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Libro PDF El momento en que todo cambió Douglas Kennedy

El momento en que todo cambió - Douglas Kennedy

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Esa mañana me llegaron los papeles del
divorcio. He tenido comienzos de día mejores.
Aunque ya sabía que vendrían, el momento en que
aterrizaron en mis manos fue deprimente, porque
su llegada anunciaba el principio del fin.
Vivo en una casa pequeña, situada sobre una
carretera secundaria cerca de Edgecomb, Maine.
Es una casita sencilla: dos dormitorios, un estudio
y un espacio único para la cocina y el cuarto de
estar, con paredes encaladas y suelo de entarimado
barnizado. La compré hace un año, cuando me hice
con algo de dinero. Mi padre acababa de morir, y
aunque no tenía ni cinco cuando le estalló el
corazón, aún le quedaba una póliza en vigor, de la
época en que trabajaba para una gran empresa. El
seguro pagó trescientos mil dólares, y como yo era
su único hijo y heredero (mi madre había dejado
este mundo varios años antes), fui también el único
beneficiario. Mi padre y yo no estábamos muy
unidos. Hablábamos por teléfono una vez a la
semana y todos los años le hacía una visita de tres
días en su bungaló de jubilado en Arizona.
También le mandaba un ejemplar de cada uno de
mis libros de viajes en cuanto se publicaban.
Aparte de eso, el contacto era mínimo. Una
arraigada incomodidad impedía que nos
sintiéramos a gusto o que hubiera confianza entre
nosotros. Cuando viajé solo en avión a Phoenix
para organizar el funeral y cerrar su casa, un
abogado de la ciudad se puso en contacto conmigo.
Me dijo que le había hecho el testamento y me
preguntó si sabía que estaba a punto de recibir una
bonita suma de la Mutua de Seguros de Omaha.
—Pero ¡si mi padre pasó apuros económicos
durante años! —le dije al abogado—. ¿Por qué no
cobró la póliza y vivió de los beneficios?
—Buena pregunta —respondió él—, eso
mismo le aconsejé yo. Pero el viejo era muy
testarudo, muy orgulloso.
—Y que lo diga —repliqué—. Una vez traté de
enviarle dinero, solo un poco, porque tampoco
podía ofrecerle mucho, pero me devolvió el
cheque.
—Las pocas veces que lo vi, presumió de ser
el padre de un escritor famoso.
—Estoy muy lejos de ser famoso.
—Pero ha publicado. El viejo estaba muy
orgulloso de lo que ha conseguido en la vida.
—No lo sabía —dije, con repentina dificultad
para contener las lágrimas. Mi padre casi nunca
me hablaba de mis libros.
—Los hombres de su generación muchas veces
son incapaces de expresar lo que sienten —
continuó el abogado—, pero es obvio que él
quería dejarle algún tipo de herencia, así que
prepárese para recibir unos trescientos mil dólares
en algún momento de la próxima quincena.
La mañana siguiente regresé al este, y en lugar
de dirigirme a la casa de Cambridge donde vivía
con mi mujer, alquilé un coche en el aeropuerto
Logan y puse rumbo al norte. Caía la tarde cuando
salí del aeropuerto. Entré en la Interestatal 95 y
seguí adelante. Al cabo de tres horas estaba en la
Ruta 1, en Maine. Atravesé Wiscasset, crucé el río
Sheepscot y me detuve en un motel. Estábamos a
mediados de enero. El termómetro marcaba una
temperatura muy inferior al punto de congelación.
Una nevada reciente lo había pintado todo de
blanco, y yo era el único huésped del
establecimiento.
—¿Qué lo trae por aquí en esta época del año?
—me preguntó el empleado de la recepción.
—Ni idea —respondí.
Esa noche no pude dormir y me bebí casi toda
la botella de bourbon que llevaba en la bolsa de
viaje. A primera hora de la mañana me metí otra
vez en el coche alquilado y me puse en camino.
