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Libro PDF El secreto del Anticristo Fabio Sorrentino

El secreto del Anticristo  Fabio Sorrentino

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última parte del olivar, a unos dos estadios de
donde habían embocado el sendero, y solo
entonces el liberto comprendió el motivo de tanta
premura en las palabras del patrono. El
empedrado abandonaba la espesura para
adentrarse en una doble sucesión de jardines
floridos, divididos por columnas de setos y
cipreses, y terminaba su recorrido delante de una
villa enorme que lucía un largo frontispicio de
columnas con paredes recubiertas de frescos. En el
fondo, a poco más de medio estadio, los rayos del
sol posmeridiano danzaban sobre un tapiz turquesa
con miles de reflejos esmeralda.
«Una residencia digna de un augusto», así la
había definido Epafrodito al darle el codicilo en el
que había anotado el itinerario de Albanus. Tras
observar el edificio, el hombre supo que había
llegado a su destino, de modo que tiró de las
riendas de la carreta y envió a uno de los antiguos
gladiadores que lo escoltaban a anunciarle su
llegada al guardián de la villa. Mientras los demás
guardaespaldas desmontaban de sus caballos para
estirar las piernas después de tantas horas de
viaje, el liberto levantó ligeramente la tela que
cubría la carga que estaba transportando, cogió un
pequeño odre y bebió un par de sorbos de vino
tinto. La luz se coló por debajo de la tela y el
hombre echó un vistazo al objeto principal de
aquella extraña comisión: un refinado bajorrelieve
de mármol de Carrara, obra del escultor más
destacado de la Urbe.
Volvió a recordar la tarde del día anterior,
cuando, bajo la mirada atenta de Epafrodito,
colocó esmeradamente toda la carga en la carreta.
«Ten cuidado —le había avisado el patrono
mientras intentaba hacer sitio para la losa
marmórea entre las quince ánforas de Falerno, las
ocho cajas de finísimo lino y los dos cofres
repletos de piedras preciosas—, esta obra y la
urna que la acompaña son especialmente valiosas.
Si les pasara algo antes de la entrega, habrás de
responder por ellas personalmente».
Instintivamente, el hombre llevó las manos a las
correas de cuero de la urna cilíndrica que llevaba
colgada a la espalda y siguió escrutando en
silencio el suntuoso ingreso de aquella villa
admirable tanto por su arquitectura como por sus
dimensiones. ¿Qué matrona romana gozaba de una
estirpe tan noble como para merecer las atenciones
y los obsequios del procurador augusto más
importante, el liberto Epafrodito? ¿Y qué
exorbitantes riquezas debía de poseer aquella
mujer para poder pasar sus días de ocio en aquella
especie de palacio real?
Un agudo silbido se difundió desde la última
línea de aguileñas que asomaba sobre el
rectángulo herboso que se abría ante las columnas
laterales del gran portón del tímpano. Los hombres
que estaban esperando alrededor de la carreta se
volvieron hacia la entrada y vieron que el antiguo
reciario les estaba haciendo señales para que
avanzaran. Junto a él, cuatro jóvenes nubios y un
viejo encanecido esperaban la llegada del grupo.
Dos esclavos africanos cogieron a los caballos,
acalorados por el viaje, y se los llevaron a una
pequeña construcción que quedaba detrás del ala
izquierda de la villa, al tiempo que los demás
comenzaban a descargar la carreta de los dones
enviados para la matrona siguiendo las órdenes
del anciano servidor. Una joven bien vestida y de
rasgos agradables recibió al liberto y a su escolta
cuando ambos hubieron cruzado el doble atrio de
la villa y los condujo por un largo corredor que,
flanqueando un magnífico tablinum, desembocaba
en el pórtico de un peristilo. El lujo y la
magnificencia que se intuían desde el exterior de
la residencia se confirmaron ampliamente por lo
que el liberto pudo admirar mientras pasaban
desde el atrio hasta la sala en la que lo estaba
esperando la misteriosa matrona de la villa. La
maestría de las pinturas de las paredes, con sus
juegos de luces y perspectiva, enfatizaba la
suntuosidad de las salas y galerías repletas de
objetos decorativos y estucos, y después de cada
corredor, una nueva serie de salas se disponían
alrededor de un pequeño patio ajardinado o
viridarium, dejando con la boca abierta a los
huéspedes que contemplaban la larga sucesión de
salas, con sus decoraciones y colores. A través de
un peristilo rectangular, la joven embocó una
pérgola de mampostería cubierta de acianos que
recorría el límite izquierdo del jardín. Al final del
trayecto se detuvo a cuatro pasos de un sutil
cortinaje rojo que protegía la entrada a un vano
oculto, una especie de pequeño triclinio
reservado.
