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Libro PDF Elixir de muerte – David Enriquez

Elixir de muerte – David Enriquez

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desde que encontré aquello, que me ha
sido difícil esconderme, ya que prefiero
mantenerme vivo. Sé que las cosas feas
aún están por ponerse peor, aunque no
sé cuánto tiempo tarde eso. Algunos
gobiernos están interesados en encontrar
lo que escondí en el Ararat, porque
según mis cálculos el agua no llegará
hasta ese nivel, después que suceda lo
inminente. Pero hasta ahora, pocos
saben acerca de “La Amenaza”, ya que
los gobiernos no lo han difundido aun.
¿Que por qué lo escondí ahí?
Supongo que aún tengo un poco de
religión en mis vísceras. Sé que el viejo
Noé estacionó su vehículo por esos
rumbos. Así que, creo que no hay mejor
lugar para ocultarlo de los interesados.
Turquía aún conserva el control sobre
sus fronteras con Rusia y les será difícil
hurgar en el monte.
En fin… supongo que al empezar
a escribir mis memorias no debo
empezar con la frase: “Querida Kitty”,
frase que considero por demás femenina,
así que voy a narrar los hechos como yo
los viví. Debo advertirte, que la historia
que descubrí y que escribo a
continuación, puede resultarte ofensiva.
La verdad siempre es demasiado cruda,
sobre todo, cuando se presenta por sí
misma.
Después de tantos años, tuve que
rebuscar en mi mente, algunas cosas que
sucedieron hace mucho tiempo. Esto no
habría sido posible, si aquel maletín no
hubiera llegado a mis manos de forma
totalmente accidental. Voy a contártelo
mientras voy descendiendo de esta fría
montaña, para encontrarme con mi
esposa, con quien enfrentaré el resto de
mis días, y espero que sea lo
suficientemente prolongada.
Esa tarde había salido de mi
hotel en el Boulevard Des Belges en
Lyon, proponiéndome a caminar a la
orilla del río Le Rhône, como lo hacía
casi a diario, para dirigirme al Parque
de la Tête d’Or. Nunca me imaginé que
ese hallazgo no sólo me iba a cambiar la
vida, sino también me iba a llenar de
vitalidad.
Había estado haciendo
demasiado viento y frío, por lo que el
parque estaba casi vacío. A la distancia
podía ver dos o tres parejas de
enamorados, quienes ya se retiraban del
lugar. Decidí internarme por Quai
Achille Lignon, pues la idea era llegar
hasta el Boulevard de la Bataille de
Stalingrad y regresar a mi hotel. Sólo
alcancé a llegar a la mitad, ya que un
objeto plateado en medio del panorama
gris, llamó mi atención. Usualmente
tengo mucho cuidado al acercarme a
cosas sospechosas, sin tener la
costumbre de recogerlas; especialmente
si se encuentran abandonadas. Sin
embargo, mi curiosidad venció a mi
instinto. Recordé haber leído que “la
curiosidad mató al gato”. Después
alguien había agregado a ese refrán
popular, “… pero el gato murió
sabiendo”. Así que, decidí convertirme
en un gato sabio.
Con tanto terrorista suelto en el
mundo, era un riesgo que debía tomar.
El portafolio metálico era más pequeño
de lo normal. Sin embargo, pesaba un
poco más de lo que suelen pesar, aun
cuando se traten de la marca “Anvil”.
No tenía cerradura o candado. Sólo
había unos broches en sus costados, así
que fue fácil abrirlo. Con sumo cuidado,
lentamente, lo abrí, encontrando dentro
de él un disco pequeño. Todavía
agradezco al cielo que no fuese una
bomba.
Había escuchado que la
tecnología seguía avanzando, por lo que
me resultó difícil de creer que todavía
existían esa clase de discos informativos
para computadora. Por suerte, mi
conocimiento acerca de la tecnología
está tan atrasado, que todavía uso mi
vieja laptop. Sigo sin impresionarme
por las constantes actualizaciones que
Appsoft hacen a cada rato en sus
dispositivos, para mantener cautivos a
todos sus seguidores y compradores.
