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Libro PDF Esposas perfectas L. Jellyka

Esposas perfectas  L. Jellyka

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La hembra permanecía de pie sobre altísimos tacones de aguja; las manos cruzadas sobre el regazo, las piernas juntas, la espalda recta, firme. Una estatua de carne
prieta, un mueble más adornando la lujosa habitación. Puede que incluso el más caro. Puede. La mirada culta de Sebastián reconoció la firma de Dalí colgando de una
pared. Justo al lado, sobre fondo blanco virginal, intentaba sonreír una puta demasiado joven que un siglo atrás se había abierto de piernas para un pintor de coños.
Sebastián ignoraba el precio de mercado -seguramente inferior al de otros artista de más renombre-, pero sabía que el putero detrás de semejante esperpento estudió
en la Facultad de Bellas Artes de Viena. Había sido admitido tras birlarle la última plaza a un paleto de pueblo, un tal Adolf, que acabó renunciando a su vena artística y
emigrando a Alemania. Ironías de la Historia, cada uno de esos coños como el que ahora adornaba la pared había costado al mundo un millón de almas.
La enorme mesa de caoba africana labrada a mano parecía modesta en aquel despacho. Tras ella, los ojos expertos de Dimitri contemplaban satisfechos la mal
disimulada fascinación que provocaba su despacho en el nuevo visitante. Un asiento hecho a medida soportaba el peso del gigante ruso. Un sencillo anillo de oro
adornaba su mano izquierda, donde humeaba el habano de diez dólares la calada. La otra zarpa del viejo oso estaba oculta a la vista de Sebastián, magreando sin disimulo
el culo firme de su esposa, mientras la buena mujer, de pie a su lado, permanecía quieta, sonriente.
Todo era parte del espectáculo, por supuesto. Seb lo sabía. Expuesta en toda su elegante altura, la imponente hembra madura no era más que un artículo de muestra,
un refuerzo visual para un discurso de vendedor para nada improvisado.
-Amigo mío, camarada -el gigante hablaba despacio, recreándose en su propia voz-, la hembra perfecta no existe. Así que ¿por qué perder el tiempo buscándola?
Silencio estudiado. Deja pasar el tiempo mientras la pregunta cala en la mente de la audiencia. Una vieja técnica pulida tras años de discursos en el Kremlin:
mostrarle a un hombre poderoso un problema que no sabía que tenía antes de ofrecerle una solución que ya habías encontrado.
Pero Sebastián no era un político necio y aguanto el envite. Incluso se permitió una ligera sonrisa de sarcasmo antes de seguir con el juego.
-Supongo que la perfección es cuestión de gustos.
-Así es -confirmó el ruso-. Alta o baja; rubia o morena; blanca, negra, asiática o latina. Cada miembro decide qué es perfecto… y nosotros se lo proporcionamos.
-Por tanto…
-Por tanto, si no encuentras tu hembra ideal, créala. Ese es nuestro regalo. Pondremos a tu disposición el mejor diamante en bruto. Tallarlo depende de ti. Aunque
por lo general son necesarios algunos golpes -lo dice sonriendo, mientras descarga la enorme mano sobre el trasero de su esposa-, más fuertes cuanto más puro es el
material.
Otra pausa para la reflexión. El asunto está expuesto. A través del humo cubano los ojos claros de Dimitri medían el efecto de sus palabras. Durante casi cuatro
décadas había vendido sueños de grandeza a precio de oro. Un puñado de elegidos, unas pocas mentes geniales, habían entrado en su despacho y habían salido con un
nuevo hogar, una nueva mujer y un nuevo amigo. Ninguno había rechazado.
