* Cuando el nombre se escribe en letra cursiva, me refiero a la obra tal como fue publicada;
cuando aparece ent re comillas, a la obra de manera más general en cualquiera o en todas
sus formas.
El Silmar illion difiere de las obras anter iores de Tolkien en que no se acepta
en él la convención novelíst ica. En la mayor ía de las novelas (con inclusión de
El hobbit y El Señor de los Anillos) se escoge un personaje para que ocupe el
primer término, como Frodo o Bilbo, y luego se desarrolla la historia en relación
con lo que a él le ocur re. El novelista, por supuesto, está inventando la histor ia
y, en consecuencia, es omnisciente: puede explicar o most rar lo que en verdad
está ocurriendo y oponerlo a la percepción limitada del propio personaje.
Se t rata, pues, y de modo muy evidente, de una cuest ión de «gusto» literar io
(o de «hábito» literario) ; y también de una cuest ión de «desilusión» literaria: la
desilusión (errada) de los que esperaban un segundo Señor de los Anillos, como
anota el profesor Shippey. Esto ha producido incluso una sensación de afrenta que
me fue expresada con las palabras: «¡Se parece al Ant iguo Testamentó»: una
condena ext rema cont ra la que no hay apelación posible (aunque este lector no
pudo haber avanzado mucho antes de que la comparación lo abrumara) . «El Silmar
illion», claro está, tenía por objeto conmover directamente el corazón y la
imaginación, sin exigirle al lector facultades extraordinarias o un esfuerzo excesivo,
y es dudoso que cualquier modo de abordar lo les sirva de mucho a quienes lo
consideran inabordable.
Hay aun una tercera consideración (que por cier to el profesor Shippey no
expone en el mismo contexto):
Una cualidad que [ El Señor de los Anillos] t iene en abundancia es la
Browulfiana «sensación de profundidad», creada, al igual que en el ant iguo
poema épico, por canciones y digresiones como la balada de Tinúviel de
Aragorn, las alusiones de Sam Gamgee a las Silmar ils y la Corona de Hier ro, la
crónica que hace Elrond de Celebr imbor y docenas más. Ésta es, sin embargo
una cualidad de El Señor de los Anillos, no de las histor ias incorporadas en él.
Contar estas historias por sí mismas y esperar que conservaran el encanto que
obt ienen de su contexto más amplio habr ía sido un t remendo er ror , un er ror al
que Tolkien hubiera sido más sensible que ningún ot ro. Como escribió en una
carta reveladora fechada el 20 de setiembre de 1963:
Yo mismo dudo de la empresa [ de escr ibir El Silmar illion] . Par te del
atractivo de El S. de los A., creo, es consecuencia de los atisbos que hay en él
de una historia más amplia que le sirve de marco: un at ract ivo como el que
t iene ver a la distancia una isla nunca visitada o contemplar las tor res de una
ciudad lejana y resplandeciente en una neblina iluminada por el sol. I r allí
sería dest ruir la magia, a no ser que se revelaran una vez más nuevos
panoramas inasequibles. (Letters [Cartas]).
I r allí ser ía dest ruir la magia. En cuanto a la revelación de «nuevos
panoramas inasequibles», el problema radica en que como el mismo Tolkien
debió de pensar lo más de una vez la Tier ra Media de El Señor de los Anillos
era ya ant igua, con un vasto peso histór ico por det rás. Pero El Silmarillion debía
empezar por el pr incipio. ¿Cómo podía crearse «profundidad» cuando ya no se
tenía dónde retroceder?
La carta citada aquí muest ra por cier to que mi padre sent ía que esto era un
problema o quizá ser ía mejor decir que lo sent ía a veces. Tampoco era un
pensamiento nuevo: mient ras estaba escribiendo El Señor de los Anillos en 1945,
me dijo en una carta:
Una histor ia debe contarse o no habrá histor ia; sin embargo son las histor ias
que no se cuentan las más conmovedoras. Creo que Celebrimbor lo conmueve a
uno porque produce la súbita sensación de infinitas histor ias que no han sido
contadas: montañas vistas a lo lejos que no han de escalarse nunca, árboles
lejanos ( como los de Niggle) que jamás han de visitarse; si se los visita se
convierten en «árboles cercanos»…
Esto queda per fectamente ejemplificado, me parece, en la canción que canta Gimli
en Mor ia, donde los grandes nombres del mundo ant iguo resultan del todo
remotos:
El mundo era hermoso, altas las montañas
en los Días Antiguos antes de la caída
de los reyes poderosos de Nargothrond
y Gondolin, que ahora se han marchado
más allá de los Mares del Oeste…
« ¡Eso me gusta! dijo Sam . Me gustar ía aprender lo. En Mor ia, en Khazaddûm.
Pero pensar en todas esas lámparas vuelve más densa la oscur idad.» Con el
entusiasta «¡eso me gusta!» Sam no sólo sirve de «mediador» ( y graciosamente
«gamgifica») para acercarse a los «elevados», a los poderosos reyes de
Nargothrond y Gondolin, a Dur in en su t rono tallado, sino que los sitúa a una
distancia todavía más remota, una distancia mágica que bien podr ía parecer (en
ese momento) imposible de atravesar.
El profesor Shippey dice que «contar estas histor ias por sí mismas y esperar
que conservaran el encanto que obt ienen de su contexto más amplio habr ía sido
un t remendo er ror». El «er ror» presumiblemente consiste en mantener semejante
expectat iva, no en absoluto en el hecho de contar las histor ias, y evidentemente el
profesor Shippey considera que mi padre se preguntaba en 1963 si debía tomar la
pluma y empezar a escribir, pues prolonga las palabras de la car ta «yo mismo
dudo de la empresa» con «de escr ibir El Silmar illion». Pero cuando mi padre dijo
eso no se estaba refir iendo, de ningún modo, a la obra misma, que por ot ra par te
ya estaba escrita, algunas de sus par tes una y ot ra vez ( las alusiones que figuran
en El Señor de los Anillos no son ilusor ias) : lo que estaba en cuest ión para él,
como lo dijo antes en esa misma car ta, era el hecho de publicar la después de la
apar ición de El Señor de los Anillos, cuando, como él pensaba, el momento
oportuno ya había pasado.
Me temo de cualquier modo que la presentación exigirá mucho t rabajo, y yo
t rabajo tan lentamente… Es necesar io elaborar las leyendas ( se escr ibieron en
momentos dist intos, algunas de ellas hace muchos años) y hacer las coherentes;
y deben integrarse con El S. de los A., y es preciso dar les alguna forma
progresiva. No dispongo de ningún recurso simple, como un viaje o una
búsqueda.
Yo mismo dudo de la empresa…
Cuando después de su muer te se planteó la cuest ión de publicar de alguna
manera «El Silmar illion», no at ribuí ninguna impor tancia a esa duda. El efecto de
«los at isbos de una histor ia más amplia que le sirve de marco» es indiscut ible y de
la mayor impor tancia, pero no creí que los «at isbos» ut ilizados allí con tanto ar te
tuvieran por qué excluir todo nuevo conocimiento de la «historia más amplia».
