---------------

Libro PDF El signo de los cuatro Arthur Conan Doyle

El signo de los cuatro  Arthur Conan Doyle

Descargar Libro PDF El signo de los cuatro Arthur Conan Doyle


gran interés práctico para el investigador científico, especialmente en los casos de cadáveres no
identificados, o para la averiguación de los antecedentes de los criminales. Pero le estoy aburriendo a
usted con mis manías.
—De ninguna manera —le contesté con viveza—. Es del mayor interés para mí, en especial después de
haber tenido la oportunidad de observar la aplicación práctica que usted realiza de ello. Pero hace un
instante habló usted de observar y deducir. Claro que, hasta cierto punto, lo uno comprende lo otro.
—En absoluto —contestó Holmes, reclinándose cómodamente en su sillón y arrojando de su pipa hacia lo
alto espesas volutas de humo azulado—. Por ejemplo, la observación me hace ver que usted estuvo esta
mañana en la oficina de correos de la calle Wigmore; pero la deducción me dice que, una vez allí,
despachó un telegrama.
—¡Exacto! —exclamé—. ¡Acertó en ambas cosas! Pero confieso que no me explico de qué manera ha
llegado usted a saberlo. Fue un súbito impulso, y no he hablado del asunto con nadie.
—Es elemental -dijo él, riéndose al ver mi sorpresa—. Tan absurdamente sencillo es, que toda
explicación resulta superflua; sin embargo, puede servir para definir los límites de la observación y la
deducción. La observación me hace descubrir que lleva usted adherido a su calzado un poco de barro
rojizo. Delante de la oficina de correos de la calle Wigmore Street acaban de levantar, precisamente, el
pavimento y sacado tierra, de un modo que resulta difícil no pisarla al entrar. Hasta donde llegan mis
conocimientos, esa tierra es de un tono rojizo característico que no se encuentra en ningún otro lugar de
los alrededores. Hasta ahí es observación. El resto es deducción.
—¿Cómo dedujo lo del telegrama?
—Veamos. Yo sabía que usted no había escrito ninguna carta, porque estuve toda la mañana sentado
frente de usted. Observo también ahí, en su pupitre abierto, que tiene usted una hoja de sellos y un buen
paquete de postales. ¿A qué, pues, podía usted entrar en las oficinas de correos sino a expedir un
telegrama? Eliminados todos los demás factores, el único que aún resta tiene que ser el verdadero.
—En este caso, ciertamente lo es —contesté tras una breve meditación—. Como usted dice, es de lo más
sencillo. ¿Consideraría impertinente que sometiese a una prueba más severa sus teorías?
—Todo lo contrario —me contestó—; con ello me evitaría una segunda dosis de cocaína. Me encantaría
ahondar en cualquier problema que usted pudiera someter a mi consideración.
—Le he oído decir que es difícil que un hombre use todos los días un objeto cualquiera sin dejar impresa
en el mismo su personalidad, hasta el punto de que un observador avanzado sería capaz de leerla. Pues
bien: aquí tengo un reloj que ha pasado a mi posesión hace poco tiempo. ¿Tendría usted la amabilidad de
exponerme su opinión sobre el carácter y costumbre de su anterior dueño?
Le entregué el reloj con cierta alegría en mi interior, porque, en mi opinión, era imposible semejante
comprobación, y me proponía que constituyese un correctivo para el tono algo dogmático que de cuando
en cuando solía adoptar Holmes. Este hizo oscilar el reloj en su mano, observó con fijeza la esfera, abrió
la tapa posterior y examinó la maquinaria, primero a simple vista y luego con una potente lupa. Yo tuve
que hacer un esfuerzo para no sonreírme viendo la cara alicaída que puso cuando cerró de golpe la tapa y
me devolvió el reloj.
—Apenas si hay dato alguno —me dijo—. El reloj ha sido limpiado no hace mucho, y esto me priva de
los hechos más sugerentes.
—Tiene usted razón —le contesté—. Fue limpiado antes que me lo enviaran.
Acusé para mis adentros a mi compañero por utilizar una disculpa débil e insuficiente con que tapar su
fracaso. Pero, ¿qué datos esperaría sacar del reloj si hubiese estado sucio?
—Pero el examen del reloj, aunque insatisfactorio, no ha sido del todo estéril —comentó, mirando al
techo fijamente, con ojos soñadores y apagados—. Salvo corrección de su parte, yo diría que el reloj
pertenecía a su hermano mayor y que éste lo heredó del padre de ustedes.
—Lo ha deducido, sin duda, de las iniciales H. W. que tiene en la tapa posterior, ¿verdad?
