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Libro PDF El sabor de tus heridas Dreaming Spires 3 – Victoria Álvarez

El sabor de tus heridas Dreaming Spires 3 - Victoria Álvarez

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de su padre.
—¿Seguro que también estará
esperándonos hoy? ¿No se habrá ido con
otras niñas?
—Nunca lo haría —contestó él en voz
baja—. No podría querer a ninguna tanto
como te quiere a ti. Hasta ahora no ha
faltado nunca a nuestra cita, por mucho
frío que hiciera.
Su hija no pareció creerle del todo.
De hecho, su expresión no se relajó
hasta que dejaron atrás los cipreses y se
adentraron en la hierba crujiente,
deteniéndose ante una sencilla lápida
que se erguía cerca de la iglesia.
Entonces, como si le aliviara comprobar
que seguía allí, la niña soltó la mano de
su padre para ponerse en cuclillas ante
la tumba.
Como a casi todas las demás, las
lluvias torrenciales de aquel último
otoño la habían cubierto con una capa de
verdín. La escarcha se había acumulado
dentro de las letras cinceladas,
haciéndolas resaltar como azúcar
glaseado sobre una tarta gris.
—«Co… con…» —empezó a
deletrear la niña, pero era demasiado
pequeña para seguir.
—«Consagrada a la memoria de
Ailish Saunders» —leyó su padre por
ella—. «Muerta el 2 de julio de 1905 a
los veinte años de edad.» —Y, al decir
esto, la voz pareció abandonarle.
—La tía Lily todavía no quiere
enseñarme los números —comentó la
pequeña—. Dice que antes tengo que
conocer todas las letras. Pero yo quiero
aprender a leerlo todo ya, y saber qué
pone en estas piedras. —Alargó un dedo
hacia la lápida—. ¿Qué dice ahí abajo?
—«Su pérdida fue como la de la
clave de un arco» —concluyó el hombre
a media voz.
Durante los siguientes minutos
guardaron silencio. Unos grajos
cruzaron el cielo sobre sus cabezas,
rozando los cipreses con las alas y
atrayendo la atención de la niña hasta
que desaparecieron detrás de la torre de
la iglesia. Cuando volvió la cabeza se
dio cuenta de que su padre se había
acercado a la lápida para depositar ante
ella unas flores.
Eran crisantemos, tan blancos que
costaba distinguirlos sobre la hierba
escarchada. Los había comprado de
camino al cementerio, pero por alguna
razón no parecían agradar a su hija.
—¿Estás seguro de que a mamá le
parece bien que le traigas esas flores?
—preguntó.
—Supongo que sí —contestó él,
aunque de repente parecía dubitativo—.
Nunca se las regalé cuando aún estaba
viva, pero le gustaban todas las flores,
así que imagino que…
—Creo que ella habría preferido algo
con más color —aseguró la niña—.
Cuando vino a vivir a esta ciudad
contigo nunca compraba flores blancas.
Le recordaban a las que dejó en la
tumba de la abuela antes de irse de su
isla, y eso la hacía ponerse muy triste.
Entonces una idea pareció cruzar por
su dorada cabeza mientras se
incorporaba tan rápidamente que casi
resbaló sobre la escarcha. Agarró la
mano de su padre, sin reparar en lo
rígido que se había puesto al oírla, y tiró
de él para que la siguiera hasta el
sendero.
—¿Por qué no vamos a comprarle un
ramo rosa? ¿No le haría mucha más
ilusión?
—Espera un momento —contestó él,
soltando poco a poco su mano—. Yo
nunca te he hablado del entierro de la
abuela. ¿Quién te ha contado esa historia
de las flores blancas?
Su tono de voz sorprendió tanto a la
pequeña que esta se detuvo. Lo miró con
la misma confusión que si le hubiera
preguntado por qué sabía que su bufanda
era de color azul.
—No lo ha hecho nadie, pero lo
recuerdo. Como todo lo que tiene que
ver con mamá.
Aquellas palabras, pronunciadas en el
tono más inocente del mundo, parecieron
agarrotar el semblante del hombre.
«Mamá lleva más de cuatro años
enterrada en este lugar», estuvo tentado
de decir. «Mamá murió a la vez que tú
nacías. ¡Es imposible que recuerdes
algo así!» Durante unos segundos ambos
se miraron en silencio, de pie en el
sendero desolado, hasta que la niña,
impaciente, regresó para agarrar de
nuevo la mano de su padre.
—Hace mucho frío, papá. ¿Vamos
mejor a tomar un chocolate caliente
antes de volver a casa?
Lo único que pudo hacer él fue asentir
como un autómata y, mientras caminaban
hacia la salida, dejarse enredar por su
alegre parloteo para evitar seguir
pensando en lo que acababa de oír…,
porque comprendía demasiado bien lo
que ocurría, como lo había comprendido
cuando su pequeña abrió los ojos por
primera vez. Cuatro años y medio era
muy poco tiempo para acostumbrarse a
convivir con un duelo que él sabía
eterno. Antes había creído que nada
podría causarle más dolor que perder a
su otra mitad, pero por desgracia se
equivocaba: verla cada día encerrada en
un cuerpo ajeno era una tortura mucho
peor.

I
Reencuentros
y desencuentros
1
Faltaban tres días para la Navidad de
1909 y la niebla se había apoderado de
París como si quisiera retenerlo para
siempre en su abrazo. Lejos de las
boutiques abarrotadas de los distritos
comerciales y de los elegantes bulevares
inundados de luz, la isla de Saint-Louis
se erguía en medio del Sena como un
monstruo demasiado cansado para
seguir remontando la corriente. La
bruma que se levantaba del río aquella
noche desdibujaba los contornos de las
casas y convertía la catedral en una
masa oscura e informe; lo único que
podía distinguirse de ella eran las agujas
de piedra con las que trataba de alcanzar
el cielo. «Tan cerca, y a la vez tan
lejos», reflexionó Konstantin
Dragomirásky, de pie ante uno de los
ventanales del piso que siempre solía
alquilar cuando visitaba la ciudad. En la
última hora apenas se había movido, y si
alguno de los vecinos hubiera mirado
hacia su despacho, probablemente lo
habría confundido con una gárgola más.
«Nunca dejarán de fascinarme los
esfuerzos que hacen los hombres por
acercarse a la divinidad. Alguien
debería explicarles que lo más sensato
que podrían hacer sería huir de las cosas
eternas.»
Hacía rato que las brasseries de la
isla habían cerrado sus puertas y las
calles estaban prácticamente desiertas.
Un movimiento al pie del edificio atrajo
de repente la atención del joven: un
vehículo acababa de desembocar en la
isla de Saint-Louis a través del pequeño
puente metálico que la comunicaba con
la de la Cité, y, después de girar a la
derecha, se había detenido delante del
inmueble. Konstantin siguió sin moverse
al reconocer la mano que asió la del
cochero cuando este acudió a abrir la
puerta y la inconfundible silueta
envuelta en un abrigo de pieles
plateadas que surgió de su interior.
La vio abrirse camino entre la niebla
hasta el portal de la casa, sosteniendo en
una mano una pequeña bolsa de papel.
Los ojos del joven se clavaron entonces
en el reflejo que le devolvían los
cristales empañados del despacho. Su
mirada era serena, demasiado serena,
teniendo en cuenta lo que se disponía a
hacer; sus facciones pálidas y su cabello
casi albino lo hacían relucir como una
aparición en medio de la noche. Medio
minuto más tarde alguien llamó con los
nudillos a la puerta, y Konstantin le dio
permiso para entrar.
—Alteza. —Era un hombre

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