La «sensación de profundidad» literar ia «… creada por canciones y
digresiones» no puede convert irse en cr iter io para medir una obra totalmente
diferente: esto ser ía t ratar la histor ia pr imordial de los Días Ant iguos de acuerdo
con el uso ar t íst ico que se hace de ella en El Señor de los Anillos. Tampoco debe
entenderse de manera mecánica el recurso de un movimiento de ret roceso en el
t iempo imaginar io para captar nebulosamente acontecimientos cuyo at ract ivo
reside precisamente en su nebulosidad, como si una nar ración más detallada de los
hechos de los poderosos reyes de Nargothrond y Gondolin significara una aproximación
peligrosamente cercana al fondo del pozo y la nar ración de la Creación
fuera a dar cont ra el fondo en un definit ivo agotamiento de la «profundidad», una
ausencia de sitio a «dónde retroceder».
Éste no es, por cier to, el modo en que suceden las cosas o, cuando menos, el
modo en que por fuerza t ienen que suceder . La «profundidad» en este sent ido
implica una relación ent re diferentes capas o niveles temporales dent ro del mismo
mundo. Con tal que el lector tenga un sit io, una perspect iva pr ivilegiada en el
t iempo imaginar io desde el que pueda mirar hacia at rás, la ext rema ant igüedad de
lo ext remadamente ant iguo será evidente y de un modo ininter rumpido si es necesar
io. Y el mismo hecho de que El Señor de los Anillos dé la impresión de una
poderosa est ructura temporal real (mucho más poderosa que la que puede
conseguirse por una mera aseveración cronológica) procura esta perspect iva
privilegiada. Para leer El Silmar illion uno ha de situarse imaginar iamente a finales
de la Tercera Edad en la Tierra Media mirando hacia atrás: en el punto temporal en
el que Sam Gamgee observa: «¡Eso me gusta!» para añadir luego «Me gustar ía
saber algo más». Además, la forma y el est ilo de compendio o epítome de El
Silmarillion, que sugiere un pasado centenar io de poesía y folklore, dan una fuerte
sensación de «cuentos que no han sido contados», aun cuando se los cuenta; la
«distancia» nunca se pierde. No hay urgencia narrativa, la presión y el temor de un
acontecimiento desconocido e inmediato. No vemos en realidad los Silmar ils como
vemos el Anillo. El creador de «El Silmar illion», como él mismo dijo del autor del
Beowulf, «estaba hablando de cosas ya ant iguas y cargadas de melancolía, y
consagró su ar te a reabrir la her ida del corazón, causada por penas que son a la
vez punzantes y remotas».
Como está ahora per fectamente documentado, mi padre deseaba sobremanera
publicar «El Silmar illion» junto con El Señor de los Anillos. Nada digo acerca de la
posible viabilidad del proyecto en aquel entonces, ni hago conjeturas sobre el
dest ino subsiguiente de una obra combinada mucho más larga, una cuat r ilogía o
tet ralogía, ni sobre los diferentes caminos que pudo haber emprendido mi padre,
pues el poster ior desar rollo del mismo «Silmar illion», la histor ia de los Días Ant iguos,
habría quedado inter rumpido. Pero al ser publicado de manera póstuma casi
un cuarto de siglo después, la cuestión de la Tierra Media se presentó invirtiendo el
orden natural; y es por cier to discut ible que fuera at inado publicar en 1977 una
versión del «legendar ium» pr imordial como obra aislada que, por decirlo así, se
just ificara a sí misma. La obra publicada no t iene «marco de referencia», no se
sugiere en ella qué es ni cómo llegó a ser (dent ro del mundo imaginado) . Pienso
ahora que esto ha sido un error.
La carta de 1963 citada ar r iba muest ra que mi padre se preguntaba cómo
podrían presentarse las leyendas de los Días Ant iguos. El modo or iginal, el de El
libro de los Cuentos Perdidos, en el que un Hombre, Er iol, llega después de un
largo viaje por mar a la isla en la que viven los Elfos y se entera de su histor ia por
ellos mismos, había ido (gradualmente) desvaneciéndose. Cuando mi padre mur ió
en 1973, «El Silmar illion» se encont raba en un característ ico estado de desorden:
las pr imeras par tes habían sido muy revisadas y en gran par te reescr itas, las
finales estaban todavía como habían sido abandonadas, algunas, hacía veinte
años; pero en los últ imos escr itos no se encont raba el menor indicio o sugerencia
de cómo organizarlo todo, o algún posible «marco de referencia». Creo que al final
pensó que nada servir ía, y no habr ía ot ra cosa que decir , salvo dar una explicación
de cómo llegó a ser registrado (en el mundo imaginado).
En la edición or iginal de El Señor de los Anillos, Silbo le daba a Frodo en
Rivendel como regalo de despedida «algunos libros de conocimiento folklór ico que
él mismo había compuesto en diversas épocas, escritos con let ra fina, y en cuyo
lomo se leía: Traducciones del élfico por B.B.». En la segunda edición (1966)
«algunos libros» fue cambiado por «t res libros», y en la Nota acerca de los
documentos de la Comarca añadida al Prólogo de esa edición, mi padre decía que
el contenido de «los t res grandes volúmenes encuadernados en piel roja» se
preservaba en el ejemplar del Libro Rojo de la Frontera del Oeste, hecho en
Cóndor por el Escr iba del Rey Findegil en el año 172 de la Cuar ta Edad; y también
que
Se comprobó que estos t res volúmenes eran obra de gran habilidad y
muchos conocimientos en la que… [ Bilbo] había ut ilizado todas las fuentes de
las que dispuso en Rivendel, tanto vivas como escr itas. Pero como Frodo las
ut ilizó poco, pues estaban consagradas casi enteramente a los Días Ant iguos,
nada más se dice aquí de ellas.
En The Complete Guide to Middle-earth [Guía completa de la Tier ra Media] , Rober t
Foster dice: «Quenta Silmar illion era sin duda una de las Traducciones del élfico de
Bilbo, preservadas en el Libro Rojo de la Frontera del Oeste». También yo lo he
supuesto: los «libros de conocimiento folklórico que Bilbo le dio a Frodo procuraban
por fin la solución: eran «El Silmar illion». Pero apar te de las pruebas mencionadas
aquí no hay, que yo sepa, ninguna ot ra declaración al respecto en los escr itos de
mi padre; y (equivocadamente pienso ahora) no me decidí a cruzar la brecha y
volver definitivo lo que me pareció una suposición.
Las opciones que tenía por delante en relación con «El Silmar illion» eran t res.
La publicación podía demorarse indefinidamente, por estar la obra incompleta y la
incoherencia de las distintas partes. Podía aceptar la naturaleza de la obra tal como
se encontraba, y, para citar mi Prólogo del libro, «presentar dentro de las cubiertas
de un libro único mater iales muy diversos, most rar El Silmar illion como si fuera en
verdad una creación ininter rumpida que se había desar rollado a lo largo de más de
medio siglo»; y que, como lo dije en Cuentos I nconclusos (pág. 9 de la versión
castellana) , implicar ía «un complejo de textos divergentes eslabonados por
comentar ios»: una empresa muy superior a lo que las palabras sugieren. Por fin
elegí la tercera opción: «elaborar un texto único, seleccionando y disponiendo el
material del modo que me pareció más adecuado para obtener una nar ración de
veras coherente y con cont inuidad interna». Habiendo llegado a esa decisión, todo
el trabajo de edición que llevé a cabo junto con Guy Kay apuntó al fin expuesto por
mi padre en la car ta de 1963: «Es necesar io elaborar las leyendas … y hacer las
coherentes; y deben integrarse con El S. de los A.». Como el objetivo era presentar
«El Silmar illion» como «una ent idad completa y coherente» (que dada la
naturaleza del caso no podr ía conseguirse por completo) , se concluirá que en el
libro publicado no se expondrían las complejidades de su historia.