—Esperad aquí —les dijo a los hombres que la
seguían, y como una sombra se eclipsó tras el
color del cortinaje.
El intercambio de palabras en el interior fue
rápido y, a los pocos instantes, una suave voz
femenina le ordenó a la esclava que hiciera pasar
tan solo al liberto anunciado por el ostiario.
—Tú puedes entrar —confirmó la joven nada
más salir del espacio reservado—. Vosotros, venid
conmigo. La señora os invita a probar las termas
de la villa mientras esperáis a que se terminen los
preparativos de la cena.
Cuando el liberto alzó la mirada hacia el fondo
de la estancia, el estupor lo dejó sin respiración.
Ante él, reclinada sobre un costado en un largo
triclinio, la imagen de una divinidad femenina le
sonreía con picardía sujetando una copa de oro en
la mano derecha. Por un instante, el hombre creyó
que se le estaba nublando la vista, tal vez por
culpa del cansancio del viaje o por el calor que lo
había oprimido desde Tarracina hasta Oplontis. O
a lo mejor se había quedado dormido y estaba
soñando. En cualquier caso, aquella visión no
podía ser real.
Un impalpable vestido de color marfil, orlado y
bordado con pequeños hilos dorados, cubría el
cuerpo de la mujer, que lucía unos vistosos
cálceos blancos con colgantes en los tobillos. El
cabello color miel resaltaba un rostro fresco y
luminoso, al tiempo que los labios carnosos
quedaban sabiamente embellecidos por una sutil
capa de polvo bermejo. Unas caderas sinuosas, un
pecho aún floreciente y exuberante y una mirada
enigmática cargada de sensualidad conferían a
aquella figura esbelta un esplendor deslumbrante.
Tiempo atrás su belleza había competido con la de
Agripina y Mesalina, así como su astucia y fama
de manipuladora de hombres. Era elegante, tan
maravillosa como una Venus marina, y era la
poderosa, y última, augusta que Roma recordaba.
—Ave, domina —saludó con voz incierta el
liberto. Un halo de incomodidad le empalidecía el
rostro, volviéndolo aún más lúcido bajo los
cálidos rayos del sol que se filtraban desde el
techo a través de los tragaluces cuadrados.
La mujer asintió esbozando una sonrisa. Sin
hablar, le indicó el triclinio de su derecha. Con un
gesto agraciado rellenó una segunda copa de
hidromiel helado y se la tendió a su invitado. El
liberto avanzó hacia ella y con aire desconcertado
aceptó la copa que le ofrecía. Los ojos rapaces de
la mujer estudiaron sus movimientos hasta que
llegó al borde del lecho. No se reclinó, sino que
en señal de respeto se limitó a sentarse.
—¿Cómo te llamas? —pronunció con tono
suave la mujer. La diadema de esmeraldas que le
recogía el cabello sobre la frente le daba el
aspecto de una reina.
—Octavio —balbuceó el hombre, que después
carraspeó y repitió—: Me llamo Octavio.
—¿Sabes cómo me llamo yo, Octavio?
El hombre se demoró un instante antes de
contestar. Solo la había visto un par de veces
durante las ceremonias públicas, pero estaba
seguro de que era la mujer que estrechaba el brazo
del difunto emperador.
—Creo que sí, domina —respondió mientras
observaba sus dedos largos y afilados alrededor
de la copa—. Aunque creía que vos…
—Probablemente te encontrabas entre la
multitud que seguía mi féretro —se adelantó a
decir la augusta—. Dicen que toda Roma fue a mi
funeral. Y me han asegurado que todos lloraban.
De alegría, obviamente.
El liberto guardó silencio y se limitó a dar el
primer sorbo de hidromiel. O sea, que no se había
equivocado. Se encontraba realmente en presencia
de la famosa Popea Sabina. La musa que inspiró
todas las infamias de Nerón, su delicia y su cruz.
