---------------

Libro PDF El silencio de Lucía – Raúl Garbantes

El silencio de Lucía – Raúl Garbantes

Descargar Libro PDF El silencio de Lucía – Raúl Garbantes 


parafraseando al joven Werther, de Goethe —prosiguió ella.—Werther, el de los sufrimientos —respondió él. Lo había leído con mucho más gusto que a
Dante.—Sí, el de los sufrimientos —replicó ella, riéndose—. ¿Sabías que para el budismo el deseo es la causa de todo sufrimiento?
Conversaron un poco más y ella se fue. Vaya impresión que le causó ese breve intercambio. Lucía exudaba vida. ¿Qué hacía una chica como ella preguntando
sobre la muerte y sobre el budismo? No le preguntó si conocía tal o cual discoteca, si le gustaba el tequila, si fumaba marihuana… Él ya estaba a punto de graduarse y
nunca se había topado con alguien así.
Ahora Darío llegaba a su casa, asombrado de todo lo que le había hecho recordar esa palabra. MORTET. Debe ser latín, pensó.
Capítulo 2
En la escuela no le iba realmente bien. Pero tampoco le iba mal. Era bastante retraído, eso sí. No es fácil estar rodeado de niños que comentan la comida que les
hizo su madre para llevar. Aunque con el tiempo se aprende un poco, pero siempre es incómodo. A los doce años ya no le das importancia. Solo peleas si tienes que
defenderte, porque uno no se puede dejar joder. Si bien Darío no estaba todo el tiempo pendiente de él, eso le dio espacio, algo de independencia y eso forma el carácter.
Sabe hacerse respetar si es necesario.
Los profesores de Henry Blass han tenido que entrevistarse con su padre varias veces porque “tiene problemas reconociendo figuras de autoridad”. La primera
vez que lo citaron fue cuando Henry estaba empezando primaria, porque le había dicho al resto de la clase que Santa Claus no existía, que los regalos se los daban sus
propios padres. En eso Darío nunca guardó ningún misterio y él igual se emocionaba porque de cualquier forma estaba recibiendo un regalo. Alguien le estaba dando
algo, gratis, sin pedir nada a cambio. Y no cualquier regalo, a veces era algo para armar, a veces una consola, o videojuegos. A Henry le fascinaba ver cómo se construía
algo y entender cómo funcionaba.
La segunda vez que citaron a Darío, no mucho después, fue porque les había explicado a unas compañeras cómo se hacían los bebés realmente. Pero sin ningún
tipo de perversión, solo compartiendo conocimiento.
—¿Pero los ha agredido física o verbalmente? —preguntaba Darío.
—No —le respondían.
—¿Les ha gritado o se ha comportado violentamente hacia ustedes?
—Tampoco.
—¿Y entonces? —preguntaba, más bien como si se tratara de un punto y final.
La respuesta que le daba la psicóloga siempre iba por las líneas de falta de participación, o de que a veces no les hacía caso. Lo que resultaba evidente para Darío
era que estos profesores tenían problemas para ser una autoridad legítima. Pero no podía decirles eso. Ya tenía suficiente con las visitas domiciliarias que hacía la
institución de bienestar familiar, amenazando con quitarle a Henry, porque cada vez corría más el rumor de que estaba loco, de que no podía criar a un hijo como lo
estaba haciendo. Si bien desde hace un tiempo Henry no es el mayor fanático de Darío, le tiene una suerte de compasión. Sabe que ha pasado por cosas difíciles y, si
bien las cosas pudieran estar mejor, también es cierto que pudieran estar muchísimo peor. Además, tiene claro que en cualquier otro lado no podría tener las libertades
que le da Darío. Por eso, cuando lo entrevistaban, siempre respondía que él no quería vivir en otro sitio, que ahí estaba bien y que Darío nunca le había hecho daño.
Todo lo cual era cierto. Afortunadamente, hacía tiempo que no lo volvían a citar en la escuela, a menos que fuese por un problema de notas.
