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Libro PDF El Volga nace en Europa – Curzio Malaparte

El Volga nace en Europa - Curzio Malaparte

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revolución bolchevique y de sus problemas, es
muy fácil y cómoda porque se puede acoger sin
peligro. El título de este libro, El Volga Nace en
Europa (el título original que la censura fascista
prohibió, era otro como lo explicaré más adelante)
quiere ser precisamente un reclamo a ese
mezquino prejuicio. Ya en 1930, en mi prólogo
aquí antes recordado, al ensayo del Fülop-Miller,
escribía yo que «el rostro del bolchevismo no es,
como se cree, un rostro de lineamientos asiáticos.
Es un rostro de lineamientos europeos». La verdad
es que el bolchevismo es un fenómeno típicamente
europeo. Tras las columnas dóricas del Piatiletki,
el Plan Quinquenal, tras del columnado de las
estadísticas del Gosplan, se extiende no Asia, sino
otra Europa: «la otra Europa». (En aquel mismo
sentido por el cual aún América es otra Europa).
La cúpula de acero del marxismo-leninismostalinismo
(la gigantesca dínamo de la U. R. S. S.
según la fórmula de Lenin: Soviet + electrificación
= bolchevismo) no es el mausoleo de Gengis
Khan, sino —precisamente en el sentido que no le
gusta al burgués— el otro Partenón de Europa. «El
Volga, —dice Pilniak— se gesta en el Mar
Caspio». Sí, pero no nace en Asia: nace en
Europa. Es un río europeo. El Támesis, el Sena, el
Potomac, son sus afluentes.
Esta verdad era recordada entonces, en 1941
(y también la recuerdo hoy) cuando muchos se
abandonaban a la fácil presunción de que la guerra
alemana contra la Rusia soviética era simplemente
una guerra de Europa contra Asia. En 1941, la
Europa Alemana combatía contra pueblos
europeos, contra ideologías europeas: ya sea que
combatiese contra Inglaterra y Estados Unidos o
sea que combatiese con la Rusia soviética.
«Un día, —escribía yo entonces— cuando el
fragor de las armas se haya aplacado, y se pueda
juzgar serenamente, se verá que esta guerra contra
la Rusia soviética no está considerada como una
lucha contra las hordas mongólicas de un nuevo
Gengis Khan, sino como una de esas guerras
sociales que siempre preceden, y preparan, un
nuevo asentamiento político y social de los
pueblos».
Estas palabras, que escribía yo en 1941, si
eran verdaderas entonces, ahora lo son mucho
más: porque el «slogan» de la guerra alemana de
1941 (una guerra burguesa por excelencia) contra
la Rusia soviética, Europa contra Asia, ahora se ha
convertido en el «slogan» del Pacto del Atlántico.
También hoy como en 1941, las dos fuerzas en
contra no son Europa y Asia, sino la moral
burguesa contra la moral obrera.
Este libro es el primero, y hasta ahora el
único, que revela el oculto sentido de aquella
inmensa tragedia europea que fue la guerra
alemana contra la Rusia soviética. El motivo es
por eso, aún ahora, de gran actualidad, no porque
muestre el carácter «social» de aquélla o de
cualquier otra eventual guerra contra la Rusia
soviética, sino porque pone de relieve el problema
fundamental de la Europa actual: la
irreconciabilidad entre la moral burguesa y la
moral obrera que es la moral del mundo moderno.
No se olvide nunca, leyendo estas páginas, la
expresión «moral obrera». A propósito de ello, me
parece oportuno advertir que este libro mío debió
haber tenido, según una primera intención, el título
de Guerra y Huelga. Lo había escogido, no por
una inconsciente y quizás algo musical
remembranza a Guerra y Paz, ni porque
presumiera de reflejar en mis páginas las
intenciones descubiertas en la novela de Tolstoi y
mucho menos porque pensara que la guerra
alemana contra la Rusia soviética tuviese
cualquier lejana analogía con la otro tanto
desafortunada e imbécil campaña napoleónica:
sino porque el título de Guerra y Huelga me
parecía que ponía en relieve claramente el
carácter social de aquella guerra y la fundamental
importancia que tenía la «moral obrera», misma
que tendrá mañana, en la potencia militar
soviética, donde predominaban, y predominan,
junto a las armas, a los elementos del arte militar,
la disciplina, el adiestramiento técnico, la
organización táctica, etc., etc., todos aquellos
elementos sociales de la lucha de clases y de la
técnica revolucionaria proletaria, que se puede
comprender y definir en la sola palabra
«huelga»…
La censura fascista prohibió el título de
Guerra y Huelga sin duda por el legítimo temor de
que los lectores pudieran dar a ese título el valor
de una premeditada y peligrosa contraposición del
hecho «Guerra» al hecho «Huelga» y fuesen
inducidos a pensar que el arma más eficaz contra
la guerra, contra cualquier guerra, fuese la huelga.
