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Libro PDF El silencio David Le Breton

El silencio David Le Breton

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El imposible silencio de Ia comunicaci6n
La modemidad trae consigo el ruido. En el mundo retumban sin cesar instrumentos
tecnicos cuyo usa acompafia nuestra vida personal y colectiva. Pero
Ia palabra tampoco cesa, pronunci ada par sus muchos porta-voces. No me
estoy refiriendo aquf, desde luego, a Ia palabra que surge -renovada y fel i z- en
Ia comunicacion diaria con los allegados , los amigos o los desconocidos con
los que se entablan relaciones : esta palabra perdura y da cuerpo a Ia sociabi lidad.
Se trata de otra palabra, con distinto regimen antropologico: Ia de l os
medias de comunicacion de masas, Ia de los telefonos, los portati les, etc. Una
palabra que prolifera, que no call a nunca y que se arriesga a ya no ser escuchada.
Pegaj osa y monotona, apuesta par una comun icacion basada linicamente
en el contacto, poco atenta a Ia informacion: le importa, ante todo, poner de
manifiesto Ia conti nuidad del mundo. Se convierte asf, como Ia mlisica, en un
componente ambienta l ; en un murmullo permanente y sin contenido relevante,
importante tan solo en su forma : su presencia i ncesante nos recuerda que el
mundo sigue, y seguira, exi stiendo. La “comunicacion”, en cuanto ideologfa
modema, funciona tambien como una insistente ratiticac i on de las posiciones
-emisores y receptores- de los individuos , delimita, como si de un servicio
publico se tratara, los espacios en los que pueden sentirse segur os : “Tu estas
ahf, existes porque me ayes, y yo exi sto porque te hablo”. El conten ido efectivo
del men saj e es a menudo accesori(). De ahf Ia paradoj a , sefialada par
Ph ilippe B reton , de “una sociedad intensamente comunicante pero escasamente
reunida” ( 1 995 , 1 2) . Un a palabra sin presencia no logra ninglin efecto concreto
ante el oyente sin rostra.
,Los medias de comunicacion transmiten Ia sensacion de que se di rigen famil
iarmente a carla uno de nosotros. Son una perman·ente interrupcion del si lencio
de nuestra vida, sustituyen con su ruido las conversaciones de antafio. Su
etema letanfa recuerda que el mundo prosigue su camino, con su rosario de
sobresaltos y calmas, y que, por encima de todo, no hay alin muchos motivos
para preocuparse por nuestra propia suerte. El drama, Ia preocupacion verdadera,
estarfa en el si lencio de los medios de comunicacion, en Ia averfa generali
zada de l os ordenadores ; en definitiva, en un mundo entregado a Ia palabra
de los mas proximos y reducido a l i mperi o de nuestro criterio personal.
La modemidad ha transformado al hombre en un Iugar de transito desti nado
a recoger un mensaje infinito. Imposible no hablar, imposible callarse . . . como
no sea para escuchar. La fuerza significante de Ia palabra se desacredita o se
E! inzposib!e J’tlencio de Ia comunicacidn 5
debi lita ante el imperativo de decir, de dec irlo todo, para que reine una transparencia
i mpoluta que anule los espacios del secreta, los espacios del silencio.
Se trata de darle Ia vuelta al hombre como si de un guimte se tratara, para que
todo el se halle presente en su superticie.
Por su proliferacion tecnica, Ia palabra se hace inaudible, intercambiable,
descalifica su mensaje o exige que se le preste una atencion especial para poder
ofrla en el guirigay que Ia rodea y en Ia confusioFI de significados de nuestras
sociedades. La disolucion mediatica del mundo genera un ruido ensordecedor,
una equiparacion general izada de lo banal y lo dramatico que anestesia las opi niones
y blinda las sensibilidades . El discurso de los medios de comunicacion
posterga Ia busqueda de sentido en favor de una voz incontenida y vacfa que
j adea su discurso debido a Ia velocidad de su expresion y de su eva,nescenci a ;
cal l a el acontecimiento a l mentarlo: un comme111-taire (tm como-callarj permanente.
La hemorragi a del discurso nace de Ia imposible sutura del si lencio.
Esta comunicacion que sin descanso teje sus h i los en las mallas del entramado
social no tiene fi suras, se manitiesta con Ia saturacion, no sabe call arse para
poder ser escuchada, carece del si lencio que podrfa darle un peso especffico,
una fuerza. Y Ia para:doj a de este fl uj o interminable es que considera el si lencio
como su enemigo declarado: no ha de producirse ningun momenta en blanco
en Ia television o en Ia radio, no se puede dej ar pasar fraudulentamente un
instante de si lencio, siempre debe reinar el fluj o ininterrumpido de palabras o
de musicas, como para conjurar asf el mi edo a ser por tin escuchado.
Esta palabra incesante no tiene repl ica, no pertenece al fl uir de ninguna conversacion
: se limita a ocupar espacio sin importarle las respuestas . Cl aro esta,
no es siempre monologo, pero sf suele parecerse a una vari ante parlanchina del
auti smo. Lucien Sfez ha propuesto, para caracterizarla, Ia nocion de “tauti smo”,
recalcando asf I a dimension tautologica (Ia confusion entre el hecho real
y su representacion) y cerrada del discurso (Sfez, 1 982). S us protagonistas,
aunque puedan tener rostros effmeros , son, en detinitva, anoni mos e intercambiables
: emiten unas palabras que, tanto en su emi sion como en su cepcion,
carecen del calor del mundo; ignoran, por lo tanto, Ia reciproc idad y el si lencio
que ali mentan cualquier conversacion . Palabras sin presencia que no esperan
replica ni pretenden ser escuchadas con atencion.
E!ogio de !a palabra
Si Ia modernidad maltrata el si lencio, no debemos olvidar que cualquier
6 flltroduccidn
empefio dictatori al empieza matando Ia palabra . En ambos casos queda mermado
el pleno disfrute de Ia ci udadanfa. Pero ambos fen6menos no deben
medirse con el mismo rasero, ya que sus efectos son distintos : el guirigay no
tiene Ia misma virulencia que el cuchi llo en Ia garganta. S i el si lencio ayuda a
comprender cuando alimenta una reflexi6n personal que acaba revi rtiendo en
el discurrir de Ia conversaci6n, el si lencio impuesto por Ia violencia suspende
los significados , rompe el vinculo social . Si Ia dictadura aplasta Ia palabra en
su origen , Ia modemidad Ia hace proliferar en media de Ia indiferencia tras
haberla vaciado de significado. Si l uchamos sin descanso contra l as veleidades
siempre acechantes de Ia dictadura, estamos inmersos, en cambia, en los dominios
de Ia modemidad. La unica salida, basica ya que fundacional, es siempre
Ia del mutua acomodo del si lencio y Ia palabra, una etica de I a conversaci6n
que de por sentado que todo enunciado reclama una respuesta, toda afirmaci6n
un argumento que Ia avale y todo diaJogo una del iberaci6n mutua. Restaurar Ia
conversaci6n implica rescatar I a palabra, y rescatar Ia palabra entrafia restaurar
el silencio. Si por su desmedida presencia en Ia comunicaci6n modema, el discurso
acaba conti riendo cada vez mas atractivo a l si lencio, este, tan temible en
otros con textos, resulta mortffero en las si tuaciones en las que i mperan I a violencia
o Ia dictadura: se convierte entonces en una figura de Ia complicidad o
de Ia i mpotencia. Dicho de otra forma, el alcance de I a palabra o del si lencio
depende siempre de l as circunstancias en que aparecen .
La palabra es el unico antfdoto contra las multiples manifestaci ones de totali
tari smo que pretenden reducir Ia sociedad al si lencio para i mponer su capa de
plomo sobre Ia circulaci6n colectiva de los significados y neutra lizar asf cualquier
atisbo de pensamiento. La del iberaci6n colectiva refuerza Ia vitalidad de
los vfnculos sociales, y I ibera de las imposiciones y de los aspectos mortificadores
del s ilencio. Cal larse en dictadura significa consentir, reducirse a sf
mismo al muti smo. Pero tanto si se impide optar por el si lenci o como si condena
al si lencio Ia consecuencia es Ia misma: Ia di soluci6n del significado, ya
sea por saturaci6n o por Ia mordaza.
No hay palabra sin si lencio y, sin embargo, Ia ideologfa modema de Ia comunicaci6n
no acepta el si lencio. ada palabra pronunciada tiene su parte de sonido
y su parte de si lencio y, segun l as circunstancias, resuena con mas o menos
fuerza segun predomine uno u otrQ! El significado de las palabras puede desdi
buj arse en el ruido o destacarse con el si lencio, pero tambien a Ia inversa,
pues Ia relevancia de una palabra no es nunca absoluta sino que depende de Ia
manera en que l lega al que Ia escucha.
No hay palabra sin stlencio 7
No hay palabra sin silencio
Pensar el mundo significa hacerlo inteligible mediante una actividad simb6-
lica cuyo campo de acci6n reside en el usa apropiado de Ia lengua: el mundo
se descubre a traves del lenguaje que lo nombra. El pensamiento esta hecho de
palabras que dan cuenta de los incesantes acontecimientos que j alonan el
decurso de Ia exi stencia. Fuera del lenguaje, el pensamiento es impensable o,
a! menos, inaccesible, permanece cerrado, enclaustrado en el individuo incapaz
de formul arlo o de transmitirlo a los demas. El pensamiento bebe de un
fonda inagotable de i magenes y, aunque va mas alia del lenguaje, siempre debe
regresar a! mismo para poder expresarse. Las palabras esbozan el significado
del mundo, elaboran una trama que permite comprenderlo, dominarlo; son una
herramienta para comunicar el mundo a pesar de sus inevitables l i mitaciones y
torpezas ante un mundo que siempre va par delante y deshace -con su complej
i dad y sus c laroscuros- cualquier intento que pretenda fij arlo en significaciones
unfvocas . Pero decir que el lenguaje, o Ia actividad s i mb61ica en general
, es el contenido y el vehfculo del pensamiento no significa contraponerlo a l
si lencio como se contraponen un recipiente l leno y otro vacfo. ” N o h a y que
perseguir esa qui mera de un pensamiento sin lenguaje”, escribe Joseph Rassam
( 1 988, 2 1 ) . Si lencio y palabra no son contrarios , ambos son activos y signiticantes,
y sin su union n o existe el discurso. El si lencio no es un resto, una escoria
par podar, un vacfo par l lenar, par mucho que Ia modemidad, en su deseo
de pleni tud, no escatime esfuerzos para intentar erradicarlo e instaurar un definitivo
continuo sonora. El si lencio, a! igual que Ia mfmica o el gesto, no es Ia
denuncia de una pasividad sobrevenida del lenguaje sino Ia demostraci6n activa
de su usa. El si lencio es, como el lenguaje y las manifestaciones corporales
que lo acompafian, un componente de Ia comun icaci6n . Es mas , Ia palabra
prescinde con menos faci l idad del si lenci o que este de aque l l a .
Si lenguaje y si lencio se entrelazan e n I a enunciaci6n d e Ia palabra, tambien
puede decirse que todo enunciado nace del si lencio interior del individuo, de
su dialogo permanente consigo mismo. Toda palabra viene, en efecto, precedida
par una voz silenciosa, par un suefio despierto l leno de i magenes y de pensamientos
difusos que no cesan de trabaj ar en nosotros , incluso cuando el
suefio noctumo trastoca sus coordenadas . Mezcla de fantasmas borrosos y de
pensamientos perfi l ados , de recuerdos y de deseos, esa voz silenciosa va bordeando
e l lenguaje y dibuj ando asf su campo de acci6n . Toda palabra se alimenta
en ese Iugar sin espacio ni tiempo que, a falta de mej or denominaci6n ,
8 Introduce ion
llamamos Ia interioridad de l individuo: ese mundo ca6tico y silencioso que
nunca se calla, rebosante de imagenes, deseos , temores, pequefias y grandes
emoci ones y que prepara pal abras que incluso pueden sorprender al que las
pronuncia. Si e l pensamiento no existe sin lenguaje, tampoco puede prescindir
del si lencio que lo anuncia. Como escribe M. Merleau-Ponty: “Lo que nos permite
creer en un pensamiento que existe por sf n:tismo antes de ser expresado,
son los pensamientos ya constituidos y ya expresados de los que nos acordamos
en si lencio, y par los que creemos tener una vida interior. Pero en realidad
ese supuesto si lencio rebosa palabras , esa vida i nterior es lenguaj e interior”
(Merleau-Ponty, 1 945 , 2 1 3) .
Si Ia posibilidad del lenguaj e caracteriza I a condici6n humana e i nstaura Ia
relaci6n socia l , el si lencio, por su parte, preexiste y perdura en Ia madej a de las
conversaci ones que i nevi tablemente encuentran en su origen y en su termino Ia
necesidad de callarse . La palabra es como un h i l a tin a que vibra en I a i n mensidad
del si lencio. Las palabras arraigan en ese fonda, son como el rizoma que
se alimenta de esa tierra, y se sustraen a Ia saturaci6n de los significados eligiendo
un lenguaj e que podrfa haber sido otro. La palabra enunciada inoportuna,
i nuti l mente, puede acabar disolviendose en su propia insignificancia:
resuena entonces como un torcimiento del si lencio, como una contrariedad con
Ia que se paga el tributo del lenguaje. El si lencio acecha l os If mi tes de cualquier
palabra, recuerda que el significado permanece, ante lo inagotable del mundo,
atrapado en unos l fmi tes estrechos y a Ia zaga de Ia complejidad de las casas .
A pesar de su i mpaciencia por comprender, por no dej ar nada en barbecho, el
hombre acaba siempre topa.1dose con e l si lencio. En Ia conversaci6n, el si lencio
permite a I a palabra alcanzar su plenitud : cuando esta franquea los Iabios
de l individuo y se desvanece en el preciso momenta de su enunciaci6n, se
transforma gracias a Ia escucha atenta del i nterlocutor que se apropia de e l l a y
aprovecha su resonancia para perfi lar su replica. Cuando acaba I a conversaci6n
y se separan las personas, el si lencio rei nante queda impregnado de un aroma
de reflexi6n interior, del eco de las palabras recientes .
Recorrido
En el pri mer capitulo examinaremos el lugar del si lencio en Ia conversaci 6n.
Las pal abras que intercambian las personas se nutren de pausas, de i nterrupci
ones en el habla que en Ia medida en que pertenecen al nucleo mismo de los
enunciados los hacen intel igibles . Una conversaci6n es una especie de callejeo
Recorrido 9
recfproco por el camino del lenguaje que no puede concebi rse sin el si lencio
que Ia acompafia ; un si lencio que evita a los interlocutores ahogarse en una
marea i ncontrolada de palabras .
Los usos soci ales y culturales asignan a las palabras y a! si lencio un peso que
varfa de un Iugar a otro. Pueden surgi r malentendidos cuando difieren los tiempos
de pausa y los ritmos de Ia conversaci6n. Los reproches manifiestan entonces
el desfase : uno protesta por Ia “lentitud” de su interlocutor, otro censura un
“caudal” que ahoga Ia pausa. Todo i nterlocutor y, por extension, todo grupo
social, toda cultura, contiere pesos especfficos a Ia pausa y a! si lencio en Ia
conversaci6n . En nuestras sociedades, cuando el si lenci o se instala en un grupo
o entre dos personas suele brotar Ia incomodidad. “Ha pasado un angel ” se dice
entonces para constatar el apuro y poder superarlo con una risa que permita
retomar Ia discusi6n . Pero otras sociedades no conceden demasiada re levancia
a las palabras pronunciadas : les basta Ia mutua presenci a administrada con un
uso mesurado del lenguaje. Del estatuto social de Ia palabra y del silencio se
derivan las figuras del “si lencioso” y del “locuaz”, transgresores -por defecto
o por exceso- del regi men comun del lenguaj e (capitu lo 1 ) .
E l anal isis del silencio e n Ia conversaci6n nos llevara a considerar l a s diferentes
significaciones del silencio en Ia relaci6n con los demas . Encontraremos
entonces sus -numerosas- figuras polfticas, unas figuras cuyo sentido depende
del contexto en el que se producen , ya que el si lencio carece por sf mismo
de significaci6n . Esta su ambigtiedad es, en realidad, una herramienta de usos
multi ples en Ia vida diaria: sirve para controlar Ia interacci6n mediante el
manej o habi l de esa palabra que sabe esperar su momenta propicio o suscitar
i nquietud; es temible instrumento de poder para el que sabe uti lizarlo; es control
sabre uno mismo para no manifestarse, para contener una emoci6n desbordante
o para tomarse el tiempo necesari o para retlexionar. El si lencio puede
man ifestar una oposici6n si se impone deliberadamente para transmitir un
rechazo, una resistencia frente a alguien o contra una si tuaci 6n. Pero esta
opci6n de cal larse se desvanece cuando Ia sociedad queda sometida y reducida
a! si lencio: vigi lancia de Ia poblaci6n, prisi6n, exi lio, cuarentenas … formas
todas, en suma, de condenar Ia pal abra a su mfn ima expresi6n , a Ia soledad.
El silencio tambien man ifiesta el consentimiento o Ia connivencia de los
amantes o de los amigos que no temen callarse j untos . No hay necesidad de
amueblar siempre el tiempo con palabras ; muchas veces, Ia presencia basta por
sf sola. El si lencio tambien es comunicaci6n, sabre todo si es c6mpl ice, pero
tambien cuando manifiesta indiferencia hacia el otro, Ia inconsiderada negaci6n
de su palabra. El mutismo, por su parte, es una manera ofensiva de guar1
0 lntroduccidn
dar si lencio, manitiesta el rechazo a entrar en relaci6n, el desasosiego de quien
no encuentra su Iugar en I a misma: mutismo voluntari o de los hij os de padres
emigrantes , el de l autista o el de Ia persona traumatizada que rechaza Ia palabra
por miedo a reavivar el recuerdo. Y, tambien , lo i ndecible de I a shoah, ese
desgarramiento entre Ia necesidad de decir y Ia impotencia por no encontrar las
palabras adecuadas : disoluci6n del lenguaje en e! horror y, sin embargo, i mposibilidad
de callarse (capitulo 2).
