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Libro PDF El viaje a los cien universos – María Toca

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cuerpo de la incipiente mujer.
Llegaron a la casa, cuando el sol se despedía tras las montañas emitiendo un cálido adiós. El abuelo estaba limpiando el corral, recogiendo las vainas de las alubias
recién desgranadas, haciendo acopio de la subsistencia para el invierno que se avecinaba. Desde la atalaya de sus años los miró casi sin sorpresa, como si hubiera
esperado desde muy atrás esta visita. Sus ojos estaban curados de espanto, se sorprendían poco.
Los miró con el cansancio de sus años y una chispa de curiosidad.
—Abuelo, él se queda —dijo Clara, con una voz decidida a modo de saludo.
—Díselo a tu madre y arreglamos el pajar.
El viejo ni levantó la vista de lo que estaba haciendo, no tenía ganas de sorprenderse.
Clara no se lo dijo a su madre. ¿Para qué?, pensaba ella, tanto le daba si afirmaba o negaba el permiso, en ambos casos él se quedaba. O se iban juntos, porque si algo
tenía claro es que no quería ni podía renunciar a ese momento envuelto en la piel, enraizado en el cuerpo fibroso del ser que llevaba de la mano.
Desde ese día y durante muchos más, el pajar fue la residencia del hombre del monte. De día se escondía allí, procurando no hacer ningún ruido, hasta que iba cayendo
la penumbra de la noche y él, amparado en la oscuridad , podía integrarse en la vida de la casa.
Al caer la noche salía afuera, como un lobo, merodeando las cercanías del hogar. Acostumbrado al monte, se ahogaba en un espacio sin moverse.
Durante años había vagado por los caminos, las brezas y los peñascos, como animal libre. Ahora la inactividad estaba anquilosando unos músculos antes fibrosos y
tensos. Se estaban ablandando por la pasividad de sus días, a la vez que sus pensamientos se ensombrecían cada vez más. Escondido en el pajar, oyendo los ruidos
familiares, las palabras perdidas en el aire que sus oídos recogían, se percataba de que la vida iba pasando a su lado, mientras a él se le paró el reloj mucho tiempo atrás.
En el monte sólo estaban él y los animales que lo anidaban. La cercanía con los humanos, en estos días, le daban la pauta de lo que no tenía, de lo que había perdido y de
lo que podía esperar de una vida errabunda y desclasada.
Clara le llevaba la comida al anochecer y se quedaba un tiempo a su lado, pero los encuentros se hacían más bruscos, más lobunos. Veía con temor los pensamientos
de él. Intentaba con sus besos y caricias apartárselos de la mente, pero notaba, de día en día, una derrota que se aprisionaba en él, se sentía preso en la cárcel del pajar,
incluso en los abrazos de ella.
En casa, los silencios llenaban las estancias, se vivía en tensión constantemente. Los sentidos se agudizaban ante cualquier ruido inesperado que surgiera de las
sombras, previendo temores de antaño, reviviendo las viejas cautelas.
El sendero que bordeaba la casa era vigilado por todos los miembros de la familia. En los ventanos tenían puestos los ojos de continuo, atisbando el camino de la
aldea. Por él, temían, llegaría el miedo en forma de hombre de verde, el viejo enemigo. Uniforme de los tiempos de guerra y cólera, que aún ensombrecía los recuerdos de
la familia Pacheco y de los habitantes de aquellos valles.
Los días inexorables caminaban por la vida rutinaria y espesa de los componentes de aquella casa perdida, en el norte más profundo, casi olvidado del resto del
mundo, como si las montañas los aislaran en un pequeño cosmos verdinegro que era a la vez cárcel y defensa, útero y prisión.
El invierno amainaba sus rigores, con la primavera el peligro acechaba más cercano. La mejoría del clima hacía que los caminos se poblasen de vecinos que iban a las
brañas o a otros pueblos, incluso se aventuraban a realizar gestiones postergadas en la ciudad o en la cabecera de comarca. Cualquiera podía desviarse, observar algo
extraño en la casa. No estaban lejos los tiempos en que la traición se enseñoreó de los valles, cuando la miseria en que se vivían era suficiente para poner precio a un
hombre.
Los sentidos de Clara, de por sí muy despiertos, estaban ahora al límite de su alerta. Le dolían las sienes de escrutar la lejanía, de otear los caminos intentando ver los
peligros que acechaban al hombre del pajar.
Poco a poco, con la tranquilidad y el tiempo, él fue perdiendo el miedo paulatinamente. Se atrevía a salir fuera del habitáculo que le adjudicaron, colaborando en las
tareas de la casa; más por desentumecer sus músculos que por ayudar, todo hay que decirlo.
Se aburría mortalmente en ese pajar. No sentía los besos y las caricias de Clara como antaño. La novedad se había envuelto en rutina. Un oscuro tedio se aposentaba
en su mente, dejándose llevar por él en una inercia asesina. Toda la destreza que mostraba en el monte, huyendo, buscando los caminos mejores en su vida errante, eran
nulos para lo que demandaba la vida ordinaria de una casa de labranza en una aldea perdida de un pueblo lejano y distante.
No servía para casi nada en la casa. El abuelo le increpaba a cada momento, y cuando no lo hacía, sus ojos llameaban furia contenida. Se notaba que no lo quería.
Había desprecio en su voz cuando le hablaba, o quizá celos por lo que suponía de usurpamiento de la figura masculina en el hogar.
Como si de una manada de lobos se tratara, el lobo viejo luchaba por la supremacía ante el joven, máxime si éste no demostraba su valía y entereza. Una pugna de
poder se palpaba en la casa cuando ambos coincidían en alguna estancia. El desprecio del viejo chocaba contra la gallardía montaraz que da la juventud. El del monte
despreciaba al viejo por su sometimiento, por quedarse abajo, por sus silencios cómplices con el poder. El viejo despreciaba la falta de destreza en las labores
cotidianas, la irrealidad de unas ideas que consideraba marchitadas y perdidas. Sobre todo, le dolían los movimientos rápidos del joven, los saltos que daba por las
brañas, la agilidad que mostraba a las claras; el contraste con sus piernas enmohecidas por los años y la artrosis, que lo atenazaban con unas garras de dolor. Les
molestaba todo, al uno del otro, por nimias que fueran las acciones ninguna satisfacía lo suficiente para hacerse perdonar ofensas innombradas. Se larvaba un denso
ambiente decólera reprimida.
Clara notaba cómo el espacio se iba cargando de malos presagios. Ya no reía como antes, ni veía la luz del sol con la misma intensidad. Incluso su pelo y su piel se
estaban volviendo opacos, perdiendo el brillo que antes derrochaban. Cuando buscaba los besos del hombre, éste rehuía su boca, y eso le hacía daño. Leía bien claro en
su mente el tedio que lo embargaba a la vez que el hartazgo de una vida familiar para la que no estaba dotado.
Una noche, llegada la primavera, cuando Clara se acercó al pajar a arrumbarse al lado del hombre, encontró su hueco aún tibio, las hierbas hundidas sobre las que
dormía presentaban su ausente figura. La recibió su ausencia, en vez de sus brazos y el aroma de su cuerpo que impregnaba la paja donde había dormido tantas noches.
