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Libro PDF En plena confusión Dividida – Patricia Geller

En plena confusión: Dividida – Patricia Geller

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sentimiento por él, que me confundía por
la intensidad con la que latía mi pulso
cuando estábamos cerca. Con el tiempo
fuimos creciendo, madurando, y todo fue
a más. Desconocía si era normal, pues
nunca me había sentido tan unida a
alguien. Jamás había tenido fantasías tan
locas y fuera de lugar… Sin embargo, no
lo podía evitar; de hecho, no quería
hacerlo. Yo deseaba imaginar cómo
serían sus besos, cómo sería su toque.
—Ivonne —me llamó.
Lo examiné de reojo y sonreí. Me
hizo gracia lo cauteloso que se había
vuelto de pronto al abordar el tema de
mi primera vez… Era guapo, simpático,
divertido, y deseaba que fuera con él,
pensaba muchas veces mientras lo
miraba.—
Estás pensativa —mencionó,
ofreciéndome una piruleta que acepté—.
¿Todo bien?
—No cambies de tema, quiero
saber algo.
—Suelta. —Rio incómodo—.
¿Cuál es la pregunta?
Chupé la piruleta, rodeándola con
la lengua, y ronroneé. Estaba riquísima.
Vi que ese gesto lo incomodó, por mi
provocación, pero lo hice aún intenso:
apunté al frente, disfrutando con lentitud
del delicioso caramelo.
—Pues… —jugué, regalándole un
movimiento coqueto de pestañas—. ¿No
sabes por dónde voy?
Él tragó forzoso, tan reservado
como de costumbre. «¡Ay, Aarón!»
—Dímelo —insistió esquivo.
Se me escapó un suspiro.
Decir que era guapo era quedarme
corta. Lo era hasta decir basta y no, no
exageraba en absoluto. De cabello
castaño claro, con ojos grises y mirada
hechizante. Su piel no era muy tostada,
al contrario de la mía. Muy atractivo,
con nariz chata redondeada. Labios
firmes y boca gruesa, con dos hoyitos
que… ¿Qué podía decir? Me quitaba el
aliento. Ciertamente me quedaba
embobada cada vez que estábamos
juntos. Una auténtica tortura si no
terminábamos en nada.
—¿Tú me lo harías, Aarón? —lo
reté, balanceando las piernas—. ¿Tú
serías capaz?
Volvió la cara negando; mis pullas
a veces no le gustaban, pero no me
importaba. Adoraba picarlo.
—Aarón, la primera vez dicen que
ha de ser especial, y tú eres alguien
importante para mí.
—El amarillo te queda muy bien.
—Puse los ojos en blanco al ver cómo
desviaba el tema, y me aclaró serio—:
Somos amigos, no pareja. Y tú, menor
de edad.
—¡Ya lo sé! Aunque el próximo
mes cumpliré diecisiete y tú tienes
veinte… —repliqué hincando los codos
en tierra, intentando convencerlo.
Aunque, por su incomodidad, adiviné
que me daría otra negativa—. Dime,
¿cómo es tu mujer ideal? Me hablas
poco de chicas, ¿no serás gay, no?
Porque sería fatal para mi pobre cora…
—Bebé…
¡Buf!
—Cuéntame, Aarón, quiero saber
qué he de hacer para que me veas
atractiva y no como un bebé. No te pido
nada más de lo que tenemos… pero
quiero experimentar y…
—Sufficiente[1] —zanjó en
italiano.
Me entraron los sudores y no
precisamente fríos… Conocía esa
reacción tan suya, cuando estaba
nervioso o enfadado y salía a relucir su
lengua y su acento italiano. A mí me
fascinaba oírlo.
—No me pidas esto, Ivonne.
Me miró prudente, callado, y
delineó con sus dedos una fina línea por
mi mejilla. Me estremecí, me gustaba.
Desconocía si era un amor profundo esa
adoración por mi amigo; me parecía
interesante, aunque él siempre se
mantenía distante cuando me acercaba
tanto. Dani… su hermano gemelo, en
cambio, me piropeaba, pícaro… con
bromas. Eso sí, a escondidas.
—Vale, vale —me rendí,
encendida por su caricia. Deseaba
morder su labio, chuparlo. Finalmente
acabé contenida—. Hablemos de otra
cosa, ¿de acuerdo?
—Mejor.
—¿Sabes que algún día me gustaría
escribir algo?
—¿En serio? —Asentí,
sonrojándome—. ¿Sobre qué?
Me encogí de hombros.
—No sé… algo con amor, supongo.
Oye… —cambié de tema, me daba
vergüenza, lo reconozco—. ¿Comemos
hoy con Dani? —Aarón asintió,
distraído—. Es increíble cómo hemos
congeniado los tres. Bueno… en
realidad, Daniel ha sabido acoplarse a
la familia después de todo, ¿verdad?
—Sí, no ha sido difícil.
El de ellos era un caso curioso. Los
padres de los Fabrizi se habían
separado cuando ellos eran pequeños.
Dani, por voluntad propia, con sólo
ocho años, había preferido irse a vivir
con su padre, lejos de sus hermanos y de
su madre, que se quedó destrozada, pese
a que no se interpuso en su decisión.
Cuando menos lo esperábamos, a
sus diecisiete años, decidió regresar al
hogar materno, y fue como si nunca se
hubiese marchado. Físicamente era muy
parecido a Aarón, aunque sin esos dos
hoyuelos, que tanto me emocionaban,
cerca de los labios. Desde su llegada
había perseguido parecerse a Aarón en
la forma de vestirse, de peinarse, aunque
tenían personalidades diferentes… Se
adoraban, siempre estaban juntos. Eran,
más que hermanos, amigos.
La gente los confundía y Dani se
había integrado tan bien en la familia
que daba la impresión de que nunca se
hubiese ido. Personalmente, y pese a que
nadie compartía mi opinión, creía que
Dani se excedía queriéndose parecer
tanto Aarón. No era necesario, ni mucho
menos, tener las mismas características,
si ya eran idénticos. En fin…
—Bueno, ¿nos vamos? —me
propuso Aarón, levantándose tras el
largo silencio, y salió corriendo para
que lo alcanzara.
Corrí y corrí, pero acabé por
pararme ahogada… Ahí empecé a
autoconvencerme de que era
inalcanzable.
—¡Aarón! —grité, suspirando—.
¡Un día suplicarás y entonces sucederá!
La que supliqué fui yo, incluso
mucho tiempo después.
2
Te espero cada noche
Noviembre de 2013
Todo estaba hecho un desastre en mi
habitación, me preparaba para
embarcarme en una gran aventura con
Aarón: nos íbamos a vivir juntos a
Valencia. Queríamos defender nuestro
futuro profesional e independizarnos,
pues ya era hora, yo, a mis veinticinco
años, y él, a sus veintinueve. Nos tocaba
volar del nido y yo estaba feliz por
hacerlo con él. Solos… tal vez de esa
manera la cosa avanzara. ¿Funcionaría?
Llevaba tanto tiempo haciéndome la
dichosa pregunta…
No era momento de perder mi
tiempo en tonterías con todo lo que tenía
que hacer aún, pero era superior a mí.
Eché una mirada al reloj; eran

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