Hay otra forma polftica del silencio: Ia que se deriva del hecho de que ciertas
cosas puedan decirse, otras no tanto y otras no deban deci rse en absoluto,
dependiendo de las situaciones y de los presentes. El vinculo social debe protegerse
de Ia palabra desbocada. El secreto, por ejemplo, constituye una disciplina
del lenguaj e que se practica en favor o en detrimento de los que ign oran
que existe. Protege o petjudica y, a veces , destruye. En algunas manos , el
secreto es poder. EI ser humano siempre esta rodeado de alguna sombra.
La terapi a del psicoanalisis, por ejemplo, permite al paciente transitar por un
espacio protegido, distante de las reglas de Ia conversaci6n y de Ia altemancia
en el uso de I a palabra. EI psicoanalista permanece casi siempre callado, en una
actitud de escucha, mientras el paciente lucha con las tensiones de su discurso.
El si lencio, piedra angular del tratamiento, se basa aqul no en el mutismo del
psicoanali sta sino en Ia parsimonia de una palabra que cobra todo su valor
cuando se emite, y que permite af paciente hablar sin reservas de si mismo
(capitu lo 3 ) .
E l si lenci o es u n sentimiento, u n a forma significante, no el contrapunto d e Ia
sonoridad imperante. Reflej a I a actitud del hombre ante su entomo. Aqul, los
imaginari os sociales revelan su ambivalencia: si unos experi mentan ante el
si lencio una sensaci6n de recogi miento, de serena felicidad, otros se asustan y
buscan en el ruido o Ia palabra una forma de ahuyentar el miedo. (Entra en
j uego, como ha sefialado Otto ( 1 969), Ia dialectica de lo sagrado.) Mezcla confusa
de angustia y atracci6n , de terror y regocij o, de peligro y remanso, tranquil
izador o i nquietante segun las circunstancias, el si lencio nunca aparece
baj o una unica y definitiva luz.
La intencionada producci6n de ruido es a menudo un recurso defensivo -asi
lo confirma Ia difusi6n del hilo musical en Ia mayorla de los lugares publicos .
Sin embargo, cada vez se considera mas el ruido como un ataque al derecho
que tiene cada uno de disfrutar de un adecuado nivel acustico. Suele soportarse
con desagrado. El si lencio l lega a tener entonces un destacado valor comercia!:
al ser un recurso escaso se convierte en un anhelo, en un motivo de lucha
social o de marketi ng (capitu lo 4).
Recorrido 1 1
Casi todas las religiones mantiene una rel aci6n privi legi ada con el si lencio:
Dios escapa a l os estrechos margenes del lenguaje. El creyente suele fracasar
en su intento de nombrarlo y describirlo y puede acabar ensimismandose en el
dialogo si lencioso consigo mismo. El mlstico l leva hasta el extremo el choque
entre Ia necesidad de expresar Ia experiencia de lo divino y I a pequefiez de las
palabras : se sumerge en lo inefable. Las manifestaciones religi osas del si lencio
son muy n umerosas, ya se refieran a Ia rel aci6n con Dios, a Ia oraci6n, a ! culto,
a Ia transmisi6n, a I a disciplina, a Ia sobriedad en I a palabra, etc . (capitulo 5 ) .
Tambien h a y u n a rel aci6n estrecha entre el si lencio y Ia muerte. El dolor, el
camino hacia Ia muerte, I a misma muerte, muchos ritos flinebres o el duelo
recl aman e l desvanecimiento de Ia palabra. La enfermedad grave, e l sida, etc . ,
por su parte, hacen q u e I a vida transcurra e n u n a dolorosa bocanada d e si lencio
(capitul o 6).

1. Los silencios de Ia conversaci6n
Tenemos qtte considerar Ia pa/abra antes
de .rer prommciada. ese fondo de .rilencio
que siempre Ia rodea y .rin e/ que no dirfa
nada; debemo.r de.rve!ar !oJ· hilos de si!encio
que se ettlrelazan con ella.
M. Merleau-Ponty, Signos
Las palabra.f en su emramado de silencio
Si el hombre se hace presente, ante todo, con su pal abra tambien l o hace
inevitablemente con su si lencio. La relacion con el mundo no solo se teje en
Ia contin uidad del lenguaje, sino tambien en los momentos de retlexion, contemplacion
o retiro, es decir, en los muchos momentos en que el hombre calla.
El l atfn distingue dos formas de si lenci o : tacere es un verba acti vo, cuyo sujeto
es una persona, que s i gnifica interrupci on o ausencia de pal abra ; silere es
un verba intransitivo, que no solo se apl ica al hombre sino tambien a Ia naturaleza,
a los obj etos o a los animales, y que expresa Ia tranqui l idad, una presencia
apacible que n ingun ruido interrumpe. 1 El griego, con las pal a bras
siopan (cal larse) y sigan (estar en si lencio), tambien di stingue entre el hecho
de bafiarse en el si lencio y callarse. Permanecer en s i lenc i o cuando se va
andando por I a calle, mientras se contempl a un paisaje o se esta descansando
no tiene forzosamente n ingun significado de cara a los demas. Nadie se siente,
en principia, cuestionado por una reserva que, en muchos casas , las circunstancias
e, incluso, las costumbres suelen rec lamar. Silere, por su parte,
hace mas bien referenda a Ia soledad del individuo o a Ia escasa repercusi6n
que sabre e l grupo tiene su presencia: su si lencio no preocupa a nadie. En
cambia, en el callarse se produce una retirada fuera del lenguaj e, una volun1
4 Los stlencios de Ia conJJersacidn
tad explfcita de no ofrecer Ia propia palabra al otro. Tacere se da en el marco
de una conversacion e i mplica que uno de los interlocutores guarda si lencio
conti riendo a su proceder un significado inequfvoco capaz de causar extrafieza
en los demas.
En los vaivenes incesantes de Ia conversac ion, Ji!ere y tacere se alternan ,
participan en los j uegos de los signiti cadol’ y se conj ugan con un tercer aspecto,
mas tecnico: Ia necesidad de las pausas para que el habla no se asfixie en
un trope! de palabras. La conversacion se nutre de palabras y si lencios.
Cuando una persona se cal l a , no por ello dej a de comunicar. El si lencio no es
nunca el vacfo, sino Ia respiracion entre las pal abras, el repliegue momentaneo
que permite el fluir de l os significados, el intercambio de miradas y emociones
, el sopesar ya sea l as frases que se amontonan en los labios o el eco de
su recepcion, es el tacto que cede el uso de Ia palabra mediante una I i gera
inflexion de voz, aprovechada de inmediato por el que espera el momenta
favorable. “Es el tej ido intersticial, que pone de relieve los signos desgranados
a lo largo del camino del tiempo, unos signos que valoran Ia calidad y Ia
pureza del si lencio”, escri be J. de Burbon B usset ( 1 984, 1 3 ) . Cada palabra
remueve el s i l encio a su manera y da su i mpulso al intercambio. El si lencio,
a su vez, tambien remueve Ia palabra dandole un matiz espec i a l . No puede
prescindir el uno del otro, de lo contrario se pierden y acaban rompiendo Ia
li gereza del lenguaj e .
Toda conversacion es un tej er d e si lencios y palabras , d e pausa y habla, que
crea Ia respiraci on del intercambio; es un vaiven entre el pensamiento difuso
y los enunciados. Las palabras y el esti l o del discurso no colman por sf solos
Ia esenci a de Ia conversacion : e l ritmo del intercambio, I a voz, l as miradas , los
gestos y Ia di stancia que se mantiene con el otro tambien contribuyen al fluir
de los signiticados . EI hombre no es solo su discurso: el contenido de I a palabra
solo es una dimension del proceso comunicativo, las pausas, las formas de
decir o cal lar y los si lencios tambien son i mportantes. La voz se i nterrumpe,
recupera su aliento o dej a que el otro responda. Los breves si lenci os que salpican
Ia discusion conceden un i nstante de reflex ion antes de proseguir con el
razonamiento, comprueban el acuerdo del otro acerca de una frase que suscepti
ble de provocar divergencia o proporcionan un momenta de di vagacion.
Equivalente habl ado de Ia puntuacion -que da legibilidad al texto-, los si lencios
separan las palabras y l as frases, y permiten al otro comprender. Sirven
para ponderar los terminos mas adecuados para transmiti r cada idea y para
di stribuir los turnos de palabra. Cuando Ia voz disminuye de intensidad y se
di spone a call arse o a coger aire, el otro sabe que puede retomar su discurso
Usos culturales del stlencio 1 5
y plantear sus argumentos . Lejos de separarlos, e l h i l o del si lencio enl aza los
discursos y los hace inteli gibles ; y favorece Ia tluidez de Ia conversaci6n . Abre
un espacio de l ibertad en el dialogo y permite a cada interlocutor partici par,
para cambiar el rumbo de Ia conversaci6n, relanzarla o ponerle punto final. El
s i lencio es un modulador de Ia comunicaci6n, un balancfn cuyos movi mientos
permiten que Ia palabra pase tranquila de un individuo a otro, siempre que
ambos le dan el mismo signifi cado. En realidad, Ia c laridad semantica del lenguaj
e se asienta sobre este tej er de voz y silencio en consonancia con las normas
del regi men cultural de I a palabra propi o de cada grupo soc i a l .
L a comunicaci6n, sin un reverso d e si lencio, es i mpensable; se atascarfa e n
un tl uj o continuo d e palabras q u e harfa imposible el habla, pues toda palabra
estarfa condenada desde su misma emi si6n . En las pausas del discurso se urde
el mensaje del que habla, y Ia recepc i6n por parte de los que dialogan con e l .
Las i nvestigaciones l l evadas a cabo sobre Ia economfa d e Ia conversaci6n distinguen
dos formas de pausa. El si lencio “rapido”, por un ! ado: el que se aj usta
a I a horizontali dad del lenguaje, no dura mas de dos segundos pero es frecuente
y manifiesta I a vacilaci6n en Ia elecci6n de las pal abras o en Ia estructura
gramatical de Ia frase. En principio, Ia propi a prosecuci 6n del di scurso lo
dil uye de i n mediato, hasta el punto de que pasa practicamente desapercibido,
a no ser que de paso a una expresi6n deficiente o al uso de un termino extranjero
por parte del i n terlocutor. Apenas tiene significativo, salvo cuando acaba
perj udicando Ia tranqui l idad con Ia que conviene recibir el mensaj e. El si lencio
“Iento” tiene, por su parte, otro significado : marca mas bien una especie
de escansi6n en I a tonal idad de Ia conversaci6n y referida al contenido de lo
que se dice. Suele i r unido a una busqueda de expresiones, argumentos , razonamientos
; pone en marcha los recuerdos y subraya Ia afectivi dad que aportan
l os di stintos interlocutores (B runeau, 1 97 3 , 23 sq.).
Usos culturales del silencio
El lenguaj e para ser intel igible necesita de Ia puntuac i6n de si lencio. El uso,
y ruptura, de esta puntuaci6n requi ere de cierta aptitud, pues de lo contrari o
da I ugar a situaciones inc6modas .2 Debe adecuarse a! ri tmo de los interlocutores,
a su forma de tomar Ia palabra y de decidir, ya que cualquier disparidad
puede producir un malestar mas o menos grave . La irritaci 6n puede nacer por
culpa del que “se toma su tiempo”, procede con ·’exasperante” lenti tud e
i mpone unos si lenci os que van desti lando Ia impaciencia o el enoj o de quien
1 6 Los st!e!lcios de Ia co/IFersacidn
esta acostu mbrado a un ri tmo mas agi l . A I a i nversa, Ia irri taci6n tambien
surge ante aquel que, por su excesiva velocidad a! hablar y su incapacidad
para escuchar, prescinde de las pausas y dificulta Ia atenci6n sostenida. David
Lepoutre, en su estudio sabre los j 6venes de Ia periferi a del norte de Parfs,
subraya Ia conocida rapidez de palabra de algunos adolescentes . Las conversaci
ones fluyen a una velocidad exc luyente y que expone a las rech i flas a todo
aquel que tenga el verba Iento o titubeante . El si lencio solo aperece para recuperar
e l a liento. Un dfa Lepoutre se encontr6 a un j oven en el portal de su edificio;
ni uno n i otro supieron propiciar I a comunicaci6n. El j oven Samir no
tard6 en exteriorizar su malestar y acab6 esta l l ando: “Tras unos momentos
embarazosos, y ante mi i nsi stente si lencio, acab6 por lanzarme, no sin ci erta
ironfa, esta arden brutal y l iberadora : ‘ j Habl a ! “‘ (Lepoutre, 1 997, 1 3 2). El
impacto de un intercambio entre sus protagoni stas depende, mas a l i a de su
contenido, del ri tmo y de Ia altemancia entre tiempo de pal abra y tiempo de
pausa a los que cada uno este acostumbrado.
La cantidad de si lencio necesari a tanto para dar c laridad a Ia elocuci6n
como para poder comprender un discurso depende de I a posicion cultural de
cada grupo. S on muchos y distintos los usos de l si lencio y su coincidencia
puede dar Iugar a malentendidos, a interpretaciones divergentes . Aquf, el
malestar no procede tanto del contenido de lo que se dice como de Ia di stribuci
6n y duraci 6n del si lencio. Las distintas formas de hablar, las pausas mas
o menos l argas , suscitan j u icios de valor en aquel los que practican otros ri tmos
o intentan mantener un determinado caudal de palabras en el transcurso
de Ia conversaci6n . A l os i ndios athabascan , por ej emplo, sus vec inos americanos
les consideran “pasivos, hurafios, ensimismados, poco dados a Ia controversi
a , perezosos , atrasados , destructivos , hosti les, egoi stas, in sociables y
estupidos” (Scol lon, 1 98 5 , 24) . Estos calificativos se deben fundamental mente
a sus respectivas acti tudes en Ia conversaci6n . La sobriedad de los i ndios
athabascan, sus pausas mas prolongadas , sus tumos de palabra que no ej ercen
tan pronto como ha c a l l ado el interlocutor, desarman al que no esta acostumbrado
a esta forma de discusi6n y le inci tan a calificarl os con estereotipos
negativos , sin advertir en ni ngun momenta que se le podrfan atribuir a e l los
estereotipos de signa contrario: charlatan , pesado, superficial , nervioso, agresivo,
etc . La mayor o menor di stanci a entre Ia pausa y el habla es deci siva para
tachar a los interlocutores ya sea de tacitumos o locuaces . Basso sefiala que
los apaches, conocidos por su actitud reservada, tildan a los blancos de impulsivos,
locuaces y otros calificativos que para el los tienen una connotac i6n
negativa (Basso, 1 979). Los que hablan depri sa y los que hablan despacio sueUJ
·os cultura!es del silencio 1 7
len descaliticarse mutuamente. Unos consideran que sus interlocutores son
excesivamente reservados y poco cooperantes ; y los otros creen que son domi nantes
y que h acen l o que sea con tal de expresarse (Tannen, 1 98 5 , 1 08 ) . Los
navaj os prolongan sus pausas y cuando alguien pl antea una cuestion ante un
grupo suelen ser l os que no son navaj os los que, desconcertados por una espera
que supera todo lo i maginable, acaban respondiendo (Savi l le-Troike, 198 5 ,
1 3) . Segun R. Carro l l , l o s estadounidenses d e c l ase media se quejan a menudo
de que los franceses les interrumpen continuamente sin respetar las pausas .
Sin embargo, este tipo de comportamiento es todo un ritual en las discusiones
francesas : n o se corta al i n terlocutor en mi tad de una palabra o de una frase
pero se aprovecha Ia mas mfn i ma inflexion de voz para recuperar el turno de
palabra. AI no estar el estadounidense acostumbrado a este ri tmo y a esta
forma de actuar, le cuesta acabar su discurso, s iente cierta frustracion y acaba
ti ldando de superficial a un interlocutor que le plantea cuestiones sin esperar
las respuestas (Carro l l , 1 9 8 7 , 62) .
Dentro de un marco social especffico, cada interlocutor se acoge a un “estatuto
de participacion” (Goffman, 1 99 1 , 223 sq.) ligado a su edad, sexo, posicion
soc i a l , famili ar, etc . En virtud de este estatuto se le concede al interlocutor
un determinado n i vel de contribucion activa a Ia conversacion -dependiendo
tambien del contenido o del grado de fami li aridad de esta-, asf como
unos derechos y deberes relativos a su margen de si lencio.
El otro es abordado en base a este estatuto que detine sus derechos y deberes
i mp l fcitos en el transcurso del intercambio. En funcion del estatuto de participaci
on se escogen o se excluyen interlocutores; concede I a autoridad en el
control de I a discusion y establece l as j erarqufas en las tomas de palabra ;
marca I a pauta sobre los temas que pueden abordarse y l os que conviene evitar,
y permite estimar I a probable duraci on de una interaccion. De el se deri va
el tiempo de s i l encio lfcito, el que no incomoda a nadie, y el tiempo del
s i l e n c i o que por el contrari o provoca desconci erto e i mpac i e n c i a .
Dependiendo d e los interl ocutores y d e l marco d e l encuentro, toda si tuaci on
exige una suti l dosificacion de palabras y si lencio. Una infraccion de las
reglas implfci tas de una conversacion en un determi nado contexto provoca el
malestar, aunque solo sea en uno de sus miembros, y rec lama una solucion.
