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Libro PDF El péndulo de Focault Umberto Eco

 El péndulo de Focault  Umberto Eco

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casos los objetos están íntegros, aunque desconchados, corroídos por el tiempo, y,
en la ambigua luz, en parte natural y en parte eléctrica, se presentan todos
cubiertos por una pátina, un barniz de violín viejo; en otros casos sólo quedan
esqueletos, chasis, desarticulaciones de bielas y manivelas que amenazan
indescriptibles torturas, y uno se imagina ya encadenado, inmovilizado en esas
especies de lechos donde algo podía empezar a moverse y a hurgar en nuestra
carne, hasta arrancarnos la confesión.
Más allá de esa secuencia de antiguos objetos móviles, ahora inmóviles, el alma
herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico que ha querido exponerlos a
la reverencia de los visitantes, entre la vigilancia de una estatua de la Libertad,
modelo reducido de la que Bartholdi proyectara para otro mundo, por la izquierda, y
una estatua de Pascal por la derecha, se abre el coro, donde el Péndulo oscila
coronado de la pesadilla de un entomólogo enfermo, caparazones, mandíbulas,
antenas, proglotis, alas, patas, un cementerio de cadáveres mecánicos que de
pronto podrían volver a funcionar todos al mismo tiempo; magnetos,
transformadores monofásicos, turbinas, grupos convertidores, máquinas de vapor,
dínamos, y al fondo, más allá del Péndulo, en la girola, ídolos asirios, caldeos,
cartagineses, grandes Baales de vientre antaño incandescente, vírgenes de
Nuremberg con el corazón descubierto, erizado de clavos, los otrora poderosos
motores de aviación, indescriptible corona de simulacros postrados en adoración
del Péndulo, como si los hijos de la Razón y de las Luces hubieran sido
condenados a custodiar eternamente el símbolo mismo de la Tradición y de la
Sabiduría.
Los turistas aburridos, que pagan sus nueve francos en la caja y los domingos
entran gratis, pueden pensar que unos viejos señores decimonónicos con la barba
amarillenta por la nicotina, el cuello de la camisa ajado y mugriento, la levita
impregnada de olor a rapé, los dedos ennegrecidos por los ácidos, la mente
agriada por las envidias académicas, fantasmas de caricatura que se llamaban
cher maitre unos a otros, pusieron aquellos objetos bajo aquellas bóvedas por
virtuoso espíritu didáctico, para satisfacer al contribuyente burgués y radical, para
celebrar los destinos de esplendor y de progreso. Pero no, no, Saint-Martin-des-
Champs había sido concebido primero como priorato y después como museo
revolucionario, como florilegio de archisecretos arcanos, y aquellos aeroplanos,
aquellas máquinas automóviles, aquellos esqueletos electromagnéticos estaban allí
para mantener un diálogo cuya fórmula aún se me escapaba.
¿Acaso hubiese tenido que creer que, como me decía hipócritamente el catálogo,
la bella iniciativa había partido de los señores de la Convención para facilitar el
acceso de las masas a un santuario de todas las artes y oficios, cuando era tan
evidente que el proyecto, las palabras mismas utilizadas, correspondían
exactamente a las que Francis Bacon empleara para describir la Casa de Salomón
en la Nueva Atlántida?
¿Era posible que sólo yo, yo y Jacopo Belbo, y Diotallevi, hubiésemos intuido la
verdad? quizá aquella noche conocería la respuesta. Tenía que conseguir a toda
costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche.
Por dónde entrarían Ellos no lo sabía, sospechaba que en el entramado del
alcantarillado de París había un conducto que llevaba desde algún punto del museo
hasta algún lugar de la ciudad, quizá cercano a la Porte St-Denis; lo que sí sabía
era que, una vez fuera, no sería capaz de encontrar esa entrada. De modo que
necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto.
Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes.
Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información.
Imaginaba que en las otras salas sería difícil encontrar un lugar que me permitiera
burlar la vigilancia de los guardianes (su obligación, a la hora de cerrar, consiste en
dar una vuelta por las salas, atentos a que no haya un ladrón agazapado en alguna
parte), pero ¿qué mejor que esta nave rebosante de vehículos, para instalarse en
algún sitio como pasajero? Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Al fin y al
cabo, después de tantos juegos, ¿por qué no intentar también éste?
Vamos, ánimo, dije para mis adentros, deja de pensar en la Sabiduría: pide ayuda
a la Ciencia.
“Tenemos diversos y curiosos Relojes, y otros que realizan movimientos
alternativos… Y también tenemos casas de los engaños de los sentidos,
donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias,
imposturas e busiones… Estas son, hijo mío, las Riquezas de la Casa de
Salomón”.
(Francis Bacon. New Atlantis, ed. Rawley, Londres, 1627. pp. 41-42)
Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación. Tenía que jugar
con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar
por el juego. Estaba en un museo y tenía que ser dramáticamente astuto y lúcido.
Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: hubiera
podido encaramarme a la carlinga de un biplano y esperar la llegada de la noche
como si estuviera sobrevolando el Canal de la Mancha, saboreando de antemano
la Legión de Honor. Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor
despertaban agradables nostalgias… Hispano Suiza 1932, bello y acogedor. No me
servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al
empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una
dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de
campana acomodado sobre el pelo a la garzon. El Citroen C64 de 1931 sólo se
exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite.