Desde el otro lado de la mesa, su futuro vecino analizaba con ojo clínico la imponente mujer expuesta a su mirada. Bien entrada en la cincuentena, salvo alguna leve
arruga, la dama conservaba un cuerpo digno de ser exhibido. Alta y de piel clara, su rostro responsable evocaba la imagen de una chica inocente, modelo años veinte. El
pecho generoso ponía a prueba los botones de una blusa negra abrochada hasta el cuello. Las nalgas duras y llenas se embutían en una minifalda ejecutiva hasta medio
muslo. La mente de ingeniero de Dimitri no dejaba nada al azar y la falda tenía la medida justa. Una pulgada más de tela y Sebastián no se habría percatado de las marcas
en la piel. Las líneas dispersas en la parte posterior de los muslos insinuaban la existencia de un intrincado dibujo sobre la piel tersa de los glúteos, grabado en días
recientes por el beso de fuego de un látigo de buen peso. El fuerte azote propinado sobre el culo ya castigado de su esposa, la sonrisa inalterable de esta, no era sino una
demostración en vivo del nivel de obediencia alcanzado.
Tras un intenso repaso a la anatomía femenina, los hombres intercambiaron una mirada cómplice. Estaba hecho.
-El secreto de los buenos diamantes, camarada, es que nunca acabas de tallarlos del todo. Siempre necesitan un golpe más.
En un valle perdido entre las montañas suizas, convenientemente ignorado por las autoridades, se encuentra el complejo residencial más exclusivo del mundo.
La comunidad de propietarios no alcanza los cuarenta miembros. Todos hombres. Todos geniales, cada uno en su campo. Médicos, científicos, ingenieros, artistas y
pensadores. Alcanzaron la grandeza por sus propios medios. Todos han contribuido con su genio a hacer del mundo un lugar mejor.
El precio por pertenecer a este selecto grupo: diez millones de marcos. Cinco compran la casa, una espléndida mansión con comodidades que aún no se han
propagado al resto del mundo. A cambio de los otros cinco la Sociedad te entrega una esposa, una hembra joven y virgen con la que puedes hacer lo que quieras, siempre
que la mantengas y le proporciones el mínimo exigible de disciplina y sexo. Cada hombre la educa según su criterio, pero al menos debe estar, como dice el fundador,
bien disciplinada y bien follada, camarada.
La Sociedad como tal no tiene ánimo de lucro. Los beneficios obtenidos vendiendo ladrillo y carne repercuten en el propio complejo: mejorando zonas comunes,
organizando fiestas, espectáculos y viajes, o invirtiendo en los proyectos laborales de los propios socios, lo que suele conllevar aún más beneficio; un monstruo que se
alimenta a sí mismo.
El sueño se creó hace cuatro décadas, cuando el chico prodigio de la electrónica soviética decidió que prefería un comunismo reformado según sus propios instintos.
Otros cuatro visionarios se le unieron para dar el primer paso.
La primera habitante femenina fue Sonya, una joven noruega de veintiuno años, alta y voluptuosa. Primera dama de la Sociedad, desde entonces da la bienvenida a
los nuevos miembros en el despacho de su esposo.
Al igual que todas las que le siguieron, Sonya llegó por voluntad propia. Las candidatas aceptan de antemano un futuro incierto en manos de un hombre que no
conocen. Algunas lo hacen por propia naturaleza. Otras lo hacen con la esperanza de escapar a un presente duro en su lugar de origen, porque no siempre es mejor lo
malo conocido. Todas sin excepción son jóvenes y hermosas.
Sensores colocados en todo el cuerpo comprueban la dilatación de las pupilas, la actividad cerebral, el sudor, el pulso y toda una serie de marcadores corporales del
nuevo socio mientras es sometido a una serie exhaustiva de tests que, con apoyo visual, sonoro y olfativo, determinan el prototipo de hembra que mejor satisface sus
instintos. La búsqueda puede llevar horas o semanas, hasta que un día el socio se encuentra ante las puertas de su nuevo hogar con el complemento ideal para su nueva
vida. Lo que pase a partir de ahí sólo le concierne a él.
El doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad femenina, disfrutaba de la naturaleza en una tumbona de sus recién
estrenados jardines. Hacía tres días que estrechara la zarpa de oso de aquel ruso que acababa de conocer pero aun así era un camarada de toda la vida. Aquel que en ese
mismo momento avanzaba por el jardín directo a su encuentro. Dos metros por detrás, con la mirada baja, le seguía con pasitos cortos una mujer que no era la suya.