Seguí hacia el este por la carretera, una estrecha
cinta de dos carriles que bajaba serpenteando una
colina y trazaba después una amplia curva. Una
vez superado el recodo, el premio fue
espectacular, porque delante de mí se abrió una
extensión helada con matices de aguamarina: una
bahía vasta y abrigada, salpicada de bosques
escarchados, con un manto de niebla suspendido
sobre la superficie del agua congelada. Me detuve
y salí del coche. Soplaba un viento boreal que me
azotó la cara y me irritó los ojos, pero me obligué
a seguir andando hasta la orilla. Un sol enclenque
intentaba iluminar el mundo, pero con tan poca
potencia que la bahía entera permanecía envuelta
en una niebla a la vez etérea y fantasmagórica.
Aunque el frío era atroz, no podía dejar de mirar
aquel paisaje espectral, hasta que otra ráfaga de
viento me hizo girar la cara.
En ese preciso instante vi la casa.
Estaba situada en una parcela pequeña,
elevada por encima de la bahía. El diseño era muy
simple: una estructura de una sola planta, con
revestimiento de tablillas blancas castigadas por
la intemperie. El pequeño sendero para coches
estaba vacío. Dentro no había luces encendidas,
pero al frente habían colocado un cartel de «SE
VENDE». Saqué la libreta y anoté el teléfono y el
nombre del agente inmobiliario de Wiscasset que
se encargaba de la venta. Pensé seguir andando
para ver la casa más de cerca, pero el frío me
obligó a meterme de nuevo en el coche. Arranqué
y me puse a buscar una casa de comidas donde
sirvieran desayunos. Encontré una a las afueras del
pueblo, y al cabo de un rato localicé la
inmobiliaria en la calle principal. Treinta minutos
después de entrar en el local, estábamos de vuelta
en la casa.
—Tengo que advertirle que la construcción es
un poco primitiva —me dijo el agente—, pero
tiene un buen esqueleto. Además, está
prácticamente en la orilla. Y lo mejor es que se
trata de una liquidación patrimonial por sucesión.
Lleva dieciséis meses en el mercado, por lo que la
familia estará dispuesta a aceptar cualquier oferta
razonable.
El agente tenía razón. La casa era rústica en el
mal sentido de la palabra, pero estaba preparada
para el invierno. Y, gracias a mi padre, los
doscientos veinte mil dólares del precio de venta
se habían vuelto asequibles. Ofrecí ciento ochenta
y cinco mil allí mismo. Al final de la mañana, la
oferta había sido aceptada. A la mañana siguiente
me reuní con un maestro de obras local (por
cortesía del agente inmobiliario) que estuvo de
acuerdo en reformar la casa con mi presupuesto de
sesenta mil dólares. A última hora de ese mismo
día llamé por fin a casa y tuve que responder a un
montón de preguntas de Jan, mi mujer, que quería
saber por qué no había llamado ni una vez durante
las últimas setenta y dos horas.
—Porque de regreso del funeral de mi padre
compré una casa.
A esa afirmación siguió un silencio prolongado
y fue en ese preciso momento (ahora lo
comprendo) cuando su paciencia conmigo,
comprensiblemente, se quebró.
—Por favor, dime que es una broma —dijo
ella.
Pero no lo era. Era una especie de
proclamación, una declaración con una cantidad
considerable de mensajes implícitos. Jan lo
comprendió. Y yo también sabía que, cuando
supiera de mi compra impulsiva, el paisaje entre
ambos quedaría dañado de forma irreparable.
Sin embargo, seguí adelante y compré la casa,
lo que debía de querer decir que en realidad yo
deseaba que las cosas tomaran ese rumbo.
Pero el momento del cisma permanente no se
produjo hasta ocho meses después. Un matrimonio
(sobre todo cuando ha durado veinte años) rara
vez se rompe con una explosión definitiva. Es más
como las fases por las que transita una persona
cuando le diagnostican una enfermedad terminal:
ira, negación, negociación, otra vez ira,
negación…, aunque creo que nosotros nunca
llegamos a la etapa de la «aceptación» en nuestro
«viaje». En lugar de eso, un fin de semana de
agosto, cuando llegamos a la casa recién
reformada, Jan decidió decirme que para ella
nuestro matrimonio se había terminado. Y se
marchó en el primer autobús que salía del pueblo.