No quería entender solamente eso con ese título,
pero también quería entenderlo. Y debo reconocer
que la censura fascista no andaba equivocada,
desde su punto de vista.
Al cuidado del editor Bompiani, este libro mío
estaba ya listo para enviarse a las librerías,
cuando el bombardeo inglés del 19 de febrero de
1943 destruyó la impresión, desapareciendo entre
las llamas la edición completa de El Volga Nace
en Europa. Nuevamente editado e impreso en otra
imprenta, el volumen apareció a fines de agosto de
1943. Algunos días después, el 15 de septiembre
de 1943, las autoridades alemanas, que en ese
tiempo se habían apoderado de Italia, ordenaron su
secuestro: el libro fue condenado a la destrucción
y por eso se puede decir que El Volga Nace en
Europa ve la luz primera en Italia hoy, con esta
nueva edición. (En Francia ya apareció en 1948,
editado por Domat de París).
Para evitar el peligro de engañar al lector
haciéndole creer que se trata de una obra nueva, he
debido renunciar a restituir a este libro su primer
título vetado por la censura: Guerra y Huelga. Era
ése todavía su título verdadero: que me habría
consentido poner, de modo inmediato, el lector
honesto e inteligente, ante la necesidad de reflejar
seriamente el sentido de esta guerra, de considerar
con ojo objetivo su aspecto de guerra social, y de
reconocer en esa feroz lucha contra la Rusia
soviética, a todos aquellos elementos sociales que
escribieron entre todos, y hasta hoy, el episodio
más terrible de la lucha de clases en Europa.
Curzio Malaparte
Fuerte de Marmi, 1951.
LIBRO PRIMERO
PORQUE RUSIA
I
LOS CUERVOS DE GALATZ
Galatz, 18 de junio de 1941.
Galatz surge de la laguna, entre el Prut y el
Danubio, y respira el olor del fango, de los peces,
de los cañaverales secos (en esta húmeda noche de
junio, el lánguido olor del lodo impregna las hojas
de los árboles, el cabello de las mujeres, las
cerdas de los caballos, las largas capas de
terciopelo de los scopzi, los cocheros castrados de
la famosa secta rusa, cuyo último refugio y templo
es Galatz). De Brăila a Galatz, a Sulina y hasta los
montes de Dobrugia, el enorme delta del Danubio
es todo un brillar del agua. Los deshielos de
primavera han hecho de esta región un inmenso
pantano. Aquí, la inmensa y plana llanura ondea
como una bandera al viento; se subleva de vez en
cuando, aquí y allá, con cansadas olas de polvo
amarillo, fuera de esta agua fangosa que descansa
en mórbidos pliegues, formando una especie de
curvas crestas, una leve cuenca, donde el lago de
Bratesc se apoya en una perenne bruma
transparente, de un color azulino.
Galatz surge de la cresta de esta cuenca, en el
vértice del triángulo formado por el Danubio y el
Prut que se encuentran un poco abajo de la ciudad.
Los montes de Dobrugia, allá en el remoto
horizonte, sirven de sostén a este húmedo paisaje,
a sus bajas casas, a sus pantanos, a sus brumas
ligeras, y parecen, a lo lejos, el Tifata, que está
sobre Capua, tienen el mismo lánguido azulado, el
mismo verde que casi se esfuma, la misma
delicada y romántica inocencia. De vez en cuando
desaparecen entre lo nublado del horizonte,
dejando un triste e incierto recuerdo, algo con
cierta cosa femenina en el aire desilusionado.
Entre la Rusia soviética y mi cuarto del hotel,
no media más que la corriente del Prut: un lento y
amarillento río, que aquí, ya en la desembocadura,
se alarga hasta formar casi un lago, un inmenso
estanque tórbido, el Bratesc, roto aquí y allá por
los verdes copetes de cañas y juncos que surgen
entre los bancos de lodo. El Prut parece
extrañamente desierto en estos días: ningún
remolcador, ninguna lancha, ni siquiera una
barquilla, surcan la corriente. Sólo algún bote de
pescadores, pegado a la ribera rumana, se mece
sobre los fangosos arroyos.
Pero ay de aquella que se aleje de la orilla, ay
de aquella que se meta en medio del río: los rusos
disparan inmediatamente. Los centinelas
soviéticos nocturnos, hacen fuego al primer ruido,
al menor rumor; basta para meterlos en alarma, el
leve ruido que hacen las aguas del Prut al chocar
contra la ribera.