—En efecto. La W recuerda el apellido de usted. La fecha del reloj es de unos cincuenta años atrás, y las
iniciales son tan viejas como el reloj. De modo, pues, que fue fabricado para la generación anterior a la
actual. Lo corriente suele ser que las joyas pasen al hijo mayor; suele ser muy probable, además, que
lleven el nombre del padre. Creo recordar que el padre de usted falleció hace muchos años; de modo,
pues, que el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
—Hasta ahí va usted bien —le dije—. ¿Algo más?
—Este era hombre muy poco limpio y descuidado. Tenía muy buenas perspectivas en la vida, pero
desperdició sus posibilidades, vivió durante algún tiempo en la pobreza, con cortos intervalos aislados de
prosperidad y, por último, se dio a la bebida y falleció. Es todo lo que puedo deducir.
Me puse en pie de un salto y cojeé con impaciencia por la habitación, lleno de amargura en mi interior.
—Holmes, eso es indigno de usted —le dije—. No le hubiera creído capaz de rehajarse hasta ese punto.
Usted ha realizado investigaciones sobre la vida de mi desgraciado hermano, y ahora pretende haber
deducido de alguna manera fantástica esos conocimientos que ya tenía. ¡No esperará que yo vaya a creer
que usted ha leído todo eso en el viejo reloj de mi hermano! Lo que ha hecho usted es poco amable y,
para hablarle sin rodeos, tiene algo de charlatanismo.
—Mi querido doctor, le ruego que acepte mis disculpas
—me contestó con amabilidad—. Yo, considerando el asunto como un problema abstracto, olvidé que
podía resultar para usted algo personal y doloroso. Sin embargo, le aseguro que jamás supe que usted
tuviera un hermano hasta el momento de entregarme su reloj.
—¿Cómo entonces, y en nombre de todo lo más sagrado, llegó usted a esos hechos? Porque son exactos
en todos sus detalles.
—Pues, ha sido una cuestión de buena suerte, porque yo sólo podía hablar de lo que constituía un mayor
porcentaje de probabilidades. En modo alguno esperaba ser tan exacto.
—Pero ¿no fueron simples suposiciones?
—No, no; yo nunca hago suposiciones. Es ese un hábito repugnante, que destruye la facultad de razonar.
Eso que a usted le resulta sorprendente, lo es tan sólo porque no sigue el curso de mis pensamientos, ni
observa los hechos pequeños de los que se pueden hacer deducciones importantes. Por ejemplo, empecé
afirmando que su hermano era descuidado. Si se fija en la parte inferior de la tapa del reloj, observará que
no sólo tiene dos abolladuras, si no que muestra, también, cortes y marcas por todas partes, debido a la
costumbre de guardar en el mismo bolsillo otros objetos duros, como llaves y monedas. Desde luego, no
es una gran hazaña dar por supuesto que un hombre que trató así tan magnífico reloj de cincuenta guineas
tiene que ser un descuidado. Ni es tampoco una deducción traída por los cabellos la de que una persona
que hereda una joya de semejante valor haya recibido también otros bienes.
Asentí con la cabeza para dar a entender que seguía su razonamiento con atención.
—Es cosa muy corriente, entre los prestamistas ingleses, cuando toman en prenda un reloj, grabar en el
interior de la tapa, valiéndose de un punzón, el número de la papeleta. Resulta más seguro que una
etiqueta, y no hay peligro de extravio o trastueque del número. En el interior de esta tapa, mi lupa ha
descubierto no menos de cuatro de estos números. De esto se deduce que su hermano se veía con
frecuencia en apuros. Otra deducción secundaria: gozaba de momentos de prosperidad, pues de lo
contrario no habría podido desempeñar la prenda. Por último, le ruego que se fije en la chapa posterior, la
de la llave. Observe los millares de rasguños que hay alrededor del agujero, es decir, las señales de los
resbalones de la llave de la cuerda. ¿Puede un hombre sobrio hacer todas estas marcas? Jamás encontrará
usted reloj de un beodo que no las tenga. Le dan cuerda por la noche y hacen estos arañazos por la
inseguridad de su mano. ¿Ve usted ningún misterio en todo esto?
—Está claro como la luz del día —contesté—. Lamento haber sido injusto con usted. Debí tener una fe
mayor en sus maravillosas facultades. ¿Puedo preguntarle si tiene actualmente en marcha alguna
investigación profesional?
—Ninguna. Eso explica lo de la cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar mi cerebro. ¿Para qué otra
cosa vale la pena vivir? Mire por esa ventana. ¿No es un mundo triste, lamentable e improductivo? Vea
cómo la niebla amarilla se desliza por las calles y penetra en las casas marrones y grises. ¿Puede existir
nada tan irremediablemente prosaico y material? ¿De qué le sirve a uno tener facultades, doctor, si carece
de campo en que poder ejercitarlas? El crimen es algo vulgar, la vida es vulgar, y no hay en este mundo
lugar sino para las dotes vulgares de la persona.