En un mismo grupo soc i a l , los desfases produci dos por los distintos usos de
las pausas y del turno de palabra susci tan apreci aciones positivas o negativas,
segun sea el grado de semej anza de los usos . Una investigacion reali zada entre
un grupo de mujeres cultural mente homogeneo de un colegio de Mary land,
llego a Ia conclusion de que las mujeres que usan pausas breves despiertan
1 8 Los stlencios de Ia conversaciOn
mas si mpatfas entre sus interlocutores, que las cons ideran cooperantes , si mpaticas
, atentas, expresivas, sociables, etc . AI contrari o, las companeras que se
taman pausas mas l argas reciben los siguientes calificativos : reservadas , despegadas,
tacitumas, sobrias, tfmidas, rfgidas , frustradas, etc . (Feldstei n,
Al berti , BenDebba, 1 979). Dentro de un mismo regi men de pal abra las singul
aridades personales ins pi ran j uicios mas o menos propicios segun los casas
concretos . Para las c lases medias de Ia costa Este de los Estados Unidos mas
vale hablar que callarse y h acerlo sin pensarselo mucho ni recurri r en exceso
a las pausas . A I emitir j uicios sabre el otro recurren , sin darse cuenta, a determinados
valores implfc i tos que legitiman Ia palabra o el si lencio, Ia necesaria
sobriedad de I a palabra o, a Ia inversa, el tluir de una conversacion que nada
interrumpe . Ninguna regia universal rige las mani festaciones de Ia pal abra o
del si lencio en las conversaciones : el malentendido o los j uicios negati vos
sabre el otro se dan, de manera espontanea, cuando unas personas, pertenencientes
a distintos regfmenes del habla, creen que su forma de hablar es Ia
unica norma l .
Los regfmenes d e l habla, q u e resuel ven cada u n o a su manera I a combinacion
entre palabra y si lencio, son el resultado de un proceso de educacion que
se asienta deshaciendo cualquier arbitrariedad y ofreciendose como “natural”,
y despierta I a sospecha ante los que van contra su evidencia. El arte de l a conversacion
, encauzado par esos esquemas culturales que los protagonistas
redefinen a cada instante, no consi ste solo en saber hablar sino, sabre todo, en
saber callar en su momenta, y en permitir que se i nstale en el centro de Ia conversacion
un s ilencio especffico capaz de proveer las pausas necesari as en el
habla y en el reparto de los tiempos para los discursos respectivos . Los locutores
aprovechan estos intervalos para tomar posiciones, calibrar el esfuerzo
que requiere la discusion y decidir Ia actitud a adoptar. Ningun discurso sin
pausas, sin tumos de palabra, ninguna palabra sin un reverso de si lencio. El
saber en que momenta cal l ar o hablar radica en I a “competencia de comunicaci6n”
(Hymes, 1 974) de los protagoni stas , en su conoci miento de los usos
y en su interpretacion de las circunstancias de cada conversacion . ”Toda lengua
tiene su propio mutismo”, escribe E. Canetti ( 1 97 8 , 34).
El sexo del si!encio
La frontera del sexo abaca cultural mente a un cierto esti lo de comunicacion
al que resulta diffc i l sustraerse. En funcion de las sociedades y del Iugar que
El se.t”o del stle11cio 1 9
ocupe e n elias, I a mujer n o di spone de I a misma ampl i tud d e pal abra que el
hombre, suele estar infravalorada. El Nuevo Testamento ya le indica, por
media de San Pablo, Ia obli gacion de callarse: “Durante Ia i nstruccion, Ia
mujer debe guardar si lencio con total sumision. No consiento que Ia mujer
ensefie ni domine al hombre. Debe mantenerse en si lenci o” (Timoteo, 2, 1 1 –
13). La palabra de Ia mujer en nuestras soci edades parece ser un complemento
de Ia del hombre, subsidi aria de una pri mera formulacion . En real idad, no
siempre disfruta de una s i tuacion de igualdad . Los hombres tienen Ia tenden
cia, sin pretender! a, a jugar un papel determinante en el curso de Ia con versa-:
cion, tomando s i n muchos miramientos Ia palabra, no cediendola siempre de
buen grado, i nterru mpiendo con mas fac i l idad a una mujer que a un hombre,
etc . Dos i nvestigadores estadounidenses (Zi mmerman y West, 1 97 5 ) hicieron
un estudio de diez conversaciones entre mujeres, entre hombres y entre parejas
. Los datos ana l izados se obtuvieron en el transcurso de conversaciones
mantenidas en lugares comunes de una comunidad universi tari a . Los dos
autores advierten que los hombres son responsables del 98% de las interrupciones
y de todos los enfretamientos . En las parejas de hombres y en las de
mujeres solo se produjeron siete interrupciones . En las parejas mi xtas , las
interrupci ones ascedieron a cuarenta y ocho, y pnkticamente todas las provocaron
los hombres. Y las mujeres ni protestaron , ni intentaron retomar acto
seguido Ia palabra: se l i mitaron a aceptar I a situacion (ver tambien West,
1 983) . Experienc i as analogas llevadas a cabo con parejas adulto-nifio arrojan
resultados pareci dos: el nifio sufrfa un trato parecido al de Ia mujer.
Zi mmerman y West l l egan a I a conclusion de que Ia di sparidad exi stente entre
el h ombre y I a mujer ali menta se proyecta sabre Ia desigualdad en el uso de
Ia palabra . M. Yaguello da con estas mismas modalidades i nconscientes en
diferentes campos i nstitucionales, como entre chicos y chicas en las escuelas
o entre colegas masculinos y femeni nos en las reuni ones de trabajo en Ia
Universidad (Yaguello, 1 992, 49).
Los procedimientos de Ia interaccion verbal conceden en principio un
mayor margen de maniobra al hombre, aunque no siempre tenga consciencia
de ella. A Ia mujer se le permite hablar en menos ocasiones, y muy a menudo
se ve forzada al si lencio. Curi osamente, se Ia suele asociar con Ia incontinencia
verbal , con I a palabra intrascendente, pero lo cierto es que se le escatima
su derecho a hablar, cuando no se le niega. “Aprendere a cal larme, a observar,
a hacer alusiones, a sefialar, a interpretar, y a esperar” , escribe, por ejemplo,
E.G. Belotti ( 1 983, 13). De ahf el comentario de Annie Lec lerc sabre Ia necesidad
que tienen las mujeres de “inventar un di scurso que no sea opresivo. Un
20 Los silencios de Ia conl’ersacioll
discurso que no corte Ia palabra, pero distingua los usos del habla” (Lec lerc,
1 974, 1 1 ) .
L a muj er s e mantiene, a veces, como acurrucada e n e l si lencio, s i n encontrar
legitimidad para expresarse . Una marana de cosas si lenciadas, de represiones
, complica las relaciones de algunas parej as y, en ocasiones , acaba afectando
al h ij o . Malentendido a menudo doloroso incluso para el hombre que se
enquist6 en una actitud y no consigue moditicar las relaciones que el mismo
ha contribuido a instaurar, a! mismo tiempo que Ia mujer renuncia a cambi ar
las cosas . Belotti cuenta asf Ia histori a de un hombre que vive a duras penas
Ia ausenci a de comunicaci6n con su compafiera y su hij a . Estas no le hablan
nunca, y el no sabe como recomponer una comunicaci6n que se ha ido deteri
orando a lo largo del tiempo sin darse cuenta. Un dfa que vuelve a casa antes
que de costumbre oye muchas risas en el apartamento: son su mujer y su hij a
hablando alegremente y sin cortapisas. Cuando estas s e percatan d e s u presencia
se cal lan i n mediatamente. La muj er se siente inc6moda, y se excusa
por h aber hecho tanto ruido, pues no sabfa que habfa l legado. El hombre descubre
con desolaci6n hasta que punto ha permanecido al margen de Ia mas
mfn i ma complicidad con una y otra. El crefa que eran si lenciosas, discretas; y
se descubre ahora doblemente excluido de un universo que tanto querrfa compartir,
pero para ello tendrfa que escribir de nuevo su hi storia y sus rel aci ones
con s u esposa . Se acuerda de los pri meros momentos de su matri monio, cuando
ella esbozaba palabras y gestos de temura, y el no se atrevfa a responder.
“Siempre tuve terror a las manifestaciones de temura, me daban pan ico, las
rechazaba siempre como si me fuesen a hacer correr un grave pel i gro, no sabfa
cmll, ni lo he sabido nunca. Tal vez si ella hubiese insi stido . . . Pero en seguida
se desanimaba” (Belotti , 1 98 3 , 3 8 ) . Entonces el si lencio se enquista y se convierte
en un sufri miento no con(esado.de Ia parej a , cuyo ori gen esta en I a primigen
ia escucha indiferente o cri spada del hombre.3
Belotti tambien recuerda amargamente su infancia con una madre permanentemente
afl i gida y petri ficada por el si lencio. “No sabfa rei vi ndicar sus
derechos. Daba tumbos , como tantas otras muj eres de su edad y situaci6n,
para escapar de este estado de impotencia y sufri miento especffico de las
muj eres , que s u propia madre le habfa transmitido y que ella habfa vivido con
perplej idad, con el sentimiento de los agravios e inj usticias sufridos ; pero
nunca logr6 dar con unas explicaciones que fuesen mas alia de su propio caso.
Y esta era Ia herencia que ahora recibfa de ella . . . Pero yo I a repudiaba a!
rechazar el si lencio” (Belotti , 1 98 3 , 64-65) . La inhi bici6n de Ia pal abra es un
repliegue sobre sf mismo, el tri buto a una si tuaci6n de desigualdad que a veces
£/ umbra/ de Ia con l’ersacitfn 2 1
se h ace patente en las parejas. El si lencio es entonces un sufri mi ento del que
el hombre no siempre puede escapar, a! no saber como restaurar una relacion
en Ia que solo tiene certeza de su propi a soledad. El si lencio tiene un sexo privilegi
ado, aunque nadie dipongan , en definiti va, del monopolio sobre el
mismo. De forma un tanto inquietante, muchos estudios tradicionales insi sten
en resaltar Ia inconti nencia verbal de las mujeres, su discurso hueco y el abuso
que hacen del lenguaje. Incluso cuando Ia mujer no dice nada, esta diciendo
demasiado. Paradojica condicion que convierte a Ia lengua en el monopol io de
un sexo.
El umbral de Ia con ver.racion
El inici o de una conversacion implica una ruptura del s i l encio que exige, por
lo tanto, el concurso de unas practicas sociales ajustadas a las si tuaci ones y a
los potenciales interlocutores. La entrada en materi a se produce sin dificultades
entre personas que se conocen o tratan un asunto bien defi nido. En cambia,
los encuentros entre personas que no s6 conocen , reunidas por circunstancias
mas o menos previstas de antemano, provocan un momenta inicial de
si lencio, que sirve para conseguir el mutua acomodo y para buscar los terminos
adecuados para poner en marcha Ia conversaci on. La mayorfa de las
veces , el malestar es i mperceptible. Una serie de formulas estereoti padas –
sabre el tiempo que hace, sabre las incidencias del viaje o, mas senc i l l a mente,
el acto de presentarse unos a otros-, provocan Ia entrada en materi a y disipan
de golpe I a amenaza del si lenci o. AI contrario, Ia i nteraccion resulta mas
diffcil de engarzar cuando un individuo de apariencia normal para su comunidad
social se encuentra, por pri mera vez, con alguien que sufre una minusvalfa
ffsica o sensori a l ; una desfigurac ion, por ejemplo, o cualquier otra parti
cularidad visible. El “normal” se detiene un instante, y Ia sorpresa le deja sin
saber que decir. Casi siempre se i mpone un breve si lencio a causa del desconcierto
inici a l . El otro esta acostumbrado a di sponer de un estrecho margen
de accion ante estos comportamientos . Para evi tar el malestar, suele tamar
precauciones a fi n de no incomodar a Ia gente que se cruza en su camino.
Acercarse lentamente, si mular cierta indecision, consultar el reloj, mirar el
paisaje: son actitudes dirigidas al interlocutor para acompafiar su acercamiento,
vfas de acceso que preservan sus defensas y le dan tiempo para digerir su
sorpresa y hacer como si no pasara nada . Un si lencio de ajuste cuya suti leza
pretende aminorar el recelo del ”normal”. El otro, acostu mbrado a este ti po de
22 Los st!encios de Ia conversacidn
si tuaciones, toma a menudo Ia iniciativa con un comentario j ocoso o con una
formula c b isica que permite “romper el hielo”.
Cualquier quiebra en el esquema habitual de Ia interaccion provoca I a interrupci
on provisional de Ia palabra, Ia indeci sion, Ia duda y Ia inquietud del
observador. El testigo de una declaracion inesperada o embarazosa tambien
suele sumergirse en el si lencio, desconcertado ante una vulneraci on del estatuto
de partici pacion de un interlocutor y obli gado a buscar el moti vo de semej
ante des liz. El fluir de Ia interaccion, de suyo agradable, encuentra un obstaculo
cuando uno de los intervinientes toma una vfa transversal ; superada Ia
sorpresa se ha de procurar retomar Ia vfa comun, sin perder Ia cara ni poner
en riesgo Ia del causante de Ia confusion . Un comportamiento l lamativo, un
accidente de tn1fi co, un al tercado entre dos automovili stas, un ruido inesperado,
suspenden Ia conversacion y aguzan una curiosidad que aunque par un
instante permanece muda, no tarda en desembocar en una actitud consecuente
en I a que se vierten comentarios mas o menos prodigos segun Ia gravedad
de lo ocurrido. Si Ia escena es dramatica, las ganas de hablar bri l laran par su
ausencia, y Ia emoci on l levara a los testigos a! recogimiento interior. El si lencio
contiene Ia efusion y h ace que las palabras resulten inoportunas o insufi cientes
. Cualquier aconteci rniento insolito q u e entrafie Ia amenaza d e lo desconocido
provoca un repliegue sabre uno mismo cargado de interrogaciones ,
y hace que tanto el individuo afectado como el publico adecuen su actitud.
El si lencio, ademas de un recurso para hacer frente a una si tuacion embarazosa,
se convierte a veces en una forma habitual y normali zada de recibir a!
otro. A lgunas sociedades insti tuyen un si lencio previa que sirve para entrar en
materi a antes de identificar debidamente al interlocutor extrafio. Las miradas
se cruzan , tal vez se i n tercambie un breve saluda y aunque Ia circunstancia
permita i niciar el dialogo, este se suspende a I a espera de tener un conocimiento
mas profunda del otro, que es lo que real mente proporciona I a conti
anza necesaria para entablar una interaccion . El si lencio es entonces una
forma de ri tuali zacion del asombro y permite a! mismo tiempo desplegar un
si stema de valoracion capaz de familiari zarse con las nuevas circunstancias.
Marca una posicion de espera y de observacion ante una si tuaci on ambigua en
Ia que los papeles tradicionalmente establecidos no acaban de i mponerse. Los
miembros de una comunidad apache del centro-este de Arizona, par ej emplo,
instauran este si lencio cuando se encuentran con un extrafio, apache o no, a!
que no identiti can de entrada. Si este se apresura en tamar Ia iniciativa y aborda
a su interlocutor sin las debidas precauciones se tropezara con un mutismo
tota l . El apache sospecha que tiene intenciones poco claras , o que viene a
Stle11cios de circufl.rtoncios 2 3
pedir dinero o algun favor. S u actitud excesivamente franca inquieta, pues el
estableci miento del vinculo soci al es una cosa muy seria, que exige prudencia
y tiempo. La incertidumbre tambien suele estar presente en los pri meros
momentos de Ia relaci6n amorosa entre los j6venes apaches : Ia concienci a de
Ia distanci a que les separa les aleja aun mas uno del otro. S on necesarias unas
cuantas semanas de mutua aproxi maci 6n antes de que puedan dirigirse Ia
palabra sin torpeza. Asimismo, cuando regresa un pariente tras una larga
ausenci a , sabre todo si se trata de un joven, es costumbre que los padres permanezcan
en si lencio tras las pocas palabras de saluda. Se escucha al recien
llegado sin dar inicio a n ingun dialogo. La fami l i a ha acomodarse a una si tuaci6n
todavfa ambigua, cargada de incertidumbres. Se teme sabre todo que el
joven hay a sucumbido, en su estancia junto a los blancos, ante mal as incl inaciones
y que haya dejado de ser el que era antes de su parti da. Para ello, se le
observa durante algunos dfas antes de reanudar con el las conversaciones de
siempre (Basso, 1 972, 67-87) .
El s ilencio se uti l i za, asf, para aplazar u n encuentro cuando l a s i tuacion es
incierta , y acompafia el juicio que decide si es o no perti nente hacer uso de Ia
palabra. Este si lencio sera mas o menos largo y pesado segun sea Ia circunstan
c i a ; viene a ser una especie de comparti mento estanco que establece la
transici6n entre dos mundos . En real idad, la entrada en materia, ya sea de
forma locuaz o si lenciosa, es un rito de conjuraci6n de otro si lencio: el que
precede al encuentro. Del mismo modo que hay que eli minar los riesgos de Ia
toma de contacto, hay que rodear de si gnos fami liares el momenta de l a separaci6n,
pues en el si lencio concl uyen necesariamente todas las conversaciones,
h asta las mas ani madas o amorosas . Unas cuantas formas ri tuales indican
que e l dialogo camina hacia su conc lusion . Puede ser medi an te i nterjecciones
( ” j Buen o ! ” , ” j Bien, pues ya es hora ! ” , “dicho lo cual”, etc . ) ; una disminuci6n
en el caudal de las palabras ; una duraci 6n mas larga entre las respectivas i ntervenciones
; miradas que se diri gen hacia otro sitio; Ia formulaci on de un enunciado
generico, casi enfatico (“no hay nada que hacer”, “asf es”, ” j Asf es Ia
vida ! ” , “ya se vera”, etc . ) ; o cuando uno de los partici pantes en I a conversacion
se aleja l igeramente o, por el contrario, se acerca para despedirse. En
defi nitiva, formulas s imbolicas que an uncian Ia conc lusion del intercambio.
