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El libro de Skye Viajeros en el tiempo 1 – Emily Delevigne

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Descargar El libro de Skye Viajeros en el tiempo 1 En PDF reconstruirlas.
A manos de su tía Carmen, había
oído el interesante rumor de que
aquellas ruinas seguían de pie, en el
sótano, para uso y disfrute del irlandés.
No sabía si ella las había visto, pero lo
que estaba claro era que Alba no tendría
la oportunidad.
Mirando a su alrededor con deleite,
pasó las manos por las viejas estanterías
de madera de roble, tocando los tomos
de los antiquísimos libros y
encontrándolos en su mayoría en inglés,
irlandés y escocés. Apenas alguno en
español, entre ellos El Quijote y
Campos de Castilla.
Sonrió.
«Cómo no».
Las obras eran tan vetustas que temía
tocarlos por miedo a que se
resquebrajasen en sus manos. Pese al
gran amor que sentía por los libros, no
se caracterizaba por ser una persona
precisamente ágil en cuanto a tratar
objetos antiguos se refería.
Se adentró aún más, perdiéndose
entre el laberinto de estanterías hasta
que pasó cerca de otro pasillo muy
iluminado por una gran ventana cuyo
marco era de madera con complicados
truncados hechos a mano.
Retrocedió y miró aquel pasillo que
formaban las altas estanterías,
proyectando pesadas sombras sobre las
paredes.
Avanzó un paso hacia la luz de la
ventana. El suelo de madera crujió bajo
su peso. Ignorándolo, avanzó
nuevamente hasta mirar a través del
cristal, teniendo que limpiarlo con el
dobladillo de la camiseta al notar una
pesada capa de polvo sobre ella.
Frotándose los ojos con las manos,
intentó enfocar la vista, creyendo haber
visto prados verdes y un castillo
medieval a través de ella.
Algo imposible cuando se
encontraban en el centro de Sevilla.
Sonrió, aliviada, al ver la Giralda en
todo su esplendor y el sol del atardecer
ocultándose entre los edificios. Sí, todo
estaba en su sitio.
Sorprendida, notó que el poco calor
que hacía en esa habitación no tenía

