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Libro PDF El Oráculo de Soar – Antonio Oleaga

El Oráculo de Soar – Antonio Oleaga

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He oído hablar de una historia
parecida a aquellos que viven a la
sombra del acantilado, cuando
aseguran que tras la oscura y
caótica memoria de piedras, no
solo se ocultan ciudades enteras,
sino incluso sus historias
reaparecen de nuevo bajo
realidades que nos resultarían
imposibles de creer y que en medio
de ese caos, tales narraciones son
capaces de retroceder en el tiempo,
en sus mínimas consecuencias,
hasta la semilla de lo humano: la
imagen.
Cercano o lejano, algo terrible
se guarda tras los mundos
esféricos; algo que, columna
siempre de por medio, no distingue
futuro de pasado, y que esta forma
de caos se conserva tanto entre
aquellos lejanos astros como en las
afiladas rocas del acantilado. Sin
embargo, cuando algo llama desde
allí a los hombres, el deber de
retornar resulta ineludible y no es
posible escapar ni esconderse de
aquellas inevitables fuerzas
siquiera en la distancia. Cruel
paradoja el tener que reconocer,
allí donde se cruzan los caminos de
vida y muerte, razón a la sinrazón.
Claros son los caminos que
nos despertarán de este
irremediable sueño y nos señalarán
de una forma irrechazable la
cristalina puerta del retorno. Nadie
comprendía ya cómo el día de la
destrucción de Cantabria podía
señalar, desde tan lejana
predicción, a la transparencia de
los límites entre lo personal y lo
ciudadano: uno en todos y todos en
uno. Porque no son sus actos ni
errores lo que corrompe a los
hombres, es la mentira, las
serpentinas formas capaces de
volverse sobre sí mismas y que si
por un lado parecen generar tanta
transparencia, por el otro generan
los reinos de la estupidez. Como el
hielo, morirán viendo sus propios
ojos.
Los verdaderos narradores
Los verdaderos narradores
suelen ser ya pocos, tal vez porque
la palabra, desprovista del
envoltorio de la imaginación y
fuera del camino de los hombres ya
no interesa y, desencantada,
conduce con demasiada facilidad
tanto a la pobreza como a la
soledad más absoluta. Cuando solo
nos gusta oírnos ya a nosotros, la
voz del narrador muere y nadie nos
advertirá del cuidado sobre el
relato: mirad por aquí, observad
allá, ved por esta parte, de este
otro lado también. Heridas que,
cuando las bocas quedan ya mudas,
solo pueden resaltar al efecto
sonoro de nuestras preguntas,
porque solo en suma de ausencias
la soledad puede aproximarnos a la
integridad de su obra.
Así es la memoria donde siete
soles lucen sobre la lejana pero
permanente bóveda atlántica. Qué
curiosas deben ser las costas de
aquellos otros mundos tan a
destiempo de este presente, nada
puede ya salir de allí, nada
regresar, nada volver. Todo es
pasado en la soledad absoluta de
un cuerpo descabezado.
I. El oficio de Narrador
El Oráculo
Siempre sentado en el interior
de aquel negro garito, Silo era un
hombre ya mayor al que las
incontables dioptrías de sus gafas
ahumadas daban una apariencia
despistada y casi ausente. En la
penumbra, su enorme cabeza
parecía un planeta desierto que
girase en torno a una lejana estrella
carburo, donde cada atardecer le
sorprendía siempre como leyendo a
escondidas. Hablaba
pausadamente, como si las palabras
fluyesen a impulsos, tal vez
distraído a causa de las
ocultaciones y eclipses entre las
inconstantes lunas de aquel
solitario astro. La suave luz del
carburo descendía sobre él cargada
de memoria y brevedad. El tiempo
no dominaba ya sobre los
atardeceres o amaneceres de aquel
curioso mundo.
Muchos parroquianos creían
que leía en voz alta debido a su
edad, esos nunca le prestaron
demasiada atención. Silo, el
Oráculo de Soar, era un narrador.
—«El sol salió de la tierra cuando
Lot entró en Soar»—. Tuve la
suerte de conocerlo o tal vez fue él
quien me encontró. Cuando contaba
una historia bajaba la cabeza y su
voz se volvía más lenta, firme y
profunda; de allí emanaba el aroma
inconfundible de algo complejo,
donde resonaban ecos y sonidos
difíciles de interpretar por sus
enormes silencios, donde nunca se
prometía nada a cambio. Solo los
oráculos son capaces de atravesar
toda esa maraña de tiempos y
espacios para retornar con la
palabra de la mano, pero esta, fuera
de su tiempo y lugar, no se muestra
tan comprensible si no resulta
transformada en objetos sencillos y
fáciles de interpretar. Abatiendo
toda estética, el oráculo solo habla
a través del muro que conecta cielo
y tierra y le separa de quien allí se
atreve a preguntar. El problema con
los oráculos es que jamás
responden a lo que se pregunta, no
hablan de lo que se ve, hablan de lo
que hay detrás de lo que se ve y
esto puede estar tanto en pasado
como en futuro. Y así escuché
aquella voz profunda, por primera
y única vez dirigida a mí.
