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Libro PDF El retorno de las llaves La guardiana 1 Rut H. Sánchez

El retorno de las llaves (La guardiana 1) – Rut H. Sánchez

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Desde que recuerdo, mi abuela siempre ha sido fantástica, todo lo que una nieta pudiera desear, pero a mi padre no le hacía demasiada gracia que mi hermano y yo
pasáramos todos los veranos con ella. A pesar de su reticencia, les resultaba imposible no hacerlo ya que tanto mi madre como él debían trabajar todo el verano y no les
gustaba que también permaneciéramos en el centro donde estudiábamos y vivíamos, durante el verano. Todos los veranos, y ya van diecisiete para mí y trece para mi
hermano, mi padre nos decía, antes de llegar a casa de mi abuela, que no debíamos hacer caso a las cosa extrañas que nos pudiera explicar, pero era demasiado difícil no
hacerlo.
Es verano y volvemos a estar en su casa, pero esta vez sería muy diferente ya que esta vez su sonrisa no nos recibió, ni aquellos ojos, que a pesar de su edad
tenían un brillo muy especial. Ella siempre decía que mis ojos eran iguales pero dudo mucho que ahora se parezcan en algo, ya que los míos están llenos de lágrimas
porque no la volvería a ver. Había muerto justo el día de antes que tocaba venir a “pasar el verano” y a pesar de lo mucho que insistió mi padre para que no viniéramos
al entierro, ni mi hermano ni yo, ninguno de los dos admitimos esa posibilidad. No podían impedirnos que la viéramos por última vez.
Mientras esperamos en el salón y miro por la ventana, a través de aquellas cortinas de flores azules y grandes hojas verdes, miro hacia el cielo, un cielo que jamás
había visto sobre la casa de mi abuela, estaba lleno de nubes de un gris intenso, de esos que anuncian lluvia inminente. Creo que hasta el cielo se ha dado cuenta que hoy
es un día triste. Hasta las flores del jardín estaban mustias, cuando eso no había pasado jamás.
—Ya podemos marcharnos al tanatorio —dijo mi padre. Sus ojos dejaban ver pena, a pesar de que no quería que nadie se diera cuenta.
—Papa, será mejor que coja el viejo coche de la abuela, —le dije y en ese momento se giró hacia mí e intentó decirme algo, pero antes de que lo hiciera proseguí —
lo digo por si Joel se cansa o no se siente bien, podría traerlo de vuelta a casa de la abuela.
Hubo unos segundos de silencio que a mí, y por la cara que ponía mi hermano, para él también fueron eternos. Al final mi padre movió la cabeza de manera
afirmativa y fui a buscar las llaves, que se encontraban al lado de la puerta de entrada. Abrí el cajón y cogí las llaves o mejor dicho, la llave, porque mi abuela solo tenía
una llave ya que nunca cerraba la casa. Increíble, porque en la ciudad no se puede hacer, ni siquiera en el centro escolar donde vivimos.
—Joel, vamos al coche de la abuela que hay que comprobar si funciona —le dije a mi hermano mientras me giraba hacia mis padres para decirles que esperaran a
que arrancara el coche, por si no lo conseguía. Y sin esperar su respuesta, salí y Joel tras de mí.
Por suerte, el coche arrancó a la primera y nos pusimos en camino hacia el tanatorio, detrás del coche de mis padres. Sabía que debía tener mucho cuidado puesto
que aún no tenía el carné de conducir, solo me quedaba presentarme al examen práctico, puesto que aún no tenía la edad legal para hacerlo. Aunque estaba sorprendida
de que mis padres me hubieran dejado.
El coche aún olía a ella a pesar de no usarlo desde hacía mucho tiempo. Era difícil olvidar aquel olor, ya que te transportaba en medio de un bosque con flores por
todas partes y los rayos del sol colándose entre las ramas de los árboles reflejándose en las gotas del rocío, haciendo que brillasen como pequeños diamantes, y esos
mismos rayos transportando su calor hasta lo más profundo de uno mismo.
Al llegar al tanatorio vi un montón de coches aparcados y siendo un pueblo tan pequeño como era, supuse que todos venían por mi abuela, y así era. Nos bajamos
del viejo y destartalado coche y nos dirigimos hacia la entrada, donde comenzó a acercársenos gente a la que yo no había visto nunca, comencé a sentirme algo agobiada.
De repente noté una presión en la mano y al mirar, vi que Joel me sujetaba con fuerza y en sus ojos pude ver desconcierto ante tanta gente. Me sorprendí, pues pocas
cosas le provocaban aquel estado.
—Joel, ¿te sientes bien? —Le pregunté mientras le rodeaba el hombro con mi brazo pegándolo a mí para que se tranquilizara.
—No me gusta que toda esta gente se acerque, no los conozco y todos van de negro. Me traen malos recuerdos —me dijo visiblemente angustiado por la situación
que estaba viviendo.
—No tienes que sentirte mal, son personas que lamentan que la abuela Elan ya no esté entre nosotros, y la manera de decirnos que ellos también están tristes es
intentando consolarnos. —Le digo para que se sienta algo mejor, y continuamos caminando ya que se había parado en seco y no quería continuar.
—Sigo sin entender por qué todo el mundo va de negro menos tú y yo, incluso papá y mamá van de negro. —Repitió asombrado por el color de las ropas—. A la
abuela no le gustaba el color negro, siempre nos decía que el negro hacía desaparecer la sonrisa de nuestra cara y nuestra alma, y eso no debíamos permitirlo jamás,
pasara lo que pasara, lo sabes muy bien.
—Eso lo sabemos tú y yo, pero para el resto de la gente es normal vestir así. —Le dije de manera que lo entendiera—. Si no te gusta, no les prestes atención. Si
quieres vamos a ver a la abuela sin parar a hablar con nadie.
—Como está muerta, ¿crees que tendrá la cara como la de los zombis? —dijo con aquella cara de inocencia que solía poner cuando hacía preguntas fuera de lo
común.—
No —le contesté intentando evitar reírme, pero sin llegar a conseguirlo del todo ya que no pude evitar que una leve sonrisa se posara en la comisura de mis
labios.
Al verme sonreír, comenzó a relajarse y a aflojar su mano de la mía hasta llegar a una leve caricia. Sin parar a hablar con nadie, nos dirigimos a la habitación donde
se encontraba la abuela, dejando atrás a mis padres que no nos dijeron nada al ver lo que le había pasado a Joel. Al entrar en la sala donde estaba el ataúd me invadió una
sensación que no logré describir, no sé si era pena, paz, angustia, agobio o una mezcla de todas ellas. Al verla a través del cristal, allí estirada e inmóvil y con la piel
blanca como la tiza, me sentí muy mal, ni siquiera el maquillaje que suelen poner le daba a su piel aquel tono bronce, con la mejillas sonrosadas, que ella solía tener. Pero
al mismo tiempo comencé a sentirme relajada al ver que de la comisura de sus labios no se había evaporado, su preciosa sonrisa. En aquel momento me arrepentí de no
haber hecho la cantidad de cosas divertidas que ella nos pedía que hiciéramos cuando estábamos en su casa durante el verano, mi maldita cabeza cuadrada solo me
permitía hacer cosas que tuvieran “sentido común”. Al girarme para ver a Joel, vi como sus ojos estaban llenos de lágrimas y él se esforzaba porque ninguna resbalase
por aquella carita de porcelana.
—Joel, si tienes ganas de llorar será mejor que lo hagas y saques el dolor que sientes. —Le dije para que todo aquel dolor que podía ver no se quedara dentro de él.
—Es que no puedo hacerlo —me contestó, apretando los dientes para no sucumbir al deseo de llorar.
—¿Y eso por qué? —Le pregunté extrañada
—Porque si comienzo a llorar, la gente vendrá a consolarme y no quiero que lo hagan, y menos papá y mamá que en todo el rato que llevamos aquí no han venido
a ver a la abuela. Lo de papá puedo llegar a entenderlo pero no lo de mamá, era como ella, como nosotros, ¿por qué no está aquí? —Con esas últimas palabras era
evidente la rabia que estaba sintiendo. Para él, la abuela Elan era una persona especial, tenían una conexión que yo no lograba tener a pesar de todo.
—Si quieres, cogemos y nos volvemos a casa de la abuela para llorar todo lo que quieras, ella sabía perfectamente que la queríamos…
—Y queremos. — Me interrumpió.
—Y queremos, y querremos toda la vida, no es necesario que estemos aquí —le dije, y acto seguido me agarró de la mano para conducirme hacia la salida.
Al salir por la puerta del edificio nos encontramos con nuestros padres que aún no habían logrado entrar, nos miraron desconcertados al vernos salir.
—¿Se puede saber dónde vais? —Nos preguntó mi madre tan floja que apenas podíamos oírla. El tono de su voz denotaba disgusto.
—Joel no se encuentra bien y he pensado que sería mejor llevarlo a casa —mientras decía esto le daba un pisotón a mi hermano para que cambiara la cara. —Por
suerte lo hizo justo en el momento en el que ella lo miró.
—Mi niño, ¿estás bien? —Le preguntó cambiándole la cara y comenzando a preocuparse.
—No, me duele mucho la cabeza y tengo ganas de vomitar —le contestó Joel. Otra cosa no, pero para inventarse excusas y hacer que fueran creíbles, era un genio.
Mi madre le dio un beso en la frente, se volvió hacia mí y me dio otro en la mejilla.
—Natalia, cuida de Joel y cuando lleguéis a casa de la abuela mírale la temperatura, y sobre todo no le dejes comer chucherías —y cuando nos íbamos hacia el
coche me cogió la mano— ten muchísimo cuidado con el coche —me dio otro beso en la mejilla y nos dejó marchar.
Ya en el coche y de camino a casa de la abuela, Joel comenzó a llorar de manera silenciosa, no logré oír un solo sollozo, lo único que podía ver era cómo unas
lágrimas enormes brotaban de sus ojos constantemente, no lograba controlar que le resbalaran por sus dulces mejillas, era evidente que intentaba controlarlo pero le
resultó realmente difícil, casi imposible.