Ni que hablar de la máquina de vapor de Cugnot, enorme, toda ella caldera o
marmita. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared
los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana,
como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois
de Boulogne, abanderados del progreso.
Frente a los velocípedos, buenas carrocerías, apetecibles refugios. quizá no el
Panhard Dynavia de 1945, demasiado transparente y angosto en su diseño
aerodinámico, muy interesante, en cambio, el alto Peugeot 1909, una buhardilla,
una alcoba. Una vez dentro, sumergido en los asientos de piel, nadie hubiese
sospechado que estaba allí. Pero era difícil subir a él, porque justo enfrente estaba
uno de los guardianes, sentado en un banco, de espaldas a las bicicletas. Montar
en el estribo, un poco torpe debido al abrigo con vueltas de piel, mientras él, con
polainas, la gorra bajo el brazo, me abre respetuosamente la portezuela…
Me concentré un momento en el Obéissante, 1873, primer vehículo francés de
tracción mecánica, para doce pasajeros. Si el Peugeot era un apartamento, éste
era un palacio. Pero ni pensar en la posibilidad de subir a él sin atraer la atención
de todos. Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una
exposición.
Volví a atravesar la sala: allí se erguía la estatua de la Libertad, “réclairant le
monde”, sobre un pedestal de casi dos metros que semejaba una proa de afilado
tajamar. Dentro había una especie de garita desde la que, a través de un ojo de
buey de proa, podía observarse un diorama de la bahía de Nueva York. Un buen
punto de observación cuando fuera medianoche, porque hubiese permitido
dominar, desde la sombra, el coro a la izquierda y la nave a la derecha, las
espaldas guardadas por una gran estatua de Gramme, que miraba hacia otros
corredores, puesto que estaba situada en una especie de crucero. Pero a plena luz
se veía muy bien si la garita estaba ocupada, y un guardián normal hubiese dado
una ojeada por allí, para quedarse con la conciencia tranquila, tan pronto como se
hubiesen marchado los visitantes.
No me quedaba mucho tiempo: a las cinco y media cerrarían. Con paso presuroso
me dirigí otra vez hacia la girola. Ninguno de los motores podía servirme de refugio.
Tampoco, a la derecha, las grandes máquinas para barcos, reliquias de algún
Lusitania tragado por las aguas, ni el inmenso motor de gas de Lenoir, con su
variado engranaje. No, además, ahora que la luz mermaba y penetraba acuosa por
las vidrieras grises, se reavivaba mi temor a esconderme entre aquellos animales
que luego reencontraría en la oscuridad, a la luz de mi linterna, renacidos en las
tinieblas, jadeantes, con sus densos hálitos telúricos, con huesos y vísceras
despellejados, rechinantes y hediondos de babas aceitosas. En medio de aquella
colección, que empezaba a sentir inmunda, de genitales Diesel, vaginas de turbina,
gargantas inorgánicas que en sus días eructaran, y quizá aquella misma noche
volvieran a eructar, llamas, vapores, silbidos, o zumbaran indolentemente como
escarabajos, crepitaran como cigarras, en medio de aquellas manifestaciones
esqueléticas de una pura funcionalidad abstracta, autómatas capaces de aplastar,
segar, desplazar, romper, rebanar, acelerar, golpear, deglutir a explosión, hipar en
cilindros, desarticularse como siniestras marionetas, hacer girar tambores, convertir
frecuencias, transformar energías, impulsar volantes, ¿cómo podría sobrevivir? Se
lanzarían contra mí instigadas por los Señores del Mundo, que las habían
promovido para poner en evidencia el error de la creación, dispositivos inútiles,
ídolos de los amos del universo inferior. ¿Y cómo podría resistir el embate sin
vacilar?
Tenía que marcharme, tenía que marcharme, todo era una locura; yo, el hombre de
la incredulidad, me estaba dejando enredar en el juego que ya había trastornado a
Jacopo Belbo…
No sé si la otra tarde hice bien en quedarme. Si me hubiese marchado, ahora sólo
conocería el comienzo y no el final de la historia. O bien no estaría aquí, como
estoy ahora, aislado en lo alto de esta colina mientras allá abajo ladran los perros,
preguntándome si aquello realmente fue el final, o si el final aún está por llegar.
Decidí seguir adelante. Salí de la iglesia doblando a la izquierda junto a la estatua
de Gramme y metiéndome por una galería. Estaba en el sector del ferrocarril, y las
locomotoras y vagones en miniatura me parecieron tranquilizadores juguetes
multicolores, sacados de una Bengodi, una Madurodam, una Disneylandia… Ya me
estaba acostumbrando a aquella alternancia de angustia y de confianza, terror y
desencanto (¿no son éstos los primeros síntomas de enfermedad?), y pensé que
las visiones de la iglesia me habían perturbado sólo porque a ellas llegaba
seducido por las páginas de Jacopo Belbo, descifradas a costa de tantos
enigmáticos ardides, aun sabiendo que eran falsas. Estaba en un museo de la
técnica, estás en un museo de la ciencia, me repetía, una idea sana, quizá un poco
estúpida, pero con todo un reino de muertos inofensivos, ya sabes cómo son los
museos, nadie fue devorado jamás por la Gioconda, monstruo andrógino, Medusa
sólo para los estetas, y menos aún podrá devorarte la máquina de Watt, que sólo
puede haber espantado a los aristócratas osiánicos y neogóticos, y por eso tiene
ese aspecto tan patéticamente ecléctico, funcionalidad y elegancia corintia,
manivela y capitel, caldera y columna, rueda y tímpano.
