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Libro PDF El Protector – Joaquim Colomer

El Protector – Joaquim Colomer

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cocina, antes de irme a la cama.
Mientras me llegaba esta suculenta
fragancia, aquel día yo estaba jugando
en el comedor; en ese momento mi
abuelo me llamó:
—¡Marc! Ven al balcón conmigo para
admirar la grandeza del universo y sus
hermosas estrellas.
—¡Vale, abuelo! —dije acercándome
— ¡Guau! Son muy bonitas.
—Sí que lo son.
—Y hay muchas…
—Pero aún hay muchas, muchas más;
lo que sucede es que no las vemos
porque están muy lejos. Nunca podrás
imaginar lo grande que llega a ser
nuestro maravilloso universo —me
explicó.
—¡Mira, abuelo! ¡Una estrella de
color verde que se mueve!
—Eso no es ninguna estrella, Marc.
—¿Y qué es?
—Algún día lo sabrás…
Desde entonces, nunca me había
parado a pensar qué hay más allá de las
estrellas; simplemente las observaba y
me decía a mí mismo: «El universo es la
cosa más impresionante y bella que un
ser humano puede contemplar».
CAPÍTULO 2
LO QUE CAMBIÓ MI
VIDA
Hola, mi nombre es Marc Kionaru y
vivo en la ciudad de Barcelona. Sí, lo
sé. Mi apellido es un poco extravagante;
de hecho, proviene de mi abuelo Tom,
por parte materna. Cuando yo nací mi
madre insistió mucho en ponérmelo en
primera posición, y mi padre accedió
caballerosamente a ello, porque si no, el
apellido se hubiese perdido.
Mi vida siempre había sido como la
de cualquier persona normal y corriente,
hasta que un día tuvo lugar un
acontecimiento… que lo cambió todo por
completo.
Este suceso acaeció cuando yo tenía
veinte años, a principios del mes de
agosto. Ese día fuimos un grupo de
amigos a una playa de las afueras de
Barcelona, algo normal que suelen hacer
unos chicos veinteañeros un viernes:
intentar disfrutar un poco de la vida y de
la juventud. Después de dar un paseo
por el puerto admirando el paisaje
marítimo, fuimos a cenar a un
restaurante que estaba cerca del arenal;
no obstante, desde el comedor no se
podía apreciar el mar. Allí estábamos
Pol, mi mejor amigo de infancia, su
pareja, Mery, mi amiga Anna, su novio
recién formalizado, Joshua, y yo.
Disfrutábamos de una velada repleta de
conversaciones interesantes, cada uno
explicando sus planes de futuro y
gozando de la típica noche que hace en
verano por estas tierras, con un clima
agradable y la aromática brisa marina
filtrándose siempre por algún ventanal.
Todo comenzó cuando yo estaba
saboreando un delicioso helado de
limón en el momento de los postres.
Mientras degustaba ese exquisito
manjar, Anna comenzó a darnos una
noticia acerca de sus planes de futuro:
—¡Chicos! ¡Joshua y yo tenemos que
daros una noticia importante! Hemos
decidido que, de cara al año que viene,
nos iremos a vivir a Girona.
—¿Cómo? Esto no me lo esperaba,
Anna —dijo Mery ante mi sorpresa y la
de Pol.
—Mery, ¿tú no lo sabías siendo su
compañera de piso? —preguntó Pol,
extrañado.
—No.
—A ver, calma, chicos. Ya sabéis que
Girona es mi ciudad favorita, donde
pasé los mejores años de la infancia —
explicó Anna—. A mi novio y a mí se
nos ha presentado una gran oportunidad
y queremos aprovecharla e ir a vivir
allí, y hoy, que estamos todos, he
pensado que era un buen momento para
dar la noticia.
—Ahora, ¿qué? Si te vas, ya no
podremos vernos tan a menudo —dije.
—Creo que mi chica podrá pasar sin
verte —respondió Joshua de forma
desagradable.
—Venga, cariño, ya sabes que Marc
es un gran amigo mío —objetó Anna.
—¿Un gran amigo? —repitió Joshua
— Más bien diría yo que es un gran
perdedor —añadió con tono burlesco.
—Por favor, chicos, que haya paz —
dijo Pol—. Y tú, Joshua, no sé por qué
demonios siempre te metes con Marc; ¡si
no te ha hecho nada! —añadió para
defenderme, mientras yo dejaba caer la
mirada en el suelo y él mostraba una
sonrisa de prepotencia.