Ya tenía yo la boca abierta para contestar a esa parrafada; pero, después de unos vivos golpecitos en la
puerta, entró nuestra patrona con una tarjeta en la bandeja de latón.
—Una joven dama pregunta por usted, señor —dijo, dirigiéndose a mi compañero.
—Señorita Mary Morstan —leyó él—. ¡hum! No recuerdo este nombre y apellido. Diga a la señorita que
suba, señora Hudson. No se retire, doctor. Preferiría que se quede.
Capítulo II
LA EXPOSICIÓN DEL CASO
La señorita Morstan entró en la habitación con paso firme y mucha compostura exterior en sus maneras.
Era una joven rubia, menuda, fina, con guantes largos y ataviada con el gusto más exquisito. Sus ropas,
sin embargo, eran de una sencillez y falta de rebuscamiento que daban a entender unos recursos
monetarios limitados. El vestido era de un gris ligeramente oscuro, sin adornos ni realces; llevaba un
turbante pequeño de la misma tonalidad apagada, sin otro relieve que unas mínimas plumas blancas en un
costado. Su rostro no poseía rasgos regulares ni belleza de complexión, pero la expresión del mismo era
dulce y bondadosa, y sus grandes ojos azules eran singularmente espirituales y simpáticos. A pesar de que
mi conocimiento de las mujeres abarca muchas naciones y tres continentes distintos, mis ojos nunca se
habían posado en una cara que ofreciese tan claras promesas de una índole refinada y sensible. Cuando se
sentó junto a Sherlock Holmes, no pude menos de fijarme en el temblor de sus labios, cómo se
estremecían sus manos y exteriorizaba todos los síntomas de una intensa emoción interior.
—Señor Holmes -dijo la joven—, he venido a verle porque fue usted quien en cierta ocasión hizo posible
que la señora Cecil Forrester, con la que yo estaba empleada, pudiera solucionar una pequeña
complicación doméstica, quedando muy impresionada de la bondad y la habilidad demostradas por usted.
—La señora Cecil Forrester —repitió Holmes, pensativo—. En efecto, creo que le hice un ligero servicio.
Sin embargo, si mal no recuerdo, el caso aquel fue muy sencillo.
—A ella no se lo pareció. Pero del mío, al menos, no podrá usted decir eso mismo. Dificilmente consigo
yo imaginar nada más extraño, menos explicable, que la situación en que me encuentro.
Holmes se frotó las manos y sus ojos relucieron. Se inclinó hacia adelante; los rasgos de su cara,
marcados y aguileños, adquirieron una expresión de extraordinaria concentración y dijo en tono seco y
propio de hombre práctico:
—Exponga su caso.
Yo experimenté la sensación de que mi situación allí resultaba embarazosa, y dije, levantándome de la
silla:
—Ustedes sabrán, sin duda, disculparme.
Vi con sorpresa que la joven alzaba su mano enguantada para detenerme y que decía:
—Si el amigo de usted tiene la bondad de seguir aquí, me haría con ello un inapreciable servicio.
Volví a dejarme caer en mi sillón, y ella prosiguió:
—Los hechos, expuestos brevemente, son los siguientes: mi padre era oficial de un regimiento en la India,
y me envió a Inglaterra siendo muy niña. Mi madre había fallecido, y yo carecía de parientes aquí. Sin
embargo, fui colocada en un cómodo internado de Edimburgo, y en él permanecí hasta los diecisiete años.
En 1878 mi padre, veterano capitán de su regimiento, obtuvo un permiso de doce meses y vino a
Inglaterra. Me telegrafió desde Londres que había llegado sin novedad y dándome órdenes de venir
inmediatamente a la capital, diciéndome que se hospedaba en el hotel Langham. Recuerdo que su mensaje
rebosaba cariño y amor. Al llegar a Londres, me hice conducir en coche al Langham; en este hotel me
informaron que el capitán Morstan se hospedaba allí, en efecto, pero que había salido la noche anterior y
aún no había regresado. Le esperé durante todo el día, sin tener noticias suyas. Aquella noche, por consejo
del gerente del hotel, me puse en comunicación con la policía, y a la mañana siguiente pusimos anuncios
en todos los periódicos. Nuestras pesquisas no obtuvieron resultado; y desde entonces hasta hoy no he
vuelto a saber nada de mi desdichado padre. Había venido a Inglaterra, con el corazón rebosante de
esperanza, deseoso de un poco de paz, alguna comodidad, y en lugar de eso…
La joven se llevó la mano a la garganta, y un sollozo aliogado le impidió seguir hablando.
—¿Fecha? —preguntó Holmes, abriendo su libro de notas.
—Desapareció el 3 de diciembre de 1878…, hace casi diez años.
—¿Qué fue de su equipaje?
