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Libro PDF El villorrio – William Faulkner

 El villorrio - William Faulkner

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bajas a la orilla del río, situada treinta kilómetros
al sudeste de Jefferson. Rodeada de colinas y
aislada, bien definida aunque sin límites precisos,
a caballo entre dos condados, pero sin deuda de
fidelidad con ninguno, Frenchman’s Bend había
sido el primitivo emplazamiento, por concesión
estatal, de una extensísima plantación anterior a la
guerra civil; plantación cuyas ruinas —el cascarón
vacío de una enorme casa con sus establos
derruidos, sus barracones para los esclavos, sus
jardines llenos de malas hierbas, sus terrazas de
ladrillo y sus paseos— aún recibían el nombre de
casa del Viejo Francés, a pesar de que, en la
actualidad, de las lindes originales sólo quedase
constancia en los viejos registros descoloridos de
la oficina del catastro en el juzgado del distrito de
Jefferson, y a pesar de que incluso algunos de los
campos en otro tiempo fértiles hubiesen vuelto a
ser las junglas de bejucos y cipreses[1] que su
primer dueño talara a machetazos.
Es muy posible que se tratase de un extranjero,
aunque no necesariamente francés, puesto que para
las personas que llegaron después de él, y que
borraron casi por completo toda huella de su
presencia, cualquiera que hablase inglés con
acento extranjero o cuyo aspecto o incluso cuya
ocupación fuese poco corriente, sería francés,
prescindiendo de la nacionalidad que afirmara
poseer, de la misma manera que sus coetáneos de
la ciudad (si, pongamos por ejemplo, hubiera
decidido instalarse en la misma Jefferson) le
habrían catalogado como holandés. Pero ahora
nadie sabía cuál había sido realmente su
nacionalidad, ni siquiera Will Varner, que tenía
sesenta años y era propietario de una buena parte
de la primitiva concesión, incluido el terreno de la
casa solariega en ruinas. Porque el extranjero, el
francés, había desaparecido junto con su familia,
sus esclavos y su magnificencia. Su sueño, sus
vastas tierras, se habían dividido en pequeñas e
inútiles granjas hipotecadas por las que los
directores de los bancos de Jefferson reñían entre
sí antes de vendérselas, finalmente, a Will Varner,
y todo lo que quedaba del primer propietario era
el lecho del río que sus esclavos canalizaran a lo
largo de quince kilómetros para evitar que se
inundasen sus campos y el esqueleto de la
tremenda casa que sus herederos en sentido lato se
habían dedicado, durante treinta años, a derribar y
a cortar —barandillas de madera de nogal, suelos
de roble que medio siglo más tarde no hubieran
tenido precio, las mismas tablillas de mala calidad
de los cobertizos— para utilizarlo como leña.
También su apellido se había olvidado, y su
orgullo no era más que una leyenda acerca de la
tierra que arrebató a la jungla y que domesticó
hasta convertirla en monumento a un nombre que
quienes llegaron tras él, en destartaladas carretas y
a lomos de mula o incluso a pie, con fusiles de
chispa y perros y niños y alambiques para hacer
whisky casero y salterios protestantes, no eran
siquiera capaces de leer y mucho menos de
pronunciar, y que ahora no tenía ya nada que ver
con un determinado ser humano, vivo en otro
tiempo, porque su sueño y su orgullo no eran más
que polvo junto al olvidado polvo de sus anónimos
huesos, y su leyenda no otra cosa que la pertinaz
historia del dinero que enterró en algún lugar de la
finca cuando Grant arrasó la región, camino de
Vicksburg.