Pese a lo avanzado de su edad, el ruso se movía con energía. Con pasos largos y ligeros devoró el jardín en un instante plantándose ante la tumbona de su vecino.
Mirando hacia arriba, Sebastián contempló el rostro sonriente y los ojos claros que le miraban, divertidos, desde lo alto de su colosal estatura.
-Buen día, camarada. ¿Disfrutando del sol?
-Lo haría, pero un ruso enorme acaba de provocar un eclipse.
La risotada del ingeniero ante la respuesta de su joven amigo hizo levantar el vuelo a todas las aves de la zona. Sin esperar invitación, el viejo dejo caer sus ciento
veinte kilos en la tumbona de al lado. Un movimiento de prestidigitador hizo aparecer un par de sus habituales puros y un mechero zippo de oro. La mujer, entre tanto,
permanecía quieta a los pies de las tumbonas, sin levantar la vista en ningún momento.
Seb se entretuvo observándola mientras su vecino se afanaba en calentar los habanos. Resultaba evidente que aquella no era la hembra prometida. Se la intuía
hermosa, aunque no podía verle bien la cara. El cuerpo, desde luego, era apetecible. Pero no era especialmente joven. Aunque bien conservada, el ojo adiestrado del
médico calculó que rondaría la cuarentena. Y desde luego no era virgen. Años de experiencia en el campo de la ginecología le permitía distinguir una virgen con sólo verla
caminar. Una fémina estrenada se movía con una cadencia distinta. Desde que la vio acercándose tuvo claro que aquella dama había recibido con el paso de los años
kilómetros y kilómetros de miembro masculino entre sus piernas.
Dimitri seguía sin decir palabra. Un silencio destinado a hacer crecer el misterio. El ingeniero le pasaba el habano mientras Sebastián inspeccionaba más a fondo el
ejemplar. La piel era clara. La cara estrecha, los pómulos y la nariz revelaban orígenes semitas, probablemente descendiente de judíos alemanes o polacos. Los bucles de
pelo azabache se recogían sobre la nuca en un moño discreto. El cuerpo delgado se ocultaba tras un vestido, negro riguroso, apropiado para reprimir cualquier atisbo de
sensualidad. Bajo la camisa totalmente abotonada se adivinaba un sujetador deportivo que comprimía y ocultaba unos pechos de un tamaño ya de por sí mediano. Sin
embargo, la falda hasta la rodilla no podía disimular unos glúteos firmes y de buen volumen. La cadera se deslizaba desde la estrecha cintura en una curva perfecta,
marcada sin ser excesiva. En contraste con el resto del cuerpo, el corazón invertido del sólido trasero recordaba la grupa de una yegua perfecta para la monta.
-Mi querido camarada -la voz de Dimitri se deslizaba como miel entre volutas de humo-, nuestra pequeña comunidad ha sufrido un leve contratiempo en el que
quizás puedas ayudarnos.
Los ojos de Seb seguían clavados en la mujer, deleitándose en la curva de su culo.
-En cualquier cosa que pueda contribuir…
Lisa.
A tal nombre respondía la dócil dama. En ese preciso instante se encontraba arrodillada en el borde de la tumbona. Inclinada, albergaba en su garganta el nada
despreciable tamaño de la polla de Sebastián. El discreto moño subía y baja en un amplio vaivén. La mujer se lo tragaba entero, los labios apretados sellando la base
mientras clavaba la nariz en el vientre masculino. Se retiraba despacio, apretando la boca sobre la carne dura, succionando siempre, antes de liberar la punta rojiza con un
sonido de descorche. Besaba el orificio de salida y volvía a tragar, y el ciclo comenzaba de nuevo.
