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El sueño de Gawain – Sergio Tapia

El sueño de Gawain – Sergio Tapia

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sucio, con el pelo alborotado y una
camiseta perfilando mi figura curvilínea
y madura. Tenía ojeras, me había
costado conciliar el sueño la noche
anterior, pero cuando lo había
conseguido, me sabía a poco, ¿Por qué
había puesto el despertador? No sabría
contestar… era una tontería, porque no
tenía a ningún sitio al que ir.
Por un momento extendí mi brazo y puse
la cuchilla muy cerca de mi vena…
pensé en hacerlo, cercenar y dejarme
morir allí mismo… Sin pensar mucho
más. Huir sin más e ir a donde quiera
que se fuera cuando uno muere o tal vez
a la mierda de la nada.
Volví a mirarme en el cristal, con mis
ojos cansados, sin apartar la cuchilla a
un centímetro de mi vena. Lo hubiera
hecho… estaba a punto de hacerlo,
cuando sin saber cómo… deseche la
idea y me lavé la cara y sin muchas
ganas me volví a la cama… Estaba
agotado y no tenía muchas ganas de
nada, ni fuerzas para acometer ningún
proyecto.
Miré a la mesilla y allí estaba, no se
había ido, era un sobre medio arrugado
con los papeles del divorcio. Más de
una década de relación, dos niñas y toda
una vida currando, no habían significado
mucho. Bastaba una denuncia, un par de
papeles y ya estas fuera de tu casa, con
una mano delante y otra detrás y toda
una vida por delante, pero con menos
pelos, más peso y más cansancio, en la
que te conviertes en una especie de ente
parasitado. Un ser, cuyo único fin según
la sociedad donde nos encontramos, es
el de producir para que otros disfruten
lo que tú ganas, a eso, lo llaman
pensión.
Aún estaba pendiente de la fecha para el
juicio definitivo, pero eso daba igual.
Mi ex no tendría compasión y
seguramente terminaría por quedarse la
custodia de mis dos hijas, mi casa, el
coche y una cuantiosa pensión, ¡Joder!,
la muy hija de puta se había quedado
hasta con mi ropa y el resto de mis
cosas. Solo bastó la amenaza de que si
me pasaba por mi casa me denunciaría
por acoso y claro, en un país donde todo
hombre es presuntamente culpable, este
era un chantaje que se debía tener en
consideración.
Ciertamente me daban ganas de
mandarlo todo a tomar por culo… no sé,
de irme algún lado o incluso de hacer
alguna locura… pues estaba
absolutamente arrinconado y sin ningún
futuro, estaban mis hijas claro… ¡las
niñas no tenían la culpa de nada! y al
final eran las que más perdían con todo
esto, pero piénsalo un poco, ¿Qué futuro
tenía yo? ¿Qué me deparaba la vida?
¿Seguir currando como un burro para
acabar miserable y solo? ¿Quién en su
sano juicio no saldría corriendo?
Y yo ¿qué?, bueno, cuando tienes hijos,
el yo, queda relegado a un segundo
plano, no hay ¿y yo qué? no podía
abandonar, no podía rendirme, por muy
difícil que fuera toda aquella situación,
por muy solo, desahuciado y jodido que
me sintiera no podía llorar, ni sentir
compasión de mi mismo, sólo podía
obligarme a ser fuerte y tratar de
continuar.
Tomé aquel sobre en mis manos y saqué
sus hojas, volví a mirar la fecha del
juicio, aún quedaban algunas semanas y
afortunadamente, mi jefe, que era
también divorciado, se había
compadecido de mí y me había dado
unos días libres por la patilla. No era
mucho, claro, pero al menos tendría
tiempo para poner mi mente en orden y
replantearme las cosas.
Era quizás muy evidente que los últimos
meses en la oficina había estado muy
nervioso, todo me sentaba mal y daba
malas contestaciones a los compañeros
e incluso a los clientes, mi vida había
sido un infierno que había ido poco a
poco a peor y ahora en la recta final, me
encontraba perdido y sin rumbo, sin
ganas de nada y sin muchas razones para
avanzar.
El saldo de mi cuenta estaba por los
suelos y aún no había conseguido
contactar con mi abogado para que
terminara de ponerse de acuerdo con la
abogada de mi ex para diferenciar que
era de uno y que de otro. Si esta
situación no se arreglaba pronto,
terminaría durmiendo en un coche que ni
siquiera estaba a mi nombre.
¿Qué podía hacer con aquellos días
libres? Podía emborracharme y terminar
en alguna cuneta o en cualquier antro de
mal ver. Podía encerrarme allí y ver la
tele o simplemente dejar correr el
tiempo. Sin embargo, opté por
ducharme, vestirme y pagar la cuenta de
la pensión.

horas, no sabría decir cuánto
tiempo.
– No suele venir mucha gente
por aquí, esto está un poco
apartado la verdad.
– Es una pena… bueno en el
sentido de que poca gente puede
disfrutar de este lugar, parece un
sitio privilegiado.
– Desde luego que lo es, pero si
viniera mucha gente, estoy seguro
de que dejaría de serlo – Y
Herschel se rio con una sonora
carcajada.
– ¿Vive usted aquí?
– Así es, vivo con mi mujer y mi
perro, en la casa de detrás. Esa
que no parabas de mirar antes.
– ¿Cómo? – Dije desconcertado,
la respuesta me sorprendió.
– ¿Cómo?, te refieres a que
¿Cómo sé que mirabas la casa
cuando yo se suponía que no
estaba aquí y no podía verte? o
¿Cómo me atrevo a hacer esa
afirmación con tan poca falta de
tacto? – Y el viejo me sonrió con
una mueca enigmática y extraña,
que me heló la sangre. Sus ojos
eran profundos y grises, con un
brillo y una intensidad que
resultaban casi irreales.
– Bueno – contesté finalmente –
creo que me refiero a ambas, la
verdad.

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