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Libro PDF El Mundo Amarillo Albert Espinosa

El Mundo Amarillo Albert Espinosa

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sexual, donde el cariño es algo tan cotidiano
como comprar el pan, donde el miedo pierde su significado, donde la muerte no es eso que les pasa a los
demás, donde la vida es lo más valioso, donde todo está donde tú quieres que esté.
Este libro habla de todo esto, de todo lo que sentimos y no decimos, del miedo a que nos quiten lo
que tenemos, de reconocernos enteramente y apreciar quiénes somos cada segundo del día. ¡Larga vida a
Albert!
ELOY AZORÍN,
Actor
Mi inspiración
Gabriel Celaya era ingeniero industrial y poeta. Yo soy ingeniero industrial y guionista. Ambos
somos también zurdos. Hay algo en su poema «Autobiografía» que me engancha hasta la médula y me
toca el esófago. Y creo que es porque en ese poema creó su mundo. Su mundo, el «mundo Celaya». No
hay nada que me atraiga más que la gente que crea mundos.
Y es que ese poema está compuesto por prohibiciones, prohibiciones que crean una vida.
Prohibiciones que marcaron su vida. De alguna manera, si quitásemos esas prohibiciones encontraríamos
su mundo. Lo que él piensa que debería ser su mundo. Son un montón de «noes» que excluyen lo que no
desea para encontrarnos con un montón de «síes». Me gusta esa manera de ver la vida.
Como hizo él en «Autobiografía», yo intentaré dividir este inicio del libro en: «Para empezar», «Para
seguir», «Para vivir» y «Morir». Serán cuatro bloques que, como él predijo, forman lo que es la vida de
cualquiera de nosotros.
Por si no conocéis el poema, a continuación podéis gozar de él:
AUTOBIOGRAFÍA
No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a Ud. correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay sí, no respires! Dar el no a todos los «no»
y descansar: Morir.
GABRIEL CELAYA
¿El porque de este libro?
Siempre deseé hablar del mundo amarillo, de lo que yo llamo mi mundo, el mundo en el que habito.
Si algún día ves alguna película mía, lees algún guión mío, te fijas en algún personaje creado por mí,
encontrarás parte de ese mundo amarillo. Y ése es el mundo que me hace feliz. El mundo en el que me
gusta vivir.
Siempre había querido escribir un libro pero sólo me ofrecían libros sobre: «Cómo superar el
cáncer» o «Cómo sobrevivir al cáncer». Libros que no me interesaba escribir. El cáncer no necesita un
libro para vencerlo, creo que haberlo escrito sería una total falta de respeto a los que luchan contra el
cáncer y a toda la gente que he conocido durante mis años en el hospital. No hay claves para vencer al
cáncer, no hay una estrategia secreta. Tan sólo debes escuchar tu fuerza, crear tu lucha y dejarte guiar.
Por ello, me parece más interesante hacer un libro sobre lo que me enseñó el cáncer y cómo eso se
puede aplicar a la vida diaria. Y eso es lo que intentaré contar en El mundo amarillo. Creo, sin duda, que
el cáncer está vivo y luchar contra él hace que le des muchas vueltas a la cabeza y aprendas grandes
lecciones. Después te curas y te encuentras de nuevo con la vida, donde puedes aplicar esas lecciones.
No es éste un libro de autoayuda, no creo demasiado en la autoayuda. Es tan sólo un libro donde
recojo experiencias que a mí me han servido.
sobre todo es un libro para hablar de los «amarillos», del concepto amarillo. Espero y deseo que a
partir de la lectura de este libro, te pongas a buscar tus amarillos. Ése sería para mí el mejor premio.
Es verano, un verano no muy caluroso. Es de noche, una noche no muy cerrada. Llevo mi pierna
ortopédica puesta (la de ir por casa). Estoy bebiendo un vaso bien frío de Coca-Cola y sé que es hora de
comenzar a plasmar sobre el papel este mundo amarillo.
Y justo después, añado que es finales de septiembre (que es cuando estoy realizando la revisión del
texto). Hace frío, llueve y estoy en mitad del rodaje del corto Destination Ireland del maestro Carlos
Alfayate. Siento que el tiempo corre y cada día está más cerca el nacimiento del libro.
Espero que este libro nos una como amarillos. Para cualquier sugerencia, deseo o búsqueda me
encontrarás en albertl9@telefonica.net
ALBERT ESPINOSA
Julio-septiembre de 2007
PARA EMPEZAR…
El mundo amarillo
No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
GABRIEL CELAYA
¿Donde nace?
Pues nace del cáncer. Me gusta la palabra cáncer. Hasta me gusta la palabra tumor. Puede sonar
macabro, pero es que mi vida ha estado unida a estas dos palabras. Y nunca he sentido nada horrible al
decir cáncer, tumor u osteosarcoma. Me he criado junto a ellas y me gusta pronunciarlas en voz alta,
proclamarlas a los cuatro vientos. Creo que hasta que no las dices, que no las haces parte de tu vida,
difícilmente puedes aceptar lo que tienes.
Es por ello por lo que es necesario que en este primer capítulo hable del cáncer, porque en los
siguientes utilizaremos las enseñanzas del cáncer para sobrevivir a la vida. Así que me centraré primero
en él y en cómo me afectó.
Yo tenía catorce años cuando ingresé en el hospital por primera vez. Tenía un osteosarcoma en la
pierna izquierda. Dejé el colegio, dejé mi entorno y comencé mi vida en el hospital.
Tuve cáncer durante diez años, de los catorce a los veinticuatro. Eso no significa que pasara diez
años ingresado, sino que estuve diez años visitando diversos hospitales para curarme de cuatro cánceres:
pierna, pierna (la misma que en el primer cáncer), pulmón e hígado.
En el camino dejé una pierna, un pulmón y un trozo de hígado. Pero debo decir, justo en este
momento, que fui feliz con cáncer. Lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida.
Puede chocar ver esas dos palabras juntas: feliz y cáncer. Pero fue así. El cáncer me quitó cosas
materiales: una pierna, un pulmón, un trozo de hígado, pero me dio a conocer muchas otras cosas que
jamás podría haber averiguado solo.
¿Qué puede darte el cáncer? Creo que la lista es interminable: saber quién eres, saber cómo es la
gente que te rodea, conocer tus límites y sobre todo perder el miedo a la muerte. Quizá esto último sea lo
más valioso.
Un día me curé. Tenía veinticuatro años y me dijeron que no tenía que volver al hospital. Me quedé
helado. Fue extraño. Lo que mejor sabía hacer en mi vida era luchar contra el cáncer y ahora me decían
que estaba curado. La extrañeza (o atontamiento) me duró seis horas, luego me volví loco de alegría; no
volver a un hospital, no volver a hacerme radiografías (creo que me he hecho más de doscientos
cincuenta), no más análisis de sangre, fin de los controles. Era como un sueño hecho realidad. Era
absolutamente increíble.
Pensé que en pocos meses me olvidaría del cáncer. Tendría una «vida normal». El cáncer sería tan
sólo una época de mi vida. Pero en lugar de eso (nunca lo he olvidado) pasó algo inesperado, y es que
jamás imaginé cuánto me ayudarían las enseñanzas del cáncer en la vida diaria.
Es sin duda, el gran legado que me ha dejado el cáncer. Unas enseñanzas (por llamarlas de algún
modo, aunque quizá prefiero la palabra descubrimientos) que ayudan a que mi vida sea más fácil, a ser
más feliz.
Lo que explicaré en este libro no es otra cosa que cómo aplicar en la vida diaria lo que aprendí con
el cáncer. Sí, exacto, ahora que lo pienso, así podría titularse el libro: Cómo sobrevivir a la vida a
través del cáncer. Quizá llegue a ser el subtítulo del libro. Suena raro, suena justo lo contrario a la
mayoría de los libros que suelen escribirse, pero es así. La vida es paradójica; me encantan las
contradicciones. Quiero recalcar que el libro es un compendio de lo que yo aprendí del cáncer y también
de los descubrimientos que me mostraron amigos míos que también lucharon contra esta enfermedad.
Y es que los compañeros de habitación son muy importantes. Y es que hasta incluso todos los chicos
que teníamos cáncer, que nos hacíamos llamar Pelones, teníamos un pacto, un pacto de vida: nos
repartíamos las vidas de los que morían. Un pacto inolvidable, bonito, de alguna manera deseábamos
vivir en los otros, ayudarlos a luchar contra el cáncer.
Siempre creímos que los que morían habían debilitado un poco más al cáncer y hacían que a los que
sobrevivíamos nos fuera más fácil ganar. Durante los diez años de cáncer me tocaron 3,7 vidas. Así que
este libro lo escribimos 4,7 personas (las 3,7 vidas ajenas y la mía propia). Nunca olvido esas 3,7 vidas
y siempre intento hacerles justicia. Si a veces es complicado vivir una vida, ¡imagina la responsabilidad
de vivir 4,7 vidas!
Bien, hasta aquí el cáncer y yo. Me gusta cómo lo he resumido, estoy contento. El inicio está contado.
Ahora sigamos con el mundo amarillo.
¿Que es el mundo amarillo?
Seguro que te lo estarás preguntando desde que compraste este libro de color amarillo (yo ahora lo
veo amarillo, ya veremos qué pasa hasta cuando se publique, quizá la portada del libro acabe siendo
pardusca o naranja), o quizá desde que oíste en algún programa de radio que alguien hablaba sobre los
amarillos y algo de lo que escuchaste, te hizo ir a comprar este ejemplar.
El mundo amarillo es el nombre que he puesto yo a una forma de vivir, de ver la vida, de nutrirse de
las lecciones que se aprenden de los momentos malos y de los buenos. El mundo amarillo se compone de
descubrimientos y sobre todo de descubrimientos amarillos, que son los que le dan nombre. Pero a eso ya
llegaremos, paciencia.
Lo que sí puedo asegurarte es que en este universo no hay reglas. Cualquier mundo se rige por reglas,
pero el mundo amarillo no las tiene. No me gustan las reglas, así que jamás deseé que mi mundo las
tuviera. Sería una incongruencia. Y es que no creo que sean necesarias, no sirven de nada, sólo están para
que te las saltes. Nada de lo que te dicen que es sagrado en esta vida creo que lo sea. Nada de lo que
digan que es lo correcto creo que lo sea. Todo tiene dos caras, todo tiene dos perspectivas.
Yo siempre he creído que el mundo amarillo es el mundo en el que realmente estamos. El mundo que
nos muestran las películas, el del cine, es un mundo creado por tópicos que no son verdad, y acabamos
pensando que el mundo es así. Te enseñan cómo es el amor, y luego te enamoras y no es como en las
películas. Te enseñan cómo es el sexo, luego tienes sexo y tampoco se parece al de las películas. Hasta te
enseñan cómo son las rupturas de las parejas. Cuántas veces la gente ha quedado con su pareja en un bar
y ha emulado una ruptura de cine. Y no funciona, no funciona porque lo que en el celuloide se despacha
en cinco minutos, luego a ti te lleva seis horas y al final no rompes sino que te comprometes a casarte o a
tener un hijo.
Tampoco creo en las etiquetas que pretenden definir a las generaciones. Yo no me siento generación
X, ni generación iPod, ni mucho menos me siento generación metrosexual o übbersexual.
¿Qué me siento? Amarillo (que es algo individual que no forma parte de un colectivo). Soy amarillo,
soy un amarillo de alguien. Pero a eso ya llegaremos.
Así pues, no hay etiquetas, no hay reglas, no hay normas. Supongo que te estarás preguntando cómo se
va a articular este libro y este mundo, como voy ordenar los conceptos. Pues a través de una lista. Creo
en las listas, me encantan. Soy Ingeniero industrial, de ahí que ame los números y si amas los números
amas las listas.
Todo lo que leerás a partir de aquí es una gran lista. Una lista de conceptos, una lista de ideas, una
lista de sentimientos, una lista llena de felicidad. Una lista de descubrimientos que hicieron que creara lo
que yo considero mi mundo.
Son descubrimientos breves que recojo en capítulos cortos. Son pequeñas trazas para comprender
otra forma de ver el mundo. No tengas miedo a vivir el mundo amarillo. Solamente debes creer en él.
Yo tengo una máxima: si crees en los sueños, ellos se crearán. Creer y crear son dos palabras que se
parecen y se parecen tanto porque en realidad están cerca, muy cerquita. Tan cerquita como que si crees,
se crea. Cree…
Y ahora vayamos directos al gran capítulo, el que contiene estos descubrimientos: PARA VIVIR…
Aquí están la mayoría de las experiencias y aplicaciones del cáncer extrapolables a la vida y que forman
las trazas que puedes seguir para crear tu mundo amarillo.
Son 23 puntos que debes unir con líneas, unir conceptualmente en tu mente, y aparecerá una forma de
vida. Un mundo amarillo.
Cada punto, cada descubrimiento lleva por título alguna de las frases que escuché durante mi vida en
el hospital. Son frases que me dijo alguien mientras estaba enfermo y que me marcaron de tal manera que
jamás las he olvidado. Son como partes de un poema, inicios de una canción, sentimientos que siempre
olerán a quimioterapia, a vendas, a espera de visitas y a compañeros de habitación con pijamas azules. A
veces, las palabras son las que te proporcionan los caminos. Pocas palabras pueden engendrar en uno una
idea. A veces las frases más importantes son las que menos importancia creemos que tienen.
Adéntrate y cree. Eso sí, cree pero jamás a pies juntillas. Todo es cuestionable, todo es discutible. Y
te lo dice alguien que se define con la letra «A»: Albert, Apolítico, Agnóstico y Amarillo.
PARA CONTINUAR…
Lista de descubrimientos para convertir
tu mundo en amarillo.