No acabó con una explosión, sino
simplemente… con una vaga tristeza.
Me quedé en la casa de campo todo el verano
y solo volví a Cambridge (aprovechando que mi
mujer había salido el fin de semana) para recoger
todas mis pertenencias terrenales: libros, papeles
y la poca ropa que tenía. Después, volví al norte.
No acabó con una explosión, simplemente…
Pasaron los meses. Dejé de viajar por un
tiempo. Mi hija Candace venía a visitarme un fin
de semana al mes. Un martes sí y otro no (por
decisión suya), yo hacía el trayecto de media hora
que me separaba de su colegio universitario en
Brunswick y la llevaba a cenar. Cuando estábamos
juntos, hablábamos de sus clases, de sus amigos y
del libro que yo estaba escribiendo. Pero casi
nunca mencionábamos a su madre. Excepto una
noche, después de Navidad, cuando me preguntó:
—¿Estás bien, papá?
—No estoy mal —respondí, sintiendo que mi
tono era reticente.
—Deberías conocer a alguien.
—Eso no resulta fácil en los bosques de
Maine. De todos modos, tengo que terminar el
libro.—
Mamá siempre decía que para ti los libros
son lo primero.
—¿Y tú también lo piensas?
—Sí y no. Pasabas mucho tiempo fuera. Pero
molaba cuando estabas en casa.
—¿Y todavía te gusta estar conmigo?
—¡Claro! —respondió dándome un apretón en
un brazo—. Pero preferiría que no estuvieras tan
solo.—
Es la maldición del escritor —dije—.
Necesita estar solo, necesita obsesionarse, y a los
que tiene cerca no siempre les resulta fácil
soportarlo. Y créeme que no los culpo.
—Mamá me dijo una vez que tú nunca la
quisiste de verdad, que tu corazón estaba en otra
parte.
La observé largamente.
—Pasaron muchas cosas antes de conocer a tu
madre —repliqué—, pero aun así, la quise.
—Pero no siempre.
—Estuvimos casados, con todo lo que eso
significa. Y nuestro matrimonio duró veinte años.
—¿Aunque tu corazón estuviera en otra parte?
—Haces muchas preguntas.
—Porque solo contestas con evasivas, papá.
—El pasado es eso, pasado.
—Y tú quieres esquivar la pregunta a toda
costa.
Le sonreí a mi hija excesivamente precoz y le
propuse que bebiéramos otra copa de vino.
—Tengo una pregunta de alemán —dijo ella.
—Adelante, ponme a prueba.
—El otro día estábamos traduciendo a Lutero
en clase…
—¿Tu profesor es un sádico?
—No, solo es alemán. Verás, mientras
trabajábamos en una recopilación de aforismos de
Lutero, encontré uno que me pareció que venía al
caso…
—¿En relación con quién?
—Con nadie en particular. Pero no estoy
segura de haberlo traducido bien.
—¿Y crees que yo puedo ayudarte?
—Tú hablas alemán con soltura, papá. Du
sprichst die Sprache.
—Solo después de un par de vasos de vino.
—Papá, la modestia es muy aburrida.
—Bueno, a ver, dime la frase de Lutero.
—Wie bald «nicht jetzt» «nie» wird.
No me inmuté. Simplemente, se la traduje.
—¡Qué pronto «aún no» se convierte en
«nunca»!
—¡Es una frase buenísima! —exclamó
Candace.
—Y como todas las frases buenísimas, tiene
algo de verdad. ¿Por qué te llamó la atención?
—Porque me preocupa ser una de esas
personas que tienden al «aún no».
—¿Por qué lo dices?
—No sé vivir el momento, no me permito ser
feliz en el lugar donde estoy.
—¿No estás siendo demasiado severa contigo
misma?
—No, y sé que tú eres igual.