Henry, para su edad, estaba enterado de muchas cosas del mundo y de la vida. Quizás gracias a Darío, que nunca quiso criar a un niño con una perspectiva falsa
de las cosas. —El mundo es un espectáculo hermoso pero también terrible —le dijo una vez. Y esto ya lo intuía. Solo conocía a su madre por las contadas historias que
Darío de vez en cuando le soltaba. Hablaba muy poco de ella. El haberla perdido desde tan chico le obligó a plantearse preguntas muy duras para un niño. ¿Acaso existe
un dios que nos cuide? ¿Es justa la vida? El mundo es un espectáculo hermoso, pero también terrible. Internet le confirmaba esto todos los días. Sin duda era el
ciberespacio el mayor responsable por toda la información que Henry ya manejaba. Con su afición a armar y desarmar cosas, el computador de la casa fue ensamblado
por él mismo. Tenía todo lo ideal para sacar lo mejor de los juegos y de internet. Ese era su verdadero lugar. O su no-lugar. El no lugar donde nadie le puede decir que es
un freak, que no tiene mamá, o que tiene un papá loco.
Desde hace unos meses ha establecido un pequeño ritual cada vez que llega de la escuela al apartamento. Entra a su habitación, prende el ordenador y pone a
sonar Signos, la canción de Soda Estéreo, mientras se cambia y espera a su padre, que nunca demora más de 10 minutos en llegar. “No hay un modo, no hay un punto
exacto. Te doy todo y siempre guardo algo”. El tema lo hacía entrar en un pequeño trance. Hace unas semanas, Darío estaba limpiando y sacando trastos viejos para
botar. Consiguió el disco y tras mirarlo un rato, sentado en el sofá, fue directo a ese tema. A Henry le llamó la atención porque no era el estilo de música que ponía
Darío. Casi siempre era alguna banda extraña y desconocida, o música vieja, de la que se escucha vieja: blues, folk, boleros y tampoco faltaba la salsa. Pero esto era
definitivamente distinto, era en español, pero no sonaba viejo, no se escuchaba esa suerte de sucio acústico de aquellas grabaciones de los años cuarenta, o incluso de
antes. Aunque podía intuir que no era una grabación reciente, sonaba actual pero no sin ser experimental, era una música entendible. Ambos estuvieron sentados en el
sofá y cuando el tema terminó, Darío guardó el CD. Ya lo iba a colocar en la bolsa para botar, pero Henry le dijo que no lo hiciera, que se lo quería quedar. —Solo te
pido que no lo pongas cuando yo estoy aquí, por favor —le pidió Darío. Llevaba toda su vida viviendo con él y ya había entendido que, aunque no creyera que estaba
loco, sabía que definitivamente no era alguien ordinario y que a veces era simplemente mejor aceptar las pocas condiciones que establecía. Así, resolvió poner el disco al
llegar a casa y cuando llegaba su padre lo quitaba. “Si estás oculta, cómo saber quién eres” -escribe en su blog.
Suena la puerta del apartamento. Debe haber llegado Darío.
—¡Hola, Darío! —grita Henry. Pero al parecer no lo ha escuchado. Va a la cocina y lo encuentra sirviendo la comida. Lo puede escuchar murmurando, pareciera
que solo repite una palabra.
—Hola Darío —le repite.
—Henry —responde Darío—, ¿por casualidad sabes qué significa la palabra mortet?
Mientras comían, Darío le mostró a Henry un papel con algo escrito y le preguntaba si podía ver el papel, si podía tocarlo, si podía confirmarle que realmente
tenía algo escrito. Henry respondió afirmativamente a todo.
—¿Y dónde lo conseguiste?
—En la plaza.
Henry le pidió a Darío la ensalada.
—¿Lo encontraste en el piso?
—Estaba sentado en la plaza y se acercó un tipo que nunca había visto.
—En esta ciudad hay muchas personas que nunca has visto, Darío.
—Escúchame, te digo que este tipo tenía una pinta extraña, parecía sacado de una película de Hitchcock.
—¿El de la escena de la ducha?
—El tipo se sentó en el mismo banco donde yo estaba…
—Eso sí es nuevo.
—No le presté atención realmente, pero cuando me di cuenta ya se había ido y dejó este papel en su lugar.
—MORTET… ¿Será una palabra?
—Podría ser un código también. Parte de una transacción clandestina.
—Y sabiendo eso tú tomaste las precauciones necesarias y trajiste el papel a nuestra casa.