En resumen, la mujer más deseada, temida y
odiada de todo el imperio.
—Yo no. No estaba —murmuró Octavio, como
queriendo excluirse de la masa de detractores que
había festejado aquel día.
Con la mano libre, la augusta levantó del bajo
trípode que tenía ante ella una bandeja de plata
colma de higos negros confitados en miel y se los
ofreció a su huésped. El liberto cogió uno y
degustó su infinita dulzura.
—Hace tiempo que espero un mensaje de
Epafrodito —confesó Popea, al tiempo que
estiraba los pliegues del vestido que le ceñía la
grácil cintura como una segunda piel—. Supongo
que esa urna es para mí.
Octavio ya ni se acordaba del peso de la caja
que llevaba colgada a la espalda. Siguiendo las
órdenes de su patrono, no se había separado ni un
instante de aquel objeto y el pergamino que
contenía.
Con un rápido movimiento se quitó las correas
de cuero que llevaba cruzadas delante del pecho y
dejó la urna sobre el triclinio de la mujer.
—Perdonadme, domina. Ha sido un viaje
sofocante y sin ningún descanso.
Las encantadoras manos de la augusta se
acercaron con insólita avidez al cilindro de cuero
rígido y exploraron su interior antes de sacar un
ancho rollo de pergamino. Las espiguillas de la
cinta con la que estaba atado seguían cerradas con
sus lacres. El liberto debía de ser un colaborador
honesto y fiel. Inclinándose ligeramente a favor de
la luz, Popea rompió los lacres del rollo y
comenzó a leer las palabras que había escrito el
hombre de confianza del príncipe, el que hasta
hacía un mes había sido su procurador particular.
Durante los cinco minutos en los que reinó el
silencio en la habitación, Octavio aprovechó para
reflexionar sobre la absurda situación que estaba
viviendo.
Como el rey de los actores que creía ser, Nerón
había reunido a todo el pueblo de Roma ante la
pira funeraria de la augusta. Con una recitación
digna del famoso Roscio Comoedo, el emperador
había ostentado toda su naturaleza histriónica
dispensando una desgarradora laudatio funebris
cargada de lágrimas y sollozos, y los súbditos
habían aplaudido conmovidos frente al pálido
cadáver de una esclava desconocida. De ahí que el
día del funeral, tres años antes, el rostro y el
cuerpo de la desafortunada esposa se hubieran
cubierto con un largo paño de lino. Pero ¿cuántas
personas sabían la verdad? Al recorrer el interior
de aquella desmesurada residencia, Octavio había
observado los pasillos del sector oriental y en
algunos de ellos había notado que estaban
haciéndose obras. En más de una esquina había
visto pilas de ladrillos y sacos de cal amontonados
de mala manera, y algunos frescos de la entrada de
ciertas salas estaban resquebrajados debido a las
grietas de las paredes, seguramente a causa de la
violencia de los últimos terremotos que había
sufrido la región de Campania. Sin embargo, no
había visto a ningún obrero trabajando, como
tampoco se había cruzado con el enjambre de
esclavos que solían ocuparse de una mujer de su
rango. Además, la mujer había querido recibirlo a
solas, después de despachar a su escolta de modo
que la mirada de los antiguos gladiadores no
pudiera cruzarse con la de ella. El liberto dedujo
que no podían ser muchos los que estuvieran al
corriente del secreto y que él había gozado de tal
privilegio al presentarse en nombre del que le
había encomendado aquella entrega.
No fue más que un instante, el tiempo de un
respiro.
La idea lo estremeció por dentro, rápida e
incendiaria como un rayo que arrasa una densa
foresta de robles: pocos meses antes del funeral,
algunos exponentes de la corte habían dejado que
se filtrara la noticia de que probablemente la
augusta se encontraba encinta. La plebe había
hecho todo tipo de conjeturas y muchos habían
supuesto que pudiera tratarse de adulterio. Quizá
Nerón había tramado el plan para evitar el exilio
de su amada, o tal vez había querido salvar a la
criatura de la furia del pueblo. En el preciso
instante en que Octavio calculaba el presunto valor
de su descubrimiento, Popea cerró
apresuradamente el rollo que tenía en la mano y lo
atravesó con una torva mirada, como si acabara de
leerle el pensamiento.