Wie bald «nicht jetzt» «nie» wird.
—El momento… —dije como si fuera la
primera vez que pronunciaba esa palabra— está
muy sobrevalorado.
—Pero es lo único que tenemos, ¿verdad? Esta
noche, esta conversación, este momento… ¿Acaso
hay algo más?
—El pasado.
—Sabía que lo dirías… porque es tu obsesión.
Está en todos tus libros. ¿Por qué «el pasado»,
papá?—
Porque siempre explica el presente.
Y porque uno nunca puede sustraerse de sus
garras, como tampoco puede aceptar lo que de
terminal hay en la vida. Basta pensar, por ejemplo,
que mi matrimonio quizá empezó a desintegrarse
hace una década, y que el primer indicio del fin
fue tal vez aquel día del pasado enero, cuando
compré la casa en Maine. Pero yo no acepté
realmente que todo aquello fuera definitivo hasta
la mañana siguiente de mi cena con Candace,
cuando oí que llamaban a mi puerta a una hora
demasiado temprana.
Los pocos vecinos que tengo saben bien que no
soy madrugador. Eso me convierte en un bicho
raro en este rincón de Maine, donde parece como
si todo el mundo se levantara una hora antes del
alba y donde las nueve de la mañana se consideran
más o menos el mediodía.
Pero yo nunca salgo al mundo antes de las
doce. Soy nocturno. Normalmente empiezo a
escribir después de las diez y por lo general
trabajo hasta las tres; después, me sirvo uno o dos
whiskies, veo una película antigua o leo un poco y
me meto en la cama en torno a las cinco. Vivo así
desde que empecé a escribir, hace veintisiete años,
un hecho que a mi mujer le pareció encantador al
principio de nuestro matrimonio y una fuente de
inacabable frustración al cabo de un tiempo.
«Entre los viajes y los maratones de trabajo
nocturno, no hago vida contigo», solía lamentarse,
y yo solo podía responder que me declaraba
culpable. Ahora que mis cincuenta años han
quedado atrás, ya no puedo desprenderme de mis
costumbres vampíricas. Las pocas veces que veo
el alba son las ocasionales noches en que el
entusiasmo me lleva a escribir hasta el amanecer.
Pero aquella mañana de enero, una sucesión de
retumbantes golpes autoritarios me despertó de
repente, justo cuando los tentativos rayos de un sol
invernal hendían el cielo de la noche. Durante un
instante de desconcierto, creí estar inmerso en una
loca fantasía kafkiana, donde la policía de un
Estado siniestro venía a detenerme por indefinidos
delitos de opinión. Pero entonces reaccioné. El
despertador de la mesilla de noche indicaba poco
más de las siete y media. Los golpes arreciaron.
Era cierto que alguien estaba aporreando la puerta.
Me levanté, cogí un albornoz y fui hasta la
puerta. Cuando la abrí, encontré a un hombre de
aspecto achaparrado que vestía una parka y un
gorro de lana. Tenía una mano detrás de la
espalda. Parecía aterido y enfadado.
—O sea, que resulta que sí estaba en casa —
dijo mientras una niebla de aliento congelado
envolvía sus palabras.
—¿Perdón?
—¿Thomas Nesbitt?
—Sí…
De pronto, la mano que tenía oculta detrás de
la espalda emergió sosteniendo un sobre bastante
grande de papel marrón. Como un maestro
victoriano que usara una regla para castigar a un
alumno, lo dejó caer en la palma de mi mano
derecha con un golpe seco.
—Aquí tiene, señor Nesbitt —dijo. Después
dio media vuelta y se metió en su coche.
Me quedé en la puerta varios minutos,
totalmente ajeno al frío, con la mirada fija en el
sobre marrón del juzgado y tratando de asimilar lo
que significaba. Cuando por fin empecé a sentir
que los dedos se me estaban entumeciendo, entré
en la casa. Me senté a la mesa de la cocina y abrí
el sobre. En su interior había una demanda de
divorcio presentada en el estado de Massachusetts.
