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Libro PDF El susurro del cuervo Olivia Monterrey

El susurro del cuervo Olivia Monterrey

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Una pluma negra se depositó con
delicadeza sobre el alféizar de la única
ventana abierta del castillo Gosford.
Una ventana que siempre permanecía del
mismo modo: sus hojas de madera,
ennegrecidas por la fina cortina de
lluvia que impregnaba el pueblo de
Markethill, nunca entraban en contacto,
pues él debía tener acceso permanente al
edificio.
Sobrevoló la estancia con las alas
desplegadas, rozando con sus
puntiagudas plumas el lomo de los
manuscritos que atestaban las
estanterías. Una espesa niebla comenzó
a formarse en el exterior, cubriendo el
bosquecillo que rodeaba la fortificación
y dotando al paisaje de un halo
inquietante y perturbador. En ocasiones,
se escuchaban gritos en mitad de la
noche, cuando todos dormían. Nadie
sabía discernir si se trataba de alaridos
humanos o animales; de lo único de lo
que estaban seguros era del escalofrío
que los atenazaba cada vez que un
alarido desgarraba la quietud de su
descanso nocturno.
El visitante posó sus
ensangrentadas garras en la parte
superior de una calavera barnizada, la
cual pretendía formar parte de la
decoración de la estancia, resultando,
sin embargo, demasiado llamativa y no
precisamente por su beldad. Aleteó un
par de veces antes de cerrar las alas
sobre sus costados y emitió un par de
graznidos atronadores, salpicando de
gotas de agua los objetos de su
alrededor. Jugueteó con el hueco del ojo
del cráneo, como si quisiera arrancarle
el inexistente globo ocular con el afilado
pico, para luego aplastarlo con sus
potentes maxilares y, finalmente,
engullirlo. El cuervo alzó la oscura
cabeza al escuchar unos pasos fuertes y
apresurados que se acercaban por el
pasillo. La puerta se abrió de par en par
y un joven muchacho entró en la
estancia, cerrando de nuevo tras de sí.
—¿Me habéis llamado, Avalon? —
inquirió el recién llegado, dirigiendo sus
ojos a la calavera. Sabía a la perfección
dónde encontraría al animal—. Lo
habéis vuelto a hacer. —Dio un suspiro
y se llevó una mano a la cara al ver los
restos de sangre y agua en los finos
dedos del ave, habiendo estos manchado
de rojo la lisa superficie del cráneo.
Caminó hasta llegar a él y se postró de
rodillas como lo haría un fiel caballero
ante su rey—. Os ruego que la próxima
vez os deshagáis de las pruebas que
puedan incriminarme por vuestras…
«distracciones».
En su voz había un respeto
inusitado. Sus palabras no estaban
escogidas al azar, sino con un cuidado
extremo, siendo pronunciadas con la
mayor delicadeza y templanza que era
capaz de reunir. Si un extraño se
asomase a la ventana y los observara,
creería que el humano servía al animal.
—No me digas lo que he de hacer,
Lancelot —chilló el cuervo con
estridencia, volviendo a batir las alas.
Algunas gotas cayeron sobre el traje del
humano, tornando de un gris más
sombrío su ya oscuro traje. A oídos de
ese extraño, los graznidos no serían más
que eso, pero no para Lancelot.
—Lo lamento. —Inclinó la cabeza
un poco más, en señal de disculpa—. Es
solo que estoy algo preocupado. La
policía ha venido ya tres veces a
interrogarme.
—No hay cadáveres, ergo no hay
pruebas —comentó Avalon, resuelto—.
No le des demasiadas vueltas o
terminarás obsesionándote.
—Pero hay sangre. —Lancelot alzó
los ojos con brevedad a las patas de
Avalon—. Y no es… la primera vez. —
Cogió aire; comenzaba a perder la
calma.—
¿Entiendes que no me interesan
tus preocupaciones? —Los ojos negros
del cuervo escrutaron los dorados de
Lancelot.
