---------------

Libro PDF El pueblo en la guerra Sofía Fedórchenko

El pueblo en la guerra  Sofía Fedórchenko

Descargar Libro PDF El pueblo en la guerra – Sofía Fedórchenko


La Primera Guerra Mundial generó una
avalancha de testimonios de combatientes que
participaron en ella, convirtiéndose así también en
pionera en esta faceta. La profusión de testimonios
se debe en parte al buen nivel formativo de un
elevado número de soldados que lucharon en ella,
pero también a la frustración de las expectativas
con las que muchos se alistaron a su ejército
nacional, sobre todo en el bando de los países que
partían como vencedores y que por eso mismo
contribuyeron más al estallido de la guerra. El
encuentro con la dura realidad del frente y la
circunstancia de haber sobrevivido a una guerra
atroz en la que corrieron un peligro mortal y
vieron morir a otros soldados, tuvo que animar a
los más lúcidos de ellos a contar aquellas
vivencias extraordinarias, aunque tuviesen que
escarbar en la memoria y revivir los amargos
recuerdos.
El recuerdo más lacerante que se conserva de la
Gran Guerra – nombre con el que era conocida
hasta que fue desbancada por su hija natural, la
Segunda Guerra Mundial- es su crueldad y su larga
y dolorosa agonía, especialmente visible en las
sangrientas batallas del Somme y de Verdún.
Aparte de las causas propiamente tácticas, estas
características se explican por la mala voluntad de
los gobiernos que la alimentaron y que, una vez
iniciada, fueron incapaces de frenarla, y por el
desarrollo tecnológico de un armamento altamente
destructivo con el que no se contaba en los
comienzos del conflicto. A los fusiles de
repetición y las ametralladoras, se sumaron
modernos vehículos de combate, zeppelines,
aviones de combate, acorazados de acero y, por si
todo esto fuese poco, los gases venenosos que, si
bien no causaron muchas bajas, producían un
angustioso daño físico.
Ambas circunstancias derivan la una de la otra,
son indisociables y provienen de un tronco común:
la supeditación de los gobiernos de los países en
litigio a la dinámica de la propia guerra y a
quienes la dirigían desde los cuarteles generales.
El crepúsculo de las democracias liberales del
Continente, que por desgracia habría de cuajar
políticamente en el periodo de entreguerras,
comenzó desde el momento en que los gobiernos
dieron la espalda a los parlamentos y en la
práctica promovieron una dictadura de guerra en
sus países.
La abundancia de testimonios de combatientes
que en sus libros se refirieron a la estupidez de
aquel conflicto y su crueldad obedece también al
creciente distanciamiento entre los mandos
militares y los soldados, quienes, pese al ciego
entusiasmo inicial y a la influencia de la nefasta
propaganda nacionalista, sufrieron en propia carne
las secuelas de esa crueldad. La lógica
consecuencia de ese distanciamiento se tradujo en
las numerosas deserciones en los ejércitos
combatientes y que, cuando fracasaban, los
mandos militares castigaban con juicios
sumarísimos por alta traición a la patria y la
aplicación de la pena capital a los desertores
frustrados.
El escritor ruso Isaak Babel publicó un breve
relato, El desertor, basado en los testimonios
edulcorados del capitán francés Gaston Vidal, en
el que un capitán «amante de los libros y de la
belleza» y que «no se ofendía por pequeñeces»,
ordena a su subordinado, el soldado Bauji, que se
pegue un tiro tras ser devuelto al cuartel después
de una tentativa fallida de deserción. Ante la
incapacidad del joven para cumplir semejante
orden, el capitán le descerrajó un tiro en la cabeza.
A menudo se ha comentado que en la Primera
Guerra Mundial murieron miles de jóvenes
pertenecientes a la clase media o a la burguesía
que, si hubiesen sobrevivido, en la vida civil
habrían podido desarrollar una actividad
profesional o intelectual de gran alcance debido a
la excelente preparación de muchos de ellos. En
efecto, una generación de muchachos
profesionalmente cualificados fue inmolada en los
campos de batalla dispersos por Europa.