A ojo desnudo, desde la ventana de mi cuarto,
se ven las casas de la ribera rusa, los almacenes
de madera, el humo de algún remolcador atracado
en el puerto fluvial. Por la calle que costea el río,
se puede distinguir, con unos gemelos, grupos de
gentes, seguramente soldados; columnas de
automóviles, patrullas de caballería. Durante la
noche, la orilla soviética aparece negra y ciega.
Parece que la noche comienza allá abajo, en la
otra ribera, que se levanta abajo dura y lisa como
un muro negro, de frente a la orilla rumana
centelleante de luces. Al alba, la ribera soviética
parece un párpado abierto que se abre poco a
poco, dejando correr sobre el río una pálida
mirada, descolorida y extraordinariamente triste e
inquietante.
En las callejuelas de los jardines públicos de
Galatz, grupos de niños juegan correteándose,
grupos de gentes apoyadas en el parapeto del
Mirador, elevado sobre una rojiza porción de
terreno pantanoso, tallada atravesando el terraplén
de la vía del tren, observan la ribera rusa
haciéndose sombra en los ojos con sus propias
manos; allá abajo, en frente, de la otra parte del
Punt, una bufanda de humo de seda azul, se eleva
de las casas de Reni y se disuelve perezosamente
en el polvoriento aire. (Aún dos días… quizás un
día, sólo pocas horas). Me sorprendo al ver el
reloj del Municipio, mientras bajo en una carreta
por el puente de Reni.
Un olor fuerte, un olor violento y grasoso, me
viene al encuentro del Bratesc. La fetidez de
alguna carroña sepultada bajo el fango. Algunas
moscas grandes, verdes y azules, y con las alas
sermidoradas, me vuelan alrededor
insistentemente. Un grupo de zapadores rumanos
está preparando una mina para hacer saltar el
puente que une la orilla de Galatz a la orilla
soviética de Reni, Los soldados hablan entre ellos
en voz alta, riendo. Las túrbidas aguas del Bratesc
iluminan de amarillentos reflejos el paisaje en
agonía—, perezoso y olvidadizo, un paisaje
deshecho. La inminente guerra se advierte como un
temporal suspendido en el aire, como una cosa
superior a la fuerza humana, casi como un hecho
de la naturaleza (Aquí, Europa está ya fuera de la
razón, de la arquitectura moral: sólo es un
pretexto, un continente de carne deshecha). En lo
más alto del puente, en el umbral de la U. R. S. S.
surge el rústico arco triunfal ruso, coronado con la
hoz y el martillo. No tengo más que atravesar el
puente, recorrer ni siquiera un centenar de pasos
para salir de esta Europa y pasar la frontera de la
otra Europa. De una Europa a la otra el paso es
breve. Pero, diría yo, mucho más que el largo de la
pierna.
Verdaderamente se respira algo de incierto en
este paisaje, algo de provisional. El aspecto
mismo de la ciudad, que el terremoto del último
noviembre ha sembrado de ruinas y escombros,
sugiere al ojo humano un mundo fugaz, de una
civilización en decadencia. Muchas son las casas
en ruina; casi todas ostentan profundas heridas, a
unas les falta el techo, a otras un muro; a otras la
fachada; a éstas les arruinaron los balcones; éstas
otras muestran fuertes cuarteaduras, a través de las
cuales se ven sus burgueses moradores, con sus
casas cubiertas de tapetes turcos, sus camas
vienesas, los horribles óleos con que son tapizadas
las paredes de todas las casas orientales. Cerca
hay una calle entera, la Brascioveni, en donde las
fachadas de todas las casas están hundidas; se ve a
la gente moverse a través de los biombos de tela y
papel que substituyen a los muros, como si
estuvieran sobre el tablado de un foro, delante de
un lunetario clamoroso e indiferente. Parece una
escenografía de Piscator. Las vigas que apuntalan
las fachadas y costados de las casas, forman una
larga vereda, una especie de continuo emparrado
oblicuo, bajo el cual la gente de cada raza y cada
lengua, grita, se empuja, se aprieta, se encima en
una fugaz cruzada, en un túmulo imprevisto. Los
escombros, en muchos puntos, especialmente en el
barrio alrededor de la calle Coronel Boyle, aún
estorban mucho a los vehículos que bajan al
puerto. Entre aquellos escombros, bajo aquellos
emparrados de vigas inclinadas, entre aquellos
muros tambaleantes de profundas heridas, enfrente
de aquel foro que son las casas sin fachada, un
gentío de griegos, de armenios, de zíngaros, de
turcos, de hebreos, pululan en una nube de
amarillento polvo, entre un clamor de voces
agrias, de gritos, de risa, de palabras, de ruido de
gramófonos, entre aquel pestilente olor de orina de
caballo y aceite de rosa, que es el olor del
Levante, el olor del Mar Negro.
