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Libro PDF El silencio de la ciudad blanca – Eva García Sáenz

El silencio de la ciudad blanca – Eva García Sáenz

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noche.
—Váyanse a la mierda —se limitó a
decir, ni siquiera enfadado, ni siquiera
ofendido. Simplemente agotado.
Sé que todos los vitorianos estaban
consternados porque yo había acabado
con un tiro en la cabeza, y si hubiera
podido pensar en aquellos momentos,
cosa que era fisiológicamente
imposible, se me habrían puesto de
corbata solo por la emoción.
Un policía nunca espera cerrar un
caso siendo la última víctima del
asesino en serie que tiene aterrorizada a
la ciudad, pero la vida tiene formas muy
creativas de jugártela.
Y… sí: yo no salí bien parado.
Terminé, como digo, con una bala en el
cerebro. Pero tal vez debería desgranar
los detalles de lo que en un principio se
dio en llamar «El doble crimen del
dolmen», y terminó siendo una matanza
programada con todas sus letras durante
muchos, muchos años por una mente
criminal que estaba muy por encima del
cociente intelectual de cualquiera de los
que intentamos darle caza a tiempo.
Cuando el que se pone a matar en
cadena es un puñetero genio, solo
puedes rezar para que tu bola no salga
del bombo dorado y el niño de turno no
cante tu número con voz temblorosa.
1
LA CATEDRAL VIEJA
24 de julio, domingo
Estaba disfrutando del mejor pincho de
tortilla de patatas del mundo, con el
huevo a medio cuajar y las patatas
cocidas aunque crujientes, cuando recibí
la llamada que me cambió la vida. A
peor, debo aclarar.
Era la víspera del día de Santiago, y
en Vitoria nos preparábamos para
celebrar el día del Blusa, un homenaje a
los jóvenes que alegrábamos las fiestas
que estaban por venir a primeros de
agosto. El asador de madera donde
intentaba terminar con aquella
microdelicia estaba tan abarrotado y era
tan ruidoso, que tuve que salir a la calle
del Prado cuando noté que el móvil
vibraba dentro del bolsillo de mi
camisa, junto al corazón.
—¿Qué ocurre, Estíbaliz?
Mi compañera no solía molestarme en
mis días libres, y desde luego, el día del
Blusa y su víspera eran demasiado
sagrados como para plantearse acudir al
trabajo con toda la ciudad patas arriba.
El estruendo de las charangas y la
riada de gente que las seguía, brincando
y cantando, me impidió escuchar en un
primer momento lo que Estíbaliz
intentaba decirme.
—Unai, tienes que venir a la Catedral
Vieja —me urgió.
Aquel tono de voz, aquel matiz, entre
desconcertado y apremiante, tampoco
era habitual en una tía que los tenía
mejor puestos que yo, que ya es decir.
Comprendí al segundo que algo grave
había ocurrido.
Traté de alejarme del omnipresente
ruido que aquel día encapsulaba la
ciudad y dirigí mis pasos
inconscientemente hacia el parque de la
Florida, buscando dejar atrás los
decibelios que me impedían escuchar la
conversación en términos mínimamente
productivos.
—¿Qué ha pasado? —pregunté,
intentando despejarme del último trago
del Rioja que no debería haber bebido.
—No te lo vas a creer, está todo igual
que hace veinte años.
—¿De qué me estás hablando, Esti?
Es que hoy estoy un poco espeso.
—Unos arqueólogos de la empresa de
restauración de la catedral han
encontrado dos cuerpos desnudos en la
cripta. Un chico y una chica, con las
manos apoyadas en la mejilla del otro.
Te suena, ¿verdad? Ven ahora mismo,
Unai. Esto es serio, esto es muy serio.
—Y colgó.
«No puede ser», pensé.
«No puede ser.»
Ni siquiera me despedí de la
cuadrilla. Seguirían en el asador
Sagartoki, en medio de aquella marea
humana, y era poco probable que alguno
hiciese caso de su móvil si les llamaba
para comunicarles que mi día del Blusa
acababa de terminar allí mismo.
Me dirigí, con las últimas palabras de
mi compañera retumbando en mi cabeza,
hacia la plaza de la Virgen Blanca, pasé
delante de mi portal y subí hasta la
entrada de la Correría, una de las calles
más antiguas de la ciudad medieval.