(Lecciones del cáncer aplicadas a la vida)
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
GABRIEL CELAYA
Primer descubrimiento:
«Las pérdidas son positivas»
Hazle una fiesta de despedida a la pierna. Invita a la gente que tenga que ver con tu
pierna y despídela por todo lo alto. ¿No te apoyó durante toda una vida?, pues
apóyala tú ahora que ella se marcha.
Mi traumatólogo el día anterior a que me amputasen la pierna.
Las pérdidas son positivas. Sé que cuesta creer en ello, pero las pérdidas son positivas. Tenemos que
aprender a perder. Debes saber que tarde o temprano todo lo que ganas lo perderás.
En el hospital nos enseñaban a aceptar la pérdida, pero no poniendo el énfasis en la palabra
«aceptar», sino en «pérdida». Ya que aceptar es una cuestión de tiempo, perder es una cuestión de
principios.
Hace años cuando alguien moría, sus familiares más cercanos pasaban un tiempo de duelo: vestían de
negro, sufrían y no salían de casa. El duelo era una época para pensar en la pérdida, vivir para la
pérdida.
Hemos pasado del duelo a la nada absoluta. Ahora se te muere alguien y en el tanatorio te dicen:
«Tienes que superarlo». Rompes con tu pareja y la gente quiere que en dos semanas salgas con otra
persona. Pero ¿y el duelo? ¿Dónde queda el duelo, pensar en la pérdida, en lo que significa la pérdida?
El cáncer me quitó mucho: un pulmón, una pierna, parte del hígado, movilidad, experiencias, años de
colegio… Pero quizá la pérdida más sentida fue la de la pierna; recuerdo que el día anterior a que me la
amputasen mi médico me dijo: «Hazle una fiesta de despedida a la pierna. Invita a la gente que tenga que
ver con tu pierna y despídela por todo lo alto. ¿No te apoyó durante toda una vida?, pues apóyala tú ahora
que ella se marcha».
Tenía quince años y no organicé una fiesta de adolescente para perder la virginidad (como me habría
gustado) sino una fiesta para perder la pierna. Recuerdo como si fuera hoy cuando llamé a gente
relacionada con la pierna (me costó un poco, no era fácil entrarles). Después de dar muchas vueltas y
hablar de mil cosas, les acababa diciendo: «Os invito a la fiesta de despedida de la pierna, no traigáis
nada. Y si queréis podéis venir a pata». Me pareció importante añadir esta referencia a la pata para
quitarle hierro al asunto. Sin duda alguien genial decidió dotarnos de humor, la salvación a todos
nuestros conflictos… Un sentimiento extraño que nos permite darle la vuelta a todo, cuando y como
deseemos.
A aquella fiesta tan curiosa invité a la gente relacionada con mi pierna: a un portero de fútbol al que
le metí cuarenta y cinco goles en un partido (bueno, vale, le metí sólo uno, lo invité), a una chica con la
que hacía piececillos bajo la mesa, a un tío con el que hacía excursionismo (por la cuestión de las
agujetas, ya no se me ocurrían tantos invitados), y también invité a un amigo mío que tenía un perro que
me mordió cuando yo tenía diez años. Lo peor es que el perro vino e intentó volver a morderme.
Fue una fiesta preciosa. Creo que la mejor que he organizado, y sin duda, la más original. Al
principio la gente estaba cortada, pero poco a poco empezamos a hablar de la pierna. Todos contaron
anécdotas relacionadas con ella. La tocaron por última vez. Fue una noche preciosa que jamás olvidaré.
Cuando la noche acababa y el día despuntaba, a pocas horas de entrar en el quirófano se me ocurrió
el broche de oro: un último baile a dos piernas. Se lo pedí a una enfermera y me dijo que sí. Yo no tenía
música pero mi compañero de habitación tenía muchos CD de Machín (era un fan de Machín, él mismo se
autodenominaba el Manisero). Puse el CD que me prestó y sonó «Espérame en el cielo». No había
canción más adecuada para ese momento, para ese final. La bailé diez o doce veces con aquella
enfermera. Mis doce últimos bailes. ¡La bailé tantas veces! Sobre todo deseaba no escuchar nada, que
Machín mágicamente se fundiera con mi mente, que fuera un sonido repetitivo, una banda sonora que
cubriera todo ese momento. ¿No te gusta ando la música se repite tantas y tantas veces que ya no es las
palabras, los sonidos? Entonces esa música, esas palabras son como el viento, algo que está ahí, que
notas, sientes pero que no necesitas escuchar, tan sólo sentir.
Al día siguiente me cortaron la pierna. Pero no estaba triste, pues me había despedido, había llorado,
había reído. Había, sin saberlo, realizado mi primer duelo, había hablado sin tapujos de la pérdida y la
había transformado en ganancia.
Me gusta pensar que no he perdido una pierna, he ganado un muñón y una fantástica lista de recuerdos
relacionados con la pierna:
1. Una fiesta de despedida preciosa (¿cuánta gente puede presumir de haber tenido una fiesta tan
chula?).
2. Recordar mis segundos primeros pasos (olvidas los primeros, pero jamás olvidas los segundos
primeros pasos con tu pierna mecánica).
3. Y además, como enterré mi pierna soy de los pocos en este mundo que puede decir que tiene un pie
en el cementerio, pero no en sentido figurado sino real. Siempre me da mucha risa pensar que soy de los
afortunados que puede decirlo literalmente.
Sin duda, las pérdidas son positivas. Me lo enseñó el cáncer. Y eso es algo que puede trasladarse al
mundo sin cáncer. Ya que cada día sufrimos pérdidas, algunas importantes que nos desilusionan, otras
menores que nos inquietan. No son como perder un miembro, pero la técnica para superarlas es la misma
que aprendí en el hospital.
Cuando pierdas, convéncete de que no pierdes, estás ganando la pérdida. Haz un duelo. Los pasos
son…
1. Recréate en la pérdida, piensa en ella.
2. Sufre con ella. Invita a la gente que tenga que ver con pérdida, pídeles consejo.
3. Llora (los ojos son nuestros limpiaparabrisas privados públicos).
4. Busca la ganancia de la pérdida y tómate tu tiempo.
5. A los pocos días te sentirás mejor. Notarás lo que has ganado. Pero recuerda que puedes volver a
perder esa sensación.
¿Funciona? Seguro. Yo jamás tuve fantasma. El fantasma es la sensación de notar la pierna cuando no
la tienes, y creo que no tuve fantasma porque, sin saberlo, me despedí tan bien de la pierna que hasta el
fantasma se fue.
El primer descubrimiento del mundo amarillo: Las pérdidas son positivas. Que nadie te convenza de
lo contrario.
A veces las pérdidas serán pequeñas, otras veces las pérdidas serán grandes, pero si te acostumbras a
entenderlas, a enfrentarte a ellas, al final te darás cuenta de que no existen como tal. Cualquier pérdida es
una ganancia.
Segundo descubrimiento:
«No existe la palabra dolor»
¿Y si las inyecciones no duelen? ¿Y si en realidad reaccionamos al dolor tal como
nos enseñan las películas sin percatarnos de si en realidad sentimos dolor?;Y si en
realidad el dolor no existiese?
David, gran pelón, del que poseo 0,6% de su vida
No existe el dolor. Ésta fue la frase que más oí repetir a los pelones en mis tiempos en el hospital.
Los pelones era el nombre que nos pusieron unos médicos y unas enfermeras, en referencia a nuestra falta
de pelo, aunque normalmente un pelón sería alguien que tiene mucho cabello. Me gusta cuando las
palabras hacen de las suyas, cuando los errores crean conceptos. Nos gustaba ese nombre, nos hacía
sentir parte de una banda, nos hacía sentir jóvenes, fuertes y sanos. Las etiquetas a veces funcionan tan
bien y te dan tanto bienestar…
En los Pelones, como en cualquier buena banda que se precie, teníamos un par de gritos: «No somos
cojos, somos cojonudos». Era un grito que nos llenaba de orgullo. El segundo en la lista de los más
coreados era: «No existe el dolor», De tanto gritarlo, de tanto lanzar esta consigna a los cuatro vientos, el
dolor al final se fue. Existe lo que se denomina el umbral del dolor, el momento en el que empiezas a
notar dolor; es la antesala del dolor, el momento en el que tu cabeza piensa que le va a doler algo. El
umbral del dolor está a medio centímetro del dolor. Sí, puedo medirlo. Creo que por haber estudiado
ingeniería industrial utilizo los números para cuantificar sentimientos, dolores y personas. A veces, tengo
la sensación de que mezclar ingeniería y cáncer hace que se produzca este fenómeno.
Poco a poco, dejamos de notar dolor. Primero fueron los dolores de los pinchazos de la quimio;
siempre que te ponen una inyección te duele. Pero descubrimos que el dolor proviene de pensar que
existe. ¿Y si las inyecciones no duelen? si en realidad reaccionamos al dolor tal como nos enseñan las
películas sin percatarnos de si en realidad sentimos dolor? ¿Y si en realidad el dolor no existiese? Todas
estas ideas provenían del más sabio de los pelones; llevaba con cáncer desde los siete años, y en ese
momento tenia quince. Para mí fue y será siempre el espejo en el que me miro. Nos reunía, nos hablaba,
casi podría decir que nos adoctrinaba y que siempre podía convencerte de cualquier cosa. Cuando le oí
decir que el dolor podía desaparecer simplemente por poner en duda que existiese me pareció una
inmensa tontería y cuando me hablaba del umbral del dolor, entonces ya no entendía nada.
Pero un día, en una de las sesiones de quimio (y me dieron más de ochenta y tres), decidí creer en lo
que me había dicho. Miré la inyección, miré mi carne y no introduje la tercera variable. No formó parte
de la ecuación del dolor, no pensé que tuviese que doler. Tan sólo que una aguja se acercaría a mi piel,
la traspasaría y extraería sangre. Sería como una caricia; una caricia extraña y diferente. Una caricia
entre el hierro y la carne.
Y misteriosamente así fue: por primera vez no noté dolor, sentí esa extraña caricia. Aquel día la
enfermera necesitó doce pinchazos para encontrar la vena, ya que con la quimio se van desdibujando y
son más y más difíciles de encontrar. No me quejé ni una vez porque era mágico, casi poético, pensar en
esa sensación. No era dolor, en realidad era algo que no tenía nombre pero que no se parecía en nada al
dolor.
Fue aquel día cuando comprendí que dolor es una palabra que no tiene ningún valor práctico; al igual
que el miedo. Son palabras que asustan, que provocan dolor y miedo. Pero, en realidad, cuando no existe
la palabra, no existe la esencia de lo que quieren significar.
Creo que lo que aquel gran pelón, del que poseo el 0,6 de su vida (el mejor 0,6 que hay en mí), quería
decir era que no existe la palabra dolor; tan sólo eso, que no existe como palabra, como concepto. Debes
averiguar qué sientes (como en el caso de la inyección), y no pensar que eso equivaldrá a dolor. Debes
probarlo, saborearlo y decidir qué es lo que sientes. Te aseguro que muchas veces el dolor será placer,
el dolor será divertido o el dolor será poético.
En los siete años siguientes que tuve cáncer jamás sentí dolor, porque el cáncer, en la mayoría de los
casos (excepto un 10 o 12%), no es doloroso. Las películas son las que han convertido en algo doloroso.
Me es difícil recordar alguna película en la que alguien que tiene cáncer no llore de dolor, vomite, se
muera o tome morfina en grandes cantidades. Siempre reflejan lo mismo: dolor y muerte.
Cuando escribí Planta 4.ª fue, sobre todo, porque quería escribir una peli positiva, realista, que se
cargara el tópico y mostrara cómo suele ser la vida de la gente con cáncer.Cómo viven ese «falso» dolor
que aparece en todas las pelis. Cómo luchan, cómo mueren pero no cómo todo gira en torno al vómito, al
dolor y a la muerte.
Cuando me curé pensé que olvidaría esta lección, pero fue la primera que recordé. Hay muchos
dolores fuera del hospital, fuera de la vida hospitalaria y no son dolores médicos, no tienen que ver con
una inyección, o con una intervención quirúrgica. Tienen que ver con otras personas, algunas personas
que infligen dolor, queriendo o sin querer.
Y fue en esa vida sin cáncer cuando realmente me sentí dolorido: de amor, de tristeza, de orgullo,
laboralmente. Fue cuando recordé que el dolor no existe; la palabra dolor no existe. Fue cuando volví a
pensar en qué sentía cuando me pasaban esas cosas cuando me di cuenta de que en realidad a veces se
trataba de nostalgia, a veces de indefensión, a veces de desazón y a veces de soledad. Pero no era dolor.
Cuando era pequeño, cuando aprendí en el hospital que no existe el dolor, me sentí, con catorce años,
como un superhéroe, con el superpoder de no sentir dolor. Tenía un amigo del cole que me decía: «Estás
hecho de hierro, no notas los pinchazos». Ahora, de mayor, me doy cuenta de que, en realidad, sigues
recibiendo pinchazos; a veces tres o cuatro de golpe en sitios diferentes, a veces sólo uno y directo al
corazón. El secreto no es ser de hierro o insensible, sino dejar que te penetren, que te toquen y rebautizar
qué sientes.
La lista es fácil. El descubrimiento es sencillo: «No existe la palabra dolor». Los pasos…
1. Busca palabras cuando pienses en «dolor». Busca cinco o seis que puedan definir qué sientes, pero
que ninguna sea dolor.
2. Cuando los tengas, piensa cuál es el que define mejor qué sientes; ése es tu dolor. Ésa es la
palabreja que define lo que sientes.