Sobre las banquetas de cada calle, se abren,
cada centenar de metros, los cafés, las
perfumerías, los bodeguchas de los barberos los
negocios de curiosidades, los aparadores de
croitori, las panaderías, los gabinetes de los
dentistas. Los barberos griegos, de la enorme ceja
negra, del rostro olivastro atravesado por un
inmenso bigote negro, reluciente de brillantina; los
coafor para dama, de cabelleras tupidas,
enchinadas con el rizador de fierro, compuestas en
arquitectura barroca; los pasteleros turcos con las
manos llenas de miel y mantequilla, con los brazos
llenos hasta los codos de almendra molida y
pistache en polvo; los perfumistas, los zapateros,
los fotógrafos, los sastres, los tabaqueros, los
dentistas, todos te saludan con voz cantante, con
gestos solemnes, con grandes inclinaciones. Todos
te invitan a entrar, a sentarte, a probar el peine, la
navaja de afeitar, el vestido, los zapatos, el
sombrero, el cinturón para hernia, los anteojos, la
dentadura; te invitan a perfumarte, a enrizarte, a
depilarte, a teñirte, en tanto el café turco espumea
en las pequeñas teteras de cobre reluciente, y los
pequeños voceadores anuncian el título del
Actiunea o recitan en alta voz los últimos
comunicados sobre la situatia pe fronturile de
lupta, e interminables cortejos de mujeres
velludas, muy maquilladas, del pelo rizado, van y
vienen por las calles frente a sus mesas de los
cafés llenos de gordos levantinos sentados con las
piernas abiertas, como en los diseños de Pasci,
que era de Brăila.
Es pronto aun para ir a desayunar a Suré. Así,
dejo la cafetería griega de Maxavinato y bajo al
puerto por la larga Domneasca, que es la calle
principal de Galatz. En la calle Brascioveni, el
agudo chirrido de las ruedas del tranvía talla los
vidrios de las ventanas; las carrozas de los scopzi
tirados por parejas de caballos limpios y
majestuosos, pasan al galope levantando nubes de
polvo. (El scopez, sentado arriba, envuelto en su
larga capa, el rostro de un hombre castrado, agudo
y flaquísimo; de una flaqueza, diría, floja y
resbalosa). Bandas de perros y muchachos se
siguen de una acera a la otra, mientras sobre mi
cabeza, en los letreros de los negocios, alternan
los escritos en hebreo, en armenio, en turco, en
griego, en rumano. Hasta que desemboco en la
calle del puerto.
El Danubio está lleno de lluvia, grandes barcas
se bambolean atracadas en el muelle. La calle que
está al lado del puerto, es una especie de
interminable «muralla» de casas bajas, medio
derrocadas por el terremoto, apuntaladas con
vigas. Son barracas de ladrillo las más ricas; de
tierra empastada con cal las otras; de bodoques de
paja amontonada las más pobres. En las plantas
bajas se encuentran obscuras bodeguchas en donde
se amontonan barriles de chapopote, de brea, de
pimienta, de sulfato de cobre, de pescado seco, de
uvas, de especias de todos géneros; los dueños y
encargados de estos amplios negocios de tipo
colonial, son los griegos. Flacos y negros, o
gordos y pálidos, están de pie en el portal de la
bodega, con los brazos cruzados sobre el pecho, el
cigarrillo pegado al labio inferior, la inmensa ceja
negra cae sobre el ojo opaco, sobre la larga nariz
aguileña, huesuda, roja y palpitante, viva y
delicada, en el viso color sepia.
La misma agitación reina en todo el Badalán,
que es el barrio del puerto. La ribera del río está
llena de soldados. Una compañía de infantería está
descargando algunas barcas cargadas de bueyes,
de pacas de heno, de sacos de cereal, de montones
de madera. Son viejos soldados de cabello blanco.
Hacen la guardia entre las barcas y el muelle,
bajando y subiendo los puentes de los barcos,
como amarillos insectos. Sobre el puente de una
barca, algunas mujeres (llevan paraguas de seda,
verdes, amarillos, rojos) están sentadas en círculo
comiendo dulces. Son las mujeres de los
capitanes, de los pilotos, de los dueños de las
barcas. La escena es viva y dulce; aquellos
soldados amarillos, encorvados bajo el peso de
cajas y sacos, aquellas mujeres sobre el puente,
aquellos colores vivos y aquellos gestos blandos,
en el viento del río, lleno de brillantes larvas de
insectos.
Sobre la rivera, en los pastaderos

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