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Libro PDF El samurai de Sevilla – John J. Healey

El samurai de Sevilla – John J. Healey

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En el que un juramento es
prestado
y una espada recibida
Para aquellos que lucharon para él y
aquellos que probaron su espada, el
primer señor y fundador de Sendai, Date
Masamune, era conocido como
Dokuganrya, el dragón de un solo ojo.
En batalla vestía armadura negra y en su
casco ostentaba una lámina de oro
recortada en forma de luna creciente.
Cuando su hermana Mizuki cumplió
dieciséis años, se casó con un guerrero
de buena cuna que luchaba al lado de su
hermano. A los dieciocho, ya era una
viuda sin hijos. Con veintiuno se
convirtió en la amante del consejero jefe
de su hermano, Katakura Kojuro, y
concibió un hijo. Cuando el niño nació,
pidió a su hermano que buscara un
nombre para él, y Date Masamune le
llamó Shiro. Al igual que su abuelo
paterno —un monje convertido en
samurái—, el niño nació con seis dedos
en su mano derecha. Era un augurio de
buena suerte y una codiciada ventaja
para el manejo de la espada.
Katakura Kojuro vivía con su
esposa y familia dentro de las
propiedades del castillo de Shiroishi,
que el propio Date Masamune le había
otorgado. Después del nacimiento de
Shiro, Kojuro fue reconvenido por su
esposa por procrear tan ilustre bastardo
y obligado a ver menos a Mizuki,
arrojando así una sombra sobre el
corazón de la madre. Ella crio al niño
con Date Masamune y la mujer e hijos
de este, dentro del recinto del aún más
grande castillo de Sendai. Mizuki era
alta y esbelta, y Shiro creció alto y
hermoso.
En su decimotercer año el chico se
convirtió en samurái y el señor le
convocó a su jardín privado. Shiro
nunca había estado allí. Los guijarros
del jardín estaban perfectamente
rastrillados y flotaba una fragancia a
pino y cedro mojado. Encontró a Date
Masamune arrodillado sobre una ancha
tarima oscura, tan lustrosa que uno podía
ver en ella su propio reflejo. En uno de
los laterales había paneles de papel con
los bordes pintados de un rojo vivo.
—Tu madre es mi única hermana
—declaró el señor—, pero este castillo
y mi nombre deben pasar a mis hijos.
Ella no está desposada con tu padre, y
su castillo y su nombre deberán ir a los
hijos que él tiene con su esposa legítima.
Shiro trató de no mirar la cicatriz
donde debía estar el ojo izquierdo del
señor. Arrancado en una batalla, su
párpado había sido cerrado y cosido
muchos años atrás y con el tiempo se
había suavizado hasta semejar una
veteada estrella.
—Pero la sangre de mi padre corre
por tus venas —continuó el señor—, y
también la mía, y me has jurado lealtad
en este día, y en adelante seguirás la
Senda del Guerrero. Dime que sabes que
todo esto es cierto.
Estaban arrodillados el uno junto al
otro frente a una roca en la que el musgo
crecía por sus hendiduras. La roca
descansaba contra un árbol de Akamatsu
apenas desarrollado.
—Sé que todo esto es cierto, mi
señor. Cuando Date Masamune volvió a
hablar, mantuvo su único ojo clavado en
la roca, sin mirar una sola vez al chico,
y en cuanto terminó, el joven supo que
era el momento de levantarse y salir de
allí.
—No obstante, eres un príncipe —
razonó—, y serás como un hijo para mí,
dondequiera que vayas yo también
estaré contigo y, si alguna vez alguien te
desprecia, será como si estuviera
despreciando a mi persona. Pues
mientras vivas una vida de guerrero, tú y
tus descendientes nunca careceréis de
nada. Detrás de mí está la espada que
llevé en la batalla de Odawara. Mi
nombre y escudo de armas están
grabados en ella, ahora es tuya.
Masamune bajó la cabeza. Shiro se
levantó, hizo una inclinación y tomó la
espada levantándola a la altura de su
cabeza antes de retirarse sujetándola
delante de él. Cuando pasó por delante
de los centinelas, estos se inclinaron
porque habían escuchado lo que su
señoría había dicho. Masamune
permaneció durante media hora
observando la corteza del árbol y el
húmedo terreno donde la roca se fundía
con la tierra.
II
En el que una amante es
revelada
María Luisa Benavides Fernández de
Córdoba y de la Cerda era descendiente
directa de Isabel de la Cerda y Bernardo
Bearne, conde de Medinaceli. Los
padres de la niña, ambos sevillanos, con
un palacio en el centro de la ciudad y
numerosas haciendas, eran de sangre
real y su linaje se retrotraía hasta el
reinado de Alfonso el Sabio.
Ignorando las vigorosas protestas
del sacerdote de la familia, el padre de
María Luisa, Rodrigo, hizo que la niña
fuera bautizada en las fétidas aguas del
río Guadalquivir. Su madre, doña
Inmaculada Guzmán de la Cerda,
divertida por el excéntrico gesto de su
esposo, comenzó a llamar a la niña
«Guada». Eso originó cierta confusión
cuando la niña cumplió doce años y
vivió durante una época en la corte de
Felipe III en Madrid. Allí pasó mucho
tiempo con su prima Guadalupe Medina.
Guadalupe, que detestaba la abreviatura
de «Lupe», insistía en que también se la
llamara Guada, obligando así a los
cortesanos a dirigirse a las jóvenes
damas por sus nombres completos. Pero
a sus espaldas María Luisa era conocida
como Guada la Hermosa.
El otro hijo de Rodrigo, llamado
igual que su padre, desarrolló desde
muy temprano una clara preferencia por
los chicos. Las palizas regulares y una