La otra cara de la moneda es la hornada de
supervivientes que, incapaces de adaptarse en el
desapacible ambiente de la postguerra,
encontraron un fácil refugio en el batallón de lo
que se ha dado en llamar la «generación perdida»,
integrada por hombres que, frustrados por la
derrota, fundamentalmente en los países
perdedores, se alistaron impulsados por el deseo
de revancha a las formaciones políticoparamilitares
que afloraron en aquellos años
confusos.
Sin embargo, en la Primera Guerra Mundial
combatieron también miles de jóvenes procedentes
de la clase obrera o campesina. Como era de
esperar, el país que aportó más soldados de estas
características fue la Rusia zarista, que combatió
en la Triple Entente, aunque el Imperio ruso
mantuviese más afinidades con las potencias
centrales que con sus aliados democráticos.
El tormento que padecieron estos jóvenes
terminó cuando en 1917 el gobierno
revolucionario encabezado por Lenin decidió la
salida del conflicto y el retorno de sus efectivos
militares a casa. Hasta la firma del armisticio en
marzo de 1918 miles de jóvenes campesinos,
enviados al frente como carne de cañón, murieron
o sufrieron graves heridas en los campos de
batalla y en las trincheras sin saber muy bien para
qué ni por qué.
Al contrario de lo ocurrido en los países más
desarrollados que participaron en el conflicto,
donde en la postguerra salieron a la luz los relatos
de sus experiencias bélicas, en la naciente Unión
Soviética el recuerdo de la Gran Guerra pasó a un
segundo plano, probablemente desplazado por la
guerra civil que posteriormente se desató en el
país y los ulteriores avatares políticos y
económicos derivados del asentamiento del nuevo
régimen. Pero el mutismo de los antiguos soldados
que sobrevivieron en el frente obedece también a
una causa más simple: la escasa formación de la
mayoría de ellos.
El silencio que cayó sobre la experiencia bélica
de los ex combatientes rusos fue roto de una forma
un tanto curiosa gracias a la intuición y sabiduría
de Sofia Fedórchenko (1888-1959). Enfermera
voluntaria en el frente oriental, se las arregló para
recabar disimuladamente en unos apuntes las
opiniones que entresacaba de las charlas que
sostenían los soldados heridos a los que atendió
durante los años 1915 y 1916 en el hospital de
campaña en el que desempeñaba su labor de
enfermera.
Publicados en 1917, los apuntes, que ofrecemos
ahora por primera vez en versión castellana con el
título El pueblo en la guerra. Testimonios de
soldados en el frente de la Primera Guerra
Mundial, revelan la mentalidad de aquellos
jóvenes, en su mayoría pobres campesinos
reclutados para morir en el fuego cruzado entre
unos enemigos de los que tenían una noción vaga.
Sofia Fedórchenko supo captar el lenguaje sencillo
y rudo en el que se expresaban en el curso de sus
confidencias. Procedentes de la Rusia profunda,
estos hombres se hallaban libres de la propaganda
nacionalista que contagió a la población europea
de las ciudades y a los lectores asiduos de la
prensa. Sabían que aquella causa no era la suya y
que la ropa que llevaban pertenecía al zar, pero
que el pellejo les pertenecía.
El libro fue traducido enseguida al alemán, al
inglés y al francés. En la versión alemana se lo
tituló El ruso habla, y en la versión inglesa se
optó por Iván habla, en referencia al nombre
típico entre la población masculina de la época. Si
se repara en el año en que se publicó, 1917, ambos
títulos pueden interpretarse como la constatación
de un acontecimiento histórico que al fin se hacía
realidad después de siglos de espera. Hasta ese
momento el ruso de a pie, el exponente del pueblo
ruso, ese Iván genérico que aglutinaba a todos los
ivanes que se propagaban por el vasto Imperio
ruso, no había podido hablar en público, y menos
al público lector, porque su voz no existía ni
estaba dotado de aptitudes para ello. El ruso no
era más que un alma que unos pocos vendían y
compraban, o sea, una mercancía, y de la cual lo
menos que cabía esperar era que hablase.
Así que el aspecto más novedoso del título del
libro residía en el hecho insólito de que por fin un
ruso, con sangre en las venas y un corazón fuerte, y
no un alma muda y menos aún muerta, hablase para
contar aquello que otros silenciaban por
vergüenza, o que si hubiesen contado habría sido
para mancharlo con sucias mentiras a las que nadie
habría dado crédito.
