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Errantes – Lianne Kross

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Resumen y Sinopsis De 

estado de aislamiento? No pretendía demasiado, tan solo que alguien me mostrara un mínimo de atención. Respiré hondo e intenté serenarme.
Finas y diminutas gotas comenzaron a caer y los viandantes corrieron a resguardarse bajo los toldos de las tiendas que aún estaban abiertas, mientras los más
suertudos entraban en sus casas. Un hombre ataviado con un delantal blanco y unas cuchillas en la mano, corrió hacia mí, y sin darme apenas cuenta, me traspasó. Un
escalofrío recorrió mi cuerpo, seguido de un gran malestar en el centro de mi estómago, parecido a la sensación que provoca asomarse desde las alturas. Al girarme, vi
que se trataba del barbero ya que entró corriendo en su barbería. Aquel hombre rechoncho, que hacía dos veces mi envergadura, había pasado a través de mí, sin
mirarme, sin percatarse de mi presencia. Fue la primera sensación física que logro recordar, aunque no sería la última.
Sin embargo, las gotas de lluvia no me estaban calando la ropa, ni humedeciendo mi cara. Bajé la mirada y pude comprobar cómo en mi pies se estaba creando un
pequeño charco. Me agaché, y temeroso, pasé mi dedo índice por el pobre riachuelo que se estaba formando y que con parsimoniosa calma se adentraba por una
primaria alcantarilla. Debo reconocer que no me sorprendió en absoluto comprobar que mi dedo quedó totalmente seco, pues mientras lo sumergía, mi piel se negaba a
percibir aquella húmeda y fría sensación.
Resignado y aún confuso, decidí vagar por las calles de aquel hermoso y encantador barrio. Me detuve para leer el nombre de la calle donde me encontraba. Era la
calle Montcada, tal y como pude comprobar. Era una calle con encanto debido a los numerosos palacios que anidaban en ella, muchos de los cuales databan de la época
medieval. Mucha gente corriendo arriba y abajo portando sus enseres diarios, tanta que me era difícil esquivar.
Desistí. Ya que no sentía sus cuerpos topar con el mío, dejé que pasaran a través de mí a su antojo. Pensé que pronto despertaría de aquella ilógica pesadilla, porque
eso debía ser, una maldita pesadilla. Era la única respuesta sensata.
La lluvia no tardó en cesar. Si pudiese haber sentido algo, sería sin duda agotamiento y un intenso dolor de pies, pues me había recorrido aquellas calles sin parar
desde el alba. Ahora, las grisáceas y espesas nubes dieron paso a un espectacular manto de estrellas, donde la magnánima luna regía plácidamente con una grata sonrisa.
Las farolas alumbraban las calles tiñéndolas de tonos cálidos y un gran y luminoso cartel indicaba una angosta taberna. A través de la entornada portezuela se colaban
las risas de los clientes y una suave y sensual música procedía del interior. Llegué a la conclusión de que no me vendría mal algo de diversión, de modo que decidí entrar.
Dos señoritas, exquisitamente vestidas para la ocasión y con una sonrisa grabada a fuego en sus rostros, salieron agarradas del brazo mientras yo entraba. No me
disgustó tanto que cuando me traspasó el obeso barbero, cierto, pero seguía siendo una sensación horrible. Aquellas jóvenes damas dejaron un intenso olor a vino y
tabaco. Me relamí los labios. Hubiera matado por un pitillo. ¿Acaso fumaba cuando estaba vivo?
Con decisión, me adentré en aquel lugar de perdición. Un pequeño y discreto escenario mostraba a la culpable de aquel embriagador sonido, una hermosa y cándida
voz provenía de su garganta, entonando The Yankee Doodle Boy con una grácil música de fondo. La voz de aquella mujer era novedosa, como si estuviese fracturada,
aunque melódica. Su aspecto rozaba el descaro, pero inevitablemente no podía despegar mis ojos de ella. Lucía un maravilloso y ceñido vestido blanco, creí percibir que
era de gasa, enmarcando perfectamente su torneada silueta. Era increíble. Sus brazos acariciaban el aire con sutiles gestos, como si de una invitación a la lascivia se
tratara. Debí quedarme embelesado durante varios minutos con aquellos armoniosos movimientos, ya que cuando quise darme cuenta, estaba cantando Sammy, una
preciosa y pegadiza canción del musical Mago de Oz.
Aquella muchacha, que no debía llegar siquiera a la veintena, deslumbraba con cada uno de sus sensuales gestos y pícaras muecas. Era la criatura más hermosa de
