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Libro PDF El ultimo buen beso – James Crumley

 El ultimo buen beso - James Crumley

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taburete vecino como un
compañero de fatigas pequeño y
agotado, levantando sólo
esporádicamente la cabeza para
beber un poco de cerveza en un
sucio cenicero dispuesto sobre la
barra. Ninguno de ellos se molestó en
mirarme cuando me deslicé
discretamente hasta un taburete que
había entre el bulldog y los otros
dos únicos parroquianos del local,
un par de displicentes mecánicos en
paro que hablaban de cheques del
subsidio que jamás habían llegado,
de la última multa por conducir
borrachos y del probable paradero
de una correa de transmisión de un
Chevy de 1957. Sus caras
angulosas, las bocas desdentadas y
el acento nasal pertenecían a otro
tiempo y lugar, a un gran erial
polvoriento de los años treinta por
el que un camión Modelo T, un
cascajo de fabricación casera,
avanzase hacia el sol poniente. Al
sentarme me observaron con los
ojos aviesos de la gente rústica,
estudiándome atentamente como si
yo fuera la carcasa de un coche
abandonado que planeaban
canibalizar para conseguir piezas
de recambio. Incliné la cabeza y
sonreí para darles a entender que
quizá fuese una carcasa, pero
todavía no me habían declarado
siniestro total. Respondieron a mi
callado saludo con los ojos en
blanco y unos reflexivos
movimientos de cabeza que
parecían indicar que siempre se
podía provocar un accidente.
Exhausto tras circular tantos
kilómetros por carreteras
equivocadas, les dejé pensar lo que
les viniera en gana. Pedí una
cerveza a la camarera, una mujer de
mediana edad, que salió de sus
ensueños para esbozar una sonrisa
somnolienta. Al abrir la botella, el
bulldog despertó de su modorra
etílica, eructó como un dragón, alzó
verticalmente sus delgadas patas y,
a continuación, atravesó con un
contoneo tres taburetes
desvencijados, en medio de una
nube saturada de cerveza rancia y
aliento de perro, para cambiarme un
beso mojado y pegajoso por una
dosis de cerveza. No se la ofrecí,
así que subió la apuesta
esparciendo sus babas sobre mi
codo tostado por el sol. Trahearne
emitió una abrupta orden y vertió
una medida de cerveza en el
cenicero. El bulldog me clavó una
funesta mirada, suspiró y volvió en
pos de lo seguro.
Mientras me secaba los
salivazos caninos con un paño
todavía húmedo por el uso reciente,
y con aspecto de haber sido usado a
menudo para el mismo fin, pregunté
a la camarera si había teléfono
público. Me señaló sin palabras un
recoveco gris y polvoriento pasada
la mesa de billar, en el que había un
teléfono negro colgado entre
sombras cenicientas.
Cuando pasé junto a
Trahearne, había rodeado con su
recio brazo los arrugados hombros
del bulldog y recitaba versos en su
pequeña oreja: «El acantilado que
encaramos se quiebra… bajo este
viento del verde Pacífico… este…
El hedor salobre de la ballena…
¡Ay, Jesús!… Nos cazaron como a
perros, viejo amigo, en ripios
caninos nos convertimos y
aperreados viviremos siempre…».
Luego se rió sin ton ni son, como un
anciano que buscara sus gafas.
No me incomodó que hablara
consigo mismo. Hacía ya mucho
tiempo que yo practicaba también el
monólogo interior.
Era precisamente eso lo que
estaba haciendo la tarde que me
llamó la ex mujer de Trahearne:
sentado en mi diminuto despacho de
Meriwether, Montana,
contemplando las excelentes vistas
más allá del callejón al desbordante
contenedor Dempster-Dumpster de
la tienda de saldos, me decía en mi
fuero interno que no me importaba
que el negocio prosperara poco a
poco, que en realidad incluso me
gustaba. Entonces sonó el teléfono.
La ex mujer de Trahearne fue muy
expeditiva. En menos de un minuto
me había explicado que tanto la
salud como la afición al alcohol de
su ex marido eran pésimas y que
quería que siguiera sus pasos, que
lo buscara en su ronda de
borracheras antes de que la bebida
lo precipitara prematuramente a la
tumba. Le propuse que
discutiéramos el trabajo cara a
cara, pero ella insistió en que debía
ponerme en camino de inmediato,
que no merecía la pena hacer las
tres horas de trayecto hasta
Cauldron Springs. Para ganar
tiempo ya había contratado un
aerotaxi en Kalispell, que en
aquellos momentos volaba con
rumbo sur hacia Meriwether,
llevando a bordo un talón al
portador como anticipo, una lista de
los bares preferidos de Trahearne
en el Oeste —especialmente los
locales sobre los que había escrito
poemas después de otras melopeas
— y una fotografía procedente de la
sobrecubierta de su última novela.
—¿Y si no acepto el encargo?
—pregunté.
—En cuanto vea el importe del
anticipo, lo aceptará —respondió
fríamente la mujer, y colgó sin más.
Cuando recogí la ancha
carpeta de manila en el aeropuerto
de Meriwether di una rápida

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