Pero el asunto del que el ruso hablaba con una
voz clara y descarnada desde lo más hondo de su
corazón, con la franqueza y la inocencia de quien
no tiene nada que ganar ni que perder, era nada
menos que la guerra, el método que en las últimas
décadas los dirigentes del Imperio habían
empleado para engordar sus sueños expansionistas
mientras el pueblo languidecía en la miseria y
quienes lo tenían esclavizado sólo se acordaban de
él para mandarlo al frente.
Al comienzo de la guerra, el ejército del Imperio
ruso disponía de ocho millones de hombres,
compuesto principalmente por campesinos sin
ninguna formación militar, con escasa instrucción,
mal armados y equipados. También los mandos
intermedios adolecían de una preparación
deficiente. Según el historiador Orlando Figes, el
sesenta por ciento de los suboficiales procedían
del campesinado, muy pocos acreditaban más de
cuatro años de educación académica y casi todos
contaban con poco más de veinte años.
No todos los jefes eran incompetentes o
despiadados, pero, como explica Figes, entre los
soldados existía «un sentimiento creciente de que
no habría sido necesario tanto derramamiento de
sangre si los oficiales hubieran pensado menos en
sí mismos y más en la seguridad de sus hombres».
Además, las diferencias sociales entre éstos –una
mayoría eran terratenientes nobles- y la masa de
soldados de origen campesino, añadía
conflictividad a la relación entre ambos grupos.
Aun así, al compararlos con los oficiales alemanes
salían mejor parados. Como dice uno de los
soldados en el libro: al menos los trataban…como
a perros.
Los millones de campesinos y trabajadores que
partieron al frente apenas se identificaban con el
patriotismo de la clase media ni con las
esperanzas de la intelligentsia que pensaba, en
palabras de Figes, que la guerra traería «una
renovación espiritual al obligar al individuo a
sacrificarse por el bien de la nación». En todo
caso, el campesino tipo asociaba la guerra a una
defensa del zar o de su religión, pero no de la
patria. No había salido de su aldea, por lo que
abrigaba un débil sentimiento nacional, y no
entendía por qué se le obligaba a luchar contra un
supuesto enemigo lejano que no le había atacado ni
invadido.
En las despedidas de los grupos de soldados en
las estaciones de tren no hubo banderas ni bandas
militares que acudieran a acompañarlos. Los
observadores percibían en sus rostros una
expresión «sombría y resignada».
Al contrario que Alemania, que se lanzó a la
guerra con unas irreales expectativas de victoria,
en Rusia el zar Nicolás II y las capas dirigentes
del país estaban al corriente de las deficiencias
del ejército y de sus escasos recursos para
embarcarse en una contienda internacional.
También sospechaban que el peso de la ofensiva
recaería sobre ellos por ser los mejor situados
estratégicamente para derribar las líneas alemanas,
ya que Francia estaría más a la defensiva.
Circulaban informes que advertían de las
indeseables consecuencias internas de un fracaso
militar. Desde hacía algunos años el Imperio sufría
conmociones sociales y políticas y el trono del zar
se tambaleaba. Estas previsiones fallaron muy
poco.
Con una preparación suficiente para una
campaña breve de unos seis meses como máximo,
el ejército ruso atacó a Alemania por Prusia
oriental, lo que salvó a sus aliados franceses. Los
alemanes les inflingieron severas derrotas en las
batallas de Tannenberg, en Prusia Oriental, el 30
de agosto de 1914, y en la batalla de los lagos
Masurianos, en septiembre de 1914, con las
consiguientes pérdidas humanas, materiales y
territoriales. Por aquellos días, la hija del
embajador británico, George Buchanan, tuvo la
impresión de que en Petrogrado (hoy San
Petersburgo) no había ni una sola familia que no
sufriese graves pérdidas. «Desde todas las
terminales de ferrocarril partían procesiones
fúnebres».