No impor ta lo que se piense de la cuest ión, el resultado, que de ningún modo
había previsto, fue añadir una nueva dimensión de oscur idad a «El Silmar illion»,
pues la incer t idumbre acerca de la edad de la obra, si ha de considerársela
«temprana» o «tardía», o cuáles de sus par tes lo son, y acerca del grado de
int romisión y manipuleo (o aun invención) editor ial es mot ivo de tropiezos y fuente
de no pocos errores. El profesor Randel Helms, en Tolkien and the Silmarils, lo dice
del modo siguiente:
Cualquiera interesado, como yo lo estoy, en el desar rollo de El Silmar illion
quer rá estudiar los Cuentos I nconclusos, no sólo por su valor int r ínseco, sino
también porque su relación con el pr imero lo convierte en un ejemplo clásico de
un problema de cr ít ica literar ia de larga data: ¿qué es en realidad una obra
literar ia? ¿Es lo que el autor quer ía (o quizá podría haber quer ido) que fuera, o
lo que hace de ella un editor poster ior? El problema se vuelve especialmente
arduo para el crít ico cuando, como ocur r ió con El Silmar illion, el escritor muere
antes de terminar su obra, y deja más de una versión de algunas de sus par tes,
que encuent ran publicación en ot ro sit io. ¿Qué versión considerará el cr ít ico la
«verdadera»?
Pero dice también: «Christopher Tolkien nos ha ayudado en este caso señalando
honestamente que El Silmar illion en la forma actual es invención del hijo, no del
padre»; y esto es un grave er ror , nacido de mis propias palabras. Aun el profesor
Shippey, aunque acepta mi afirmación de que «una muy vasta proporción» del
texto del «Silmar illion» de 1937 se conservó en la versión publicada, en ot ro lugar
lo considera claramente una obra «tardía», aun la últ ima de su autor . Y en un art
ículo t itulado «The Text of The Hobbit : Put t ing Tolkien’s Notes in Order» (English
Studies in Canadá, VI I , 2, verano de 1981) Constance B. Hieat t llega a la
conclusión de que «resulta muy claro en verdad que nunca lograremos ver los
pasos sucesivos del pensamiento del autor detrás de El Silmarillion.
Pero por sobre las dificultades y las oscur idades, lo que es cier to y muy
evidente es que para el progenitor de la Tier ra Media y Valinor había una profunda
coherencia y una inter relación vital ent re las épocas, los espacios y los seres, por
variados que sean sus modos literar ios y por muy proteicas que puedan parecer
algunas par tes vistas desde la perspect iva de toda una vida. Él mismo entendía
muy bien que para muchos de los que leían con deleite El Señor de los Anillos, la
Tier ra Media nunca será ot ra cosa que una mise-en-scène de la histor ia, y disfrutar
ían de la sensación de «profundidad» sin deseos de explorar esos espacios.
Pero la «profundidad» no es, por supuesto, una ilusión, como una estanter ía de
lomos falsos sin libros dentro; y el Quenya y el Sindarin son estructuras completas.
Hay exploraciones por llevar a cabo en este mundo con per fecto derecho, fuera de
toda consideración crítico- literaria; y es cor recto intentar captar la est ructura de
todo ese mundo, a par t ir del mito de la creación. Cada persona, cada rasgo del
mundo imaginado que pareció significat ivo al autor es, pues, digno de atención por
derecho propio, Manwë o Fëanor no menos que Gandalf o Galadriel, las Silmarils no
menos que los Anillos; la Gran Música, las jerarquías divinas, las moradas de los
Valar , el dest ino de los Hijos de I lúvatar son elementos esenciales para la
comprensión del conjunto. Tales invest igaciones no son ilegít imas en pr incipio;
nacen de una aceptación del mundo imaginado como objeto de contemplación o
estudio tan válido como muchos ot ros objetos de contemplación o estudio de este
ot ro mundo, demasiado poco imaginar io a decir verdad. Fue con esta opinión y el
conocimiento de que ot ros la compar t ían, que hice la recopilación llamada Cuentos
Inconclusos.
Pero la visión del autor de su propia visión fue mudando y cambiando, en una
alteración y una ampliación lentas y cont inuas: sólo en El hobbit y en El Señor de
los Anillos emergieron partes de esa visión y fueron let ra escr ita durante el curso
de la vida de Tolkien. El estudio de la Tier ra Media y Valinor es, pues, complejo;
porque el objeto del estudio no era estable, y existe, por así decir,
«longitudinalmente» en el t iempo (el curso de la vida del autor) , y no sólo
«t ransversalmente» en el t iempo como libro impreso que ya no cambiará en nada
esencial. Mediante la publicación de «El Silmar illion» lo «longitudinal» se cor tó
transversalmente, y tuvo de ese modo un cierto carácter definitivo.
Esta exposición más bien er rát ica es un intento de explicar los mot ivos principales
que me han impulsado a publicar El libro de los Cuentos Perdidos. Es el pr imer
paso para presentar la perspect iva «longitudinal» de la Tier ra Media y Valinor :
cuando la inmensa expansión geográfica, que fue creciendo desde el cent ro
empujando (por así decir ) Beleriand hacia el oeste, estaba todavía en un futuro
distante; cuando no había «Días Ant iguos» que terminaron con la inundación de
Beler iand porque no exist ían aún Edades del Mundo; cuando los Elfos eran todavía
«hadas», y aun Rúmil, el sabio Noldo, estaba muy alejado de los «maest ros de
ciencia» de los años poster iores de mi padre. En El libro de los Cuentos Perdidos
los príncipes de los Noldor no han aparecido todavía, ni tampoco los Elfos Grises de
Beler iand; Beren es un Elfo, no un Hombre, y quien lo captura, el pr incipal
precursor de Sauron en ese papel, es un gato monstruoso poseído por un demonio;
los Enanos son un pueblo malvado; y las relaciones históricas de Quenya y Sindarin
estaban concebidas de modo muy diferente. Éstos son unos pocos rasgos
especialmente notables, pero la lista podría prolongarse aún mucho más. Por ot ra
parte, había ya una firme est ructura subyacente. Además, en la histor ia de la
histor ia de la Tier ra Media rara vez había desar rollo por descarte directo: mucho
más a menudo se producía por sut iles t ransformaciones en etapas, de modo que la
formación de las leyendas (el proceso por el que la histor ia de Nargothrond ent ra
en contacto con la de Beren y Lúthien, por ejemplo, un contacto que ni siquiera se
sugiere en los Cuentos Perdidos, aunque ambos elementos estaban presentes en
él) se parece a la formación de las leyendas ent re los pueblos: el producto de
muchas mentes y muchas generaciones.