—Pero… —Tragó saliva con
dificultad. Temblaba—. ¿Qué haréis si
me detienen?
—Buscaré a otro. Como tú hay
miles. No te creas indispensable. «Yo»
soy el indispensable aquí —su voz sonó
arrogante.
—Entonces, ¿por qué me elegisteis
a mí? —Se atrevió a mirarlo de frente.
Avalon le sostuvo la mirada y
Lancelot se arrepintió enseguida de
haber emitido esa pregunta.
—¿Acaso deseas que sea tu sangre
la que recorra mis garras? Puedo
arrancarte los ojos antes de que te dé
tiempo siquiera a reaccionar.
—N-no, Avalon, no deseo tal cosa.
Disculpadme por mi comportamiento;
como ya os he dicho, estoy algo
nervioso. —Intentó tragarse el nudo que
se le había formado en la garganta, pero
no fue capaz. Lo sentía como un hueso
atravesado que le impedía respirar.
—Guárdate tus miedos e
inquietudes para ti. No me hagas
partícipe. La próxima vez no seré
misericorde.
El joven movió la cabeza,
conforme, aunque su respiración
delataba ansiedad. No recordaba con
exactitud el momento en que Avalon
entró en su vida; de hecho, era como si
ese recuerdo hubiera sido arrancado de
su memoria. En ocasiones, le
sobrevenían imágenes inconexas, pero
del mismo modo en que llegaban, se
desvanecían. Algunos días su mente
entraba en un estado de penumbra
constante, como si no fuera dueño por
completo de sus actos ni de sus
palabras. Su familia solía mirarlo
preocupada y él decidía eludir los
intentos de su madre por hablar con él.
Su padre lo achacaba a «cosas de la
edad», a «manías de un joven de
diecinueve años con demasiado tiempo
libre y muy pocas obligaciones». Su
hermana pequeña, sencillamente,
cuidaba de él, le proporcionaba todo el
afecto que creía que su hermano
necesitaba.
A Lancelot le aterrorizaba no
recordar ciertas situaciones. Ya se había
despertado un par de veces en la bañera,
cubierto de barro y descalzo. Jamás
encontró ninguno de los zapatos y ese
hecho lo llenaba de temor por si alguno
de los policías que solía rastrear el
bosque y registrar su hogar daba con
ellos. Ese era un pensamiento que
deseaba eliminar con todas sus fuerzas.
En ocasiones, contemplaba el cráneo
decorativo de su estudio, anhelando
estar tan vacío como él para no tener
que dar tantas vueltas a los
pensamientos que lo atormentaban.
El cuervo emitió un breve graznido,
desplegó las alas y abandonó la estancia
sin siquiera dirigirle la mirada a
Lancelot. El animal desapareció entre la
delgada cortina de agua que se
precipitaba implacable desde el cielo.
Unos delicados golpecitos en la
puerta hicieron comprender al muchacho
por qué Avalon había abandonado tan
pronto el castillo.
—Lan, ¿estás ahí? —habló una
vocecita infantil al otro lado—. Te has
ido muy pronto de la clase de piano. La
señorita Strauss está que echa chispas.
Te va a poner doble tarea, ya verás.
La tez de Lancelot adoptó una
expresión tierna. Su hermana era la
persona que más quería en el mundo. Sin
dudarlo ni un segundo, se dirigió hacia
la puerta y, nada más abrirla y sin dejar
que la pequeña de siete años tuviera
tiempo para nada, la agarró en brazos y
giró con ella imitando el movimiento de
una peonza. La niña rompió a reír a
carcajadas de manera escandalosa y
Lancelot se contagió de su risa.
Físicamente, era una miniatura de su
hermano: cabello negro y liso, ojos
color miel y piel como la nieve.
—Ay, ¡que me estoy mareando!
¡Para, para! —chilló ella, sin dejar de
reír.
Lancelot obedeció y la depositó en
el suelo.
—Tenía que consultar unos libros
urgentemente, Guinevere —mintió—.
Por eso me he ido tan pronto de la clase
de la señorita Strauss.
