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Libro PDF El sistema Víctoria Éric Reinhardt

 El sistema Víctoria  Éric Reinhardt

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aparcamiento donde había dejado mi coche.
Vivienne es la más pequeña de mis dos hijas;
aquella noche íbamos a celebrar que cumplía
cinco años.
¿Cómo se llama el animal que transporto?
No es un castor, ni una marmota, ni una
comadreja, ni un mapache, sino algo que se le
parece y de lo que puede suponerse que vive en
tierra firme sin haber renunciado al placer de
bañarse. ¿Se adormece en las entrañas de la tierra,
como el topo, o hundido en la maleza, como el
conejo, o agarrado a una rama de árbol, como la
ardilla?
Entreabro la bolsa de plástico para comprobar
si las patas del animal son palmeadas o tienen
garras. La escalera mecánica me ha dejado en la
planta cero, tomo la avenida principal cuando una
silueta llama mi atención. Está de espaldas ante
una tienda de ropa y examina algunos artículos
expuestos en el escaparate. Esa mujer me gusta, la
atmósfera que emana de ella, la austeridad de su
ropa, el porte de su cabeza y su manera de
comportarse. Un esplendor de reina. Me detengo y
la miro. Una autoridad. Hacía mucho tiempo que
no experimentaba semejante atracción hacia una
mujer encontrada por azar. Se desplaza a lo largo
del escaparate y se inmoviliza de nuevo.
Prosperidad y elegancia. Tengo la sensación de
que a veces se demora en el reflejo de su rostro.
Melena maciza, ondulada. Corpulenta, un pecho
voluminoso. La veo preguntarse con la mirada.
Debe de ser aproximadamente de mi estatura, algo
más de un metro ochenta. Consulta una vez más su
reloj de pulsera. Examina con indiferente
minuciosidad, eso sugiere al menos su actitud
sucesivamente irritada y soñadora, un vestido de
noche minimalista colocado en un maniquí
decapitado. ¿Tiene acaso una cita?
Mucho más tarde me contó la realidad de su
situación y las razones por las que erraba, aquel
día, por los alrededores de aquella tienda de ropa.
Sus pantorrillas me gustan, redondeadas,
firmes, tensadas por los pequeños tacones de sus
zapatos. Erotizan su presencia; mirarlas me da
ganas de hacer el amor con ella.
Se aleja del escaparate mientras telefonea.
Escucha más que habla. Ningún indicio me permite
determinar si se trata de una conversación
profesional, si las frases que oye le son penosas o
agradables, si la persona con la que al parecer
habla es un hombre o una mujer. Tal vez esté
consultando su contestador automático. La veo,
pensativa y absorta, derivando lentamente en mi
dirección; y cuando vamos a chocar posa en mí
una mirada viva donde, como respuesta a mi
rostro, a mis ojos, al interés que manifiesta por su
persona esa fijeza admirada, detecto un fulgor de
sorpresa y de discreta aprobación. Me vuelvo
esperando que ella se vuelva también, y que tenga
una sonrisa en los labios. Pero la veo mientras
sigue derivando silenciosamente, empujada sobre
el embaldosado por la tensión de una
concentración que parece decisiva.
Me pregunté qué iba a hacer. Me parecía
conmovedor provocar en una mujer en la que yo
mismo me había fijado pocos minutos antes una tan
indiscutible expresión de complicidad. Había
sentido una reacción instantánea ante mi presencia,
y yo había visto cómo se formaba en sus ojos una
especie de respingo de estupor o reconocimiento;
exactamente como si esa mujer, habiéndome
encontrado la víspera en alguna reunión, se
sorprendiera de tener el placer de volverme a ver
tan pronto, por casualidad, en un espacio público.
Pero, puesto que estaba seguro de serle
desconocido, deduje que me había reconocido
como conforme a sus gustos y, tal vez, incluso a
algunas de sus más secretas inclinaciones. ¿Habría
seguido yo a aquella desconocida si su rostro no
hubiera producido, en contacto conmigo, casi sin
que lo supiera, aquel fulgor de aprobación? Hubo
un tiempo en el que no vacilaba en abordar por la
calle a las mujeres que me gustaban, pero había