Aunque estuviese lejos, Jacopo Belbo estaba tratando de hacerme caer en la
trampa alucinatoria que había sido su perdición. Es necesario, decía para mis
adentros, que me comporte como un científico. ¿Acaso el vulcanólogo se quema
como Empédocles? ¿Huía Frazer acosado por el bosque de Nemi? Vamos, eres
Samáspade, profesión: explorar los bajos fondos. La dama de tu corazón debe
morir antes del final, mejor por tu mano. Adiós muñeca, ha sido muy hermoso, pero
eras un autómata sin alma.
Sucede, sin embargo, que después de la galería dedicada a los medios de
transporte viene el atrio de Lavoisier, que da a la gran escalinata por donde se
sube a los pisos superiores.
Aquel contrapunto de vitrinas a los lados, aquella especie de altar alquímico en el
centro, aquella liturgia de civilizada macumba dieciochesca no eran efecto de una
disposición casual, sino una estratagema simbólica.
Ante todo, la abundancia de espejos. Donde hay espejo hay estadio humano,
quieres verte. Pero no te ves. Te buscas, buscas la posición en el espacio en la
que el espejo te diga “estás ahí, y ése eres tú”. Tanto sufrimiento, tanta inquietud
para que los espejos de Lavoisier, ya sean cóncavos o convexos, te engañen, se
burlen de ti: retrocedes y te encuentras, pero te mueves y te pierdes. Aquel teatro
catóptrico había sido montado para arrebatarte toda identidad y hacerte desconfiar
de tu posición. Una manera más de decirte: no eres el Péndulo, ni estás en la
posición del Péndulo. La inseguridad te atenaza, no sólo con respecto a ti mismo,
sino también acerca de los mismos objetos situados entre tú y otro espejo. Sí claro,
la física te explica de qué se trata y cómo funciona: un espejo cóncavo recoge los
rayos que proceden de determinado objeto, en este caso un alambique sobre una
olla de cobre, y los refracta de manera que no veas el objeto nítidamente en el
espejo; sólo lo intuyes fantasmal, invertido, suspendido en el aire y fuera del
espejo. Desde luego, bastará con cambiar de posición para que desaparezca el
efecto.
Pero de pronto me vi, invertido, en otro espejo.
Insoportable.
¿Qué había querido decir Lavoisier? ¿Qué querían sugerir los artífices del
Conservatoire? Desde el medioevo árabe, desde Alhacen, conocemos todas las
magias de los espejos. ¿Valía la pena realizar la Enciclopedia, el Siglo de las
Luces, la Revolución, para afirmar que basta con curvar un espejo para precipitarse
en lo imaginario? ¿No es una ilusión lo que nos ofrece el espejo normal, la imagen
de ese otro que nos mira desde su zurdera perpetua mientras nos afeitamos cada
mañana? ¿Valía la pena que nos dijeran sólo eso, en esta sala, o acaso lo habrán
dicho para sugerirnos otra manera de mirar todo el resto, las vitrinas, los
instrumentos que fingen celebrar los orígenes de la física y la química Ilustradas?
Máscara de cuero para protegerse en los experimentos de calcinación.
¿De veras? ¿De veras el señor que sostiene esas velas bajo la campana se ponía
aquella careta de rata de alcantarilla, aquel atuendo de invasor extraterrestre, para
que no se le irritaran los ojos? Oh, how delicate, doctor Lavoisier. Si querías
estudiar la teoría cinética de los gases, ¿por qué reconstruiste tan meticulosamente
la pequeña pila eólica, un piquito encima de una esfera que, si se calienta, gira
vomitando vapor, cuando la primera pila eólica ya había sido construida por Herón,
en tiempos de la Gnosis, como auxiliar de las estatuas hablantes y otros prodigios
de los sacerdotes egipcios?
¿Y qué era aquel aparato para el estudio de la fermentación pútrida, 1781, bella
alusión a los fétidos bastardos del Demiurgo? Una sucesión de tubos de vidrio que
desde un útero como un bulbo pasan por esferas y conductos, sostenidos por
horquillas, entre dos ampollas, y que se transmiten cierta esencia de una a otra
mediante serpentines que desembocan en el vacío… ¿Fermentación pútrida?
-Balneum Mariae, sublimación del hidrargirio, mysterium conjunctionis, producción
del Elixir!