—Te digo que estuve en la plaza un rato. Me levanté y di unas vueltas para ver si alguien venía a buscarlo, pero nunca nadie apareció.
Terminaron de comer. Henry retiró los platos y Darío iba lavando las cosas.
—Ven Darío, quizás podemos conseguir algo por internet —le dijo Henry al terminar.
—Tú busca por ahí y yo reviso en unos diccionarios que tengo en la biblioteca, por si acaso —respondió el otro.
Pasaron un buen rato, agotando páginas virtuales, páginas materiales, intercambiando información, mientras por los parlantes un coro de niños cantaba We don’t
need no education…
—¿Nada?
—Nada —dice Henry—. Hay palabras parecidas. La más cercana es Morte y viene del latín. Pero ninguna declinación la hace terminar en T.
En el fondo, el chico solo espera que esto no sea algo que Darío se inventó. Sabía que su mente era volátil y lo fácil que podía desarrollar una fijación con ciertas
ideas. Como aquella época en que solo podían tomar agua del manantial de la montaña al este de la ciudad porque el agua que llegaba al apartamento era veneno, el agua
que vendían en las tiendas era veneno. Y se iban entonces con muchos recipientes y botellas vacías subiendo el cerro mientras Darío le hablaba sobre cómo la naturaleza
siempre fue una fuente de sabiduría para los seres humanos. Lo sorprendía lo lejos que lo podían llevar esas fijaciones. Fue en ese momento cuando Darío empezó
también con la idea de desarrollar una jardinería urbana en el apartamento, porque las élites del poder estaban empezando a planear una gran escasez en un futuro
cercano, con la cual doblegarían por completo a los pueblos, es decir, a muchos millones de personas como ellos. —Nadie es como nosotros, Darío —era lo única
respuesta que podía pensar Henry en su interior. A él no le parecía raro que lo consideraran loco. Pero a Tesla también lo creyeron loco y a Turing. Si algo le había
quedado a Henry de esas pocas ocasiones en las que pasaban buena parte de la noche investigando sobre la historia oculta de los gobiernos y lo que nunca dicen de las
grandes corporaciones, es decir, sobre todo aquello que no te dicen ni enseñan en la escuela, si algo ha ido aprendiendo es que los que parecen locos a veces pueden estar
más cuerdos que se creen normales.
—Si todo lo que dice en verdad pasó —piensa Henry—, pues sí es bastante extraño, sobre todo por esa palabra. No había nada sobre esa palabra y eso que todo
está en internet, no conseguir algo en internet es imposible.
Quizá alguno de sus amigos en la deep web pueda ayudarle a encontrar algo.
Capítulo 3
Por un momento, cuando ocurrió lo del papel, creyó que era una de sus alucinaciones. Pero al constatar que todo realmente había sucedido, Darío se obsesionaba
más y más con esa palabra y con ese personaje de sombrero gris. ¿Y si el mensaje iba dirigido a él? ¿Y si ellos saben quién es y lo andan buscando porque sabe mucho?
¿Y si Henry está en peligro? Si hay gente buscándolo podría ser cualquiera, haciéndose pasar por alguien del aseo urbano, un electricista, un peatón o una señora sentada
en la calle. Podría ser alguien de la biblioteca.
“Paul Bennewitz escuchaba otro tambor… Pero uno falso”. Este era un caso sobre el que había leído recientemente. Un hombre que fue suministrado información
falsa sobre extraterrestres por parte de agentes del gobierno de los Estados Unidos de América. Se trató de todo un teatro montado para que Bennewitz creyera que se
acercaba una invasión de seres de otro planeta. Hasta llegó a escribir un artículo con información muy detallada al respecto, Proyecto Beta. Pero todo era falso. Sin
embargo, la situación se le asemejaba a la de una persona famosa disfrazándose de sí misma, usando una máscara con una versión caricaturizada de su propio rostro.
Algo querían ocultar si fueron capaces de llegar tan lejos en la fabricación de todos esos datos falsos. Bennewitz terminó sus días en un manicomio. De pronto, también
quieren volver loco a Darío.