Las personas que le heredaron vinieron del
nordeste, a través de las montañas de Tennessee,
en etapas marcadas por el nacimiento y crianza de
una nueva generación. Venían de la costa del
Atlántico, y, antes, de Inglaterra y de las marcas
escocesas y galesas, como ponían de manifiesto
algunos de sus apellidos: Turpin y Haley y
Whittington, McCallum y Murray y Leonard y
Littlejohn; y otros, como Riddup y Armstid y
Doshey, que no podían venir de ninguna parte
porque sin duda nadie se los hubiera atribuido
voluntariamente. Estas personas no traían esclavos
ni cómodas de estilo Chippendale y Phyfe; en
realidad la mayoría podían llevar sus pertenencias
(y de hecho las llevaban) en propia mano. Se
instalaron y construyeron cabañas con una o dos
habitaciones que nunca llegaron a pintar; se
casaron entre sí y engendraron y, una a una,
añadieron otras habitaciones a las cabañas
primitivas, que tampoco pintaron nunca; pero eso
fue todo. Sus descendientes siguieron plantando
algodón en las tierras bajas y maíz en las laderas
de las colinas, con el que continuaron fabricando
whisky en escondidos vallecitos entre esas mismas
colinas y vendiendo el que no consumían.
Funcionarios federales enviados a la zona se
esfumaban, aunque luego pudiera verse a un niño,
a un anciano o a una mujer con alguna de las
prendas de vestir que llevaba el desaparecido: un
sombrero de fieltro, una chaqueta de velarte, un
par de zapatos comprados en la ciudad o incluso
una pistola. Los funcionarios del condado no les
molestaban, excepto cuando se acercaban las
elecciones. Mantenían sus propias iglesias y
escuelas, se casaban y cometían entre sí
infrecuentes adulterios y un número bastante más
elevado de homicidios y actuaban como sus
propios jueces y verdugos. Eran protestantes y
demócratas y prolíficos; no había un solo negro
propietario de tierras en toda la zona. En cuanto a
los negros forasteros, se negaban rotundamente a
pasar por allí después de anochecer.
Will Varner, el actual dueño de la casa del
Viejo Francés, era el hombre más importante de la
región. Además del primer terrateniente y
supervisor de distrito en un condado, era juez de
paz en el otro y comisario electoral en ambos y, en
consecuencia, la fuente primera si no de la ley sí al
menos de consejos y sugerencias a una población
que habría repudiado el término cuerpo electoral
si lo hubiera oído alguna vez, y que acudía a él no
con la actitud de qué es lo que tengo que hacer,
sino de qué cree usted que le gustaría que yo
hiciera si pudiera usted obligarme a hacerlo.
Will Varner era granjero, usurero y veterinario; el
juez Benbow de Jefferson dijo de él en una
ocasión que nunca un hombre con mejores modales
sangró mulas o dio pucherazos. Poseía casi todas
las buenas tierras de la región e hipotecas sobre la
mayoría de las restantes. Era dueño del almacén y
de la desmotadera de algodón, y del complejo de
molino harinero y herrería en la misma aldea, y se
consideraba de mala suerte (por decirlo de la
manera más suave posible) que alguien de los
alrededores hiciera sus compras o desmotara su
algodón o moliera su harina o herrara a su ganado
en otro sitio. Will Varner era tan delgado como un
poste y casi igual de alto, de cabello y bigotes de
color gris rojizo e inocentes ojillos azules, vivos y
penetrantes; daba la impresión de ser un inspector
de escuela dominical metodista que los días
laborables condujera un tren de pasajeros o
viceversa, cuando en realidad era propietario de
la iglesia o del ferrocarril, o quizá de ambas cosas
al mismo tiempo. Era un hombre astuto, reservado
y alegre, de carácter rabelesiano y con toda
probabilidad aún sexualmente activo (había dado
dieciséis hijos a su mujer, aunque sólo dos seguían
en el hogar familiar; los otros, esparcidos, casados
o enterrados, desde El Paso hasta la frontera con
Alabama), como parecía confirmar la energía de
sus cabellos, que incluso a los sesenta años eran
aún más rojos que grises. Simultáneamente activo
y holgazán, no hacía nada en absoluto (su hijo
administraba todos los negocios familiares), pero
gastaba todo su tiempo en ello, ya que, antes
incluso de que su hijo bajara a desayunar, se
marchaba de casa, y aunque nadie sabía
exactamente adónde iba, a él y al gordo y viejo
caballo blanco que montaba se les podía ver en
cualquier sitio en quince kilómetros a la redonda a
cualquier hora del día; y por lo menos una vez al
mes durante la primavera, el verano y los
comienzos del otoño, alguien veía a Varner
sentado en una silla de fabricación casera en el
césped, asfixiado por las malas hierbas delante de
la mansión del Viejo Francés, y al viejo caballo
blanco atado a un poste de la cerca. Su herrero le
había fabricado la silla serrando por la mitad un
barril de harina vacío y clavándole un asiento, y
Varner se instalaba allí, sobre un fondo de ruinoso
esplendor señorial, masticando tabaco o fumando
su pipa de mazorca y dirigiendo a los transeúntes
bruscos saludos que, sin dejar de ser cordiales, no
invitaban al diálogo. Todo el mundo (los que le
veían allí y quienes se enteraban de oídas) creía
que se sentaba allí para planear en privado su
próxima ejecución de hipoteca, puesto que sólo a
un viajante que vendía máquinas de coser llamado
Ratliff —un hombre a quien Will Varner doblaba
con creces la edad— llegó a darle una razón: «Me
gusta sentarme aquí. Estoy tratando de averiguar
qué podía sentir un tipo tan estúpido que
necesitaba todo esto (no se movió ni se molestó
siquiera en indicar con la cabeza la pendiente
cubierta de viejos ladrillos y enmarañados
senderos, coronada por la ruina con columnas que
tenía detrás) para comer y dormir únicamente».