—Mejor cambiemos de tema —dijo
Mery—. Ya veo que tendré de buscarme
otra compañera de piso —resaltó.
—He pensado que podría ser una
buena oportunidad para dar un paso a
delante en tu relación con Pol y que se
marche a vivir contigo —apuntó Anna.
—¡Huy, no vayas tan rápido! —
intervino Pol con cara de circunstancias.
—Siempre que a Pol se le propone
algo serio, se echa para atrás —dijo
Anna, provocando risas en el grupo.
—Pues brindo por estos planes de
futuro de Anna y Joshua —sugirió Mery,
levantándose de la mesa con el vaso—.
Esperamos que esta nueva etapa de
vuestras vidas os vaya muy bien. Os
vamos a echar mucho de menos. ¡Salud!
—dijo mientras todos nos levantábamos.
—¡Salud!
Ese fue el sincero brindis que
repetimos a coro.
El día en el que Anna hizo oficial su
relación con Joshua fue como si me
clavaran mil cuchillos en el corazón, ya
que a Anna siempre le había tenido un
cariño muy especial. Mis sentimientos
hacia ella iban más allá de la amistad.
Lo cierto es que siempre creí que su
novio me trataba con este desprecio
porque, en el fondo, notaba lo que sentía
por ella. Sin embargo, el único hecho de
saber que era feliz hacía que yo me
alegrara por sus planes de su futuro,
aunque fueran lejos de mí.
Fue en el instante en el que nos
sentamos, justo después de aquel
brindis, cuando una inusitada sensación
se apoderó de mí. Tuve la rara
percepción, necesidad e intuición de que
tenía que salir de allí y acercarme a la
playa. Al principio intenté ignorar ese
presentimiento y seguí disfrutando de la
noche con mis amigos. Pero la sensación
era cada vez más intensa, sentía esa
necesidad como si fuera una razón muy
importante, como si algo me llamara a
hacerlo. Tan intensa era esa sensación,
que Anna me notó extraño.
—Marc, ¿te encuentras bien? Estás un
poco pálido —preguntó preocupada, al
tiempo que su novio sacudía la cabeza
con gesto negativo, con incredulidad.
—Sí, tranquila… Me encuentro
perfectamente —respondí intentando
disimular.
Pasados unos minutos algunos de mis
amigos ya estaban tomando un café o una
copa y yo sentía que la sensación iba
aumentando; esa necesidad de
acercarme a la playa… No sabía por
qué, ni qué me esperaba allí afuera. Mas
en ese momento, fue cuando una
desconocida voz se comunicó en mi
mente: «Marc, no tengas miedo. Déjate
llevar por este impulso. ¡Te
necesitamos!»
Confundido, pensé que alguno de mis
amigos me había hablado.
—¿Perdona? ¿Cómo dices? —
pregunté con cara de pasmo.
Ellos me miraron con preocupación y
no tardaron en interesarse.
—Marc, ¿seguro que estás bien? —
volvió a preguntar Anna bastante
extrañada.
—Déjalo, siempre intentando dar la
nota…—intervino el desagradable
Joshua ante el silencio de su novia.
Era evidente que no me encontraba
bien. Aunque esa sensación, ese impulso
de salir, esa voz que me habló no me
transmitía malas percepciones. De
hecho, era justo lo contrario, me daba la
impresión de que era algo bueno y esa
tranquilidad todavía potenciaba más el
impulso de salir hacia la playa con la
idea de responder a esa enigmática
llamada.
—Sí… Estoy bien. Pero creo que voy
a tomar un poco el aire —respondí con
claros síntomas de nerviosismo.
—Ya te acompaño, Marc —añadió
ella, mientras todos me observaban
preocupados.
—No hace falta, necesito tomar el
aire y dar un paseo yo solo. Ahora
vuelvo —repliqué inquieto.
—Cariño, deja que este perdedor se
vaya, siempre está con sus tonterías —
dijo Joshua mientras me levantaba
nervioso y a tropezones tumbaba los
vasos de la mesa—. ¡Eso! ¡Vete,
perdedor!
—¡Basta ya, Joshua! —respondió
Anna molesta, mientras yo, con prisas,
salía del restaurante— ¿Sabéis lo que le
pasa a Marc?
—Debe de estar afectado porque te
vas a Girona —respondió Pol,
enfrentándose al rostro de preocupación
de Anna.
—Pues tendrá que vivir con ello —
refunfuñó Joshua.