Mi padre empezó El libro de los Cuentos Perdidos en 1916-1917 durante la
Pr imera Guerra, cuando tenía veint icinco años, y lo dejó incompleto por largo
t iempo. Era el punto de par t ida, cuando menos en forma acabadamente nar rat iva,
de la histor ia de la Tier ra Media y Valinor; pero antes de que los Cuentos
estuvieran acabados, se dedicó a la composición de poemas largos, la Balada de
Leithian, en díst icos r imados ( la historia de Beren y Lúthien) , y Los hijos de Húr in,
en versos aliterat ivos. La forma en prosa de la «mitología» empezó una vez más
desde un nuevo punto de par t ida* en una sinopsis muy breve, o «Esbozo» como lo
llamó, escr ito en 1926, y que tenía la intención expresa de procurar el marco de
referencia necesar io para la comprensión del poema aliterat ivo. El poster ior
desar rollo escrito de la forma en prosa se originó en ese «Esbozo» y avanzó en
línea directa hasta la versión de «El Silmarillion», que hacia fines de 1937 se
acercaba a su forma acabada; mi padre inter rumpió entonces el t rabajo y lo envió
tal como estaba a Allen y Unwin en noviembre de ese año; pero en la década de
1930 fueron compuestos también textos colaterales y subordinados impor tantes,
como los Anales de Valinor y los Anales de Beler iand (de los que subsisten
fragmentos en la t raducción al inglés ant iguo hecha por Ælfwine [ Er iol] ) , la crónica
cosmológica llamada Ambarkanta, la Forma del Mundo, de Rúmil, y la Lhammas o
«Crónica de las lenguas», de Pengolod de Gondolin. Luego la histor ia de la Pr imera
Edad fue abandonada durante muchos años, hasta que completó El Señor de los
Anillos, pero mient ras t ranscurr ieron los años que precedieron a la publicación de
este libro, mi padre volvió a «El Silmar illion» y ot ras obras afines con decidida
dedicación.
Esta edición de los Cuentos Perdidos será, espero, el pr incipio de una serie que
desarrollará la histor ia por medio de estos escr itos poster iores, en verso y en
prosa; y con esta esperanza he dado a este libro un t ítulo «omnicomprensivo» que
intenta abarcar también a los que quizá lo sigan, aunque me temo que «La histor ia
de la Tier ra Media» sea quizá en exceso ambicioso. De cualquier modo este t ítulo
no implica una «historia» en el sentido convencional: mi intención es ofrecer textos
completos o en gran par te completos, de modo que los libros parecerán más una
ser ie de publicaciones. No me propongo como objet ivo pr imordial desenmarañar
muchos hilos singulares y separados, sino más bien volver asequibles obras que
pueden y deben leerse como totalidades.
El rast reo de esta larga evolución t iene para mí profundo interés, y espero que
lo tenga también para los que sienten agrado por esta especie de búsqueda: sea
las t ransformaciones generales de la t rama, la teor ía cosmológica, o detalles tales
como la apar ición premonitor ia de Legolas Hojaverde, el de vista penet rante, en el
cuento La Caída de Gondolin. Pero estos viejos manuscr itos no sólo t ienen interés
para el estudio de los or ígenes. Mi padre (que yo sepa) nunca rechazó expresamente
gran par te de lo que allí se encuent ra, y es preciso recordar que «El
Silmar illion», desde el «Esbozo» de 1926 en adelante, se escr ibió como un
resumen o epítome, dando la sustancia de obras mucho más extensas (exist ieran
* Sólo en el caso de La Música de los Ainur hubo un desarrollo directo desde un manuscrito a
ot ro, a part ir de El libro de los Cuentos Perdidos, hasta sus últ imas formas; pues La Música
de los Ainur fue separada del resto y continuada como obra independiente.
de hecho o no) en un marco más breve. El est ilo sumamente arcaico ut ilizado con
este propósito no era pomposo: sugerente y de mucho vigor, parecía
par t icularmente adecuado para t ransmit ir la naturaleza mágica y feér ica de los
Elfos primit ivos, pero con igual facilidad se hacía sarcást ico, bur lándose de Melko o
los asuntos de Ulmo y Ossë. En estos casos parece nacer a veces una concepción
cómica, y el lenguaje, rápido y vivaz, no sobrevivió en la gravedad de la prosa
ut ilizada por mi padre en el poster ior «Silmar illion» (así, Ossë «viaja de aquí para
allá en la espuma de sus empresas» cuando ancla las islas en el fondo del mar, los
acant ilados de Tol Eressëa que acaban de poblarse de las pr imeras aves mar inas
«se llenan de chachara y de olor a pescado, y sobre las rocas se celebran grandes
cónclaves», y cuando los Elfos de la Costa se hacen por fin a la mar hacia Valinor ,
Ulmo prodigiosamente «viaja a la zaga en un car ro con olor a pescado y toca con
fuerza la trompeta para desconcierto de Ossë»).
Los Cuentos Perdidos no alcanzaron nunca, ni se aproximaron siquiera, a una
forma que mi padre hubiera considerado publicable; eran experimentales y
provisor ios, y los cuadernos en que fueron escr itos se encuadernaron y guardaron
durante años sin que se les volviera a echar una mirada. Presentar los en un libro
impreso ha planteado espinosos problemas editor iales. En primer lugar , los
manuscr itos son int r ínsecamente difíciles: en par te porque los textos en su
mayor ía fueron escr itos de pr isa con lápiz y ahora cuesta leer los, y a veces
requieren el uso de una lupa y mucha paciencia no siempre recompensada. Pero
además en cier tos lugares mi padre bor ró el texto original en lápiz y escr ibió
encima una versión corregida en t inta; y como en ese t iempo ut ilizaba cuadernos
cosidos y no hojas sueltas, a veces no tenía lugar , de modo que par tes de los
cuentos aparecen escr itas en medio de ot ros cuentos, y a veces el lector se
encuentra con un terrible rompecabezas textual.
En segundo lugar , los Cuentos Perdidos no fueron escr itos uno después del
ot ro, según la secuencia de la nar ración; e ( inevitablemente) mi padre se puso a
organizar y cor regir el texto cuando la obra aún no estaba acabada. La Caída de
Gondolin fue el primero de los cuentos contados a Eriol que se escribió, y el Cuento
de Tinúviel el segundo, pero los acontecimientos de esos cuentos t ienen lugar
cerca del final de la histor ia; por ot ra par te, los textos existentes son revisiones
poster iores. En algunos casos no es posible leer ahora nada anter ior a la forma
revisada; en ot ros existen ambas formas en su totalidad o en par te; hay a veces
sólo un bor rador preliminar; y en ot ros casos en fin no hay ninguna narración, sino
sólo notas y proyectos. Después de variados intentos, comprobé que no era posible
ningún ot ro método de presentación que ir ofreciéndolos en la secuencia de la
narrativa.
Y, finalmente, a medida que la escr itura de los Cuentos iba avanzando, hubo
cambios de relaciones, aparecieron concepciones nuevas, y el desar rollo de las
lenguas par í passu con el de la narración condujo a una cont inua revisión de los
nombres.