3. Cámbiala, obvia la palabra dolor y coloca la nueva. Dejará de dolerte y podrás sentir con fuerza
esa nueva denominación. Ese sentimiento.
Parece imposible que funcione pero con el tiempo lo dominarás y te darás cuenta de que el dolor no
existe. El dolor físico, el dolor del corazón, en realidad esconde otras sensaciones, otros sentimientos. Y
ésos son superables. Cuando conoces qué tienes, es más fácil superarlo.
Tercer descubrimiento:
«Las energias que aparecen a los treinta
minutos son las que solucionan el problema»
Sobre todo, no abran los sobres con los resultados de la radiografia.
Los médicos a los pacientes.
Abrámoslo inmediatamente.
El paciente a su familiar en cuanto recibe el sobre.
Muchas veces, en el hospital, teníamos que ir a buscar resultados de pruebas. No hay ningún momento
de más tensión que cuando tienes el sobre de un tac o una radiografía en las manos.
Durante diez años de mi vida, aquella situación se repitió muchas veces. Te daban las radiografías y
el sobre con los resultados y te repetían que no lo abrieras, que lo entregaras al médico.
Normalmente faltaban quince días desde la entrega del sobre hasta la visita con el médico. Quince
días es mucho tiempo para mantener cerrado un sobre que podía revelar que el cáncer había vuelto en
forma de recidiva en alguna parte de tu cuerpo. (En pocas palabras: una recidiva podría definirse como
volver a tener cáncer.)
Todos mis amigos del hospital, todos, lo abrían. Era evidente. ¿Cómo pueden pensar que mantendrás
cerrado durante dos semanas algo tan importante?
Últimamente asesoro a algunos médicos sobre cómo tratar a los pacientes y les cuento siempre que
esto sería lo primero que tendrían que cambiar: este procedimiento está demasiado desfasado. Ellos
siempre sonríen como diciendo: ya sabemos que lo abrís. Es como un pacto no escrito: vosotros lo abrís,
lo leéis, volvéis a pegarlo y nosotros hacemos ver que no nos damos cuenta. Siempre me han horrorizado
este tipo de pactos, no comprendo que todo el mundo sepa cosas y haga ver que no las sabe. Me parece
un sinsentido.
De todos modos, el problema no es el sobre cerrado, sino lo que contiene. La cuestión es cómo
afrontar una noticia importante, una noticia que puede cambiarte la vida. En el hospital aprendimos a
hacerlo; aprendimos a base de equivocaciones, como casi todo en esta vida.
Al principio abríamos el sobre como locos, en el mismo hospital, dos minutos después de que nos lo
entregaran. Recuerdo ciertas imágenes en el pasillo: mi padre, mi madre y yo inclinados sobre una hoja,
leyendo, bueno, la palabra exacta sería devorando, lo que contenía ese papel.
Poco después nos dimos cuenta de que no era buena idea abrirlo en un hospital; no debes recibir o
dar malas noticias en un lugar en el que has pasado o pasarás mucho tiempo. Siempre hay que encontrar
un lugar neutral. Así que abríamos el sobre en restaurantes (a los que íbamos por primera vez), en calles
desconocidas (cuyo nombre olvidaríamos) o en el metro. Pero seguíamos cometiendo un error: desde que
nos daban el sobre hasta que lo abríamos jamás transcurrían más de quince minutos. Sin saberlo,
buscábamos calles, restaurantes y metros cercanos. Teníamos una urgente necesidad de saberlo; como si
algo nos quemara por dentro.
Con el tiempo, cuando ya nos habían entregado cuarenta o cincuenta sobres, descubrimos el método
perfecto. No hay duda de que se puede ser profesional incluso leyendo diagnósticos médicos: basta
repetir muchas veces la misma acción y mejorarla hasta que no parezca que la estás repitiendo.
El método perfecto consistía en:
1. Recoger el sobre tranquilamente, guardarlo y llevarlo a casa contigo sin hacerle el menor caso…
2. Esperar media hora exacta, sin pensar en él, sin dedicarle un solo segundo. Y cuando hubiera
pasado exactamente media hora…
3. Ir a un lugar tranquilo y abrirlo. Esa media hora es el tiempo que necesita tu cuerpo para
tranquilizarse y tu mente para serenarse; es como si toda tu ansiedad desapareciese. Y lo mejor de todo
es que cuando reaccionas, tras haber visto los resultados, éstos son media hora más viejos. Son como una
noticia antigua y eso les resta fuerza y te da poder.
Sé que puede parecer extraño. ¿Por qué media hora y no una hora? ¿Por qué no diez minutos? ¿Tan
importantes son esos treinta minutos? Pues sí. Creo que, de tanto recibir noticias importantes, he
descubierto que hay algo en nuestro cuerpo que desea conocerlas al instante y ese algo es lo que nos
ciega. Es como una pasión que a los treinta minutos exactos desaparece y activa otras energías que
desean saber qué pasa, pero que son capaces de hallar soluciones. Son ansias con otros objetivos, que
luchan, ansias que crean soluciones.
Cuando dejé el hospital pensé que no volvería a encontrar disyuntivas tan intensas como las que me
planteaban los sobres de radiografías. Y naturalmente así fue, pero he encontrado la manera de adaptar
mi teoría de los treinta minutos.
Muchas veces recibo un e-mail y sé que es importante; veo cómo llega a mi buzón de entrada, pero no
lo abro; lo miro, aún está en negrita, y no lo abro. Espero treinta minutos, me relajo, dejo que las ansias
cambien y luego lo abro.
Es genial, funciona. Además, sea lo que sea lo que recibas, sean buenas o malas noticias, has dejado
pasar media hora y tu respuesta no es precipitada, no es fruto de una reacción poco meditada. Parece que
hayas tardado media hora en decidir qué escribir. Y lo mismo pasa con los mensajes de móviles, entre
muchas otras cosas.
Este descubrimiento también es útil para las conversaciones con la gente, sobre todo en lo que
concierne con la lección del lugar y el momento de hablar con esa persona.
Sigo usando la regla de los treinta minutos y debo confesar que a veces la alargo hasta cuarenta o
cuarenta y tres minutos. Es como dilatar el tiempo, como ser amo y señor e tus respuestas y tus ansias.
Cuarto descubrimiento:
«Haz cinco buenas preguntas al día»
Coge una libreta y apunta, apunta todo lo que no comprendas.
Mi médico, el dia que me dijo que tenía cáncer.
Este fue el primer consejo que me dio el médico que me trató cuando llegué al hospital. Más
concretamente, me dio una libreta y me dijo que apuntara todo lo que no entendiera.
Seguidamente me explicó lo que me pasaría, cancerígenamente hablando, durante los siguientes cinco
años. Fue impresionante, acertó prácticamente en todo. A veces, recuerdo en sueños ese momento y me
imagino qué hubiera pasado si en lugar de hablar del cáncer, hubiera hablado de mi vida. Podría haber
hecho una predicción de mi vida a cinco o diez años vista. De quién me enamoraría. A qué me dedicaría.
Eso sí que habría sido realmente impresionante.
Sin embargo, no pretendo quitarle valor, porque lo que hizo también lo tuvo. Me habló de biopsias,
de tumores, de osteosarcomas, de recidivas. Mis padres escuchaban y yo apuntaba, no dejaba de anotar.
Era extraño, porque a medida que escribía me sentía mejor. Era como si exteriorizar mis preguntas
escribiéndolas, hiciera que se perdiera el misterio, el miedo, el terror.
Al acabar, me miró y me dijo: «¿Alguna pregunta?». Yo le contesté que tenía cuarenta y dos. Que eran
las que me había dado tiempo a apuntar. Aquel día me contestó las cuarenta y dos, pero me surgieron
veintiocho más. Cuanto más me explicaba más dudas tenía, pero cuantas más resolvía más en paz me
quedaba. Era un círculo donde tanto él como yo salíamos ganando.
Nunca he dudado que tener información es básico para todo en la vida. No puedes luchar contra el
cáncer si no sabes contra qué te enfrentas. Primero, conocer al contrincante; seguidamente investigarlo, y
finalmente luchar.
Creo que lo mejor de la época en la que tuve cáncer, fue que siempre me dieron las respuestas. Las
respuestas curan, las respuestas ayudan. Hacerte preguntas equivale a sentirte vivo. Que te den las
respuestas demuestra que tienen confianza en que sabrás qué hacer con esa información.
Pero no sólo en épocas de enfermedad aparecen dudas. La vida genera muchas y muchas preguntas.
Cuando salí del hospital comencé a plantearme preguntas. Yo había dejado el colegio a los quince años y
no volví hasta que pisé una universidad. Las preguntas aparecían a centenares. Fue entonces cuando
decidí comprarme una libreta amarilla (no sé por qué elegí ese color, aunque ahora me doy cuenta).
Comencé a apuntar preguntas y decidí también escoger a quién hacérselas.
En el hospital era fácil:
1. Las preguntas difíciles al médico.
2. Las medianas a la enfermera.
3. Y las fáciles (o las complicadas) a los celadores y a los compañeros de habitación.
Pero en la vida no todo está tan claro. Así que apuntaba la cuestión, la duda que tenía y la persona
que podía resolvérmela. La verdad es que te lo recomiendo; al principio te sentirás tonto apuntando
preguntas estúpidas y personas que crees que poseen la respuesta. Pero según te las vayan respondiendo,
la eficacia del método y ver que te sientes mejor te convertirá en adicto a la libreta.
Yo he usado este método en todos los ámbitos de mi vida: el afectivo, el familiar, el amical o
amarillo (ya explicaré más tarde quiénes son los amarillos). Y siempre me he sentido bien.
Así que el método es fácil.
1. Decide un color para la libreta. El color debe tener que ver contigo. Cada uno de nosotros
desprende un color, y no tiene nada que ver con la ropa con la que nos vestimos. Te puede encantar el
azul de tus vaqueros, pero quizá tu color es el naranja. Descubrirás tu color de una forma muy fácil. Mira
una caja de rotuladores y elige uno para dibujar, el que desees: ése es tu color.
2. Cómprate diez libretas. Sí, lo sé. Una parece suficiente, pero en realidad cada libreta es para un
ámbito. Siempre he pensado que la gente tiene diez inquietudes en su vida, diez diversos caminos. Así
que utiliza una por camino.
3. Apunta todas las dudas. Dudas tontas: ¿cómo logra la gente peinarse tan bien? Dudas complicadas:
¿cómo es posible que la gente se enamore y yo sólo piense en el sexo? Dudas eternas: ¿quién soy? ¿Quién
quiero ser? ¿No sé absolutamente nada? Dudas prácticas: ¿cómo se alquila una avioneta? ¿Cómo se
tramita un divorcio?
4. Busca quién tiene esas respuestas. Al lado de cada pregunta debe haber siempre un posible
candidato a responder. Jamás dejes vacío ese apartado, pon a alguien, aunque no lo conozcas todavía,
aunque sea alguien famoso o inventado o imposible.
5. Pregunta, absorbe, apunta la duda que surja y vuelve a preguntar. Cuanto más sacies tus dudas
mejor te sentirás.
En el hospital nos decían que es bueno beber dos litros de agua al día. Mi médico siempre añadía: «Y
hacer cinco buenas preguntas». No lo olvides, cada día expón cinco dudas y bebe dos litros de agua.
Quinto descubrimiento:
«Muéstrame cómo andas
y te mostraré cómo ríes»
Reír no es fácil. Respirar tampoco. Faltan escuelas de risa y respiración. ¿Te aburro?
Las últimas palabras que escuché del enfermero que me llevó al quirófano
antes de que me amputaran la pierna.
Nacemos con carencias, muchas, variadas. Con el tiempo las cubrimos de una manera u otra. A veces
de forma correcta, a veces simple y llanamente como podemos. Incluso hasta puede que ni sepamos que
las tenemos. El cerebro es tan listo que a veces nos oculta las informaciones más básicas acerca de
nosotros mismos.
No sabemos andar, pero poco a poco encontramos los andares. Yo tuve la suerte de tener cuatro
andares.
1. Mis primeros andares, a los pocos años de nacer. Un andar de pasos rápidos, que al llegar a la
adolescencia fue cogiendo un aire travieso. Un andar que me provocaba mucha risa, variada y extraña.
2. Años más tarde, mis segundos andares, cuando me pusieron mi primera pierna ortopédicamecánica.
Era un andar más tosco, más tipo muelle. Un andar que condicionó mi ser, que hacía que no me
sintiera cómodo e hizo desaparecer la risa.
3. Más tarde me cambié a una pierna hidráulica; ese andar era un andar más alegre, más cantarín, más
como de un musical. Ese andar hizo que me sintiera mejor y comencé a reír a carcajadas cortas, pero
deslizantes. Fue cuando me di cuenta de que la risa estaba conectada con el andar. Muéstrame cómo
andas y te mostraré cómo ríes. Hay algo en la forma en que caminamos que nos lleva hasta la risa, hasta
el humor.
4. Ahora llevo una pierna electrónica y el andar y la risa parecen absolutamente conectados. Lo más
curioso es que por la noche debo cargar la batería. A veces dudo si conectar el móvil, el ordenador o la
pierna. Me da la sensación de que es un lujo poder tener estas dudas.
Y es que lo fundamental reside en el andar. La gente ya no se preocupa de andar: «Ando de esta
manera, siempre he andado así». Piensan que ya no van a cambiar; si lo llevan haciendo treinta, cuarenta
años, ¿por qué van a cambiar?
Pero de lo que no se dan cuenta es de que el cambio es posible. Todo consiste en buscar la
respiración, practicar cuál es la respiración que va más contigo. Dedicar un rato a sentir cómo entra y
cómo sale el aire de ti. Una vez que encuentras tu respiración debes pensar cómo esa respiración puede
mover tus piernas. Respiración y movimiento están totalmente relacionados.
