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Libro PDF En busca de la memoria Eric R. Kandel

En busca de la memoria Eric R. Kandel

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John Koester, Thomas Jessell, James H. Schwartz,
Steven Siegelbaum y Gerald Fischbach, actual
decano de la facultad. Debo agradecer también a
John Koester su excelente actuación al frente del
Centro de Neurobiología y Comportamiento.
He recibido apoyo para mis investigaciones
por parte de Instituto Howard Hughes y del NIH.
Tengo una deuda especial con el cuerpo directivo
del Instituto Howard Hughes, integrado por
Donald Fredrickson, George Cahill, Purnell
Chopin, Max Cowan, Donald Harter y, en épocas
más recientes, por Tom Cech y Gerry Rubin. Su
visión de futuro fomentó en los investigadores la
disposición a los proyectos de investigación de
largo plazo y el afán por abordar problemas
arduos. Sin duda, la investigación sobre el
aprendizaje y la memoria entra dentro de esta
categoría.
Debo agradecer a la Fundación Sloan un
subsidio que me permitió dedicar tiempo a este
libro, y a mis agentes —John Brockman y Katinka
Matson— su ayuda para dar forma al proyecto y su
orientación a lo largo del proceso de edición.
Son muchos los que han leído total o
parcialmente versiones anteriores de este texto. El
profesor Edward Timms, especialista en la
historia moderna de Austria de la Universidad de
Sussex, Inglaterra, y Dieter Kuhl, estudioso de la
cultura vienesa, tuvieron la amabilidad de leer los
capítulos 2 y 24 y hacerme comentarios sobre
ellos. David Olds, psicoanalista de la academia y
colega mío en Columbia, me hizo comentarios
sobre los capítulos 3, 22 y 27. Varios otros
colegas leyeron una versión o varias de todo el
texto. Estoy especialmente agradecido a Tom
Jessell, Jimmy Schwartz, Tom Carew, Jack Byrne,
Yadin Dudai, Tamas Bartfei, Roger Nicoll, Sten
Grillner, David Olds, Rod MacKinnon, Michael
Bennett, Dominick Purpura, Dusan Bartsch, Robert
Wurtz, Tony Movshon, Chris Miller, Anna Kris
Wolfe, Marianne Godberger, Christof Koch y
Bertil Hille por sus perspicaces comentarios.
También fue muy útil para mí la lectura que
hicieron de un borrador anterior varias personas
que no son científicos profesionales: Connie
Casey, Amy Bednick, June Bingham Birge, Natalie
Lehman Haupt, Robert Kornfeld, Sandy Shalleck y
Sarah Mack me señalaron algunas dificultades que
planteaban ciertos pasajes técnicos.
Jane Nevins, jefa de redacción de la Fundación
DAN, y Sibyl Golden leyeron versiones
posteriores del manuscrito y me ayudaron a
redactar algunos fragmentos más técnicos de
manera más comprensible para el lector común.
Howard Beckman, amigo de muchos años que ha
preparado varias versiones de Principios de
neurociencia, tuvo la generosidad de leer y
comentar todo el texto. El extraordinario escritor
científico Geoffrey Montgomery trabajó conmigo
sobre varios capítulos con el fin de hacerlos más
entretenidos. Sobre todo, es enorme mi deuda con
Blair Burns Potter, mi excelente correctora, que
leyó casi todas las versiones del texto y de las
figuras y en cada caso mejoró su claridad y
coherencia. Antes de empezar a escribir el libro,
había oído hablar de su capacidad pero apenas la
conocía. A lo largo de nuestro extenso intercambio
por correo electrónico, he llegado a apreciarla
como excelente amiga.
Tuve la suerte de contar con la colaboración
gráfica de Maya Pines, amiga de muchos años y
correctora del Instituto Médico Howard Hughes, y
de Sarah Mack, colega de Columbia y jefa del
equipo que preparó los gráficos de Principios de
neurociencia. Debo agradecer a Sarah y a Charles
Lam, quien también participó del diseño gráfico y
dio vida a lo que en un principio eran ideas
bastante vagas. Además, quiero agradecer a mis
asistentes de Columbia: a Aviva Olsavsky por su
ayuda con el glosario y el texto; a Shoshana
Vasheetz por su colaboración con el procesador de
texto; a Seta Izmirly, Millie Pellan, Arielle
Rodman, Brian Skorney y Heidi Smith por la
corrección de las pruebas de galeras y a Maria
Palileo por la organización permanente de las
numerosas versiones del manuscrito.
Angela von der Lippe, quien estuvo a cargo del
libro en la editorial Norton, me ayudó a
reflexionar sobre algunas secciones y a
reorganizarlas, mejorándolas en muchos aspectos.
También debo agradecer la colaboración de sus
colegas en la editorial, en particular la de Vanessa
Levine-Smith, Winfrida Mbewe y Trent Duffy,
corrector de estilo. Todos ellos hicieron generosos
aportes para que el libro adquiriera su forma
actual y todos merecen mi mayor gratitud.
Prefacio
La comprensión de la mente humana en términos