—Quedó en el hotel. Nada encontramos en él que sugiriese una clave: algunas ropas, algunos libros y
gran número de curiosidades de las islas Andaman. Había sido uno de los oficiales encargados allí de la
vigilancia de los convictos.
—¿Tenía algún amigo en Londres?
—Unicamente sabemos de uno, el mayor Sholto, de su propio regimiento, el 34 de Infantería de Bombay.
El mayor había obtenido su retiro poco tiempo antes y residía en Upper Norwood. Nos pusimos en
comunicación con él, como es natural; pero ignoraba incluso que su compañero de armas se encontrase en
Inglaterra.
—Es un caso singular —comentó Holmes.
—Todavía no he explicado la parte más extraordinaria. Hará seis años, el 4 de mayo de 1882, para ser
más exacta, apareció en el Times un anuncio en el que se solicitaba la dirección de la señora Mary
Morstan, asegurando que se beneficiaría dándose a conocer. El anuncio no daba nombre ni dirección. Por
aquel entonces acababa yo de colocarme en la casa de la señora Cecil Forrester como institutriz. Por
consejo de dicha señora publiqué mi dirección en la columna de anuncios. El mismo día me llegó por
correo una cajita de cartón que resultó contener una perla muy voluminosa y brillante. Ni una sola palabra
escrita acompañaba al envío. Desde entonces, y en idéntica fecha, ha aparecido todos los años una caja
por el estilo con una perla parecida, pero sin la menor clave respecto a quien la envía. Un especialista
dictaminó que eran de una variedad rara y de gran valor. Pueden ver ustedes mismos que las perlas son
hermosísimas.
La joven abrió, mientras hablaba, una caja plana, y me mostró seis de las perlas más finas que yo había
visto hasta entonces.
—Su relato resulta por demás interesante —dijo Sherlock Holmes—. ¿Le ha sucedido algo más?
—Sí, y precisamente hoy. Por eso he venido a verle. Esta mañana recibí esta carta, que quizá prefiera leer
usted mismo.
—Gracias —dijo Holmes—. El sobre también, por favor. Matasellos de Londres S. W., fecha, 7 de julio.
¡hum! En el ángulo veo la huella de un dedo pulgar, probablemente el del cartero. Papel de la mejor
calidad. Sobre de los de seis peniques el paquete. Es curioso este hombre en sus gustos de papelería. Sin
encabezamiento.
Vaya esta noche a las siete a la tercera columna, contando desde la izquierda, en la parte exterior
del teatro Lyceum. Si desconfía, hágase acompañar de dos amigos. Usted ha sido perjudicada, y
se le hará justicia. No se haga acompañar de la policía. Si lo hace, todo será inútil. Un amigo suyo
desconocido.
¡Pues sí que resulta un pequeño misterio muy interesante! ¿Qué se propone hacer usted, señorita Morstan?
—Eso es precisamente lo que quiero preguntar a usted.
—En ese caso, iremos con toda seguridad usted, yo y…; sí…, ¿por qué no el doctor Watson es el hombre
indicado. Quien escribe habla de dos amigos. El doctor Watson y yo hemos trabajado juntos antes de
ahora.
—Pero ¿querrá venir? —preguntó la joven, con voz y expresión enternecedora.
—Será para mí un orgullo y una dicha el poder serle de utilidad —exclamé fervorosamente.
—Son ustedes muy amables —contestó ella—. Yo he llevado una vida retirada, y no cuento con amigos a
quienes recurrir. Bastará con que yo esté aquí a las seis, ¿verdad?
—Pero no más tarde —dijo Holmes—. Sin embargo, aún hay otra cuestión. ¿Es esta letra igual a la que
traían las cajas de las perlas?
—Las he traído —contestó ella, sacando media docena de trozos de papel.
—Es usted, sin duda alguna, una cliente modelo. Tiene una intuición muy correcta. Veamos ahora. —
Holmes extendió los papeles encima de la mesa, y fue clavando en ellos, uno después de otro, miradas
rápidas y penetrantes, hasta que dijo—:
Fuera de la carta, las otras letras son fingidas; pero no cabe duda alguna respecto a su autor. Fíjense de
qué manera incontenible se. destaca la «y» y vean el remolino final de la «s». Pertenecen,
indudablemente, a la misma mano. Señorita Morstan, no me agradaría despertar falsas esperanzas; pero
¿hay en esta escritura algún parecido con la de su padre?
—Nada se le pueda parecer menos.
—Esperaba esa respuesta. La esperaremos, pues, a las seis. Permítarne que me quede con estos papeles,
para poder examinarlos más a mi gusto de aquí a esa hora. Son nada más que las tres y media. ¿Au revoir,
entonces?
—Au revoir —dijo nuestra visitante, y dirigiéndonos una mirada viva y amable, primero al uno y luego al
otro, volvió a guardar en su seno la caja de las perlas y se retiró apresuradamente.