Poco a poco, irás encontrando un andar. Será distinto al que tenías, será un andar potenciado por una
forma de coger y expulsar aire. Muchas veces será un andar tan diferente que no te reconocerás en un
espejo cuando lo veas, tan extraño que sentirás que no eres tú quien anda sino otro. Poco a poco, si
quieres, transforma ese andar nuevo en un correr. Aunque eso es para los muy iniciados.
Finalmente notarás que al andar diferente, que al tocar de un modo distinto tu pie el suelo, algo en ti
nace. Una especie de sentimiento, parecido a una alegría. Ese es el germen de la risa. Ese sentimiento,
esa sensación es la que debes transformar en risa.
Poco a poco, sin prisas, extrae, licua la risa que ha nacido de ese andar. Prueba cuál es la risa que te
va mejor. Escúchala, primero en casa, en la intimidad. Y cuando hayas decidido una, muéstrala a tu gente,
ríete con ella, sin miedo, sin vergüenza. Déjate llevar.
Ésa es tu risa. Tan sólo debes explotarla al máximo, y casi sin saberlo, esa risa cambiará tu forma de
ser y tu forma de gozar esta vida.
Tardamos minutos en decidir una prenda que queremos comprar, horas para seleccionar un coche,
meses para elegir nuestra casa. Sin embargo, para algo tan nuestro como la risa, que define nuestro
carácter, nuestra esencia, nuestro yo, nos conformamos con la que viene de serie.
Recuerda, la lista es:
1. Busca una respiración. ¿Cómo? Respirando: cogiendo y expulsando aire. Pensando cuál es la
manera de aspirar que te define. No intentes encontrarla en un día, date una semana como mínimo.
Disfruta con este juego.
2. Practica esa respiración en movimiento. Deja que esa nueva forma de oxigenarte dé nuevas alas a
tus pies. Camina rápido, despacio, de puntillas; todo lo que necesites. Finalmente darás con tu caminar,
lo notarás.
3. Camina y disfruta del sentimiento. Durante media hora. Ese sentimiento de felicidad puede
transformarse en risa. Eso que sientes es el material del que está hecha la risa. Ríete, sonríe y decídete
por una forma de emitir el sonido de la alegría.
4. Practica en casa. Practica en compañía. Va muy bien imitar las risas de otros amigos tuyos. Se
creará un carrusel de risas y eso es muy positivo.
5. Elige una risa, y piensa que eso es algo que te define. Siéntete orgulloso de tu nueva adquisición y
muéstrasela a la gente con orgullo. He encontrado unos andares, una respiración y una risa. Son cosas que
debes mostrar sin vergüenza, como si fueras un recién nacido.
6. Renueva tu risa cada dos años. Yo cada dos años me cambio la pierna y tengo la suerte que al
cambiar el andar, cambia todo. También evolucionan nuestros pulmones, envejecen, pero no deben ser
ellos los que marquen nuestra respiración; hemos de adelantarnos y ser nosotros quienes marquemos
cómo queremos oxigenarnos.
Anda, respira, ríe y disfruta. Es así de sencillo. Ése fue el consejo que me dio el enfermero que me
llevaba al quirófano donde me amputarían la pierna. Yo pensaba en la pierna que perdería y él me
hablaba de respiración, de andares, de risas. Recuerdo que la conversación acabó con un: «¿Te aburro?».
Y la verdad es que no me aburría. A veces estamos tan centrados en nosotros, en nuestro problema, que
olvidamos que justo en ese momento podríamos hacer el mayor descubrimiento de nuestra vida.
Sexto descubrimiento:
«Cuando estás enfermo llevan un control de tu vida,
un historial médico.
Cuando estás viviendo, deberías tener otro.
Un historial vital»
El paciente está curado.
Ultima línea y última raya que escribió mi oncólogo en mi historial clínico.
Mi historial médico es interminable; fue engordando día a día, mes a mes, año a año. La última vez
que fui al hospital lo transportaban en un carrito, pesaba tanto que ya no podían llevarlo a cuestas.
Me gusta el color de la carpeta del historial, sobre todo porque es del mismo tono que cuando todo
empezó. Pocas cosas en nuestra vida se mantienen idénticas. Sigue siendo de color gris neutro. A mí no
me parece feo el color gris, tan sólo tiene mala prensa: qué día tan gris, los trajes grises… Es un color
poco apreciado, sólo superado por el negro. Pero creo que es el color ideal para un historial médico,
porque, a mi entender, debe tener clase, y el gris es un color con mucha clase.
En mi historial hay letras de más de veinte médicos.
1. De mi oncólogo (profesión extraña pero que alguien tiene que hacer). Son los malos de la película
para cualquier enfermo de cáncer. Sin duda, cualquier médico que elige esta especialidad merece toda mi
admiración.
2. De mi traumatólogo, que son los que se llevan todos los éxitos. A mí me habría gustado ser
traumatólogo, creo que es lo más parecido a ser Dios.
3. De mi terapeuta de recuperación, de radiólogos, de…
La lista es interminable. Me recuerda a cuando de pequeño iba a la caza de autógrafos de futbolistas;
esto es lo mismo pero con especialidades médicas y con la diferencia de que en lugar de un único
garabato ininteligible hay cientos.
El último día que vi mi expediente fue en la consulta del oncólogo; escribió: «El paciente está
curado». Debajo, lo recuerdo perfectamente, trazó una raya horizontal. Me impresionó mucho aquella
raya. Cerró el historial, lo colocó nuevamente en el carrito y el celador se lo llevó. Ése fue el último día
que vi mi historial.
Pensé que no echaría de menos ese historial. Pero cuando volví a la vida normal pensé que sería
buena idea hacer uno, pero no un historial médico, sino un historial vital.
Compré una carpeta (gris, claro está) y pensé con qué llenarla. Estaba claro que escribiría un diario;
los diarios son vitales y altamente recomendables. Qué mejor que poder releer lo que te preocupaba hace
dos o tres años, y darte cuenta de que ahora eso te importa un pepino (a veces porque lo has conseguido,
a veces porque en realidad ni lo deseabas).
Pero los diarios son tan sólo una parte de un historial vital; no es suficiente. El placer de llevar un
historial vital es que en él estará todo lo que ocurra en tu vida, tus momentos de vida, y cuando algo te
sacuda, podrás ir allí, abrirlo y respirar vida.
Te preguntarás si es necesario llevar un control de tu vida. La respuesta, para mí, es un sí rotundo.
¿Sabes cuál era el sentido del historial médico? Pues simple y llanamente, apuntar y dejar constancia de
cuándo tuviste tal crisis, cómo se superó, cuándo ocurrió el siguiente percance, qué sentías cuando llegó,
cómo se solucionó. Mis médicos no paraban de mirar ese historial cuando había algún problema. Estoy
seguro de que me evitó muchas radiografías, análisis y medicación repetida. La memoria es tan
selectiva…
Lo bueno de escribir las cosas es que te das cuenta de que esta vida es cíclica: todo vuelve y vuelve.
El problema es que nuestra memoria es reducida y muy olvidadiza. Realmente te fascinará ver cómo tus
males o tus alegrías vitales se repiten y en tu historial vital encuentras las soluciones a todo.
Sé qué piensas. No temas, no te llevará mucho tiempo. Tan sólo debes escribir unos minutos al día y
reunir objetos; serán equiparables a las radiografías y a los análisis de sangre. Son importantes, no hay
historial que no tenga pruebas (en este caso de tu vida). Pueden ser trozos de servilleta (de aquel
restaurante donde lograste aquello que deseabas), piedras de alguna isla (donde tu vida avanzó un paso y
te sentiste pleno) o simple y llanamente el tíquet de un aparcamiento del centro comercial donde viste
aquella película que te cambió la vida.
Tu historial vital engordará y con el tiempo quizá deberás comprar una segunda y una tercera carpeta.
A lo mejor, un día morirás (y he dicho a lo mejor, no a lo peor), y tus hijos, tus amigos, tus amarillos
heredarán ese historial vital y sabrán qué te hacía feliz, qué era lo que hacía que te sintieras pleno. ¿Hay
algo más bonito que te conozcan mejor? Yo no lo creo. Ésa es la gran recompensa: abrir las cajas de la
gente que queremos, saber más de ellos. Tengo tantos amigos que tienen cajas desconocidas para mí que
cuando descubro algo más de ellos me siento más feliz, más completo.
Repasemos la lista para el historial médico:
1. Compra una carpeta que sea grande, casi como una caja. El color elígelo tú, pero yo te recomiendo
el gris.
2. Escribe cada día tres o cuatro cosas que te hayan hecho sentirte feliz. Tan sólo eso; no te enrolles
más. Escribe: «Hoy sentí felicidad en un momento del día».
3. Apunta la hora, el día, el lugar y el motivo. ¿Todo debe tener que ver con la felicidad? No, claro
que no. Puedes hablar de nostalgia, de sonrisas, de ironía. Pero todo tiene que ser positivo. En un
historial médico no se habla más que de percances, de problemas y de recuperaciones; en el vital, debes
hablar de vida, de vida positiva, de vida feliz.
Realiza ese ejercicio, piensa cosas buenas que te han pasado, con quién y dónde. Poco a poco
descubrirás patrones. Gente que te hace feliz, lugares y horas del día en los que te sientes más vital.
4. Incluye material. Siempre que puedas coge algún objeto relacionado con ese momento. Los objetos
se impregnan de felicidad y deben estar en tu historial vital.
Cualquier cosa sirve, tan sólo tiene que pertenecer al sitio. Pero no almacenes miles de cosas; sé
selectivo o el historial vital acabará comiéndose tu hogar.
5. Reléelo, tócalo cuando te encuentres mal y triste y también cuando te sientas feliz. Al menos una
vez cada seis meses, dedícale un vistazo, haz una visita a tu historial. Descubrirás cosas, descubrirás
patrones y descubrirás cómo eres. Cada 1 % que descubras de ti es casi un peldaño más hacia otro estado
de ánimo.
6. Regálalo, légalo cuando mueras. Recuerda, no es sólo para ti, también es para los demás, para la
gente que te quiere.
Creo que será maravilloso el día que legue mi historial vital y mi historial médico. La persona que
los posea será feliz con ambos historiales. Con uno podrá saber cuántos leucocitos tenía en octubre de
1988, cómo era mi pierna izquierda vista por rayos X (poca gente la conoce ya) y sobre todo esa línea
horizontal. ¡Cuánta hermosura puede haber en una línea! Con el otro historial, comprenderá por qué me
río, por qué me entusiasmo, por qué muero. Creo que lo regalaré a dos personas distintas. Siempre es
bueno que el conocimiento sea compartido.
Séptimo descubrimiento:
«Hay siete consejos para ser feliz»
Chico, no duermes, ¿verdad? Escucha el primero. En la vida lo más importante es
saber decir no. Apúntalo, que no se te olvide.
Mi primer compañero de habitación. El señor Fermín (76 años)
05.12 de la madrugada.
Ciertamente, este consejo me lo dio un hombre mayor con el que compartí mi primera habitación de
hospital. Era una habitación de seis personas; luego, más tarde, entraría en las de dos personas. Me lo dio
una madrugada. Las madrugadas unen tanto que hacen que te atrevas a confesar deseos y sueños
inconfesables. Más tarde llega el día y con él… con él… A veces el arrepentimiento.
El señor Fermín era un hombre asombroso: había tenido treinta profesiones, tenía setenta y seis años
y una vida llena de anécdotas increíbles. Para un chaval de catorce años que Ingresaba por primera vez
en un hospital, aquél era el espejo donde quería reflejarme, el destino que deseaba y que no estaba seguro
si conseguiría lograr. Me apasionaba ese hombre. Era pura fuerza.
Siempre comía naranjas; le encantaban las naranjas. Olía a cítrico. Durante las siete noches que
compartí habitación con él, me contó consejos para tener una buena vida; él los llamaba consejos para
conseguir la felicidad.
Cada consejo iba unido a una explicación de una hora de duración, con ejemplos gráficos. Los
asistentes a aquellas clases de vida éramos un amigo pelón canario manco y yo (que más tarde sería
cojo). Sus disertaciones eran muy amenas, muy divertidas. Él nos obligaba a apuntarlo todo, creo que
pensaba que en muchas ocasiones no nos enterábamos de casi nada. Y era cierto; yo no me enteré de casi
nada, pero aquellos garabatos con letra de un adolescente de catorce años me han servido el resto de mi
vida. Él nos hizo prometer que jamás explicaríamos los siete consejos a no ser que sintiéramos próxima
nuestra muerte. Los dos lo prometimos, aunque negociamos (éramos adolescentes, a esa edad se negocia
todo); nos parecía difícil guardar esos secretos. Fue un toma y daca duro, pero al final nos permitió que
contáramos uno. Y éste es el que te contaré.
El que te relataré fue el primer consejo que nos dio. Lo escuché el primer día de hospital de mi vida.
Es un recuerdo con olor a naranja. Me entusiasma que los recuerdos huelan.
Nos pidió que nos sentáramos, nos miró a ambos y nos dijo: «Apuntad, hay que saber decir no en esta
vida».
El chico canario y yo nos miramos; no entendimos nada. Decir no a qué? Y aún más: ¿por qué había
que decir no, con lo genial que es decir sí?
A partir de ahí, al igual que durante los seis días posteriores, nos dio una gran explicación sobre por
qué había que decir no. Yo apunté lo siguiente:
No a lo que no deseas.
No a lo que todavía no sabes que no deseas pero que deseas.
No por compromiso.
No si sabes que no podrás cumplir.
No al exceso.