biológicos se ha transformado en la tarea científica
fundamental del siglo XXI. Queremos entender la
biología de la percepción, el aprendizaje, la
memoria, el pensamiento, la conciencia, y también
los límites del libre albedrío. Hace apenas unas
décadas era inconcebible que los biólogos
estuvieran en condiciones de analizar estos
procesos mentales. Hasta mediados del siglo XX,
era imposible contemplar con seriedad la
posibilidad de que la mente, el conjunto de
procesos más complejo del universo, pudiera
revelar sus secretos más recónditos en el análisis
biológico y, menos aun, en el nivel molecular.
Los espectaculares progresos de la biología en
los últimos cincuenta años nos permiten
plantearnos hoy esos interrogantes. En 1953,
James Watson y Francis Crick descubrieron la
estructura del ADN y, con ello, revolucionaron la
biología y aportaron un marco intelectual para
entender cómo la información contenida en los
genes controla el funcionamiento de la célula. Se
comprendió entonces cómo están regulados los
genes, cómo producen las proteínas que
determinan el funcionamiento de las células y
cómo el desarrollo habilita y bloquea genes y
proteínas para establecer el plan general de un
organismo. Una vez producidos estos avances
extraordinarios, la biología pasó a ocupar un lugar
de privilegio en la constelación de las ciencias,
junto con la física y la química.
Con conocimientos flamantes y una nueva
confianza, los biólogos volvieron su atención a la
meta más alta: la comprensión biológica de la
mente humana, empresa en pleno desarrollo hoy
aunque alguna vez fue tildada de precientífica. En
realidad, cuando los historiadores contemplan la
travesía intelectual de los últimos dos decenios
del siglo XX, subrayan probablemente con
sorpresa que las iluminaciones más valiosas sobre
la mente no surgieron de las disciplinas que
tradicionalmente se ocupaban de ella —la
filosofía, la psicología o el psicoanálisis— sino
de su combinación con la biología del cerebro,
síntesis que cobró impulso en los últimos años con
los espectaculares avances producidos en la
biología molecular. Ha surgido así una nueva
ciencia de la mente que recurre a la poderosa
biología molecular para estudiar los misterios de
la vida que aún se nos ocultan.
Cinco principios son el fundamento de esta
ciencia mixta. En primer lugar, no cabe separar la
mente del cerebro. El cerebro es un órgano
biológico complejo que tiene una enorme
capacidad de cómputo y construye nuestras
experiencias sensibles, regula nuestros
pensamientos y emociones y controla nuestras
acciones. No sólo se encarga del comportamiento
motor relativamente simple que desarrollamos
para correr o comer, sino de complejos actos que
reputamos como la quintaesencia de lo humano:
pensar, hablar y crear obras de arte. Desde esta
perspectiva, la mente es un conjunto de
operaciones que lleva a cabo el cerebro, así como
caminar es un conjunto de operaciones que llevan
a cabo las piernas, con la salvedad de que se trata
de algo radicalmente más complejo.
En segundo lugar, en cada función mental —
desde el reflejo más simple hasta las actividades
creativas como el lenguaje, la música y el arte—
intervienen circuitos neurales especializados de
distintas regiones cerebrales. Por esa razón, es
preferible hablar de la «biología mental» para
referirnos al conjunto de operaciones mentales que
llevan a cabo esos circuitos neurales
especializados, en lugar de hablar de la «biología
de la mente», expresión que sugiere que todas las
operaciones mentales se desenvuelven en un lugar
preciso y entrañan un emplazamiento cerebral
único.
En tercer lugar, todos esos circuitos están
constituidos por las mismas unidades elementales
de señalización, las células nerviosas. En cuarto
lugar, los circuitos neurales utilizan moléculas
específicas para transmitir señales en el interior
de las células nerviosas y también entre dos
células distintas. Por último, esas moléculas
específicas que constituyen el sistema de señales
se han conservado a lo largo de millones de años
de evolución. Algunas de ellas ya estaban
presentes en las células de nuestros antepasados
más remotos y pueden hallarse hoy en nuestros
parientes más lejanos y primitivos desde el punto
de vista evolutivo: los organismos unicelulares
como las bacterias y las levaduras, y los
organismos multicelulares simples como los
gusanos, las moscas y los caracoles. Para
organizar sus andanzas en su medio ambiente, estas
criaturas utilizan las mismas moléculas que
empleamos nosotros para gobernar nuestra vida
cotidiana y adaptarnos al nuestro.
Así, la nueva ciencia de la mente

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