O, quizás, es por la siembra urbana que ha logrado desarrollar en la azotea de su edificio. Orégano, albahaca, cilantro, ajo, hierba buena, toronjil… Va creciendo
poco a poco y son ingredientes que ya los vecinos no tienen que comprar. Esto no les conviene a los carteles de alimentos. Al poder nunca le conviene una comunidad
autosuficiente, capaz de funcionar con independencia. Allí está Monsanto, por ejemplo, obligando a varios países y a cientos de tribus originarias, tribus con miles de
años de tradición y conocimiento, forzándolas a utilizar únicamente sus semillas para la siembra. Esas semillas que han modificado en laboratorios quién sabe con qué
finalidad. Pero si fuese para bien, no gastarían tantos millones en lobbying para que los estados impongan las leyes que a ellos les conviene y en censurar a los que
denuncian sus irregularidades. —Qué va. Ellos serían los primeros en querer hacer desaparecer a personas como yo —piensa.
En el resto de esa semana no fue más a la biblioteca. Ahora solo iba a la plaza. Decidió que si alguien lo perseguía mejor era pretender que él no sabía nada y así,
de pronto, lo podía poner al descubierto. En la plaza trataba de leer y lo lograba a ratos, pero solo esperaba volver a ver a aquel personaje extraño. Preguntaba en las
tiendas que rodeaban la plaza y a las personas que siempre la frecuentaban. Pero ninguno recordaba haberlo visto.
Una noche soñó que llegaba a la orilla de un río, donde un barco se alejaba siguiendo su cauce. Algo le obligaba a alcanzarlo. El cielo estaba absolutamente
despejado, pero no podía ver el sol por ningún sitio. En el barco llegaba a distinguir una figura femenina, como la de Lucía, pero su cabello no era negro, sino rojo, y
cubría completamente su rostro. Trataba de gritar su nombre, de llamarla, pero ningún sonido salía. Empezó a correr tras el barco, que ahora pasaba bajo un puente y ya
casi lo alcanzaba. Sin embargo, cuando trató de subir al puente para saltar hacia el barco, se encontró con que el puente, el río y el barco, eran una pintura en una pared.
Cuando miró a su alrededor se encontraba en la plaza, pero estaba completamente sola. Al voltear ya no vio la pared con la escena anterior, sino al hombre del sombrero
gris perdiéndose en la lejanía.
Despertó más temprano de lo usual. La angustia y la ansiedad podía sentirlas en el corazón, como si una mano invisible lo apretara, tan solo un poco. Se levantó
de la cama y de su armario sacó una caja que llevaba mucho tiempo guardada. La desempolvó y la abrió. En ella había un libro, un par de anillos y un cordón umbilical
guardado en un pequeño frasco. El libro se llamaba No hay más que presente. Había sido el último regalo de Lucía. Se lo entregó al día siguiente de haber vuelto a casa,
luego de haberse ido por varios días después de una horrible pelea. Darío recuerda haber sentido la misma ansiedad y angustia cuando se fue. La misma que siente ahora.
El libro iba de meditación, conciencia plena y otras técnicas budistas para desacondicionar la mente de lo que causa sufrimiento. Apenas ahora Darío entiende por qué
ese afán de ella en todo lo que pudiera ayudarla a ocupar su mente. Boxeo, bicicleta, sudoku, tejer, hacer mandalas… Su mente era una fábrica incesante de intereses,
pero también de incertidumbres, sin descanso. Era como si el mundo, ese mundo en el que uno convive con otros, compra el pan, hace la comida, era como si ese mundo
fuese dirigido por el tiempo de los astros, de las galaxias y las constelaciones; pero el interno, aquel que regía su mente, aquel que nunca descansaba, transcurría según el
tiempo de las partículas cuánticas, donde el tiempo deja de ser lineal, donde los opuestos se encuentran, donde la paradoja es la regla. Y para Darío, que siempre se
había regido por el tiempo de los planetas y su estoicismo, desde hace un tiempo se ha empezado a revelar esta otra dimensión. Ya todo había cambiado. Y ahora es que
se empieza a dar cuenta de cuánto. La fugaz aparición del hombre del sombrero gris había trastocado hasta su misma percepción del tiempo. E, irónicamente, lo había
hecho comprender una dimensión hasta ahora insospechada de su difunta compañera, la experiencia de un tiempo fuera de quicio. Darío había caído en el agujero del
conejo, pero este no era un país de las maravillas. Tomó el libro y guardó la caja. Hizo el desayuno con calma, sin apuros. Levantó a Henry, comieron y lo acompañó
caminando hasta el colegio. Luego fue a la plaza, ubicándose en el mismo lugar donde vio por primera vez al hombre del sombrero gris. Allí empezó a leer el libro.