cuantas había visto. Dorado cabello recogido a la altura de la nuca y unos vivarachos ojos verdes eran tan solo el tentempié antes de poder posar la mirada sobre sus
labios escarlata, que al sonreír, mostraban unas perfectas perlas blancas dignas de ser exhibidas como piezas de arte.
Cuando acabó su actuación, el público boquiabierto aplaudió con esmero. Yo, el primero. Había estado magnífica.
Saludó tímidamente con la mano e hizo una disimulada reverencia. Cuando se incorporó, un mechón de su ondulado cabello se soltó, cubriéndole parcialmente la cara.
Sin duda, era un ángel.
Un grito procedente de la barra desvió mi atención. Se trataba de una pelea de borrachos. Un hombre de prominente estómago había golpeado a otro, aún más grueso
si cabía, con un botellín de cerveza en la cara, abriéndole de inmediato la ceja derecha. De la herida comenzó a brotar sangre como si de una cascada se tratase, pero la
pelea no cesó. Contemplé como ambos se golpeaban una y otra vez. Uno de ellos, el de la ceja abierta, agarró uno de los pesados y altos taburetes de la barra y se lo
estampó en el pecho al otro, que soltó un profundo gruñido que se asemejaba más al de una bestia que al de un hombre.
Se propinaron mutuamente tal paliza que cuando llegué a veinte, desistí de contar más reveses. Estaban totalmente encolerizados.
El enjuto camarero pedía ayuda a sus fieles clientes, los cuales intentaban separar a los ebrios luchadores. Tras unos amargos minutos, fueron echados del local por
dos hombres jóvenes, demasiado altos y robustos como para que los escandalosos borrachines pusieran impedimento alguno. Rápidamente, cuatro damas se levantaron
de sus sillas para ir a recibir, con elogios y halagos de todo tipo, a los vigorosos muchachos que habían traído de vuelta la paz al lugar.
De pronto volví a pensar en ella. Miré hacia el escenario, pero fue demasiado tarde. Ya no estaba. Me dirigí a la barra. El camarero recogía con ininteligibles
murmullos y rostro desganado los pedazos de cristal que habían caído al suelo al estallar la botella. Lanzó un pequeño gemido cuando se cortó el dedo índice con uno de
esos trocitos traicioneros antes de introducírselo en la boca para mitigar el dolor.
-Una cerveza de barril, por favor –le dije al camarero.
El hombre estaba demasiado atareado arreglando los desperfectos que había ocasionado la pelea.
-Caballero, una cerveza, por favor –insistí. De pronto recordé que, como tantos otros durante aquel día, él tampoco podría escucharme-. ¡Maldición! –proferí
enfadado.
Salí de inmediato del local y estuve dando tumbos bajo el cielo estrellado del barrio del Borne. Hermoso barrio, sin duda. La magnífica arquitectura del lugar palió mi
ya habitual estado de nerviosismo e irritación. Admiraba las torres medievales que se alzaban soberbias sobre los suelos de piedra. Imaginé que, al no recordar nada,
cabía la remota posibilidad de que yo viviera en una de esas preciosas y antiguas edificaciones. Deseché de inmediato la idea mientras continuaba el grato paseo.
Decidí sentarme en la escalinata de la basílica de Santa María del Mar, que se elevaba sublime detrás de mí, con sus dos torres octogonales a cada lado del enorme y
lujoso rosetón. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Qué era de mi vida? ¿Y quién era yo cuando tenía una vida? Demasiadas preguntas. Ninguna respuesta. Es más, ¿a quién
iba a preguntárselo si nadie parecía verme ni oírme? ¿Tendría que estar vagando por las calles mucho más tiempo?
Era horrible aquella sensación de incertidumbre. Lo cierto es que no sentía nada más que eso: incertidumbre. No sentía hambre ni sed, de hecho ya no me resultaba
familiar esa necesidad. Así que era eso. No estaba soñando. No era una de esas pesadillas que parecen reales y que la impresión se prolonga incluso minutos después de
levantarse de la cama. Era real. Yo estaba muerto. Y no había marcha atrás. Podía patalear, gritar, mascullar, de hecho lo hice, pero el resultado fue el mismo que si me lo
hubiese ahorrado. Nulo.
Divisé una colilla frente a mí. Por alguna extraña razón, deseé encenderla

Título: Errantes
Autores: Lianne Kross
Formatos: PDF
Orden de autor: Kross, Lianne
Orden de título: Errantes
Fecha: 28 ago 2016
uuid: 34b2a05c-e57f-425d-9ae2-0981b1846c51
id: 193
Modificado: 28 ago 2016
Tamaño: 0.61MB

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