Mi corazón empezó a latir
deprisa, al darme cuenta que tal vez
había sido un error haber abierto ese
portafolio. Pensé en deshacerme de ese
maletín metálico, pero tal vez en alguna
parte de él estaba la contraseña. Así que
traté de esconderlo debajo de mi grueso
abrigo; y, por si alguien me había
observado, regresé a paso lento a mi
hotel, para no despertar sospechas,
después de asegurarme que nadie me
seguía.
En cuanto entré a mi habitación,
conecté mi laptop y esperé eternamente,
como siempre, para que apareciera el
aburrido logotipo. Tuve que hacer un
esfuerzo extra para evitar que la
impaciencia hiciera presa de mí, ya que,
como siempre, el ordenador me exigía
hacer algunas actualizaciones, de las
cuales, después tomaba tiempo extra
para deshacerme de las que consideraba
inútiles.
Antes de meter el disco, me
aseguré de suprimir las señales del
Internet, ya que no quería que el
gobierno o los posibles dueños
rastrearan el lugar donde había parado
su disco. Lo introduje y me alegré de no
tener necesidad de usar una contraseña.
Obviamente, ese disco era la copia de
algún original que se había hecho entre
los años 2000 y 2020.
Instintivamente, me puse de pie,
dirigiéndome a la ventana para
cerciorarme que no hubiera autos
sospechosos estacionados, policías o
personas extrañas. Afuera no había
ninguna señal de vida. El frío de la tarde
había provocado que la niebla se hiciera
presente en toda la ciudad. También abrí
la puerta de mi habitación lentamente y
miré en ambas direcciones por el pasillo
del hotel. Todo estaba en calma. Cerré
la puerta suavemente y le puse los tres
seguros, aparte de una pesada silla cuyo
respaldo sujetaba la perilla de la
cerradura.
Por fin, el CD–ROM estaba
leyendo el pequeño disco. Aparecieron
en la pantalla, varios logotipos: El FBI,
la CIA, la ONU, la UNESCO, el Banco
Mundial, el Fondo Monetario
Internacional y el Estado Vaticano, entre
otros. Empecé a abrir uno de los
archivos del FBI. Me di cuenta que todo
el material allí escrito, era sumamente
clasificado como confidencial y secreto.
La información y fotografías que el
disco contenía, databan desde el año
1860 hasta el año 2022. Mi intuición
detectivesca me llevó a buscar los datos
del 11 septiembre de 2001, la fecha que
había marcado mi vida, pero no de la
misma manera que marcó a la mayoría
de los estadounidenses.
Mi padre había estado
trabajando como personal de seguridad
en las torres gemelas de Nueva York, y
había sido despedido de manera
inexplicable, dos semanas antes de esa
fatídica fecha. Había llegado temprano a
su oficina. Sin embargo, todos los
muebles y accesorios estaban cubiertos
por plásticos y lonas. Vio a un grupo de
trabajadores desconocidos. Ellos no
eran los mismos empleados que se
encargaban del mantenimiento de las
torres. Como regularmente hacían
algunos trabajos, mi padre conocía a
casi todo el personal. A diferencia de
los empleados, esos hombres, por su
apariencia física, parecían ser soldados.
Casi todos usaban intercomunicadores
portátiles. ¿Pintores con
intercomunicadores? Sin duda, ¡algo no
andaba bien!
– ¿Qué hace usted aquí?–le había
preguntado uno de ellos.
–Aquí trabajo. ¿Qué hacen
ustedes aquí?–preguntó tratando de usar
su autoridad.
El tipo buscó la fotografía de mi
padre entre los papeles que llevaba en
una tabla dura y le entregó un sobre con
su nombre. Al leer el documento, sentía
que se estaba pisando su propio
intestino: era una carta de despido.
Ninguna explicación. Solo estaba siendo
despedido sin justificación alguna.
Notó que los “pintores” habían
cesado su trabajo entre tanto él estaba
ahí. Uno de ellos carraspeó. Mi padre
trató de dirigirse a su escritorio para
recoger sus cosas, pero dos tipos se
interpusieron en su camino, entregándole
una caja con sus pertenencias. De hecho,
uno de ellos lo empujó levemente. Por
poco cae al suelo, tropezándose con una
caja vacía que tenía escrita la leyenda
“Trinitot…” en uno de sus costados.