A mediados de 1915, tras un año de combates,
los rusos habían sido expulsados de Austria-
Hungría, donde lucharon en solitario contra los
poderosos y bien surtidos ejércitos de los
imperios centrales, y la mayor parte de Polonia se
hallaba en manos alemanas. Las enormes pérdidas
sufridas obligaron a un reclutamiento que pronto
provocó el descontento popular. El ejército ruso se
debilitaba a pasos agigantados ante las
insuperables dificultades para abastecerse
mientras aumentaban las deserciones de los
oficiales y de los soldados.
En la retaguardia crecía el descontento no sólo
por las malas noticias que llegaban del frente sino
por la situación de desabastecimiento, la elevada
inflación, la carestía de los alimentos y los
problemas en la red de transportes. La huelga
general de 1916 complicó aún más las cosas.
En febrero del año siguiente estalló la primera
Revolución que obligó al zar a abdicar mientras el
gobierno provisional dirigido por Alexander
Kérenski revalidó su compromiso con los aliados
en medio de un clima de crisis política, económica
y social y en contra del criterio de la oposición
obrera. El objetivo prioritario de los rusos se
reducía a quebrar la estrategia defensiva para no
eternizarse en una guerra de trincheras que
conduciría a la temida descomposición del
ejército. Pero la insumisión de los refuerzos que se
incorporaban al frente no hizo más que acelerarla.
Orlando Figes subraya que los soldados «se
negaban a situarse en posiciones de ataque,
confraternizaban con el enemigo y rechazaban la
autoridad de sus oficiales, a los que, como
campesinos deseosos de regresar a sus granjas,
veían más claramente que nunca como sus antiguos
enemigos de clase, los terratenientes vestidos de
uniforme».
En el tercer invierno de la guerra la moral de la
soldadesca se vino abajo. Más que por los
problemas de suministro, el malestar provenía de
una crisis de autoridad, de la desesperación y del
agotamiento. En una carta a su esposa, un soldado
le escribió que los rumores sobre el fin próximo
de la guerra sólo perseguían mantener la moral
elevada. «La gente está cansada y deshecha, ha
sufrido tanto que todo lo que pueden hacer es
impedir que sus corazones se rompan y evitar
perder la razón». El propio soldado advertía a su
mujer de su temor a perder la razón en medio del
caos que le rodeaba.
El ejército estaba desmoralizado y minado por
la indisciplina y el caos. Numerosos oficiales
fueron asesinados por sus soldados y otros tantos
tuvieron que huir para evitar el destino de sus
compañeros. Sus puestos fueron ocupados por los
denominados «comités de soldados», que
funcionaban de forma autónoma y que pronto
serían legalizados para impedir el descontrol de la
situación. Las deserciones se dispararon. La
Ofensiva Kérenski se había saldado con un fracaso
rotundo.
En octubre de 1917 estalló la Revolución
bolchevique comandada por Lenin que depuso a
Kérenski. El nuevo gobierno tomó las riendas del
país y el 15 de diciembre firmó el armisticio con
los imperios centrales. En total, de los quince
millones de soldados movilizados murieron cerca
de dos millones y otros cinco sufrieron graves
heridas y mutilaciones. En marzo de 1918 se firmó
el Tratado de de Brest-Litovsk, muy ventajoso
para los imperios centrales. Poco después estalló
en la naciente Unión Soviética la guerra civil,
provocada por grupos contrarios a los
bolcheviques, que se prolongó hasta 1923.
Las opiniones de los soldados recopiladas en el
libro están ordenadas en ocho capítulos: «Cómo
iban a la guerra», «Qué pensaban de sus causas y
de la instrucción», «Qué pasó en la guerra»,
«Cómo eran los jefes», «Cómo eran los
compañeros», «Cómo sobrellevaban las
enfermedades y las heridas», «Qué decían de los
enemigos», «Qué recordaban de su casa», y, por
último, «Qué opinaban de la guerra».
Es probable que, al volver a sus hogares, estos
hombres machacados por las atroces experiencias
en el frente hablaran poco de éstas con sus
familias y amigos. Sin embargo, hay que
imaginarlos en el hospital de campaña, tumbados
sobre el lecho, lejos del lugar del crimen, nunca
mejor dicho, abriendo su corazón y su memoria
herida a otros compañeros de fatigas ante quienes
no tenían reparos en revelar sin tapujos esas
experiencias que habrían preferido silenciar a
otros que no hubiesen pasado por situaciones
parecidas a las suyas. Por cierto, ¿qué habrían
pensado si hubieran sabido que la enfermera
Fedórchenko tomaba nota de sus palabras que unos
años más tarde verían la luz en un libro? Un libro
que, muchos de ellos, analfabetos como eran, no
habrían podido leer.