De pie junto a la ventana, la observé alejarse a paso vivo por la calle, hasta que su turbante gris y las
plumas blancas no fueron ya sino un punto entre la oscura multitud.
—¡Qué mujer tan extraordinariamente atractiva! —exclamé, volviéndome hacia mi compañero.
Este había encendido otra vez su pipa y estaba recostado en su sillón con los párpados entornados.
—¿De veras? —dijo con languidez—. No me fijé.
—Es usted un autómata, una máquina calculadora —exclamé—. Hay momentos en que observo en usted
un algo positivamente inhumano.
Holmes se sonrió amablemente, y dijo:
—Es de primordial importancia no dejar que nuestro razonamiento resulte influido por las cualidades
personales. Para mí el cliente es una simple unidad, un factor del problema. Los factores personales son
antagónicos del razonar sereno. Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por
haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar el dinero del seguro; en cambio, el hombre
fisicamente más repugnante de todos mis conocidos es un filántropo que lleva gastado casi un cuarto de
millón de libras en los pobres de Londres.
—Sin embargo, en este caso…
—Nunca excepciones. La excepción rompe la regla. ¿Tuvo usted alguna vez oportunidad de estudiar los
caracteres de la escritura? ¿Qué saca usted de la letra de este individuo?
—Es una letra clara y regular —contesté—. Se trata de un hombre con hábitos de negociante y que posee
cierta fuerza de carácter.
Holmes movió negativamente la cabeza, y dijo:
—Observe estas letras largas. Apenas si superan a las demás. Esta «d» pudiera pasar por una «a», y esta
«1» por una «e». Las personas de carácter diferencian siempre sus letras largas, por muy ilegiblemente
que escriban. Se observa aquí vacilación en la «k» y no hay en las letras mayúsculas sentimiento de
propia estimación. Voy a salir ahora. Es preciso que haga algunas consultas. Permítame que le
recomiende este libro, uno de los más notables que se han escrito: El martirio del hombre, por Winwood
Reade. Estaré de vuelta antes de una hora.
Me senté junto a la ventana con el libro en las manos, pero mis pensamientos se hallaban muy lejos de las
audaces especulaciones del escritor. Mi mente iba hacia nuestra reciente visitante, hacia sus sonrisas,
hacia el tono profundo y vibrante de su voz, hacia el extraño misterio que se cernía sobre su vida. Si en el
momento de la desaparición de su padre tenía ella diecisiete años, ahora debía tener veintisiete…, edad
muy agradable, porque en ella la juventud ha perdido ya su presunción y se encuentra algo calmada por la
experiencia. Permanecí, pues, sentado y haciendo cábalas, hasta que irrumpieron en mi cabeza
pensamientos tan peligrosos que me apresuré a sentarme ante mi escritorio y a hundirme con furia en el
tratado más reciente sobre patología. ¿Quién era yo, médico del ejército, con una pierna herida y una
cuenta bancaria más débil todavía, para atreverme a pensar en tales cosas? Aquella joven era una unidad,
un factor y nada más si mi porvenir era sombrío, lo mejor que podía hacer era afrontarlo como un
hombre, sin intentar alegrarlo con simples caprichos de la imaginación.
Capítulo III
EN BUSCA DE UNA SOLUCIÓN
Holmes regresó al dar las cinco y media. Estaba alegre, interesado y ansioso, un estado de espíritu que se
alternaba en él con accesos de la más negra depresión.
—Este asunto no encierra un gran misterio —dijo, tomando la taza de té que yo le había servido—. Los
hechos sólo parecen presentar una única explicación.
—¡Cómo! ¿Tiene usted ya resuelto el misterio?
—Eso sería decir demasiado. De todas formas, he descubierto un hecho sugerente. Un hecho solo, pero
muy sintomático. Hay que agregarle todavía los detalles. Al examinar los archivos del Times, he
descubierto que el mayor Sholto, de Upper Nerwood, que perteneció al 34 de Infantería de Bombay,
falleció el 28 de abril de 1882.
—Holmes, quizá sea yo muy obtuso; pero no veo qué es lo que ese hecho le sugiere.
—¿Que no? Me sorprende usted. Considérelo, pues, de esta manera. El capitán Morstan desaparece. La
única persona de Londres a la que podía haber visitado es el mayor Sholto. El mayor Sholto niega saber
que aquél se encontrase en Londres. Cuatro años más tarde Sholto muere. Antes que transcurriese una
semana de su muerte, la hija del capitán Morstan recibe un valioso regalo, que se repite año tras año, y
que culmina ahora en una carta que la describe como perjudicada. ¿A qué otro perjuicio puede referirse
sino al hecho de haberse visto? ¿Y por qué razón empiezan los obsequios inmediatamente después del
fallecimiento de Sholto, sino porque ese heredero del mayor sabe algo del misterio y desea ofrecer una
compensación?