Lo buscó, aullando de rabia por todos los rincones de la casa, subió a la braña nada más erguirse el sol sobre la montaña. Dio vueltas, regó con su llanto los campos, mas
no encontró ningún rastro del hombre de los abrazos.
El abuelo y la madre, cansados de sus feroces lloros, espantados por la insistencia del dolor en la niña que siempre se había mostrado insensible a cuanto la
aconteciera, decidieron bajar al pueblo, acercarse a los rincones que supuestamente podría haber frecuentado el hombre en una huida casi suicida por la época y las
circunstancias que rodeaban la historia.

CAPÍTULO III
En la mente de Clarita ya no había dudas: Él se había fugado hacía el monte, pertenecía allí, Y subió a buscarlo una y mil veces, rastreando como un perrillo su olor,
sus pasos.
Él, que conocía el poder de Clara, borró el vestigio de sus huellas, incluso los pensamientos quedaban ocultos por primera vez a la mente de la niña.
El abuelo comentó un día, de paso, que en la taberna se decía que los últimos de la partida del monte, disuelta y diezmada, habían huido hacia Villamar, la ciudad.
Una vez allí, ver de salir a Francia como forma épica de evitar la muerte o la traición.
—Difícil lo tienen, la verdad. Han muerto los bravos, o se han disipado por los montes los que de verdad valen. Sólo queda la morralla –dijo, mascullando palabras
mientras chupaba un palillo mondadientes en la esquina de la boca.
—¿Qué dice, abuelo? ¿A qué se refiere? —preguntó Clara.
—A los del monte, que se están desperdigando. Pude oír que alguno se ha bajado a la ciudad para contactar con enlaces que los pasan a Francia. Difícil lo tienen, no es
lo mismo el monte, donde se manejan, que la ciudad —contestó.
—¿Dónde está Francia, abuelo? —preguntó Clara, mientras la abuela Ángela ponía mala cara mirando al hombre.
—Lejos, Clarita, muy lejos, hay una frontera, hay que atravesar mucho mar, o los montes. Es muy lejos.
—¿Hay que pasar el mar para ir a Francia, abuelo?
— Para ir a Francia hay que pasar mucho, Clara, mucho, un mundo. Y pocos llegan. Hay que ser muy listo y muy valiente para burlar los controles y a los civiles,
que tienen ojos y oídos en todos los sitios —contestó el abuelo, dando al traste con la curiosidad de la muchacha, ante la mirada inquisidora de la abuela.
Las palabras del abuelo calaban en la mente de Clara. Oídas y repetidas, fueron haciendo un surco en sus pensamientos más profundos. Villamar, la ciudad, lejana,
difusa, desconocida, pero atrayente por muchos motivos. El hombre uno de ellos, pero no el principal.
El monte que antes adoraba ahora lo sentía hostil. El silencio que tiempo atrás buscara con fruición, le pesaba. Los viejos olores del pasto, de los animales, la retraían
a recuerdos cercanos y dolorosos; cuando tenía que cumplir con sus obligaciones lo hacía entre vómitos y arcadas.
Callada, musitando entre dientes las palabras que le martilleaban la mente: Villamar, ciudad…huida, Francia… y que poco a poco se le fueron clavando en el alma. En
su mente dibujaba unas formas difusas de lo que intuía era una ciudad, con bullicio de gente, como en la feria del pueblo y aún más, se decía entre sueños. Como un imán
comenzó a sentirse atraída por aquellos mundos desconocidos. No podía enterrarse entre los montes que habían poblado su vida hasta entonces. Antes los sentía
amigos, ahora la encadenaban a un paisaje y a una vida que comenzaba a detestar.
Vagaba por los sitios en los que no mucho tiempo atrás disfrutaba, sin encontrar la paz. Veía cárcel donde antes se sentía libre, y, poco a poco, se trazó el plan de
marcha. No podía permanecer en este abrupto pueblo toda su vida. No conocía nada detrás de aquellas montañas, se sorprendía a sí misma oteando el horizonte,
intuyendo otros mundos detrás de la cortina del monte. Había un mar en algún sitio, verde, luminoso, fresco, había oído hablar de él, pero no podía imaginar cómo era.
Había personas distintas de las que veía a diario, enraizadas en esa tierra, que casi formaban parte de ella. No conocía nada de lo que imaginaba, en su mente se forjaban
imágenes nubladas pero atrayentes. De pronto le pesaron los montes que no la dejaban ver la lejanía, la ahogaban las alturas que antes soñaba inexpugnables amantes de
su tiempo y de su vida. Necesitaba ver lo que había detrás, conocer a otros seres. Volver a sentir lo mismo que sintiera en los brazos del proscrito: los dulces besos, los
abrazos profundos y el calor de una mirada que admirada se posara en su cuerpo. Apenas recordaba al hombre que se lo hizo sentir, pero no podía olvidar el reflejo de la
pasión en sus ojos, el fuego que ese deseo producía en su pecho. Olvidaba al hombre cada día, pero, a la vez, necesitaba las sensaciones vividas con más ansia cada
momento que pasaba sola. Ese fuego de sentirse amada y admirada era el que la consumía en aquellos días. Por eso decidió que su vida en el monte había acabado y tenía
que partir sin dilación. El horizonte en la aldea se había empequeñecido, las montañas la ahogaban, los gestos y los trabajos cotidianos apuraban su paciencia,
haciéndose irrespirable el ambiente familiar. Sentía que se desplegaron unas alas de milano, tenía que probar el vuelo.
Ante la aventura se dispersaba entre el miedo y la pasión. El hambre de conocer, que es el mayor de los existentes, no la dejaba vivir ni descansar. Así estaba Clara
Pacheco en esos días, haciéndose mujer, deseosa de conocer la tierra y la vida que quedaba fuera de su vista. En sus sueños se le presentaban los lugares lejanos, como
enormes nebulosas llenas de gente distinguida, colores diferentes y, sobre todo, sensaciones y emociones desconocidas pero deseadas. Una sed de vida la apresó en
aquellos días y quizá no la abandonara nunca.
Fue recolectando como una hormiga su ropa, robando comida poco a poco. Sin que se dieran cuenta en la casa, acumulaba los trozos de queso y pan rancio que con
disimulo guardaba en un pequeño canastillo. El dinero que sabía donde lo escondían la madre y la taciturna abuela, fue desapareciendo lentamente, engrosando su
patrimonio para la huida.
El invierno había sido duro, el peor de los que recordaban los viejos, quizá semejante a los de las hambrunas todavía recientes en la memoria. En febrero cayó una
gran nevada que recubría con un manto blanco todos los caminos, haciéndolos todavía impracticables. Ella, aún entrelazada en los brazos del hombre, ni se dio cuenta,
pero ahora que pretendía marchar, veía en toda su crudeza el tiempo que tardaría el deshielo.