Durante todo el camino llovió sin parar, era como si las nubes llorasen desconsoladamente, y sin saber cómo, al pasar con el coche por los pilares de la entrada del
camino que conducía a casa de Elan, desaparecieron las nubes. Habían permanecido allí durante dos días, se habían aposentado encima de la casa y parecía que no se
irían jamás, pero comenzaron a desaparecer dejando ver cada vez más un sol especialmente brillante. Y como si no hubieran comenzado a marchitarse, las flores del
camino volvieron a estar tan hermosas como siempre, si no lo hubiera visto con mis ojos no lo hubiera creído (aunque ya debía estar acostumbrada). Aparqué el coche y
al bajarnos de él ambos nos dirigimos hacia la mecedora colgada que había en el porche de la entrada. Allí sentada junto a mi hermano comencé a recordar todo lo vivido
con Elan el verano anterior y que cambió por completo el rumbo de nuestras vidas.
Capitulo I
Recuerdo perfectamente aquel día realmente caluroso. Mi hermano y yo ya llevábamos unos días en casa de mi abuela Elan. La casa se encontraba a las afueras del
pequeño pueblo de Aniany, situado en la comarca de Pla de Mallorca, donde el mayor encanto que le encontraba eran sus hermosos molinos. Estaba totalmente aislada.
A la derecha de esta se podía ver un gran campo donde algunas veces había maíz, otras veces girasoles, pero aquel verano era como una gran alfombra verde que
cambiaba de tonalidad cuando el viento la mecía suavemente, mientras los rayos de sol se posaban en él. En el lado izquierdo había un bosque de tal espesura que con
solo mirarlo se me ponía la piel de gallina, estaba lleno de grandes árboles deformados con abundantes ramas que se retorcían y entrelazaban entre ellas impidiendo la
entrada de los rayos del sol, de él se desprendía un intenso olor a humedad. Por la noche, el bosque aún era más siniestro, desde la casa se podía oír todo tipo de ruidos,
a los animales nocturnos que se movían con sigilo para buscar comida, a veces podía ver el brillo rojo de sus ojos y tenía la sensación de que me estaban mirando, eso me
ponía los pelos de punta, el viento que mecía las ramas de los árboles haciéndolas chocar entre si produciendo un ruido sordo y un estrepitoso crujir al romperse.
La vista de la entrada a la finca era totalmente diferente a la del bosque, en ella se levantaban dos grandes columnas de piedra y encima de cada una de ellas
reposaba un hada con grandes alas de cristal o al menos así lo parecían. De los pilares salían unos muros no más altos de medio metro, de piedra blanca, en direcciones
opuestas. El camino que conducía hacia la casa estaba cubierto de pequeñas piedras de colores que al contacto con la luz del sol brillaban pero no hasta el punto de
cegar, y a cada lado del camino gran cantidad de flores silvestres.
En la parte trasera, Elan había colocado una piscina, columpios y otras cosas para que estuviéramos distraídos ya que no solía ir demasiado al pueblo. En un
rincón del patio trasero había una pequeña casita de madera descolorida y bastante destartalada pero a pesar de la vista que ofrecía en la actualidad, podía verse que
había sido muy bonita. No sabía por qué pero durante todo el verano había llamado mi atención, suponía que sería porque no pegaba para nada con mi abuela. Todas
sus cosas parecían tener algo especial pero aquella caseta parecía haber muerto, no sé por qué pero fue aquel verano cuando me di cuenta.
Aquella tarde me planté delante de la caseta como si algo me arrastrase hasta ella.
—Abuela, Elan —chillé para hacerla venir.
—¿Qué pasa?, ¿estáis bien? —Preguntó sofocada ya que había corrido hacia mí, preocupada al oírme chillar su nombre.
—No, tranquila, no pasa nada —le contesté para que se tranquilizara y comenzara a respirar con menor dificultad —es que me gustaría saber qué es lo que hay allí
dentro, —mi brazo señaló en dirección a la caseta sin apartar los ojos de mi abuela— no sé por qué pero nunca había llamado mi atención hasta hoy.
La cara de Elan cambió, palideció en un segundo y al segundo siguiente volvió a recobrar su color, esbozando al mismo tiempo una leve sonrisa.
—No hay nada interesante, solo trastos viejos y recuerdo olvidados —sin decir ni una sola palabra más, dio media vuelta y se marchó. Me sorprendió mucho su
actitud, no se parecía nada a ella y creí que era mejor no preguntarle nada más.
Como todas las noches, cenamos en el pequeño salón, en aquella pequeña mesa redonda en la que nunca faltaban flores, los platos desparejados de colores
excesivamente vivos para mi gusto, lo único en lo que se parecían era en que todos tenían el dibujo de una llave en el centro. El dibujo de la llave era idéntico a la que la
abuela llevaba colgada al cuello, una llave que brillaba como una estrella y al igual que esta, si te la quedabas mirando iba cambiando de color.
Cuando acabamos la cena, la abuela se nos quedó mirando con su cara de siempre, no se parecía en nada a la que había visto aquella tarde.
—Vamos al porche, allí nos tomaremos el postre. Hay algo que me gustaría explicaros —su voz sonó tan dulce que fue imposible decirle que no.
—¿Que es abuela? —Joel no pudo evitar su enorme curiosidad, era algo que no podía remediar por mucho que se esforzara. —¿Nos has comprado algo?
—No mi niño, lo que os quiero explicar es mucho mejor que cualquier cosa que os pudiera comprar —le contestó mientras íbamos hacia el porche con el postre en
las manos. Sabía perfectamente lo mucho que le gustaban a Joel los regalos.
—Abuela, si no te importa, me gustaría ir a mi habitación, quiero conectarme un rato para hablar con mis amigas —intenté ser lo más persuasiva posible aunque
ella lo hacía mucho mejor. No me apetecía estar otra noche sin poder hablar con mis amigas.
—¿Estás segura que es con tus amigas con las que quieres conversar? —Su pregunta me resultó realmente sospechosa, y aún más cuando soltó una leve sonrisa.
—¿A qué te refieres? —Intenté sonar como si no supiera a qué se refería. Aunque me imaginaba por donde iban los tiros y me daba miedo tener razón, ¿qué le
contestaría entonces?
—Me refiero a aquel chico que mencionaste el verano pasado.
—¡ABUELA! —No pude controlar los nervios, había acertado sobre lo que estaba pensando y la verdad es que no se equivocaba.
—Otra noche no me importará que “hables” con quién quieras pero es muy importante para mí que esta noche estés con nosotros y escuches con atención lo que
os quiero decir. —Por la cara que puso mi abuela, me resultó totalmente imposible negarme.
—Está bien abuela, si es tan importante para ti me quedaré con vosotros, pero no te prometo total concentración —su leve sonrisa confirmó su conformidad con
mi aviso.
Al llegar al pequeño porche de la entrada, Joel y mi abuela se sentaron en la mecedora mientras yo me acomodaba en el suelo de madera, delante de ellos. En aquel
momento comenzó a hablar, desvaneciendo de sus labios la sonrisa que siempre había.
—Sé que el día de mi marcha está próximo.
—¿Dónde te vas abuela? —Le preguntó Joel mirándola con aquellos ojos que dejaban ver la inocencia que poseía.
—No seas tonto Joel, la abuela no se refiere a irse de viaje, si no al día en el que ella muera —y antes de que siguiera replicándole, la abuela me interrumpió.
—¡Natalia! No hace falta que seas tan explícita, hay maneras mucho más suaves de explicárselo, la sinceridad no es siempre una virtud, debes tener cuidado —me
dijo especialmente seria mientras se giraba para mirar a mi hermano. En ese momento me di cuenta que me había pasado tres kilómetros y vi como la cara de Joel pasaba
de la felicidad más absoluta a la preocupación, así que, lo único que pude hacer fue alargar mis brazos hacia él para abrazarlo y de esta manera intentar que me perdonara
por mi absoluta estupidez. En menos de un segundo lo tenía encima de mí abrazándome con fuerza y volviendo a sonreír. Al instante ella nos miró esbozando una gran
sonrisa, sabía que no era mi intención hacerle daño.
Joel me miro muy serio girándose después hacia la abuela preguntándole:
—Para eso todavía falta mucho, ¿verdad abuela?
—Estoy segura de que así es, pero tú no debes preocuparte de nada —le contestó mirándome de reojo, jamás la había visto mirarme de aquella manera, con tanta
tristeza en sus ojos, y eso me hizo pensar que no estaba diciendo del todo la verdad. —El día que eso suceda no deberás estar triste ya que debes pensar que de esta
manera regresaré al punto de partida.
Aquellas últimas palabras me confundieron bastante, no sabía a qué podía referirse, y por la cara de Joel, era evidente que él tampoco, pero mucho antes de poder
reaccionar y preguntarle a qué se refería sacó dos cajas. Una era de metal con una corona y dos espadas atravesándola grabado en el centro de la tapa y alrededor de esta,
siete pequeñas llaves de diferentes tamaños y formas. La otra caja era de madera y en la tapa también tenía un grabado pero diferente al anterior, en el centro habían dos
pequeñas alas y alrededor de estas un montón de “chispas”.
Primero cogió la caja de metal y la acerco hacia mí.
—Esta es para ti Natalia, —me entregó la caja poniéndola con suavidad sobre mis manos, después se giró, cogió la de madera y continuó —y esta otra es para ti
Joel.
—Abuela, ¿qué es lo que quieres que hagamos con estas cajas? —Le pregunté algo extrañada por el regalo, pero antes de que pudiera contestarme Joel la
interrumpió.
—Tú no sé, pero yo pienso guardar todo aquello que encuentre y me guste. —Tenía la caja entre sus finas y blancas manos y se había puesto en pie. Su cara
mostraba una inmensa felicidad por aquel regalo que le había hecho la abuela.
—No vas muy desencaminado, pero debéis tener algo en cuenta, y es que solo podréis guardar cosas realmente importantes. Estas cajas son muy especiales y
puede que penséis que es imposible lo que ahora os voy a explicar. —Antes de comenzar me miró y continuó— sobre todo lo digo por ti Natalia, por lo poco crédula
que eres con las cosas que no puedes ver o no tiene una lógica para ti.