Luego añadió (sin dar a Ratliff ninguna otra pista
de cuál pudiera ser la verdad): «Durante una
temporada parecía que iba a librarme de todo esto,
que iban a dejármelo limpio. Pero, santo cielo, la
gente se ha vuelto tan holgazana que ni siquiera se
suben a una escalera para arrancar el resto de las
vigas. Se diría que prefieren ir al bosque e incluso
cortar un árbol, mejor que levantar el brazo para
coger un poco de leña de pino. Pero, pensándolo
bien, creo que voy a conservar lo que queda,
aunque sólo sea para no olvidarme de mi única
equivocación. Ésta es la única cosa de las que he
comprado en toda mi vida que no he podido
vender a nadie». Jody, su hijo, de unos treinta
años, un corpulento ejemplar de primera clase, con
un ligero hipertiroidismo, no sólo no estaba
casado, sino que emanaba de él una invencible e
inviolable soltería de la misma manera que se dice
de algunas personas que exhalan olor a santidad o
a espiritualidad. Era un hombre voluminoso, que
ya prometía una considerable barriga para dentro
de diez o doce años, aunque aún mantuviera hasta
cierto punto sus pretensiones de galán apuesto y
sin compromiso. Tanto en invierno como en verano
(aunque en la estación cálida prescindiera de la
chaqueta) y lo mismo los domingos que los días de
entresemana, Jody llevaba una camisa sin cuello
de color blanco brillante, cerrada por arriba con
un botón de oro macizo, y encima un traje de
excelente velarte negro. Se ponía el traje el día
que se lo enviaba el sastre de Jefferson y, desde
ese momento, lo llevaba todos los días, hiciera el
tiempo que hiciese, hasta que se lo vendía a uno de
los criados negros de la familia (de manera que
casi todos los domingos por la noche podía verse
alguno de sus trajes viejos, en su totalidad o en
parte —y reconocerse en seguida— paseando por
los caminos del verano) y lo reemplazaba por el
nuevo que venía a sustituirlo. En contraste con el
sempiterno mono de los hombres entre los que
vivía, Jody tenía un aire no exactamente fúnebre,
pero sí ceremonioso, y ello debido a ese rasgo de
invencible soltería que era parte integrante de su
personalidad; de manera que al mirarle, más allá
de la flaccidez y de la opacidad de su volumen, se
veía al perenne e inmortal padrino de boda, la
apoteosis del masculino singular, de la misma
forma que, bajo las abultadas carnes del medio
centro de 1909, reconocemos al fantasma enjuto y
resistente que en otro tiempo llevaba el balón.
Jody era el noveno de dieciséis hermanos.
Regentaba el almacén, del que su padre era
todavía propietario titular y en el que se ocupaban,
sobre todo, de hipotecas ejecutadas, y la
desmotadera, y supervisaba las dispersas
propiedades agrícolas que su padre primero y
luego los dos juntos habían ido adquiriendo
durante los últimos cuarenta años.