¿Y la máquina para estudiar la fermentación (otra vez) del vino? ¿Una secuencia
de arcos de cristal tendidos entre atanor y atanor, que salen de un alambique para
ir a parar a otro? Y esas gafitas, y la clepsidra diminuta, y el pequeño electroscopio,
y la lente, la navajita de laboratorio que semeja un carácter cuneiforme, la espátula
con palanca expulsora, la cuchilla de cristal, el pequeño crisol en tierra refractaria
de tres centímetros para producir un homunculus del tamaño de un gnomo, útero
infinitesimal para diminutísimas clonaciones, las cajas de caoba llenas de
paquetitos blancos, que parecen comprimidos de farmacia de pueblo, envueltos
con pergaminos cubiertos de caracteres intraducibles, que contienen especímenes
mineralógicos (según dicen), en realidad fragmentos de la Sábana Santa de
Basílides, relicarios que custodian el prepucio de Hermes Trismegisto, y el martillo
de tapicero, largo y delgado, que marcará el comienzo de un brevísimo día del
juicio, una subasta de quintaesencias que se celebrará entre el Pequeño Pueblo de
los Elfos de Avalón, y el inefable aparatito para analizar la combustión de los
aceites, los glóbulos de vidrio dispuestos como pétalos de trébol de cuatro hojas,
otros tréboles de cuatro hojas enlazados por tubos de oro, y todos ellos conectados
con otros tubos de cristal que desembocan en un cilindro cobrizo, debajo otro
cilindro de oro y vidrio y más abajo aún, otros tubos, apéndices colgantes,
testículos, glándulas, excrecencias, crestas… ¿Es ésta la química moderna? ¿Y por
eso hubo que guillotinar al autor, si al fin y al cabo nada se destruye y todo se
transforma? ¿O lo mataron para que no hablara de lo que veladamente estaba
revelando? Como Newton, que, a pesar de ser el padre de la física moderna, siguió
meditando sobre la Cábala y las esencias cualitativas.
La sala Lavoisier del Conservatoire es una confesión, un mensaje cifrado, un
epítome de todo el museo, burla de la arrogancia de la razón moderna, susurro de
otra clase de misterios. Jacopo Belbo tenía razón, la Razón estaba equivocada.
Tenía que darme prisa, se estaba haciendo tarde. Vi el kilo, el metro, las medidas,
falsas garantías de garantía. Aglie me había enseñado que el secreto de las
pirámides no se descubre calculándolas en metros, sino en antiguos codos. Allí
estaban también las máquinas aritméticas, ficticio triunfo de lo cuantitativo, en
realidad promesa de cualidades ocultas de los números, retorno a los orígenes del
Notariqon de los rabinos que huían por los eriales de Europa. Astronomía, relojes,
autómatas, pobre de mí si llegaba a detenerme ante aquellas nuevas revelaciones.
Estaba penetrando en el centro mismo de un secreto en forma de Theatrum
racionalista, deprisa, deprisa, ya exploraría después, entre la hora de cierre y la
medianoche, aquellos objetos que a la oblicua luz del ocaso revelaban su
verdadero rostro, figuras, no instrumentos.
Arriba, por las salas de los oficios, de la energía, de la electricidad, total en esas
vitrinas no podría haberme escondido. A medida que iba descubriendo, o
intuyendo, el sentido de aquellas secuencias, me invadía la ansiedad de no
encontrar a tiempo un escondrijo desde donde asistir a la revelación nocturna de la
oculta razón de todas ellas. Me movía como un hombre acorralado, por el reloj y el
avance terrible de la cantidad. La Tierra giraba inexorable, se acercaba la hora,
dentro de poco me echarían.
Hasta que, después de atravesar la galería de los dispositivos eléctricos, llegué a la
salita de los cristales. ¿Qué plan absurdo había establecido que después de los
aparatos más avanzados y costosos creados por el ingenio moderno debía haber
una zona reservada a prácticas conocidas ya por los fenicios, hace millares de
años? Era una sala colecticia donde las porcelanas chinas alternaban con vasos
andróginos de Lalique, poteries, mayólicas, azulejos, cristales de Murano y, al
fondo, en una enorme arqueta transparente, a escala natural y en tres
dimensiones, un león matando a una serpiente. Su presencia se justificaba al
parecer porque el grupo estaba realizado totalmente en pasta de vidrio, pero otra
debía de ser la razón emblemática… Traté de recordar dónde había visto ya aquella
imagen. De pronto lo supe. El Demiurgo, el abominable fruto de la Sophia, el primer
arconte, Ildabaoth, el responsable del mundo y de su defecto radical, tenía forma
de una serpiente y de un león, y sus ojos arrojaban luz de fuego.
Quizá todo el Conservatoire fuese una imagen del proceso infame por el que de la
plenitud del primer principio, el Péndulo, y del resplandor del Pleroma, el Ogdoada
se exfolia, de eón en eón, hasta llegar al reino cósmico, donde reina el Mal. Pero
entonces aquella serpiente y aquel león me estaban anunciando que mi viaje
iniciático, ay de mí, a rebours, tocaba a su fin y que pronto volvería a ver el mundo,
no como debe ser, sino como es.
Y en efecto advertí que en el rincón de la derecha, contra una ventana, estaba la
garita del Périscope. Entré. Me encontré frente a una placa de vidrio, como un
cuadro de mando, en la que veía moverse las imágenes de una película, muy
desenfocadas, la sección vertical de una ciudad. Después comprendí que la
imagen era proyectada por otra pantalla, situada encima de mi cabeza, en la que
aparecía invertida, y que esa segunda pantalla era el ocular de un rudimentario
periscopio, construido, por decirlo así, con dos cajones ensamblados en ángulo
obtuso, el más largo tendido como un tubo fuera de la garita, encima de mi cabeza
y a mis espaldas, hacia una ventana desde la cual, claramente por un juego interno
de lentes que le permitía abarcar un amplio ángulo de visión, captaba las
imágenes del exterior. Reconstruyendo el trayecto que había recorrido al subir, me
di cuenta de que el periscopio me permitía ver el exterior como si mirase desde las
vidrieras superiores del ábside de Saint-Martin-des-Champs. Como si mirase
colgando del Péndulo, última visión de un ahorcado. Adapté mejor la pupila a
aquella imagen imprecisa: ahora podía ver la rue Vaucanson, a la que daba el coro,
y la rue Conté, prolongación ideal de la nave.