—No te preocupes abuela, la mayoría de las cosas que nos explicas no tienen mucho sentido para mí, pero aun así me gusta escucharte. —Le dije mirándole a
aquellos ojos color miel que endulzaba su mirada, y me preparé para escucharla, como si nos fuera a explicar uno de sus cuentos.
Sabía que por mi edad no me correspondía escuchar cuentos, pero la manera que tenía de explicarlos hacía que te metieras en ellos y los pudieras vivir. Le di un
toque en la pierna a Joel para que estuviera quieto, ya que iba con la caja de un lado a otro como si hiciera volar un avión, y se sentara a escuchar.
—Bueno, si estáis totalmente atentos comenzaré. La caja de madera se abrirá cuando tú quieras, —le dijo a Joel— y la de metal se abrirá cuando debas.
—Abuela, ¿entiendes que no tiene ningún sentido lo que acabas de decir sobre mi caja? —Estaba segura que en mi cara era visible una absoluta extrañeza.
—Si me dejas acabar puede que lo entiendas, es muy fácil si dejas a un lado esa mente tan cuadriculada que tienes. —Antes de poder abrir la boca para replicarle
por haberme llamado cabeza cuadrada, continuó. —Como podéis ver, las cajas no tienen ningún tipo de cerraduras y si ahora probáis a abrirlas, no lo conseguiréis…
Dicho y hecho, como si tuviéramos imanes en las manos que nos atrajeran hacia las cajas, hicimos ademán de abrirlas, pero ninguno de los dos lo logramos. La
abuela se echó a reír tan fuerte que pensé que se caería de la mecedora. Cuando paró de reírse continúo con la explicación.
—No son cajas normales, como creo que habréis observado, se hicieron especialmente para vosotros de una manera muy especial. La tuya Joel, se abrirá cuando
sienta que lo que has encontrado es tan importante que quieras de corazón guardarlo en ella. Y la tuya Natalia, es algo diferente, en ella no debes guardar nada ya que en
su interior ya hay algo, pero solo la podrás abrir cuando sea el momento.
—¿Y eso cuándo será? ¿Cuándo sea mayor de edad como siempre me dicen mis padres? —Mi tono era de puro sarcasmo, a mis padre le encantaba decirme
“cuando sea el momento” refiriéndose a la mayoría de edad, como si un año más me hiciera más responsable. Se podía decir que era yo quién se había encargado de
cuidar de mi hermano desde que nació y aun así no les parecía lo suficientemente madura.
Mi abuela esbozó una suave sonrisa y evitando reflejar cualquier tipo de molestia por mi interrupción prosiguió con su explicación.
—El momento será el que sea, no hay una fecha para ello, te aseguro que lo sabrás. Pero algo sí te digo, aunque no puedas abrir la caja, guarda bien aquello que
encuentres —me miró, respiró profundamente y acto seguido pude ver una inmensa paz en sus ojos, pero mis palabras hicieron que aquella paz desapareciera quedando
totalmente sorprendida.
—¿Te das cuenta abuela de lo que acabas de decir? —Pero antes de que pudiera contestarme proseguí— es totalmente ilógico que las cajas se abran por “arte de
magia” y menos que elijan el momento de abrirse.
—Ya sé que para ti todo debe tener una lógica, pero por una vez abre la mente y deja que pasen algunos pensamientos ilógicos, solo algunos. De aquí a un año, o
puede que antes, sabréis la naturaleza de las cajas, pensad que es un juego que dura un año y si tú Natalia, no cambias de idea te pediré disculpas por querer que cambies
tu manera de ver las cosas. —Su rostro volvía a estar sereno, en paz y sus palabras eran suaves y dulces acompañadas de una enorme sonrisa de oreja a oreja.
De repente, Joel, que había estado intentando abrir la caja de todas las maneras que se le habían ocurrido, se giró tan rápido que no me di ni cuenta.
—¿Por qué de aquí a un año?, ¿qué pasará en un año?, ¿cuál será el premio?…
Parecía que se iba a ahogar de tan rápido que hacía las preguntas, cuando la abuela lo frenó levantando la mano y poniéndole dos dedos sobre sus labios. Con la
otra mano acarició su pelo liso y aquellos dos mechones tan rubios que parecían blancos, justo situados en las entradas.
—Tranquilo, todo a su debido momento, que las prisas nunca fueron buenas para nadie. La verdad es que no sé cuál será tu premio, pero eso sí, y lo digo para los
dos, debéis tener los ojos y la mente bien abiertos, aunque algo os parezca absurdo, increíble o incluso terrorífico. Vuestra fuerza es mayor cuando estáis juntos y con
estos podréis con todo lo que os venga en el futuro.
Joel se puso muy contento con la explicación que le había dado, como si hubiera entendido lo que había dicho. La verdad era que yo no había entendido nada, era
como si nos hubiera explicado otra de sus fantásticas historias de hadas, trolls, vampiros y todo aquello que se le pasara por la cabeza. Para Joel parecía que todo fuera
real, que todo aquello tuviera sentido. Para él la caja se había convertido en el regalo más maravilloso ya que esta vez la historia podía tocarse, se había iniciado la
búsqueda del tesoro y eso hacía que estuviera pletórico. La verdad era que no me molestaba, era una parte de mi hermano que adoraba, su enorme fantasía, lo fácil que
era para él creer en toda aquella historia. Envidiaba esa parte de él que yo no era capaz de tener, mi cabeza no me dejaba ver más allá de lo racional y eso no siempre me
hacía sentir bien conmigo misma, pero era algo que me inculcaron mis padres, no creer aquello que no pudiera tocar o no tuviera lógica.
Una vez nos explicó lo que quería que supiéramos y contestó a todas nuestras preguntas, la abuela se levantó y se marchó a dormir.
Durante todo aquel verano, lo único que hacia Joel desde que se levantaba hasta que se iba a dormir era buscar cosas, la abuela tenía que obligarle para que se
sentara a comer e incluso para que fuera a dormir, pero aquella persistencia por parte de él dio sus frutos y logró encontrar tres objetos “mágicos”, como él decía. Para
mí eran cosas normales y corrientes.
Uno era una piedra que cabía en la palma de la mano y tenía que reconocer que era algo peculiar ya que tenía forma de búho. El otro objeto era una hoja de nenúfar,
extraño ya que allí no había ni uno, esta tenía el dibujo en sombra de una ardilla, y por último, y el más bonito, una gota de cristal de un amarillo muy intenso y que al
entrar en contacto con los rayos del sol, parecía que dejara escapar pequeñas chispas, como aquellas bengalas que se les dan a los críos para que estén entretenidos sin
hacerse daño en la verbena de San Juan, una noche que suelen decir que es mágica por ser el solsticio de verano.
Al final lo que dijo la abuela era cierto, sin saber cómo lo hizo la primera vez, Joel consiguió abrir su caja, las otras dos veces fue más consciente de cómo debía
hacerlo, y cuando le pregunté como lo había hecho, lo único que me supo decir era que lo había sentido en el corazón. Yo intenté abrir la dichosa cajita durante todo el
verano pero no hubo manera, la abuela me repetía una y otra vez que las cajas no eran iguales y que la mía se abriría cuando fuera el momento, que no insistiera de
aquella manera tan “efusiva” y lo de “efusiva” lo dijo porque un día intenté abrirla tirándola con fuerza al suelo, pero no sirvió de nada, aunque lo que más me extrañó
fuera que ni siquiera se hizo un rasguño. Pero desde el día en que mi hermano abrió la suya, comencé a pensar que tal vez, pero solo tal vez, la abuela tuviera razón.
Durante el verano yo también encontré algo que creí que podía ser especial, era una llave de madera realmente extraña, la encontré delante de la puerta de mi habitación
que se encontraba en el segundo piso, entre el lavabo y la pequeña biblioteca, y era realmente extraño puesto que por la noche, cuando pasé por allí para ir a dormir no
había absolutamente nada. Y lo segundo que me resultó extraño fue que fuera de madera, pero fuerte como las de metal. Pensé cómo podía haber llegado hasta allí,
entonces recordé que mi abuela sentía pasión por las llaves, las trataba como si fueran un gran tesoro, así que, decidí ir a preguntarle a ella.
Bajé las escaleras con la llave agarrada en la mano izquierda.
Encontré a la abuela sentada en la cocina, con su taza cogida con las dos manos y mirando por la ventana. Antes de que pudiera abrir la boca ella habló.
—Has encontrado tu primer objeto, ¿verdad?
—Sí, pero, ¿cómo puede ser que tú ya lo sepas si me lo acabo de encontrar? —No lo entendía, como era posible que lo supiera.
—A veces no puedo creer que seas tan ingenua con la mente tan cerrada para las cosas “ilógicas” como tú dices, y al mismo tiempo no te des cuenta de actitudes
lógicas, de las que puedes sacar mucha información en poco tiempo solo con estar atenta.
Sus palabras me dejaron totalmente descolocada, no entendía muy bien a que podía referirse, pero supuse que lo entendería si la dejaba acabar, así que, permanecí
en silencio esperando.
—Es muy fácil adivinarlo y aún más con el silencio de la mañana, cuando tu hermano aún duerme. He oído como abrías la puerta de tu habitación, pero no la del
cuarto de baño, lugar donde vas todas las mañanas antes de bajar a desayunar, has estado unos minutos quieta y acto seguido has bajado la escalera con si bajara una
manada de caballos al galope, luego me fijé en que llevabas algo en la mano izquierda, —como por acto reflejo me miré la mano que aún tenía cerrada —como eres una
chica de rutinas y especialmente tranquila solo había que sumar uno y uno y acabaría dando dos. —Se calló y continúo tomándose su brebaje de hierbas como si nada.
—La verdad es que tienes razón, no suelo fijarme en esas cosas, pero lo que yo quería preguntarte era si… —Antes de que pudiera acabar, la abuela ya estaba
contestando a mi pregunta.