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nada que ver con las usuales casas
sevillanas. Parecía haber diez grados
menos. ¿Cómo era posible? ¿La
ubicación, quizás? ¿El tipo de material
de las paredes no permitía le
penetración de los rayos del sol?
Suspirando, se dio la vuelta para
aprovechar el escaso tiempo que le
quedaba en ese maravilloso lugar
cuando su cadera dio contra una
pequeña mesa, situada a su derecha.
—Mierda… —susurró
dolorosamente, llevándose la mano a la
zona golpeada.
Clavó los ojos en la pequeña mesa
de madera, cuyo centro era de cristal
raído, como si lo hubiesen golpeado con
brusquedad, haciendo que el dibujo de
un cardo en el centro estuviese algo
distorsionado. Las patas de la mesa se
juntaban a medida que subían,
encontrándose hasta ser un todo.
Terminó de subir la mirada para
encontrar un viejo y grueso libro en el
centro. Las solapas duras de color
morado oscuro, casi azules, estaban algo
deterioradas.
Alba, inconscientemente, estiró el
brazo y tocó el libro con las yemas de
los dedos.
La retiró con rapidez y miró a todos
lados.
¿Le permitiría el señor O’Neill
tenerlo entre sus manos? Si aquel libro
estaba separado de los demás,
seguramente, sería por algo.
Humedeciéndose los labios, al no
escuchar el sonido de sus pisadas, cogió
el libro entre las manos y se puso de
espaldas a la ventana, dejando que la luz
impactase contra él.
En la dura portada estaba la silueta
de un cardo. ¿No era aquello un símbolo
nacional escocés? Se preguntó siguiendo
el recorrido con los dedos. Quizás,
fuese un libro sobre Escocia, un libro de
cuentos infantiles, leyendas o…
El libro estaba frío. Muy frío.
—Qué extraño, no hace tan baja
temperatura aquí dentro —dijo en voz
baja.
Abrió el libro por la primera página,
oyéndose el chasquido al pasar la
cubierta. Con cuidado, lo apoyó contra
su abdomen e intentó leer la primera
página de color blanco roto con los
bordes amarillos a causa del paso de los
años.
Estaba en gaélico, averiguó al
recordar unos escritos que el señor
O’Neill había llevado una vez al
restaurante. No entendía nada de nada.
Los idiomas siempre se le habían dado
bien, pero tampoco había profundizado
en esa habilidad para explotarla y
dedicarse a ello profesionalmente. El
inglés lo manejaba con soltura y
chapuceaba con el francés y ruso. Si
fuera inglés… Suspirando, pasó las
páginas, esperando encontrar algo que
pudiese entender… o al menos un dibujo.
Poco a poco, aquella caligrafía comenzó
a hechizarla, desde sus tortuosos enlaces
hasta los signos que aparecían en
algunas páginas.
Comenzó a pasear los ojos por las
líneas, escuchando unas voces que
parecían salir del libro hasta llegar al
interior de su cabeza. Susurros, palabras
ininteligibles que no conseguía
descifrar, exclamaciones y más voces.
Pasó la siguiente página con lentitud
mientras se preguntaba si todo eso no
sería más que el producto de su
inalcanzable e ilimitada imaginación.
Su corazón dio un vuelco.
Tras terminar la página, pasó a la
siguiente y así sucesivamente, sin ser
consciente del tiempo. Poco a poco la
habitación fue sumiéndose en la
oscuridad, viéndose por la ventana el
cielo de tonos anaranjados y morados
que darían paso al anochecer, pero Alba
no tenía interés en ello.
Estaba concentrada en aquel libro
que poco a poco la unía a él más y más,
las voces aumentaban y sus dedos
pasaban las páginas solos, sin su ayuda.
En su cabeza se formaban imágenes
de prados verdes y frondosos, húmedos
por la fría lluvia que otorgaba un
aspecto salvaje a la vegetación. Altas
montañas ocultas de pálida nieve helada
y niebla plateada, que bajaban por los
valles para cubrirlos por las mañanas,
seguidos de los impecables montes con
una amplia gama de verdes existentes.
Con dificultad consiguió distinguir
un castillo, un enorme castillo de piedra
sobre una llanura. Estaba segura que
desde aquella posición los enemigos no
podrían sorprenderlos, tenían todo los
flancos despejados. Algo más lejos se
encontraba un lago de aguas oscuras,
donde las ramas de árboles apoyados en
sus orillas, acaban por caer en el
embrujo del agua, ahogándose.
—Dios mío… —musitó— cuánta
belleza.
Alrededor del lago había pequeñas
casitas, dispersas, mientras que dentro
de la muralla del castillo había más,
juntas y sirviéndose de apoyo unas a
otras, junto a unas caballerizas, un pozo
y una herrería.
Una fresca brisa acarició su rostro
perezosamente, cambiando su campo de
visión por el castillo nuevamente. La
imagen iba subiendo poco a poco, hasta
que llegó a lo más alto de la torre del
homenaje.
Había un hombre de espaldas,
mirando el paisaje con las manos
enlazadas detrás. Alto, muy alto, se dijo
Alba mientras lo miraba intensamente.
Su pelo era oscuro, parecía castaño con
reflejos cobrizos por la incidencia de
los haces de luz. Hasta los hombros y
suelto, era movido por el viento con
total libertad.
Sus anchos hombros estaban tensos,
los fuertes músculos de su espalda
advertían de él un hombre fuerte, grande
y feroz, cubierto por una camisa ancha y
blanca. ¿Dónde estaría? Se preguntó
Alba, ¿sería un guerrero? ¿estaría
quedándose dormida y soñando con
aquel extraño? Tenía que admitir que
era la primera vez que conseguía ver y
sentir con tanta claridad, como si
realmente se encontrase allí.
Si era un sueño, no quería despertar
todavía.
De repente, Alba se percató de que
el hombre llevaba un kilt.
Antes de que pudiese prestar
intención a los colores, la imagen se fue
acercando más y más a la figura, hasta
que pudo sentir el calor manando de su
inmenso cuerpo. Le llegó el olor
masculino: fresco, a lluvia y a tierra
mojada y menta. Inspiró con fuerza para
luego soltar el aire con lentitud.
Alba quería estirar la mano,
acariciar el pelo del hombre, ver su
rostro.
Asustada, retiró la mano con rapidez
cuando la tensión se hizo palpable en el
ambiente. Poco a poco, el hombre fue
girando sobre sus pies. Sus rasgos
fueron quedando expuestos,
arrebatándole el oxígeno de los
pulmones con brusquedad.
Nariz recta, mandíbula suavemente
cuadrada cubierta de un vello incipiente
cobrizo claro y suavemente
pronunciada… Masculino. Esa era la
palabra. Era increíblemente masculino,
irradiaba poder por todos los poros de
su piel. Poder y fuerza. Tanta que la
abrumó.
Cuando terminó de girar el rostro, el
corazón de Alba se paró.
Grises. Sus ojos eran grises. Fríos,
duros, impecables como la muralla de su
castillo.
Y la estaban mirando a ella. Achicó
sus ojos y dio un paso, estirando el
brazo.
—Wha urr ye? (Quién eres)
El libro cayó de sus manos con un
fuerte estruendo, sacándola de allí.
Alba gimió y miró aquel libro desde
el suelo, con las manos todavía con la
posición en el que lo había sostenido.
Su corazón latía erráticamente, sin
descanso, mientras miles

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