Escrutaba los caminos, ya no como pensaba su familia cuando la veía, deseando la vuelta del huido, ahora, lo hacía para calcular el espacio y el tiempo que le llevaría
bajar a Villamar, nombre soñado y sentido, unido en su mente a la libertad y al disfrute de pasiones nuevas como la vivida en el monte. En esos días Clara estaba
esquiva, no atendía al trabajo de la casa, se mostraba difusa y confundida esperando el mejor momento para emprender la huida. Los afectos de la casa, su madre, sus
abuelos y sus paisajes pasaron a segundo término de una vida que espoleaba su imaginación, quedándose sin más pensamiento que el deseo de huir de aquel lugar que
antes amara tanto.
No quería dejar pasar mucho tiempo. La comida acumulada se perdería. Comprobaba con desolación que el pan guardado se hacía piedra con el paso del tiempo,
inutilizado como alimento. Las cosas que hay que hacer se hacen, se decía a sí misma, sin volver la vista atrás ni buscar afectos que lastren el camino. Había comenzado
desde hacía días a alejarse de lo que fue su vida hasta entonces, de los sentimientos, de los paisajes vividos, extendiendo un leve velo de indiferencia a lo que fue su vida
cotidiana hasta entonces.
El manto blanco se reblandecía ennegreciéndose con el paso de personas y animales por el camino que la llevaba al valle. Los arroyos corrían tormentosos en su huida
al rio, el verde de la vegetación comenzó a surgir de entre la blancura y Clara vio llegado el momento de huir. Sacó del viejo arcón la ropa más abrigada, el calzado más
duro para el camino, y se fijó una fecha. En marzo había de ser, sobre finales, cuando en el cielo se estrecha la oscuridad y los días van haciéndose grandes y luminosos.
La noche anterior al día marcado para huir, miró con profundidad a los que habitaban su mundo: su abuela Ángela, sumida ya en un silencio casi perpetuo. Consumida
por la edad, permanecía sentada en una sillita cerca del hogar todo el día, las manos sujetando la cabeza, hundida, con la espalda encorvada, pesándole la vida y el tiempo
que le tocó vivir. Se desligó del mundo, refugiándose en una mente que vagaba por zonas que a ellos les estaban vedadas. Dormitaba de día ; de noche vagaba por la casa
como un fantasma, llamando a un hijo perdido en la guerra, a un hermano fusilado y a personajes que desconocían los otros habitantes de la casa. Sus hierbajos ya no la
servían. Perdió la facultad de curar con sus manos y con sus plantas. Los vecinos lloraban su pérdida e impulsaban a Ángela, su hija, a proseguir sus trabajos sanatorios,
pero no tenía la clarividencia de la madre. Conocía sólo teóricamente los manejos con los cocimientos de plantas, pero no el punto exacto que la vieja los daba, de forma
intuitiva. Las manipulaciones de huesos que con suma destreza realizó la anciana, a la hija la daban pavor, y de las viejas formulas apenas recordaba las más
importantes. Clara, sí que retenía las recetas recolectadas cuando niña con la abuela Ángela, mientras sus dedos conservaban la habilidad de las viejas manos de la mujer.
A Clara no se le habían escapado los recuerdos como a su madre, los llevaba consigo, quizá algún día podría necesitarlos o le serían de alguna forma útiles.
El abuelo seguía en sus quehaceres, apergaminándose por días, replegándose casi hasta fundirse con el paisaje. Y la madre, Ángela, ausente y distante como si las
cosas nunca fueran con ella. Cocinaba, limpiaba, atendía a los animales como una autómata, veloz y precisa, pero fría como el hielo de febrero.
La última noche que Clara pasó con ellos fue mirándolos uno a uno, para fijar los rostros en su memoria. A partir de ahora, pensaba, poco o nada los vería, su tiempo
de niña en los montes, hija, nieta, amante, terminarían al momento de emprender la marcha. Quizás a alguno de ellos no volviera a verlo con vida, se decía en unos
momentos que se entregó a la nostalgia futura. Eran los pensamientos que desgranaba Clara mientras sorbía unas sopas de ajo que la madre preparara para la cena. Sus
ideas estaban alteradas por una tenue emoción, mas tenía que fingir una normalidad que estaba lejos de poseer. No sentía dolor por la marcha, pero se le formaba un
nudo en el pecho cada vez que miraba a las personas que tenía ante sí. Fue su mundo, su familia. Pronto, quedaría totalmente sola frente a lo que había tras los montes.
Lo desconocido, que le atraía a la vez que temía. Su vida se presentaba ante ella cubierta de bruma, pero fueran cuales fueran los acontecimientos que siguieran a su
marcha, los prefería a esta sepultura en la que se había convertido su casa.
Se acostó como todas las noches, despidiéndose de la familia con un ligero saludo, mientras se apagaban las escasas luces de la cocina y cada uno se dirigía al cuarto,
Clara se quedó la última, lanzó una mirada a los rincones conocidos, intentó fijarlos en su memoria, quizá para no olvidar las raíces, no para marearse de nostalgia.
Saldría antes de amanecer, los caminos cercanos eran conocidos, podría recorrerlos sin luz. El alba y el sol los dejaba para la gran bajada, la marcha desconocida hacía lo
que se le antojaba sueño de libertad. Se orientaría por los montes, bajando siempre hacía ese mar soñado que le describió el abuelo, como una inmensa pradera verde,
esmerilada y brumosa con olor a sal.
Cuando la noche seguía oscura, con el leve destello de una luna entreverada de nubes, se levantó con sigilo, tomó el hatillo que había preparado, cerrando tras de sí la
puerta de la casa. El corazón aleteaba en el pecho con la contundencia de un pájaro caído, temía que su ruido despertara a los que dormían. Escribió una nota, con las
pocas palabras que sabía trasladar al papel. Decía escuetamente:“Me boy abajo, estoy bien, cuidaros”. Esa fue su despedida, en el papel. En el corazón tampoco llevaba
más palabras. Su cabeza estaba llena de ganas de salir de la prisión de los montes. Sentía el hambre de las cosas que desconocía.

CAPÍTULO IV
Comenzó a caminar sin volverse ni una vez. No volvió a mirar la casa que se empequeñecía a cada paso que daba, como sus recuerdos. Prefería borrar lo vivido,
olvidarse de lo que dejaba atrás, concentrarse en el camino, en los cruces, en las diversas variantes que ante ella se abrían. Se volvió ligeramente y sin perder el paso
cuando la figura de la que fuera su casa se hizo pequeña, envuelta en las brumas de la noche, cuando solo era una sombre difícilmente recortada en la distancia. Dirigió
una última mirada a lo que había sido su hogar, que se veía en la lejanía como un pequeño punto amarronado entre el verde circundante. Cerró la mente a la nostalgia y
así la mantuvo muchos años. Quizá demasiados, hasta que la vida dio la vuelta.
Guiada por el olfato en algunas ocasiones, el sentido común en otras y las más por el puro instinto animal que en el monte había desarrollado, caminó sin parar hasta
mediodía, que lo supo por el sol en alto y por el hambre que retorcía las tripas.
Se sentó bajo un árbol conocido, comió un poco de lo robado en casa y se desperezó enseguida: no quería parar. El mar la esperaba, la ciudad y sus novedades estaban
cercanas y eso ponía alas en sus pies, borraba el cansancio de sus huesos.