Una tarde, cuando estaba en el almacén
cortando de una bobina nueva piezas de cuerda
para el arado, y recogiéndolas en pulcros lazos
marineros para colgarlas de una hilera de clavos
en la pared, se volvió al oír un ruido y vio, su
silueta recortada en el vano de la puerta, a un
hombre más pequeño de lo corriente, con un
sombrero de ala ancha, una levita demasiado
grande y una curiosa tiesura deliberada.
—¿Es usted Varner? —dijo el individuo en
cuestión, con una voz que no era exactamente
áspera, o no tanto voluntariamente áspera como
herrumbrosa por la falta de uso.
—Soy un Varner —dijo Jody, con su agradable
voz, sonora y bien modulada—. ¿Qué puedo hacer
por usted?
—Me llamo Snopes. He oído que alquila usted
una granja.
—¿De veras? —respondió Varner, moviéndose
ya para conseguir que al otro le diera la luz en la
cara—. Exactamente, ¿dónde ha oído usted eso?
—porque la granja era nueva; su padre y él la
habían adquirido a través de una ejecución de
hipoteca hacía menos de una semana, y aquel
individuo era un completo desconocido. Jody ni
siquiera había oído nunca su apellido.
El otro no respondió. Varner podía verle ya la
cara: ojos de un gris opaco y frío entre irascibles
cejas hirsutas que empezaban a encanecer y un
rastrojo de barba gris oscura tan densa y
enmarañada como lana de oveja.
—¿Dónde cultivaba usted la tierra? —dijo
Varner.
—Por el oeste —no hablaba bruscamente. Se
limitó a pronunciar las tres palabras con total
irrevocabilidad desprovista de sentimientos, como
si hubiera cerrado una puerta tras de sí.
—¿Se refiere a Texas?
—No.
—Entiendo. Al oeste de aquí. ¿Tiene mucha
familia?
—Seis —no hubo después una pausa
perceptible, ni un precipitarse hacia la siguiente
palabra. Pero hubo algo. Varner lo notó incluso
antes de que la voz sin vida pareciera agravar
deliberadamente la incongruencia—: chico y dos
chicas. La mujer y su hermana.
—No son más que cinco.
—Y yo —dijo la voz muerta.
—De ordinario un hombre no se incluye entre
sus propios braceros —dijo Varner—. ¿Son cinco
o siete?
—Dispongo de seis personas para trabajar en
el campo.
La voz de Varner tampoco cambió entonces,
siempre afable y firme al mismo tiempo.
—No sé si voy a necesitar un arrendatario.
Casi estamos ya a uno de mayo. Calculo que
podría cultivarla yo mismo, con unos cuantos
jornaleros. Si es que me decido a hacerlo este año.
—Estoy dispuesto a trabajar así —dijo el otro.
Varner se le quedó mirando.
—Le veo un tanto ansioso de instalarse, ¿no es
cierto? —el otro no respondió. Varner no era
capaz de decir si le estaba mirando o no—. ¿Qué
renta pensaba usted pagar?
—¿Qué es lo que usted pide?
—Tercera y cuarta[2] —dijo Varner—. Los
suministros se compran aquí en el almacén. No hay
que pagar en metálico.
—Entiendo. Suministros en dólares de setenta
y cinco centavos.
—Efectivamente —dijo Varner con tono
siempre cordial. Ahora no podría decir si su
interlocutor miraba a algo o no miraba a nada en
absoluto.
—Me conviene —dijo.
Desde el porche del almacén, por encima de
media docena de hombres vestidos con monos,
sentados o acuclillados aquí y allá, con navajas y
astillas en la mano, Varner vio cómo su visitante se
marchaba cojeando estiradamente, sin mirar a
derecha ni izquierda; luego vio cómo descendía
los escalones, elegía entre los animales de tiro y
los caballos ensillados una mula flaca y sin silla,
con una gastada brida para arar y riendas de
cuerda, la llevaba hasta los escalones, se montaba
torpe y rígidamente, y se ponía en camino, sin
haber mirado todavía ni una sola vez a uno u otro
lado.—
Por el ruido de los pasos se diría que pesa
por lo menos cien kilos —dijo uno de los hombres
—. ¿Quién es, Jody?
Varner aspiró entre dientes y escupió a la
calle.—
Se llama Snopes —dijo.