¿Tiene usted, acaso, otra hipótesis alternativa que encaje con los hechos?
—¡Qué extraña compensación! ¡Y qué manera más extraña de hacerla! ¿Y por qué, además, escribe una
carta ahora y no hace seis años? Agregue a esto que la carta habla de hacer justicia a la joven. ¿Qué
justicia es posible hacerle? Sería demasiado el suponer que su padre vive todavía. No hay, en el caso de la
joven, otra injusticia que nosotros sepamos.
—Hay ciertas dificultades; indiscutiblemente que las hay
—dijo Sherlock Holmes, pensativo—; pero nuestra expedición de esta noche las resolverá todas. Vaya;
ahí llega un coche de cuatro ruedas, y la señorita Morstan dentro del coche. ¿Está usted listo? Pues
entonces lo mejor que podemos hacer es bajar, porque ya pasa un poco de la hora indicada.
Eché mano a mi sombrero y al más sólido de mis bastones, pero me fijé en que Holmes cogía su revólver
del cajón y lo deslizaba en un bolsillo. Con toda evidencia, pensaba que el trabajo de aquella noche podía
ser serio.
La señorita Morstan venía embozada en un manto oscuro, y su expresiva cara estaba serena pero pálida.
Habría sido más que mujer si no hubiese experimentado cierto desasosiego ante la empresa sorprendente
en que íbamos a embarcarnos; pero su dominio de sí misma era perfecto, y contestó con facilidad a las
pocas preguntas adicionales que Sherlock Holmes le hizo.
—El mayor Sholto era un gran amigo de papá —dijo—. Las cartas de éste venían llenas de alusiones al
mayor. Ambos estaban al mando de las fuerzas que había en las islas Andamán; de modo, pues, que
estaban siempre juntos. A propósito: en la mesa de papá encontramos un documento curioso que nadie
pudo entender. No creo que tenga importancia alguna, pero pensé que quizás usted querría verlo, y lo
traje. Aquí lo tiene usted.
Holmes desdobló con cuidado el documento y lo alisó encima de sus rodillas. Luego procedió a
examinarlo metódicamente, de cabo a rabo, con su lupa.
—El papel es de fabricación manual de la India —comentó—. Además, estuvo en alguna ocasión clavado
en un tablero. El diagrama que se ve en él parece el plano de parte de una gran construcción con
numerosas salas, corredores y pasillos. En un punto del diagrama hay una crucecita hecha con tinta roja, y
encima de ella, escrito en lápiz, casi borrado, «3,37 desde la mzquierda’>. En el ángulo de la izquierda se
ve un extraño jeroglífico de cuatro cruces alineadas y los brazos de la misma tocándose. Junto al mismo
hay escrito, en caracteres muy burdos y ordinarios, ‘El signo de los cuatro: Jonathan Small, Mahomet
Singh, Abdullah Khan, Dost Akbar’. Reconozco que no veo qué relación pueda tener esto con el asunto.
Sin embargo, no cabe duda de que se trata de un documento importante. Ha sido guardado
cuidadosamente en una agenda de notas; veo que está tan limpio de un lado como de otro.
—Lo encontramos en la agenda de notas de mi padre.
—Pues entonces, señorita Morstan, guárdelo con cuidado, porque quizá nos resulte útil. Empiezo a
sospechar que es posible que este asunto nos resulte mucho más profundo y sutil que lo que al principio
imaginé. Es preciso que vuelva a reconsiderar mis ideas.
Se recostó en el coche, y pude ver, juzgando por su frente arrugada y la expresión de ausencia de sus ojos,
que Holmes meditaba intensamente. La señorita Morstan y yo conversamos en voz baja acerca de nuestra
expedición y su posible desenlace, pero nuestro acompañante mantuvo su impenetrable reserva hasta el
final de viaje.
Era un anochecer del mes de setiembre; no habían dado todavía las siete, pero el día había estado
encapotado y una bruma densa y húmeda se extendía a poca altura sobre la gran ciudad. Nubes de color
barroso flotaban tristemente sobre las enfangadas calles. A lo largo del Strand las lámparas del alumbrado
no eran sino manchones nebulosos de luz difusa, que proyectaban un débil brillo circular sobre las
pegajosas aceras. El brillo amarillento de los escaparates se alargaban por la atmósfera envuelta en un
vaho vaporoso y difundía por la concurrida calle una luminosidad triste y de variada intensidad. Tuve la
sensación de que había algo terrible y fantasmal en el cortejo sin fin de caras que pasaban flotando al
través de aquellas estrechas franjas de luz; rostros tristes y alegres, desgraciados y felices. Al igual de lo
que le ocurre a todo el género humano, pasaban de las tinieblas a la luz y volvían otra vez a las tinieblas.