—Epafrodito debe de depositar una gran
confianza en ti —reflexionó, mientras sus ojos
verdes escrutaban la expresión del liberto con tal
intensidad que indujo a su huésped a bajar la
mirada.
—Fue mi señor durante años —admitió
Octavio—, y siempre me trató con benevolencia.
Los labios de la augusta se entrecerraron en una
sonrisa. Acto seguido, la mujer se le acercó y le
rozó delicadamente con los dedos el brazo
izquierdo.
—¿Y yo? ¿Crees que puedo contar con tu
discreción?
Un agradable hálito de aire esparcía su abrazo
vigorizador por el jardín del centro de la villa,
llevándose consigo el canto de las cigarras.
Escondida en la penumbra que producían los
oscilla, Popea se apoyó en una de las columnas
toscanas del peristilo y observó con mirada vacía
el gran disco opalescente de la luna.
Una sombra se deslizó por el halo de luz que se
extendía a sus pies y una mano atenta le tendió una
vasija humeante. Sin volverse, la augusta se liberó
del velo que le había cubierto el rostro durante
todo el banquete y comenzó a saborear su infusión
de malva.
—Los nubios están sacando los dos últimos
cuerpos de la sala —susurró la esclava—. En
cuanto terminen los cargarán en la carreta con los
demás e irán a enterrarlos al olivar.
Popea se mantuvo inmóvil, con la mirada
embelesada por la sugestiva palidez del globo
lunar.—
A lo mejor debería haberme quitado el velo
—musitó—, en el fondo tenían derecho a saber por
qué motivo estaban muriendo.
La vasija pasó a las manos de la esclava y el
aroma dulzón de la malva se esfumó con una
bocanada de viento. En un abrir y cerrar de ojos,
la aprensión endureció sus rasgos divinos.
—¿Él cómo está?
—Le he dado dos hasta arriba —contestó la
esclava mostrándole el recipiente de terracota— y
el calor de la frente ha comenzado a disminuir.
Julio ha sudado mucho, es buena señal. Esta noche
velaré a su lado y mañana le daré un cocimiento de
laurel.
La augusta suspiró, mientras volvía a contar
mentalmente los días que habían transcurrido
desde que se manifestó la enfermedad: el castigo
de Júpiter por mano de Febris duraba ya dos
semanas.
—Mañana irás a Pompeya a buscar a un buen
médico. Y si esta noche se queja mucho, no dudes
en llamarme.
La joven asintió y juntas abandonaron el
pórtico para regresar al interior de la casa. En la
gran sala del banquete, los que un tiempo fueron
sus porteadores imperiales ya se habían llevado
los cadáveres de los huéspedes y habían terminado
de limpiar la mezcla de sangre y humores
vomitados por las víctimas, efecto del potente
concentrado de acónito que una de las siervas
había disuelto durante la cena en el mulsum de
Maronea. Entre los pliegues de los cojines del
triclinio en el que había recibido al liberto, la
augusta encontró el colgante de su cadena. Octavio
se la había arrancado cuando, en el ímpetu de las
convulsiones, intentó vencer desesperadamente la
asfixia llevándose las manos a la garganta. Popea
recogió el colgante y con aire pensativo lo
observó entre los últimos reflejos rosados de las
lámparas de aceite.
—¿Has trasladado la escultura? —preguntó
mientras reflexionaba sobre las palabras que
contenía el pergamino de Epafrodito.
—Está en el tablinum, domina. Tal y como
ordenasteis. Es una obra formidable.
Al oír aquellas palabras, la mirada de Popea
bajó rápidamente al aro que le adornaba el anular
derecho. El último recuerdo marchito del amor de
Nerón.
—Es mucho más que eso —murmuró sibilina
dándole vueltas al anillo alrededor del dedo—. Y
quiero que se coloque en el centro del fresco más
bello de la sala.
CAPÍTULO 1
Torre Annunziata, 10 de marzo
Cuando el ingeniero malossi por fin logró cruzar
lo que quedaba del descampado que se extendía
desde la cancela de la entrada, la claridad
blancuzca del alba ya comenzaba a contrastar
débilmente con la fosca neblina que se extendía
dondequiera que alcanzase la mirada. Aumentando
el flujo de oxígeno en el interior de la máscara, el
jefe de los bomberos les hizo una señal a sus
hombres para que formaran un cordón horizontal y
cruzó con ellos la nube de cenizas, avanzando
hacia el patio de la vieja fábrica militar. En los
primeros cinco metros, sus ojos no vieron más que
los flancos de sus compañeros sumidos en un gris
crepuscular, hasta que la vista logró adquirir
mayor profundidad y el lugar del foco se mostró
despiadado y lúgubre, como las ruinas de un
tornado inmerso en un escenario lunar.