Una edición que, como ésta, t iene en cuenta semejantes complej idades, en
lugar de disimular las art ificialmente, puede llegar a ser un texto int r incado y
exasperante, donde ni por un instante se deja solo al lector . He intentado que los
Cuentos mismos resulten accesibles y puedan leerse sin obstáculos, procurando al
mismo t iempo de forma bastante acabada para los que lo deseen, detalles
concretos de los textos. Para lograr lo, he reducido drást icamente el número de
anotaciones, de t res maneras: los muchos cambios hechos a los nombres se
regist ran todos, pero se los agrupa al final de cada cuento, no se registran
individualmente cada vez que aparecen ( los lugares en que aparecen los nombres
pueden encont rarse en el índice) ; casi todas las anotaciones que se refieren al
contenido se incorporan en un comentar io o un breve ensayo que sigue a cada uno
de los cuentos; y casi todos los comentar ios lingüíst icos (pr imordialmente la
et imología de los nombres) se incluyen en un Apéndice sobre los Nombres al final
del libro, donde abunda la información acerca de las pr imeras etapas de las
lenguas «élficas». Así, pues, las notas numeradas se limitan en gran par te a
var iantes y divergencias que se encuent ran en ot ros textos, y el lector que no
quiera molestarse por ellas, puede leer los cuentos sabiendo que eso es casi todo lo
que se pierde.
Los comentar ios son de alcance limitado, cent rándose sobre todo en exponer
las implicaciones de lo que se dice dent ro del contexto de los Cuentos y en
comparar las con las del Silmarillion publicado. Me he abstenido de paralelos,
fuentes e influencias; y he evitado sobre todo las complej idades que separan los
Cuentos Perdidos de la obra publicada (pues indicar las aun de paso, pienso,
dist raer ía al lector ) t ratando la cuest ión de manera simplificada, como ent re dos
puntos fijos. Ni por un momento supongo que mis análisis sean del todo justos o
exactos, y es posible que haya signos que podr ían aclarar los puntos desconcertantes
de los Cuentos que quizá a mí se me han escapado. Se incluye también
un breve glosar io de palabras que aparecen en los Cuentos y poemas que son
anticuadas, arcaicas o raras.
Los textos se presentan en una forma que se aproxima mucho a la del
manuscr ito or iginal. Sólo los deslices menores más evidentes han sido cor regidos
en silencio; donde las oraciones se coordinan con torpeza o hay falta de coherencia
gramat ical, como ocur re a veces en los Cuentos que no eran más que un rápido
bor rador, no he intervenido. Me he permit ido mayor liber tad en el empleo de los
signos de puntuación, pues cuando mi padre escr ibía de pr isa, puntuaba de
manera er rát ica o no lo hacía en absoluto; y he ido más lejos que él en el uso
coherente de las mayúsculas. He adoptado, aunque con vacilaciones, un sistema
coherente de acentuación para los nombres élficos. Mi padre escr ibió, por ejemplo,
Palûr íen, Palúr ien, Palurien; nen, Onen; Kôr , Kor . He ut ilizado el acento agudo
para indicar vocal larga, y los acentos circunflejo y agudo (y algún grave ocasional)
de los textos or iginales, pero reservé el circunflejo para los monosílabos: así,
Palúr ien, Ónen, Kôr ; el mismo sistema, al menos visualmente, que el del Sindar in
posterior.
Por últ imo, haber editado este libro en dos par tes es consecuencia de la
extensión de los Cuentos. La edición está concebida como una totalidad, y espero
que la segunda parte aparezca antes de un año; pero cada parte t iene su propio
índice y un Apéndice sobre los Nombres. La segunda parte cont iene los que, en
muchos aspectos, son los cuentos más interesantes: Tinúviel, Turambar (Túrin), La
Caída de Gondolin, y el Cuento del Nauglafr ing (el Collar de los Enanos) ; esbozos
del Cuento de Eärendel y la conclusión de la obra; y Ælfwine de Inglaterra.
I
LA CABAÑA DEL JUEGO PERDIDO
En la tapa de uno de los ahora muy gastados «Cuadernos de ejercicios escolares»
en los que se escr ibieron algunos de los Cuentos Perdidos mi padre apuntó: La
Cabaña del Juego Perdido, que inicia [el] libro de los Cuentos Perdidos; y en la tapa
también están apuntadas en let ra de mi madre sus iniciales: E.M.T., y una fecha:
12 de febrero de 1917. En este cuaderno el cuento aparece escr ito por mi madre:
una copia prolija de un muy borroso manuscr ito a lápiz en hojas sueltas escr ito por
mi padre que fue guardado ent re las tapas. De modo que la fecha de la composición
de este cuento pudo haber sido, aunque probablemente no lo fue, anter ior
al invierno de 1916-1917. La copia en limpio sigue con precisión el texto original;
luego se hicieron sobre la copia algunos cambios, ligeros en su mayor ía (salvo en
relación con los nombres). El texto sigue aquí su forma definitiva.
Ahora bien, sucedió en cierto tiempo que un viajero de países lejanos, un
hombre de gran cur iosidad, fue llevado, por el deseo de t ierras ext rañas, y
de caminos y moradas de pueblos inusitados, en un barco hacia el oeste,
tan hacia el oeste, que llegó hasta la I sla Solitaria, Tol Eressëa en la lengua
de las hadas, pero que los Gnomos1 llaman Dor Faidwen, la Tier ra de la Liberación,
y de ahí nació una gran historia.
Ahora bien, un día, después de mucho viajar, llegó cuando las luces de la
tarde se encendían en no pocas ventanas, al pie de una colina en una vasta
llanura boscosa. Se encont raba ahora en el cent ro de esta gran isla, y
durante muchos días había recor rido los caminos de la isla, parando cada
noche en la casa de la gente que el azar decidiera, fuera en un villorr io o un
pueblo de pro, a la hora de la tarde en que las velas se encienden. Ahora
bien, a esa hora el deseo de ver cosas nuevas disminuye, aun para quien
tiene corazón de explorador ; y entonces, aun un hijo de Eärendel como este
viajero, piensa sobre todo en la cena y el descanso y contar cuentos antes
de que llegue la hora de irse a la cama y dormir.
Ahora bien, mient ras estaba al pie de la pequeña colina se levantó una
br isa leve, y luego una bandada de grajos voló por encima de él a la clara
luz uniforme. Hacía algún tiempo que el sol se había hundido más allá de las
ramas de los olmos que se extendían por la llanura hasta donde la vista
podía alcanzar, y hacía algún t iempo que el oro tardío se había desvanecido
ent re las hojas, deslizándose por los claros umbrosos para dormir bajo las
raíces y soñar hasta el alba.