Yo no me dejo impresionar fácilmente; pero aquel anochecer, melancólico y pesado, se combinaba con el
extraordinario asunto en que nos habíamos lanzado, alterando mis nervios y haciéndome sentir deprimido.
Por las maneras de la señorita Morstan me di cuenta de que ella era víctima de idéntico sentimiento.
Holmes era el único capaz de sobreponerse a estas insignificantes influencias. Tenía abierta sobre las
rodillas su agenda de notas, y de cuando en cuando trazaba cifras y notas en el mismo a la luz de su
linterna de bolsillo.
Junto al teatro Lyceum, la multitud se apretujaba ya ante las puertas laterales. Frente a las de la fachada
resonaba el estrépito de una corriente continua de coches de dos y de cuatro ruedas, de los que se apeaban
caballeros de blanca pechera y señoras ataviadas de chales y adornos de brillantes. Sin darnos casi tiempo
a llegar a la tercera columna, que era el sitio de nuestra cita, se nos acercó un hombre pequeño, moreno y
enérgico, con traje de cochero.
—¿Son ustedes las personas que vienen con la señorita Morstan? —preguntó.
—Yo soy la señorita Morstan, y estos dos caballeros son amigos míos —dijo la joven.
El hombre nos miró de soslayo con ojos extraordinariamente penetrantes e interrogadores.
—Usted me perdonará, señorita —dijo con tono algo terco-, pero tengo órdenes de pedirle que me dé su
palabra de honor de que ninguno de sus acompañantes es agente de la policía.
—En cuanto a eso, le doy mi palabra —contestó ella.
El hombre dio entonces un agudo silbido; al oírlo, un pilluelo condujo hasta donde estábamos un coche de
cuatro ruedas y abrió la portezuela. El hombre que nos había hablado subió al pescante, mientras nosotros
ocupábamos nuestros sitios en el interior. Apenas nos habíamos sentado, cuando el cochero fustigó a su
caballo y nos lanzamos a todo galope por las calles brumosas.
La situación era extraña. Nos dirigíamos hacia un lugar desconocido, para llevar a cabo una misión
desconocida. Sin embargo, o bien la invitación era una trampa, hipótesis que resultaba inconcebible, o, de
lo contrario, teníamos buenas razones para pensar que de aquella excursión pudieran estar pendientes
importantes consecuencias. La manera de conducirse la señorita Morstan era tan resuelta y serena como
siempre. Yo intenté alegrarla y divertirla con recuerdos de mis aventuras en el Afganistán; pero, si he de
decir la verdad, yo mismo me encontraba tan excitado por nuestra situación, y sentía tal curiosidad por
saber cuál sería nuestro destino, que mis anécdotas resultaban un poco embarrulladas. Hoy mismo ella
suele contar que yo le relaté una anécdota conmovedora en la que se hacía referencia a un mosquete que
asomó al interior de mi tienda a altas horas de la noche, y al que yo le disparé con un cachorro de tigre de
dos cañones. Al principio tenía cierta idea de la dirección que llevaba el coche, pero muy pronto, entre la
rapidez con que marchábamos, la niebla y mis conocimientos limitados de Londres, me desorienté, y ya
nada supe, salvo que parecía que nuestro viaje resultaba muy largo. Sherlock Holmes, sin embargo, no se
equivocaba nunca e iba mascullando los nombres de las calles, conforme el coche cruzaba traqueteante
por plazas y entraba y salía de tortuosos callejones.
—Rochester Row —iba diciendo—. Ahora Vincent Square. Ahora desembocamos en Vauxhall Bridge
Road. Vamos, por lo visto, en dirección a la orilla del Surrey. Sí, lo que yo pensaba. Ahora cruzamos el
puente. Se ven destellos del río.
Desde luego, descubrirnos una fugaz visión de un trozo del Támesis, con las lámparas del alumbrado
brillando sobre las anchas y silenciosas aguas; pero nuestro coche avanzaba rápidamente, y no tardamos
en perdernos en el laberinto de calles de la otra orilla.
—Wandsworth Road —dijo mi compañero—. Priory Road, Larkhall Lane, Stockwell Place, Robert
Street, Cold Harbour Lane. Por lo visto, no se nos lleva hacia regiones muy elegantes.