El apocalipsis de fuego se había desatado
durante horas sobre el zafiro del cielo nocturno. Su
maciza columna de humo negro se alzó como una
tempestad de polvo hacia lo alto para después caer
expandida sobre sí misma, alargando el frente de
acción y engullendo en su cortina sofocante el
perfil de las casas que se hallaban a pocos metros
del litoral. El infierno de llamas martirizó sin
cesar la centenaria estructura de la fábrica y un ala
interna se desplomó desastrosamente ante las
embestidas de su inaudita ferocidad, acompañada
por dos estruendos tremendos. Las primeras
lenguas rojas surgieron a raíz de un rayo que cayó
sobre el sector que tiempo atrás había albergado
las fraguas, la más añosa y malparada de las áreas
que constituían la Real Fábrica de Armas. El
temporal había sido intenso pero breve, como si
solo se hubiera producido para descargar una
maldición sobre aquella restringida zona de la
ciudad, dejando que un viento fuerte e irreducible
perpetrara su nefasto trabajo. Empujadas por las
ráfagas, las lenguas de fuego lamieron la espesura
de plataneros que protegía la sala borbónica —el
ala izquierda de la antigua fábrica, cuyos espacios
internos se habían reconvertido en el Real Museo
Militar— y desde allí calcinaron las paredes de la
antigua estructura, demoliendo la resistencia y
expandiéndose como el aceite hacia el complejo
aún activo que daba a Piazza Morrone. Las
llamadas de emergencia de los ciudadanos no
comenzaron hasta que el fuego se había hecho bien
visible más allá del muro perimetral de la fábrica,
poco antes de las dos aterradoras explosiones que
sembraron el pánico entre los habitantes del
vecindario. A los pocos minutos, las centralitas de
los bomberos se colapsaron y la sala operativa
envió a diez equipos con sus respectivos camiones
para intentar una intervención rápida y tajante.
Tras los avisos a los números de emergencia,
cuatro unidades de los carabinieri rodearon la
zona del incendio para facilitar las operaciones de
extinción y algunas camionetas de Protección Civil
se sumaron a las fuerzas del orden, ofreciendo su
apoyo en las operaciones de evacuación de las
viviendas adyacentes. En primer lugar, los
bomberos ordenaron la interrupción del suministro
de gas a toda la zona afectada, puesto que el doble
estallido apuntaba a una deflagración en los
conductos. A continuación comenzó la larga
batalla contra las llamas, un duelo desigual y a
muerte que duró ocho larguísimas horas.
La voz cavernosa del responsable del centro
operativo municipal borbotó profunda a través del
dispositivo fónico de las máscaras de oxígeno de
los bomberos.
—Estamos listos. Esperamos la señal.
Antes de contestar, Malossi deslizó la pantalla
de la Panorama Nova de izquierda a derecha y
encuadró a los seis jefes de grupo que, en
disposición radial, se ocupaban de la búsqueda de
fuegos silentes. Todos confirmaban el canal verde.
—Avanzad, Sergio, pero no olvidéis los
respiradores.
Los hombres de Protección Civil avanzaron
lentamente a través del humo y en un par de
minutos llegaron hasta la zona que vigilaban los
bomberos.
—Un desastre —murmuró Sergio Fortes en
cuanto llegó hasta donde lo esperaba el ingeniero
—. Aquí nos van a dar las tantas.
Malossi y el jefe del centro operativo
agruparon a los presentes en ocho equipos de tres
hombres y dictaron las instrucciones a fin de
efectuar una primera estimación de los daños
sufridos en el complejo industrial.
El estado de las zonas traseras de la oficina de
demolición no dejaba lugar a la esperanza: de la
amplia área cuadrada de vegetación que
caracterizaba al Real Museo no quedaban más que
unos trozos de troncos ennegrecidos aún candentes
y la espléndida sala borbónica había quedado
reducida a escombros.