La rue Conté desembocaba en la rue Montgolfier a la izquierda y en la rue Turbigo
a la derecha, un bar en cada esquina: Le Week End y La Rotonde, y al frente una
fachada donde destacaba un cartel que me costó descifrar: LES CREATIONS
JACSAM. El periscopio. No era tan obvio que debiera estar en aquella sala de los
cristales en lugar de figurar entre los instrumentos ópticos: señal de que era
importante que la exploración del exterior se llevase a cabo en aquel sitio, desde
ese ángulo, pero no lograba adivinar el motivo de esa decisión. ¿Qué hacía aquel
cubículo, positivista y verniano, junto a la invocación emblemática del león y la
serpiente?
Comoquiera que fuese, si tenía la fuerza y el valor de permanecer unas pocas
decenas de minutos en aquel sitio, quizá lograría eludir la mirada del guardián.
Fui submarino durante un tiempo que me pareció interminable. Oía los pasos de los
remolones, y luego los de los últimos guardianes. Pensé en acurrucarme debajo de
la plancha para evitar mejor cualquier ojeada distraída, pero me contuve porque si
me descubrían de pie siempre habría podido fingir que era un visitante absorto,
incapaz de apartarse de aquel prodigio.
Poco después se apagaron las luces y la sala quedó envuelta en la penumbra; la
garita se volvió menos oscura, tenuemente iluminada por aquella pantalla en la que
seguía clavando la vista puesto que era mi último contacto con el mundo.
La prudencia aconsejaba que permaneciera de pie, y si los pies me dolieran, en
cuclillas, al menos durante dos horas. La hora de cierre para los visitantes no
coincide con la de la salida de los empleados. Me sobrecogió el terror de la
limpieza: ¿y si ahora empezaban a quitar el polvo de las salas, palmo a palmo?
Después pensé que, como por la mañana el museo abría tarde, lo más lógico era
que los encargados de la limpieza trabajaran a la luz del día y no durante la tarde.
Debía de estar en lo cierto, al menos con respecto a las salas superiores, porque
ya no oía ningún paso. Sólo rumores lejanos, algún ruido seco, quizá puertas que
se cerraban. Tenía que seguir quieto. Ya tendría tiempo de bajar a la iglesia entre
diez y once, o incluso más tarde, porque los Señores sólo llegarían a medianoche.
En aquel momento un grupo de jóvenes salía de La Rotonde. Una chica pasaba
por la rue Conté y doblaba por la rue Montgolfier. No era una zona muy
frecuentada, ¿resistiría horas y horas observando el mundo insípido que tenía a
mis espaldas? Pero si el periscopio estaba allí, ¿no sería para enviarme mensajes
de alguna secreta importancia? Iba a tener ganas de orinar: mejor pensar en otra
cosa, eran sólo nervios.
La de cosas que se te ocurren cuando estás solo y clandestino en un periscopio.
Debe de ser como ocultarse en la bodega de un barco para emigrar a tierras
lejanas. Y de hecho, la meta final sería la estatua de la Libertad con el diorama de
Nueva York. Podría adormecerme, quizá fuera lo mejor. No, y si me despertaba
demasiado tarde…
Lo más peligroso era sucumbir a una crisis de angustia: esa certeza de que dentro
de un instante gritarás. Periscopio, sumergible, encallado en el fondo, quizá ya
aletean a tu alrededor los grandes peces negros de los abismos, y tú no los ves, y
sólo sabes que te está faltando el aire…
Respiré profundamente varias veces. Concentración. Lo único que en esos casos
no nos traiciona es la lista de la lavandería. Recapitular los hechos, enumerarlos,
determinar sus causas, sus efectos. He llegado a este punto por esto, y por esta
otra razón…
Revivieron los recuerdos, nítidos, precisos, ordenados. Los recuerdos de los tres
frenéticos últimos días, luego los de los dos últimos años, mezclados con recuerdos
de hace cuarenta años, tal como los había encontrado al irrumpir en el cerebro
electrónico de Jacopo Belbo.
Recuerdo (y recordaba) para dar algún sentido al desorden de nuestra creación
equivocada. Ahora, al igual que la otra tarde en el periscopio, me retraigo en un
punto remoto de la mente para emanar una historia como el Péndulo. Diotallevi me
había dicho que la primera sefirah es Keter, la Corona, el origen, el vacío
primordial. El creó primero un punto, que se convirtió en el Pensamiento, donde
dibujó todas las figuras… Era y no era, encerrado en el nombre y eludiendo el
nombre, no tenía otro nombre sino “¿Quién?”, puro deseo de ser llamado con un
nombre… En principio trazó unos signos en el aura, una oscura llamarada brotó
desde su fondo más secreto, como una niebla sin color capaz de dar forma a lo
informe, y, tan pronto como ésta empezó a extenderse, en su centro se formó un
manantial de llamas que se derramaron para iluminar las sefirot inferiores, en
dirección al Reino.