Sus confesiones nacían de la confianza que le
inspiraban los camaradas con quienes habían
compartido sensaciones y sentimientos similares.
De hecho, el trato con los compañeros fue, de
todos los lances que les deparó la guerra, el más
valorado por ellos. «Es que estamos juntos hasta
la muerte», comenta uno.
Por las noches, cuando se hallaban lejos de la
amenaza de las granadas, charlaban hasta el toque,
como lo harían luego en ese hospital en el que se
curaban de sus heridas. En esas conversaciones
podían «empezar por Dios y terminar hablando de
mujeres». En cambio, en sus hogares no tenían con
quien conversar, aun cuando estuviesen casados y
compartiesen el lecho con su mujer. Otro dice que
en la guerra encontró amigos y compañeros. «Aquí
se me ha dado más discernimiento, aprendí a
entender al otro y estoy listo para hazañas».
Para muchos de estos jóvenes la contienda
representó una oportunidad que les permitió
escapar de la esclavitud cotidiana, de la
ignorancia y del aislamiento que padecían en sus
aldeas. Uno de los soldados reconoce que en el
frente tuvo tiempo para entender algo de sí mismo.
Al menos podía contrastar su vida con la de otros
compañeros provenientes de otros lugares, esferas
sociales y hasta de países distintos del suyo.
Los testimonios inciden en las penalidades a las
que se hallaban expuestos. Enfermedades como el
cólera, el tifus, el escorbuto y la disentería
diezmaban las tropas. Las heridas por bala o los
bombardeos mutilaban los cuerpos en medio de
dolores insoportables que solo desaparecían
cuando el herido se desmayaba. Luego estaban los
gases que arrojaban los alemanes: «Te retuerces
todo, te enfermas tanto que no te queda ni el alma
dentro», confiesa otro soldado. En sus charlas eran
frecuentes las quejas por la falta de sueño y la
imposibilidad de dormir y, por tanto, de soñar con
su lejano hogar y su familia. También ocurrían
fenómenos que escapaban a su razón, como, por
ejemplo, que palabras corrientes como «mesa» o
«pan» les pareciesen extrañas, como si las
escuchasen por primera vez y tuvieran que
aprenderlas de nuevo.
En la visión que ofrecen del enemigo no se
aprecia odio. «No considero enemigo a ninguna
persona –comenta un soldado-. ¿Qué me importa el
alemán si no me ha hecho daño alguno?». Tenían
que reconocer la superioridad de su armamento.
«Los fusiles alemanes son cañones». A su lado, los
cañones rusos eran «petardones». Sus avionetas
volaban alto, mientras que las de ellos saltaban
«como gallinas».
Incluso reconocen que los alemanes eran cultos,
sabían leer y escribir, al contrario que ellos,
aunque su corazón «no tiene punto de comparación
con el ruso». Los veían rencorosos y vengativos.
En los oficiales germanos apreciaban que se
comportasen correctamente con los subordinados,
un trato muy distinto del que dispensaban sus
homólogos rusos a sus soldados.
En sus opiniones sobre la guerra no falta el
resentimiento contra quienes se quedaron en casa.
Por ello alguno no duda en expresar su
satisfacción por que lo estén pasando mal. El
conflicto insensibilizó a muchos, destruyendo los
principios morales en los que se habían educado.
Allí estaba prohibido pensar, sólo era preciso
obedecer. «No siento ni mi propio miedo ni el de
los demás. Sólo me falta matar niños. Pero creo
que también a esto puede acostumbrarse uno»,
confiesa uno de ellos.
En ese mundo al revés, en el que se invirtieron
los mandamientos de la moral cristiana, el soldado
endurecido por lo que había vivido o visto a su
alrededor, se deseaba para sí mismo que le
crecieran «los dientes de lobo y si ya es tarde y no
te crecen, toma la bayoneta y el cañón, muérdele al
prójimo debajo de las costillas». La guerra era un
cuento de verdad «pero de mucho miedo». Un
miedo que, no obstante, permitía la supervivencia
en la más peligrosa de las circunstancias.