Intuitivamente rodeaba los pueblos que se encontraba al paso, eludía los caminos en compañía. Evitaba el contacto con las personas, sabía que era visible su edad y
que cualquiera pondría en aviso a los de verde que en esos tiempos merodeaban mil caminos. Estaban en todos los sitios con ojos y oídos imponiendo un orden que no
era el suyo. Era mujer, casi una niña, lo que hacía que no debiera transitar por los caminos sola. Se sabía sospechosa de algo que enseguida pondría al acecho a los que
guardaban a las personas incluso en su contra. En esos tiempos Clara Pacheco se hacía mujer, pero aún tenía los atisbos de niña en un cuerpo brevemente formado. El
pecho, en los últimos días se había desbordado, también las caderas se le redondeaban con fuerza. Los muslos, antes finos y alargados, se torneaban con robustas
redondeces. Era la pugna de la femineidad brotando en el cuerpo de larva infantil que abandonaba.
Fue cayendo la tarde y Clara no divisaba ciudad alguna. Solo pueblos más o menos poblados , pero sabía que no eran Villamar. En su mente se dibujaba la ciudad
como un pueblo lleno de color, con mucha gente hablando sin parar, incluso con vehículos, apenas intuidos por lo que contaban y entrevistos alguna vez de lejos. Su
única referencia se hallaba en los días de feria cuando bajaba con el abuelo, con enorme alegría por su parte, llevando los huevos y las gallinas que les sobraban del
consumo y de la venta en la aldea, para ser vendidos en el mercado ferial. En el pueblo cabecera de comarca, atisbó, lo que a su criterio podía ser una ciudad. Lejana
comparación y difusos datos para hacerse una idea de lo que buscaba.
Imaginaba figuras sin ningún sentido de la realidad, nada sabía de esa soñada ciudad ni de sus habitantes pero se le mostraban llenas de señores apuestos, mujeres
bellas y bien vestidas, con distinción, no con los harapos de su pueblo. Todo lo demás no podía soñarlo, por la sencilla razón de no conocerlo, y lo que se desconoce no
existe para la imaginación de las personas poco soñadoras.
Cuando la noche se adueñó del campo, intentó abrigarse con la ropa que llevaba, hizo un hatillo con la sobrante, se refugió en una pequeña oquedad de la tierra y, a su
abrigo, cayó rendida de sueño y de cansancio. Poco o nada soñó en su primera noche de libertad, de puro cansancio no sintió ni sus sueños.
La despertó el aire que era distinto al respirado hasta entonces. Una brisa lacerante que le cortaba el rostro de frío, con olor salino y acre, la calaba hasta muy dentro,
traspasando su piel, llegando a los huesos. Era un frio desconocido. No servía arrebujarse tras la ropa de abrigo como en el monte, el frío con una humedad viscosa
traspasaba los harapos con los que se cubría.
Se encogió entre la precaria ropa, acaracolándose sobre sí misma. Fue pasando del sueño a la curiosidad que la despertaba esa brisa desconocida para ella, al tiempo
que el viento atenazaba sus huesos por dentro, como si una ráfaga de aire mojado hubiera entrado en el tuétano más profundo. Eran sensaciones desconocidas, no
identificaba el olor que inundaba todo la cueva en la que se encontraba, ni el airecillo que la envolvía. Se incorporó cuando en su mente se hizo la luz, y se desprendió de
los sopores de la noche. Salió de la cueva lentamente, intentando articular todos sus huesos al unísono. Caminó , aún entre las brumas del sueño y de la madrugada que
se desperezaba. Unos pasos hacía el viento, buscando no sabía qué, pero con los sentidos alerta, expectantes, siguiendo ese aroma extraño y el aire que le llegaba
trayéndole olores diferentes de los de la tierra que conocía tan bien.
De pronto, lo vio. Ante ella se extendía un horizonte azul verdoso, lineal e infinito. Casi le dolían los ojos de mirar tan fijo, sin parpadear. Era el mar, el ansiado y
desconocido mar, no cabía duda. El abuelo se lo describió con movimiento, con rizos que llamaban olas, y éste estaba quieto en el horizonte, pero nada podía ser tan
grandioso ni tan bello. Sólo el mar, que ante ella se extendía y se le aproximaba como un amante en espera.
Fue el primer encuentro, que supondría para Clara Pacheco el flechazo absoluto. El amor más duradero de su vida, su refugio y la cura más precisa cuando las cosas
se le ponían difíciles. Siempre añoró el mar, aunque no pudo tenerlo cerca casi nunca, pero lo buscó, lo ansió y fue su afecto más fiel.
Estuvo unos minutos extasiada contemplando cómo la raya azul se juntaba con el cielo, en un amasijo de tonos mezclados con el verde intenso de los campos, que
por la mañana lucían lavados y brillantes, como una borrachera de colores que inundaba los ojos de la mujer dejándola casi sin sentido.
Una vez que sus ojos se llenaron de la plasticidad del momento, le llegó el olor, ese olor que nunca olvidaría por lejos que estuviera: de tierra húmeda, mezclado con
el salino de un mar que hoy por primera vez conocía. Nunca olvidó el olor marino de ese Cantábrico al que se presentaba desaliñada, hambrienta y con legañas en los
ojos. A lo lejos, en una colina se vislumbraba una iglesia cuya campana tañía con dulce calma, despertando a los pobladores de los valles cercanos.
Estuvo un tiempo contemplando la extensión que tenía ante sus ojos, no sabía explicarse a sí misma la grandeza del paisaje. Se abría ante ella una inmensidad de
praderas con los distintos tonos de verde que la paleta de un pintor hubiera deseado. Las montañas quedaban detrás, con los picos aún helados, recortando el paisaje,
dando forma al decorado del cuadro.
El mar entraba en la tierra suavemente, integrándose en ella, conformando una pareja perfecta de colores, matices y olores. Se veían unas barcazas en la franja de agua
que quedaba a la vista, parecían desvaídas, torcidas por la marea, pequeñas y sutiles, unidas a ese paisaje de acuarela.
La mañana se levantaba y con ella la bruma que desvelaba la grandeza de lo visto por Clara Pacheco. Sus ojos ya conocían brañas y praderas, pero ahora el mar se le
descubría amante y poseedor de aventuras variadas.
Emprendió de nuevo la marcha, después de recoger su hatillo, apaisar el pelo y frotar sus ojos para desprenderlos de los últimos vapores del sueño .Tenía que bajar al
pueblo, no sabía exactamente dónde se encontraba. No conocía ni el nombre ni el lugar que divisaba desde la altura, pero unas lejanas chimeneas con su humeante saludo
parecían invitarla a llegar hasta allí.
—Nada malo puede pasarme aquí… Es tan bonito. Bajaré para probar el mar, verlo de cerca –se dijo a sí misma.
Las exiguas existencias de comida que acumuló durante la preparación del viaje escaseaban ya. Necesitaba reponerse y saber dónde se hallaba, a la vez que el paisaje la
llamaba con una voz profunda coreada por la campana de esa iglesia lejana y altiva que presidía aquella ría. Atraída por la belleza que se mostraba descarada en esa
mañana, decidió que era un buen sitio para pasar un tiempo, podían ser unas horas, podía ser una vida.