—No mi niña, yo no he dejado la llave delante de tu puerta, y tu hermano tampoco.
Eso era algo de ella que me ponía muy nerviosa, como era capaz de contestar antes de que se le hiciera la pregunta, solo con las primeras palabras que no tenían
sentido sin el resto de la pregunta, tenía suficiente.
—Será mejor que la guardes bien y de paso que comiences a hacer la maleta que vuestros padres estarán aquí en unas horas —desvió otra vez la mirada hacia la
ventana, entonces fue cuando conseguí ver la pena que estaba sintiendo dejando caer una lagrima que se le deslizaba por la mejilla, y antes de que le llegara a la comisura
de los labios se la enjuago rápidamente con la mano.
Preferí no hacerle ninguna pregunta sobre lo que acababa de suceder, que no lograba entender, como sabía ella que el objeto que sostenía en mi mano era una llave
si llevaba la mano totalmente cerrada y no se me veía por ningún lado.
Decidí ir a hacer lo que me había dicho y dejarla sola. Nunca la había vista tan triste.
Aquel verano había pasado especialmente deprisa, ni siquiera me había dado cuenta que aquel día era el último, no me apetecía marcharme de allí. En compañía de
mi abuela me sentía tranquila, libre de responsabilidades y sinceramente querida, porque aunque sabía que mis padres nos querían a Joel y a mí, el trabajo de ambos en
los que estaban constantemente viajando, ya que mi madre era piloto y mi padre personal de vuelos internacionales, hacía que Joel y yo tuviéramos que estar todo el
año en un centro estudiantil mixto, lo que venía siendo el internado de toda la vida pero con palabras más suaves. Allí podíamos disponer de cualquier cosa con
excepción de libertad ya que no podíamos salir del inmenso recinto si no era con previa autorización. Además me sentía totalmente desubicada rodeada de aquella
cantidad de niños ricos. Por suerte tenía a mi hermano y el hecho de tener que cuidarlo me hacía sentir menos sola.
Cuando estaba en el centro, por lo menos los primeros años, lo pasé especialmente mal, tenía la sensación de que había algo en mí que me faltaba, eso hacía que me
sintiera vacía, con la necesidad de encontrar esa parte de mí. Pero esa sensación desapareció hacía un par de años y aún no entendía el por qué.
Al cabo de unas cuatro horas más o menos se oyó un coche que entraba por el camino de piedras.
Las maletas de mi hermano y mías ya estaban en la puerta de entrada. La abuela abrió la puerta antes de que llegara a sonar el timbre, mis padres entraron bastante
apresurados y cogieron nuestras maletas, no sabía por qué, pero siempre tenían mucha prisa.
Ella nos abrazó a los dos al mismo tiempo y comenzó a llorar sin que se la llegara a oír, nos dimos cuenta cuando sus lágrimas nos rozaron las mejillas. Fue una
despedida diferente a las otras y eso me hacía estar algo inquieta, pues sus despedidas siempre habían sido con una sonrisa. Metí la mano en el bolsillo de mis tejanos y
saqué un pequeño pañuelo de papel para que se secara las lágrimas e intenté consolarla.
—Abuela, no llores más, nos veremos muy pronto, el curso pasará rápido y enseguida volveremos. —Mientras intentaba consolarla, con el pañuelo, le sequé las
lágrimas y me lo guardé en el bolsillo.
—Guardad bien las cajas, no se las deis a nadie. Puede que ahora os parezca una tontería todo lo que os expliqué, pero creedme cuando os digo que serán muy
importantes en vuestras vidas —nos dijo a ambos con los ojos cristalinos por la inundación de lágrimas que no quería dejar salir.
—¿Se puede saber de qué narices estás hablando, mamá? —La voz de mi padre se oía especialmente grave, era evidente el enfado. Cuando se ponía así daba miedo
—. ¿No habrás estado haciendo lo de siempre? ¿No les habrás estado explicando historias de las tuyas? Sabes perfectamente que no queremos que lo hagas y esa era la
primera de las condiciones para dejarte a los niños durante el verano, pero por mucho que te lo digamos es imposible que nos hagas caso. — Su furia se había elevado
hasta tal punto que su cara había pasado del rosado al rojo y ahora comenzaba a ponerse morado, las venas del cuello se le estaban hinchado y si hubiera habido vecinos
cerca ya hubieran estado aquí por lo fuerza de sus gritos.
Jamás había entendido por qué la abuela le había permitido que le hablase de aquella manera, jamás la había oído a ella elevar en exceso la voz, aunque supiera
cómo lo había pasado mi padre de pequeño, no era motivo por el cual se enfadara de aquella manera.
Desde pequeño, mi padre había estado oyendo a mi abuela explicar historias fabulosas de un mundo fantástico lleno de seres increíbles. Por lo que tengo
entendido, mientras mi padre fue un crío no hubo ningún problema ya que a mi abuela le daba exactamente igual lo que la gente del pueblo pensara de ella, y era que
estaba felizmente loca. Pero llegó un día, cuando mi padre era adolescente que él se enfrentó a ella, harto y avergonzado de que todo el mundo o casi todo el mundo
creyera que estaba loca. Se sentía marginado ya que muchos de los chicos del pueblo le llamaban “el hijo de la loca”.
Aquel día creo que hubo algo de lo que probablemente se arrepintió pero creo que nunca llegó a rectificarse, le dijo muy furioso que probablemente aquel era el
motivo por el que se había marchado su padre, seguramente se había hartado de que la gente creyera que estaba loca y ella no hiciera nada por evitarlo.
Aquello que le dijo sobre el abuelo lo dijo por una suposición suya, ya que nunca lo había llegado a conocer y la abuela no le había explicado nada de lo que había
sucedido, cosa que avivó sus suposiciones porque si no, ¿por qué no le había explicado lo que había sucedido?
Desde aquel día la abuela dejó de explicar historias y fue entonces cuando la gente del pueblo comenzó a cambiar la actitud con ella. Pero a pesar de ello no
consiguió engañar a mi padre, sabía que a pesar de haber cambiado con respecto a lo de las historias, ella no dejaría de creerlas.
No sé el por qué, pero al comenzar a pasar nosotros las vacaciones de verano con ella, comenzó otra vez a explicar historias aunque esta vez eran un secreto entre
nosotros tres y sobre todo debía ser un secreto para nuestros padres. Pero aquel día y sin saber por qué nuestro secreto quedó medio descubierto.
Al final la abuela miró a mi padre a los ojos y le contestó especialmente seria.
—No les he explicado ninguna de mis historias, —enfatizó especialmente la palabra historias —lo único que he hecho ha sido regalarles a cada uno una caja muy
especial.
—¿Por qué son “muy especiales”? —Su tono era bastante picajoso, no acababa de creerse su explicación y por mucho que la abuela lo intentara no lo conseguiría,
él ya había sacado sus propias conclusiones y no habría manera de bajarlo del burro.
—Da lo mismo que lo preguntes con ese retintín, sé perfectamente que piensas que las cajas no tiene nada de especial. Hijo mío, te has convertido en una persona
muy transparente, y puede que a veces no te equivoques, pero esta vez sí lo haces. Esas cajas son más especiales de lo que jamás hubieras creído.
En aquel momento pensé que le explicaría todo lo que nos había dicho a nosotros sobre ellas, pero mi sorpresa fue mayor con lo que le dijo.
—Las cajas las hizo tu padre y fue el legado que dejó para sus nietos.
En aquel momento nos dejó a todos con la boca abierta y en especial a mi padre al que le había cambiado la cara de una manera indescriptible, tardó unos minutos
en volver a reaccionar y cuando lo hizo su pregunta fue obvia.
—Si eso es cierto, ¿por qué no me lo dijiste nunca? Y, ¿por qué se las has dado ahora y no el día en que nacieron? No soy capaz de entenderlo, incluso dudo que
sea cierto.
En aquel momento, la tensión que se había creado por algo que nos debería haber hecho felices a todos, se podía cortar con un cuchillo.
—Porque no eran para ti, por eso no te lo dije nunca, los niños debían tenerlas cuando fueran capaces de abrirlas. —Su voz sonaba suave pero firme.
—¿Te has dado cuenta que lo que acabas de decir es una gran tontería? Hace muchísimo que saben abrir cajas. —Mi padre continúo despotricando, y mientras él
lo hacía mi abuela le contestó.
—Así era como lo quiso tu padre y eso es lo que he hecho, no creo deberte ninguna explicación más. Si le debo alguna explicación del por qué ahora, es a ellos.
Mi abuela se giró y nos miró, pero ni mi hermano ni yo abrimos la boca aunque a mí me apetecía preguntarle muchas cosas sobre el abuelo, pero preferí no hacerlo
ya que no era el mejor momento, ya lo haría en otra ocasión.
—Creo que después de esto me debes algunas respuestas sobre mi padre, este tema ha permanecido demasiado tiempo en silencio. —Aquella situación se estaba
volviendo insostenible, su furia iba en aumento.
En aquel momento pareció que el tiempo se hubiera detenido. Todo el mundo permanecía inmóvil, solo el reloj de pared rompía aquel silencio. Fue entonces
cuando mi abuela se giró en dirección a las escaleras y comenzó a subir. A la mitad, más o menos se detuvo.
—Será mejor que os marchéis ya o perderéis el vuelo y sabéis perfectamente que los aviones no esperan a nadie.
Su tono, a pesar de que intentó camuflarlo con una pequeña broma, era de angustia y en algún momento se le llegó a quebrar.
Continuó subiendo las escaleras hasta que desapareció de nuestra vista, mi padre cogió las maletas y salió fuera en dirección al coche de alquiler y nosotros
salimos detrás de él.
Durante todo el camino hasta llegar al aeropuerto reinó el silencio más absoluto. No conseguí olvidar aquellos ojos llenos de lágrimas de mi abuela, era la primera
vez que la había visto llorar, era impensable para mí que nada pudiera afectarla hasta aquel punto. Si lo pensaba mejor, su tristeza podía deberse a algo más que al
enfado de mi padre por lo de las cajas o lo de mi abuelo. Durante todo el verano se había estado comportando de manera diferente, con una mirada especialmente
melancólica.
