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En armadura brillante – Alexander Ferrar

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Resumen y Sinopsis De 

“Nuestro diseño es el de un cazador, pero vivimos
en una sociedad de consumo. No existe nada que matar,
no hay nadie con quien pelear, nada que debamos superar, ningún lugar para explorar. En esta emasculación social
esta creado nuestro héroe.”
David Fincher
El segundo momento más horrible en la vida de Chandler Tuttle fue, la primera vez que él jugó a la ruleta rusa, cuando tenía diecisiete años. La segunda vez, una
semana después, no había sido tan mala, pero era aún una pesadilla todavía. El sonido estruendoso de su pulso latiendo en sus oídos, y la voz dentro su cabeza gritando
“Hazlo! Hazlo, maricón!” culminaron en un infarto menor en el momento que el martillo se cayó sobre una recamara vacía.
Se desplomó, jadeando mientras sus “amigos” se burlaron, codeándose a las costillas y alborotándole el pelo.
Cuando su respiración se normalizó, el se dio cuenta que todos los colores del cuarto parecían más brillantes. Toda la artesanía en las botellas de licores sobre los
entrepaños detrás del bar se veía más bonita. El centelleo de luz reflejado en los cubos de hielo, mientras que se asentaron y quebraron, lo hipnotizaron. El glamour
trágico de los afiches en las paredes. La camaradería de sus amigos celebrando su resurrección.
El segundo momento más horrible de su vida se convirtió en el segundo más bello, y los dos por siempre estaban unidos en su mente.
A medida que los años pasaban, el empezó a necesitar esa resurrección más y más. De vez en cuando, era después de cantar en una ópera, pero claro, en la última
noche. Nunca consideraría dejar el show sin su estrella, si el martillo llegaba a caer sobre el cartucho. Eso sería demasiado desconsiderado. Como dice su amigo Richard,
sería “lo peor del mal gusto.”
No, el siempre esperó hasta la última noche, después que la fanfarria se tranquilizó y el champagne se había terminado, y todos los demás estaban emparejados o
desmayados, y el sentimiento de vacío aparecía en su estomago.
Luego se le escapaba a la noche, y buscaba un lugar tranquilo. También consideraba al pobre que encontraría su cadáver, porque sobre él caería la carga de limpiar
su suciedad. El nunca jugó en la habitación de un hotel, porque si perdía, él podría arruinar la reputación del establecimiento, y el papel tapiz. Si lo hizo encima del
techo de cualquier lugar, el siempre tomaba en cuenta la dirección del viento.
Que mala onda si su sangre y su cerebrosi él tenía uno, de verdad se fuera soplado lejos para mancharle la ropa que se estaba secando en el lazo de un vecino,
o salpicar las mejías de una pareja y arruinarles su primer beso.
Una vez, después de cantar el primer papel en la versión operática de “Dorian Gray” y recibir como de costumbre la ovación de pié, el busco una pared para tomar
asiento al lado de un rio. Hizo un giro ciego al tambor de su Smith & Wesson corto calibre 38 y se la colocó a la altura de su cabeza, arriba su oreja, donde se encuentra
la sien, siguiendo el consejo de sus amigos. El se preguntó a sí mismo, la misma interrogante que siempre se hizo.
“¿Estás listo?”
Esperaba un momento, viviendo realmente el presente y disfrutando la fresca briza y el gorjeo de las aves nocturnas, tratando de escuchar algo que pudiera darle
una razón para bajar su mano. Algo como, una chica bonita gritando “No!” Una muchacha corriendo para impedirlo, gritando “Détente. ¡No lo hagas! Arroja esa pistola
fea al rio, y ven conmigo, para tomar un cafecito y contarme tu historia, que me derrita y me enamore locamente de ti; ¡y viviremos felices para siempre!” O algo así. Lo
que sea.
Había un coro de bocinas a la distancia.
Algunos jóvenes parloteando sobre algo.
El ajustó su asiento sobre la pared para caerse en el rio, en caso que muriera en el próximo instante. El no quiso que los jóvenes vinieran corriendo y encontraran su
cuerpo en el suelo, y alarmarlos. El no quiso arruinar su momento de alegría. Hay que tener en cuenta a las personas de su alrededor. Sería muy egoísta, hacer un
espectáculo de su muerte.
Chandler contuvo su aliento y cerró los ojos, sintió el latido del mundo hasta que estaba en paz, permitió que su aliento saliera lentamente, y abrió sus ojos otra
vez. Y haló el gatillo.
Click!
Pero esta vez, el no jadeo de alivio.
De alguna manera, ésa, su séptima vez, no era gran cosa.
En realidad, aunque el odiaba admitirlo, el se sentía poco desilusionado. La octava vez, también, fue algo casual. Y las próximas tres veces, hasta que se sintió
bastante aburrido con ese juego.
Empezó a pensar que tal vez era inmortal, y eso, tomando en consideración las circunstancias, podía ser malísimo.
Pero su doceava vez fue una historia diferente.