Nada más abandonar el restaurante,
me dirigí directo a la playa. Parecía que
las piernas andaban solas, como si
llevasen un piloto automático. A pesar
de esto, era consciente de mis
movimientos y los controlaba. Aun así,
me dejaba llevar por este misterioso
impulso; era como si mi cuerpo y mi
mente supieran el sitio exacto adonde
debía acudir. En cuanto llegué a la
playa, pisé la arena y me embriagó una
perfumada brisa marina, me di cuenta de
que no estaba solo; había varios grupos
de personas sentados en el arenal. Lo
normal en una noche veraniega. Casi sin
darme cuenta, andando apresuradamente,
llegué a la zona más rocosa de la playa,
quedándome en el extremo de un
acantilado. Fue en ese preciso instante
cuando esa sensación, esa intuición de
acudir a ese sitio se desvaneció y sentí
una enorme tranquilidad y paz interior.
Permanecí unos minutos observando el
cielo, contemplando toda su
magnificencia. Recuerdo que hacía una
noche preciosa y se podían observar con
claridad las estrellas diseminadas.
Mientras miraba los astros,
suspirando de tranquilidad porque
hubiera desaparecido esa inquietante
sensación, me fijé en que había una luz
verde entre ellas, que parecía que se
desplazaba de una forma muy peculiar.
Me quedé perplejo contemplándola y
tuve la impresión de que cada vez estaba
más cerca. Llegó un momento en que, sin
darme cuenta, ya la tenía justo encima de
mi cabeza. En ese mismo instante,
percibí que era un vehículo parecido a
una nave. Era de forma circular, de gran
tamaño, pues debía de medir unos
cincuenta metros de diámetro. La textura
de la carcasa era lisa, plateada y toda
ella estaba envuelta por una fuerte luz
verde. Deduje que, con los movimientos
y maniobras que había hecho, para
llegar hasta unos cuantos metros encima
de mi cabeza, esa tecnología no era de
nuestro planeta. No hay ningún avión ni
vehículo aéreo de este mundo que pueda
manejarse de manera similar.
Unos segundos después de estar
observando con todo mi asombro la
nave, escuché un ruido aturdidor que me
hizo perder el conocimiento por
completo.
Yacía desfallecido en una especie de
camilla luminosa de color azul, en el
interior de la misteriosa nave. Lo
siguiente que recuerdo es que la misma
voz que me había hablado una hora antes
en el restaurante volvió a hacerlo para
que me despertara y abandonara el
estado inconsciente:
—Despierta, Marc… Tranquilo, estás
a salvo.
Empecé a reaccionar con lentitud, aún
muy desorientado y con los sentidos
adormecidos. Primero, moví las manos,
luego, los brazos y mientras abría los
ojos, empecé a observar con
detenimiento la habitación donde me
encontraba. Era un habitáculo de
dimensiones pequeñas y tuve la
impresión de que podía ser recorrido tan
solo con cuatro pasos. La altura de la
habitación llegaba más o menos a los
tres metros y medio. El suelo, las
paredes y el propio techo eran
plateados. No se podía apreciar ningún
ángulo, todas las esquinas acababan en
una zona redondeada, justo en la opuesta
adonde yo me encontraba situado, se
podía contemplar una puerta rectangular
de unos tres metros de altura, también
plateada. Sin embargo, resultaba un tono
más claro y, aunque carecía de
picaporte, se podía distinguir con
facilidad que era una puerta. La luz
ambiental era azulada, muy intensa, pero
agradable. Por extraño que pudiera
parecerme, no se apreciaba de dónde
podría surgir esa luz, ninguna lámpara.
Sin más, la luz estaba allí y se repartía
por todo el aposento.
Me fui despertando. Me sentía muy
aturdido. En realidad, no sabía ni dónde
me encontraba, ni qué me había
sucedido.
Luego, pasados unos minutos,
intentando esclarecer mi mente y
recuperar la lucidez, me vino la imagen
de lo último que había visto antes de
quedar inconsciente: rememoré la
estampa de la misteriosa nave. Una
sensación de preocupación y de
ansiedad se apoderó de mí, y comencé a
hacerme múltiples preguntas: «Pero,
¿dónde me hallo? ¿Qué me ha sucedido?
¿Qué quieren de mí?»
Sin lugar a duda, intuía que me
encontraba a bordo de una nave de otro
mundo. Aunque desconocía sus
intenciones, fui consciente de que la voz
que me habló unos minutos atrás tenía un
mensaje positivo. Eso eliminaba cierto
grado de preocupación y además
aportaba tranquilidad. Pero era
inevitable que tuviera un visible estado
de inquietud por todo lo sucedido y por
saber que, seguramente, los seres que
tripulaban esa nave no eran de este
mundo.