Y sobre todo: ¡¡¡no a ti mismo!!!
Creo que el no a ti mismo debía de ser el más importante porque nos obligó a ponerle muchos signos
de admiración. Al lado de la última admiración hay incluso una mancha de gajo de naranja (o ésa es la
sensación que me da a mí). A veces lo que uno desea es tan intenso que se hace realidad.
Al día siguiente de darnos el séptimo consejo murió. Fue una muerte de esas que marcan: nos da siete
consejos para ser feliz y se muere. Tanto el canario como yo nos dimos cuenta de su legado. Decidimos
hacer un pacto: no perder jamás aquellas notas, y cuando las entendiéramos ponerlas en práctica.
Durante años olvidé esos consejos para ser feliz. Esa lista póstuma contenía, aunque yo no lo sabía,
las reglas de la felicidad. Poco a poco, las fui comprendiendo, las fui interiorizando.
Puedo asegurarte que he dicho no a muchas cosas en mi vida; no a cosas cuando estaba en el hospital
y no a cosas cuando estaba fuera de él. Jamás he sentido que un no debería ser un sí. Pero está claro que
cuando decides que no y estás seguro de ello, el acierto está casi asegurado.
A veces, tengo ganas de que mi muerte llegue para poder contar los seis restantes. Mi amigo el
canario ya tuvo esa suerte; murió seis años más tarde y con una sonrisa en los labios me comentó que se
lo había contado a tres personas más. Era un tipo genial, que hablaba poco; creo que las palabras están
demasiado valoradas.
Lista de los noes:
1. Debes saber decir no.
2. Los noes deben aplicarse a cosas que deseas, que no deseas, que sabes que te sobrepasarán y
también a ti mismo.
3. Los noes tienen que ser aceptados. No dudes de ti; si diste un no, confía en ese no.
4. Disfruta de esos noes tanto como de los síes. Un «no» no tiene por qué ser negativo, puedes gozar
tanto de él como gozas de los síes. Puede darte alegrías, puede tender los mismos puentes. No pienses
que te estás negando algo sino que te abres caminos para otros síes.
Lo último que apunté en la libreta fue: «No lo dudes, el no te traerá muchos síes». Con catorce años
no entendí nada, con treinta y cuatro ya le he dado un sentido. Deseo llegar a los sesenta para ver qué
nuevo sentido cobra todo lo que me contó. Cada año que pasa, la lista de los siete consejos cobra otro
sentido, otro cariz. Es lo bueno de la edad: lo transforma todo. Creo que es lo apasionante de cumplir
años, de hacerte mayor.
Por ello, cada año reviso aquellas notas, para sacar más y más jugo a los siete consejos que dan la
felicidad. Disfruta del primero. Uno de siete no está mal.
Octavo descubrimiento:
«Lo que más ocultas,
es lo que muestra más de ti»
Dime tu secreto y te diré por qué eres tan especial.
Néstor, el celador más enrollado que he tenido.
Todos somos especiales. Ya sé que suena a tópico, pero lo somos. En el hospital no nos gustó nunca
la palabra minusválido, inválido o impedido. Son tres palabras a desterrar; las carencias físicas no tienen
nada que ver con esas tres palabrejas.
Pasados los años he trabajado con discapacitados mentales y me he dado cuenta de que éstas son dos
palabras que también hay que desterrar. Este tipo de personas son las más especiales de todas, las que
más respeto me producen; son sensibles, inocentes y sencillas. Y lo digo en el sentido más rico de las
palabras. Son especiales.
A mí me falta una pierna y un pulmón, aunque yo siempre he tenido la sensación de que tengo un
muñón y un solo pulmón. Tener o faltar, todo depende de cómo se mire. Yo, a mi manera, soy especial.
Me gusta pensar que me han marcado de cierto modo y eso me hace diferente.
Pero no tan sólo las carencias físicas y psíquicas son las que te convierten en alguien especial. Como
he dicho antes, todos somos especiales. Tan sólo hay que potenciar lo que te hace especial.
Había un celador en el hospital que nos decía: «Decidme vuestro secreto y os diré por qué sois tan
especiales». Él, mientras estábamos en recuperación, nos hablaba de la gente especial y de los secretos
que todos guardamos. Opinaba que los secretos son necesarios en esta vida, son tesoros privados que
sólo están al alcance de uno mismo. Como nadie los conoce no hay llave y nos marcan interiormente
porque no los compartimos.
Pero sobre todo nos hablaba de la importancia de mostrar nuestros secretos. Nos decía que era como
enseñar a los demás lo que te hace especial, lo que te hace diferente, y eso es de lo que siempre te cuesta
más hablar.
Cuando él explicaba estas cosas yo lo miraba muy fijamente. Deseaba saber qué ocultaba aquel
hombre de tez oscura, de ojos redondos y cejas marcadas. Deseaba saber por qué era especial, cuáles
eran los secretos que lo hacían diferente.
Nunca lo supe, pero nos enseñó algo vital, lo que nosotros teníamos: muñones, cicatrices, moratones,
falta de pelo… eran cosas que nos hacían diferentes y nos hacían sentir especiales, por ello jamás
debíamos ocultarlas, teníamos que mostrarlas con orgullo.
Consiguió su objetivo, nunca me ha avergonzado enseñar mis carencias. Y además consiguió que
tratáramos los secretos, las cosas que más nos cuesta compartir, como pruebas para demostrar nuestra
diferencia.
Cuando dejé el hospital, no olvidé esas lecciones. Siempre que he tenido un secreto, he pensado que
era bueno tenerlo y que yo decidiría cuándo lo mostraría, cuándo me convertiría en especial. Lo que
ocultas es lo que más te define.
La fórmula es…
1. Piensa en tus secretos ocultos.
2. Déjalos madurar y finalmente muéstralos. Goza guardando pero goza más mostrando.
3. Al mostrarlos los secretos te harán especial. Sea lo que sea, era tuyo y ahora es de muchos. Todo
lo que ocultas es lo que más muestra de ti.
Noveno descubrimiento:
«Junta los labios y sopla»
No soples tan sólo en los cumpleaños. Sopla y pide, sopla y pide.
La madre de mi amigo Antonio, pelón que nos dejó a los trece años soplando.
Quizá durante mi estancia en el hospital me pusieron mil inyecciones, no miento. Tengo venas
enquistadas, venas secas, venas ocultas. Me encanta cuando una vena decide bajar a las catacumbas del
organismo, lejos de la piel, lejos de los pinchazos. ¡Qué inteligentes son las venas!
Siempre que me han pinchado he soplado, tanto cuando notaba dolor, como cuando dejé de notarlo.
Soplar hace que todo sea mejor; me gusta pensar que hay algo mágico en soplar.
Recuerdo que la madre de Antonio, un peloncete muy divertido que siempre me hacía reír, nos
contaba que debíamos soplar y pedir deseos. Nos contaba que la gente sólo sopla para pedir deseos en
los cumpleaños, porque piensa que los cumpleaños tienen poder, pero lo que no saben es que el poder lo
tiene el soplo. Me encantaba la madre de Antonio, siempre nos contaba historias fabulosas, llenas de
ejemplos. Nos explicaba, entre muchas más cosas, el poder del soplo.
Nos hablaba de las madres que soplaban las heridas de sus hijos que se habían caído de la bicicleta,
de rasguños que se curaban con soplidos y un poco de agua oxigenada. El poder del soplo.
Yo me creí aquello a pies juntillas. Siempre que me ponían una inyección yo pedía un deseo; nunca
me olvidaba. Soplaba, pensaba un deseo y notaba una inyección. Automáticamente sonreía. Qué suerte
poder pedir tantos deseos. Me sentía un privilegiado. Además, he de decir que se han cumplido muchos.
Ya en mi vida normal, no he dejado de soplar. Soplo dos o tres veces a la semana, sin razón aparente;
cuando lo necesito. Como decía la madre de Antonio, los soplidos se acumulan en nuestro interior y hay
que sacarlos, hay que extraerlos.
Así que no temas y sopla como mínimo una vez por semana, eso sí, siempre tienes que pedir un
deseo.
A veces pienso que se me han cumplido tantos deseos porque soplé mucho en el hospital.
Creo que, sin saberlo, el organismo nos ha dado un arma contra la mala suerte; el problema es que la
cotidianidad de ese superpoder ha hecho que no la percibamos.
Recuerda:
1. Se pone la boca en forma de O.
2. Se piensa un deseo, pero piensa que quizá se cumplirá. Los deseos deben ser deseados, no vale
cualquier cosa.
3. Y sopla. Saca aire, aire tuyo. Y recuerda: cuanto mayor es el deseo mayor ha de ser el soplido. Lo
ideal es que soples hasta que no quede nada dentro. Quédate sin soplido.
Estoy seguro de que las personas centenarias han soplado mucho. Y ese intercambio de aire, ese
soltar y ese coger, es lo que les ha dado una vida tan larga.
Antonio murió soplando. No sé qué pidió pero su madre me dijo que estaba segura de que se había
cumplido. Y yo también lo creo. Juntar los labios y soplar. Pido otro deseo…
Décimo descubrimiento:
«No tengas miedo de ser la persona
en la que te has convertido»
Albert, fíate de tu yo pasado. Respeta a tu yo anterior.
Uno de los médicos más listos que tuve. Frase que me dijo mientras me
explicaba cómo seria la intervención
Mi médico siempre me decía que él deseaba lo mejor para mí, pero a veces, lo que parecía mejor
resultaba que no lo era. Es complicado saber cómo reaccionará el cuerpo humano a una medicina, a una
terapia o a una operación. Pero me pedía que sobre todo confiara en él, y recalcaba: yo siempre he
creído que si mi «yo» del pasado tomó esa decisión era porque creía en ella (tu yo del pasado eres tú
mismo unos años, meses o días más joven). Respeta a tu yo anterior.
Sin duda, era un gran consejo. Aunque quizá en aquel preciso momento no lo valoré como tal. Estaba
a punto de operarme y yo esperaba que su yo de ese momento no se equivocara.
Cuando salí del hospital, reflexioné sobre esas palabras. Era un buen descubrimiento y ya no sólo
para la vida médica sino para todo. Solemos creer que erramos decisiones; es como si pensáramos que
ahora somos más listos que antes, como si tu yo del pasado no hubiera valorado todos los pros y los
contras.
Desde que aquel médico me habló de ello, yo siempre he creído en mi yo del pasado. Hasta creo que
es más inteligente que mi yo del futuro. Así que cuando a veces tomo una decisión equivocada no me
enfado, pienso que la tomé yo mismo y que fue meditada y pensada (eso sí, intento siempre pensar y
meditar las decisiones).
No hay que desanimarse por las decisiones equivocadas que uno toma. Debes confiar en tu yo
antiguo. Ciertamente tu yo con quince años pudo equivocarse por no estudiar aquella asignatura o tu yo de
veintitrés por ir a aquel viaje o tu yo de veintisiete por aceptar aquel trabajo. Pero fuiste tú quien las
tomó y seguramente dedicaste un tiempo en tomar la decisión. ¿Por qué crees que ahora tienes derecho a
juzgar lo que él (tu yo antiguo) decidió? Acepta quien eres, no tengas miedo de ser la persona en quien te
has convertido con tus decisiones.
Las malas decisiones curten, las malas decisiones, dentro de un tiempo, serán buenas decisiones.
Acepta eso y serás muy feliz en la vida y, sobre todo, contigo mismo.
Mi médico se equivocó tres o cuatro veces. Jamás le eché nada en cara porque supe que su error no
provenía de una falta de profesionalidad o de experiencia. Para errar hay que arriesgarse; lo de menos es
el resultado.
Estoy seguro de que si reuniésemos a tu yo de ocho años, al de quince y al de treinta no pensarían
igual en casi nada y podrían defender cada una de las decisiones que tomaron. Me encanta fiarme de mi
yo joven, me encanta vivir con el resultado de las decisiones que tomó.
Tengo una cicatriz enorme en el hígado a causa de una operación que no sirvió de nada porque al
final no tenía nada, pero mi médico creía que tenía cáncer y si no me operaban moriría. Esa cicatriz hace
que me sienta orgulloso, me hace sentir cosas muy variadas cuando la veo. Todo lo que sea un torrente de
emociones es positivo, muy positivo.
Así que:
1. Analiza las decisiones que crees que fueron equivocadas.
2. Recuerda quién las tomó. Si fuiste tú, recuerda que tus razones tenías. No te creas más listo que tu
yo del pasado.
3. Respétalas y convive con ellas.
4. En un 80% eres consecuencia de tus decisiones. Quiérete por el resultado de lo que eres. Quiérete
porque en eso es en lo que te has convertido.
5. Y sobre todo reconoce que a veces te equivocas. Y ese 20 % de equivocaciones tienes que
reconocerlas y aceptarlas.
Como me decía aquel médico: «Reconocer» es la palabra clave. Debes reconocerte a ti mismo,
reconocer cómo eres y reconocer la culpa.
En el hospital nos enseñaron a aceptar que podíamos equivocarnos. Mi médico a veces se equivocaba
y siempre aceptó la culpa. El mundo iría mejor si aceptáramos que nos equivocamos, que hemos errado,
que no somos perfectos. Mucha gente intenta buscar una excusa a su equivocación, buscar otro culpable,
quitarse el muerto de encima, lo que no conocen es el goce de aceptar la culpa. Un goce que tiene que ver
con saber que has tomado una decisión equivocada y que lo admites.
Me encantaría ver juicios en los que la gente aceptara la culpa, conductores a quienes pararan y que
reconocieran que iban a más velocidad de la permitida.