Tras un par de horas de lectura ya tenía una idea más o menos formada de lo que el libro llamaba conciencia plena. Así que lo cerró y lo puso a su izquierda. Miró
el reloj, las 10:10 a. m. Según lo entendía, lo primero era cerrar los ojos y enfocarse en la respiración. Esto ya lo sabía, porque era lo que Lucía siempre le repetía cada
vez que lo veía preocupado: tomar tres respiraciones profundas. Debía lograr un intercambio fluido entre inspiración y expiración, a un ritmo calmado. Siguió la
recomendación del libro y cada vez que inhalaba aire se hacía la imagen de la orilla de una playa, cuando las olas se recogían. Llenaba lo más profundo que podía los
pulmones para luego exhalar lentamente, imaginándose entonces el mar liberando las olas sobre la arena. Esta era la base de la práctica: concientizar la respiración. Luego
su atención debía ampliarse, primero a su cuerpo, a sus sensaciones; la brisa sobre su rostro, el calor de un sol gentil posándose sobre sus manos, que a su vez
descansaban sobre sus muslos. Ahora podía escuchar su corazón latir. Enseguida entraban los sonidos de la plaza, los carros que transitaban, voces mezclándose en una
trama irreconocible, pájaros que cantan… Por un momento se sintió un espectador anónimo del mundo. ¿Pero qué pensaba? Una vez que su mente recorría las
impresiones de su cuerpo y del mundo exterior solo podía volver sobre sí misma, rumiar, como decía el libro, y era entonces cuando debía empezar el verdadero ejercicio
para lo cual todo lo anterior era un mero calentamiento. Entonces se recordaba de chico subido a un árbol y luego la primera niña por la que llegó a tener sentimientos
fuertes. De ahí saltaba al funeral de su madre cuando era un adolescente. A continuación, sentía un pequeño dolor en su pecho. Estos eran el tipo de pensamientos que
debían observarse, únicamente verlos como llegan y se van solos. Pero cuando aparecía Lucía, algo en el pensamiento se enganchaba a él y no al revés. Y sentía culpa.
Culpa de no haberla podido entender del todo, culpa por nunca saber bien cómo murió. Pero la culpa era producto de su identificación con esos recuerdos, el efecto de
actuarlos nuevamente, como si se tratara de una vieja obra de teatro que ya conocía demasiado bien. Trataba de aislar la culpa para lanzarla lejos, pero se le escurría
como agua entre las manos. Su corazón ahora se acelera y su respiración se descontrola.
“Abre los ojos.”
“Respira profundo. Toma aire y retenlo un momento para que tu cerebro libere endorfinas. Cálmate.”
Darío tomó el libro nuevamente. Pero sus sentidos se agudizaron completamente, la piel endureció, los pelos se le pusieron de punta, como un animal acechado
por un depredador elusivo. Entre las páginas del libro observó un papelito, justo como el que dejó el hombre del sombrero gris la primera vez.
Miró a su alrededor, en vano, porque el hombre no se veía por ningún sitio. ¿Cuánto tiempo había pasado? 10:18 a. m. ¿Apenas ocho minutos? Pero entonces
tuvo que estar mirándome desde algún lugar para saber en qué momento acercarse, pensó Darío. Todavía no se atrevía a sacar el papel y ver lo que tenía escrito. Tenía
que ser él, era el mismo tipo de papel y aparentemente de las mismas dimensiones. Contó hasta tres: 1 (¿quién es esta persona?)… 2 (¿qué quiere de mí?)… 3 (¿por qué
estoy volviendo a recordar a Lucía?).
Darío saca el papel. Es la misma caligrafía del anterior. Lo que leyó lo dejó en una incertidumbre aún mayor, lo cual pensaba que no era posible. Otra vez, la mano
invisible apretaba su corazón, pero más fuerte.