Bajó al pueblo cautelosamente, con la mente en guardia pero dejando al instinto que hiciera de brújula. Siempre obraba así cuando estaba confusa. Unas veces la
guiaba bien, otras no tanto, pero generalmente la conducía a donde ella quería o necesitaba.
Llegó a una calle pespunteada de soportales, que circunvalaba el pueblo. Estaba llena de tiendecillas que en esos momentos abrían sus puertas esperando los
primeros clientes de la mañana. Al fondo se adivinaba el puerto con los barcos multicolores que daban color a la paleta verde del mar en calma. Un perro salió a su
encuentro nada más pisar las aceras del pueblo, con ladridos lastimeros y asustados le seguía de cerca, observando sus pasos como si quisiera avisar a los habitantes de
la llegada de una intrusa. Los ladridos del perro laceraban los oídos de Clara, acostumbrados al silencio de la jornada anterior en el monte. Consiguió apaciguar el dolor
que le ocasionaban los sonidos fuertes en su mente, pero cuando se producían de forma sistemática y punzante, como era el caso, le molestaban bastante. Lanzó una
pequeña piedra que lo alcanzó de lleno en el cuarto trasero, justo en la articulación de la pata. Con quejidos lastimosos y a la pata coja, el perrillo se alejó de ella, en
dirección contraria, buscando posiblemente personas más amigables.
Se le antojaba tan hermoso el pueblo, ahora que se mostraba silencioso y quieto, que súbitamente deseó quedarse al menos un tiempo. Sentía la calidez de las calles, el
pequeño bullicio que adivinaba en los hogares de sus habitantes. Decidió sobre la marcha que bien podía hacer una parada de días antes de llegar a la ciudad soñada.
De pronto una marea de vahído y malestar la invadió. Una arcada proveniente de su revuelto estomago llegó hasta la boca, apoyó la frente en una pared y vomitó de
forma convulsa. Poco llevaba en su estómago y lo poco salió a raudales sin espera ni compasión de su bolsa vacía. Con espasmos de bilis expulsaba de su cuerpo su
magro contenido. Limpió su rostro, mientras los ojos se la desacían en unas lágrimas espesas, del esfuerzo. Al emprender la marcha, hacia lo que entendía que era el
centro del pueblo, notó cómo alguien la miraba desde dentro de uno de los pequeños bares que se abrían a la calle, con unos ojos donde había preguntas, pero, sobre
todo, compasión y simpatía.
—¿Estás enferma, chica? —dijo la voz que poseía los ojos que la miraban.
—No creo. Solo me he mareado al llegar, eso es todo —contestó Clara, forzando sus ojos para distinguir en la oscuridad del bar la cara del hombre.
—Anda, pasa, te preparo un poco de leche caliente. ¿Has desayunado?
—Algo he tomado, pero poco; precisamente lo he vomitado.
Mientras hablaba ya le estaba preparando el desayuno ofrecido sin esperar a que ella afirmara. Con mirada invitadora y gestos firmes fue preparando en una mesa una
taza de humeante leche espumosa, una torta de pan y una untuosa mantequilla amarillenta. Clara obedeció al hombre, sin dejar de mirar las viandas que éste preparaba,
sentándose en la mesa donde estaba el desayuno. La debilidad y el hambre hicieron más que el pudor o la precaución. Añadió al ágape algo de embutido, mientras se
quedaba detrás de ella por si necesitaba de él.
—Come, niña, que hay que llenar el estómago.
Ella, silenciosa, fue dando cuenta del desayuno, sin mediar más palabras, sólo atendiendo a su gusto. La leche calentaba su cuerpo, haciendo que recobrara la energía
perdida.
—¿De dónde vienes? —le preguntó él, mientras acercaba una silla a la de ella.
—De arriba —contestó sin levantar los ojos del vaso.
—¿De los Picos?
—Sí —Clara contestaba sin mirarle, atendiendo sólo a los alimentos.
—¿Tienes aquí familia?
—No. En Villamar sí, unos tíos que me esperan —contestó ella con la seguridad que se tiene en las primeras mentiras.
—¿Vas a coger el autobús de las 12, entonces, para ir allí?
—Quisiera quedarme unos días si puedo. No tengo dinero para llegar —le contestó después de mirar muy profundo a la mente del hombre, que ya podía leer sin
problema puesto que él se le abría con confianza.
—Yo necesito ayuda en el bar, ¿sabes cocinar algo? —preguntó el hombre, después de hacer una pausa en la que pensó que le vendría bien tener a la muchacha cerca.
—Sí —volvió a mentir, pero sabía que podía intentarlo.
—De acuerdo. Sólo te ofrezco una cama, comida y muy poco dinero. A cambio, cocinarás, limpiarás y servirás a los parroquianos, ¿te interesa?
—Sí, de acuerdo, pero necesito ropa, sólo traje lo puesto y poco más. Pensaba llegar a Villamar ,en la casa de mis tíos, tengo más ropa—
—Te compraré algo y lo descontamos de lo que te pague. Si me robas el cajón te descuartizo, ¿queda claro? —cerró el trato el hombre imponiendo un poco de
autoridad, ya que pensaba que había sido excesivamente confiado con esa harapienta jovencita venida de sabe Dios dónde.
—Sí, de acuerdo —contestó mientras miraba al fondo de unos ojos sin misterio.
—¿Cómo te llamas?
—Clara, Clara Pacheco, ¿y tú?
—Isidro Llanos, y soy el propietario de este negocio, yo solo, ¿qué te parece? —contestó el hombre, que ya tenía nombre y Clara leía sus pensamientos con la
claridad de los conocidos.
Clavó sus ojos en los de él, algo había en ellos que desarmaron las escasas defensas que el interlocutor tenía. Eran ojos de mujer en un cuerpo de niña, ojos de vida,
con la autoridad que se desprende de la determinación absoluta. De un color miel, con pintitas doradas y verdosas, con una intensidad que a Isidro Llanos, solitario
desde muy atrás, se le clavaron en el corazón. Ya no podría sacarse esa mirada mientras estuviera vivo, y en el lecho de muerte fue lo último que vio: la mirada tierna y
salvaje de una niña mujer que atrapaba hasta el alma, cuando dirigía esos ojos verdosos y profundos hacia alguien.
La condujo hasta un pequeño habitáculo que estaba detrás de la barra del bar, a modo de trastienda. En ella había un camastro pequeño y deshilachado, que a Clara se
le antojó una cárcel, pero no tenía opción. Se quedaría allí, dejando pasar unos meses, posiblemente. Entendía lo que pasaba en su cuerpo, era necesario estar cuidada un
tiempo, luego podría retomar sus sueños. El hombre parecía bueno y respetuoso, ganaría algún dinero para continuar su viaje.
Se lavó en el pequeño lavabo que tenía en el exterior del recinto. Un patio donde daban las ventanas de las viviendas que se superponían al bar. Había una manguera,
unas plantas, una mesa y un cobertizo en el que se guardaban los aparejos de pesca, que eso Clara lo supo después, porque en aquellos momentos nunca había visto ni
redes, ni aparejos, ni un barco de cerca, tan solo contempló el puerto, a su llegada, como si de un paisaje, se tratara.