Guinevere lo tomó de la mano y
tiró de él con la impaciencia propia de
su juventud.
—Vamos a hacer una fiesta del té.
—¿Otra vez? —inquirió él,
dejándose arrastrar.
—Es mi juego favorito, pero solo
si es contigo. —Guinevere seguía
tirando de la mano de su hermano
mayor.
Él era incapaz de borrar la sonrisa.
Aquella criatura era lo mejor que había
en su vida. No solo no lo juzgaba, sino
que le tenía ciega confianza y siempre
estaba dispuesta a brindarle su cariño
cuando él más lo necesitaba. Era, de
lejos, la persona más sincera e inocente
que jamás conocería. Haría cualquier
cosa por ella. Incluso morir.
—Vaaale, jugaremos a tomar el té
—aceptó Lancelot—. Pero esta vez
ponme azúcar, ¿eh?
—Pero si es un té de mentira, Lan
—puntualizó ella, como si él no
conociera ese detalle—. Estás tonto,
¿eh?
Lancelot rio enternecido. Al poco,
se adentraron en los aposentos de la
pequeña, los cuales estaban decorados
con los elementos típicos de una niña de
su edad: papel de pared con dibujos
infantiles, colores pastel, cortinas
vaporosas, una suave moqueta, una cama
con dosel con toneladas de cojines
sobre la colcha y una cantidad
considerable de juguetes de todo tipo,
desde casas de muñecas hasta juegos de
construcción, pasando por un caballito
de madera, disfraces variados, pequeños
muebles fabricados en madera pintada…
Guinevere se dirigió a una mesita
baja y redonda ubicada ante la ventana,
la cual estaba cercada por cuatro
sillitas. Tanto el pequeño mobiliario
como la tetera y las tazas eran de un tono
demasiado rosa.
—Siéntate conmigo, Lan. ¡No, ese
sitio es de mi conejito! —se apuró en
aclarar cuando vio que su hermano
pretendía tomar ese asiento. La niña
corrió hacia su baúl de juguetes y
rebuscó en él hasta encontrar a su
muñeco. Tenía unas enormes orejas y
los ojos eran dos botones mal cosidos.
Regresó a la mesa y puso el peluche en
una de las cuatro sillas.
—¿Puedo sentarme ya? —preguntó
Lance, intentando aguantar una
carcajada. Le parecía tremendamente
adorable.
—Mmmmmmh… ¡Sí! —Le señaló
la silla de enfrente a la que había
ocupado el conejito. Lancelot obedeció
y ella se acomodó en la que había justo
al lado.—
Hay una vacía. ¿Todavía no ha
llegado la invitada que falta? —quiso
saber Lancelot, ya metido en su papel.
—Ya está sentada —comentó
Guinevere. Tomó la tetera de juguete y
vertió un té invisible en la taza de su
hermano—. Se llama Angelique, pero no
la puedes ver. Aunque casi mejor: está
muy sucia.
Lancelot se echó a reír.
—Ah, ¿no? ¿Y eso por qué?
—No puedo decírtelo. Es un
secreto. —Le guiñó un ojo a la silla
vacía.—
Bueno, si es un secreto, entonces
no te preguntaré —le siguió el juego. No
era raro que una niña de su edad tuviera
un amigo imaginario.
Bebieron té invisible y charlaron
durante una hora entera. Si se trataba de
pasar tiempo con su hermana, no
escatimaba en robarle minutos al reloj.
Aquella noche, durante la cena,
Lancelot se comportó como antaño. No
estuvo distante ni procuró cortar
cualquier intento de conversación, así
que su madre se relajó al comprobar que
charlaba con ellos como siempre lo
había hecho y su padre se tranquilizó al
pensar que quizá su hijo tenía remedio.
Ambos sabían que la única capaz de
lograr un cambio así en el chico era, sin
duda, Guinevere.
Con una desacostumbrada
sensación de felicidad, Lancelot acudió
a sus aposentos para descansar.
Acurrucado bajo las mantas y

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