Es importante que reconozcamos que nos equivocamos para así tomar conciencia de adonde están los
errores y no cometerlos más. Quizá muchos tienen miedo al castigo que esto puede suponer, pero el
castigo es lo de menos, lo único importante es dar a nuestro cerebro los items correctos.
Undécimo descubrimiento:
«Encuentra lo que te gusta mirar y míralo»
Uauuuuuu.
Exclamación pronunciada por el peloncete Marc, el más joven. Ojos como
platos y un coche plateado aparcado a un milímetro de él.
Había un niño de cinco años que ingresó en el hospital con cáncer de tibia. A veces venía con
nosotros al sol. El sol era un lugar que habían habilitado al lado del aparcamiento; allí había una canasta
de baloncesto y siempre daba el sol.
Era complicado conseguir un pase de sol. Tenías que portarte muy bien. Normalmente nos dejaban
estar en el sol de cinco a siete. Me encantaba salir del hospital e ir al sol, hacía que me sintiera bien,
sentía como si fuera de viaje a Nueva York; el contraste era enorme. Nos quedábamos esas dos horas
tomando el sol, bronceándonos.
El chavalín a veces nos acompañaba. Pero él no se echaba a tomar el sol con el resto. Se quedaba de
pie, con los ojos fijos en los coches que aparcaban. Si aparcaban bien, se volvía loco, se le ponían los
ojos como platos, sonreía, reía y aplaudía escandalosamente. Si tardaban en aparcar o lo hacían con
demasiadas maniobras, se ponía como una furia, se enfadaba y hasta había llegado a dar alguna patada a
un coche.
No sé de dónde le venía esa pasión por los coches pero con el tiempo dejamos de tomar el sol y le
mirábamos a él. Era un espectáculo digno de ver. Era pasional, inteligente, observador; era un enigma
para nosotros.
Creo que no miraba coches, miraba movimientos, tiempos, giros, elegancia. Eso le volvía loco: las
formas, la energía del giro, la dulzura de un buen aparcamiento.
A los pocos meses le detectaron metástasis en los dos pulmones. Aquel día bajamos al sol juntos. Él
no tenía pase pero logramos colarlo con un pase falso que se había dejado un compañero.
Sabía que se lo pasaría bien mirando coches. Estuvimos casi las dos horas del sol mirando cómo
aparcaban. Cuando volvíamos al hospital le pregunté: «¿Por qué te gusta tanto mirar coches, Marc?». Me
miró y contestó: «¿Por qué os gusta tanto mirar el sol?». Yo le dije que no mirábamos el sol sino que el
sol era lo que nos proporcionaba… que nos bronceábamos… que era agradable… que… La verdad es
que no sabía por qué mirábamos el sol.
No juzgar; ésa fue la gran lección que aprendí ese día de aquel niño. El miraba coches y yo miraba
soles. Yo me quedaba muy quieto y él se volvía loco con lo que veía. Seguro que sus coches le daban
tanto como a mí me daba el sol: color, salud y felicidad. Supongo que ver aparcar te da cosas también.
Lo importante no es qué miras, sino qué te transmite mirar.
Aquel día me enfurecí mucho, lloré tanto aquella noche… No deseaba que aquel niño muriese en unos
meses. Aquel chaval, su mirada de las cosas tenía que sobrevivir, llegar a dirigir países, a liderar
hombres. Algo había en su pasión que me encandilaba. No supe qué fue de él. Así que confío que esté
donde esté siga mirando con pasión.
Ya no he vuelto a juzgar. Tan sólo a gozar con las pasiones ajenas. Tengo amigos que miran sonidos
de pájaros, paredes y hasta ondas de móviles.
Encuentra lo que te gusta mirar y míralo.
Duodécimo descubrimiento:
«Comienza a contar a partir de seis»
Modifica tu cerebro.
Sentencia que me dijo un neurólogo con pijama azul justo antes de que me
hicieran un tac.
Me han hecho tres tacscerebrales. Hay que estar muy quieto. Intento no pensar en nada personal, me
da miedo que la máquina lo imprima. Ya sé que estas máquinas no imprimen, pero me da la sensación de
que todo queda registrado, así que no pienso en nada.
Un verano, el del mundial en el que triunfó Lineker, yo llevaba tres horas esperando en la sala de un
hospital y lo único que pensaba era que me estaba perdiendo un partido de semifinales. Estaba seguro de
que cuando me hicieran el tac se vería a Lineker, sus goles y a toda la hinchada vibrando.
Allí había un señor que me miraba. Era un señor de ojos pequeñitos. Llevaba un pijama azul, como
yo. Enseguida empezamos a hablar: «Cómo tardan. ¿Es para un tac?». Son preguntas que unen en una sala
de espera.
Nos acercamos. Ninguno fue donde se encontraba el otro, sino a un sitio nuevo. Me dijo que era
neurólogo. Y la conversación se centró en el cerebro, en el famoso 10% que utilizamos. A mí es algo que
siempre me ha preocupado, tengo muchas ganas de que nuestros sucesores lleguen a usar el 30 o el 40. Al
fin y al cabo seremos recordados como los que utilizábamos un 10%: están los de los palos, los de las
piedras y los del 10%, ésos somos nosotros. Hemos avanzado mucho, pero para los del siglo xxx
seremos como para nosotros son ahora los hombres primitivos.
Ese neurólogo me dijo que para conseguir más capacidad cerebral tan sólo había que modificar el
cerebro.
Si tú le dices a un chaval de quince años las palabras modificar y cerebro, ganas su atención
inmediatamente. ¿Cómo se hace? Yo quiero.
Me habló de números. Fue un ejemplo sencillo. Me enseñó cuatro objetos; en este caso eran cuatro
revistas. Me pidió que las contara. Le dije que eran cuatro. Me preguntó: «¿Has tenido que pensar?».
Contesté que no, que era sencillo. Comencé a dudar de que fuera neurólogo, se parecía más a un paciente
de la planta 8 (la de psiquiatría). Me mostró cinco revistas y me dijo que las contara. De repente me di
cuenta de que mi cerebro se había puesto en marcha. Estaba contando, no podía hacerlo sin contar. Me
sonrió, sus ojos se achinaron más todavía: «Cuentas, ¿verdad?». Lo miré alucinado.
Me explicó que a partir de cinco, nuestro 10 % de cerebro se pone a contar. La manera de ejercitarlo
es que comience a contar a partir de siete; luego a partir de ocho. Así lo obligaremos a ampliar su
capacidad, a que más neuronas se pongan en marcha a la vez. Modificarlo poco a poco, para que no sea
tan vago, hasta que no notemos cómo se pone en marcha.
Quería más. Me habló de que cuando ves a nueve personas es cuando tienes sensación de grupo.
Hasta ocho no le das valor, pero a partir de nueve tu cerebro lo identifica como una pequeña multitud.
Maneras de modificar tu cerebro: que empiece a pensar en multitud a partir de quince o de veinte.
Eso era como cambiar la configuración de fábrica, la que viene de serie. ¿Se podía hacer? Me
replicó que se trataba de un cerebro, por lo que la configuración de fábrica no existía y todos los cambios
eran posibles.
Me llamaron para que entrase en el tac. Supe que cuando saliera ya no lo encontraría. Esto ocurría a
menudo en el hospital; te marchabas un minuto y aquél con el que habías conectado, había desaparecido.
Me despedí gritando: «¡Voy a conseguir un cerebro del 15 % o del 20 %!». Me devolvió la sonrisa.
Instantes antes de que cerraran la puerta donde tenían que practicarme la prueba reconocí una tristeza, una
inmensa tristeza que se desprendía de él. No sé qué era, pero me hizo tambalear; sin duda, aquel hombre
irradiaba algo.
Me eché en el tac y me pidieron que no me moviese. Recuerdo que aquel día fue el primero que
comencé a modificar mi cerebro. Siempre que él da algo por hecho yo se lo rebato y modifico lo que él
cree que es la respuesta correcta. Mantengo un diálogo y cambio lo que viene de serie.
Con el tiempo, he averiguado que aquel hombre no estaba triste, estaba muy feliz. Mi cerebro creyó
que aquella mirada perdida, cabizbaja, irradiaba tristeza. Es lo que viene de fábrica. Pero en realidad era
de felicidad, la felicidad de escuchar cómo un chaval de quince años gritaba la frase en la que más creía.
¿Sirve este descubrimiento para la vida real? No es que sirva, es que es muy efectivo; podría
definirse también como que no sigas a rajatabla lo primero que pienses. Piensa bien en lo que piensas.
Busca, no te conformes con el primer pensamiento.
Es posible modificar tu cerebro. Yo he conseguido que mi cerebro cuente a partir de seis; quizá
parece poco, pero yo estoy muy orgulloso.
Así que no creas nada que venga de serie. Ponlo en tela de juicio y tu vida mejorará.
Decimotercer descubrimiento:
«La búsqueda del sur y del norte»
Si los sueños son el norte y se cumplen, tendrás que ir hacia el sur.
Una enfermera en la UVI mientras acariciaba mi pelo y yo notaba que tan sólo
tenía un pulmón.
Este consejo habla por sí mismo.
No deseo alargarme en algo que creo que es tan evidente.
¿Dónde lo oí? En la UVI. Acababa de salir de la operación de pulmón y había perdido capacidad
pulmonar, un pulmón había desaparecido. ¿Qué debieron de hacer con el pulmón? Siempre me lo he
preguntado.
Una enfermera se acercó y me miró. Me acarició el pelo. Me gustó mucho. A través de la mascarilla
intenté agradecerle el mimo, pero seguro que mi rostro, atontado por la anestesia, debía expresar lo
contrario.
Estaba hablando con otra enfermera que me acariciaba el pulgar del único pie que me quedaba. Te
juro que no me lo invento. Tuvo un aspecto sexual, pero fue precioso despertar después de perder un
pulmón y recibir tanto cariño.
La chica joven le dijo a la mayor: «Los sueños son el norte de todo el mundo. Si los cumples tendrás
que ir al sur».
¡Me fascinó tanto esa frase! Casi me quedé sin aire… por suerte tenía un respirador, así que no tuve
que preocuparme.
Se fueron y pensé: «Cuánto norte me queda por recorrer y cuánto sur conquistaré cuando cumpla mis
sueños».
En mi vida fuera del hospital lo puse en práctica. A veces, si tienes suerte de cumplir tus sueños, ves
cómo llegas al norte. Mentalmente veo la parte norte de mi vida, entonces busco otro sueño y me digo:
«Éste debe de estar al sur».
Lo sé, estaba anestesiado y me tocaban dos enfermeras. ¿Deberías creer en este consejo tan
influenciado por circunstancias externas? Respuesta: éste quizá es el que más debas seguir porque es el
que más dentro me llegó.
Sur y norte. Sólo eso. Busca el sur, busca el norte. No dejes de ir de uno a otro.
Decimocuarto descubrimiento:
«Escúchate enfadado»
Mi padre no tiene coche pero los sábados vamos al depósito a gritar al guardia que
hay allí. Es divertido.
Jordi, un pelón curioso porque jamás se le cayó el pelo. Una rara avis donde
las haya.
A veces hay que desahogarse. Es ley de vida. Echar tres o cuatro gritos al aire. O eso o explotamos.
Había en el hospital un pelón que nos comentaba que a veces iba con su padre a los depósitos de
coches; allí, su padre le gritaba al policía de turno. Le decía que era una vergüenza que se llevasen su
coche, que quisieran hacerle pagar 120 euros; chillaba y ponía el grito en el cielo. A los diez o doce
minutos, volvían al coche y se marchaban. Jamás se les había llevado el coche, la grúa; simplemente el
padre había encontrado un lugar donde desahogarse. ¿Un lugar equivocado? Seguramente, el pobre
policía de turno no merecía aquella explosión de rabia. A veces pienso en esos policías o en la gente que
trabaja en maletas perdidas del aeropuerto. ¿Dónde deben de ir a desahogarse? ¿Qué ganas pueden tener
de ir al trabajo cada mañana?
Creo que el padre del pelón Jordi (un pelón que tenía pelo; raro, raro) fue a un lugar equivocado;
seguro hay formas más sencillas de desahogarse. En el hospital a veces gritábamos a una grabadora. Se le
ocurrió a uno de los MIR que venía a vernos cada sábado. Era joven y con ganas de cambiar el mundo.
Ahora es jefe de departamento y la coraza que se ponen la mayoría de los médicos ha hecho que se
olvide de todo ello. Pero ahí estoy yo para recordárselo. Es bueno que te recuerden todo lo bueno que
hacías.
El MIR traía una grabadora y nos desahogábamos por turnos. Decíamos todo lo que nos enfurecía. Y
a veces eran muchas las cosas que nos sacaban de nuestras casillas. Es terrible cuando piensas que van a
darte un pase de fin de semana y al final no te lo conceden. Entonces gritábamos, expulsábamos todo lo
que nos ahogaba y nos daba mal rollo. Otros no decían nada, tan sólo te miraban.
Luego el MIR nos hacía escuchar la grabación. Siempre era un momento fascinante: escucharte
gritando, escucharte enfadado, pareces un loco, un paranoico. De repente, todo lo que te parecía con
sentido, todo lo que habrías defendido un segundo antes, te parecía sin fundamento. Es como si tu enfado
se disipara con el eco de tu rabia.
El eco de la rabia tiene ese poder: el poder de minimizar el enfado, el poder de mostrarte lo absurdo
que es pegar cuatro gritos y salirte de tus casillas.
¿Qué mejor que ser tú mismo quien deba soportar tus gritos? Pruébalo, te sentirás mejor, y poco a
poco dejarás de gritar, de enfadarte y, sobre todo, no le gritarás a otra persona. Verás qué absurdo eres
cuando te pones así.
Decimoquinto descubrimiento:
«Hazte pajas positivas»
Uno es lo que es después de una paja.