Acababa de cantar un concierto en el Hotel Casa Santo Domingo en La Antigua Guatemala, en las ruinas atrás donde estaba el monasterio. El y algunos
compañeros cantaron Requiem y, como siempre, fue un gran éxito. Champagne y besitos en las mejías, todos acercándose para colocar sus mejías al lado de las de él y
hacer ruidos con sus labios fruncidos, después un abrazo de solo una palmada en su hombro.
El se escapó temprano esa vez y exploró las calles empedradas, escuchando las aves nocturnas y la brisa susurrando en las buganvillas que se arqueaban sobre las
paredes de casas humildes. La ciudad ya estaba durmiendo.
El no sabía a donde llegó al final, pero encontró una ruina en un callejón, con muchos árboles y arbustos. El decidió que estaba bastante bien y subió a la ruina
con alguna dificultad por sus mocasines, y por la preocupación de arruinar su traje.
Agarrándose de las ramas y plantas para mantener su equilibrio, luchó para llegar a la cima de una cuesta. Cuando sus ojos se acomodaron a la oscuridad el buscó
un espacio cómodo.
Pero esta vez al sentarse, revisó el tambor de su pistola para mirar a la única bala, y darle el giro ciego, se tomó un momento para escuchar y degustar el mundo,
luego escuchó a alguien abajo, moviéndose en secreto.
Por shute, estiró el cuello para ver quién era, y vio un grupo de hombres que no parecían hacer mandados agradables.
Retrocedió como una tortuga, intentando parecer más pequeño, o mejor dicho invisible. Una cosa es poner una pistola en su cabeza, y jalar del gatillo, y es otra
cosa completamente diferente, tener un grupo de hombres disparándote. El esperó hasta que los hombres pasaran, y decidió seguirles.
Tan en silencio como pudo, el subió la cuesta hasta el lado de un edificio, y lo escaló. Se deslizó por un momento, dejando marcas de patín en la pared con sus
mocasines. Conteniendo su aliento, hizo un gran esfuerzo y jaló su cuerpo hacia ar-riba del alero, y caminó como un malabarista sobre las tejas.
El sabía que hacerlo era una tontera, pero era mejor que morir o regresar solo a su hotel. Especialmente cuando el servicio a la habitación se había terminado, hacía
horas. El pasó de un techo a otro, y no fue difícil porque todas las casas estaban unidas. Por suerte, los hombres malos iban para la única casa de dos niveles, y era la
próxima. El miró una ventana, un solo cuadro en amarillo en la oscuridad, y fue a investigar.
No pudo ver como los visitantes entraron, pero Chandler logró mirar a su presa. Era un hombre joven, elegante y bien parecido, pero muy inocente. Con estilo de
pelo de futbolistas y los cantantes de boy bands, peinado de atrás para adelante.
Estaba desenrollando tiras de tape gris y colgándolas en las esquinas de un montón de paquetes envueltos en nylon. Pues, un montón de paquetes…Dios, que
parecían llenos de mota.
El miró boquiabierto por un momento, y empezó a reírse. Pensando ¿en serio? De todas las ventanas en la ciudad, ¿esta es la ventana en la que estoy afuera,
agachándome?
El joven volteó a ver a la puerta alarmado, y con su mano por instinto trató de agarrar la pistola en su cadera, la cual no estaba. Sus ojos buscaron el arma con
pánico, pero no pudo recordar donde lo colocó. Pero era demasiado tarde. Los seis hombres entraron con una rehén, en güipil y corte. Los dos más grandes la tuvieron
en sus manos, y tres de los otros le apuntaron con sus pistolas al joven. El último entró en el cuarto con una sonrisa maligna.
Todos vieron al joven con ojos violadores. El de la sonrisa habló en español, moviéndose lentamente hacia los paquetes de marihuana, y acariciándola con su mano
en la esquina.
Chandler entendía algo de españoly de francés, alemán e italianopero no escuchó porque la ventana estaba cerrada.
De repente estaba agradecido por la luz interior y la oscuridad de afuera, que hicieron un espejo del vidrio, y no reveló su rostro.
Debería irme, pensó. En serio, debería.
Pobre el joven adentro, y pobre la ama de llaves, o quien fuere era la mujer, pero esa es la razón por la que no te involucras con narcotraficantes.
Chandler miró al líder, que avanzó lentamente hacia el joven, su lenguaje corporal muy amenazante, hasta que sus narices estaban separadas por dos pulgadas. Dijo
algo, girando su cabeza y frunciendo sus labios, extendiendo su barbilla cerdosa hacia la muchacha.
Sus ojos regresaron para quemar los del joven, y su sonrisa cambió a la cara del diablo. Los labios se abrieron para sisear algoy el joven dio un cabezazo,
quebrándose la nariz

Título: En Armadura Brillante (Spanish Edition)
Autores: Ferrar, Alexander
Formatos: PDF
Orden de autor: Ferrar, Alexander
Orden de título: En Armadura Brillante (Spanish Edition)
Fecha: 11 sep 2016
uuid: 6018e1c6-8243-4ae3-8744-fd6d8ecc992c
id: 361
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 0.80MB

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