Todavía estaba algo desorientado,
acostado en esa especie de camilla que
resplandecía, cuando al punto, sin
esperarlo, la misteriosa puerta se abrió
automáticamente hacia un lado,
introduciéndose en la pared como si
fuera corrediza. En ese instante, mi
corazón se empezó a acelerar y cada vez
aumentaba más la incertidumbre de lo
que iba a suceder. Sin embargo, en
breve, se iban a desvelar todas las
respuestas a esas preguntas que acababa
de hacerme.
Mientras observaba el hueco que
había dejado la puerta que se acababa
de abrir, pude apreciar que la habitación
de al lado también estaba iluminada con
la misma luz azulada tan agradable que
predominaba en todo el habitáculo.
Entretanto, distinguí, en medio del
resplandor, una enorme figura
antropomorfa que se disponía a cruzar la
puerta. Justo al sobrepasarla, se mostró
todo su rostro. Sin duda, la apariencia
era idéntica a la de un ser humano y una
pregunta comenzó a irrumpir con fuerza
en mi pensamiento: «¿Son personas los
tripulantes de esta insólita nave?» Con
total seguridad, obtendría la respuesta
de manera inminente.
A medida que el ser se iba
aproximando, comencé a analizar con
detalle toda su anatomía. Percibí que el
cabello era rubio y corto, sus ojos
resaltaban con un color verdoso intenso
muy extraño, la piel, cual porcelana,
blanca y casi perfecta, como si fuera la
de un recién nacido. No se podía
distinguir ni pelo, ni cicatriz alguna en
su cutis, y lo más llamativo era que
estaba mirándome fijamente mientras
sonreía. No era una sonrisa de burla ni
de prepotencia, sino amigable,
inspiradora de toda confianza.
Destacaba su enorme envergadura, que
sobrepasaba los dos metros de altura, y
unas manos grandes y proporcionadas
para su corpulencia. Llevaba un ropaje
verde claro que le cubría el cuerpo por
completo, hasta el cuello, las muñecas y
los tobillos. El tacto del vestido, a
simple vista, parecía terciopelo. Y
curiosamente, en el centro del pecho,
lucía un extraño símbolo en cuyo
interior había tres medias lunas
entrelazadas, rodeadas por una suerte de
remolino del mismo color. Los zapatos
eran negros, parecidos a unas
deportivas, con la textura lisa y sin
cordón alguno.
Llegado el momento de la verdad, ese
ser se detuvo a medio metro de mí,
mirándome con su tan inquietante como
amigable sonrisa. Al principio, me
infundía un poco de respeto y me
resultaba difícil aguantarle la mirada.
Pero, entre la incertidumbre, de nuevo
escuché una voz que me habló:
—Hola, Marc, tranquilo; aquí estás a
salvo. Hace tiempo que te estábamos
buscando…
Mientras escuchaba, levanté la mirada
y observé con fijeza el rostro del ente
que acababa de entrar en el habitáculo.
Me percaté de que esa voz no procedía
de él, ya que tenía los labios estáticos y
continuaba mirándome con su peculiar
sonrisa. Pero la voz seguía
comunicándose.
—Con la grandeza que tiene nuestro
maravilloso universo, con los siglos y
los milenios, hemos aprendido a
coexistir y a colaborar unos con otros. Y
tú eres una pieza fundamental para
ayudar a tu planeta.
Me quedé perplejo al escuchar el
mensaje que acababa de darme la
inquietante voz. Por fin se formularon
algunas de las preguntas que me había
hecho desde que recobré el
conocimiento. Era evidente que los
tripulantes de la misteriosa nave eran de
otro mundo y anunciaban que habían
estado buscando a alguien como yo para
ayudar al planeta Tierra.
—Pero ¿por qué? ¿Qué tengo yo de
especial? ¿En qué soy diferente de
cualquier otro ser humano? ¿Y qué le
sucede al planeta Tierra?
Un mar de dudas y de preguntas
ahogaba de nuevo mis pensamientos y
me mostraba incapaz de dar crédito a
todo lo que me estaba sucediendo.
Permanecí unos segundos
contemplando a ese ser con cara de
asombro hasta que ese individuo alargó
el brazo, lo puso encima de mi hombro,
y de nuevo, la misma voz volvió a sonar
en mi cabeza:
—Acompáñame, por

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