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Libro PDF Es suficiente Daira Pérez Mercado

Es suficiente Daira Pérez Mercado

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Corro y corro detrás de los pequeños helicópteros
de diente de león que acabo de soplar, el viento
hace su cometido dispersándolos por los aires,
asombrada veo como se alejan, estiro mi pequeña
mano deseando que se posen sobre ella, pero
comienzan a caer uno a uno, en un arrebato me
lanzo a tierra boca arriba y comienzo a soplar de
nuevo para evitar que dejen su camino. Escucho la
voz de papá llamándome, -¡No te ensucies!, grita
mamá a su lado. De un brinco me pongo de pie,
sacudo la arena pegada en mi vestido rojo nuevo,
veo a mami acercarse y limpio mi cabello. Noto en
mi mano un pequeño diente de león aplastado,
respiro hondo y cierro el puño metiendo mi mano
en el bolsillo para guardarlo.
-¡Hora del picnic Caro!, papá tiene todo listo grita
mami a corta distancia
Acelero el paso en su búsqueda, la mesa está
puesta, papá tiene en brazos a Jonathan, mi
hermanito de un año. Oye mi voz y quiere bajarse,
me escondo detrás de él, voltea una y otra vez, su
risa escandalosa consigue que las personas de
alrededor noten nuestra presencia.
Tengo siete años, estoy con mis padres Ismael y
Edith en una salida de campo. La suave brisa
alborota mis cabellos y unos dientes león se
desprenden de él, emocionada los sigo con la
mirada, de repente quedan congelados en el aire,
todo se detiene y un silencio aterrador se apodera
del lugar. Vuelvo a mis padres y ellos se alejan de
mí, desesperada miro a los lados en busca de
ayuda, agito los brazos, pero nadie me escucha, ni
siquiera parecen verme, la voz se ahoga dentro de
mí.
Cada vez los veo más lejos, me apresuro a
alcanzarlos, no son ellos lo que se apartan, soy yo,
corro hacía atrás en vez de seguir adelante. Grito y
grito, pero no vienen a buscarme, comienzo a girar
y girar sin que pueda controlarme, una fuerza me
tiene a su merced, caigo al suelo de rodillas, el
aire me falta y mi cabeza esta confusa. Intento
ponerme de pie y mis manos tocan algo que no me
deja levantar, alzo los ojos y no distingo donde
estoy, a lo lejos veo un gran valle verde, muy
hermoso, pero solitario.
Con temor me enderezo y mi espalda pega con la
parte superior de algo invisible y resistente.
Golpeo sin cesar buscando una abertura. Tengo
miedo, apenas puedo respirar con normalidad,
vuelvo a sentarme llevando mis manos a las
rodillas, las junto al pecho, cierro los ojos y
cuento hasta diez, veinte, treinta y no pasa nada,
sigo ahí. No es un sueño, está pasando. Un grito
ensordecedor sale de mi garganta, -¡sáquenme de
aquí!, ¡sáquenme de aquí!, vuelvo a mirar y nadie
viene.
No se escucha lo que sucede afuera, el llanto
ahoga mi voz y la mucosidad no me deja respirar,
levanto una parte de mi vestido y me sueno la
nariz, la baba transparente queda pegada a él, lo
froto para que no se vea y logro que se extienda en
gran parte de la tela apareciendo una gran esfera
húmeda. Mi cabeza se golpea, la parte baja del
vestido me tapa el rostro, siento que voy cayendo
patas arriba sin posibilidad de detenerme, el
objeto gana velocidad y me aturdo sin saber qué
hacer. La enorme burbuja transparente me tiene
atrapada y no deja de rodar tierra abajo, aprieto
los ojos y los labios, horrorizada protejo mi
cabeza con las manos.
Un gran impacto la hace rebotar, salto agitada y
adolorida, ya no estoy en la burbuja pienso, miro
alrededor y me doy cuenta que estoy en mi
habitación, no tengo siete años, sino treinta y
cinco.
La primera parte del sueño es el recuerdo de lo
que una vez fui, la segunda es otra historia que
comenzó unos años atrás.
Nunca hubiese pensado que mi vida cambiaria
tanto, aún sigo recordando lo que soñaba ser de
grande, me aferro a la almohada y me tapo la
cabeza con la sabana, algo pegajoso toca mis
mejillas, levanto la mirada y veo que el vestido
que usé para sonarme la nariz no era otro que la
sabana azul de mi cama, la marca de la mucosidad
se ilumina con el pequeño rayo de luz que entra
por la ventana, atravesando la cortina rosa que la
adorna.
Compraré persianas siempre digo -Hora de
levantarse pienso, estoy muy cansada y el cuerpo
no da para moverse. Estiro la mano y agarro la
almohada apretándola fuerte sobre mi cara, un
rugido en mi estómago avisa que tengo hambre,