Fue una mala elección. Estaba
abarrotada, como todo el centro aquel
día. La Malquerida y los demás bares
que jalonaban los portales del casco
antiguo rebosaban vitorianos y me costó
más de un cuarto de hora llegar a la
plaza de la Burullería, el patio trasero
de la catedral donde había quedado con
Estíbaliz.
La plaza se llamaba así porque en el
siglo XV había sido el mercado de los
burulleros, los tejedores de paño que
convirtieron a la ciudad en una de las
arterias comerciales de paso obligatorio
del norte de la península. Caminé por el
suelo adoquinado, y la estatua de bronce
de un preocupado Ken Follet me miró al
verme pasar, como si el escritor
anticipase las oscuras tramas que habían
comenzado ya a tejerse a nuestro
alrededor.
Estíbaliz Ruiz de Gauna, inspectora
de la División de Investigación Criminal
como yo, me esperaba haciendo mil
llamadas, nerviosa, y moviéndose de un
lado a otro de la plaza como una
lagartija. De melena pelirroja hasta la
barbilla, con su escaso metro sesenta
estuvo a punto de no cumplir con los
requisitos de admisión al cuerpo, y
Vitoria estuvo a punto de perder una de
sus mejores y más cabezotas
investigadoras.
Ambos éramos jodidamente buenos
cerrando casos, aunque no tan buenos
siguiendo las reglas. Cargábamos con
más de un apercibimiento por
desobediencia, así que habíamos
aprendido a cubrirnos. Respecto a
seguir las normas… estábamos en ello.
Estábamos en ello.
Yo hacía la vista gorda de ciertas
adicciones que aún coleaban en la vida
de Esti. Ella miraba hacia otro lado
cuando yo no obedecía a mis superiores
e investigaba por mi cuenta.
Me había especializado en
Perfilación Criminal, así que solían
requerirme cuando aparecían seriales:
asesinos, violadores… Cualquier
chusma que reincidiera. Si se producían
más de tres hechos con un período de
enfriamiento, entonces era para mí.
Estíbaliz se había centrado en
Victimología, los grandes olvidados.
¿Por qué a esa persona en concreto y no
a otra? Manejaba con más soltura que
nadie las bases de datos del SICAR, que
incorporaba todas las huellas de pisadas
y de rodadas de vehículos imaginables,
o la de SoleMate, un compendio de
todas las marcas y modelos de zapatos y
zapatillas de fabricación internacional.
En cuanto se percató de mi presencia,
olvidó el móvil y me miró con cara de
pésame.
—¿Qué hay allí dentro? —quise
saber.
—Mejor lo ves —murmuró, como si
el cielo pudiera oírnos, o tal vez el
infierno, quién sabe—. Me ha llamado
el comisario Medina en persona.
Quieren a un experto en Profiling como
tú, también me han requerido a mí para
que me centre en la victimología del
caso. Ahora lo entenderás. Quiero que
me digas tu primera impresión. Los
técnicos de la Policía Científica ya han
llegado, también la forense y el juez.
Vamos a entrar por el acceso de la
Cuchi.
La Cuchillería era otra de las antiguas
calles donde los gremios se agrupaban
en la Edad Media. En Vitoria teníamos
un recordatorio perenne de los oficios
de nuestros tatarabuelos: la Herrería, la
Zapatería, la Correría, la Pintorería…
El primer trazado de la Almendra
Medieval permanecía intacto pese al
trasiego de los siglos.
No dejaba de ser curioso que se
pudiera acceder a una catedral desde lo
que parecía a simple vista un portal de
viviendas más.
Teníamos ya a dos agentes
custodiando la entrada, una gruesa
puerta de madera en el número 95. Nos
saludaron y nos dejaron pasar.
—Ya he interrogado a los dos
arqueólogos que los encontraron —me
informó mi compañera—. Habían
venido hoy a adelantar un poco de
trabajo, por lo visto les están apretando
desde la Fundación de la Catedral Santa
María para que terminen con la zona de
las criptas y el foso para este año. Nos
han dejado las llaves. La cerradura está
intacta, como ves. Sin forzar.
—¿Dices que han venido a trabajar la
víspera del día de Santiago por la tarde?