Por algunos años, me molestó
considerablemente, el hecho de que mi
padre había sido despedido de esa
manera. Habían pasado casi dos
semanas desde el despido de mi padre,
cuando nos fuimos de vacaciones a
México. Todo mundo sabe que ahí se
puede aprovechar mejor el valor de los
dólares, o mejor dicho, gracias al
constante devalúo del peso mexicano,
cuando de vacacionar y divertirse se
trata.
Había decidido vacacionar en
León, Guanajuato. El hotel frente a la
Presidencia Municipal donde nos
hospedamos, era uno de los más
cómodos y céntricos de la ciudad. Nos
instalamos y los primeros días tuvimos
la oportunidad de visitar la ciudad y
otros lugares turísticos. Regresamos al
hotel el lunes por la noche. Al siguiente
día, contrario a mi gusto por dormir
hasta tarde, mi padre me despertó a las
ocho de la mañana, para ir a visitar la
ciudad capital. Encendí el televisor
mientras mi padre se metía al cuarto de
baño para afeitarse. La programación
habitual se había interrumpido. El canal
11 se había enlazado con el noticiario
de la CNN, al mismo tiempo que muchas
cadenas de televisión mostraban al
mundo el ataque terrorista de aquel 11
de septiembre.
Bajamos al lobby del hotel y nos
dirigimos rápidamente hacia el
estacionamiento, abordando el auto. Mi
padre encendió la radio en el cuadrante
de la XEW. Todas las radiodifusoras
estaban difundiendo la noticia.
Debo confesar, que hubo un
comentario por parte de uno de los
locutores, que me parecía ser Carlos
Marín. Su pronta conclusión respecto a
los ataques, me ofendió. Pudo ser él o
cualquier otro. Pero decía que el
gobierno de George W. Bush había
fraguado este ataque, a fin de levantar la
deteriorada economía de algunos
magnates en Estados Unidos. Tal
comentario, me había parecido
aberrante. Mi padre no dijo nada en ese
momento tan crucial y debo confesar que
me decepcionó por no hacer alarde de
su espíritu nacionalista. Tal vez, la
periodista, que me pareció ser Denise
Maerker, había puesto un toque fino,
suave, a tan descabellado comentario de
su compañero. Después de cubrir el
evento, la XEW continuó con su
programación “normal”.
Después de leer el documento en
mi pantalla, las cosas me parecían
demasiado claras, al recordar que aquel
osado locutor, sea quien fuere, no había
estado tan errado después de todo.
Ahora, después de tantos años, yo le
extendía mi perdón.
Tecleé la fecha septiembre 11, y
esperé que el buscador arrojara los
resultados. Ahí estaba. Empecé a leer el
documento, y mi sangre empezaba a
calentarse hasta punto de ebullición.
¡Por eso habían sacado a mi padre,
literalmente, de aquel lugar, mientras
esos desconocidos “pintaban” las
paredes de aquellas oficinas!
Apreté las mandíbulas con
fuerza, hasta casi lastimármelas. Mis
dientes rechinaban de ira y frustración.
¡Con cuánta razón estos archivos estaban
clasificados como “Top Secret”! Si por
ventura, los ciudadanos de Estados
Unidos supieran de ellos, sin duda
habría por lo menos, una guerra civil.
Leía, que las columnas que
soportaban ambas torres gemelas,
habían sido revestidas con una pintura
sumamente corrosiva, que al calor del
fuego podría causar que cualquier metal
se pudiera fundir en cuestión de
segundos. ¡Eso era exactamente lo que
había sucedido!
Yo siempre había cuestionado la
forma en que las torres habían caído.
Solo un experto en demolición pudo
haber causado un derrumbe tan perfecto,
sin causar daños colaterales. Yo no soy
un erudito en la materia, pero al ver
tantos videos de demoliciones, puedo
ver la diferencia entre el trabajo de un
experto y el fracaso de quien no lo es.
Leí que los informes habían sido
entregados por el FBI al presidente de
Estados Unidos, quien inmediatamente
ordenó que los restos de metal de las
Torres Gemelas, fueran retiradas del
lugar y almacenadas para su
“investigación” posterior en un sitio
bien resguardado, en medio de la nada.
Y aunque se les proporcionó un lugar
adecuado, nunca hubo tal investigación,
según el reporte de un ex gobernador
muy incómodo para el gobierno de
Estados Unidos.
Dentro del mismo

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