Mi nombre, Thomas Alden Nesbitt, estaba impreso
al lado del de mi mujer, Jan Rogers Stafford. A
ella la llamaban la demandante, y a mí, el
demandado. Antes de que mis ojos pudieran captar
nada más, empujé el documento lejos de mí y
tragué saliva. Lo había previsto. Pero hay una gran
diferencia entre lo hipotético y la tipografía
descarnada de lo real. Por mucho que uno lo
espere, un divorcio no deja de ser la terrible
admisión de un fracaso. La sensación de pérdida,
sobre todo después de veinte años, es inmensa. Y
entonces…
Ese documento. La declaración definitiva.
¿Cómo podemos desprendernos de lo que una
vez nos pareció esencial?
Esa mañana de enero no tuve respuesta para
esa pregunta. Solo tenía un documento que me
aseguraba que mi matrimonio se había acabado y
un interrogante implacable y perturbador:
«¿Podremos (podré) salir de este bosque
oscuro?».
«Mamá me dijo una vez que tú nunca la
quisiste de verdad, que tu corazón estaba en otra
parte».
No es tan sencillo. Pero no hay duda de que la
historia explica todo lo que sucede en nuestras
vidas, y es muy difícil liberarse de algunas cosas
inmutables que siguen pesando sobre nosotros.
«Pero ¿para qué buscar respuestas, si ninguna
traerá ningún alivio? —me dije mirando la
demanda al otro lado de la mesa—. Haz lo que
haces siempre cuando la vida se te echa encima:
huye».
Por eso, mientras esperaba a que terminara de
filtrarse el café, hice un par de llamadas. A mi
abogada, en Boston, que me pidió que firmara la
demanda y se la enviara, y me dio también un
consejo: «No te dejes llevar por el pánico». Llamé
a un hotelito que está unas cinco horas al norte de
mi casa para ver si tenían una habitación libre para
los siete días siguientes. Cuando me confirmaron
que sí, les dije que llegaría ese mismo día, hacia
las seis de la tarde. Una hora después me había
duchado y afeitado, y tenía hecha la maleta. Cogí
el portátil y el equipo de esquí de fondo y lo
cargué todo en el todoterreno. Llamé a mi hija y le
dejé un mensaje en el móvil diciéndole que estaría
ausente toda la semana, pero que nos veríamos
para cenar el martes siguiente. Cerré la casa y
miré el reloj. Las nueve. Cuando monté en el
coche, había empezado a nevar. Al cabo de unos
momentos la nevada se había convertido casi en
ventisca, pero aun así conduje mi vehículo hasta la
carretera y, con mucho cuidado, puse rumbo hacia
la intersección con la Ruta 1. Cuando miré por el
retrovisor, vi que mi casa había desaparecido. Un
simple cambio de tiempo y todo lo que para
nosotros es concreto y crucial puede desaparecer
en un instante, borrado por una cortina blanca.
La nevada seguía siendo intensa cuando giré al
sur y me detuve en la oficina de correos de
Wiscasset. Después de enviar los documentos
firmados, seguí mi camino en dirección al oeste.
Para entonces, la visibilidad era nula, lo que
volvía imposible cualquier intento de ir un poco
rápido. Lo mejor habría sido abandonar el barco,
buscar un motel y refugiarme allí hasta que pasara
la ventisca, pero estaba atascado en el tipo de
actitud que se apodera de mí cuando soy incapaz
de escribir cosas como «Ya saldrás adelante».
Me llevó casi seis horas llegar a mi destino.
Cuando finalmente entré en el estacionamiento del
hotel, en la ciudad de Quebec, no pude evitar
preguntarme qué estaba haciendo allí.
Estaba tan agotado por todos los sucesos del
día que a las diez me desmoroné en la cama y
conseguí dormir hasta el amanecer. Cuando
desperté, tuve el habitual momento de desconcierto
y después me sobrevino la angustia. Un día más,
tendría que esforzarme para que el dolor no
llegara a ser intolerable. Después del desayuno,
me puse

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