Ahora bien, estos grajos dieron la voz de bienvenida a casa y con un
rápido giro volvieron a posarse en la copa de algún olmo alto en la cima de
la colina. Entonces pensó Er iol (porque así lo llamó después la gente de la
isla, y el nombre significa «El que sueña solo», pero cuáles fueron sus
anter iores nombres no se cuenta en ningún sit io) : «La hora del descanso
está cerca, y aunque no sé ni siquiera el nombre de este pueblo
aparentemente honesto en la cumbre de la pequeña colina, buscaré reposo
y alojamiento y no seguiré adelante hasta la mañana, ni siquiera entonces
seguiré adelante quizá, porque el lugar parece apacible y el sabor de la
br isa es bueno. Para mí t iene el aspecto de guardar muchos secretos de
antaño y cosas maravillosas y hermosas ent re sus tesoros y lugares nobles
y también en los corazones de los que viven dentro de los muros».
Ahora bien, Er iol venía desde el sur y por delante de él se extendía un
camino recto bordeado por un alto muro de piedra gr is sobre el que había
muchas flores, y grandes tejos oscuros en algunos sit ios. A t ravés de ellos,
mient ras subía por el camino, vio brillar las pr imeras est rellas, como lo
cantó después en un canto que le dedicó a esa bella ciudad.
Ahora bien, se encont raba en la cima de la colina ent re las casas y
dando un paso quizá casual inició el descenso por un sendero serpenteante,
hasta que habiendo bajado un poco por la ladera occidental de la colina,
una minúscula vivienda at rajo su mirada; las cort inas de las ventanas
dejaban filt rar una luz cálida y deliciosa, como de corazones contentos.
Entonces tuvo nostalgia de amable compañía, y el deseo del viaje murió en
él… e impulsado por un gran anhelo se acercó a la puer ta de la cabaña, y
llamó y le preguntó a alguien que acudió y abrió, cuál podr ía ser el nombre
de esta casa y quién vivía en ella. Y le dijeron que era Mar Vanwa Tyaliéva,
o la Cabaña del Juego Perdido, y el nombre le causó gran asombro. Vivían
allí, le dijeron, Lindo y Vairë que la habían const ruido hacía muchos años, y
con ellos estaban no pocos de su gente y sus amigos y sus hijos. Y eso le
causó más asombro todavía al ver el tamaño de la casa, pero el que le
había abier to, leyendo lo que Er iol pensaba, le dijo: Pequeña es la
vivienda, pero más pequeños aún son los que moran aquí… porque el que
ent re en ella ha de ser en verdad pequeño, o por propia buena voluntad
volverse pequeño al pisar el umbral.
Dijo entonces Er iol que su más caro deseo era ent rar en la casa y
solicitar de Vairë y Lindo una noche de cálido hospedaje, si les parecía bien,
pues él tenía voluntad de volverse lo bastante pequeño allí en la puerta.
Dijo entonces el ot ro: Entra y Er iol avanzó y, ¡vaya! , tuvo la impresión
de que era una casa amplia y de muy abundante deleite, y el señor de ella,
Lindo, y su esposa, Vairë, se adelantaron a saludarlo; y él sint ió en el
corazón una complacencia que nunca había conocido, aunque al
desembarcar en la Isla Solitaria mucha había sido su alegría.
Y cuando Vairë hubo pronunciado las palabras de bienvenida y Lindo le
hubo preguntado cómo se llamaba y de dónde venía y adonde iba y él dijo
que se llamaba el Forastero y que venía de las Grandes Tierras,2 y que iba a
donde el deseo de viajar lo llevase, la comida de la noche fue servida en la
vasta sala y a ella fue invitado Eriol. Ahora bien, en esta sala, a pesar de
que era el t iempo del est ío, habían sido encendidas t res grandes fogatas:
una en el ext remo lejano del recinto y una a cada lado de la mesa, y a
excepción de la luz de estas fogatas, todo estaba en cálida penumbra
cuando Er iol ent ró. Pero en ese momento acudió mucha gente portando
velas de dist intos tamaños y formas, en candelabros de var iado diseño;
muchos eran de madera tallada y ot ros de metal bat ido, y fueron puestos al
azar sobre la mesa central y sobre las de los lados.
En ese momento sonó un gong a la distancia con dulce clamor , y siguió
un ruido como de muchas risas mezcladas con un gran estrépito de pisadas.
Entonces le dijo Vairë a Eriol al verle la cara llena de feliz asombro: Ésa es
la voz de Tombo, el Gong de los Niños, que se encuent ra junto a la Sala del
Juego Recuperado, y suena una vez para convocarlos a esta sala a la hora
de comer y de beber, y tres veces para convocarlos a la Habitación del Leño
Encendido a la hora de contar cuentos. Y añadió Lindo: Si al sonar una
vez hay r isas en los cor redores y est répito de pisadas, las paredes se
sacuden de alegr ía cuando suena t res veces a la tarde. Y el sonido de los
tres golpes es el momento más feliz del día para Corazoncito el Custodio del
Gong, como lo declara él mismo, que tanta felicidad ha conocido en tiempos
de antaño; y es tan anciano que sus años son incalculables, a pesar de la
alegría que lleva en el alma. Navegó en Wingilot con Eärendel durante este
últ imo viaje en el que buscaron a Kôr . Fue el sonido de este Gong en los
Mares Sombr íos el que desper tó al Durmiente en la Tor re de Per las que se
alza allá lejos al oeste en las Islas del Crepúsculo.
Tanto subyugaron a Eriol estas palabras, pues le pareció que le abrían un
nuevo mundo muy bello, que nada más oyó hasta que Vairë lo invitó a
sentarse. Levantó entonces la cabeza y ¡he aquí que la sala y todos sus
bancos y sillas se habían llenado de niños de toda especie y tamaño, y
salpicados ent re ellos había gentes de todo aspecto y edad! En una cosa se
parecían todos: en la cara de cada cual había una expresión de gran
felicidad iluminada por la alegre expectat iva de nuevas alegr ías y deleites
por venir . La suave luz de las velas también daba sobre todos ellos;
resplandecía sobre t renzas brillantes y relumbraba sobre cabellos oscuros, o
aquí y allí ponía un pálido fuego sobre mechones que habían encanecido.
Mient ras Er iol estaba mirándolos, todos se pusieron de pie y entonaron en
coro el canto del Servicio de las Carnes. Luego fue traída la comida y puesta
delante de ellos, y entonces los que t raían las fuentes y los que servían y
los que tendían la mesa, y el anfit rión y la anfit riona, los niños y el
convidado se sentaron; pero antes Lindo bendijo la comida y a los
comensales. Mient ras comían, Eriol ent ró en conversación con Lindo y con
su esposa, contándoles historias de sus aventuras de ot ro t iempo,
especialmente aquellas con que se había topado en el viaje que lo había
traído a la Isla Solitaria, y preguntándoles a su vez muchas cosas referentes
a la bella t ier ra y ( sobre todo) a la bella ciudad en la que se encont raba
ahora.
Lindo le dijo: Entérate que hoy, o más probablemente ayer, has
cruzado las fronteras de la región que se llamó Alalminórë o la «Tierra de los
Olmos», que los Gnomos llaman Gar Lossion o el «Lugar de las Flores».