St!encios de circunstancias
El si lencio puede ser una eleccion especialmente apreci ada, en I a medida en
24 Los silencios de Ia con l’ersacid!l
que propicia con naturali dad una necesari a sobriedad de lenguaj e ; pero tambien
puede ser el efecto de unas circunstancias que Bevan al individuo a contener
su deseo de hablar, por temor a una situac i6n que no domina. Cuando
una conversaci6n no sigue l as condici ones habituales, el i ndividuo se desconcierta
y reacc i ona con di sgusto, con frases hechas, ti tubeos o respuestas lac6-
nicas . Intimidado por su interlocutor, descolocado ante una situaci6n que le
supera, teme meter Ia pata o sufri r las consecuenci as de una revelaci6n que
descubra su torpeza. 0, tambi en , se queda sin saber que decir, al no entender
lo que el otro espera de el . La reserva es entonces un sistema de defensa, annque
suela aparece ante los demas como una carencia persona l . Esta s i tuaci6n
es frecuente en las relaciones entre individuos de distinto nivel social o cuando
un nifio se encuentra ante un adulto.
Labov, en su ya clasico estudio sobre las interacciones verbales de los nifios
negros de Harlem, i l ustra los distintos comportamientos de estos nifios segun
sea el contexto de sus intercambios. Un entrevistador blanco, amable y expresivo,
c urtido en los metodos de Ia psicologfa, mantiene una entrevista con un
nifio en un aula. Le da un juguete y le pide que se exprese a su aire sobre el
j uguete en cuesti6n . Pero, ante una situaci6n tan artificiosa, el nifio titubea, se
hace un l fo, marca largos periodos de si lencio, al mismo tiempo que el entrevistador
se ve i ncapaz de suscitar un debate mas ampl io. Segun Labov, las curvas
de entonaci6n traducen implfcitamente Ia aceptaci6n por el n i fi o de una
espera que no comprende . Sus entonaciones significan si mb6licamente un :
“i,Esta bien asf? ” . El nifio se siente observado, j uzgado, teme pronunciar alguna
palabra que pueda vol verse en su contra . Se encuentra sometido a una relaci6n
de autoridad que le produce malestar y desconfi anza. Su discurso esta
entrecortado por numerosos silencios que van j alonando otras tantas zonas de
repl i egue detras del lenguaje, donde busca un refugi o inh6spito y provisiona l .
E n cambi o, Ia situac i6n se transforma radical mente si el mismo n i fi o se
encuentra ante un adolescente negro del gueto, si Ia entrev i sta se desarrolla en
su casa o en Ia de un amigo o si se le habla de objetos que formen parte de su
vida cotidiana, en presencia de un compaiiero de su edad. Entonces, en un
contexto donde i mpera Ia confianza, donde Ia famili aridad de los Iugares disipa
Ia desigualdad y Ia extrafieza de Ia entrev ista, el si lenc i o desaparece por
completo: “EI nifio que habl aba con monosflabos , que no ten fa nada que decir
sobre nada, y que no recordaba lo que habfa hecho el dfa anterior, ha desaparecido
sin dejar rastro. Vemos ahora dos muchachos que tienen tantas cosas
que deci rse que no dej an de interrumpirse; ademas , no parecen tener ninguna
dificul tad a I a hora de expresarse” (Labov, 1 97 8 , 1 23 ) .
St!encios de circunstanciaJ· 25
El mutismo o las frases hechas a los que se aferran algunos ninos y adul tos
suelen ir uni dos a unas condiciones sociales que las personas creen no poder
control ar, porque alej adas de su habitual capacidad de comunicacion. El nino
que permanece mudo o que es si mplemente silencioso, adopta una posicion
de repliegue para protegerse de lo que no comprende o de una si tuacion que
exige tiempo para poder fam i l i arizarse con ella. Asf, en las escuelas americanus,
los ni nos amerindios tienen fama de ser si lenciosos, tfmidos, indiferentes
ante las activi dades escolares, poco in mersos en el ambiente de competencia
que reina en Ia c l ase. Los j ovenes siux se resi sten a las insistentes i nvitaciones
que Ies hacen sus profesores para que tomen Ia palabra y cuando Ia taman
solo pronuncian unas cuantas frases laconicas y estereotipadas . Ahara bien ,
estos ninos, a! i gual que los de Harlem descritos por Labov, no presentan ninguna
dificul tad de comunicacion dentro de su medio social o cuando j uegan
entre ellos en el recreo. No h ay, por lo tanto, una dificultad l i n giifstica o problemas
psicologicos sino un contraste entre unos regfmenes de comuni caci6n
demasiado alej ados entre sf. La sobriedad de palabra de I a cultura siux no
encaj a bien con un sistema escolar mas bien locuaz y que, por cuestiones de
aprendizaj e , aligera Ia carga del lenguaje. EI regi men de palabra de I a escuela
desposee al nino del domin i o que tiene de las reglas de comunicaci6n de su
grupo (Dumont, 1 972) . En Warm Springs, Phi l i ps describe una comunidad
donde Ia palabra de cada uno tiene el mismo valor, nadie queda marginado de
las acti vidades comunes : es una sociedad sin j erarqufa social . En su experiencia
escolar, el nino de esa comunidad se sorprende ante Ia posicion especial
del profesor, Ia ampu losi dad de su discurso o su autoridad, que en nada se
parecen a las relaci ones sociales y a los principios morales de su comunidad.
El exito escolar del nino dependera del dominio que acabe ten iendo de esas
otras reglas de comunicacion que o bien le distancian de las de su familia y de
su grupo o le obl i gan a l levar una vida desdoblada, basada en sistemas de
comportamiento i ncompati bles, que se van alternando a lo largo del dfa segun
las circunstanci as (Ph i l i ps , 1 972; Devereux, 1 966).
Las conversaci ones son muy escasas entre los internos de esas instituciones,
como al gunos hospi cios y ci ertos servicios en los hospitales ps iquiatricos,
sometidas a Ia espera, a Ia paralisis de las actividades vitales y a Ia tranqui la
sumi si6n a un ri tmo i n mutable. Por otro lado, las relaci ones de los internos
con el personal apenas exigen i ntercambio verbal, poco mas que algun
comentari o sabre Ia activi dad de l momenta. Es muy frecuente, ademas, que Ia
television este permanentemente encendida, acompanando asf Ia mon oton fa
del paso del ti empo, reuniendo espectadores indi ferentes, solidificando el abu26
Los silencios de Ia conversacion
rri miento y el si lencio de cara a un mundo i n m6v i l cuya raz6n de ser no se
vislumbra en ni nguna parte. El rumor i ncansable de Ia television sumini stra a
mimina los estfmulos i mprescindibles para vivir. El i mperio de ese si lencio
suele ser asentarse en el desinteres del personal, en Ia escasa atenci6n a los
intemos, en I a falta de ani maci6n de esos lugares. La inhibici6n de Ia palabra,
el pesado si lencio que interrumpe a veces el grito o el sol i l oquio i n termi nable
de un intemo, traducen el vacfo, el abandono y el desi n teres de I a sociedad.
Un personal poco pendiente de su trabajo y de las actividades de Ia i nstituci6n ,
asignado a un mismo tumo de un tiempo petri ti cado, sin a l icientes, donde
todos los dfas ocurre exactamente lo mismo, no esta muy di spuesto a propiciar
dialogos personal i zados. Una serie de frases convencionales bastan para
dar las mfni mas indicaciones necesarias y no tener que af\adir mas . El discurso
l lega a perder todo su valor de intercambio. El s i lencio se convierte entonces
en sfntoma de una instituci6n fosi l i zada, que fracasa en su intento de vital
izar las relaciones sociales debido a Ia ruti na o a las carencias del persona l .
Un discurso sin interlocutor nace reprimido: “Hablar causa m a s perj uicio
que benefi c i a”, dice un hombre mayor. “Si no se os contesta, si los demas se
burlan u os hablan pensando en otra cosa, j que mas da ! ” , afirma otro. Un discurso
sin respuesta, desprovisto de contenido soci a l , opta finalmente por
callarse y si tuarse en una especie de retaguardia. El si lenci o se transforma
entonces en un refugio desde el que se evita Ia respuesta negativa o convencional
. Con el paso del tiempo, Ia rareza del di scurso se convierte incluso en
un valor apreciado; asf lo ha sef\alado Stuart Sigman (y otros muchos) tras
anali zar las i n teracciones en un geriatrico estadounidense. “Es interesante
destacar que, en una u otra ocasi6n, todos mis informadores expresaron una
opi n i on negativa sabre el discurso ‘demasiado abundante ‘ . Los i n temos afirmaban
con orgullo que, si no tenfan nada que decir, no se sentfan obl igados a
mantener un dialogo con I a gente de su entomo” (Si gman , 1 98 1 , 259). Los
intercambi os verbales en esa instituci6n no suman al cabo del dfa los veinte
minutos para unos intemos que estan j untos de I a manana a Ia noche. Algunas
frases i ntrascendentes sabre el tiempo, I a comida, si es o no hora de i rse a Ia
cama, etc . , van acompasando el tluir del tiempo y acotando el escueto el mensaj
e que garanti za una vida sin tropiezos . B asta con que Ia palabra proporc ione
regularmente su murmullo tranquili zador, para que el si lencio aparezca
como una elecci 6n , como Ia elegancia de una moral colectiva que bordea Ia
sabidurfa. El tiempo se disipa en Ia repetici6n y conj ura el riesgo de lo inedito
que pueda venir a i rrumpir subi tamente y obli gar a modificar unos comportamientos
muy arrai gados . La capa de si lencio que envuel ve a los intemos
“Ha pasado un angel” 27
es el emblema m6rbido de una i nsti tuci6n donde nadie tiene n ada que decirse.
La repetici6n sin tregua de las rutinas les confiere Ia evidencia de su necesidad,
y Ia ausencia de palabras acaba generando Ia sensaci6n de que se ha
alcanzado un ideal de conducta l ibre y sabiamente escogido. Estamos, sin
embargo, muy lejos de una cu/tura del si/encio, de una relaci6n con el mundo
marcada par una plenitud tan grande que hace inuti l l a palabra.
Para poder hablar hay que tener alga que decir y un i n terlocutor que escuche
con interes y este di spuesto a anudar un dialogo. De ahf las conversaciones
i n agotables que mantienen los intemos con motivo de Ia l l egada de un
novato -un joven trabajador en practicas, por ejemplo- o de un nuevo empleado
que todavfa cree en Ia i mportancia de su tarea. Ante los ojos sorprendidos
de los “de Ia casa”, e l enfermo que permanece mudo o el anciano indiferente
se entregan a veces a un di scurso inesperado.
S i el personal i n tenta establecer e l contacto, trata de forma i ndividual al
intemo, lo n ombra, entonces las conversaciones se entablan y los rostros ya
no reflejan el vacfo que el visitante palpa al recorrer estos l ugares entregados
a Ia ruti na de estos servicios sociales si tuados fuera del tiempo. Las visitas de
parientes y al legados tambien desatan las lenguas. En los l ugares donde los
intemos dejan de ejercer su papel habitual , y realizan acti vidades que les sirven
de expansion (ceramica, teatro, cocina, tejidos, actividades artfsticas
como terapia, etc . ) , o que les proporci onan cuidados particulares (quinesioterapia,
estetica, etc . ) Ia palabra se I ibera, y se suceden las carcajadas, los
momentos de alegrfa o rabia y los discursos apasionados en los que hacen acto
de presenc i a los afectos . Muestras todas elias de que las personas se estan
i nvolucrando en una actividad, a Ia que le confieren un valor y un significado.
S i el silencio es a menudo una elecci6n, Ia sefial de una distancia propicia o
prudente con respecto al mundo, en estas insti tuciones, en cambia, es I a sefial
del vacfo y de I a fal ta de i nteres par los demas o par Ia sociedad : el sfntoma
doloroso de una carencia de sentido.
“Ha pasado U!l angel’
El si lencio que surge de manera natural en un discurso i l umina de tal forma
Ia palabra que Ia hace inteligible y transmisible: da un peso especffi co al lenguaje.
El si lencio que atraviesa de repente Ia conversaci6n puede provocar un
mayor o menor desconcierto, segun sean las convenciones que respecto al lenguaje
tenga el grupo y el grado de participaci6n de unos y otros. S i Ia palabra
2 8 Los si/encios de Ia co11Fersacion
procede, cualquier demora en su uso provoca una i ncomodidad que reflej a Ia
frustrac i on de las expectativas. Si los actores carecen de I a compl icidad que
Ies permita hacer largas pausas, el silencio se convierte en un asunto del icado
que requ iere tacto. S i no tienen muchas cosas que decirse, una de sus mayores
preocupaciones estani en evitar que se i nstale el si lencio. Este es como una
trampa que pone en riesgo Ia interaccion, y cuya amenaza es n ecesario conj
urar. La gestion de las pausas y de las iniciati vas verbales se convierten en
una obsesi on en esas conversaci ones que languidecen sin que n adie !ogre
encontrar una salida honorable. Una discusion en Ia que nadie l lega a sentirse
i ncomodo es aque l l a en la que los contomos de los respectivos si lencios se
armonizan.
En principio, el deber del anfi tri on es mantener una reserva rel ati va mientras
sus invi tados ali mentan I a conversacion ; su l abor implfc i ta consiste e.n
i ntervenir, precisamente, ante el menor sfntoma de i nflexion , a fin de preservar
un ri tmo de palabra s uficientemente tranqu i l i zador. La circu lacion fluida
de las frases es como una vela que debe vigi larse ante el temor de que se apague.
S i el s i lencio amenaza con prolongarse y provoca un principio de inquietud,
conviene relanzar I a conversacion . Una pausa en el dialogo no debe nunca
eterni zarse. Si e l anfi trion esta escaso de ideas , cualquier otro i nvitado debe
echar un cable para evitar Ia incomodidad que se acaba de producir, mediante
una broma convencional sobre “el paso del angel”,4 o con una referencia
humorfstica acerca del caracter “tacitumo” de los reunidos . La risa, a! provocar
complicidad, ofrece Ia oportun idad de reanudar Ia conversacion : es una
forma de disipar I a confusion. Tras e l riesgo de fragmentacion que ha sufrido,
el grupo recupera su unidad grac ias a Ia risa y a Ia rutina de I a conversacion .
Tambien, como quien no quiere Ia cosa, u n comentari o acertado diri gido a uno
de sus miembros permi te que el i n tercambio prosiga. Tras un momento de
i ndecision, en seguida se restaura el vinculo.
La baronesa Staffe, en sus reglas del saber vivir dirigi das a los hombres y
muj eres disti nguidos, dedica vari as paginas a las n ormas especfficas de I a conversacion
. En concreto, proporciona a Ia senora de I a casa una serie de consej
os necesari os para atacar el si lencio: una i ntrusion i mperdonable, caren te
de buen gusto, que no debe producirse nunca en el transcurso de una recepcion
. Despues de haber subrayado Ia necesaria discrecion de Ia anfi tri ona, Ia
baronesa apunta que “sin embargo, si recibe a personas tfmidas o poco conversadoras,
tendra que poner de su parte, haciendo todos los esfuerzos necesarios
e i maginables para i mpedir que languidezca Ia conversacion. Puede
hablar a su i n terlocutor de su profesion, si es nota que este gusta de Ia ocupa”
Ha pasado tm angel” 29
cion principal de s u vida”. S i el salon esta muy concurrido, “hay que conseguir
que una amable amiga fntima comparta ese funci on de atencion y caridad
social”;5 de manera que cualquier persona aislada en Ia conversacion
general podra benefi ciarse de una atencion particul ar, y de una di screta ayuda
para conseguir entrar en Ia rueda de los intercambios verbales. EI si lenci o es
el enemigo, Ia peste que acecha cualquier manifestacion mundana . Negativa
presencia, el s i lenci o es como un vacfo que sumerge al grupo en el desconcierto,
a no ser que alguien lo rescate con una palabra.
El silencio produce en efecto un profunda desagrado cuando l l ega para romper
i nesperadamente una conversacion e instalarse sin que nadie pueda distraerse
en otra cosa o perderse en Ia contemplacion del pai saj e . Los interlocutores
h ab l aban de unas casas y otras, dej andose l l evar dulcemente par Ia
pendiente del lenguaj e , pero llega el si lenci o y el di scurso de repente se agarrota,
y no encuentra nuevas pretextos . El vacfo que se crea, aj eno a cualquier
ritua l , es como una confrohtacion brutal con la i nti midad del otro. S u presencia
es dominante, i ncomoda, i mposible de borrar con una acci on cualqui era o
una palabra que neutralice el malestar (Le Breton , 1 990). Todo el mundo se
siente torpe, metido hasta las cej as en una situacion embarazosa, como desnuda,
atravesado de parte a parte. “EI si lencio escruta al hombre”, dice M.
Picard ( 1 95 3 , 3 ) . No hay nada que decir, y cualquier pal abra emitida serfa un
burdo entretenimiento i ncapaz de dar el pego. El si lencio se convierte en una
especie de abismo que se cruza en el camino, hasta entonces tranquilo, de Ia
conversacion . Abre en el nucleo de Ia relacion verbal un vacfo de comunicacion
diffci l de l lenar ya que ha puesto de relieve I a insignificanci a de las palabras
anteriores, Ia rutina que presidfa el encuentro y el puro convencionalismo
de las frases i n tercambi adas . El otro esta ahf erigiendose como un obstaculo,
rompe nuestra soberanfa individual al exigir una repl ica que tan solo ha
de servi r para conj urar el vacfo y que se pronuncia con Ia desagradable sensaci
on de que su unico sentido consiste en salir de Ia situaci on embarazosa, o,
tambien , en ahondarl a si el otro no se presta al j uego. “EI si lencio abrupto en
medi a de una conversacion nos lleva de repente a lo esencial : nos desvela el
preci o que tenemos que pagar par Ia invencion de Ia palabra” , dice Cioran .