—¿Snopes? —repitió otro de los presentes—.
Claro. Así que es él.
Esta vez no sólo Varner, sino todos los demás
miraron al que había hablado: un hombre flaco,
con un mono absolutamente limpio aunque
descolorido y con remiendos, recién afeitado, con
un rostro bondadoso, casi triste, hasta que se
descifraba lo que eran en realidad dos expresiones
distintas: una momentánea de paz y tranquilidad
superpuesta a otra permanente (precisa, aunque
débil) de hombre acosado; y una boca delicada,
cuya peculiar frescura y lozanía adolescente podía
ser en realidad el resultado de no haber probado el
tabaco en toda su vida; la cara arquetípica del
hombre que se casa joven, sólo engendra hijas y él
mismo no pasa de ser la hija mayor de su propia
esposa. Se llamaba Tull.
—Es el tipo que pasó el invierno con su
familia en una vieja cabaña donde Ike McCaslin
solía almacenar el algodón. El mismo que hace
dos años anduvo metido en el asunto del establo
incendiado de un sujeto llamado Harris en Grenier
County.
—¿Cómo? —dijo Varner—. ¿De qué estás
hablando? ¿Un establo incendiado?
—No he dicho que lo hiciera él —respondió
Tull—. Sólo que estuvo mezclado en cierta
manera, podríamos decir.
—¿Como cuánto de mezclado?
—Harris hizo que lo detuvieran y lo llevó a
los tribunales.
—Entiendo —dijo Varner—. Nada más que un
simple caso de confusión de identidad. Pagó a otro
para que lo hiciera.
—No se pudo probar —dijo Tull—. Por lo
menos si Harris encontró alguna prueba después,
ya era demasiado tarde, porque Snopes se había
marchado de la región. Luego reapareció en casa
de McCaslin, en septiembre pasado. Él y su
familia trabajaron a jornal, cosechando para
McCaslin, y él les dejó que pasaran el invierno en
una vieja cabaña para el algodón que no estaba
usando. Eso es todo lo que sé. Y no voy a
repetirlo.
—Yo no lo haría —dijo Varner—. A nadie le
conviene cargar con la responsabilidad de una
habladuría sin fundamento —seguía de pie, por
encima de ellos, con su ancha cara imperturbable y
su sucio atuendo en blanco y negro (la manchada
camisa de color blanco brillante y los pantalones
con rodilleras), una vestimenta ceremoniosa y
descuidada al mismo tiempo. Aspiró aire entre los
dientes haciendo mucho ruido—. Vaya, vaya —
dijo—. Un tipo que incendia establos. Vaya, vaya.
Esa noche se lo contó a su padre mientras
cenaban. Con la excepción de un irregular edificio,
mitad de troncos y mitad de tablas, conocido como
el hotel Littlejohn, la casa de Will Varner era la
única de la zona que tenía más de un piso. Los
Varner también tenían una cocinera, no sólo el
único criado negro, sino el único criado de
cualquier tipo en todo el distrito. Aunque llevaba
muchos años con ellos, la señora Varner seguía
diciendo, y al parecer creyendo, que no se la podía
dejar sola ni para hervir agua. Jody contó esa
noche lo que había sucedido mientras su madre,
una mujer regordeta, alegre y hacendosa, que había
dado a luz dieciséis hijos y sobrevivido ya a
cinco, y que todavía ganaba premios por sus
hortalizas y confituras en la feria anual del
condado, iba y venía del comedor a la cocina, y su
hermana, una muchacha de carnes prietas y
elevada estatura, con pechos ya bien definidos a
los trece años, ojos como opacas uvas de
invernadero y una generosa boca húmeda siempre
ligeramente entreabierta, ocupaba su sitio en la
mesa con una especie de malhumorada perplejidad
propia de su joven carnalidad femenina en sazón,
sin necesidad, al parecer, de hacer el menor
esfuerzo para no oír.
—¿Le has hecho ya el contrato? —dijo Will
Varner.
—No pensaba hacérselo hasta que Vernon Tull
me contó lo que había pasado. Ahora creo que
mañana llevaré el papel al almacén y le dejaré que
lo firme.