La estructura de la fábrica original de la antigua
fragua estaba completamente devastada, con los
muros perimetrales negros como la pez y
agrietados por unas brechas impresionantes en
varios puntos, mientras que el armazón metálico
que recordaba la zona en la que un día se
encontraba el polvorín se había convertido en una
especie de grotesca escultura futurista, deformado
de un modo inverosímil por la potencia destructora
del fuego. Los puntos en que la estructura aún
parecía tenerse en pie eran realmente escasos y, en
cualquier caso, todavía había que tener en cuenta
el elevado riesgo de derrumbamiento. En conjunto,
el fuego había arrasado el alma de la fábrica,
destruyendo para siempre el aspecto ya
modificado de la gloriosa instalación productiva
de la época regia.
Había pasado una hora y media desde el inicio
de las operaciones y el jefe del cuerpo de
bomberos estaba a punto de dar por concluidas las
penosas operaciones de inspección cuando un
ruido metálico anticipó el timbre fatigado de uno
de los hombres de Fortes que estaban explorando
los edificios adyacentes a la Real Fábrica de
Armas.
—Hemos hallado el origen de las explosiones
—reveló la voz del joven—. Nuestras hipótesis
eran correctas, señor Fortes. Hay una grieta de
seis metros de profundidad a la altura del número
311 de Via Vittorio Veneto.
—Aislad la zona hasta nuevo aviso —ordenó el
jefe del centro operativo—. Vamos a enviar
inmediatamente un informe al administrador de la
red de distribución y al responsable de la oficina
técnica del municipio.
—Sería conveniente que viniera usted a echar
una ojeada, señor.
—Soy Malossi —intervino el jefe del cuerpo
de bomberos—, ¿cuál es el problema? —dijo al
percibir un murmullo confuso en el dispositivo
fónico de su máscara.
—Buenos días, ingeniero. A unos tres metros
del nivel de los conductos se entrevé una abertura
arqueada. Parece excavada en una de las paredes
de la grieta.
—¿Y qué?
—Bueno, aquí mi colega insiste en que debe de
tratarse de algo antiguo. Por lo poco que se ve con
las linternas, la superficie inferior de la bóveda
parece bien definida y de color rojizo, como si
fuera de ladrillo. —Las palabras opus latericium
reverberaron débilmente por el interfono, como el
eco de una voz lejana al transmisor.
La comunicación quedó suspendida unos
segundos, justo el tiempo que necesitó Malossi
para reproducir una instantánea mental de todo el
vecindario desde lo alto.
—Está bien, chicos —concluyó—, vamos para
allá. Si estáis en lo cierto, tendremos que llamar al
extranjero de la Superintendencia de Bienes
Culturales.
TRES AÑOS DESPUÉS
Torre Annunziata, 21 de junio
Los potentes faros del Golf GTI 2000 fustigaron
la penumbra que envolvía Via Parini a última hora
de la tarde y apuntaron hacia la izquierda cerca del
cruce de Via Vittorio Veneto. El vehículo embocó
sin frenar un ensanche de cemento transformado en
estacionamiento abusivo y aparcó marcha atrás
sobre la acera, al lado del cierre metálico de una
pescadería. Después de apagar la radio, William
abrió la puerta y se bajó del coche, tras asegurarse
de que el Punto que estaba detrás de él tuviera
espacio suficiente para salir. Inclinando el símbolo
Volkswagen que hacía las veces de manilla, el
arqueólogo abrió el portaequipajes y sacó un viejo
macuto. Desenganchó las correas con calma y
comprobó los objetos que había guardado en su
interior. Tenía todo lo que necesitaba, o al menos
eso era lo que esperaba. Volvió a cerrarlo y se lo
colgó en bandolera. Cerró el maletero, echó los
pestillos y se encaminó hacia el tramo acordonado
de Via Vittorio Veneto, a unos cien metros del
cruce. Ráfagas de siroco azotaban una tarde cálida
e insólitamente tranquila. El tremendo bochorno
que había caracterizado aquel día se había
prolongado hasta tarde, cuando empezó a soplar el
voluble viento del distante sureste. A lo lejos,
infinitos jirones de nubes salpicaban por todas
partes la capa azul persa del cielo, anunciando un
buen chubasco matutino. Una vez más, William se
sintió instado a perseguir su objetivo. Caminando
hacia la entrada provisional de las nuevas
excavaciones, le pasaron por la memoria los
últimos años de su trabajo como director del sitio
arqueológico de Oplontis. La noche del incendio
de la fábrica se le había quedado grabada en la
mente y no habría conseguido olvidarla ni aunque
hubiera vivido cien años más. Aquel fue el origen
de su fortuna, cuando el destino cruzó su mirada
suplicante. La llamada del jefe del cuerpo de
bomberos lo había sacado de los brazos de
Morfeo y con los ojos aún nublados de sueño tuvo
que presentarse en el lugar en que la calle se había
hundido a causa del reventón. Al volver a recordar
aquellos momentos, aún le parecía notar en la
nariz el fuerte olor al gas que había provocado la
explosión, mezclado con el olor a quemado que
inundaba toda la zona devastada por las llamas.