Cuando volvió al bar lucía fresca, recién peinada y lavada su cara. Recuperó el apresto y la lozanía, el color volvía a sus mejillas y un atisbo de ligera sonrisa se
dibujaba en su golosa boca.
—Estás guapa, chiquilla —le dijo el hombre. Inmediatamente después se ruborizó por haberlo dicho.
Clara no contestó, sólo le envió una mirada de hielo que paralizó posibles requiebros posteriores y marcó el territorio inexpugnable entre ella e Isidro Llanos.
Siguieron días en los que Clara se levantaba con el alba, limpiaba, recogía, compraba, cocinaba. Aprendía las cosas, sobre la marcha. Dedicaba un tiempo a observar y
a mirar la mente de las personas con las que se encontraba y de allí sacaba las enseñanzas que necesitaba para sus trabajos. De natural diligente y silenciosa, hacía las
tareas casi sin ser notada, hasta que poco a poco Isidro fue dándose cuenta del valor de la ayuda que prestaba la mujer en el establecimiento.
Nada podía el hombre reprocharla. Cumplía silenciosa y disciplinadamente con su trabajo. Los ojos fijos, el gesto firme, sin rechazo, pero sin cercanía tampoco. Él la
observaba con curiosidad al principio, trasformando, luego, esa curiosidad en verdadero interés, incluso en un incipiente afecto que surgía por momentos.
Isidro Llanos era un solitario sin vocación ni ganas. Las circunstancias le llevaron a la treintena sin mujer y casi sin familia. Tuvo amores en un pueblo cercano con
una joven alegre y cariñosa. Durante años la cortejó, mientras formaba su vida. Fueron años de sueños y esperada felicidad, en los que él imaginaba cómo sería su
familia cuando los niños corretearan por el bar entre las piernas de los parroquianos. Enfermó de tisis la muchacha, sin darle tiempo a saborear ni las mieles ni las
agonías del amor. Quedó viudo sin serlo, solo, sin quererlo y triste a su pesar.
Heredó el bar de unos padres que murieron jóvenes. Era a la vez tienda de comestibles y colmado en el que se surtían todas las necesidades de los parroquianos.
También le dejaron un pequeño barco, que era su pasión y su único amigo en los días solitarios de su vida. Cuando la amargura lo embargaba, se echaba al mar con los
aparejos de pesca. En la ría, sin adentrarse mucho, echaba los anzuelos, esperando pacientemente que picaran. Solo allí, sentía que se curaba del mal de la soledad y del
tedio. Había un vacío dentro de él que no lo curaba la mar, sólo el vino, el sol y sombra, y a ellos se entregaba más de la cuenta, en los últimos tiempos.
Una lenta ternura se le infiltró al hombre solitario, por la chiquilla. La veía diligente, con el gesto adusto, de los primeros días, sin relajar ni sonreír, mostrando una
distancia insuperable en la mirada pero también un desamparo de pajarillo herido.
Imaginaba que la niña huía de su familia, de amores contrariados, pero ni se atrevía a preguntar. Ella no traslucía nada de su pasado ni de sus pensamientos, estaba allí,
y con su presencia le bastaba a Isidro. Era una compañía escueta y silenciosa, pero suficiente para él que llevaba una vida ordenada y sencilla. Cuando aparecía Clara,
una luz brillaba en los ojos del hombre. No necesitaba el vino para adormecer el ansia de amar. La presencia de la mujer inundaba el lugar triste donde habitaba Isidro
desde siempre.
La observaba cuando trasegaba en la cocina, limpiando, y, a veces, cuando se aseaba en el patio, con mucho cuidado de no ser visto, ni por los vecinos ni por Clara.
Ignoraba por qué, pero la temía más de lo debido, tratándose de una empleada. No había que bromear con la chiquilla. Se le nublaban los ojos acaramelados, se ponían
turbios como el mar en tormenta, su cuerpo se enderezaba, los músculos de su cuello se tensaban y las palabras la salían como ladridos contenidos pero llenos de ira.
Temía los arranques de la mujer como a una ola encrespada.
De unos días a esta parte se la veía más taciturna que de costumbre, encerrada en sí misma, divagando en sus pensamientos más de lo habitual.
—Clara, ¿te pasa algo? ¿No estás a gusto aquí? —decidió preguntarle, asustado por su mutismo y la oscuridad que reflejaban sus ojos.
—Sí estoy a gusto. Todo lo que se puede estar, dadas las condiciones —contestó ella, mientras trasteaba en la cocina preparando la cena.
—Entonces, ¿qué pasa? —preguntó parando su quehacer y mirándola de frente.
—Estoy preñada, eso pasa —lo dijo como un disparo, entrecerrando el ceño, frunciendo la boca y mascando las palabras.
Él se quedó callado. Veía como su cuerpo se redondeaba progresivamente, así como despertaba casi cada día con el sonido de las nauseas y los vómitos de la
muchacha. Intuyó algo, pero la presencia concreta de sus palabras le anonadaron.
—¿Tienes novio? ¿En tu pueblo o en Villamar?
—No, ya no. Lo tuve pero se fue —contestó sin mirarlo ella.
—Mujer, podrás llamarlo, decirle lo que pasa.
—No puedo llamarlo, no sé dónde está. Quizá en Villamar, o en Francia.
—¿En Francia? ¿Tan lejos?
—Ya te he dicho que no lo sé. Si se fue a Francia no ha sido por gusto, tuvo que marchar —dijo con voz contrariada por el interrogatorio.
—Entiendo, entiendo, no hace falta que te enfades, mujer –amagaba ante su encrespamiento.
Él, dejó que el silencio invadiera el recinto. Debía pensar, madurar lo que asomaba en su mente. Era hombre tranquilo, no debía aventurarse a algo que no tuviera bien
meditado.
Salió en su barca. Solo en la ría, cerca del mar abierto, meditaría con tranquilidad y mesura. A la vuelta, ella lo estaba esperando en la puerta, como si entendiera lo que
pasaba por su mente, con los ojos muy abiertos, taladrándole la frente.
—¿Qué te parece si me caso contigo? —le preguntó Isidro como si hubiera estado hablando de ello toda la mañana.
Ella lo miraba sin hablar.
—Doy los apellidos a tu hijo. Lo criaré como si fuera mío. Nada os faltará aquí, tenemos el bar, la casa. Le podrás dar una buena vida, y tú también la tendrás —
mientras le tendía un enorme cachón que en sus horas de mar había pescado mientras cavilaba.
Ella seguía mirándole sin pestañear y sin mover los labios.
—¿No dices nada, no contestas? No te quedan muchas opciones. Un hijo sin padre, una mujer soltera con un hijo no es bien recibida en ningún sitio. El niño llevará la
mancha, piénsalo.
Se descolocaba por momentos ante el mutismo de Clara. No esperaba que diera saltos de alegría pero le estaba ofreciendo una gran oportunidad. Algún agradecimiento
debería mostrar, se dijo para sí mismo.
Clara entró en el recinto, siguió con sus tareas como si nada hubiera pasado ni se hubiera dicho.
Esa noche, mientras fregaban y echaban el serrín en el suelo, ella se paró frente a él.