El papel decía esto: RUA10
Capítulo 4
En esos días Darío trabajaba en una editorial nacional pequeña, pero con un catálogo único. La vida era muy distinta entonces. Él mismo era muy distinto. No le
interesaban realmente los embates del mundo ni el destino de la humanidad. No se preocupaba por los poderosos, ni por la autonomía de las personas. Sabía que la vida
no era justa. Que había lugares donde la gente ni siquiera tenía agua para beber, que no existían guerras buenas sino víctimas y refugiados. Sabía que los bancos eran
dirigidos por personas que parecían más demonios que humanos. Pero no se involucraba ni intelectual ni emocionalmente. Le parecía una causa perdida de antemano y
que no tendría sentido siquiera tomar postura al respecto.
Por entonces la editorial donde trabajaba iba a lanzar por vez primera una publicación de un autor de lengua extranjera. Se trataba de un poeta italiano que además
nunca había sido traducido al español anteriormente. Sin embargo él no estuvo realmente involucrado con ese proyecto en particular. Este lo había manejado su jefe,
directamente. El bautizo del libro iba a realizarse en la embajada de Italia.
Darío no era de asistir a este tipo de eventos. A ningún tipo de eventos realmente. Solo le generaban ansiedad. Lo único que realmente disfrutaba era el vino gratis.
Además su jefe le había pedido que asistiera. Como era la primera vez que el poeta venía al país y la editorial tenía pocos empleados, le pareció que sería un gesto de
cordialidad tenerlos presentes. La verdad es que, en lo que iba de año, este había sido el único evento. Qué importa, pensó, solo estaré un rato y después me devuelvo.
La presentación del libro se había demorado un poco porque el traductor no llegaba. Sin embargo, decidieron empezar de todas maneras. En cualquier caso la
esposa del embajador podía realizar esa función. —Mujeres —le comentó a Darío su jefe. Por fortuna –o por desgracia– un poco antes de que el embajador terminara las
palabras de presentación llegó el traductor. O traductora, mejor dicho. Darío reconoció a Lucía inmediatamente y no pudo ocultar una sonrisa en su rostro. La verdad era
que habían coincidido muy pocas veces en la universidad, apenas logrando saludarse e intercambiar breves palabras. En el momento él salía con otra chica y como de
alguna forma u otra siempre había estado en una relación, nunca volvió a pensar en Lucía, a pesar de cuánto le había impresionado. Sofía se llamaba su novia actual.
Estaba loca por él. Cuando tu pareja comenta espontáneamente lo hermosos que serían los hijos de ambos, si los tuvieran, sabes que va en serio. O, al menos, sabes que
sienten algo muy fuerte por ti. Pero Darío no estaba en la misma página. Le gustaba, sí. Su compañía le agradaba, pero siempre había un momento en el que deseaba
estar solo. Sabía que ni siquiera podrían vivir juntos. Al menos no por ahora. Qué cosa tan rara es la química entre las personas. Sin duda. La química, la física, todas las
ciencias que quieras. Puedes estar con una persona absolutamente hermosa, pero si no puedes ver su chispa, su gracia, de nada sirve. Y esa gracia fue lo primero que vio
Darío en Lucía, cuando ni siquiera se daba cuenta de que le preguntaba algo en italiano, aquella vez. Ahora podía entenderlo, mientras la miraba y escuchaba traduciendo
al poeta. Traduttore, tradittore, pensó, sonriendo, recordando esa frase que tantas veces escuchó como estudiante de literatura y que podía parafrasearse como el
traductor es un traidor. Traiciona para dar vida, para alumbrar al texto en otra lengua.
La presentación había terminado, comenzaban los saludos, las presentaciones formales, el protocolo. Y comenzaban a repartirse los vinos. —Al fin —se dijo
Darío. Sofía, que aún no se graduaba, pero que estaba a punto, le comentaba sobre los avances en su tesis de grado, ya estaba casi terminada. Darío trataba de prestarle
atención pero no podía. Buscaba a Lucía con la mirada y también al mesonero con los vinos. —Si me le voy a acercar será mejor que tenga unos cuantos encima —
pensó. A la tercera copa Sofía tenía que irse, pues era un jueves por la noche y debía hacer una entrega a la mañana siguiente. Darío la acompañó a la entrada, cuarta
copa en mano, para pedirle un taxi. Al volver al salón, ubicó a Lucía. Ya la podía ver pero todavía hablaba con otros, con su jefe y el poeta. Prefirió esperar un poco,
solo para agotar la posibilidad de encontrarla sola, como en efecto sucedió. Aprovechó cuando ella dejaba su copa en una mesa. Así, mientras ella le daba la espalda
preguntó, —È possibile vivere nella disperazione e non desideratto la morte? —. Vio cómo el cuerpo de Lucía se detuvo por un segundo y luego cómo se volteaba con
el rostro iluminado.