Ya en el aeropuerto y mientras esperábamos poder embarcar, la situación continuaba siendo la misma. El silencio continuaba reinando, incluso Joel permanecía
quieto y en silencio, era evidente que ver a la abuela en aquel estado le había afectado. Mientras miraba a mi padre con aquella cara de pocos amigos que se le ponía
cuando algo no le salía bien, tuve la gran necesidad de preguntarle un montón de cosas y cuando recopilé todo el valor de que disponía para enfrentarme a él, mi madre
me cogió de la mano apretándomela con suavidad y al mirarme movió la cabeza con gesto negativo, como siempre se me había adelantado antes de que hiciera algo que
no debía, aunque esta vez simplemente era porque no era el momento, todo eso sin tener necesidad de abrir la boca. Algo que caracterizaba a mi madre era su gran
prudencia, y que conocía perfectamente a mi padre. Así que, decidí posponer mis preguntas para otro momento más apropiado.
Unos minutos antes de embarcar parecía que a Joel se le hubiera olvidado todo lo que había sucedido y volvió a comportarse tal y como él era, moviéndose de un
lado a otro y riendo constantemente, eso pareció relajar un poco la tensión que había en el ambiente, pero solo lo pareció.
Capítulo II
Volvía a estar otra vez a las afueras de Olot, justo en la linde con los humedales de la moixina que se encontraba dentro del Parque Natural de la Garrotxa, allí se
encontraba mi escuela, un lugar en el que a pesar de estar lleno de gente, en muchas ocasiones me sentía sola.
Abrí la puerta del coche, delante de mí se encontraba la gran escalera de piedra que conducía a la entrada principal de la “casa” de las chicas. Al poner los pies en el
suelo fue cuando realmente me di cuenta de que las vacaciones se habían acabado y que debía regresar a la rutina, cosa que este año no me apetecía especialmente, tenía
la gran necesidad de regresar con la abuela, me sentía muy mal por haberla dejado de aquella manera.
Me quedé unos minutos de pie frente a la escalera y al lado del coche, sin poder reaccionar y pensando qué era lo que había pasado con mi abuelo y por qué la
abuela no quería hablar de él. Durante aquel pequeño espacio de tiempo, Patricia, mi madre, había salido del coche y se había acercado a mí.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te has quedado parada? —Su voz sonó especialmente dulce, me cogió de la cabeza y dándome un beso en la frente continuo. —Siempre
te alegras de volver a la escuela y hoy parece que sea tu primer día en ella, pareces muy asustada.
—No mamá, no estoy asustada por volver, si no que estoy preocupada por la abuela, no me gusta que papá se enfade con ella por tonterías, y además, estoy
realmente segura que la abuela está verdaderamente triste, que le está pasando algo y no nos lo ha querido decir, y lo sé porque durante todo el verano la he notado algo
cambiada. En muchos momento estaba ausente y sé perfectamente que eso no es normal en ella. —En aquel momento mis palabras hicieron cambiar la expresión de mi
madre, estaba desconcertada.
—¿Qué quieres decirme con esto? ¿Por qué crees que le pasa algo? ¿Es que ha estado enferma? —Sus preguntas comenzaba a reflejar verdadera preocupación.
Al darme cuenta de ello preferí quitarle hierro al asunto y evitar que ella también se preocupara por algo que ni yo sabía.
—¡No, no!, no te preocupes, son solo suposiciones mías y con lo que ha sucedido antes de irnos he hecho que mi mente comenzara a elucubrar demasiado, ya
sabes que me gusta que todo tenga cierto sentido. — Intenté ser lo suficientemente convincente para que no se preocupara.
Cogí las maletas que había dejado en el suelo a mi lado y me giré para despedirme de mi padre, al que le hice un gesto con la mano al que él contestó con otro. Me
agaché un poco para asomarme por la ventanilla y hablar con Joel.
—Joel, haz el favor de portarte bien hasta que nos veamos en la reunión de inicio de curso. —Le cogí la cabeza y le puse mis labios bien pegados a su oreja— no
olvides que no debes hablar sobre la caja que te dio la abuela con nadie — y le di un beso en aquella mejilla blandita y sonrosada.
Me giré, le di un beso a mi madre y antes de que ella pudiera decirme nada más cogí las maletas y comencé a subir aquella gran escalera de piedra. Oí como se
encendía el coche y se ponía en marcha, me giré para verlos marchar aunque sabía que no iban muy lejos, la “casa” de los chicos se encontraba a unos quinientos metros
más o menos. Mi hermano se había girado y se despedía desde la luna trasera.
Continué subiendo las escaleras y abrí la gran puerta de la entrada. Como si hubiera caído sobre mí una jauría de animales, me encontré en un segundo en el suelo y
al conseguir enfocar la vista sobre lo que había caído sobre mí pude ver que eran mis dos únicas amigas, ellas tan efusivas como siempre, dos hermanas gemelas, pero
gemelas de lo más parecidas.
—Hola Natalia, cuantas ganas teníamos de verte, nos hemos vuelto locas con los deberes de verano. —Me dijo Sara aún sofocada por la carrera que había
emprendido hasta derribarme.
—¿Qué deberes? —Me quedé algo sorprendida, no lograba acordarme de que nos hubieran mandado deberes para este verano.
Las dos se me quedaron mirando con una gran expresión de asombro por las palabras que habían salido de mi boca. Al instante lo recordé, no me podía creer que
lo hubiera olvidado y era evidente que ellas tampoco se lo podían creer.
—¿Se puede saber qué te pasa? ¿No me digas que se te ha olvidado? —Las preguntas de Sara eran muy normales, por ello no me asombré, pero antes de abrir la
boca para contestarle sonó el timbre que nos avisaba que debíamos dirigirnos al aula polivalente, y sabíamos perfectamente que no debíamos retrasarnos, así que,
dejamos las maletas en el recibidor y nos dirigimos rápidamente al aula, que más que un aula era un pequeño edificio.
Cuando llegamos, ya estaban la mayoría de los alumnos, incluido mi hermano, al que vi hablando muy contento con sus amigos. Nosotras tres nos sentamos en el
sitio de siempre, que era en la zona del medio ya que en las primeras filas se sentaban los que venían por primera vez a la escuela, fueran del curso que fueran, y en las
filas de atrás se ponían los niños y las niñas de “papá”.
Una vez estuvimos todos en el aula se cerraron las puertas, la intensidad de las luces bajó en el “gallinero”, mientras que iba subiendo en la zona del escenario que
era donde, en aquel momento, se encontraban todo el profesorado, y en el centro, detrás del atril la directora. Su aspecto era tan estirado como siempre, era una mujer
que no dejaba pasar ni una, parecía que supiera en todo momento, todo lo que sucedía en cualquier lugar.
En seguida dejó que su voz sonara por todo el aula y en un segundo se hizo el silencio.
—Silencio, vamos a dar comienzo la asamblea de inicio de curso, los alumnos que ya estuvieron aquí el año pasado, ya sabréis cual es el funcionamiento, así que,
rogaría que os mantuvierais en silencio para que los alumnos que comienzan por primera vez se puedan poner al tanto de todo…
La reunión fue como la de todos los años y por ello decidí no prestar la más mínima atención, pero aunque lo hubiera querido hacer me hubiera resultado bastante
difícil con Sara y Clara, una a cada lado. Sus cuchicheos eran incesantes y a pesar de no prestarles atención, me resultaba difícil no oírlas.
—¿Y tú que has hecho este verano? —La pregunta sonó en estéreo ya que me lo preguntaron las dos al mismo tiempo, una por cada oído, por suerte fue un
susurro. Al no contestar lo suficientemente rápido continuaron con su explosión de preguntas. —¿Qué es lo que te pasa? ¿Te ha pasado algo malo durante las
vacaciones?
—No, no, no os preocupéis. —Les susurré para que dejaran de agobiarme.
Había intentado esconder mi estado de ánimo pero por lo visto no lo hice muy bien, la verdad es que no era mi fuerte esconder lo que sentía.
—Eso no te lo crees ni tú, —me dijo Clara— te conocemos muy bien y es imposible con esa cara que traes, y además, no te has acordado de los deberes de
verano. Algo muy gordo te ha debido pasar en casa de tu abuela.
—La verdad es que me siento algo mal por la despedida que hemos tenido en casa de mi abuela —intenté que mi breve explicación fuera suficiente para calmar la
curiosidad de ambas, pero como todo en aquel día, no salió bien.
—Eso vas a tener que explicárnoslo con más detenimiento. —Sara demostró un gran interés por la explicación que les pudiera dar.
En aquel momento me di cuenta de que las dos parecían estar programadas para hablar alternativamente. En todos los años que llevábamos juntas, jamás me había
detenido a observarlas. Y como había predicho, Clara fue la siguiente en hablar.
—Tienes razón, explica, explica. —Su voz, aparte de ser suave, era evidente que estaba llena de curiosidad.
Antes de que pudiera abrir la boca para intentar apaciguar la curiosidad de ambas, la directora, más que molesta, mandó callar a la sala ya que poco a poco se iban
oyendo voces susurrando. Era evidente que, exceptuando a los del primer año, a ninguno nos apetecía oír el mismo discurso de todos los años.
En ese preciso instante un silencio sepulcral invadió el aula hasta que la directora continúo con su discurso. En él siempre nos explicaba las normas de convivencia
tanto en las casas como en las zonas comunes y en las aulas. Nos las explicaba una por una.
Después de aquello nos fue nombrando uno a uno para decirnos al grupo que pertenecíamos y el número de nuestro dormitorio, algo totalmente innecesario ya
que desde el primer día hasta que te graduabas, tanto el grupo como la habitación eran los mismos.
Cuando acabó con el dichoso discurso nos dio permiso para poder salir, pero antes de que nadie lo hiciera, ella continúo hablando.