¿No es un poco… extraño para un
vitoriano?
—No he visto nada extraño en sus
reacciones, Unai. —Negó con la cabeza
—. Estaban alucinados, más bien
espantados. Ese horror no se finge.
«De acuerdo», pensé. Me fiaba de las
impresiones de Estíbaliz como la rueda
trasera de un tándem se fía de la
delantera. Así funcionábamos, así
pedaleábamos.
Entramos en el soportal restaurado y
mi compañera cerró la puerta a nuestra
espalda. El ruido de la fiesta por fin
cesó.
Hasta entonces, la noticia del hallazgo
de dos cadáveres rebotaba en mi cabeza
sin llegar a entrar del todo, era
demasiado divergente con la alegre y
despreocupada algarabía de mi
alrededor. Una vez cerrada la puerta, en
aquel silencio de claustro, con los focos
de obra iluminando tenuemente la
escalera de madera que nos daba acceso
a las criptas, todo me parecía más
factible. Que no deseable.
—Ponte el casco, anda. —Me tendió
uno de los cascos blancos con el logo
azul de la Fundación que obligaban a
colocarse a todos los turistas que
visitaban la catedral—. Con tu altura,
seguro que te das en la cabeza.
—Paso —la ignoré, ocupado en
observar toda la estancia.
—Es obligatorio —insistió,
tendiéndome de nuevo el engendro
blanco y rozándome el canto de la mano
con sus dedos.
Era un juego al que jugábamos con
una sola regla muy clara: «Hasta ahí».
En realidad, había otra más,
complementaria: «No preguntes. Hasta
ahí». Yo consideraba que dos años sin
avances era un statu quo, una manera ya
establecida de tratarnos, y Estíbaliz y yo
lo llevábamos muy bien. También influía
que ella estaba metida en los
preparativos de su boda y yo había
enviudado hacía… bueno, qué más daba.
—Blanda —murmuré, y tomé el casco
de plástico.
Subimos las escaleras curvas y
dejamos atrás las maquetas de la aldea
de Gasteiz, el primer asentamiento sobre
el que se erigió después la ciudad.
Estíbaliz tuvo que detenerse de nuevo
para buscar la llave adecuada que nos
diera acceso al recinto interior de la
Catedral Vieja, uno de nuestros
símbolos. Restaurada y parcheada más
veces que mi bici de niño, un cartel de
ABIERTO POR OBRAS nos saludaba a mano
derecha.
Conocía todos los emblemas de mi
tierra, los tenía memorizados en el
lóbulo temporal desde que el doble
crimen del dolmen convulsionó a toda
una generación de vitorianos veinte años
y cuatro meses antes del presente.
El dolmen de la Chabola de la
Hechicera, el yacimiento celta de La
Hoya, las Salinas romanas de Añana, la
Muralla Medieval… esos fueron los
escenarios que eligió un asesino en serie
para poner a Vitoria y la provincia de
Álava en el mapa mundial de las
crónicas de sucesos de los telediarios.
Hasta rutas turísticas se habían hecho
por entonces, debido al morbo que
generó su particular y macabra puesta en
escena.
Yo rondaba ya los veinte años cuando
ocurrió, y me obsesionó de tal manera
que aquello fue lo que me hizo entrar en
el cuerpo. Seguía la investigación a
diario con una ansiedad que solo se
puede entender cuando eres un
postadolescente monotemático,
analizando los pocos datos que
trascendían en El Diario Alavés, y
pensaba: «Yo puedo hacerlo mejor.
Están siendo torpes, están obviando lo
más importante: la motivación, el
porqué». Sí: con casi veinte años me
creía más listo que la policía, qué naíf
me parece todo aquello ahora.
Después, la verdad me golpeó en la
cara más duro que un guante de boxeo,
me dejó aturdido, como al resto del
país. Nadie esperaba que Tasio Ortiz de
Zárate fuese el culpable. Me habría
dado igual que fuese cualquiera: mi
vecino, una monja clarisa, el panadero,
el mismo alcalde… Me habría dado
igual.
Pero no él, nuestro héroe local, algo
más que un ídolo: un modelo.