Todavía se acordaba de los travesaños de la
escalera por la que descendió por la grieta junto
con los hombres de Protección Civil que
descubrieron el hundimiento de la calle, y la
excitación que le martilleó la sien cuando tocó con
la palma de la mano los ladrillos milenarios de
aquella bóveda conservada en el tiempo. Aquella
noche le agradeció a los dioses, a Cristo y a Alá
que le hubieran ofrecido la oportunidad tan
ansiada por su predecesor y con una rapidez
impresionante solicitó todas las autorizaciones
necesarias para empezar a sacar a la luz aquel
pasaje misterioso que lo llenaba de esperanza. Al
cabo de dos semanas, la noticia del hallazgo se
convirtió en un descubrimiento arqueológico de
trascendencia internacional: una galería milenaria
conducía al soterrado sector occidental de la villa
de Popea, un ala de la suntuosa residencia
imperial que perteneció a la segunda esposa de
Nerón. Las revistas más destacadas del sector se
hicieron eco del hallazgo y él utilizó el clamor que
desataron algunas prestigiosas plumas amigas para
canalizar el interés de las instituciones hacia el
yacimiento arqueológico de Oplontis, a fin de
solicitar la aprobación de una conspicua concesión
de fondos europeos destinados a la ampliación de
las excavaciones de la villa. Los archivos de la
documentación probablemente seguían
languideciendo en el viejo cajón de algún
escritorio del Parlamento, pero el eco de los
medios de comunicación suscitó el interés del
Packard Humanities Institute que, al igual que el
Herculaneum Conservation Project, declaró su
voluntad de ampliar, con efecto ejecutivo
inmediato, su contrato de patrocinio del área de
estudio de Torre Annunziata por medio de su
fundación sin ánimo de lucro, la British School at
Rome.
A los siete meses de las primeras excavaciones
alrededor de la galería romana, por fin dio inicio
una nueva campaña de excavaciones y William
puso todos los medios que tenía a su alcance para
que la dirección de las investigaciones
permaneciera en manos de la superintendencia.
Al llegar a la verja de la valla que acotaba la
zona, el arqueólogo metió las llaves en la
cerradura y abrió una de las hojas lo estrictamente
necesario para poder pasar. Sacó una linterna
Maglite cromada del macuto, la encendió y empujó
la verja con el hombro poniendo mucho cuidado en
dejarla bien cerrada. Paseó el haz de luz por el
empedrado que se prolongaba unos quince metros
a sus pies. Más allá de esa distancia, una serie de
barreras fijas delimitaba profundos agujeros
oscuros que se abrían en el terreno
desordenadamente: eran las primeras zanjas que se
habían abierto al aire libre los dos años
anteriores, las que habían permitido seguir
frenéticamente el criptopórtico del número 311
hasta las primeras estructuras halladas en
correspondencia con la Real Fábrica de Armas.
Las obras le producían un efecto placebo. Al
entrar, siempre le daba la impresión de estar
adentrándose en otra dimensión. Lo que para los
demás podía ser un trabajo fascinante representaba
para él una necesidad primigenia, el anhelo
incesante que saciaba la sed de descubrimiento de
sus instintos más íntimos. Desenterrar restos de
historia era la razón de su vida y las excavaciones
de Oplontis no se habían convertido solamente en
su reino, sino en el refugio de su alma, el lugar al
que acudir en los momentos más tristes y difíciles.
Sin embargo, aquella noche el sitio arqueológico
le perturbaba el pensamiento y conforme avanzaba
entre los montones de restos, los terraplenes y las
zonas desenterradas, un dolor oscuro y latente
comenzaba a oprimirle el corazón.