—Antes de que os marchéis, saber los de primer año y recordar el resto, que debéis permanecer en vuestra habitación hasta que el tutor o tutora pase por ella y os
entreguen el horario de las clases y de otras actividades, así como el listado de los libros que podréis ir a buscar a administración, además os explicarán una serie de
cambios que se han incorporado este año, y ahora ya podéis marcharos.
Dicho esto, la directora se giró y se dirigió a la salida, seguida por el elenco de profesores.
Cuando se hubo marchado el profesorado al completo, hubo una especie de estampida aunque nosotras tres salimos con gran tranquilidad o más bien yo salí con
gran tranquilidad y Sara y Clara siguieron mi ritmo.
Mientras íbamos hacia la casa para coger nuestras cosas y poder llegar hasta nuestra habitación, hablamos de lo último que nos dijo la directora, esa parte en la que
se suponía que había habido cambios.
—¿Qué tipo de cambios serán a los que se referirá la Sra. Rósalin? —Clara estaba preocupada ya que no le gustaba nada los cambios.
Puede que fuera la única cosa en la que se diferenciaban las dos hermanas ya que a Sara le encantaban los cambios, las cosas no rutinarias.
—No te preocupes de eso, seguro que es una tontería, como muchas de las cosas que se le ocurre hacer, —le contestó Sara—, ¿tu qué crees que será? —Me
preguntó tan risueña como era natural en ella.
—Estoy segura que nos pedirán a las mayores o que llevemos mucho tiempo en el centro, o sea nosotras, que seamos guías o algo parecido de las chicas que han
comenzado este año y de esta manera se adapten mejor y así no tener ellos que tomarse la molestia de hacerlo. —Cuando mi boca se silenció me di cuenta que de ellas
habían salido palabras de las que yo no era del todo consciente, era como si otra persona hubiera hablado por mí y para desviar la atención de lo que había dicho
continué. —¡Ay! No me hagáis caso, la verdad es que no sé por qué he dicho eso, será porque tengo la cabeza en otro lado.
—La verdad es que has venido algo rara de tus vacaciones, has pasado de ser una chica seria y responsable, a ser una pasota que ni siquiera atiendes cuando
alguien habla, que no haces los deberes y a saber qué más. —Me dijo Clara sin dejar a un lado aquella sonrisa. —Pero no te preocupes, nosotras te querremos seas como
seas, ¿verdad Sara?
—Eso no hay ni qué dudarlo, ¿quién nos iba a aguantar a nosotras dos? — La respuesta de Sara fue tan seria que al final acabamos estallando todas en risas.
Las risas de las tres eran tan incontrolables que nos era imposible dar un solo paso. Cuando fuimos capaces de parar continuamos caminando hacia la habitación.
Al entrar al edificio dormitorio o lo que es lo mismo, nuestra casa, cogimos las maletas y sin fijarnos en quién podía haber a nuestro alrededor o si había alguna
novata despistada. Fuimos a nuestro dormitorio que se encontraba en el tercer piso, al final del pasillo. Al entrar en la habitación la encontramos exactamente igual que
cuando nos fuimos de vacaciones, aunque con algo más de polvo. Dejamos las maletas en el suelo de golpe y nos tiramos en las camas. La mía estaba debajo de la
ventana ya que me gusta que me toquen los rayos del sol cuando amanece. No sé si ellas estaban cansadas, pero yo estaba agotada, el avión, el coche, la reunión. No
había tenido demasiado tiempo para estar sola y poder pensar en lo sucedido aquel mismo día por la mañana. Creí que podría hacerlo en ese momento gracias al silencio
que se había creado, pero solo fue un espejismo ya que enseguida comenzaron a interrogarme por culpa de mi estado de ánimo.
—Bueno, ahora nos podrás explicar por qué estás tan rara, estás triste, despistada, pareces un alma en pena a pesar de que intentes ocultárselo a los demás
porque sabes que a nosotras no puedes, ¿qué ha pasado con tu abuela? ¿Te has peleado con ella? —La seriedad con que Sara me habló resultó muy chocante.
—No digas tonterías, —le chilló Clara sin que yo pudiera decir nada— sabes que su abuela es un cielo, la dulzura personificada, o no te acuerdas de la semana que
pasamos el verano pasado en su casa.
—Tranquilas, tranquilas, —las intenté tranquilizar— no me he peleado con ella ni nada por el estilo. Este verano ha sido algo diferente, creo que ahora me siento
más unida a ella.
—O te sientes o no te sientes más unida a ella. —Me interrumpió Clara.
—Me siento, me siento más unida a ella pero no me interrumpas más o las pocas fuerzas que tengo para explicar lo que queréis saber se esfumarán.
Les comencé a explicar muy por encima todo lo que me había ocurrido y lo que había hecho, y digo muy por encima porque intenté omitir la parte en la que la
abuela nos explicó cómo podíamos abrir las cajas, pensé que creerían que mi abuela estaba loca y yo también si la había creído, por eso solo les expliqué que nos había
regalado unas cajas muy especiales que por lo visto había hecho para nosotros nuestro abuelo al que no llegamos a conocer. Durante toda la explicación se mostraron, a
mi parecer, excesivamente atentas para como eran ellas, era como si hubieran quedado hipnotizadas escuchando una historia y vivían cada una de las palabras que salían
de mi boca. Poco a poco iba asustándome por el cambio que se estaba produciendo en sus caras pero aun así, seguí explicándoles lo sucedido aunque lo que más me
costó fue recordar la despedida. Cuando hube acabado las dos rompieron a llorar.
—¿Se puede saber por qué lloráis? —Estaba totalmente alucinada por su reacción.
—No lo sé, es que mientras lo estabas explicando era como si lo estuviera viviendo en mis propias carnes. —Contestó Sara.
—Eso es lo mismo que me ha pasado a mí. ¿Se puede saber en qué momento te has vuelto una narradora de esta magnitud, si hace dos días no te atrevías a salir a
la pizarra porque no te gusta hablar a pesar de ser la mejor de la clase? —Pude percibir el asombro de Clara en sus ojos.
—Tienes razón, ha sido como cuando lees un libro, el autor es bueno y hace que puedas vivirlo hasta tal punto que consigue meterte dentro de él. ¡Y mira que
para que eso me suceda a mí! —dijo Sara con aquel tono tan divertido pero visiblemente extrañada por lo que acababa de suceder.
—Sí, he de deciros la verdad, en ningún momento me he dado cuenta de estar haciendo lo que decís.
A pesar de extrañarme su actitud, fue muy relajante que no se pusieran a preguntarme cosas sobre las cajas, cómo podría explicarles como se abrían si ni yo misma
me lo acababa de creer. Sabía que había una manera de abrirla, ya que la abuela me lo había explicado y había visto a mi hermano hacerlo con la suya.
Antes de seguir hablando, alguien tocó a la puerta de la habitación y sin esperar respuesta por nuestra parte la persona que estaba al otro lado la abrió. Por ella
entró una de las profesoras.
—Hola chicas, ya sabéis que soy la Sra. Casanova, y durante este año seré vuestra tutora. Aquí os traigo toda la documentación donde están las normas, que
evidentemente ya conoceréis, el horario de las clases y una serie de datos sobre las clases. En una hora se servirá la cena, procurad ser puntuales porque si no os
quedareis sin cenar y ya sabéis que a las diez se prohíbe salir del edificio dormitorio. —Hizo una breve pausa para continuar unos segundos más tarde—. Como ha
dicho antes la directora, ha habido una serie de modificaciones (mientras decía esto buscaba algo en una carpeta que tenía en las manos) y lo principal es que a partir de
este año cada alumna del último curso será orientadora o tutora, como le queráis llamar, de una alumna de primer año, sea del curso que sea.
Las chicas y yo misma nos quedamos alucinadas al darnos cuenta que era lo mismo que yo había dicho durante la asamblea. Nos miramos y rápidamente miramos
a la Sra. Nova, que era como todos la solíamos llamar y por lo visto no le molestaba, ella nos miró a las tres sin entender el porqué de nuestras caras.
—Bueno, como veo que estáis algo distraídas os dejo todos los papeles y será mejor que lo miréis bien porque ahí tenéis los nombre de vuestras tutoradas y el
número de sus habitaciones, donde deberéis ir a buscarlas mañana a primera hora. —Al fijarse en nuestras caras de poca aceptación sobre la nueva norma nos echó una
especie de reprimenda—, podéis dar gracias de que solo tengáis una cada una y no dos como el resto de vuestras compañeras.
—¿Y eso por qué, profesora? —Le preguntó Sara.
—Por pura suerte, vosotras erais las últimas para asignaros alumnas y solo quedaban tres, ni más ni menos.
»Sé que todo esto os pueda parecer una tontería, que cuando comenzasteis vosotras no tuvisteis tutora y os las arreglasteis perfectamente, pero ha sido una
decisión del consejo escolar y toca hacerlo. Bueno, con esto ya he acabado, mañana nos veremos en clase.
Se cerró la puerta detrás de la profesora y la habitación permaneció en silencio durante unos segundos, como si hubiera pasado un ángel, como suele decirse.
—Será mejor que nos pongamos ahora en marcha y así mañana no perderemos tanto tiempo. De esta manera, mientras antes comencemos, antes podremos acabar.
—Les dije para intentar evitar explicar que era lo que había sucedido con mi abuela.
—Pero de qué estás hablando, ¿no ves que seremos tutoras durante todo el curso? —Las palabras de Clara dejaban ver que se estaba comenzando a agobiar con
esto de ser tutora—. La verdad es que no me gusta nada tener que enseñar a nadie, bastante esfuerzo hago ya con tener que estudiar, que bastante me cuesta.
—Que no te enteras, lo que tienes que hacer es guiarla en referencia al centro y sus normas, no hacerle de profesora. La verdad es que a veces dudo que seamos
hermanas.
—Pues peor me lo pones, si me pierdo hasta con un plano en las manos.
Todas comenzamos a reír vivamente y eso hizo que me relajara de una vez por todas. Por suerte dejé de ser su centro de atención.