Miguel Torga confiesa sus propi as dificultades para mantener una di scusion ,
y el desconci erto que sufre: “No hay nada que hacer. La conversacion se arrastra
a duras penas, l lena de si lencios, interjecci ones, reticencias. Pero cuando
entra en escena un tercer figurante, amigo de mi interlocutor, todo cambia
subitamente. A partir de entonces, el dialogo parece que va sobre ruedas: un
intercambi o muy ameno de experiencias, recuerdos y anecdotas . Conocfan a
30 Los silencios de Ia collversacidtl
l a s mismas personas, habfan ida a las mismas playas, admiraban a las mi smas
muj eres . . . Y mientras yo, olvidado, asombrado, margi nado, me l i m i taba a
mirar i mpotente ese tej ido verbal que me exc lufa” .6
En I a conversaci6n , el si lencio, si dura, es una forma de exteriori zar Ia intimidad.
Cuando uno se calla pasan a! primer plano su rostra, sus manos, y
expone su cuerpo a Ia indi screci 6n del otro, sin poder evitar su atenci6n rea l
o i magin aria (Le Breton , 1 990) . El si lencio q u e cae subi tamente sobre una
discusi 6n h ace mas espeso e l paso del tiempo, y rompe I a fluidez del significado.
E l espacio esta como coagul ado, y Ia interacci6n se convierte en una
cosa chirriante, inoportuna. El tfmido no sabe ya donde meterse. Hay que
hablar, poco importa lo que se diga, hay que destilar comunicaci 6n para neutralizar
el desconci erto y conseguir in extremis salvar Ia cara. Charles Juliet,
con motivo de su primer encuentro con el pintor Bram Van Velde, cuenta lo
mal que l o pas6 a causa de una mutua timidez, que provoc6 una dependencia
del otro todavfa mas embarazosa: “Me siento, me ofrece una copa, pero no
puede soportar mi mirada; se levanta y se sienta continuamente. Semej ante
acti tud me inti mida aun mas , y apenas acierto a farfu llar algunas preguntas.
Para escapar del tormento que nos opri me y romper nuestro cara a cara casi
si lencioso, me propane salir a Ia calle. Una vez fuera, tras habernos l i brado de
nuestras miradas, nos hemos puesto a hablar” .7 A I estar liberados de una excesiva
atenc i 6n sabre sus cuerpos , y una vez inmersos en el fluir del mundo que
les rodea, se desatasca Ia palabra y l os dos hombres hablan durante horas,
comen juntos, y no vuelven a conocer el malestar inicial .
Para poder callarse sin riesgos ante el otro, conviene tener un conoci miento
fntimo de e l , para asf sentirse a salvo de su mirada y de su j uicio. La complicidad
de I a ami stad o del amor di spensa de Ia necesidad de hablar siempre, y
permi te muchos momentos de abandono. Los que se desconocen tambien disfrutan
de Ia tranqui l i dad de poder compartir juntos largos si lenci os sin sentirse
violentos . Asf, los v i ajes en tren o avi6n , l os recorridos en metro o autobus,
dan Iugar a un ritual de interacci6n basado en el mutismo recfproco de personas
s ituadas frente a frente, incluso durante horas . La discreci 6n que afsla a
los pasajeros es una forma rutinaria de si lencio (Jaworski, 1 99 3 , 5 6 sq . ) ;B
domin a c laramente sabre Ia eventual toma de palabra de uno de elias, que se
arriesga a que el otro se incomode o se refugie en una respuesta l ac6nica. Con
todo, pueden intercambi arse breves comentari os de cortesfa sabre el ti empo
que hace, sobre Ia dudosa comodidad de l os asientos o el generoso deseo de
que a! otro, que acaba de sacar un bocadi l l o de Ia bolsa, le siente bien Ia comida.
La duraci6n del viaj e , Ia temperatura del departamento, Ia pesadez del
“Ha pasado un angel” 3 1
interventor suelen proporcionar pretextos poco comprometidos para habl ar,
evitan ademas que se produzca cualquier interpretacion equivocada del si lencio.
La reserva si lenciosa puede ser un modo deliberado de defensa, que indica
una i n tencion decl arada de no entrar en contacto con el otro, de mantener
las distancias. Pretende evitar Ia contrari edad de tener que entregarse a un diulogo
que darfa al traste con el deseo de descansar, leer, mirar el paisaje, reflexionar
sobre un problema personal. En esa reserva, tambien esta presente el
temor a tener que entrar en una inti midad ajena que resulta diffc i l de romper.
En estas circunstancias, Ia soledad solo se preserva eficazmente mediante un
muro de si lencio, que nadie debe atrverse a franquear. Antes que el otro pueda
sentirse en Ia obl i gaci on de “romper” el si lencio, prefiere abstenerse antes que
provocar inquietud.
El si lenci o aparece igualmente cuando uno de los protagoni stas rompe Ia
regia de I a reciprocidad del di scurso y no responde a las insi stentes demandas
que se le hacen : rechaza de repente Ia “comedi a de Ia disponibi lidad”
(Goffman ) . Melvi l le cuenta Ia historia de B artleby, un empleado de oficina
que despues de h aber hecho durante semanas todas las tareas de s u puesto de
trabajo, decide s ubitamente que solo se ocupara de algunas tareas. Su empresario
le encomienda un dfa un senci l l o encargo, pero B artleby se niega. Con
una frase laconica: “Preferirfa no hacerlo” rechaza las tareas que se le pide
que haga . Y tras esa respuesta, a pesar de Ia insi stencia de s u patrono o de los
otros empleados , deja de hablar, se sumerge en un si lencio i m penetrable que
provoca una creciente i nquietud. B artleby invierte e l estatuto de participacion
que obl i ga a ! empleado a someterse a las ordenes de su patrono o, a! menos,
a justi ficar e l moti vo por el que no se cumplen de inmediato. Los intentos por
conseguir sacarle de su reserva fracasan completamente: Ia amenaza, I a
seduccion, e incluso I a compasion, tropiezan con I a misma letanfa a I a que
sigue un si lencio que nadie consigue disipar. B artleby tambien se n i ega a
abandonar I a oficina en Ia que esta instalado, mudo ante las advertencias,
como una indiferente mura l l a de si lencio frente a sus asombrados compafieros
, i mpotentes para desembarazarse de el. Cualquier intento por comprender
su actitud, por i ndagar en su hi stori a, tropiezan con una negativa categorica.
El si lencio, que no puede uti l izarse i l imi tadamente como respuesta en una discusion,
pues provocarfa tal enfado en el que pregunta que hasta le harfa perder
Ia paciencia, es Ia unica tarjeta de presentaci on que tiene B artleby. Si una
persona esta en desacuerdo con una tarea que se le encarga o con una cuestion
que se le plantea, tiene Ia oportunidad de refunfufiar o de sublevarse; pero a!
jugarselo todo a Ia carta del si lencio se convierte en una incomprensible fuen32
Los silencios de Ia converJ·acidn
te de discordia. Hace que los demas tengan permanentemente presente su
caso, y esten preocupados, como Jo demuestra Ia actitud de su jefe, que le
busca disculpas, en un intento por retener todavfa a B artleby en Ia esfera
social, y hasta l lega a concederle un estatuto de cosa tranqu i l a e inofensiva:
“Sf, B artleby, -pense yo- quedate ahf tras el bi ombo, ya no te perseguire ; eres
tan inofensivo, tan si lencioso como cualquiera de estas viejas si llas ; en suma,
nunca estoy tan tranqui l o como cuando se que estas ahf. AI menos , si ento,
veo, penetro Ia razon de ser de mi predestinada vida . . . Otros pueden tener tareas
mas i mportantes que desempefiar; pero mi mision en este mundo, B artleby,
es proporcionarte una oficina para que puedas estar en e l l a todo e l tiempo que
desees”.9 El patrono cree que e l copista es poseedor de una verdad que no
llega a comprender. Atribuye a Ia marginacion de B artleby un significado que
justifica su exi l i o del habla, y Je descarga Jegfti mamente de las reglas de Ia
conversacion y de los deberes que tiene para con e l . La duda, por tanto, se
acaba zanjando a su favor: par alguna misteriosa razon , que solo el conoce, el
copista se mantiene al margen de los ri tos de I a comunicacion. Pero semejante
actitud se hace insoportable si se prolonga en el tiempo. AI romper el principia
de reciprocidad de l os intercambios, y hacer del si lencio su unico media
de comunicacion , B artleby se condena a I a exclusion , pues en Ia vida cotidiana
el si lencio no es mas que una respuesta provisional, basada en motivos que
sobreentienden los participantes de Ia interacci6n. Pero al convertirlo en el
esti lo de su rel acion con e l mundo, sin que sus interlocutores puedan captar
alguna bri zna de sentido para comprenderle, B artleby se convierte en un disidente
y destruye el vfnculo social . Uti l iza el si lencio como un rechazo frontal
del lenguaje, y su posicion es cada dfa mas insostenible. Una decision tan
radical como esta suscita una reaccion colectiva de igual i mportanc i a :
B artleby es desterrado a L a s Tumbas, un establecimiento peni tenciario donde
tambien se encierra a los locos. Allf sigue negandose a hab l ar y a participar en
cualquier tipo de relacion social. Apodado el “silencioso” par su carcelero, se
deja morir de hambre .
Los regfmenes del silencio
Pero I a actitud de B artleby solo atenta contra las normas de interaccion que
conceden a I a palabra una importancia especial. Para una sociedad que hiciese
virtud del si lencio o de I a sobriedad de Ia palabra, lo sorprendente no serfa
tanto el mutismo de B artleby como Ia obsesion de los que Je rodean par hacerLos
regfmenes del stlencio 3 3
l e habl ar. No h a y “si lenci osos” o “locuaces” mas que e n funci6n del estatuto
cultural del discurso. Las reglas soci ales de participaci6n i mplican un regimen
de palabras especftico para un grupo, y para las diversas situaciones de Ia vida
en comun, y exi gen del individuo que se someta sin trabas a las reglas implfcitas
del intercambio. La distribuci6n del si lencio y de Ia palabra en Ia conversaci6n
responde a un estatuto social y cultural que cambia de un Iugar a
otro y de un tiempo a otro; y tambien varia segun las situaciones y sus protagon
i stas . 1 0 Plutarco ya vefa que en el habla del espartano no habfa ninguna
palabra superflua. Era pulcra y cortante como una cuch i l la, “pues Ia ya conocida
propensi6n de este puebl o at aforismo, su habi lidad para las repl icas atinadas,
que suelen dar en el clavo, son el fruto de una inveterada practica de
si lencio” (Plutarco, 1 99 1 , 97). James Agee se enfrenta muchas veces, entre los
granjeros b l ancos pobres de Alabama, a largos periodos de s i lencio, que solo
interrumpen unas pocas frases lac6nicas, sin que nadie se sienta obligado a
“dar conversaci6n ” . “Y, en consecuencia, nuestra relaci6n verbal es esporadica,
y suele sucumbir en l argos si lencios que no resultan inc6modos . Frases ,
comentarios, monosflabos sacados de las profundi dades , sin pensar, como
cuando se carga agua en un pozo y se derrama aquf y a l i a . Voces languidas,
claras , frescas , que dan respuestas tranquilas; y si lencio; y de n uevo unas
pocas palabras . Pero esto realmente no es hablar, ni querer expresarse, sino
una comunicaci6n de indole diferente, mas profunda, con un ritmo que completa
I a respuesta, y que se realiza en el si lencio” ( Agee, 1 972, 84-85).
El “locuaz” o el “si lenci oso” reci ben su denominaci6n en funci6n de un
regi men cultural de I a palabra, debido a Ia ruptura que introducen en las costumbres.
Se les reprocha, respectivamente, hablar demasi ado o no hab l ar lo
bastante. En otros lugares, su relaci6n con el lenguaje se ajustarfa a las normas
de I a interacci6n . La relatividad del regi men de I a palabra se traduce en
Ia relatividad de I a reputaci6n: en algunas circunstancias, no hace falta hacer
mucho para que un individuo sea ti ldado como “locuaz” o “silencioso”, y pase
a ser el centro de las crfticas del grupo. En los pafses escandinavos , por ejemplo,
inundar un encuentro con un turbi6n de frases incesante para l uchar contra
el si lencio no tendrfa una buena acogida . En una cena entre amigos “impera
el silencio de Ia mesa, at que naturalmente se le Ii bera de ‘discursos ‘ ” . Sin
escapatori a posible, hay que mantenerse en un si lencio rel igioso y esperar a
que l l egue el momento, sin intentar ser sutil ni divertido. Asi mismo, para conseguir
ci erta inti midad no es i mprescindible el intercambio de palabras .
Durante un viaje en tren, por ejemplo, “en el que no habeis intercambiado ni
una palabra con vuestro vecino de asiento, ocurri ra que este, a Ia llegada, os
34 Los silencios de Ia conversacion
dara las gracias por ‘ vuestra compafifa’ (tack for siillskapet)” (Gras, Sotto,
1 9 8 1 ) . En Fin l andi a, una trama de si lencio acompafia el momenta de Ia comida,
y prevalece sabre el murmu l l o de las conversaciones . Estas se despachan
con unas pocas palabras (Lehtonen , Saj avaara, 1 98 5 , 200) . 1 1 En el norte de
Suecia, en una comuni dad l apona, K. Reisman recuerda e l extrema s i lencio
que rige las relaciones entre los individuos . Instalado durante algunos dfas en
una casa prestada, recibe diariamente Ia vis ita de sus veci nos, que vi enen a ver
si todo va bien . “Les ofreci mos cafe . Tras unos minutos de si lencio, aceptaron
. Hicimos una pregunta. Todavfa mas silenci o; y despues un “sf” o un “no” .
Y asf durante diez minutos . Cada visita duraba una hora mas o menos ; estabamos
sentados , muy educadamente. Durante todo este tiempo, solo se producfan
seis o s iete i n tercambios de palabra. A conti nuacion, nuestros invitados
se levantaban para irse. Y esta misma situacion vol vfa a repetirse a! dfa
sigu iente .” (Reisman, 1 974, 1 1 2- 1 1 3 ) . Se prefiere el si lencio a un discurso
inconsistente que venga solo a llenar Ia duracion de un encuentro. Para Lebra,
Ia i mportanc i a del s ilencio en Ia comunicacion j aponesa difiere cl aramente de
Ia que tiene en l as sociedades occidentales ; hay incl uso diferencias con sus
vecinos asi aticos (Lebra, 1 987, 344) . En su opinion , este repl iegue proviene
del sentimiento que tiene cada individuo de estar unido a los demas, como i nscrito
en una dependencia tan estrecha que coarta el uso de I a pal abra. El
j apones se comporta con tal sobriedad de gestos y palabras que resu l ta muy
diffc i l que salga de su reserva. Interioriza sus emociones y permanece aparentemente
impasible a pesar de las contrariedades o de los cambios afectivos
que sufra.
La cultura cuaquera tiene ese mismo gusto por e l s i lenci o, resultado de una
vision del mundo que otorga Ia parte esencial a Dios, y poca cosa al lenguaje,
a! menos al lenguaj e carnal (carnal language) . La experiencia rel i giosa no
se vive en un plano formal , con un c lero y unos ritos , sino que se ci menta en
Ia intimidad del hombre. Una “luz interi or” subraya Ia presenci a de Dios en
cada i ndi viduo. El cuaquero rechaza Ia presencia de Iglesia, sacerdotes y
sacramentos , pues no tolera ningun intermedi ari o para acercarse a Dios y
comulgar con su presencia. “Dios es espfri tu, y los que le adoran deben hacerlo
en espfritu y verdad” , decfa George Fox . La asamblea espera recogida en el
si lencio I a creacion, en cada tiel, de un camino propicio para Ia ven ida de
Dios. La celebracion de un rito preestablecido irfa en contra de este deseo de
una presenci a divina esencialmente li bre, a Ia que el hombre no tiene mas
opc ion que someterse. Una li turgia basada en el si lencio y Ia i n teri oridad
caracteriza asf Ia oraci on cuaquera. Pero este silencio no es un fin en sf
Los regfmenes del stlencio 3 5
mi smo, no representa nada por sf solo: es un medio privilegi ado, I a posi bi l i dad
d e un abandono espi ritual d e Ia persona para acercar su a l m a a Dios. Cada
uno es l ibre para desarrollar su gracia propia, que es Ia suya, sea hombre o
mujer. Esta oraci on colectiva arrastra a los fieles a Ia misma comuni on ; pero
cada uno encuentra a Dios a su manera, graci as al si lencio que reina en Ia sala
donde estan reunidos . El si lencio nunca es aquf una ausencia de palabra, sino
un trabajo que h ace cada cual para preparar el alma para Ia escucha, para acoger
como es debido a Ia “luz interi or” . Es , por tanto, un si lencio activo, que
da prueba de Ia disol ucion personal y de Ia aspiracion al encuentro directo con
Dios.
Cal l arse sin motivo es tan insoportable como hablar para n o decir nada.
Como escribe John W. Graham : “Cuando estamos reunidos muchos en si lencio,
y nuestras al mas estan orientadas en I a mi sma direcci on, nos senti mos en
comunion. Es un coro de almas y voces. Nuestros espfritus se recogen . . . , concentran
Ia conciencia distrafda en un unico punto interior, en direccion a! Iugar
de encuentro con el Padre Etemo. Hacemos nuestro i nventari o espi ritual,
rechazamos lo que no tiene valor, verifi camos nuestros juicios y finalmente tal
vez despues de un ferreo combate con el hombre natural- ganamos I a paz”
(Van Etten , 1 960, 1 60 ; B auman, 1 98 3 ) . Pal abra y si lencio son solo medios ; lo
primordial es Ia i ntencion que los gufa, pues solo su fidel idad a Dios les confiere
un valor. Pero Ia riqueza del mundo interior del hombre es enorrne ; el
si lencio es Ia v fa pri v i l egiada que conduce a Dios, cualquier palabra emitida
con ocasi on del culto i ntenta unicamente hacer mas profundo el recogimiento.
S on frases que destacan un suceso de Ia vida cotidi ana, o un pensamiento
particular que el orador vincula a Ia relacion existente entre D i os y los hombres.