Pero decía Diotallevi, quizá en ese simsum, en aquel retraimiento, en aquella
soledad, estuviese ya implícita la promesa del retorno.
HOKMAH
In hanc ufilitatem clementes angeli saepe figuras, characteres, formas et voces
invenerunt proposueruntque nobis mortalibus et ignotas et stupendas nullius rei
iuxta consuetum linguae usumásignificativas, sed per rationis nostrae summam
admirationem in assiduam intelligibilium pervestigationem, deinde in illorum ipsorum
venerationem et amorem
(Johannes Reuchlin, De arte caballstica, Hagenhau, 1517,111)
Había sucedido dos días antes. Aquel jueves se me pegaban las sábanas y no me
decidía a levantarme. Había llegado la tarde del día anterior y había telefoneado a
la editorial. Diotallevi seguía en el hospital, y Gudrun era pesimista: seguía igual, o
sea cada vez peor. No me atrevía a ir a verle.
En cuanto a Belbo, no estaba en la oficina. Gudrun me había dicho que había
telefoneado para avisar que salía de viaje por razones de familia. ¿Qué familia? Lo
extraño era que se había llevado el word processor, Abulafia, como ahora lo
llamaba, y la impresora. Gudrun me había dicho que lo había instalado en su casa
para terminar un trabajo. ¿Por qué tanto jaleo? ¿No podía escribir en la oficina?
Me sentía desterrado. Lia y el niño no regresarían hasta la semana siguiente. La
noche anterior había ido hasta el Pílades, pero no había encontrado a nadie.
Me despabiló el teléfono. Era Belbo, su voz sonaba turbada, lejana.
–Vaya. ¿De dónde llama? Ya le estaba dando por desaparecido en el naufragio de
la Armada Invencible…
–No se lo tome a broma, Casaubon, esto va en serio. Estoy en París.
–¿París? ¡Pero si el que tenía que ir era yo! Soy yo quien finalmente debo visitar el
Conservatoire.
–Por favor, le digo que no bromee. Estoy en una cabina… no, en un bar, en fin, no
sé si podré hablar mucho tiempo…
–Si le faltan fichas, llame a cobro revertido. Esperaré su llamada.
–No es un problema de fichas. Estoy con el agua al cuello. –Había empezado a
hablar rápidamente, para evitar que le interrumpiera–. El Plan.
El Plan es cierto. Por favor, no me diga obviedades. Me están buscando.
–Pero, ¿quién?
Todavía no lograba comprender.
–Los templarios, por Dios, Casaubon, sé que no querrá creerme, pero todo era
cierto. Creen que tengo el mapa, me han tendido una trampa, me han obligado a
venir a París. Quieren que el sábado a medianoche esté en el Conservatoire, el
sábado, entiende, la noche de San Juan… –Hablaba de manera inconexa, me
resultaba difícil entenderle–. No quiero ir, estoy huyendo, Casaubon, esos me
matan. Tiene que avisar a De Angelis… no, con él es inútil… la policía no, por
favor…
–¿Y entonces?
–No sé, lea los disquettes, en Abulafia, en estos días lo he puesto todo allí, incluso
lo que ha sucedido este último mes. Usted no estaba, no sabía a quién contárselo,
pasé tres días y tres noches escribiendo… Óigame, vaya a la oficina, en el cajón de
mi escritorio hay un sobre con dos llaves. La grande no cuenta, es de la casa de
campo, pero la pequeña es la del piso de Milán, vaya y léalo todo, después decida
usted solo, o podemos hablar…
Dios mío, no sé qué hacer…
–Muy bien, leo. Pero, ¿después cómo hago para encontrarle?
–No lo sé, estoy cambiando de hotel todas las noches. Vamos a ver, hágalo todo
hoy y mañana espéreme en mi casa, trataré de llamarle, si puedo.
Dios mío, la palabra clave…
Oí unos ruidos, la voz de Belbo se acercaba y se alejaba variando de intensidad,
como si alguien tratase de arrebatarle el micrófono.
–¡Belbo! ¿Qué sucede?
–Me han encontrado, la palabra…
Sonó un golpe seco, como un disparo. Debía de ser el micrófono que había caído y
había golpeado contra la pared, o contra esas repisas que hay debajo de los
teléfonos. Alboroto. Después el clic del micrófono colgado. Desde luego que no por
Belbo.
Me duché inmediatamente. Tenía que despertar. No comprendía qué estaba
sucediendo. ¿El Plan era cierto? Absurdo, lo habíamos inventado nosotros. ¿Quién
había capturado a Belbo? ¿Los Rosacruces, el conde de Saint-Germain, la Ocrana,
los Caballeros del Temple, los Asesinos? A esas alturas todo era posible, puesto
que todo era inverosímil. Podía ser que Belbo hubiese perdido el juicio, en los
últimos tiempos estaba tan tenso, no sabía si por Lorenza Pellegrini o porque se
sentía más y más atraído por su criatura, aunque el Plan era común, mío, suyo, de
Diotallevi; pero era él quien ahora parecía atrapado más allá de los límites del
juego. Inútil seguir haciendo hipótesis. Fui a la editorial, Gudrun me recibió
comentando agriamente que ahora tenía que encargarse ella sola de los asuntos
de la empresa, me precipité en el despacho, encontré el sobre, las llaves, me fui
corriendo al piso de Belbo.