—Sí, me caso contigo, pero quiero ir a Villamar algún día y quedarme allí —le espetó por sorpresa cuando Isidro ya ni esperaba la respuesta.
—Aquí tenemos todo. Yo no quiero marcharme del pueblo, me gusta mi vida, me gusta estar aquí. No iré a Villamar. Tú podrás visitar a tus tíos cuando quieras,
siempre que trabajes y cumplas con las obligaciones —contestó él, sorprendido por la decisión y la imposición que demostraba Clara con sus palabras.
—Ya se verá, pero sí, nos casamos. Aunque yo quiero vivir en Villamar algún día, contigo o sin ti —contestó ella, emprendiendo la marcha hacia su habitáculo sin
esperar respuesta, como si las palabras dichas fueran una total afirmación sin posibilidad de controversia.
Él no la entendía. Se quedó contemplando su marcha, mientras en la mente le surgían las dudas. Era una desarrapada del monte, con un hijo en camino, que se permitía
poner condiciones. Isidro, se sentía demasiado solo y embrujado por esos ojos verdosos y la cadencia de unas tórridas caderas. Además la expectativa de tenerlos a ella
y a su hijo cerca le atraía tanto que obviaba las palabras de Clara. Más adelante él le haría entrar en razón. Con su hijo, la tranquila vida en el pueblo, el dinero que
ahorrarían, se acomodaría y él tendría esa familia que se le había negado hasta ahora. Conseguiría domar a esa chiquilla, cuando se viera con el hijo en brazos y otros
suyos que llegarían, olvidaría su afición a la ciudad. Isidro se llenó de orgullo y seguridad por tener lo que tanto ansiaba, poner sus manos en la chiquilla era un sueño
repetido para él. Todo lo demás podría arreglarlo el tiempo, se dijo, y se convenció a sí mismo con sus argumentos, dejándose llevar por un entusiasmo callado pero no
por ello menos exultante.
Emprendió los trámites para el casorio en la iglesia y en el Ayuntamiento. Tuvo que convencerla a trompicones para que contara de dónde venía, a fin de gestionar
los papeles necesarios para la boda. Todo fueron vaguedades en sus datos, Clara se envolvía en una nebulosa cuando se trataba de obtener información sobre su vida
anterior. No pudieron realizarse amonestaciones en el pueblo de ella, con enfado por parte del cura. Ella lo justificaba : “en mi pueblo no hay iglesia, ni he ido nunca,
malamente pueden amonestarme”. No consiguieron sacarla de su mutismo, por más que insistieron. Al final, ante el escándalo de tener a una feligresa preñada,
conviviendo con un soltero y todo a la luz pública, el cura accedió a dar sus parabienes para la boda.

CAPÍTULO V
Empecinada como en lo anterior, se negó a llamar a la familia por mucho que él le porfiara en que invitara a la boda a alguien . Un silencio cegador cerraba la mente y la
boca a toda información. Le hizo prometer que todas las gestiones serían realizadas con mucha discreción. Clara no quería que su madre y sus abuelos supieran de ella,
no fuera que se la llevaran detrás de los montes que tanto la costó cruzar. Había avanzado un tramo, no el definitivo, pero la horrorizaba retroceder.
En pocos días hicieron los preparativos. El vestido fue prestado por una prima lejana de Isidro que acababa de casarse. Lo arreglaron a su medida, ya que la tripa se
hacía notar ligeramente. Apadrinaron el matrimonio una tía de Isidro y un amigo de la infancia. Los más allegados fueron a la iglesia y al convite posterior que, como no
podía ser de otra manera, se sirvió en el bar para los invitados y los parroquianos que se acercaron a felicitar a la pareja. Corrió el vino, Isidro mató un gallo que tenía
preparado para Navidad. Se engalanó, él también, con el único traje con que contaba. La última vez que se lo puso fue para enterrar a la novia tísica, ahora tenía mejor
motivo para vestirse y para vivir.
Esa noche, Clara subió al piso superior donde Isidro tenía su casa, que no era mucho más lujosa que la dependencia de abajo, pero sí había espacio y retrete, cosa que
ella agradeció. Era una de las cosas que la compensaban de esa absurda boda.
Durmió con él pero no dejó que la tocara. Se sentía casada con el del monte. No descartaba encontrarle más adelante, cuando pudiera deshacerse de la carga de su
vientre e ir a Villamar, incluso fugarse a Francia. Toda mano que no fuera la callosa del fugitivo le parecía ajena y perversa. Además, las de Isidro eran toscas y rugosas,
su olor a vino barato la mareaba, seguía siendo patrón más que marido.
Isidro pensó que esa inapetencia se la producía la preñez. Tuvo paciencia, si había estado sin cuerpo de mujer tanto años bien podía seguir un tiempo más, pero no
eternamente. En cuanto tuviera la criatura se acabarían los miramientos, se prometió. De momento, era suficiente notar ese calor cerca de él. El ovillo hermoso de su
cuerpo, escondiéndose dentro de un vasto camisón, en una esquina lejana del lecho. Se consumía en deseos todas las noches. Soñaba con tocar esa piel suave y blanca
que adivinaba bajo el tosco algodón de los camisones, pero no osaba ni siquiera sugerir nada a la mujer que tapada hasta los tobillos le recibía dormida y acurrucada en
un extremo del lecho cuando subía después de cerrar el bar.
De camino al verano, los días se alternaban, a veces alegres y soleados. En otras ocasiones se cerraba el cielo, el mar se encrespaba y llovía sin misericordia durante
días. Clara se iba a la costa como una posesa a conocer la otra cara de ese mar que con sol era amigo y brillante, para tornarse en los días de tormenta encrespado y
violento. Se sentía fascinada por esos cambios de humor que la ofrecía el espectáculo de la Naturaleza en toda su expresión. En vano la avisaba Isidro del peligro de
asomarse al malecón los días de marejada. La imantaba esa furia desatada, del mar en busca del cielo, prestándose el agua mutuamente, mientras el color plomizo del
cielo parecía cancelar la vida.
Se acercaba sigilosa al Espigón, quedándose quieta, contemplando la furia, respirando fuerte las gotitas que se desparramaban por el aire de unas olas encrespadas. A
Clara, en esas incursiones, se le iba el olor a vino añejo, a orines del bar, que lentamente se le estaba pegando en la piel.
—Tú no conoces a este mar, es muy traicionero. En el espigón puede llevarte una ola y nada podríamos hacer, es más fuerte que nadie – decía, Isidro, blandiendo el
trapo con el que limpiaba una y otra vez las mesas del bar.
Ella lo miraba con altivez.
—No te preocupes, me cuido.
—Muy segura estás. Deja que llegue el invierno, verás tú —contestaba él, enfoscado en su razón.
Discurrían los días entre manteles, vino y cocina, Clara engordaba visiblemente. Su cara redondeada conseguía parecer a duras penas mínimamente dulce, con la
rotundez de formas que produce un embarazo. Isidro se sentía lo más parecido a feliz que había sido nunca, en esa espera paciente del hijo, que al nacer apaciguaría a la
mujer que tenía. Y le daría a él ese cuerpo al que creía tener derecho.