Transcurre un buen rato y otra persona habla, a su vez, del mismo modo.
Pero toda pal abra debe n acer de Ia profundidad del si lencio, y luego vol ver a
el: no puede ser un ruido que venga a romper I a comunion.
Los contemporaneos de los pri meros cuaqueros consideraban que estas
li turgias silenciosas carecfan de sentido; esas i rri sorias asambleas de muqos
susci taban Ia ironfa, ante un rechazo del lenguaje que parec fa no conducir a
nada. La comunion si lenci osa de los fieles se inspira en Ia tradi cion mfstica
cristiana, que se preocupa en buscar I a unidad con Dios, si endo consciente de
Ia i mpotencia de las pal abras para describir una experiencia que tan extrafia es
a las percepci ones humanas. Los primeros cuaqueros , sobre todo, manifestaban
su desconfi anza hacia el lenguaje, pues era insuficiente, segun el los, para
asegurar una comunicacion satisfactori a entre los hombres, e i n apropiado para
el contacto con Dios. Las carencias espirituales del individuo le obligan a usar
3 6 Los silencios de Ia conversacidn
esta pnictica herramienta para los intercambios sociales ; pero muestra su inferi
oridad y su torpeza frente a un si lencio sin macula, que situa a! hombre ante
Dios, sin que I a palabra merme Ia uni on experi mentada. S i hay que acomodarse
a! lenguaje, entonces hay que administrar una gran dos i s de si lencio y
una moderacion en el h abla para hacerlo menos i mperfecto. En las reuniones
entre cuaqueros , si las tensiones comienzan a dividir a! grupo y sube de repente
el tono de las discusiones , se suele pedir silencio para recogerse durante un
momenta. Asf, se rebaj a un poco el ambiente, y pueden proseguir los debates
de una forma mas tranquila. Una reunion, una discusion o una comida
comienzan con un momenta de s i lencio. Unas circunstancias en que se busca
Ia “luz i nterior” para que el encuentro transcurra baj o los mej ores auspicios.
La sobriedad de palabra es una virtud fundamental en todo encuentro entre
cuaqueros, incl uso con ocasi6n de una reunion de negocios . John Wool man
dice que “no es asunto bal adf hablar en una reunion de negocios . En 300
minutos hay cinco horas, y el que retiene i ndebidamente a 300 personas
durante un minuto causa una violenci a parecida a Ia de encarcelar a un hombre
durante cinco horas sin raz6n” (Dammen, 1 990, 43 ) .
Marcada d e I a misma forma por el puritanismo religioso, I a cultura amish,
sobre todo en su rama mas tradicional ( Old Order Amish) , manifiesta un rigor
todavfa mayor en Ia vida cotidiana y en Ia l iturgia. El lenguaj e se usa parsimoni
osamente. S e considera que los ruidos, i nc luyendo las palabras i nuti les,
disgustan a Dios, y estan terminantemente proscri tos . La mayorfa de las
veces, basta un sf o un no para mantener unas relaciones normales. Extenderse
mas denota l igereza, y se incurre en el abuso de una lengua que siempre se
muestra i n suficiente con respecto a Dios. El si lencio es una forma de comunicaci6n,
un miminum de palabras que asegura el vfnculo entre los i ndividuos.
Los autores de palabras s uperfl uas, y de las que nacen del despecho o I a calera,
tendran s u recri minaci6n correspondiente en el momenta del Juicio Final.
Las oraci ones, antes y despues de las comidas , son periodos de s i lencio ininterrumpido.
El domingo, que debe pasarse en Ia propia casa, es un dfa en que
no se debe trabaj ar, par temor a hacer ruido a! reali zar labores en I a granj a .
Los ami sh, ante aetas d e intolerancia, ante los insu ltos o l a s vej ac i ones d e un
empleado en una administraci6n, se cal lan obstinadamente. Los sermones
insi sten en el pasaj e de Ia Epfstola de Santi ago sabre los excesos en el habla:
“Si alguno no i ncurre en un exceso de palabras es un hombre perfecto, capaz
de refren ar todo su cuerpo” (Santiago, 3-2) . Pero los amish recuerdan tambien
una frase mas incisiva: “La lengua . . . nadie I a puede amaestrar: es un azote
irrefrenabl e . Esta l lena de un mortffero veneno” (Santi ago, 3-8). 1 2
Los regfmenes del stlencio 3 7
La cultura manuche tambien se caracteri za por una gran austeridad en el
habla, si bien Ia razon no es aquf religiosa. El si lenci o levanta una barrera di ffcilmente
franqueable entre uno mismo y el otro, entre Manuche y Gac(je, sin
que sea posi b le colocarse en el medi a: se esta en un campo o en otro. El si lencio
es como una l fnea divisori a con una doble funcion : agrupa a I a comunidad
manuche en su proposito de “tamar posesion del universo sin al terarlo”
(Wi l liams, 1 99 3 , 2) y es una defensa contra Ia mirada o Ia curi osi dad del otro.
Excluye rigurosamente a los que no di sponen de instrumentos culturales para
hacer suyo el universo y lo perciben como una carencia, una i noportuna negacion.
Pero el si lencio es tambien entre los manuche una hab i l manera de no
quedarse nunca sin respuesta, de no dar pabulo, de deslizarse sin tropezar por
los i ntersticios de Ia sociedad, par los ataj os . Salvo para las casas cotidianas,
no se apreci a Ia necesi dad de hablar en una soci edad llena de pudor y sobreentendidos.
P. Wi l liams anota en su di ario Ia despedida de un amigo manuche
a! que no sabe s i vol vera a ver: “Siempre ocurre lo mi smo con ellos: se quieren
hacer grandes decl araciones, se piensa lo que se va a decir y, luego, cuando
se esta cerca de ellos, no se dice nada o casi nada. Y despues, cuando uno
se ha ido y vuelve a pensar en esto, se da cuenta de que las grandes declaraciones
ya se han hecho. S i n decir nada” (p. 8 1 ) . Pueden vol ver a verse despues
de meses de ausencia, sin intercambi arse noticias. Una pregunta mal
planteada provoca una evasiva o una afi rmacion de ignorancia aunque este
poco fundada. La ordenacion del mundo descansa sabre un mfn i mo de palabras,
que conviene uti l i zar con parsi monia para no alterarla. En el terreno de
los saludos, destaca Wi l li ams, no se dice “adi os”, sino que se emplea una formula
manuche cuya traduccion es “no nos decimos nada” (p. 96) . Desde en
punta de vista person a l , el si lencio aparece como un modo de defensa y de
preservaci on de Ia i dentidad individual y colectiva, una forma de enraizarse
mas a l i a del discurso, pues absorbe todas las preguntas y, por tanto, todas las
amenazas . Una conducta desconcertante para nuestras sociedades , tan obsesionadas
par Ia transparencia y el control , tan preocupadas por asegurar Ia
continuidad del di scurso.
Otras muchas sociedades nos proporcionan ej emplos de sobriedad en el
habla. Tomemos un u l ti mo ej emplo en Africa Central, donde los gbeya muestran
con soltura su faci l idad para cal larse cuando no desean seguir con el
intercambio. La palabra j amas se i mpone; antes a! contrario, no es necesario
recurrir a! i ngenio para encontrar un tema de discus ion, o echar mana de a una
formu la convencional para proseguir tranquilamente su camino. S amari n , un
l i ngliista estadoun idense, man ifiesta su asombro ante unos ri tos de lenguaje
3 8 Los silencios de Ia co/l l’ersaciotl
tan alej ados de los de su cultura originari a . “Me ll amaba Ia atencion Ia forma
en que los gbeya recurrian al si lencio sin avergonzarse. Parecfa que no les
i mportaba lo mas mfn i mo dar por terminada una discusion . Era como si nunca
se s intiesen en Ia obligacion de hablar. Y, sin embargo, en ningun caso se les
podrfa considerar tacitumos” (Samarin, 1 965, 1 1 7 ) . Yen el s i l encio como una
medida de sal vaguarda personal, de no participacion, de preservacion de Ia
re lacion al no expresar ningun desacuerdo, etc . El vfnculo soci a l se protege
mej or con un envoltorio de si lenci o, pues el contlicto se origina par Ia intrusion
de un discurso que deberfa haberse omitido. La reserva i mpera en e l
momenta d e l a s comidas, pues no s e aye n inguna palabra. L o mismo ocurre
cuando uno de los miembros de Ia comunidad esta indispuesto. S i n embargo,
el enfermo esta bien atendido, pues cualquier falta de colaboraci on se interpretarfa
como Ia confesion de culpabilidad de un ataque de bruj erfa contra e l .
E n el momenta d e Ia vi sita, h a y q u e permanecer e n si lencio a s u lado.
Samari n , obligado a guardar reposo en varias ocasi ones, contiesa s u malestar
ante esta situacion : “Para un occidental, esta actitud de consuelo suscita mas
bien inquietud, al ver como los visitantes matienen su mirada fij a en el espacio
. . . Destrozado como estaba par el dolor, me habrfa gustado mas que me
hubiesen aliviado dandome conversacion . Mis ami gos gbeya no h abfan ven ido
para que mi animo se olvidase par un rata de mi si tuaci on ffs ica: estaban
ahf s i mplemente para expresarme su solidaridad. Y esto se consegufa con e l
si lencio” ( p . 1 1 8 ) . Mientras el occidental s e siente obl igado a i nteresarse par
el estado del enfermo, los gbeya se contentan con estar ahf y compartir su
pena medi ante su muda presencia. Es inuti l “amueblar” Ia conversacion , pues
los gbeya se callan y caminan j untos sin obligacion de habl ar, para no tener
que preocuparse par los senti mientos del otro.
Acabamos de referirnos a una serie de culturas que destacan par su ahorro
de Ia palabra. Unas sociedades en las que es posible callarse j untos sin que se
resienta el vfnculo social, ya que Ia pal abra no es un fin en sf mi s mo, puede
acompafiar el hecho de estar juntos pero no hay necesari amente obligacion de
hablar, pues Ia comunicacion tambien dispone de otros canales . Es cierto que
otras sociedades no conciben el que Ia palabra pueda dej ar de emitir su murmu
l lo tranqui lizador. Nos detenemos un momenta en este otro tipo de regimen,
para examinar despues Ia posicion social del “si lencioso” y del “Iocuaz” .
Hay sociedades , en efecto, que temen el silencio y val oran espec ialmente el
habla; los ritos de interaccion tienden ante todo a mantener el zumbido regular
de un lenguaj e que a veces encuentra su unica razon de ser en Ia propia
emi sion. La vida colectiva se a l i menta del pacffico disfrute de un hab l a que
Los regfmenes del stlencio 3 9
fl uye de manera natura l . Sirva como ejemplo el caso de una etnologa que reali
zaba su i nvestigacion en una comunidad de Ia isla de Nukuoro, un atolon del
Pacifico. S e ve i n mersa en el seno del grupo, y continuamente fracasa en su
intento de reservarse unos momentos de soledad, que desea fervi entemente.
Un dfa, varios meses despues de su J legada, los habitantes abandonan el pueblo
para ir a pasar el dfa a un islote proximo. La etnologa esta encantada de
encontrarse por fin sola. Y cuando esta saboreando Ia calma reinante en el
puebl o desierto, una voz interrumpe de pronto su ensofiacion : es una vecina
que l e trae una bandej a de frutas. Un poco despistada, I a etnologa I a recibe
amablemente. La mujer dice que ha venido a hacerle compafifa, al haberse
dado cuenta que se habfa quedado sola. Y se propone, por tanto, pasar el dfa
acompafiandola hasta que vue! van los l ugarefios . Su anfitri ona le agradece su
deferencia, y dialoga un momento con ella para salvar las apariencias; y acto
seguido le diCe con cierto tacto que se encuentra cansada, y que va a aprovechar
para descansar. Pero Ia vecina no es de Ia misma opinion, y como es
curandera se apresura a ofrecerle sus servi cios. En vista de lo cual, se niega
rotundamente a abandonar a Ia etnologa, y se instala en Ia casa durante todo
el dfa. La vida en el atolon de Nukuoro solo tiene sentido gracias a Ia sociabil
idad de una palabra que circula sin cesar; I a soledad y, por tanto, el si lencio
que I a acompafian son inconcebibles (Carrol l , 1 987, 1 1 1 – 1 1 2) .
Entre l o s tuaregs Kel Ferwan y s u s veci nos d e l a s puertas d e Agades, Ia
poesfa, e l gusto por las hermosas palabras, el disfrute de I a conversacion, son
fundamentales para e l vinculo social . En el desierto viven “los del est¢’ , unos
seres negativos que frecuentan lugares impregnados de soledad, vacfos de
toda presencia humana. Suelen aparecer principalmente por Ia noche, aunque
tambien e l crepusculo -ese momenta en el que un mundo se transforma en
otro- es igualmente propicio. Hacen padecer e l mutismo o Ia locura a los que
se cruzan con ellos y no s aben defenderse. Las situaciones en las que se produce
Ia amenaza de los esu.f son aquel las en las que predomi n a el si lencio.
Una persona cae en e l estifcuando esta solo, alej ado de los suyos, vfctima de
una tristeza personal o de Ia melancolfa de un Iugar desolado. En los lfmites
de Ia comunidad h u mana, el pel igro de disolucion exige precauci ones especiales
; el s i lencio es un mundo muy peligroso al que solo normal i za Ia union
con e l otro y e l murmul l o del habla. Los que tienen alterada Ia razon o padecen
dificultades con el lenguaj e se benefician de una terapeutica ritual, que
consiste en escuchar cantos tradicionales entonados por las muj eres . Si no
surte efecto, Ia comunidad solicita Ia palabra de Dios por medio de Ia lectura
coranica. El lenguaj e de l os hombres o el de Dios es un arma contra el temi40
Los stlencios de Ia comJersacid!l
ble si lencio, que abre el camino a “los del est!f ‘ . No hay sal vac i on fuera del
vfnculo social, fuera, sabre todo, del habla compartida entre los hombres . La
conversacion tluida con j ura las astucias nefastas del estif. La ligereza del lenguaje,
e l escaso fuste del di scurso no molesta. AI contrario. La comunicacion
enfatica no es menospreci ada pues contribuye a disipar el si lenci o. Se echa
mano, a veces, como dice D . Casaj us, de una formula de cortesfa mi l veces
repetida : “Lo importante es e l i minar el estrf’, o como di rfa un frances “lo
importante es hab lar” . AI estar j untos, los hombres no dej an de conversar, y
recurren a innumerables discursos que permiten informarse de unos y otros o,
mas modestamente, se limitan a amueblar el si lencio. Hay hombres que como
no se conocen echan mano del repertori o de formulas convencionales, que
disipan el malestar y mantienen cuando menos un nivel satisfactorio de i ntercambios
. La palabra debe protegerse como Ia l l ama de una vela, que espera Ia
llegada del suefio o del dfa . “AI que se margina de una discusion con amigos,
y parece abi smarse en sus pensamientos , se le invita entre risas a salir de su
si lencio” (Casaj us, 1 989, 287).
El silencioso
La relatividad de I a si tuacion social de I a pal abra hace que tambien sean
rel ativos los calificativos de “locuaz” o “si lencioso” atri buidos a las personas
de un modo crftico. El adj etivo “si lencioso” no aparece nunca en las culturas
donde se h ace escaso uso de Ia palabra y se considera el si lencio como una
virtud pri mord i a l . El termi no califica mas bien al indivi duo que propi cia con
su abstencion una turbulencia en el regimen habitual del habla. Allf donde se
espera su i n tervencion, se calla, renuncia a los recursos de Ia discusion, y provoca
el desconcierto de sus compafieros . Rechaza Ia “comedi a de dispon i bi l idad”
que i mplica una atencion particular a! intercambio verbal , una consideraci
on hacia los que hablan, y I a exigenci a implfcita de ali mentar regularmente
Ia conversacion . No puede decirse que el si lencioso no escuche, lo que
ocurre es que casi no habla, o lo hace de manera tan somera que sus frases no
llegan a disipar completamente I a ambigi.iedad. En un grupo donde i mpera Ia
locuacidad, o a! menos un dia!ogo regul ar, el si lenci oso causa asombro o,
como mfni mo, provoca un desconcierto que esta en relacion directa con su
inhibicion . Se le disculpa si esta enfermo o de luto, se le intenta fac i l itar Ia
palabra, se le pide su opinion si nada j ustifica su reserva, y si persiste en su
actitud se le acaba por deci r con gran tina que es muy poco “habl ador”, alga
El si!encioso 4 1
que siempre suena como un reproche. Sus pocas frases , en cambio, suelen
esperarse con mucha i mpaciencia, suelen escucharse con mucha atenc ion : su
rareza les confiere un valor que las destaca en I a conversacion del grupo.
El s i lencioso, aunque no lo haga a proposito, ofrece muchas veces Ia i magen
de alguien que quiere dar a entender que lo sabe todo, o que tiene ya superadas
desde hace mucho tiempo las cuestiones que plantean sus interlocutores
. Provoca malestar y desconfianza por su reserva, que amenaza con desbordarse
y desvelar tal vez Ia inan idad de todo lo dicho hasta entonces . Pero
el si lencioso seguramente no tiene nada que decir; se aburre, o no encuentra
I a ocasi on de h acerse con un tumo de palabra. S u regi men de discurso es mas
sobri o que el de sus compafieros ; se encuentra intimidado, o bien prefiere
escuchar a los demas. Es fuente de inquietud, pues rompe Ia hermosa convergencia
del discurso, denunciando sin pretenderlo Ia si mple apariencia que Ia
sustenta, y dando a entender con su abstencion el escaso i nteres que despierta
en el semej ante debate . Insisto en que esto ocurre aunque no sea su i ntencion
. {,Que sentido tiene entonces acalorarse o buscar I a aprobacion del vecino,
cuando uno de los miembros de I a interaccion adopta un comportamiento
tan poco sociable’? . El si lencioso se margina de Ia relacion soc i a l , y su actitud
si gue siendo incomoda si el habla circula con fluidez entre todos . En I a
Belgica francofona el taiseux es u n a persona tacituma. Otras sociedades
emplean calificativos parecidos para denominar a! que casi no habla. 13
El hombre que no abandona su mutismo inquieta a los demas y provoca sus
reacciones, pues parece hacer del lenguaj e algo insignificante, una i l usion o,
incluso, una i mpostura . Introduce un grano de arena en Ia mecan ica de I a discusion,
y cuando el asombro del grupo l lega a su punto c u l mi nante, se intenta
buscar una explicacion al malestar que desti la Ia actitud del si lencioso. Se
le interroga entonces de forma mas explfcita, para pedirle su opi nion sobre el
tema de debate, para que se presente, o diga lo que qui era y explique su muti smo.