—Después puedes decirle también cuál es la
casa que tiene que incendiar. ¿O vas a dejarle que
elija él?
—Naturalmente —respondió Jody—. También
hablaremos de eso —luego añadió (borrando de su
voz toda ligereza, toda respuesta y
contrarrespuesta, tercera, cuarta y prima de la
suave esgrima del humor)—: Lo único que tengo
que hacer es enterarme a ciencia cierta de lo que
pasó con ese establo. Aunque en realidad va a dar
lo mismo que lo hiciera o lo dejara de hacer. Todo
lo que necesita es descubrir de repente cuando
llegue la época de la cosecha que yo creo que lo
hizo. Escucha. Pongamos un ejemplo parecido —
se inclinó hacia adelante sobre la mesa,
voluminoso, seguro de sí mismo, resuelto. La
madre se había marchado apresuradamente a la
cocina, desde donde se oía su voz enérgica
riñendo alegremente a la cocinera negra. La hija
no escuchaba en absoluto—. Aquí hay un trozo de
tierra de la que sus propietarios no pensaban ya
sacar nada con la estación tan avanzada. Y he aquí
que llega un individuo y la arrienda; pero resulta
que en el último sitio que arrendó se incendió un
establo. Da lo mismo que lo quemara o no, aunque
simplificaría las cosas saber a ciencia cierta que
fue él quien lo hizo. Lo más importante es que se
quemó mientras él estaba allí, y las pruebas eran
tales que se sintió obligado a marcharse de la
zona. De manera que aparece y arrienda una tierra
que no contábamos con que produjera nada este
año, y nosotros le proporcionamos todos los
suministros del almacén con toda regularidad y
como es debido. Y el tal sujeto recoge la cosecha
y el propietario la vende con toda normalidad y
tiene el dinero esperando y el individuo se
presenta para recoger su parte y el propietario
dice: «¿Qué es eso que he oído acerca de usted y
de un establo?». Eso es todo. «¿Qué es lo que
acabo de oír sobre usted y ese establo?» —se
quedaron mirando el uno al otro: los ojos opacos
un tanto saltones y los penetrantes ojillos azules—.
¿Qué dirá él? Qué puede decir, excepto: «De
acuerdo. ¿Qué se propone usted hacer?».
—Perderás la factura de los suministros en el
almacén.
—Claro. Eso no hay manera de evitarlo. Pero,
después de todo, un sujeto que te va a dar una
cosecha gratis, de balde, sin cobrar un céntimo, lo
menos que puedes hacer es alimentarlo mientras
trabaja para ti. Espera —dijo—. ¡Demonios
coronados, ni siquiera tendremos que hacer eso!
Haré que se encuentre un par de tejas de madera
podrida con una cerilla cruzada a la puerta de su
casa el día que acabe el cultivo, y entonces sabrá
que ya no tiene remedio y que lo único que puede
hacer es volver a marcharse. Eso acortará dos
meses la cuenta de los suministros, y a nosotros
nos bastará contratar a alguien para que recoja la
cosecha —se miraron mutuamente. Para uno ya era
cosa hecha, terminada con éxito: lo veía con toda
claridad; convertía en presente algo todavía a seis
meses de distancia en el futuro—. ¡Demonios
coronados, no le quedará otro remedio! ¡No podrá
protestar! ¡No se atreverá!
—Hummm —dijo Will. Del bolsillo del
chaleco sin abotonar sacó una manchada pipa de
mazorca y empezó a llenarla—. Será mejor que no
tengas ningún trato con esa gente.
—¡Claro que sí! —respondió Jody. Cogió un
palillo del palillero de porcelana y se echó para
atrás en la silla—. No está bien incendiar establos.
Un individuo que tiene costumbres de ese tipo ha
de sufrir los inconvenientes que se derivan de ello.
No fue ni al día siguiente ni al otro. Pero a
primera hora de la tarde del tercer día, con el
caballo roano esperándole atado a una de las
columnas del porche, Jody se instaló en el
escritorio de tapa corrediza al fondo del almacén,
encorvado, el sombrero negro sobre el cogote, una
ancha mano peluda, inmóvil y tan pesada como un
saco de patatas, encima del papel, y en la otra la
pluma con que escribir las palabras

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