Olor a cerrado, a colillas rancias, los ceniceros estaban llenos por todas partes, en
el fregadero montañas de platos sucios, el cubo de la basura atiborrado de latas
destripadas. En el estudio, sobre un anaquel, tres botellas de whisky vacías, una
cuarta aún contenía dos dedos de alcohol. La casa de alguien que había pasado
allí los últimos días sin salir, comiendo cualquier cosa, trabajando con furor, como
un intoxicado.
Eran sólo dos cuartos, atestados de libros que se apilaban en los rincones y con su
peso curvaban las tablas de las estanterías. En seguida divisé la mesa donde
estaba el ordenador, la impresora, las cajas con los disquetes. Pocos cuadros en
los pocos espacios libres de estanterías, y justo frente a la mesa un grabado del
siglo XVII, una reproducción cuidadosamente enmarcada, una alegoría que no
había visto el mes anterior, cuando subiera a tomar una cerveza antes de
marcharme de vacaciones.
Sobre la mesa, una foto de Lorenza Pellegrini, con una dedicatoria en letra
pequeñita y un poco infantil. Salía sólo el rostro, pero la mirada, la mera mirada, me
turbaba. Por un instintivo arranque de delicadeza (¿o de celos?) volví la foto sin
leer la dedicatoria.
Había algunas cuartillas. Busqué algo interesante, pero sólo encontré baremos,
presupuestos de la editorial. Sin embargo, en medio de esos papeles descubrí un
file impreso que, a juzgar por la fecha, debía de remontarse a los primeros
experimentos con el ordenador. De hecho, su título era “Abu”. Recordaba el
momento en que Abulafia había hecho su entrada en la editorial, el entusiasmo casi
infantil de Belbo, los reniegos de Gudrun, las ironías de Diotallevi.
Sin duda, “Abu” había sido la respuesta privada de Belbo a sus detractores, una
novatada ideada por un neófito, pero revelaba muy bien el furor combinatorio con
que se había acercado a la máquina. El, que decía siempre con su pálida sonrisa
que desde que había descubierto que no podía ser un protagonista había decidido
ser un espectador inteligente, inútil escribir cuando falta un motivo serio, mejor
reescribir los libros de los otros, como hace el buen redactor editorial, él había
encontrado en la máquina una especie de alucinógeno, había empezado a pasear
los dedos por el teclado como si estuviese ejecutando variaciones sobre el “Para
Elisa” en el viejo piano de la casa, indiferente a las críticas. No pensaba que
estuviera creando: él, aterrorizado por la escritura, era consciente de que aquello
no era creación, sino prueba de eficiencia electrónica, ejercicio gimnástico. Sin
embargo, olvidando sus fantasmas habituales, estaba encontrando en ese juego la
fórmula que le permitía entregarse a esa segunda adolescencia típica de la
cincuentena. Como quiera que fuese, su pesimismo natural, su difícil ajuste de
cuentas con el pasado, se habían paliado en el diálogo con una memoria mineral,
objetiva, obediente, irresponsable, transistorizada, tan humanamente inhumana
que era capaz de aliviarle su habitual malestar existencial.
File name: Abu.
Era una hermosa mañana de finales de noviembre, en principio era el verbo, canta,
oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, éstas son las que ostentó murallas. Punto y
se va aparte él solito. Prueba, prueba, parakaló, parakaló, con el programa
adecuado hasta puedes hacer los anagramas, si has escrito toda una novela sobre
un héroe sudista llamado Rhett Butler y una chica caprichosa que se llama Scarlett
y luego te arrepientes, sólo tienes que dar una orden y Abu cambia todos los Rhett
Butler por príncipes Andrei y las Scarlett por Natasha, Atlanta por Moscú, y has
escrito la guerra y paz.
Ahora Abu hace una cosa: tecleo esta oración, ordeno a Abu que cambie cada “a”
por “akka” y cada “o” por “ula”, y saldrá un párrafo casi finlandés.
Akkahularakka Akkabu hakkace unakka culasakka: tecleula estakka ularakkaciulan,
ulardenulla akka akkabu que cakkambie cakkadakka “akka~ pular “akkakkakka” y
cakkadakka “ula” pular “ulakka”, y sakkaldrakka un pakkarrakkafula cakkasi
finlakkandés.
Oh júbilo, oh vértigo de la diferencia, oh lector/escritor mio ideal que padeces un
ideal insomnio, oh finnegans wake, oh animal benévolo y gracioso. No te ayudará a
pensar pero te ayuda a pensar por él. Una máquina totalmente espiritual. Si
escribes con la pluma de ganso tienes que rascar los laboriosos folios y mojarla a
cada instante, los pensamientos se acumulan y el pulso se demora, si escribes a
máquina las letras se superponen, no puedes avanzar a la velocidad de tus
sinapsis sino sólo con el desgarbado ritmo de la mecánica. En cambio con él, ello
(¿ella?) los dedos fantasean, la mente acaricia el teclado, te elevan las doradas
alas, que al fin la austera razón critica medite sobre la certeza de la primera
impresión.