Arqueólogo mediático, triunfador en un
programa de televisión con récords de
share en cada emisión, autor de libros
de historia y misterio que agotaban
tiradas en semanas, Tasio era el tipo
más carismático y encantador que había
parido Vitoria en las últimas décadas.
Listo, muy atractivo, a tenor de la
opinión unánime de cualquier fémina y,
además, duplicado.
Sí, duplicado.
Teníamos dos para elegir. Tasio tenía
un gemelo univitelino, idéntico hasta en
la forma de cortarse las uñas.
Indistinguible. Optimista como él, de
buena familia, alegre, juerguista,
educado, correcto… Con apenas
veinticuatro años tenían Vitoria a sus
pies y un futuro que se les suponía más
que brillante: estelar, estratosférico.
Ignacio, su gemelo, se inclinó por el
camino de la ley: se hizo policía en los
años duros, el tío más íntegro que hemos
tenido en el cuerpo. Nadie esperaba que
la historia acabase entre ellos como
acabó. Todo, y digo «todo», fue
demasiado sórdido y cruel.
Que un hermano encuentre pruebas
irrefutables de que su gemelo es el
asesino en serie más buscado y
estudiado de la democracia, que él
mismo tenga que dar la orden de
detenerlo cuando hasta la fecha eran
inseparables como siameses… Ignacio
se convirtió en el hombre del año, un
héroe a respetar, el que tuvo los arrestos
de dar la cara y hacer lo que pocos
haríamos: entregar a tu propia sangre a
una vida entre rejas.
Lo que me llevaba a una cuestión
inquietante: tanto El Diario Alavés
como El Correo Vitoriano, nuestros dos
periódicos locales y rivales a muerte, no
dejaban de recordar por aquellos días
que Tasio Ortiz de Zárate saldría en un
par de semanas gracias a su primer
permiso carcelario, después de veinte
años en prisión. ¿Y ahora, precisamente
ahora, la ciudad con el índice de
criminalidad más bajo de la zona norte
se apuntaba dos cadáveres en el
macabro marcador de las estadísticas?
Sacudí la cabeza, como si aquel gesto
fuera a despejar mis fantasmas. Me
obligué a dejar las conclusiones para
más tarde y centrarme en lo que
teníamos delante.
Entramos en la cripta recién
restaurada, y efectivamente tuve que
agachar la cabeza ante la poca altura de
los techos. El espacio aún olía a madera
recién cortada. Pisé con aprensión las
losas de piedra gris, pulidas,
rectangulares, perfectas, que solo podían
ser obra de una máquina del siglo XXI.
Parecían nuevas y daba pena
ensuciarlas. Dos gruesas columnas
frente a nosotros aguantaban como
podían el pesado paso de los siglos, los
verdaderos cimientos de aquella vieja
catedral que se doblaba.
Al ver los dos cuerpos inertes allí
tendidos sentí que una arcada me nacía
de la boca del estómago. Pero resistí.
Resistí.
Los técnicos, envueltos ya con sus
buzos blancos y sus chapines,
procesaban el escenario desde hacía un
buen rato. Habían colocado varios focos
para dar visibilidad a la oscura cripta y
parecía que las fotografías ya habían
acabado, porque vi varios testigos
métricos colocados en el suelo.
Estíbaliz pidió un croquis del escenario
y después de estudiarlo con
detenimiento me lo pasó.
—Dime que no tienen veinte años,
Estíbaliz —rogué en voz alta.
«Cualquier otra edad, veinte no.»
El conteo del anterior asesino en serie
se detuvo en quince años: cuatro
parejas, hembra y varón, desnudas y
cada uno de ellos apoyando
cariñosamente la palma de su mano
sobre la mejilla del otro, en un
incongruente gesto lleno de ternura que
nadie había conseguido explicar hasta la
fecha, ya que se comprobó que las
víctimas no se conocían en ninguno de
los casos. Todos ellos con apellidos
compuestos alaveses: López de
Armentia, Fernández de Retana, Ruiz de
Arcaute, García de Vicuña, Martínez de
Guereñu…
En el dolmen de la Chabola de la
Hechicera, junto al pueblo alavés de
Elvillar, aparecieron los cuerpos sin
vida de dos recién nacidos. Poco
después, en el yacimiento del poblado
celtíbero de La Hoya de Laguardia, un
niño y una niña de cinco años. Las
manos consolando

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