perdido la costumbre hacía ya tantos años que me
parecía inconcebible volver a ello en esas
circunstancias, dicho de otro modo, con una mujer
fuera de alcance de la que yo suponía que, por
principio, no admitiría dejarse importunar por un
desconocido. ¿Y qué, entonces? ¿Qué ocurrió?
¿Por qué razón decidí seguirla? Se había dejado
entrever un más allá. Yo había visto que su vida
reflejaba la mía. Aquel fulgor me había
transmitido la sensación de un largo viaje en
pareja por nuestras intimidades entremezcladas.
Nada es más turbador que entrever, en una mirada
que se sorprende, un paisaje interior.
La seguí a un café donde pasé una hora
observándola. Se había descalzado, la veía de
espaldas y de tres cuartos, el periódico y los dos
libros que tenía hacían suponer el dominio de las
lenguas inglesa, francesa y alemana.
Contemplé sus pies, que me parecieron
magníficos, no dejaba de hojear sus dos libros y
de desplegar sobre la mesa el Frankfurter
Allgemeine Zeitung. ¿Qué frase podría decirle?
Me parecía nerviosa e impaciente, sus miradas
vigilaban la galería comercial a través de los
cristales, yo temía que un tercero acabara
aniquilando esa intimidad a puerta cerrada; iba a
aparecer un hombre al que ella dirigiría un
ademán, y vendría a sentarse a su lado
excusándose por el retraso.
Sus sandalias habían caído de lado e intentaba
enderezarlas con la ayuda de los dedos de los
pies; acaparada por asuntos lejanos y sin duda
considerables, sin conciencia de haberse
convertido en objeto de tan ansiosa atención,
redactaba algunos sms. Me metí una mano en el
bolsillo de los pantalones y me acaricié. Me
ofrecía su perfil cuando volvía la cabeza para
vigilar a través de los cristales la galería
comercial.
Me gustaba el vestido que llevaba, de mangas
largas, cortado en una muselina tan vaporosa que
el aire acondicionado hacía bullir su contorno. Me
gustaba la dulzura con la que se suspendían sus
dedos, como adormecidos, cada vez que una
ensoñación la inmovilizaba. Me habría gustado
haber visto su rostro algo más que un instante y
haber retenido de él una realidad más tangible que
aquel inolvidable fulgor que yo había recogido.
Tobillos, dedos de los pies y de las manos,
muñecas, uñas, mentón o cabellera, me familiaricé
con su cuerpo a pedacitos antes incluso de saber
quién era, de haberla visto sonreír y de escuchar la
textura de su voz; habría podido, tras aquella hora
pasada escrutándola, reconocer entre mil su
índice, o los lóbulos de sus orejas, aunque sin
conocer la vida de su rostro, sus expresiones y su
rutina. Esperaba poder decirme un día, y decírselo
sonriendo, que siempre le llevaría una hora de
ventaja.
Se levantó bruscamente, decidida a marcharse,
reuniendo sus cosas. Me arrastró luego a un
vagabundeo interminable.
Había hecho saber a mis colaboradores que
debía marcharme antes de lo acostumbrado, pero
que podrían ponerse en contacto conmigo si había
una urgencia. Puesto que mi oficio consiste en
resolver los problemas en el instante en que
surgen, y una obra genera constantemente
complicaciones que nadie había previsto, la
urgencia se ha convertido en el humor habitual de
mis jornadas: experimento el tiempo que pasa
como la cuenta atrás de una proliferación de
bombas de espoleta retardada que me corresponde
desactivar. No me atreví a consultar mi
BlackBerry puesto en silencio y en mi bolsillo
desde hacía una hora, pues sabía que debían de
haberse acumulado en él colegas a quienes
socorrer u obstáculos que salvar. Mi ayudante era
la única a quien había revelado que aquella noche
íbamos a festejar el cumpleaños de Vivienne y que
yo debía encontrar, a toda prisa, algo espectacular
para regalarle. «—¿Por qué espectacular? —me
había preguntado. —Pero puedes ponerte en
contacto conmigo —había proseguido yo—, no lo
dudes, hazme todas las llamadas que quieras. —
Responde a mi pregunta, ¿por qué espectacular

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