Comenzamos a deshacer las maletas, aún me sorprendía la cantidad de maletas que podían tener. Sabía desde el primer día que ellas eran de las más ricas pero solo
me acordaba cuando veía la inmensa cantidad de ropa que tenían, ya que por el resto no se parecían en nada a las otras “niñas ricas”, ellas se relacionaban con todo el
mundo, sin mirar la cantidad de dinero que tuviera su familia, cosa que no hacían las otras.
De repente comenzamos a oír un clic clic en la ventana, como si algo estuviera golpeándola de una manera impaciente. Sara y Clara se miraron y acto seguido les
brotó una inmensa sonrisa. Sabían perfectamente qué significaba aquel ruido, y yo mejor que nadie, lo había oído bastante los últimos dos años y aun así cada vez que lo
oía mi corazón daba un vuelco a pesar de no entender cómo era posible.
Me acerqué a la ventana y allí estaba, con aquellos ojos color almendra, grandes y brillantes clavándose en los míos, al instante pude apreciar cómo sus carnosos
labios se movían dejando a la vista una fila de dientes perfectamente colocados que brillaban como perlas a la luz de la luna, su piel de color bronce adquirió un brillo
especial y el viento que soplaba suavemente hacía que su pelo negro como el azabache y locamente peinado se le alborotaba si aún más podía.
Recuerdo que nadie sabía de donde había salido ni quién era su familia, solo había una cosa de lo que todos estaban seguros, que era realmente inaccesible, incluso a
veces a los profesores les resultaba difícil contar con que prestara atención durante las clases, pero con una sola mirada conseguía esquivar cualquier regañina.
Absolutamente todas las chicas de la escuela estaban locas por él, desde la más joven hasta la más mayor, pero solo me permitió a mí acceder a él, aunque aún no
sé el por qué. Fue a mitad del segundo curso cuando estábamos en clase de matemáticas, que a pesar de lo que todos pensaban de mí por mis notas, estaba resultando
verdaderamente agobiante. En aquel momento se abrió la puerta y apareció el director que se dirigió de inmediato hacia el profesor y le cuchicheó algo al oído, bajé la
cabeza, no estaba lo suficiente aburrida como para intentar adivinar de qué estaban hablando. De repente un silencio sepulcral se hizo en la clase y eso sí llamó mi
atención, fue entonces cuando levanté la cabeza y los comencé a mirar a todos, algo les había dejado absolutamente asombrados, bueno más bien los chicos tenían esa
cara, porque las chicas parecían habérseles iluminado la cara como si de repente hubiera entrado una gran cantidad de luz. Al girarme lo vi allí, plantado delante de la
puerta y mirándome fijamente. Mantuve la mirada fija en sus ojos, me resultó totalmente imposible desviarla. En aquel momento en el que noté cómo comenzaba a
sonrojarme, el profesor le habló.
—Allí tiene un asiento libre. —Al girarse para mirar al profesor mientras le hablaba fue el momento en el que pude apartar la mirada de él, aunque no llegué a ver a
qué asiento se refería. Al momento noté como una suave brisa me rozó y se detuvo detrás de mí cuello, eso hizo que me girase para ver que era y al hacerlo lo vi allí
sentado, mirándome de tal manera que me hizo estremecer y mi corazón se desbocara como una manada se caballos salvajes haciendo que mi respiración se acelerase y
entrecortara, pero aun así me fue totalmente imposible apartar mis ojos de los suyos.
—Hola, me llamo Jan —esas fueran las primeras palabras que oí salir de su boca, junto con una enorme sonrisa que se dibujó en sus labios.
—Ho… ho… la… —Fue lo único que logré pronunciar a duras penas antes de girarme.
—Yo te he dicho mi nombre, ¿podría saber el tuyo?
—Lo siento, me llamo Natalia. —Le contesté tan bajo que creí que no lo había podido oír.
—Encantado de conocerte Natalia, es un verdadero honor.
De dónde había salido aquel chico que hablaba de aquella manera tan cortés, era algo que los chicos de su edad no hacían ni para ligar y menos en aquella escuela en
que la mayoría se lo tenían tan creído porque eran guapos, ricos y no necesitaban ni abrir la boca.
Sonó el timbre que indicaba que la clase había terminado y por fin era hora de comer, en aquel momento y antes de poder levantarme de la silla noté como una
mano se posaba en mi hombro, al girarme lo vi con aquella sonrisa que desbocaba todo mi ser, pero antes de que pudiera decir nada, una avalancha de chicas llegó hasta
él haciendo que apartara su mano de mi hombro.
Salí de la clase y me fui hacia el comedor lo más deprisa que pude.
—Natalia quieres hacer el favor de aflojar el paso, ni que hubieras visto un fantasma. —Me gritó Clara desde la puerta de la clase.
—No, a un fantasma no pero a un chico que está tremendo sí. Si no te gusta tenerlo detrás te cambio el sitio, no me importa, me sacrifico por ti —dijo Sara
soltando una risita burlona.
—No es eso, bueno sí, no, no, no lo es. —No conseguía centrar mis pensamientos.
—Chica, ni que fuera el primer chico guapo que has visto en tu vida.
—No es eso Clara, es que tengo tanta hambre que no logro centrarme.
—Si tú lo dices —contestó Clara y entonces continuamos caminando hacia el comedor.
Ya estábamos sentadas en la mesa del comedor, pero aún no conseguía tener la mente centrada, solo podía ver la imagen de Jan, sentía una gran necesidad de volver
a verlo, que locura de sensación.
Sin que ninguna de las tres nos diéramos cuenta, Jan se encontraba sentado a mi lado con sus labios extremadamente cerca de mi oído, podía sentir su aliento cálido
atravesar cada uno de los poros de mi piel hasta llegar a mi corazón y hacer que este se volviera a desbocar.
—Me gustaría poder verte esta noche si me lo permites, —me susurró siendo inaudible para la gente que estaba a nuestro alrededor.
Después de aquello no fui capaz de articular palabra aunque me moría de ganas de decirle que sí, que no había ningún problema pero no fue necesario responder
porque rápidamente Jan continuó hablando.
—Me tomo tú silencio como un sí, así que, esta noche te iré a buscar.
Sin decir nada más salió disparado en el mismo momento en que aparecían las chicas que se le habían echado encima en clase. No pude evitar quedarme perpleja
mirando a Sara y Clara, todo había pasado tan rápido que no había tenido aún tiempo para digerirlo.
—¿Se puede saber qué es lo que ha pasado? De repente el nuevo estaba sentado a tú lado y al segundo se había ido, se ha acercado tanto a ti que he creído que te
iba a decir algo.
—La verdad es que yo he pensado lo mismo —dijo Clara apoyando el pensamiento de su hermana.
Durante un segundo se hizo un silencio sin saber qué decirles, aún estaba petrificada por lo que había sucedido.
—La verdad es que sí ha hablado. —Conseguí decirles.
—¿Se puede saber que te ha dicho?
—Y también el cómo, porque ha sido un visto y no visto y si he de decir la verdad, no he visto moverse sus labios, te lo puedo asegurar porque era lo único que
era capaz de mirar —Sara era increíblemente alocada.
—Me ha pedido que nos veamos esta noche. —Solo decirlo hizo que me ruborizara.
—Me parece que estás comenzando a tener alucinaciones, —me dijo Clara con un tono algo sarcástico—, será mejor que comas algo o al final comenzarás a ver
visiones.
—Puede que tengas razón. —Solo le dije eso para intentar zanjar el tema pero sabía perfectamente lo que había oído.
Aquella noche fue la primera en que alrededor de la media noche se oía el “clic” repetitivo en la ventana. Como era de prever estábamos todas dormidas pero aquel
ruidito hizo que nos despertáramos y al mirar por la ventana allí estaba, plantado debajo de la ventana con sus ojos clavados en los míos. Mientras lo miraba, una
sonrisa involuntaria surgió de mis labios al ver los suyos sonreírme. Comencé a notar cómo la sangre me subía hasta posarse en mis mejillas. Mientras, oía las voces de
Sara y Clara.
—¡No es posible, era verdad!
—Pero, ¿se puede saber desde cuando lo conoces?
—No lo conozco pero ahora mismo iré para saber qué es lo que quiere de mí.
—Sí, sí, seguro que es eso lo que quieres hacer, o más bien quieres lo de todas las otras y lanzarte a su cuello. —Me dijo Sara con una enorme sonrisa dibujada en
su cara.—
No seas tonta. —Le dije desde la puerta mientras la cerraba tras de mí.
Con toda la cautela de la que fui capaz bajé las tres plantas hasta la puerta principal y todo sin encender ni una sola luz para no llamar la atención, aunque eso
hizo que me llevara algún que otro golpe.
Al abrir la puerta estaba allí, sentado en las escaleras, pero no se giró para mirar. Durante unos segundos estuve pensando si estaba bien lo que iba a hacer, no lo
conocía de nada, ¿y si era un maniaco asesino? Pero mi cuerpo comenzó a moverse sin que pudiera detenerlo hasta llegar donde él estaba sentado y en un abrir y cerrar
de ojos se levantó.
—¿Quieres que demos un paseo o prefieres que nos quedemos aquí?
Sin llegar a contestarle mis pies se pusieron en marcha y él me siguió. Nos pasamos unas cuantas horas hablando y caminado o mejor dicho, él preguntaba y yo
contestaba.
A medida que nos íbamos conociendo las preguntas y respuestas pasaron a ser conversaciones sobre temas triviales pero resultaba muy agradable estar con él.
Nadie excepto Sara y Clara sabían nada sobre nuestros encuentros nocturnos, y durante el día él procuraba no acercarse demasiado a mí, aún no entiendo por qué
pero tampoco sentía la necesidad de preguntárselo. Se habían iniciado rumores sobre nosotros pero ninguno confirmado, pero lo que más engordaban aquellos rumores
eran las miradas del uno al otro y las sonrisas que me dedicaba y que producían en mí que las mejillas se enrojecieran, aunque lo que hacía que me pusiera como un
tomate y notara como una corriente recorría todo mi cuerpo era la costumbre que había cogido cuando entrábamos en clase y nos sentábamos, Jan procuraba siempre
estar detrás y cuando dejaba caer su impresionante cuerpo sobre la silla dejaba salir de su boca un soplo de aire caliente que rozaba mi piel y me hacía estremecer, eso
siempre le hacía reír dando lugar a que la clase entera se nos quedara mirando.