Ahora bien, esta región se considera el cent ro de la isla y es su más bella
región; pero por encima de todas las ciudades y pueblos de Alalminórë está
Koromas o, como algunos la llaman, Kor t irion, y ésta es la ciudad en la que
ahora te encuent ras. Tanto porque está en el corazón de la isla como por la
altura de su poderosa tor re, los que hablan de ella con amor la llaman la
Ciudadela de la I sla o aun del Mundo. No sólo por este gran amor; toda la
isla acude aquí en busca de sabiduría y dirección, de cantos y de la ciencia
de la t ierra; y aquí en un gran korin de olmos vive Mer il- i-Turinqi. (Ahora
bien, un korin es un muro circular , ya sea de piedra, de espinos o aun de
árboles, que rodea un prado verde.) Meril lleva la sangre de Inwë, al que los
Gnomos llaman Inwithiel, el que fue Rey de todos los Eldar cuando
habitaban Kôr . En días anteriores a que se escuchara el lamento del mundo,
I nwë los condujo a las t ier ras de los Hombres; pero esas magnas y t ristes
cosas y cómo los Elfos llegaron a esta isla bella y solitaria, quizá te las
cuente en otra ocasión.
»Pero al cabo de muchos días, I ngil, hijo de I nwë, viendo que este lugar
era muy hermoso, descansó aquí y reunió alrededor a la mayoría de los más
sabios y los más hermosos, de los más alegres y los más bondadosos de
todos los Eldar.3 Aquí ent re esos muchos llegaron mi padre Valwë, que fue
con Noldor in al encuent ro de los Gnomos, y el padre de Vairë, mi esposa,
Tulkastor . Era del linaje de Aulë, pero había vivido largo t iempo con los
Flaut istas de la Costa, los Solosimpi, de modo que fue de los primeros en
llegar a la isla.
»Luego I ngil const ruyó la gran tor re4 y llamó a la ciudad Koromas o “el
Reposo de los Exiliados de Kôr” , pero por causa de esa tor re se la conoce
ahora sobre todo como Kortirion.
Ahora bien, por ese t iempo la comida llegaba a su fin; entonces Lindo
llenó su copa, y después de él Vairë y todos los que estaban en la sala, pero
a Eriol le dijo: Esto que ponemos en nuestras copas es limpë, la bebida de
los Eldar , de los jóvenes y los viejos por igual, y bebiéndola nuest ros
corazones se mant ienen jóvenes y las bocas se nos llenan de cantos, pero
esta bebida yo no puedo darla: sólo Turinqi puede dar la a aquellos que no
siendo de la raza de los Eldar , después de haberla bebido se quedan a vivir
para siempre con los Eldar de la I sla hasta que llegue la hora de part ir en
busca de las familias perdidas. Luego llenó la copa de Eriol, pero la llenó
con el vino dorado de los ant iguos toneles de los Gnomos; y luego se puso
de pie y brindó «por la Par t ida y el Reencendido del Sol Mágico». Luego
sonó el Gong de los Niños t res veces, y un alegre est répito se elevó en la
sala, y algunos abrieron grandes puer tas de roble de par en par en un
ext remo, aquel en que no había hogar . Entonces muchos cogieron las velas
que estaban colocadas en pies de madera y las sostuvieron en alto mient ras
otros reían y charlaban, pero todos abr ieron un sendero en medio del gent ío
por el que avanzaron Lindo y Vairë y Eriol, y cuando éstos cruzaron las
puertas, la multitud los siguió.
Eriol vio entonces que se encontraban en un corto y amplio corredor, y la
par te superior de los muros estaba cubierta de tapices; y esos tapices
ilust raban historias que él no conocía en ese t iempo. Sobre los tapices
parecía haber pinturas, pero no podía ver las a causa de las sombras, pues
los por tadores de velas venían det rás, y delante de él la única luz procedía
de una puerta abierta por la que se filtraba un resplandor rojo, como de una
gran hoguera. Ése dijo Vairë es el Hogar de los Cuentos que arde en
la Sala de los Leños; arde allí durante todo el año, porque es un fuego
mágico que ayuda al hombre a contar cuentos… pero allí vamos ahora y
Eriol dijo que eso le parecía mejor que ninguna otra cosa.
Entonces todos ent raron r iendo y conversando en el cuarto de donde
venía el resplandor rojo. Era un precioso cuar to como podía apreciarse aun
a la luz de las llamas que bailaban sobre las paredes y el techo bajo,
mient ras que en los escondr ijos y r incones había sombras profundas.
Alrededor del gran hogar había muchas alfombras y coj ines blandos; y un
poco a un lado había un sillón profundo con brazos y patas tallados. Y era
de una tal naturaleza, que Er iol sint ió entonces y en todas las ot ras
ocasiones que entró en el cuarto a la hora de contar cuentos, que cualquiera
que fuera el número de gentes que allí hubiera, el cuarto daba la impresión
de ser bastante espacioso, no demasiado grande, pero nunca atestado.
Entonces todos se sentaron donde quisieron, viejos y jóvenes, pero Lindo
se sentó en el sillón y Vairë sobre un coj ín a sus pies, y Er iol, regocijado
junto al rojo resplandor aunque era verano, se tendió cerca del hogar.
Dijo entonces Lindo: ¿De qué t ratarán los cuentos esta noche? ¿De las
Grandes Tierras y de las moradas de los Hombres; de los Valar y Valinor;
del Oeste y sus misterios, del Este y su gloria, del Sur y sus descampados
nunca recor ridos, del Norte y su poder y su fuerza; o de esta isla y su
gente; o de los ant iguos días de Kôr donde vivió ot rora nuest ro pueblo?
Porque esta noche tenemos con nosot ros a un huésped, un hombre de
vastos y excelentes viajes, un hijo de Eärendel, según creo. ¿Tratarán de
viajes, de exploraciones navieras, de los vientos y el mar?5
Pero a esta pregunta algunos respondieron una cosa y ot ros ot ra, hasta
que Er iol dijo: Os lo ruego, si los demás están de acuerdo, por esta vez
contadme acerca de esta isla, y de toda esta isla, y sobre todo acerca de
esta buena casa y sus bellos moradores, doncellas y muchachos, porque de
todas las casas ésta me parece la más encantadora y de todos los
habitantes, éstos los más dulces que haya contemplado.
Dijo Vairë entonces: Sabe, pues, que ant iguamente, en los días de6
I nwë ( y es difícil remontarse más at rás en la historia de los Elfos) , había un
lugar de bellos jardines en Valinor junto a un mar de plata. Ahora bien, este
lugar estaba cerca de los confines del reino, pero no lejos de Kôr , aunque
por causa de la distancia a que se encont raba de Lindelos, el árbol del sol,
había allí una luz como la del atardecer del verano, salvo sólo cuando se
encendían en la colina al crepúsculo las lámparas de plata, y entonces unas
lucecillas blancas bailaban y se est remecían en los senderos persiguiendo
motas oscuras bajo los árboles. Éste era un momento de alegría para los
niños, porque sobre todo a esta hora un nuevo camarada descendía por la
senda llamada Olórë Mallë o la Senda de los Sueños. Se me dijo, aunque la
verdad no la conozco, que la senda llegaba por rutas desviadas hasta las
moradas de los Hombres, pero nunca nos aventurábamos por esas rutas
cuando nosot ros íbamos allí. Era una senda de márgenes profundos y setos
colgantes, más allá de los cuales se erguían muchos árboles altos, donde
parecía habitar un susurro perpetuo; pero no rara vez enormes luciérnagas
revoloteaban por los bordes herbosos.