Ocasionalmente en ese infierno podía brotar un
episodio de compasión hacia el niño extraviado en
medio del campo, sin más compañía que un
hermanito de pecho, cuya madre había sido
asesinada a golpes, el padre había muerto
ahorcado y la hermana mayor violada y asesinada
por un grupo de cosacos. El soldado testigo del
encuentro con el pequeño se acerca para darle un
poco de pan y acariciarle. Pero el niño salió
corriendo, entre chillidos y aullando como un
animal.
Uno de los testimonios del libro más
sorprendentes remite a la desmitificación de la
alianza entre conocimiento libresco y la hipotética
superioridad moral de quien lo posee, un
espejismo del que la sociedad occidental parece
que se cercioró tras el derrumbe de la Alemania
nazi. La anécdota alude a una charla entre dos
soldados; quien la cuenta refiere que cuando un
compañero de armas dijo en su presencia que no
era un hombre quien no hubiese leído a Pushkin, le
replicó que entonces ni él ni sus colegas eran
hombres puesto que no habían leído ni una sola
línea del autor ruso. Seguidamente, este soldado
comenta que quien formuló semejante sentencia
carecía de sentido común y siempre estaba
malhumorado consigo mismo y con los demás.
Aunque pareciese más listo que ninguno, no servía
para nada cuando las cosas se ponían feas en el
frente.
Jaime Fernández

NOTA DE LA TRADUCTORA

El libro que tiene el lector entre las manos es
absolutamente único. Se trata de la primera parte
de la trilogía El pueblo en la guerra escrita por
una mujer que había vivido de cerca la Primera
Guerra Mundial, trabajando en el frente como
enfermera durante más de dos años. Según sus
propios recuerdos, «estuve en el foco de los
acontecimientos, participé en ofensivas y
retiradas, presencié victorias y derrotas. Todo era
igual de horroroso e irremediable […]. Trabajaba,
en todo reparaba, todo lo oía, todo lo compartía
con los demás». Pero el mérito principal de esta
valiente mujer no es haber fijado en el papel sus
vivencias e impresiones, sino haber dado voz a
miles de soldados anónimos, recogiendo sus
palabras y sus ideas, sus experiencias y sus
opiniones, sus bromas y sus nostalgias,
plasmándolas en forma de un revolucionario
diálogo polifónico. Dotada de la capacidad de
sentirse en la piel de los demás y provista de una
excepcional memoria, así como de nociones de
etnografía y de recopilación de folclore, Sofia
Fedórchenko ha conseguido, a partir de unas notas
fragmentarias tomadas después de oír
conversaciones de soldados, recrear las voces
vivas de cada uno de ellos y componer una obra
literaria en la que el autor se diluye y solo hablan
los personajes llegados a sus páginas desde la
vida misma.
El libro es una compilación de textos muy
concisos, lacónicos, apenas unas líneas, cada uno
de los cuales contiene conversaciones e historias
de soldados, su visión de la vida, de la guerra y de
la paz, de ellos mismos y de los demás. Algunos
son auténticas novelas comprimidas,
entremezcladas con canciones, coplas, conjuros y
textos poéticos de carácter popular. Que el lector
no busque relación alguna entre los fragmentos
encadenados como tampoco un argumento.
En las primeras ediciones todos los fragmentos
se publicaron sin clasificar. Fue mucho más tarde
cuando la autora decidió introducir un orden
temático y agruparlos en capítulos. Adelantándose
a los descubrimientos cinematográficos, las
imágenes anónimas (pero no menos
impresionantes) se suceden a ritmo vertiginoso.
Cada fragmento, por muy breve que sea, nos
presenta a una persona concreta, con una historia
completa que se vislumbra a través de unas pocas
palabras.
Temerosa de una eventual mala acogida de su
obra, Sofia Fedórchenko la presentó como Apuntes
tomados en el frente (este segundo título
acompañaba la primera publicación completa de
la obra editada en Kiev en

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------