Atardecía y amanecía a la vez
sobre aquel sombrío planeta.
«Soy ya incapaz de ver algo,
más porque no quiero que porque
no puedo; estoy cansado de trabajar
y de vivir. Ya no sé qué hacer, ni
tengo adónde ir; no tengo familia ni
amigos. Aléjate, guárdate. Espera
en silencio y sin prisa: tanto el frío
como la soledad son guías seguras,
no los temas. Ni llores la pérdida
de tus amadas playas, ni odies a los
que de allí te expulsaron. Deja
hacer, que todo tiene un término al
cabo del cual desaparece y queda
como visión o sueño. Son
fantasmas hambrientos. Solo en
soledad de soledades, tierra pura,
encuentra uno verdadera compañía,
este es el único secreto de la vida.
»Yo que habito todavía a la
sombra de este negro garito, un día
elegí luchar y para vencer tuve que
olvidarme de mí y de todo aquello
que me rodeaba y vine así, bajo
esta forma, a refugiarme por estas
soledades. En este lugar de
sombras soy el asistente de aquello
que permanece.
»Pocos hombres llegaron
hasta aquí; ni sé cómo es que tú
llegaste. Conozco y respeto la
mano que hasta aquí te trajo por
primera vez. Convéncete, los
mismos hombres que nacen en esas
playas son quienes levantan los
sombríos acantilados entre los que
habitamos. Es el temor a la libertad
lo que les hace elevar muros a
costa de las arenas de los dorados
y cálidos arenales. Ellos crearon el
cielo e infierno que les mantienen y
por tanto les exigen siempre
elección. Tú crúzalos sin temor,
avanza por medio, sin mirar a un
lado ni al otro. Nada esperes.
»Constante es solo el medio,
perseverante debe ser entonces el
hombre en sus razones, pues
después de nacer, pronto o tarde
será olvidado. La mano que hasta
aquí te trajo te señaló como mi
destino y nada pude decir; si
guardé silencio tantos años al
amparo de mi locura solo fue por
cumplir mi cometido. Frente a la
realidad las cosas no tienen valor
alguno. Escucha ahora con atención
esto que tengo que decirte:
heredarás mi trabajo, no mi tiempo,
y tus días florecerán sobre él. Ni
soy adivino de oficio ni experto en
augurios».
Estas fueron sus palabras
cuando me despedí, como si
intuyese que ya no nos volveríamos
a ver. Ahora pienso qué quería
decir con aquello; tal vez conocía
que, de algún modo, ya nunca nos
volveríamos a separar. Las cosas
que ocurren pocas veces suelen ser
las más auténticas y también las
más fieles a la memoria, aquellas
que permanecen siempre a nuestro
lado y de las que no es posible
deshacernos; parece que se
asimilan así a lo definitivo de una
vida paralela a la vivida. Un
naufragio entre orillas donde, unos
por otros, salvando primero sus
intereses, nadie se percató de mi
desaparición y pasé así a ser un
desconocido. Robado, expoliado y
difamado tuve que venirme a vivir
por estas orillas de chatarreros y
porquerizos, en un lugar solitario,
cercano a la costa. Poco después el
Quiosco de Soar cerró y nunca más
volví a ver a Silo.
¿Qué podía esperar de
aquellas palabras? ¿Una respuesta
acaso? Algo más valioso que
necesario se guardaba en el callar
sobre el decir y opté por el
silencio. Devolví la vida vivida,
donde nada resultaba coherente,
salvo que la cobardía y la mentira
estuvieran detrás de todo ello
doblando realidades, encadenando
voluntades y alargando sombras.
Solo eran fantasmas tejedores,
incansables y tan necesarios a la
continuidad del sueño como de la
vigilia. ¿Qué adorno puede aportar
mayor indecencia que responder a
la pregunta que busca justificación?