Fisioterapeuta que no logró que tuviese cuadriceps pero que era divertido
como pocos.
Soy un gran defensor de las pajas. Hace unos años escribí una obra que se llamaba El Club de las
Pajas. Mi pasión por las pajas proviene de la mala prensa que tienen. Siempre se habla de ellas con
coña, con humor, como chiste, como una cuestión de segunda división.
A mí me intrigan mucho las pajas, sobre todo lo que se esconde tras ellas. A veces es pasión no
conocida, a veces amor desmesurado, a veces sexo, a veces vergüenza, a veces deseos ocultos. Las pajas
siempre dan más información de una persona que todos los datos que preguntemos.
«Uno es lo que es después de una paja.» Eso me dijo un fisioterapeuta. Me explicó que después de
hacerte una paja, quien queda eres sólo tú. En esos dos o tres minutos después de la masturbación
aparece la esencia de quién eres.
También decía: «Las pajas son como suicidios exteriores. Es como matarte por fuera». Era un tipo
muy alto, de casi dos metros diez, y hablaba de las pajas como otra gente habla de fútbol o de cine.
Hablaba con tanta pasión que era imposible no escucharle. Me encanta cuando descubro pasión; la pasión
es lo que más me interesa.
Sin duda hizo que me interesara por las pajas, y ese interés jamás ha decaído. Creo que las pajas se
hacen cuando te sientes bien y cuando estás jodido. Es algo invariable de la vida. Es una forma de
canalizar energía.
El fisioterapeuta era un apasionado de las «pajas positivas», que, según él, eran las pajas que te
haces pensando en una persona y que le traen suerte. Tras dedicarle una paja la suerte va al citado
inspirador.
Siempre me pareció poética esa manera de enfocar las pajas. ¡He dedicado tantas pajas positivas en
mi vida! Te sientes poderoso, dotado de un don.
Así que no temas, hazlo. Tan sólo oblígate a pensar en una sola persona. Y deja que la magia haga el
resto.
Decimosexto descubrimiento:
«Lo difícil no es aceptar cómo es uno,
sino cómo es el resto de la gente»
Unos vomitan y otros no vomitan.
Gran sentencia de una enfermera. Yo estaba vomitando ese día.
Bueno, este descubrimiento en realidad son dos; dos en uno.
1. Acepta quién eres tú. No es fácil, lo sé. San Agustín decía: «Conócete, acéptate, supérate». Creo
que era muy optimista al pensar que puedan hacerse las tres cosas. Yo siempre me he conformado con
conocerme. No es fácil conocerse, saber cuáles son tus gustos, qué cosas te gustan, con qué no disfrutas.
Pero es posible; dedícale tiempo, busca, rebusca, vuelve a buscar y finalmente comenzarás a tener un
retrato robot de quién eres.
2. Una vez te conoces, si consigues quererte viene la parte más complicada. La segunda parte del
descubrimiento: conoce al resto de la gente y acéptala como es.
Sé que puede parecer un mandamiento religioso, pero en realidad se trata simple y llanamente de
tener la misma paciencia con los demás que la que has tenido contigo mismo. Aceptar cómo son, aceptar
cómo no son, es el inicio para aceptar cómo eres tú y cómo no eres tú.
3. Y de ahí proviene el resto de la frase. Lo difícil no es aceptar cómo eres tú sino cómo son los
demás. Ése es el reto. No olvides que a veces, cuando ya nos conocemos, pensamos que hemos llegado a
la meta. Pero la meta está lejos, muy lejos todavía. Cada día conoceremos a más y más gente y tendremos
que dedicar todas nuestras fuerzas a entenderlos.
Este descubrimiento, que parece tan complejo, proviene de una enfermera. Había un chico que
consiguió no vomitar con la quimioterapia, y a partir de ese día le molestaba que otros vomitaran a su
lado. No intentaba comprender y conocer a los demás; él había logrado su objetivo y parecía que el resto
de los humanos debían seguir sus pasos. La enfermera nos dijo que algunos vomitan y otros no vomitan.
De ahí saqué el resto.
Ella consiguió que el que no vomitaba nos contase sus trucos; uno de ellos era beber Coca-Cola, que
según él era un gran antivomitivo.
Fue impresionante verle dar consejos. Y es que a veces no es tan importante seguir una senda como
deshacer nuestra senda, coger otra diferente y darte cuenta de que hay otra forma de ir a un lugar. No
juzgar, no intentar ser radical. Cualquier senda puede ser buena, tan sólo hay que tener claro que es
producto de alguna decisión.
Decimoséptimo descubrimiento:
«El poder de los contrastes»
No moriremos de cáncer, moriremos de aburrimiento.
Uno de nuestros cánticos favoritos.
En la planta 4.ª del hospital en el que siempre estuve ingresado soñábamos con cosas que no
teníamos.
Más tarde he dado conferencias en hospitales, y muchos enfermos me han dicho lo mismo: faltan
cosas en los hospitales, falta diversión.
Teníamos una máxima en el hospital: «No moriremos de cáncer sino de aburrimiento». Y es que todo
el mundo piensa que en un hospital tu vida tiene que detenerse, que no debes divertirte. Y la realidad es
todo lo contrario. Tu vida normal se detiene, por lo tanto necesitas muchas más actividades para
contrarrestar esa inactividad.
Recuerdo cuando la gente decía que Crónicas marcianas era telebasura. Creo que todos esos críticos
no habían pisado nunca un hospital a la hora que lo emitían. Miles de enfermos reían, disfrutaban con
aquel programa. Les daba vida, les daba fuerza. Les hacía partícipes de un mundo del que
momentáneamente les habían apartado.
Yo siempre he creído que falta mucha imaginación al diseñar hospitales. Al principio, las salas de
quimioterapia no tenían ni un solo entretenimiento. Más tarde, un pequeño televisor presidía la sala,
aunque debías tener una vista de águila para poder verlo.
Pero ¿dónde están los ajedreces, los juegos de mesa, las cartas, las teles de 50 pulgadas de plasma,
los videojuegos, la conexión wifi para conectarte a internet? Sí, sí, no es ninguna broma, todo esto
debería estar en los hospitales. Conectar a la gente con el mundo es muy necesario para poder luchar en
condiciones.
A veces no se dan cuenta del potencial vital de los enfermos. Yo siempre he recomendado que los
propios enfermos den conferencias. Tienen experiencias que te dejarían impresionado. Seguro que si la
conferencia fuese en el exterior irías, así que imagínate que la da tu compañero de habitación en pijama
azul y que está justo a tu lado.
Cuando estás enfermo, aparece tu segunda vida. Una vida que no puedes dejar de vivir, porque por
muy enfermo que estés sigues vivo. Yo he tenido mi vida fuera y mi vida dentro. Ahora vivo mi vida
fuera, pero quizá mi vida dentro volverá algún día. Ambas vidas comparten cosas pero difieren en otras.
Seguir viviendo, eso es lo importante. La niñez, la adolescencia o la edad adulta deben vivirse aunque
uno esté enfermo.
Pero para ello necesitas la pista para correr, el escenario para salir. A veces los hospitales son poco
contrastados, y lo fundamental en la vida es juntar contrastes. Yo siempre he creído que cuando juntas
dos contrastes algo mágico ocurre. Por eso muchas relaciones personales se basan en lo poco que tienen
en común ambos miembros de la pareja.
Deberían unirse más contrastes. Éstos son algunos que espero que pronto se hagan realidad. Es una
lista sin orden, una lista fruto de años en el hospital y otros años fuera de él.
1. Una piscina olímpica en un hospital. ¡La natación iría tan bien a tantos enfermos! Poder sumergirte
y sentirte como un pez.
2. Una bolera en un aeropuerto. Desahogarse es vital. Desahogarse con unos bolos podría generar
mucho bienestar. Deporte y aeropuerto, cualquier deporte sería positivo en un aeropuerto.
Ahora ya comienza a haber gimnasios. ¡Cuánto bien deben estar haciendo!
3. Una peluquería en un cine. Un buen corte de pelo antes de ver una película. Voy a cortarme el pelo
y al cine. Que hubiera alguien que te propusiera un nuevo estilo, un afeitado o simplemente un masaje o
un depilado sería estupendo. ¿Qué peli va a ver? Pues entonces le recomiendo tal o cual peinado.
4. Libros en los bosques. Pequeñas bibliotecas en medio del bosque. Ya que los libros provienen de
allí, dejemos algunos allí. Creemos unos armarios y depositémoslos allí. Sin duda, estaría bien subir a
una montaña y encontrarte los libros perfectos para leer.
5. Bares en los bancos. Pequeñas barras mientras esperas que te den un crédito o sacas parte de la
nómina. ¿Por qué tiene que ser tan serio un banco, por qué no puede haber una barra para conocer a otros
clientes, saber su tipo de interés, lo que esperan de su vida, de sus acciones? Seguro que mucha gente se
iría por la mañana y diría alegremente: me voy al banco, vuelvo en diez minutos. Un buen café, un buen
tentempié antes de decidir qué harás con tus ahorros. En un lado pides una tapa de calamares y en la otra
doscientos mil euros, a ver qué te dan primero.
Decimoctavo descubrimiento:
«Hiberna veinte minutos»
No te muevas. Respira, no respires.
Hits que se escuchan en cualquier sala de radiografía.
Hay frases en el hospital que oyes hasta la saciedad; acaban formando parte de ti, como si se pusieran
de moda. Es parecido a cuando una frase se hace famosa en un programa de televisión y la gente no puede
dejar de repetirla. Pues en el mundo hospitalario ocurre lo mismo; ésta es una de ellas.
«No te muevas. Respira, no respires» es la que más escuchas cuando te hacen un tac o una
radiografía. Necesitan sobre todo que no te muevas, que te quedes muy quietecito para que todo aparezca
en su sitio. El tiempo de inmovilidad es de entre quince minutos a una hora y quince minutos. Por lo tanto
hay que armarse de mucha paciencia para gozar de esos momentos; debes tomártelos como momentos de
paz interior.
Sin duda para disfrutar con el cáncer tienes que disfrutar de los tiempos muertos, ya que son la base
de todo cuando tienes esta enfermedad. Eso es lo más duro: no hacer nada, estar quieto aunque por dentro
tengas ganas de marcharte, de volar, de jugar, de trabajar.
Eso es lo que debes controlar, eso es lo que más cuesta aceptar. Estar en una sala solo, ya que nadie
quiere irradiarse. ¿Y yo? ¿Acaso yo quiero irradiarme? Siempre me lo preguntaba cuando todos se
marchaban.
Pero no se trata sólo de estar quieto sino también de estar en silencio.
Y por si todo esto fuera poco, no sólo tienes que administrar tu silencio sino también tu respiración.
Mucho silencio, mucha quietud y mucha respiración controlada.
Sin saberlo, cada vez que me hacían una radiografía entraba en contacto con mi yo interior. Era como
un acto de búsqueda y encuentro, un autoexamen; un yoga extraño que hacía que me sintiera mejor. Salía
de la radiografía mejorado.
Por ello, cuando me curé, seguí utilizando ese método. Cada mes, intento dedicar un día a hacerme
una radiografía. No tengo aparatos de rayos X en casa, pero no son necesarios para estudiarte por dentro.
1. Me echo en la cama. Cierro las puertas, apago los móviles y me quedo quieto, muy quieto.
Mentalmente me digo la frase número uno del hit parade: «No te muevas. Respira, no respires».
3. Durante veinte minutos lo hago. Me prohíbo cualquier actividad que no sea pensar en no moverme
y racionar el aire que respiro.
4. Y, mágicamente, cuando acabas ese momento de no hacer nada consigues solucionar cuestiones
oxidadas, encontrar sentimientos que parecían perdidos y creer (luego hay que comprobarlo) tener la
solución para todo.
Quizá parezca meditación, pero en realidad es simplemente estarse quieto. Todo iría mejor en este
mundo si todos nos quedáramos un rato quietecitos, muy quietecitos. Hibernaciones de veinte minutos.
Decimonoveno descubrimiento:
«Busca a tus compañeros de habitación
de hospital fuera de él»
Eres mi hermano, mi hermano pequeño de hospital.
Mi hermano de hospital. Antonio el grande. Cantautor.
He tenido la suerte de tener grandes compañeros de habitación. En algún capítulo ya hablé de algunos
de ellos. Son como hermanos por horas, por días o por meses. Pero ejercen de hermanos, de «amarillos»
en potencia.
Me encanta esa sensación de llegar vestido de calle a una habitación, encontrarte a ese desconocido
(con pijama y con la parte más vital de su familia al lado) y saber que en pocos días seremos íntimos.
Siempre que llegas a un hospital te dejan la cama más cercana a la ventana. Es como un pacto no
escrito, pero saben que necesitarás acercarte al ventanal y mirar el mundo que dejas atrás
momentáneamente. También existe otro pacto no escrito que es permitir que el primer día el enfermo no
se ponga el pijama. Al recién llegado se le permiten veinticuatro horas de aclimatación.
Cuesta mucho dejar la ropa de calle y meterte en una cama a las doce de la mañana cuando te
encuentras bien. Normalmente, después de ponerte el pijama, tardas casi veinticuatro horas más en
introducirte en la cama.
En esas primeras cuarenta y ocho horas es cuando tu compañero de habitación comienza a ayudarte. A
veces con palabras, a veces tan sólo con gestos. A veces, simple y llanamente, explicándote qué tiene,
qué sintió y qué está notando en estos momentos. La experiencia es la base de la comunicación; verte
reflejado hace que ganes media batalla.