Y de que hago para, cojer este bloqe de treatologías ortigráficas y ordeno a la
máquia que lo copie y lo inserte en la memoria auxilar y luego lo vuelva a hacer
aparecer desde ese limbo en la pantalla, a continuación de sí mismo. Pues bien,
estaba tecleando a ciegas y ahora he cogido ese bloque de teratologías y he
ordenado a la máquina que repita su error a continuación de sí mismo, pero esta
vez lo he corregido y resulta totalmente legible, perfecto, he logrado convertir toda
esa suciedad ortográfica en brillo y esplendor académico.
Hubiese podido cambiar de idea y eliminar el primer bloque: lo dejo sólo para
mostrar que en la pantalla pueden coexistir el ser y el deber ser, la contingencia y
la necesidad. También podría substraer el bloque infame al texto visible, pero no a
la memoria, para conservar el archivo de mis represiones, arrebatando a los
freudianos omnívoros y a los virtuosos de las variantes el placer de la conjetura, el
oficio y la gloria académica.
Mejor que la memoria verdadera, porque ésta, tras arduo ejercicio. aprende a
recordar, pero no a olvidar Diotallevi está sefardíticamente chiflado por los palacios
en los que hay una gran escalinata, y la estatua de un guerrero que comete un
crimen horrendo contra una mujer indefensa, y luego pasillos con centenares de
habitaciones en las que están representados otros tantos prodigios, apariciones
repentinas, sucesos inquietantes, momias animadas, y a cada una de esas
imágenes, memorabilísimas, asociamos un pensamiento, una categoría, un
elemento del mobiliario cósmico, o incluso un silogismo, un inmenso sorites,
cadenas de apotegmas, ristras de hipálages, rosas de zeugmas, danzas de
hysteron proteron, logoi apofánticos, jerarquías de stoicheia, procesiones de
equinoccios, paralajes, herbarios, genealogías de gimnosofistas, y así hasta el
infinito, oh Raimundo, oh Giulio Camillo, que sólo teníais que volver a evocar
vuestras visiones para reconstruir en un instante la gran cadena del ser, in love and
joy, porque todas las hojas esparcidas en el universo ya formaban un único
volumen en vuestra mente, y Proust os hubiese hecho sonreír. Pero cuando
Diotallevi y yo pensamos en construir un ars oblivionalis no pudimos descubrir las
reglas del olvido. Es inútil: podemos ir en busca del tiempo perdido siguiendo
exiguas huellas en el bosque, como Pulgarcito, pero somos incapaces de extraviar
deliberadamente el tiempo reencontrado. Pulgarcito siempre regresa como una
idea fija. No hay una técnica del olvido, todavía estamos en el nivel de la
casualidad natural, lesiones cerebrales, amnesias, o de la improvisación artesanal,
qué sé yo, un viaje, el alcohol, la cura de sueño, el suicidio.
En cambio Abu hasta puede proporcionarnos pequeños suicidios locales, amnesias
pasajeras, afasias indoloras.
Dónde estabas anoche. Pues bien, lector indiscreto, nunca lo sabrás, pero esa
linea trunca, asomada al vacio, era precisamente el comienzo de una larga frase
que de hecho escribí pero que después deseé no haber escrito (y no haber ni
siquiera pensado) porque hubiera deseado que lo que había escrito ni siquiera se
hubiese producido. Bastó una orden para que una baba lechosa cubriese ese
bloque fatal e inoportuno: oprimí la tecla “borrar” y zas, se esfumó.
Pero hay más. La tragedia del suicida consiste en que nada más saltar por la
ventana, entre el séptimo y el sexto piso, se arrepiente: “¡Oh, si pudiese volver
atrás!” Pero nones. Dónde se ha visto. Paf. En cambio Abu es indulgente, te
permite recapacitar: todavía podría recuperar mi texto desaparecido si me
decidiese a tiempo y oprimiese la tecla correspondiente. Qué alivio. De sólo saber
que, si quiero, puedo recordar, lo olvido todo en seguida.
Ya no iré nunca más por los bares desintegrando naves de extraterrestres con
proyectiles rastreadores hasta que el monstruo me desintegre. Esto es mejor,
desintegro pensamientos. Es una galaxia con miles y miles de asteroides, todos en
fila, blancos o verdes, y uno mismo los crea. Fiat Lux, Big Bang, siete días, siete
minutos, siete segundos, y ante nuestros ojos surge un universo en perenne
licuefacción, en el que no existen ni siquiera líneas cosmológicas precisas ni nexos
temporales, al lado de esto el numerus Clausius es una bicoca, aquí se retrocede
también en el tiempo, los caracteres surgen y afloran con aire indolente, se
insinúan desde la nada y regresa dócilmente a ella, y cuando llamas, conectas,
borras, se disuelven y vuelven a ectoplasmarse en sus lugares naturales, es una
sinfonía submarina de enlaces y suaves fragmentaciones, una danza gelatinosa de
cometas autófagos, como el lucio de Yellow Submarine, pasas el dedo y lo
irreparable empieza a deslizarse hacia atrás, hacia una palabra voraz y desaparece
en sus fauces, la palabra succiona y ñam, oscuridad, si no paras se come a sí
misma y se alimenta de su propia nada, agujero negro de Cheshire.
Y si escribes algo que ofende el pudor, todo va a parar al disquette y a éste le
pones una palabra clave y ya nadie podrá

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