En efecto, habíamos penetrado en una zona sospechosa y repelente. Largas hileras de monótonas casas de
ladrillo, que sólo interrumpía el resplandor ordinario y la luminosidad chillona de las casas de mala nota,
situadas en alguna que otra esquina. Se sucedieron luego manzanas de casas particulares de dos plantas,
todas ellas con su miniatura de jardín delante; y otra vez las hileras interminables de espantosos edificios
de ladrillo nuevo y llamativo, todo ello como tentáculos monstruosos que una ciudad gigantesca
proyectaba hacia el campo. Al fin el coche se detuvo, en la tercera casa de una nueva explanada. Ninguna
de las casas restantes estaba habitada, y aquella en que hicimos alto se hallaba tan a oscuras como las
demás, a excepción de un apagado resplandor en la ventana de la cocina. Sin embargo, y respondiendo a
nuestra llamada, un criado indio abrió instantáneamente la puerta; llevaba turbante amarillo, ropas blancas
muy amplias y un sash amarillo. Resultaba curiosamente incongruente aquella figura oriental encuadrada
en la entrada de una casa en un suburbio de tercera clase.
—El sahib (2) los espera —dijo. Pero, sin darle tiempo a terminal; nos llegó desde alguna habitación
interior una voz chillona y cantarina, que gritaba:
—Hazlos pasar aquí, khitmulgar .(3) Tráelos aquí en seguida.
(2) Sahih: amo; (3) khitmulgar: despensero.
Capítulo IV
LA HISTORIA DEL HOMBRE CALVO
Seguimos al indio a lo largo de un sórdido y vulgar pasillo, mal alumbrado y peor amueblado, hasta que
llegamos a una puerta situada a la derecha, que él abrió de par en par. Surgió de ella un resplandor de luz
amarilla, y en el centro de aquella luminosidad vimos en pie a un hombre pequeño, de gran cabeza, con
una franja de erizados cabellos rojos alrededor de la misma, y sobresaliendo por encima de ella, corno el
pico de una montaña asoma sobre un bosque de abetos, una brillante calva. En pie como estaba, se
retorcía las manos, y los rasgos de su cara se hallaban en un respingo constante, tan pronto sonrientes
como ceñudos, pero ni un solo momento inmóviles. La naturaleza lo había dotado de un labio colgante y
de una hilera demasiado visible de dientes amarillos e irregulares, que procuraba inútilmente ocultar
pasándose de continuo la mano por la parte inferior de la cara. No obstante su considerable calva, daba la
impresión de ser joven. En realidad, apenas si había alcanzado los treinta años.
—Servidor de usted, señorita Morstan —repetía una y otra vez con voz delgada y chillona—. Servidor de
ustedes, caballeros. Pasen, por favor, a mi pequeño sancta sanctórum. Es pequeño, señorita; pero está
acondicionado a gusto mío. Es un oasis de arte en el árido desierto del sur de Londres.
Nos quedamos atónitos ante el aspecto que presentaba la habitación a la que nos había invitado a entrar.
Parecía tan fuera de lugar en aquella casa lamentable como un diamante de gran pureza en una montura
de latón. Las paredes estaban revestidas de ricos y brillantes cortinajes y tapices, recogidos en pliegues
aquí, y allá para exhibir alguna pintura magníficamente enmarcada o un jarrón oriental. La alfombra era
de negro ámbar, tan blanda y tan tupida que el pie se hundía agradablemente dentro de ella, lo mismo que
en un lecho de musgo. Dos anchas pieles de tigre, tendidas a través de la habitación, aumentaban la
impresión de lujo oriental, lo mismo que la hookah (4) o pipa turca, que se alzaba sobre una esterilla en el
rincón. En el centro del cuarto, colgada de un cable dorado casi invisible, veíase una lámpara con forma
de una paloma de plata. Al arder impregnaba la atmósfera de un sutil y aromático perfume.
(4) Hookah . También llamada narguile o pipa de agua.
—Thaddeus Sholto —dijo el hombrecillo, siempre entre respingos y sonrisas—. Ese es mi nombre. Desde
luego, usted es la señorita Morstan. Y estos caballeros…
—Este es el señor Sherlock Holmes, y ese otro el doctor Watson.
—¡Cómo!, ¿un doctor? —exclamó, muy nervioso—. ¿Lleva usted su estetoscopio? ¿Podría pedirle…,
tendría usted la amabilidad? Abrigo grandes dudas sobre el estado de mi válvula mitral, y si usted tuviere
las amabilidad… De mi aorta estoy seguro, pero me agradaría conocer su opinión acerca de la mitral.
Le ausculté el corazón, según me pedía; pero no encontré trastorno alguno, fuera de que era víctima de un
arrebato de temor, porque temblaba de la cabeza a los pies.
—Creo que su estado es normal —le dije—. No tiene ningún motivo para in tranquilizarse.
—Señorita Morstan, usted disculpará mi ansiedad —dijo con volubilidad—. Soy muy aprensivo y, desde
hace mucho, abrigo recelos acerca del estado de esa válvula. Me encanta saber que son infundados. Si el
padre de usted, señorita Morstan, hubiese tenido cuidado de no exigir demasiado a su corazón, quizá
viviese todavía.

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------