¿Qué engaño más solemne que
mentir con la pregunta? ¿Cómo se
puede mantener lo construido sobre
el temor y la corrupción, siendo
estos de una naturaleza tan débil? Y
sobre todo, ¿qué necesidad había
de todo aquello? Solo el expolio,
el robo y la difamación justifican la
necesidad del que cree tener las
riendas en una mano y el látigo en
la otra. Todo se justifica para el
artillero en una orden. Queda la
triste realidad siempre alojada en
las afueras de las ciudadelas,
cercana a las puertas de sus
murallas, tan necesaria como los
canales a todas las lagunas. Silo, el
quiosquero de Soar, había
terminado el trabajo de sus días y
se retiraba tan pobre como había
llegado, pero antes quería dejar
claramente en mis manos las
cáscaras de aquellos altramuces
que otros comían.
Creo en los oráculos y siento
por ellos, tanto por sus silencios y
vacíos como por sus laberínticas
expresiones, un profundo respeto.
Tal vez porque nunca me interesó
el futuro y porque nunca esperé
nada de él, detesto todo comentario
y toda arte adivinatoria o deductiva
me repugnan. Con frecuencia tras el
orden del silencio, bonita máscara,
suele ocultarse la violencia del
chismorreo, de aquellos que hablan
con la pastilla de jabón dentro de
la boca.

Una herencia inesperada
A muy poca gente le gustaba
venir hasta mi casa junto a la costa,
tan solitaria y alejada quedaba
entonces de todo núcleo urbano.
Adentrarse en aquel laberinto mal
iluminado de callejas de piedras y
barro que conducían hacia el
acantilado incluía la posibilidad de
terminar frente al abismo azul sin
buscarlo, algo tan desconcertante
que resultaba un error
imperdonable. Atardecía cuando la
inconfundible furgoneta Ford del
ayuntamiento comenzó a aparecer y
desaparecer entre los muretes de
piedra del camino principal y tras
varios intentos consiguió llegar
hasta mi casa. Exigente, la agente
de policía Gordón pronunció mi
nombre y con ayuda del conductor,
depositaron con desgana sobre el
suelo de la terraza varios objetos
mientras aclaraba su inesperada
visita.
—Absalón Siloé…,
quiosquero de Soar…, etcétera…
Son sus pertenencias, que le
entrego con esta acta de últimas
voluntades —y las enumeró
cansinamente al colocarlas sobre la
mesa.
—Lata con papeles diversos
(que en realidad era un bidón
grande con asa, de esos que usan
los pescadores para guardar el
cebo y los aparejos). Una caja de
zapatos con efectos personales,
dentro un reloj Titán, dos dólares,
compás de puntas, unas gafas de
herrero, una lámpara de carburo y
viejas fotos en una cartera. Otra
caja con libros y objetos varios y
este saco con ropas usadas,
zapatos, etcétera. También hay una
nota para usted… Para entregárselo
todo, si está de acuerdo, deberá
firmar conforme el recibí.
Firmé y se marcharon aprisa,
como contrariados por aquel
servicio, como si deseasen
apartarse de todo aquello cuanto
antes, algo que sentí me incluía a
mí, mi casa y aquel lugar. La
ciudad parecía ponerse siempre
nerviosa cuando se trataba de
cumplir últimas voluntades en
proximidad de porquerizos y
chatarreros. Una ancestral forma de
temor abisal donde el miedo y el
engaño nunca rondaban demasiado
lejos. Seguí el errático recorrido
de sus luces hasta llegar a la
general, después recogí los efectos
personales de Silo y los dejé en un
rincón apartado toda la noche.
¿Es posible olvidar como
pretexto? Olvidé, pero nunca me
gustaron las formas de la Policía
Municipal. Todo aparecía tan
desordenado y revuelto que tuve la
sensación de que alguien hubiera
estado rebuscando entre aquellos
objetos alguna otra cosa, algo que
tal vez esperaba encontrar allí y, en
su desesperación, hubiese
abandonado todo deliberadamente
sin importarle nada mostrar sus
intenciones. Guardé los objetos sin
pensar qué hacer con ellos y no sin
pena me deshice de la ropa, los
zapatos y las botas de goma.
Aquellas eran todas las
pertenencias de Silo.
Una mañana mientras paseaba
por la playa, recordé aquellas
palabras suyas: «Mentes claras
tornarán del mar para decir sus
historias al ritmo de las olas;
algunas cortas y otras largas pero
todas ricas y diferentes. Antes o
después, dejarán sus huellas sobre
la arena. Qué vacías suenan ahora
las palabras, huecas, cómo flotan
sobre el mar». Entonces vino a mi
memoria el bidón de los papeles y
aquella tarde comencé a curiosear
en su contenido. Dentro,
enormemente desordenados

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