Después de dos años de juegos diurnos por su parte hacia mí, el resto de las chicas cesaron en el intento de ligárselo aunque de todas maneras Jan no les prestaba
la más mínima atención, con excepción de a los profesores y porque no tenía más remedio.
El curso había comenzado y la primera noche ya estaba aquí, pero el “clic” en la ventana se estaba oyendo antes de tiempo, por ello nos quedamos sorprendidas.
Me acerqué a la ventana por la costumbre pero sabía perfectamente que era él, era Jan. Sin llegar a mirar por la ventana, ocupada por las chicas, salí corriendo de la
habitación sin mirar hacia ningún lado para asegurarme que no me vieran. La pena que sentía por lo sucedido con mi familia me tenía desconcentrada y al abrir la puerta
y encontrármelo de pie y mirándome hizo que me frenara en seco ya que siempre lo había visto sentado, pero después de unos segundos de paralización salí corriendo
hacia él que había extendido sus brazos hacia mí. Mi cuerpo impactó fuertemente contra el suyo, entonces cerró los brazos y me apretó con fuerza. Jamás había estado
tan cerca de él. Como mucho, aquellos contactos casuales que Jan provocaba porque le gustaba que me ruborizara, me confesó un día. Fue como si supiera que lo
necesitaba, que realmente era a él a quien quería tener a mi lado.
—Llora si lo necesitas.
Solo sentir las palabras que salieron de sus labios las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin conseguir detenerlas. Mientras estaba entre sus brazos comencé
a sentir como se abrían las ventanas de la casa y empecé a oír el murmullo de las voces de mis compañeras, pero no lograba entender que era lo que estaban diciendo.
Incrusté la cabeza en su pecho con más fuerza y como quién coge una pluma me cogió en sus brazos alzándome con ligereza del suelo, apretándome contra él, salió
disparado hacia el pequeño lago que había en el recinto, era donde solíamos ir ya que sabíamos que allí no nos molestaría el guardia de la noche ya que era demasiado
vago como para ir hasta allí, y además estábamos fuera de la vista de los demás. Mientras me llevaba en brazos oía como su corazón latía con gran fuerza pero a un
ritmo muy tranquilo, como si en vez de estar corriendo conmigo en sus brazos, estuviera caminando con toda tranquilidad.
Al llegar al lugar donde solíamos ir, que era el más escondido aunque implicaba saltarse algunas normas por estar fuera de los límites del centro y dentro de los
humedales, Jan me colocó en un pequeño claro entre unos juncos enormes que lo sobrepasaban y eso implicaba una gran altura pues él media algo más de metro ochenta,
y desde donde se podían observar a la perfección la enorme luna y las brillantes estrellas. Me dejó con suavidad en el suelo pero nó intento zafarse de mis brazos. El
silencio duró unos segundos pero a mí me pareció una eternidad, me acarició dulcemente el pelo y después me habló.
—No te preocupes por nada, sea lo que sea yo siempre estaré aquí para ti, sobre todo si ha sido por culpa de uno de esos niñatos “pijos”, así tendría la excusa
perfecta para repartir un poco de leña.
Mis lágrimas se detuvieron al instante y entonces levanté la cabeza para poderlo mirar a la cara.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Y tanto, les tengo ganas desde que te conozco. No tienes ni idea de las cosas que piensan de ti. Soy un chico, se cómo funcionan sus mentes y reconozco sus
miradas. No me gusta que piensen eso de ti. —Su voz sonó muy dura en aquel momento.
—¿Tú también has tenido esos pensamientos sobre mí?
En aquel momento vi como sus ojos se abrían mostrando perplejidad ante mí pregunta y gracias a la luna que brillaba con intensidad pude ver como sus mejillas
comenzaban a sonrojarse. Era la primera vez que veía su cara con aquel rojo intenso.
—¡¡¡NOOOOO!!!. —Negó con gran energía. Era evidente que le había puesto muy nervioso. Con esto consiguió que comenzara a reír y se me olvidara cualquier
otra cosa.
—Era solo una broma, lo habías dicho tan serio…
Antes de poder acabar de decir nada más, Jan puso un dedo en mis labios para hacerme callar.
—Y lo decía en serio, pero si quieres hablar del tema que te produce este dolor no tengo ningún inconveniente, pero me pareció mucho más divertida la idea de
sacarles esas ideas de la cabeza.
—No debes preocuparte por ellos, lo que piensen me la trae al fresco.
—¿Desde cuando hablas de esa manera? —Era evidente que estaba muy sorprendido por mis últimas palabras.
—Desde que me has insinuado lo que piensan de mí. —Solté una pequeña risotada viendo lo nervioso que se estaba poniendo. Era un estado en el que no lo había
visto nunca.
—Será mejor que te lleve de vuelta o comenzarán a hablar de lo que ha pasado y nos acabarán viniendo a buscar.
—No seas tonto, estoy segura que antes de perdernos de vista han comenzado, pero esta vez se creerán que los rumores son ciertos.
—¿De qué rumores estás hablando? —Me sorprendió su pregunta.
—¿Cómo que de que rumores estoy hablando? ¿No eres tú el que sabe lo que piensan los demás? Además, han sido las cosas que me haces, ya sabes lo que te
gusta ponerme como un tomate.
—¿Y que tiene eso que ver? —Su voz sonaba cada vez más seria y me estaba comenzando a preocupar.
—Pues que todo el mundo cree que somos pareja y con lo que acaban de ver les quedará totalmente confirmado. —Su actitud hizo que me comenzara a sentir
insegura de lo que estaba sintiendo.
—Eso no me importa, tú y yo sabemos que somos buenos amigos. —Sus palabras salieron de su boca mientras la expresión de su cara iba cambiando, pasó de
estar avergonzado a mostrar una gran dureza demostrando que no le importaba absolutamente.
—Pero…
—Será mejor que volvamos.
Me agarró la mano y comenzó a arrastrarme ya que mi cuerpo no era capaz de reaccionar a sus palabras, entonces comencé a ser consciente de la frialdad con la
que las había dicho, era como si hubiera clavado un puñal en mi corazón. ¿Me había estado engañando durante todo aquel tiempo o me había creado una película en la
acababa de salir la palabra FIN? ¿Por qué quería pegar a todos los chicos por lo que pensaban de mí con aquella rabia si solo éramos amigos?
Durante todo el camino mi cabeza no dejaba de realizar preguntas mientras lo miraba y veía que su expresión se iba endureciendo. Sin darme cuenta me había
llevado hasta la puerta trasera de mi casa.
—¿Qué demonios hacemos aquí? —Me resultó bastante incómodo hablarle de aquella manera, pero estaba muy molesta por lo que me había dicho en el lago.
No dijo ni una palabra, lo único que hizo fue abrirme la puerta e indicarme que entrara. Cuando atravesé la puerta y me giré para recriminarle la actitud que estaba
teniendo vi que ya no estaba allí, habían pasado solo unos segundos y él había desaparecido. No sé por qué me extrañaba si era algo que solía hacer habitualmente, pero
aquella noche no me gustó que lo hiciera.
Por suerte no había nadie mientras subía las escaleras porque no me apetecía tener que inventarme alguna excusa sobre aquella marcha tan comprometida con Jan,
aunque tenía que comenzar a pensarla ya que sabía que al día siguiente comenzaría el interrogatorio a cada paso que diera, poniéndome entre la espada y la pared.
Al entrar di un portazo al no poder controlar la rabia que sentía dentro de mí. De inmediato me arrepentí, seguro que había despertado a mis compañeras pero
cuando encendí la luz las encontré a las dos sentadas en mi cama, con los ojos abiertos como platos, irradiando una necesidad increíble de preguntar en sus caras, pero
antes de que pudieran abrir la boca preferí adelantarme.
—Sé que tenéis ganas de información pero esta noche no.
Parecía que hubieran visto un fantasma ya que sus caras eran de auténtico asombro. Sin abrir la boca se levantaron de mi cama y cada una se recostó en la suya.
¿Era tal mi cara que las había dejado sin palabras? ¿Tanto podía asustar en aquel momento? Tal vez por eso se debía a que Jan no abriera la boca cuando me dejó en la
puerta y se marchó, para no tener que enfrentarse a mí.
Como un hábito adquirido por los años comencé a desvestirme y ponerme el pijama sin ser consciente de que lo estaba haciendo. Me dirigí al lavabo para lavarme
los dientes mientras en mi cabeza no paraba de rebobinarse y volver a empezar lo sucedido aquella noche, era como una película que necesitas ver una y otra vez porque
no la acabas de entender.
Estaba realmente agotada después de lo vivido aquella noche, tardé muy poco en quedarme dormida.
Fue la luz del sol lo que me despertó aquel día, al mirar a mi alrededor vi como Sara y Clara iban de un lado a otro preparándose para ir a clase. Me senté en la
cama y entonces fue cuando se frenaron de golpe y ambas se me quedaron mirando.
—Lo siento chicas. —Fue lo único que les pude decir y entonces noté como si un soplo de aire fresco hubiera entrado en la habitación y se hubiera llevado toda la
tensión que había creado yo.
—Déjate de tonterías y date prisa o llegaremos tarde.
La verdad es que no debía de haberme sorprendido por la reacción de ambas, eran fantásticas.
Al mirar el reloj vi que eran casi las nueve y realmente íbamos a llegar tarde. Fui lo más deprisa que pude pero me sentía agotada, por suerte solo tenía que
vestirme pues ya me habían preparado la bolsa con los libros de ese día, que habían ido a buscar a administración.
Salimos de la habitación echando humo por los zapatos. No podía creer que pudiéramos correr a aquella velocidad, bueno ellas corrían mientras a mí me
arrastraban cogiéndome cada una de un brazo.
Llegamos hasta la clase y por suerte aún no habían comenzado.
—No hay manera, siempre llegáis por los pelos, en una de estas no os

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