Mi mejor compañero de habitación se llamaba Antonio y era de Mataró. Tenía un agujero enorme en
la planta del pie, en el que cabía casi una pelota de ping-pong. Pero era puro fuego, puro nervio. Tenía
más energía que casi toda la gente que he conocido más tarde.
Él tenía diecinueve años y yo tenía catorce. Me hacía reír mucho. Él me permitió estar casi cuatro
días sin ponerme el pijama, y para ello me defendió ante médicos y enfermeras; les explicó que le
gustaba verme vestido, que era como tener visita.
Tenía un pequeño piano en el que tocaba canciones, y poco a poco, a través de la música, me fue
ayudando. El tocaba y yo cantaba. Compusimos grandes canciones, la que nos proporcionó más éxito fue:
«Dame un fin de semana» y tras ella: «Márcate un pase de sol»
Era una persona sensacional que, sin saberlo, se iba apagando día a día. Cada día venían menos
médicos a verlo y llegaban más visitas de la calle. Ése es sin duda el signo más evidente de que te
mueres: cuando comienzan a desfilar amigos a todas horas y los médicos espacian sus visitas porque ya
no tienen demasiado que decirte.
Me hablaba del amor y de las mujeres. Era su tema favorito: cómo encontrar a la mujer perfecta,
cómo encontrar al amor de tu vida. A falta de dos días para morir aún lo buscaba, aún filosofaba sobre
ello. Yo creo que el amor era lo que lo hacía tan especial; esa búsqueda se reflejaba en su rostro.
Murió. Yo no lo vi morir. Jamás los veíamos morir; se los llevaban a morir a casa casi siempre.
Sabíamos que cuando se marchaban morían, pero nos despedíamos en vida; eso siempre fue muy bonito.
Me dejó su piano, me dijo que algún día valdría millones. Aún lo tengo, aún lo toco. Sin duda, me dio
parte de su fuerza. A él no lo compartí, pedí quedármelo entero; lo solicité y me lo concedieron. Todo él
está dentro de mí y sin duda él es el 90 % de la pasión que hay en mí.
Tuve veinte compañeros de habitación: diecinueve fueron geniales, uno fue horrible (roncaba, no
hablaba y era un tostón que sólo repetía: «Soy un ser humano»). Los diecinueve restantes me marcaron.
La estadística es francamente positiva.
Aún ahora busco compañeros de habitación; creo que es lo que más busco. Puedes encontrar
compañeros de habitación en la vida real; tan sólo debes saber que no los encontrarás en un hospital sino
fuera de él: en un ascensor, en un trabajo, en una tienda.
Y es que los amarillos (ya hablaremos ampliamente de ellos en su momento) son la base del mundo.
Pero lo importante es buscarlos, buscar esos compañeros de habitación.
1. Fijarte en un desconocido. Alguien que te llame poderosamente la atención.
2. Hablarle. Tan sencillo como hablarle. Expresarle lo que te sugiere. Buscar la manera de adentrarte
en él, suavemente, muy suavemente.
3. Concederle cuarenta y ocho horas. La gente siempre necesita cuarenta y ocho horas para bajar la
guardia, para confiar, para ponerse el pijama, para aceptar a alguien.
4. Y disfrutar de tu compañero/a de habitación.
Pero eso es tan sólo el inicio. Si encuentras compañeros fuera, puedes también encontrar al resto: los
celadores, los médicos, las enfermeras y los amarillos.
No quiero decir con eso que tengas que conocer médicos fuera del hospital y hacerte amigo de ellos,
sino que hay gente que puede ejercer en ti del mismo modo en que un médico ejerce en tu cuerpo y en tu
enfermedad.
1. Para mí encontrar médicos es encontrar gente que te pueda sanar o escuchar. Son necesarios,
forman parte de la red amarilla o de amigos. Pero es necesario poder dividirlos, poder crear una
diferencia entre ellos, porque de ese modo sabrás que debes acudir a ese tipo de amigos amarillos
doctores cuando no estés bien.
2. Las enfermeras/os son y serán gente que puede acompañarte a cualquier lugar, darte fuerza en
silencio o estar contigo en miles de problemas que tengas. Son ese tipo de gente a la que acabas
agradeciéndole algo que han hecho miles y miles de veces, porque que te acompañen a un lugar aburrido
un día soleado de verano cuando podrían estar en la playa es impagable.
3. Los celadores son personas puntuales, son encuentros fortuitos, gente altruista que te echa un cable
en un momento determinado de tu vida. Tanto puede ser en una carretera cuando tienes un problema con
el coche como prestándote dinero después de un robo. Es lo que mucha gente denomina almas caritativas.
Para mí eso son los celadores.
De los amarillos hablaremos largo y tendido enseguida. Paciencia, paciencia. Por ahora creemos el
hospital fuera, el entorno.
Vigésimo descubrimiento:
«¿Quieres tomarte un REM conmigo?»
Las noches te dan fuerzas para cambiar el rumbo de tu vida. Tan sólo necesitas
saber que quieres cambiar y que el amanecer no llegue pronto.
Cristian, el hermano de alguien a quien olvidé.
Las noches son el momento más amarillo del día. Me encantan las noches, permiten que se haga
realidad casi todo.
Las noches en el hospital eran estupendas. Eran tranquilas. Durante años los pelones nos
escapábamos por la noche, cogíamos nuestras sillas de ruedas e íbamos a la aventura, a recorrer esas
seis inmensas plantas.
Aunque no teníamos moto, ni podíamos ir a la discoteca, teníamos sillas de ruedas y numerosos sitios
que visitar y donde jugar. Todos los días cada uno elegía dónde ir, dónde pasar la noche. Mi lugar
preferido era ir a ver a los «otros» pelones: a los bebés recién nacidos. Era una sensación extraña:
íbamos, les hacíamos carantoñas, les hacíamos reír y ellos nos miraban y emitían sus ruidos.
Ellos tenían toda la vida por delante; la nuestra estaba a punto de tocar a su fin.
Siempre he creído en el poder de la noche; estoy seguro que la noche consigue que los deseos se
hagan realidad. Han sido tantas las noches en el hospital en las que me he sentido capaz de vencer mis
miedos y cambiar el rumbo de mi vida, que sin duda, esa fuerza sólo tiene un escollo: traspasar los
sueños, traspasar el alba. Ahí es donde reside la gente con éxito, la gente que transforma sus sueños en
realidad; ellos son capaces de superar el amanecer. Eso decía siempre Cristian, el hermano de alguien,
de alguien que olvidé. A veces te marca más la visita que el visitado.
Yo siempre he intentado que mis mejores ideas naciesen bien entrada la noche; a las tres o a las
cuatro de la mañana. Ese momento de la noche es el adecuado para trazar planes. Es como si cuando
estás a punto de dormir, todo tu yo está de acuerdo con lo que piensas y te anima y te da fuerzas.
El sueño nos dulcifica. Cuántas buenas ideas ya no nos parecen buenas por la mañana, y cuántas veces
aquello que decidimos cae de repente en saco roto. Creo que el sueño nos hace menos bestias y más
humanos. Pero aún dudo de si eso es bueno.
Durante mi estancia en el hospital tomé las grandes decisiones en esas horas de vigilia, antes del
sueño. Me encantaba despertarme a esa hora (todo el hospital dormía, incluso las enfermeras), parecía
que todo el recinto fuera mío. Planeaba mi vida, creaba sueños y aspiraba a todo.
Cuando salí del hospital volví a hacerlo, confío mucho en las madrugadas. Además, como sé que
algún día llegará un medicamento para dejar de dormir estoy seguro de que entonces esa hora será la hora
de una nueva comida: el REM.
El REM tendrá más importancia todavía que la comida y la cena. Tomarás los REMS con gente
especial, gente que, como tú, cree en esa hora. Cuando llegue ese momento espero estar preparado.
Vigésimo primer descubrimiento:
«El poder de la primera vez»
Los «retazos» son nuestro mayor tesoro. Son lo que somos.
Un maestro que nos daba clase. Nos hablaba más de los retazos que de las
matemáticas porque creía que las matemáticas las olvidaríamos. Los retazos
perduran.
Siempre comenzaba con la frase: «No hay nada como un buen retazo. Un retazo es un pedazo de vida
que todos hemos vivido».
Yo creo mucho en los retazos (diría que hasta puede que más que el maestro; a veces el alumno puede
superar al maestro) porque hubo un tiempo que los perdí. Los retazos ocurren sobre todo en la infancia y
en la adolescencia. La vida de todos está llena de retazos.
Hubo un tiempo en el hospital en el que dejé de tener retazos, bueno, eso no es del todo cierto, los
cambié por otro tipo de retazos. Retazos hospitalarios que comparto con otra gente que ha vivido en el
hospital.
Los «retazos» podrían definirse como cosas que un buen día haces por primera vez y te marcan
porque quedan para siempre dentro de ti.
Por ejemplo, éste es un triple retazo relacionado con los transportes:
1. Habrá un día que será el primero en el que sales andando del colegio con un amigo. Es la primera
vez que bajas caminando, charlando de tus cosas. Todos hemos vivido ese momento: andar con alguien y
separarnos en un momento dado. Es una forma de sentirte adulto. Es mágico, es un retazo de cuando se
tienen siete u ocho años.
2. Años más tarde, hacia los dieciséis, vives otro retazo relacionado con llegar a casa. Ya no vas a
pie a casa, sino que quieres coger tu primer taxi. Vas con un amigo, buscáis un taxi, no lo encontráis,
maldecís los que no paran. Ése es otro retazo de maduración, de sentir que vas creciendo.
3. Y finalmente un día, a los diecinueve, tienes coche y llevas a un amigo (quizá el mismo que en los
dos casos anteriores) a su casa. Y con ese amigo seguís hablando hasta las tantas en el coche.
Nuevamente acaba de producirse otro retazo.
Creo que no hay nada en la vida que me guste más que buscar retazos. Después de descubrir los
retazos, de que aquel maestro nos mostrara qué son, comencé a coleccionarlos. En el hospital, los retazos
me servían para aguantar. Ocurren a una edad tan temprana que forman la esencia de tu vida. Cada año
rescato dos o tres retazos y me siento bien, me siento feliz con ese reencuentro.
La gente a veces olvida que somos el fruto de lo que vivimos en nuestra infancia y nuestra
adolescencia; somos el producto de muchos retazos. Y a veces cerramos esa puerta cuando deberíamos
tenerla siempre abierta.
Durante unos años, mis retazos fueron bastante extraños: mi primera amputación de pierna, mi
primera pérdida de un pulmón. Pero no dejan de ser retazos.
Aun ahora, ya adultos, vivimos muchos retazos, lo que ocurre es que no nos damos cuenta. Creo que
para conocerte debes volver a tus retazos, analizarlos y aceptarlos como son.
Mi vida está compuesta de retazos y olores, y eso es lo que hace de mí lo que soy.
Vigésimo segundo descubrimiento:
«Truco para no enfadarse jamás»
Busca tu punto de no retorno.
Radiólogo con orejas pequeñas y cejas enormes que nos hipnotizaba con su
tono de voz y sus historias.
Creo que no hay nada que odie más que enfadarme; gritar, maldecir, no poder controlar ese momento.
En el hospital a veces maldecíamos nuestro destino, a veces nos enfadábamos con él. Un médico (un
radiólogo que a veces nos contaba chistes cuando salía de guardia) nos enseñó a controlar nuestros
enfados, a ser capaces de conocer nuestros límites.
Nos habló del «punto de no retorno». Ese punto en el que, una vez lo hemos traspasado, no podemos
dejar de enfadarnos. Existe, es tangible, es material; podemos sentirlo y por lo tanto podemos
controlarlo.
Nuestro amigo radiólogo nos hacía coger una hoja de papel y escribir qué notábamos antes de llegar a
ese punto, los grados de enfado. ¿Cómo son? ¿Qué notas cuando sientes que no puedes controlar tu rabia
y tu ira?
Era una lista de tres o cuatro puntos parecidos a los siguientes:
1. Noto que me está molestando lo que dice la otra persona.
2. Comienzo a notar que mi enfado crece.
3. He comenzado a chillar, noto que mi rabia se está apoderando de mí. Comienzo a perder el control.
4. Llego al punto de no retorno.
Si tardas cuatro puntos en llegar a ese momento notarás que justo antes de llegar, justo antes de
perder el control y enfadarte, existe la posibilidad de parar. Notarás que justo antes quizá mueves mucho
las manos o tu voz tiembla o dices tacos. Ésos son los efectos que debes controlar.
¿Cómo? Pues al principio pidiéndole a tu pareja, a tu amigo o a un amarillo que te diga una palabra
clave cuando vea alguno de estos síntomas. Que diga: «pistacho» o «Estados Unidos». Lo que sea, para
que tú te des cuentas de que estás llegando a ese momento. Al principio uno no nota sus puntos de no
retorno, va tan acelerado, tan a tope, que la línea entre uno y otro estado es casi invisible.
Cuando te hayan dicho un par de veces la palabra clave notarás que empiezas a ser capaz de
divisarla. Ése es el momento justo en el que debes apagar tu rabia, bajar un escalón, ya que si no llegas a
ese punto serás capaz de controlarte. Todo se puede desconectar si no llegas a ese punto.
En el hospital comencé a practicarlo; mi palabra clave era «tumor». Siempre me ha gustado darle un
valor más positivo a esa palabra. Poco a poco dejé de enfadarme; funcionaba y yo flipaba.
Cuando te vas haciendo mayor tus puntos de no retorno cambian de lugar. El paso de los años, las
experiencias, hacen que nos enfademos menos y que nuestros puntos de no retorno estén más lejos. Así
que es importante buscarlos; cada año hay que detectarlos, encontrarlos y detenerlos.
Es bueno enfadarse a veces, pero no es bueno llegar al punto de

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