Los días trascurrían en la lenta espera teñida de simetría de las jornadas iguales unas a otras, en las que nada sorprende, todo se iguala. Ella preparaba el desayuno,
limpiaba la pequeña casa donde sólo dormían, porque el resto del día estaba abajo: en el bar. Su vida se vivía entre las paredes del viejo establecimiento que conservaba
todos los recuerdos de los tiempos pasados. Clara pasaba el día en los fogones de la exigua cocina. A veces servía algún café en el pequeño mostrador que hacía las
veces de ultramarinos, donde se vendían arenques, vino de barrica, legumbres de la zona, algún embutido y cuanto demandara la exigua clientela. Isidro, despachaba a los
viejos parroquianos que, atraídos por la buena comida que hacía Clara, llenaban el bar. De noche, ella, se acostaba temprano. Pesaba esa barriga que parecía querer
desmembrarla. No se mantenía mucho tiempo despierta, el cansancio y la hinchazón de sus piernas se lo impedían. A veces, dejaba que la imaginación corriera tras de
algún sueño que sin forma la corroía, pero lo postergaba para después del parto, como si al nacer su hijo , una nueva vida se mostrara ante ella. De todos modos,
intentaba dormirse antes de que llegara el marido, y sintiera en la espalda la respiración pesada y cálida, envuelta en deseo.
Mientras desayunaban él hacía un recorrido del día.
—Me acerco al puerto a ver si ha llegado pescado bueno para la comida. Tú estate presta a atender a los parroquianos, que en esta hora son bastantes —le decía casi
a diario, repitiendo como una letanía las mismas o parecidas palabras.
Ella asentía en silencio. Pocas palabras le dirigía Clara. Él estaba a gusto con los silencios de su mujer. Los parroquianos, se quejaban de las charlas interminables de
las suyas; él, por el contrario, no tenía ese problema: Clara era silenciosa. A menudo pasaba por su lado sin siquiera percibirla, como un soplo de aire que cruza una
habitación, así sentía él su presencia. Etérea y liviana, aun a pesar de la corpulencia que imponía el embarazo, como si no perteneciera a su mundo o se encontrara muy
distante con sus pensamientos.
A veces mirando los ojos de la mujer sentía el miedo a lo desconocido, inescrutable mirada de ojos sin alma. Se refugiaba en la idea de que era así de arisca por la
preñez, el cúmulo de novedades que había tenido que sortear y alguna fantasía de horrores pasados en su vida antes de conocerle a él. Ya hablaría, ya lo querría. Llegaría
el momento de que Isidro Llanos tomara posesión de su mujer y ablandara sus ojos. Con esos argumentos soportaba feliz la distancia de ella, soñando que llegara un día
en que se rompieran las barreras que los separaban. Ser bueno, hacer lo correcto, esa era su norma mientras esperaba que el bebé viniera a colmarlos de una felicidad que
ahora se le hacía esquiva.
Luego, él se ausentaba para ir a la compra, a recoger los pescados del muelle. Ella atendía a los que iban entrando, recogía ropa tendida, fregaba platos, cocinaba.
De vez en cuando Clara en su soledad entonaba canciones viejas, oídas en el monte, cantadas por mozos y mozas de su primera niñez, era el único atisbo del tiempo
pasado que la quedaba, ya que estaba borrando de su mente el pasado inmediato, con la intención de labrar una vida y un destino creado de principio a fin por ella y su
voluntad. A medida que su tripa avanzaba, Clara Pacheco delimitaba su vida. La diseñaba a grandes rasgos con muy distintos protagonistas a los que hasta ahora tenía
en ella. Y, desde luego, ni San Pedro del Mar, ni Isidro, ni el bar tenían mucho lugar en los planes y en la forma de sentir la vida de Clara Pacheco.
Al mediodía abandonaba el recinto para ir de compras a las tiendas vecinas. Toda la vida que Clara veía, se concentraba en los soportales del pueblo costero, y las
pocas personas que los habitaban, eran su mundo, con los que apenas hizo más que cruzar unas amigables pero escuetas palabras.
Contestaba a las preguntas de las vecinas con lacónicas respuestas que casi siempre versaban sobre su estado, su gordura, lo que deseaba tener. Sin grandes
explicaciones ni regodeos. Era amable, nadie podría decir que no, pero ella, acostumbrada a sus silencios, cerraba los diálogos con sucintas explicaciones, hasta que la
curiosidad ajena naufragaba en su escasa verborrea. Se sentía diferente a las demás mujeres que poblaban el pueblo, como antes se sintió extranjera donde la vieron nacer.
No era su sitio, lo sabía, y las mujerucas del pueblo también intuían que no era de las suyas. Posiblemente fuera esa la causa de que la miraran con desconfianza, a pesar
de las sonrisas conmiserativas que su estado producía.
Comía con Isidro en los momentos de vacío de parroquianos. Se turnaban en atender a los que por allí pasaban, algunos incluso comían habitualmente con ellos. Eran
clientes fijos con los que se habían creado unos lazos casi familiares. Los bares sustituyen a menudo con ventaja la vida familiar, o proponen una alternativa en la que
los amigos momentáneos cobran la fuerza que no tienen los lazos familiares. A veces las confidencias o las risas se participan con mayor holgura a los colegas acodados
en la barra que a parientes cercanos, sean hijos o mujer.
Era el caso del sargento de la Guardia Civil del pueblo. Vivía solo, lo habían destinado hacía poco y aún no había instalado a la mujer y a los hijos. El cuartel estaba
cercano, sobre el monte que daba vista a la ría. La atalaya era espectacular: el viejo caserón del cuartel, que no hacía mucho albergó crueldades sin nombre, estaba
habitado en parte por familias de guardias, dependencias y dos despachos. Cercano del bar de Isidro, sus números eran clientes habituales. Jugaban la partida
cotidianamente, comenzaban los turnos pasándose por allí para tomar la última copa o el último café antes del trabajo. Al igual que al terminar la jornada, se despedían
antes de volver al hogar, acodados en la barra con una copa entre las manos, comentando las incidencias del día.
El sargento, llegado unos meses atrás, poco antes que Clara, intimó con Isidro, pasándose en el bar gran parte de las horas de asueto. Al no tener la familia cerca, se le
antojaban muy pesadas las horas libres en un piso de soltero con poca vida y mucha incomodidad. En el bar de Isidro encontraba compañía a su soledad, con alguien con
quien jugar un mus, una brisca, o simplemente comentar los pormenores del día en el pueblo y en la zona de demarcación.
Comía solo a veces, otras venía con algún compañero que, o bien soltero, o en condiciones familiares similares a las suyas, compartía mesa, mantel y diálogo.
Clara se ponía tensa en cuanto sentía la presencia de los hombres de verde. Su persona se diluía, se fundía con el ambiente, haciéndose invisible, recluyéndose el
mayor tiempo posible en la cocina, evitando salir.
Isidro notaba esa tensión. Cómo se velaban los ojos de su mujer en cuanto hacían acto de presencia los hombres del tricornio, intentando no salir de la cocina más que
lo imprescindible.
—Clara, ¿qué pasa?, ¿por qué no te gustan los guardias? —preguntó un

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