Pese a los formidables hallazgos que habían
ido saliendo a la luz durante las interminables y
febriles operaciones de recuperación, la sombra
del abandono se perfilaba amenazadora en el
horizonte. Más de una vez había intentado razonar,
y aun así William no lograba aceptar las
decisiones financieras anunciadas por la British
School at Rome en la última reunión del Consejo
Directivo.
Durante dos años, varios equipos de
arqueólogos habían trabajado con gran empeño a
fin de programar y dirigir las excavaciones, al
tiempo que los topógrafos pasaban noches enteras
introduciendo los nuevos datos relativos al sector
occidental recién descubierto con el objetivo de
poner en papel la nueva conformación
planimétrica de todo el conjunto del edificio
romano. Bajo una capa de diez metros de lapilli y
arena volcánica mezclados con conglomerados
fangosos y estratos vegetales, su equipo de
estudiosos, obreros, epigrafistas e ingenieros
trabajaron a destajo, sudando y excavando sin
descanso para arrancar de las antiguas garras del
volcán toda una serie de espacios conservados de
manera extraordinaria. Y gracias a su trabajo,
consiguieron desvelar la verdadera historia de la
villa, una verdad que había permanecido oculta
durante siglos: el día de la erupción del Vesubio
del año 79 después de Cristo, la domus no podía
estar deshabitada. La prueba de esta conclusión
residía en las columnatas inmaculadas, los
estupendos frescos en segundo y cuarto estilo
pompeyano, las reproducciones romanas de
antiguas estatuas griegas y la gran cantidad de
objetos decorativos, cerámicas, joyas y monedas
de oro que día tras día se habían ido recuperando
en los distintos recintos de las excavaciones,
comunicados entre sí por el inagotable trabajo de
zanjado. Y eso no era todo: como confirmación
irrefutable de su teoría se sumaron los
desafortunados protagonistas de la tragedia. En
unos cubículos situados en el extremo más
occidental del complejo, dos estudiantes de
doctorado habían hallado diez esqueletos en buen
estado de conservación, algunos de ellos con las
falanges adornadas con joyas. Por una absurda
coincidencia temporal, casi al mismo tiempo se
descubrió un viridarium al sur del sector
subterráneo, en cuyo interior se hallaron trece
cavidades ocultas bajo una costra de ceniza
solidificada. Al rellenar los intersticios con yeso
líquido se descubrieron las formas de algunos
habitantes de la villa que intentaban huir.
Durante los meses que siguieron, la magia de
Oplontis gozó del mismo interés que suscitaban
Herculano y Pompeya. En consecuencia, los
apasionados volvieron a visitar numerosas partes
de la villa que se habían abierto al público y la
prensa comenzó a referirse a William Asprini
como el «rey Midas de la arqueología». Una
sonrisa amarga le arrugó los labios finos mientras
rodeaba un alto cúmulo de lodo y arena volcánica
en el margen de la primera sección de las
excavaciones. En toda aquella historia, lo único
realmente mitológico había sido el informe con el
que el responsable de la British School at Rome
había expuesto los motivos que habían llevado a la
retirada de los fondos destinados a su yacimiento
arqueológico.
A fin de perseguir del modo más exhaustivo el objetivo
que en sus orígenes inspiró los años de actividad
filantrópica promovida por el Packard Humanities
Institute, la British School at Rome ha decidido, si bien
a su pesar, emplear casi la totalidad de sus recursos a la
puesta en marcha de un urgente protocolo de
saneamiento y recuperación arquitectónica y estructural
de las zonas más necesitadas de las áreas Unesco de
Herculano y Pompeya.
Conclusión: ha sido bonito mientras duró, pero
ahora que os den.
El enjambre de imágenes que en aquel momento
le pasaban por la mente se esfumó cuando un
enérgico foco de luz le alumbró repentinamente la
cara.—
¿Quién anda ahí? —tronó una voz autoritaria
con acento napolitano.
Protegiéndose los ojos con las manos, William
echó instintivamente la cabeza hacia atrás.
—Soy yo, Nunzio —se apresuró a decir—, y
aparta ese faro.
El vigilante reconoció la inflexión áspera del
intruso y apuntó hacia el suelo la

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