—¡Darío! Non e possibile! —dijo Lucía, y lo abrazó. Darío se sintió flotar, elevarse, era como una droga, pensó. —Pero no es desideratto —le corrigió ella— es
desiderare.
De inmediato se instalaron a conversar los dos, a ponerse al tanto de sus respectivas vidas. Él le contó sobre sus primeros trabajos después de graduarse; librerías,
bibliotecas, fundaciones. Y ahora en esta editorial.
—¿Y estás casado? ¿Ya tienes hijos? —Como siempre, Darío se sorprendía de las preguntas de Lucía, de cuán directa podía ser.
—Pues, ninguna de las dos —le respondió—. Mi novia estaba aquí, se acaba de ir, pero no tengo planes de casarme o tener hijos con ella —le explicó.
—Ah, tienes novia —le contestó Lucía, con un tono que en ese momento fue incapaz de descifrar.
—¿Y tú? —replicaba él, que lo último que quería era que la conversación terminara.
—¿Tú sí te casaste y tienes hijos? —preguntó, casi titubeando.
Lucía se sonrió y tras una pausa muy breve dijo —No, yo creo que no sería capaz de ninguna de las dos—. E hizo un gesto que a Darío le pareció muy tierno y
cómico, como si Lucía le estuviera pidiendo disculpas.
—Yo creo que tampoco —le afirmó Darío, para que ella no se sintiera apenada.
Lucía definitivamente reconoció la intención de sus palabras y cogiéndolo del brazo —ella también tenía unas copas encima— le dijo:
—Yo creo que serías un muy buen padre.
—¿Yo? —le contestó Darío— ¡Imposible! Estoy completamente absorbido por mi propia persona, no puedo convivir con nada que requiera más atención que yo
mismo —le explicó bajando la cabeza.
Ella se rió.
—Bobo, créeme, yo sé leer a las personas, le dijo ella, y puedo ver que tú tienes un buen corazón y que eres noble.
—¿Y tu novio? ¿Está aquí? —preguntó Darío.
El semblante de Lucía, de regular brillante, se ensombreció.
—Estoy saliendo de una relación —le comentó—. Alguien a quien conozco desde hace mucho, pero no siempre hemos sido novios. Resultó siendo una persona
muy posesiva —terminó de explicar.
El tono de Lucía había cambiado definitivamente, a Darío le había quedado muy claro. ¿Quién sería esa persona? ¿Qué ser humano podría ser capaz de
ensombrecer esa fuerza de vida llamada Lucía?
—Lo siento —le dijo él— debes estar pasando por un momento difícil.
—Sí, un poco —le respondió ella. Pero ahí mismo recuperó su luz y prosiguió— ¡Pero ya no hablemos más del pasado! Cuéntame, ¿qué películas buenas has
visto últimamente?
Qué increíble es esta mujer, se dijo Darío, hace unos segundos se veía hundida en un abismo insoslayable y ya está de nuevo por encima de todos, alumbrando
todo el salón, qué fuerza.
Esa fue la única nota triste de la noche. El resto fueron conversaciones sobre libros, películas, música, costumbres curiosas de países lejanos. Antes de despedirse,
se intercambiaron números con la promesa de verse pronto otra vez. Muy en el fondo, aunque le costaba admitirlo, ya estaba enamorado de ella.
Darío pensaba que había logrado librarse de esos recuerdos, o al menos librarse del afecto que les tenía. Hacía años que había logrado dejar de pensar en Lucía, si
no era por la ocasional referencia fugaz. Pero ¿revivir momentos? Eso era volver a abrir heridas cuyo cierre era frágil y precario y que, sin embargo, se había logrado a
costa de su prop

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------