»Ahora bien, en este lugar de jardines un alto portón enrejado que
brillaba dorado en el crepúsculo daba a la senda de los sueños, y desde allí
par t ían muchos caminos serpenteantes formados por altos setos de boj
hasta el más bello de todos los jardines, y en medio de ese jardín se
levantaba una cabaña blanca. De qué estaba hecha o cuándo se habría
const ruido nadie lo sabía ni lo sabe ahora, pero se me dijo que br illaba con
una luz pálida, como de perlas, y que el techo era de paja, pero que esas
pajas eran de oro.
»Ahora bien, a un costado de la cabaña había un mator ral de lilas
blancas, y en el otro extremo un poderoso tejo con cuyos vástagos los niños
construían arcos o por cuyas ramas trepaban al techo. Pero todo pájaro que
alguna vez cantó, acudía a las lilas y cantaba dulcemente. Ahora bien, las
paredes de la cabaña se inclinaban por la edad, y los múlt iples ventanucos
eran de un enrejado retorcido en las formas más ext rañas. Nadie, se decía,
vivía en la cabaña, que estaba sin embargo guardada en secreto y con celo
por los Elfos, para que ningún daño le ocurriera, y los niños que jugaban allí
libremente no sabían que hubiera alguna guardia. Ésta era la Cabaña de los
Niños o del Juego del Sueño, y no del Juego Perdido, como se cantó
erróneamente ent re los Hombres… porque ningún juego se había perdido
entonces, y aquí y ahora ¡ay! está la Cabaña del Juego Perdido.
»Éstos también eran los primeros niños: los niños de los padres de los
padres de los Hombres que aquí vinieron; y por lást ima los Elfos intentaron
guiar a todos los que venían por esa senda hasta la cabaña y el jardín,
temiendo que los ext raviados llegaran a Kôr y se enamoraran de la gloria
de Valinor ; porque entonces se quedar ían allí para siempre y los padres se
hundirían en un profundo dolor o errarían siempre en vano convir t iéndose
en desarraigados y salvajes ent re los hijos de los Hombres. Más aún, a
algunos que llegaban al borde de los acant ilados de Eldamar y allí se
demoraban deslumbrados por las bellas caracolas y los peces de múlt iples
colores, los estanques azules y la espuma de plata, los conducían a la
cabaña seduciéndolos gent ilmente con el per fume de las flores. Sin
embargo, aun así había algunos que oían en aquella playa las dulces flautas
de los Solosimpi a lo lejos, y que no jugaban con los ot ros niños, sino que
asomados a las ventanas más altas miraban esforzándose por tener at isbos
del mar y las costas mágicas más allá de las sombras de los árboles.
»Ahora bien, en su mayor ía, los niños no ent raban con frecuencia en la
casa, sino que bailaban y jugaban en el jardín, recogiendo flores y
persiguiendo a las abejas doradas y a las mar iposas de alas de encaje
puestas allí por los Elfos para su alegr ía. Y muchos niños se hicieron allí
camaradas, que después se encont raron y se amaron en las t ier ras de los
Hombres, pero de tales cosas quizá los Hombres sepan más de lo que yo
pueda decir te. Había allí sin embargo, como te he dicho, quienes oían las
flautas de los Solosimpi a lo lejos, ot ros que, alejándose del jardín una vez
más, llegaban a escuchar el canto de los Telelli en la colina, y aun algunos
que, después de llegar a Kôr , regresaban a su casa, con la mente y el
corazón maravillados. De los neblinosos recuerdos de estos niños, de sus
nar raciones inconclusas y de sus fragmentos de canción nacieron muchas
leyendas extrañas que deleitaron a los Hombres por largo tiempo y quizá los
deleitan todavía; porque de ellos surgieron los poetas de las Grandes
Tierras.7
»Ahora bien, cuando las hadas abandonaron Kôr, esa senda fue
bloqueada para siempre con grandes rocas infranqueables, de modo que la
cabaña permanece vacía y el jardín desnudo hasta el día de hoy, y así
permanecerá hasta mucho después de la Part ida, cuando, si todo va bien,
los caminos desde Arvalin hasta Valinor estarán atestados por los hijos y las
hijas de los Hombres. Pero al ver que ningún niño iba ya allí en busca de
gozo y deleite, el dolor y la opacidad se difundieron ent re ellos, y los
Hombres casi dejaron de creer en la belleza de los Elfos y la gloria de los
Valar o de pensar en ellas, hasta que uno llegó de las Grandes Tierras y nos
rogó dar alivio a la oscuridad.
»Ahora bien, no hay camino seguro para los niños desde las Grandes
Tier ras hasta aquí, pero Meril- i-Tur inqi haciéndose eco de su propia
benignidad designó a Lindo, mi esposo, para t razar algún buen plan. Pues
bien, Lindo y yo, Vairë, hemos tomado a nuest ro cargo a los niños: el resto
de los que encont raron a Kôr y se quedaron con los Eldar para siempre; de
modo que levantamos con buena magia esta Cabaña del Juego Perdido; y
aquí se atesoran y se ejecutan los viejos cantos, los viejos cuentos y la
música élfica. De vez en cuando nuest ros niños parten ot ra vez en busca de
las Grandes Tier ras, y acuden junto a los niños solitarios y les susurran al
atardecer cuando van a acostarse temprano a la luz de la noche y de las
velas, o consuelan a los que lloran. Algunos, me han dicho, escuchan las
quejas de los que han sido cast igados o reprendidos, y escuchan sus cuentos
y fingen ponerse de par te de ellos, y éste me parece a mí un raro y feliz
servicio.
»No obstante no todos los que enviamos fuera regresan, y esto es una
gran pesadumbre para nosot ros, pues no es por menudo amor que los Elfos
se hacen cargo de los hijos venidos de Kôr , sino más bien por consideración
a los hogares de los Hombres; sin embargo, en las Grandes Tier ras, como
bien lo sabes, hay hermosos lugares y adorables regiones de gran
seducción, por lo que sólo obedeciendo a una gran necesidad ar riesgamos a
alguno de los niños que están con nosot ros. Sin embargo, la gran mayor ía
regresa y nos cuentan muchas histor ias y muchas cosas t ristes de sus
viajes… y ahora te he dicho casi todo cuanto hay por decir de la Cabaña del
Juego Perdido.
Dijo Eriol entonces: Pues son éstas t ristes not icias, aunque no
obstante, es bueno escuchar las, y me recuerda ciertas palabras que mi
padre me dijo en mi temprana infancia. Había una vieja t radición ent re los
de nuest ro linaje, dijo, según la cual uno de los padres de nuest ro padre
habr ía hablado de una hermosa casa y unos jardines mágicos, de una
ciudad maravillosa, y de una música bella y nostálgica… y estas cosas dijo
que las había visto y escuchado de niño, aunque no cómo y dónde. Ahora
bien, toda su vida fue un hombre inquieto, como si tuviera dent ro de sí un
anhelo expresado a medias de cosas desconocidas; y se dice que mur ió
ent re las rocas de una costa solitaria una noche de tormenta… y además
que la mayor ía de sus hijos y los hijos de

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