Encama, ante los demas, un misteri o a descubrir, una distancia que impide
I a benefica in mersi on en Ia conversacion .
En u n texto para el teatro, Nathalie Sarraute reflej a d e manera ej emplar el
desasosi ego creciente de un grupo por causa del si lencio de uno de sus miembros.
Se le pide que tranqui lice a sus interlocutores , pues “no harfa fal ta un
gran esfuerzo, solo una palabra . . . Tienen miedo. . . No se atreven , (,comprendei
s ? . . . Juegan el j uego, como dicen ellos ; se creen obligados a tingir” .
Los demas aportan su obolo a Ia conversacion , a Ia altemanci a de los tumos
de palabra ; contribuyen a que Ia discusion continue sin mayores incidencias,
aunque a veces haya que resignarse a un intercambio en e l lfmite de l tedio.
42 Los silellcios de Ia co!lJJersacioll
Pero el rito exi ge “j ugar el j uego” . Sin embargo, el si lenci oso encuentra
defensores de su derecho a callarse, y alaban su paciencia frente a Ia agresividad
que tiene que padecer. Le prestan ademas nobles razonamientos para
j ustifi car su actitud, como el ahorro de pal abras del sabio que no se dej a di straer
por las casas insign i ficantes . Pero Ia sabiduria choca con sus l fmites si
perturba demasiado las rutinas de I a discus ion . Conforme avanza el tiempo, su
mutismo l l ega a ser intolerable, su actitud sospechosa, y se le acusa entonces
de no tener mucha con s ideracion con sus compaf\eros . EI argumento del despreci
o suele ser frecuente a Ia hora de referirse a l si lencioso. No habla por Ia
i mportancia que se cree que tiene, y ni siquiera se digna a comprometerse con
los demas . Juicios envenenados que reflej an e l trastomo del grupo ante el
mutismo de uno de los suyos, y Ia falta de resol ucion que conduce a Ia ambi valencia
de un comportamiento que oscila entre Ia seducci on y I a violencia.
El si lencioso provoca a veces Ia suplica de una palabra, o I a agresividad que
acompaf\a los intentos por arrancarsela, medi ante I a pres ion ffs ica o moral.
Citemos otro ejemplo, procedente de otro contexto cultural, e l de Ia
Argentina de Eduardo Mallea, en el que Chaves, un obrero si lencioso, es el
blanco de I a hosti li dad de sus compaf\eros , que le reprochan “que se las de de
gran senor” . 14 La extrema reserva de Chaves , cuyo origen verdadero esta en un
drama personal, se confunde con “una i nj uria, una ofensa, I a afirmacion consciente
de un senti miento de superi oridad neto y bien defi n ido. S e le atribufa
una segunda n aturaleza, l lena por asf decirlo de intenciones i nconfesables,
secretas, perj udiciales. Se crefa que todo esto era posible, sin pensar que en
otro tiempo, como l os demas, habfa hablado” (p. 24) .
En el relata de N . S arraute se exige que cada cual exprese su posicion :
“Sabe i s bien que a m f las personas si lenciosas no me i mpres ionan .
S i mplemente me i magino que tal vez no tengan nada que decir” . 1 5 El personaje
mas afectado por su abstencion acaba por escrutar al si lencioso, y cree
ofrle s i lbar, y despues refr. El malestar acaba i nvadiendo a todo el grupo, paralizado
por uno de sus miembros , que rehusa disfrutar de su estatuto de participacion
. El si lenci oso corre el riesgo de ser rechazado, de una manera real o
si mbol ica, por sus compaf\eros si no logra j ustificar su conducta, que solo
podrfa explicarse por un sufrimiento personal o una timidez excesiva. El
mutismo se vive como una desercion cu lpable del vinculo soc i a l . El texto de
Nathalie Sarraute i lustra las acusaci ones lan zadas contra el si lencioso; y
dicen , por lo demas, tanto de quienes las formulan como del que se calla. Toda
dinamica de grupo esta obsesionada por el si lencio, el general que sopesa Ia
pertinencia de tamar o n o Ia palabra y el si lencio eventual de uno de los miemSlencio
del niiio 4 3
bros , que indefectiblemente da I ugar a l a posicion conci l i adora o agresiva de
unos y otros, y acaba por exigir que e l cu lpab le se j ustifique ante semej ante
actitud. Hay en principio en las rel aciones soci ales occidentales , y especialmente
en los ri tos de I a conversaci6n : un deber i mplfcito de hablar, que hace
que cualquier reticenci a provoque de inmedi ato un gran desconcierto en los
presentes. El habla n o es solamente un derecho, sino una exigenci a que da
seguridad a las relaciones soci ales, a! disipar el mi sterio que encama el que se
cal l a fren te a l os demas .
La ambigiiedad del si lencio en I a interacci6n acaba dando una reputaci6n de
altanerfa, de persona despectiva, o tambien de prudencia, de persona sobri a ;
pero, c a s i siempre, el malestar q u e susci ta el si lencioso conduce a su marginaci6n
, o a Ia prevenci6n de cualquier encuentro con el. El si lencioso parece
que siempre esta en reserva, en una muda acusaci6n contra Ia palabra. En l a
medida en q u e indispone o inquieta, acaba haciendo a veces el vacfo a su alrededor,
con l o que se afianza cada vez mas en su soledad. B auman recuerda
como Ia oraci 6n si lenciosa de los cuaqueros provoca a! principio una reacci6n
de i ncomodidad y despecho; o incluso de autentica burl a entre los demas tieles,
que n o ven en ella mas que una espantosa ausencia de palabras, un vacfo
que no comprenden como puede soportarse (B auman , 1 98 3 , 1 23 ) . El si lencioso
l leva consigo, sin saberlo, el enigma de I a palabra ausente, y dej a que se
vislumbre e l horror de una sociedad sin lenguaj e .
Silencio del m’fio
El si lencio, y mas aun el mutismo, allf donde se espera la presencia del lenguaje,
sorprende, y deshace Ia seguridad de Ia discusi6n , i ncluso del vinculo
soc i a l ; ademas provoca I a tentaci6n de romperl o, de arrancarle a! fi n una palabra
que venga a renovar, en un terreno conocido, el intercambi o y disipar Ia
angustia. El silencioso suele sacar de quicio en muchas ocas i ones, y da Iugar
a que crueldad y seducci 6n se altemen en las relaci ones con e l , en un intento
de romper el sorti legio. El misterio que parece que le rodea, Ia obsti naci6n en
no decir n ada -que parece que le situan en desac uerdo con las normas sociales
de conversaci6n y de toma de palabra-, provocan emoci6n, calera, el
deseo de que a! menos una palabra di sipe lo i nc6modo de I a situaci6n . Sobre
todo el n i fi o si lencioso provoca un gran desconcierto; se le conmina a hablar,
sometiendole a todo tipo de presiones y zalamerfas . El si lencio se convi erte
entonces en una especie de pantalla donde se reflej a Ia psicologfa personal de
44 Los stlencios de Ia con l’ersacidn
los miembros del entorno fami liar o profesional . Z. Dahoum observa como los
terapeutas que han ten ido a su cargo a ninos si lenciosos o que han optado por
Ia mudez (es decir, hablan en sus casas pero permanecen mudos frente al exteri
or), experi mentan una gran dificultad para mantener Ia serenidad, y comportarse
con ellos como con los demas pacientes. Actitudes energicas, chantajes
diversos, presiones morales, etc . , se i mponen a veces frente a un si lencio
del nino que se vive como algo “obsesivo”. La angustia y I a inquietud padecidas
ante Ia negativa a decir algo l levan a querer “desaloj arlo” de su reserva,
aunque no siempre se tengan las cualidades necesari as para conseguirlo. La
labor del terapeuta se ve sometida a una dura prueba (Dahoum, 1 995, 1 85
sq . ) . 1 b Los movimientos de i mpaciencia provocados por el nino que se refugia
en Ia mudez, subrayan Ia i mportancia del lenguaj e en l as representaci ones de
cualquier persona n ormal . Y tambien ponen de reli eve lo profunda que es Ia
ruptura que provoca aquel que podrfa, e incluso deberfa, hablar, pero que elige
cal lar o se ve en la i mposibi lidad de usar Ia palabra, como si le diese l a espalda
ir6n icamente a su especie.
El temor al mutismo del nino se puede apreci ar en algunas sociedades,
donde con ocasi6n de su n aci miento se real i za una s i mb61ica i ntervenci6n, en
Ia que se “corta I a malla” de Ia lengua con una una, o pasando el dedo por el la.
Suele ser ·la madre I a encargada de hacerlo, pero a veces, segun las regiones,
comadronas o parteras son las que proceden a la operaci6n con un gesto certero
o, en otros l ugares, es el barbero el que lo realiza con un cuch i l l o o con
una navaj a de afeitar. Van Gennep afirma que la desaparici6n de esta costumbre
se produce en el pri mer cuarto de siglo. 17 Al li berar simb6licamente Ia lengua
del obstaculo carnal que podfa estorbarle, se abre la posibi l i dad de la palabra.
G. Charuty ( 1 98 5 , 1 23) senala que poco despues de la desatadura de la
lengua se celebra I a ceremonia del bautismo, que pone fin a l a fase de elaboraci6n
de la palabra que pronto habra de llegar. En cambia, cualquier alteraci6n
en su desarrollo expone al nino a consecuencias nefastas en su camino
hacia el lenguaj e . De ahi que el padre y la madre controlar el comportamiento
especffico de la madrina y del padri no durante Ia ceremoni a del bauti smo;
estos deben seguir con la max i ma fidelidad -incluso meticulosamente- las
normas del rito: por ej emplo, el credo debe rezarse sin error ni vac i l aci6n, Ia
madrin a y el padrino deben abrazarse al termino del ritual religioso, etc .
Cualquier derogaci6n de las normas de la ceremonia repercute en la comprensi6n
del lenguaj e o en la voz del nino. Asf, en Cataluna, “si el padrino no
pronunciaba los n ombres con suma claridad y correcci6n era un mal presagio.
En Pui gcerda, si el padri no se equivocaba, se crefa que el nino serfa enfermiSlencio
del niiio 45
zo y desgraciado; en Castello de Farfafia, que nunca hablarfa claramente, y
serfa tartamudo . . . En B arcelona, los mas viej os pensaban que de I a decisi on y
el tono de voz con que los padrinos diesen el nombre al sacerdote, dependfan
Ia fuerza y Ia buena voz del bautizado” (Charuty, 1 98 5 , 1 26).
Hay toda una obsesion de Ia comunidad par el si lencio, I a tartamudez, Ia
locura; es decir, una preocupacion permanente por una carencia en el habla
que pudi era excluir al nifio del ambi to de las relaciones sociales. Padrino y
madrina, relevo de l os padres, encarnan I a espera colectiva que suscita el nifio.
De I a faci lidad de expresion de estos depende Ia buena VOZ del nifio. Sus vacilaciones,
su indiferencia, sus errores, su fa lta de firmeza o exigencia l levan al
mutismo o a I a palabra deficien te del nifio; actuando como unos torpes emisari
os de Ia sociedad, no logran acompafiar debidamente al nifio par las sendas
del lenguaj e . Charuty sefiala otras costumbres que tambien vinculan Ia
real i zacion de di stintas practicas con el reforzamiento de Ia palabra del nifio.
En Catalufia, por ejemplo, I a l impieza de las costras que se forman en I a cabeza
del n i fi o de pecho, el pri mer corte de pelo o incluso el corte de ufias deben
realizarse en el momenta mas propicio, pues de lo contrario se corre el riesgo
de padecer mutismo o tartamudez. AI nifio no se le debe enfrentar demasi ado
pronto con su i magen en el espej o, pues corre el ri esgo de perderse . La ofrenda
de algun tipo de reci pi ente -cubi lete, timbal, escudi lla o pate, segun las
regiones- ayuda a que !ogre domi nar Ia lengua lo mas pronto posible. Una
serie de obj etos domesticos que aceleran Ia separacion del nifio del cuerpo
materna y que prefiguran, par tanto, su autonomfa personal que se basara
principalmente en su capacidad de lenguaj e . El buen manej o de estos obj etos
tiende a conj urar el mutismo o un usa indeseable de Ia lengua . Una i n fi nidad
de creencias da prueba del temor que habfa en las zonas populares a tener un
nifio no apto para hablar. 1 8
E n vari as regiones europeas, el naci miento al mundo d e l o s hombres tambien
parece h aber estado unido a Ia presencia de un instrumento sonora. El
bauti smo tiene I ugar, a veces, baj o las campanas de Ia iglesi a ; y entonces
(como ocurrfa en Gascufia) el padri no o Ia madrina debfan h acerl as sonar:
“Un pariente o amigo sostiene al n ifio lo mas cerca posible del campanario,
mientras repica alegremente. En algunas regiones, es el propio padri no el que
las hace sonar. Cuanto mayor sea el sonido de I a voz de Ia campana, menor
sera el riesgo de que e l n i fio se quede sordo o mudo: el murmul l o de las campanas
se traslada a Ia lengua del recien nacido” (Charuty, 1 98 5 , 1 25 ) . En otros
lugares de Francia, concretamente en Bretafia, no son solo las campanas de
iglesia las que entran en accion, sino tambien las “ruedas de las campan i l l as”
46 Los silencios de Ia conversacitfn
tij adas en Ia pared del edificio religi oso, que forman un caril lon cuando se las
pone en movimiento con una cuerda. La costumbre no se ha perdido del todo
en nuestros dfas . Pierre Jakez Heli as se acuerda de Ia capi l l a de Treminou,
cerca de Pont-l’Abbe, donde uno de sus tfos que padecfa problemas de lenguaj
e acudio en peregri naj e . “Pero hay que tener en el bolsi l lo monedas para
meter en el tronco, despues de haberlas titineado con Ia mayor nitidez pos ible.
Y si Ia curacion n o l lega, queda el recurso de salir en un faeton hacia Ia
iglesia de Comfort, donde hay un caril lon a Ia entrada del coro. El nino mudo
lo agita, h aciendolo sonar cien veces mas alto que Ia calderi l l a . Y se cuenta Ia
historia de uno que nunca habfa susurrado una sola palabra en su vida y que,
al ofr e l ruido de las campan i llas, se puso a gritar de repente “Sell ta.’
Pegemend a drouz/” ( j Vaya ! j Cuanto ruido hace esto ! ) . 19 El repiqueteo de Ia
campana, un instrumento sonoro que une al hombre con Dios, es un antecedente
si mbolico del habla del nino. La claridad del sonido proporciona Ia facilidad
para una palabra que mas adelante vencera al si lencio y a I a confusion .
El exito s upera, en ocasi ones, todo lo i maginable. Un folklorista senala que
conoce e l caso de “una buena madre de fami l i a que, en numerosas ocasiones,
habfa recurrido a este remedio en auxilio de su hij o mayor. Y al tina! consiguio
lo deseado. Pero fue tal el resultado y su h ij o l lego a ser tan l ocuaz que
se vio obligada a girar Ia rueda hacia atras para moderar un poco s u locuacidad”
(Charuty, 1 98 5 , 1 25 ) . En su Historia de! hombre, Buffon c i ta I a curaci on
espontanea de un hombre de unos veinte anos, hij o de un artesano de Chartres,
que “sordomudo de n aci miento, empezo a hablar de repente ante el asombro
general de toda Ia ci udad. Se supo de el que, unos tres o cuatro meses antes,
habfa ofdo e l sonido de las campanas, y se habfa quedado enormemente sorprendido
ante esta sensacion nueva e insospechada. A continuacion, estuvo
yendo durante tres o cuatro meses a escucharlas sin decir nada, acostumbrandose
a repetir por lo baj o las palabras que ofa, esforzandose en Ia pronunciacion
y fij andose en las ideas que desarroll aban estas . Y al fi nal creyo que ya
estaba en condiciones de romper el si lencio, y decl aro que hablaba, aunque lo
hiciera todavfa de manera i mperfecta”.20
El texico que designa los componentes de Ia campana en frances, asf como
en los dialectos occitanos, italianos y espanoles se sirve de palabras relacionadas
con el cuerpo h umano: cabeza, cerebro, frente, orej as , boca, garganta,
pico, panza, espalda, etc . Y Ia propia campana puede sufri r defectos de diecion,
cuando e l sonido renquea, se amortigua, etc . (Charuty, 1 98 5 , 1 29 sq.).
AI igual que e l nino, tambien se las bautiza antes de hacer ofr un cari llon, cuyo
particular sonido el vecindari o sabrfa reconocer entre mi l . El ri to va ganandoLa
/igereza de Ia palabrerfa 47
le progresivamente terreno al si lencio, hasta que se produce el alumbramiento
sonoro de Ia campana. En Ia i maginerfa tradicional, las cuerdas vocales y
las que agitan el badaj o de I a campana suelen estar asociadas . Todas las distintas
formas de campan i ll as y pequefios sonajeros , mas alia del placer del
juego y de I a estimulaci6n sonora que permiten , si rven para esa misma tarea
s i mb6lica de conseguir con su sonar un lenguaje sin obstacu los para el nino.