amante que su padre le pagó resultaron
inútiles. Cuando el heredero fue
admitido en la Iglesia, la continuidad de
la familia recayó sobre Guada, pues
doña Inmaculada se negó a tener más
hijos.
Poco después del décimo quinto
cumpleaños de Guada, fue anunciado su
compromiso con un primo lejano, el
duque de Denia, cuyo patrimonio
multiplicaría por tres las ya
considerables propiedades de la familia.
Ella consideraba al elegido, un joven
llamado Julián dos años mayor que ella,
guapo y refinado. Le dijo a su madre que
su prometido poseía «una disposición
poética». Caminando por los senderos
del jardín a la sombra de los castaños
detrás del monasterio de San Jerónimo
en Madrid, paseando por la rosaleda en
la finca de su tía abuela, La Moratalla,
cerca de Palma del Río, o sentados a la
sombra en la playa de Sanlúcar de
Barrameda vigilados por sus respectivas
carabinas, los dos jóvenes descubrieron
que compartían un mismo sentido del
humor y una cierta visión escéptica de la
religión, el honor y la familia.
Un día la joven empezó a
preguntarse por la cuestión de tener
hijos y expresó su preocupación a su
madre.
—Sé lo que sucede —explicó
Guada—. He visto a los perros en los
muros del Alcázar y a nuestros propios
caballos en el establo, y he visto a mi
hermano bañándose y me he examinado
a mí misma detenidamente.
—Entonces, ¿qué más puedo
decirte, niña?
Se encontraban en los aposentos de
su madre en la finca familiar a las
afueras de la ciudad de Carmona. Desde
donde estaban sentadas podían ver los
ondulados campos de trigo nuevo tan
vastos que cuando Guada entornaba los
ojos se convertían en un mar de color
verde. De pie, detrás de doña
Inmaculada, estaba la doncella mora,
oriunda del otro lado del Estrecho,
encargada de peinar su cabello cada
mañana y que apenas hablaba castellano.
—Sé lo que sucede —repitió
Guada—, pero no sé cómo sucede, los
pasos necesarios. Cómo se produce.
—Bajo los ojos de Dios —contestó
su madre, inclinando la cabeza hacia
delante con cada pasada del peine de
marfil—. El cuerpo es sabio. No hay
nada que aprender. Tal vez sea molesto,
como sucede con otras funciones
corporales, pero es algo natural.
—¿Es molesto?
—No si tu marido es amable y
gentil. —¿Y padre no fue gentil?
—Las mujeres de nuestra condición
no disfrutan con ello, niña. Aunque las
de clase más baja son conocidas por lo
contrario.
—No ha contestado a mi pregunta.
—Tu padre es muchas cosas, pero
la gentileza no está entre ellas. Yo era
tan joven como tú y sabía mucho menos.
Tu padre estaba nervioso y, a pesar de
toda su cháchara, no tenía experiencia.
Él se dejaba guiar por la pasión de su
deseo, y yo, por la pasión de la
obediencia.
—¿Y continuó siendo así?
—Nunca hablamos de ello. Y
desde que tú naciste no hemos vuelto a
compartir lecho. Como ya sabemos, tu
padre busca esa clase de compañía en
otra parte.
Guada dejó la reunión más confusa
que aliviada. Esperaba que su madre la
hubiera animado, apaciguando sus
temores con ese gracejo andaluz por el
que era conocida. En su lugar, sus
normalmente relegadas raíces norteñas
se habían impuesto y encrespado como
acero castellano.
Una vez de regreso a Sevilla, doña
Inmaculada recibió la visita de su
anciana tía doña Soledad Medina y
Pérez de Guzmán de la Cerda, quien
traía con ella el regalo de ciertos
rumores que sumieron a ambas mujeres
en un estado de gran agitación. A la
mañana siguiente, Inmaculada fue en
busca de su marido nada más salir de
misa, antes de la comida del mediodía, y
un día antes de que él partiera de viaje a
Madrid. Le encontró en su estudio
disfrutando de una copa de manzanilla.
—Debo hablaros sobre un tema que
no admite dilación —comenzó,
mirándole directamente a los ojos.
—Os ruego que continuéis —la
animó don Rodrigo, medio escuchándola
y medio esperando encontrar alguna
queja por alguna cuestión doméstica o
cualquier otra preocupación de su
esposa sobre alguna nueva aflicción
física, imaginaria o real. La obsesión
que ella había alimentado desde que
dejaron de mantener relaciones carnales,
hablando interminablemente de
enfermedades y dolencias, le aburría.
Mientras ella hablaba, él contemplaba
distraído el anillo de oro del dedo
corazón de su mano derecha
embellecido con su escudo de armas.
—¿Qué pensáis de don Julián? —
preguntó Inmaculada, tomándole por
sorpresa.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos —repuso
ella, sorprendiéndole aún más.
—¿Por qué?
—Me han contado que tiene una
amante. El joven de diecisiete años tiene
una amante que le dobla la edad y que
no es otra que su propia tía.
—¿Qué tía? —preguntó, apartando
la vista del anillo como si se despidiera
de su felicidad. Pues la intuición le
había proporcionado instantáneamente la
respuesta. Bajó la vista a las grandes
baldosas de terracota del suelo,
manchadas por una quemadura que le
trajo a la memoria recuerdos de Sicilia.
—Marta Vélez —contestó.
—Eso no puede ser —repuso él
sabiendo que era posible.
—Esa fue exactamente mi reacción,
pero Soledad asegura que es cierto.
—Sinceramente, lo dudo.
—Los dos hijos de Marta están
muertos. El bruto de su esposo continúa
lejos, ocupado con sus cacerías en
Asturias. Ella aún es atractiva. Julián es
apuesto. Y ella solo es medio tía desde
el punto de vista de consanguinidad

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