pongo mi mano en el esperando que me deje seguir
durmiendo, acaricio un gran abdomen circular,
desconcertada bajo suavemente la mano, no me
atrevo a ver qué pasa, algo se mueve en su interior,
una patadita hace que reaccione y vuelva a mi
realidad.
CAPITULO 2
Recuerdo como si fuera ayer, el año 2001 comenzó
con las mejores y más grandes expectativas, no era
solamente el comienzo de un año, sino de un siglo,
una nueva era y me sentía renovada. Vengo de una
familia donde día a día veía el gran esfuerzo que
hacían mis padres por sacarnos a mi hermano
menor y a mi adelante. Crecí en un ambiente donde
existía lo básico, nada de lujos, pero a pesar de
todo tuve una infancia feliz. Nací en Barranquilla,
Colombia una ciudad de sangre caliente, donde
comienzas a caminar con el ritmo de la música y el
son de los tambores, donde siempre vez una cara
amable y una sonrisa por doquier.
La situación en el país estaba cada vez peor y
pensé en buscar nuevos rumbos para ayudar a los
míos al tiempo de hacerlo conmigo misma.
Fue entonces cuando comencé esta nueva aventura
y decidí venir a España, escogí Málaga para
instalarme, era lo más parecido a mi ciudad natal y
sería la mejor opción de adaptación al clima. La
costa del sol me atrajo con su indiscutible belleza,
sus playas y su gente representan lo mejor de la
madre patria.
El 1 de julio llegué a este maravilloso país llena
de sueños e ilusiones, la llegada al aeropuerto de
Madrid fue traumática, me perdí en ese gigantesco
laberinto, de pasillos inmensos y señales
incomprensibles. Era la primera vez que salía de
Colombia y no sabía leer las indicaciones para
tomar el vuelo de conexión.
La gente parecía estar ensimismada, cada uno a lo
suyo sin prestar atención a los demás, caminé de
un lado para el otro sin saber a dónde dirigirme,
agotada me senté en una de las muchas sillas en
una sala de espera, hablaba sola buscando razonar
con lo que no podía comprender, fue ahí cuando
una voz desconocida pronunció las palabras
mágicas – Hola, ¿eres Colombiana? – Mis
facciones y mi acento lo decían todo.
Asombrada y nerviosa contesté -Sí, soy de
Barranquilla
-Con voz afable y cariñosa continuo – ¿Es la
primera vez que vienes a España?, – sin dudarlo le
confesé -Si y me siento perdida
–Su rostro emanaba alegría, no sé si por lastima o
si le emocionaba ver a una compatriota.
Alba, una hermosa mujer en sus 40, cabello corto
rojizo, de baja estatura, tez blanca y quien llevaba
años viviendo en Murcia, me abrió su corazón y
hablamos un largo rato, me contó su historia y yo
la mía.
Es de Bogotá, se enamoró locamente de un español
y decidió venirse con él dejando todo atrás. Una
mujer excepcional de carácter fuerte. Me explicó
lo que debía hacer, le falto llevarme de la mano
para embarcar en mi vuelo de conexión, la vi
como ese ángel que Dios envió a guiarme.
Llegué a Málaga y me instale sin problemas, en los
primeros meses gasté mis ahorros en vivienda y
alimentación teniendo en cuenta mi moneda de
origen, la pesadilla de la conversión me perseguía,
todo me parecía costoso, pero era jugarme el todo
por el todo, así que me lancé. ¿Qué podía perder si
algo salía mal?, siempre podría volver a mi país,
con mi familia quienes me recibirían con los
brazos abiertos.
Rememorar la dolorosa despedida en el
aeropuerto me deprimía al principio, añoraba a los
míos, la soledad me mataba poco a poco, sin tener
piedad de mí.
Me encerraba en esa fría habitación que había
alquilado, sus paredes blancas como las de un
manicomio me volvían loca, no podía gritar por la
ventana mi angustia, era tan poco lo que pagaba
que no tenía derecho a una.
Me aferraba a la única foto que traje conmigo, una
tomada en nuestra última navidad, el arbolito
detrás nuestro con sus hermosos adornos rojos y
verdes, las luces y la estrella iluminada en su pico.
La sonrisa desmesurada de los cuatro, mi hermano
casi tirado en el piso haciendo sus locuras, mis
papás de pie bien erguidos, mientras que yo tiraba
de la camisa a Jonathan. Una foto que recordaba
esa navidad que quedaba atrás, para reemplazarla
algunos meses después por las lágrimas de mi
madre cayendo sobre mi hombro, su voz casi
inaudible y desgarradora me hizo temblar, cada
vello de mis brazos se levantó, lo inevitable
sucedió y rompí en llanto, la apreté como si la
vida misma se me fuera.
Busqué a mi padre con la mirada

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