L a /igereza de Ia pa/abrerfa
En una conversaci6n, e l si lencio apacible o es un pri v i legio que nace de Ia
complicidad, o es Ia prueba de una total indiferencia. Cualquier otra si tuaci6n
exige de los indivi duos presentes que se entreguen a! i mperativo ritual de las
palabras, pero sin desembocar, sin embargo, en Ia pal abrerfa, porque en seguida
acaba resultando tambien i nc6modo. El regimen de palabra de un grupo
social se encuentra amenazado por defecto, es decir, por l as reticencias o Ia
abstenci6n de un miembro que encuentra en el si lencio o en Ia di screci6n un
refugio propicio; pero tambien esta amenazado por exceso : cuando hay una
uti li zaci6n del habla mayor de lo que requieren las circunstanc ias. En las conversaci
ones de I a vida cotidiana, es muy fac i l echar mano de las etemas astucias
que permiten l uchar eficazmente contra las amenazas del si lencio, o contra
Ia i mpresi6n de no tener nada que decir. El tiempo que hace, las novedades
referentes a Ia salud de unos y otros , los coti lleos del barrio, los ulti mos
sucesos deportivos, etc. ofrecen un alimento coti diano para los intercambios
habituates de Ia vida soci al . El valor informativo de lo que se dice es residual ,
o incluso nulo, desde el momento en que lo que se dice es algo que todo el
mundo sabe, y tiene I a ventaj a de que asf nadie percibe que el otro le este
tomando por i diota. Este di scurso carente de contenido es una formula ri tual
de oposici6n a! si lencio o de entrada en materia; pues supone un reconocimiento
social sin ambi gi.iedades, y da Ia oportuni dad de establecer e l contacto
e ini ciar Ia conversaci6n. Su comodi dad reside en Ia fac i l i dad con Ia que Ia
invitaci6n al dialogo puede ser correspondida con una s i mple aceptaci6n del
interlocutor sobre el hecho de que, por ej emplo, “efectivamente hace muy
buen dfa hoy” . Y es igual de aceptable continuar o quedarse ahf, sin temor a
dej ar en mal Iugar a quien tom6 I a iniciativa del dialogo. La palabrerfa es un
habla i rresponsable, que no compromete en absoluto a los partici pantes : un
di scurso sin riesgo, indiferente, pero esencial -como I a sal en el pan- para dar
valor a I a exi stencia y crear el espesor afectivo del contacto.
4 8 Lo.r si/encios de Ia coltl’ersacion
La pal abrerfa es una forma h abitual de I a comu n i caci6n enfatica
(Mal inows k i , 1 92 3 ; Jakobson, 1 964, 217 sq.); proporciona el placer del contacto
sin obli gar a mas , y cumple una funci6n antropol6gica de ati rmaci6n de
uno mismo y del otro, de reforzamiento del vinculo soc i a l . Palabras superfluas,
s i n duda, pero tambien es cierto que su ausencia reduci rfa el lenguaje a
un puro instrumento uti l i tario. Una gran parte de Ia exi stencia se va tej iendo
con e l consuelo previsible de estos intercambios sin consecuencias, pero que
rechazan e l si lencio y expresan i mplfci tamente el valor recfproco de los presentes.
El habla se convierte en su propi o fin, perpetua las relaciones sociales
manten iendo Ia reserva sin que por ello disminuya su sati sfacci6n. Las cuestiones
delicadas se dej an de lado, para permi tir Ia tluidez de un discurso que
pasa sin problemas de un tema a otro y de un partici pante a otro; pues en reali
dad no pretende dar testi monio del mundo, sino sati sfacer el encanto de lo
cotidiano, que h ace de Ia conversaci6n uno de los atractivos de Ia existencia.
La pal abrerfa parti cipa de una estetica presidida por Ia trivializaci6n de lo
cotidiano; es como una poetica de Ia emisi6n, que afi rma el predomi nio, al
menos en nuestras sociedades occidentales, de Ia palabra sabre el si lencio. Es
un modo de mantener el vinculo social, una manera de veri ticar que I a vida
continua y que no reserva ninguna desagradable sorpresa. Como dice Maurice
B l anchot, “lo esenci al no es que una persona se exprese y otra oiga ; sino que
no h abiendo nadie en particular que hable y escuche, siga exi stiendo el habla
como una promesa i ndefinida de comunicar, perpetuada par este ir y venir
incesante de pal abras solitarias” (B ianchot, 1 969, 3 5 8 ) .
L a pesadez del locuaz
El locuaz, en cambia, abusa de Ia palabrerfa y, sabre todo, no dej a s iti o para
el otro. Lleva a sus u lti mas consecuencias el recurso ri tual a Ia comunicaci6n
enfatica, y l lega incluso a caricaturizarla mediante Ia aniqui laci6n si mb6l ica
de su compafiero, del que no busca mas que un ofdo complaciente. En su
lucha pertinaz contra el si lencio, logra Ia proeza de pasarse I a vida haci enda
de Ia simple emisi6n una activi dad infatigable. B usca con ello saturar el tiempo
gracias al encanto de un discurso en el que el desti natari o poco i mporta,
pues su contenido no solo esta vacfo de sentido, sino que ademas es indiferente
para el que escucha: su unico objetivo es Ia afirmaci6n reiterada de sf
mismo. El cogt/o del locuaz podrfa formu larse asf: “Exi sto porque rompo continuamente
el si lenci o con mi palabra prol iferante”. Ignora Ia necesi dad de las
La pesade;.: del /ocua;.: 49
pausas en el discurso y de los tumos de palabra, unicamente el consume el
tiempo que dura el intercambio, y satura los recursos de si lenc i o con su pobre
discurso, i mponi endo al otro el suplicio de tener que escucharlo. No tolera
ni ngun intersticio en el habla. Necesita a su compafiero para completar el
simulacra, pues al ser incapaz de callarse es natural que no pueda ofrle; ni
siqui era se da cuenta de que Ia buena educaci6n exige el cumpl imiento de
unas normas. Invade el espacio mental de su interlocutor, le abruma con una
serie de detal les sin interes que solo (e conciemen a e(; y, no COntento con erigirse
en maestro de ceremoni as del intercambio, supri me toda posibi lidad de
repl ica, conformandose con un cara a cara desnaturalizado, que ademas esta
condicionado por una aceptaci on forzosa. Dice Kafka en su Diario: “i,Sigue
estando ahf e l bosque? El bosque estaba poco mas o menos ahf. Pero, apenas
mi vi sta se alej o diez pasos, desistf, atrapado una vez mas por Ia aburrida conversacion”.
2 1
Como le espanta e l si lencio, y rompe continuamente Ia regi a de Ia reci procidad
del lenguaj e , el locuaz corre el riesgo de una repeticion sin fin de lo
futi l . Su retorica incansable sabre lo insignificante le expone al aburrimiento
o Ia i mpaciencia de un interlocutor, que esta sumergido baj o un tl uj o verbal
cerrado, sin pausas, sin si lencio, cuya unica razon esta en proc lamar: “Existo,
sigo exi stiendo ahara y siempre”. El locuaz no habla mas que de sf mismo.
Pero necesita el pretexto de que haya otro, un dob le de rostra i ndi ferente;
pues, curiosamente, a pesar de su sed de discurso, nadie va a hablar solo frente
a una pared o un espej o : exige Ia sombra de otro para dar cuerpo a su avasallamiento
verbal . De manera que su interlocutor es practi camente intercambiable;
pues con una s i mple moditicacion en Ia orientacion del di scurso se
soluciona el problema. A veces, l l ega a ser tan audaz que confiesa que es muy
hablador, con lo que desarma de entrada cualquier reproche, y rei vindica sin
una vergiienza mal entendida este habla profusa y carente de i n teres. “Es
como si desease anular su relacion con el proj i mo en el momenta en que le
hace existir; recordando ( i mplfcitamente) que si se conffa es mediante una
revelacion in trascendente, dirigida a una persona igual mente intrascendente,
por Ia vfa de un lenguaj e que excluye toda responsabi lidad y rechaza cualquier
respuesta”, escribe M. B l anchot ( 1 963, 1 7 1 ) .
El locuaz manifiesta una pasion especial por Ia funcion enfatica del lenguaje,
y Ia proc lama. Los personajes de Clamence, en La cafda de Camus, y de
El charlatdn, de Louis-Rene Des Forets, i l ustran Ia aticion desmedida por un
habla sin i nterlocutor rea l ; el soliloquio encubierto que no recl ama del otro
mas que Ia apariencia de atencion, y cuyo Iugar preferido es Ia barra de un bar.
5 0 Los si!encios de Ia conversacitfn
Hablar, hablar sin cesar para oponerse a! si lencio, para testificar que el vinculo
soci al no se ha deshecho del todo, y para afi rmar de esta forma tan modesta
su i mportancia persona l . Dice Beckett: “Hablar depri sa, pal abras mas palabras,
como el nino soli tari o que se divide en vari os, dos , tres, para sentirse
acompafiado, y hablar acompafiado en Ia noche”Y
El locuaz provoca a veces I a dispersion del grupo cuando se acerca, o el alej
amiento subito de quien iba hacia el sin haberle reconocido. Ante el, el si lencio
adqui ere de repente un valor inesperado, incluso para los que n o se h abfan
planteado antes esta cuestion . Plutarco, con gran tino, habla del vacfo que se
hace alrededor del l ocuaz en el momento en que ven que se acerca -en un
espectaculo o en Ia plaza-, y de l mutismo subito del grupo sorprendido por su
l l egada, que teme dar pie a su discurso antes de encontrar una buena razon
para abandonar el I ugar. ” A todo el mundo le horrori zan los huracanes y los
mareos . . . Por eso n adie se encuentra a gusto con esta gente : ni sus compafieros
de mesa en l os banquetes , ni los que comparten con ellos Ia tienda de campafia
en e l ej ercito, n i n inguno de los que se vayan topando con e l l os en sus
viajes por tierra y por mar” (Pl utarco, 1 99 1 , 65-66) . La proxi m idad del locuaz
es garantfa de ruido, Ia i mposibilidad de encontrar en uno mismo una interiori
dad propicia. Su hab l a i n fi nita es una declaraci on de guerra sin cuartel a!
si lencio.
Aun no diciendo nada, e l locuaz dice mil cosas ; poco importa el contenido,
pues de lo que se trata es de mantener l a distancia, ocupar el tiempo, conj urar
Ia l legada del si lencio. Todo ello a cambio de un asentimiento constante, y de
una mirada que no se despega de e l , aun a riesgo de sufri r una dolorosa tension
muscular. Este mfnimo de escucha esti mu la su locuacidad e inc luso, a
veces , como note que ha despertado un apice de atencion, sus palabras se
enardecen como si estuviera haciendo un alegato, tanto mas convencido de lo
que dice cuanto menor es I a trascendencia.
Dice tambien M. B lanchot: “El parloteo destruye el lenguaj e i mpidiendo
totalmente Ia pal abra. Cuando se habla sin cesar no se dice nada de verdad ;
esto no quiere decir que lo que se diga sea falso: lo que ocurre es que no se
esta verdaderamente hablando” (p. 1 7 7 ) . Pero el habla no es inagotable como
el si lencio, y se comprende que semej ante actitud conduzca a una intlacion
verbal. La n ada es infi n i ta y, por tanto, siempre esta por l l enar. S i Ia palabrerfa
es un factor necesario y divertido de Ia vida cotidiana, una forma elemental de
compl icidad, el l ocuaz, en cambio, causa un gran perj uicio a Ia lengua, toda
vez que esta es fundamental para el estableciniento del vfnculo soci al . AI
negar al otro, sin darse cuenta, su Iugar, lo que hace es proyectarse continuaEl
silencio es oro 5 1
mente, ocultando su capacidad para comunicar e i nteresar a su interlocutor.
Como no tiene ni una brizna de si lencio, el habla del locuaz es excluyente y
agobiante, carente de reci procidad. Intenta ahuyentar las amenazas del si lencio,
y esta condenada a ser siempre vacfa e interminable pues j amas no tiene
I a ulti ma palabra.
El silendo es oro
Cualquier habla introduce en el mundo un afiadido diffc i l mente gobernable,
una energfa que cambia e l orden de las cosas y dej a al hombre desprovisto de
toda agarradera para controlar las consecuencias. De ahf Ia desconfi anza que
tienen muchas sociedades respecto al lenguaj e , y Ia gran cantidad de proverbios,
cuentos y mitos que existen a prop6sito de Ia necesari a prudenci a que
debe acompafiar al habla. Todo ello Ueva a que Ia mayorfa de l as veces se prefiera
el s ilencio. Es mej or pensar las cosas dos veces antes de hablar. La Biblia
muestra ya en muchas ocasiones las virtudes del si lencio . El Eclesi astes
recuerda que “hay un tiempo para hablar y un tiempo para callarse” ( 3 , 7 ) . Mas
adelante exhorta a los fieles: “No te precipites con tus palabras , que tu coraz6n
no se apresure a proferir una palabra delante de Dios , pues El esta en los cielos
y ttl en Ia tierra; sean , pues, pocas tus palabras” (5, 1 -2) . “Cuantas mas
palabras h ay a mas vanidad habra: lque ventajas tiene para el hombre?” (6, 1 1 ) ,
dice tambien. Los Proverbios aseguran que “el que sabe retener s u s pal abras
conoce Ia sabidurfa ; el hombre intel igente tiene Ia sangre frfa” ( 17 ,27 ) . En
consecuencia, “el que guarda su boca y su lengua se preserva de Ia angustia”
(2 1 ,23). Mas aun , “hasta el loco, si se calla, pasa por sabio; y por i nteligente
el que cierra sus l abios” ( 1 7 ,28). “Por I a acci6n de los hombres j ustos se construye
una ciudad, por I a boca de los mal vados se destruye . . . El hombre i nteligente
se call a . El que revela los secretos es un chismoso; y un espfritu seguro
el que oculta los asuntos” ( 1 1 , 1 1 – 1 3) . El silencio es una prueba de Ia seguridad
colectiva; toda palabra desconsiderada es portadora de corrupci6n, pues
siembra Ia confusion si no esta cuidadosamente sopesada. “Siempre hay pecado
en el habla excesiva, el que retiene sus labi os es prudente” ( 1 0, 1 9) . Por eso,
los malos tiempos inculcan Ia prudencia al sabio que opta finalmente por
callarse (Amos, 5- 1 3) . Vol veremos sobre esto al tratar del pecado de lengua.
Numerosos proverbios tineses insi sten en el valor social del si lencio:
“Escuchad mucho, h ablad poco”, “Una palabra es suficiente para numerosos
problemas”, “Una boca, dos orej as”, “Perro que I adra no atrapa liebre”, “Una
5 2 Los silencios de Ia conFersacion
palabra vale tanto como nueve” (Lehtonen J . , Saj avaara, 1 98 5 ) . M. Savil leTroike
ci ta, par su parte, proverbios espafioles (“Por Ia boca muere el pez”),
Farsi (“EI hombre se h ace sabio escuchando”), etc . (Sav i l l e-Troike, 1 98 5 , 1 1 ).
“No abras Ia boca mas que si estas seguro de que lo que vas a decir es mas
bello que el si lencio”, dice un proverbio arabe. Otro explica que “tu eres
duefio de las palabras que no has pron unci ado, y esclavo de las que se te han
escapado” . Un adagi o val6n afirma ati nadamente que “el que se calla no habla
mal”. En Jap6n , donde I a sobriedad de pal abra es una virtud, Ia reserva de un
pol fti co no perj udica en absoluto su popularidad y su carrera ; un primer
ministro de hace pocos afios era muy val orado par “su s i lencio y su paciencia”
(Lebra, 1 98 7 , 346) . Otros proverbios aconsejan que se emplee prudentemente
el l enguaje, e incitan a! si lencio: “Mas vale dej ar las casas cal ladas”,
“La boca es fuente de problemas”, “Si el pajaro no hubiera cantado no le
habrfan matado” (Lebra, 1 987, 348).
Las sociedades africanas dan mucha importancia a! lenguaj e . Los dogon
asimilan el habla a! tej ido: “dej ar de hablar serf a como dej ar de tej er el mundo
y las relaciones entre l os hu manos” (Calame-Griaule, 1 965, 8 5 ) . El murmu llo
regular de l as palabras fomenta el vinculo social. Un arden riguroso distri buye
el habla y su contenido segun Ia posicion del individuo en el linaj e : familia,
grupo de edad, sexo, circunstancias, posicion del i nterl ocutor, etc.
Guardarse Ia propia lengua equivale a guardarse I a propia sangre, a mezc lar
sin di sonancias su voz con Ia trama soci al. El aprendizaj e del habla, par ej emplo,
consi ste para e l nifio en reconocer ante todo Ia si tuaci on de sus compafieros,
Ia zona que legi tima I a palabra que los envuelve, las reglas de su distribuci
on . Penetrar en los usos de Ia lengua exige saber en que momenta y ante
quien hay que callar. Entre los habitos que debe adquirir e l n i fi o figura pri oritariamente
el de tener Ia “boca corta” ; es decir, no hablar demasiado, saber ser
di screto. El nifio tambien debe aprender a tener Ia “mana corta”, Ia “mirada
corta”, el “pie corto” y el “ofdo corto” : unas exigenci as que estan vinculadas
a Ia sobriedad de palabra. En efecto, como escribe J. Rabain, “el que mira
demas iado, habla s i n motivo de lo que ve, el que anda demasi ado propala aquf
y a l ia palabras i rrespetuosas ; el que tiene Ia mana corta se somete a Ia palabra
de sus mayores, y espera sus ordenes para coger un objeto”. Par lo que respecta
a Ia escucha, pretende incu lcar a! nifio Ia i mportancia del di scerni miento,
que permite poder “air” l o que dicen los mayores, y permanecer completamente
sordo a di scursos que no le conciernen . Las reglas del si lenci o no son
menos imperativas que las del habla (Rabain, 1 979, 1 43 sq . ) . Si se enuncia
cifii endose a Ia tradici6n , Ia pal abra sera propi cia, calmara una herida, dara
El stlencio eJ· oro

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