Plácidamente echado sobre la tumbona, el médico disfrutaba de la mamada. Aún se preguntaba con asombro como era posible que esa muchacha flaca pudiera
engullir tal cantidad de carne. Los años de práctica eran evidentes. La mujer tragaba su tronco con facilidad, haciéndolo desaparecer por completo, como por arte de
magia, en el interior de una boca que parecía demasiado pequeña para albergarlo. La gruesa punta de lanza de Sebastián penetraba una y otra vez en aquel hueco
chapoteante, pasaba de largo acariciando la campanilla y era acogido sin rechazo.
Para la mujer, el concepto de arcada era un recuerdo remoto, difuminado por el tiempo, perdido en la neblina inocente de su juventud. Su respiración también había
sido reeducada; su necesidad de aire desplazada a un segundo lugar: primero, dar placer a su hombre; el oxígeno ya vendrá después. Ahora, veterana de la felación, sólo
alguna lagrima ocasional, como la que en ese momento recorría su mejilla, dejaba entrever la dificultad de la tarea que realizaba.
Dimitri permanecía en pie detrás de la mujer. Su ojo experto evaluaba la labor bucal entre las volutas de humo de un habano agonizante, mientras daba su aprobación
con un leve asentimiento poco impresionado. Gruesas gotas de sudor perlaban la frente del gigante. Su vigor era notable, pero el trabajo físico deja huella en cualquier
hombre que camina con más de siete décadas a sus espaldas. Previendo el esfuerzo, la americana de excelente calidad del ruso descansaba bien doblada sobre la tumbona.
Los brazos peludos, con las mangas recogidas para refrescarse, se encontraban en aquel momento acariciando piel de primera. El izquierdo palpaba con suavidad las
excelentes nalgas desnudas de Lisa. La zarpa se posaba alternativamente en los dos globos gemelos de carne firme, calibrando la textura y el calor de la piel. El brazo
derecho aun sostenía con firmeza el cinturón de cuero egipcio con el que acababa de templar al rojo la suave y uniforme claridad del sublime trasero.
Por supuesto, la buena mujer no había hecho nada que la hiciera merecedora de la zurra. Desde su llegada había permanecido quieta, sin levantar la vista. Tampoco
había dicho nada inapropiado. Ni nada apropiado, de hecho. Sus labios únicamente se habían separado para dar paso a la verga del médico. No. Los azotes eran sólo una
demostración práctica del nivel de disciplina que debían recibir todas las hembras de la comunidad. El ruso, hombre por lo demás culto, gustaba de los clásicos de la
literatura a la hora de exponer la filosofía de la Sociedad:
-Camarada, ya lo dijo el genial Boccaccio: “De espuelas ha de menester buen o mal caballo, y mujer buena o mala a de menester del palo”. Y no se puede negar que
esos viejos italianos entendían de mujeres.
La zurra había empezado sin ningún tipo de protesta por el lado femenino. Un seco “¡Inclínate!” del anciano y la mujer automáticamente se había doblado sobre sí
misma, las manos apoyadas en las rodillas, la espalda arqueada; las piernas, largas y bien torneadas, se juntaban tensas haciendo equilibrio sobre los altísimos tacones.
Es esta postura, los glúteos tensos y duros alcanzaban su máximo esplendor, descubriendo la realidad de ese magnífico ejemplar femenino.
El ruso se quitaba el cinturón sin prisas, lo doblaba con cuidado justo por el centro y medía la distancia correcta hasta el trasero expuesto ante él para lograr el
mayor efecto con el menor esfuerzo.
-Muchacho, en nuestro pequeño pueblo una buena esposa necesita que le des unos azotes. Una mala, en cambio, necesita muchos.
Dicho esto, llegó el primer golpe. El pesado cuero cayó con firmeza en el centro de ambas nalgas. Un chasquido sonoro contra la fina tela de la falda, que produjo el
mismo efecto que habría obtenido al azotar el trasero blanco y desnudo de una Venus renacentista cincelada en mármol de Carrara. Dimitri no pudo evitar una mueca de
aprobación ante la firmeza de la carne.
-Como puedes ver -dijo, dirigiéndose a Sebastián-, nuestro difunto amigo Hermann ha sabido mantenerla en un estado de forma envidiable.
El segundo golpe llegó de improvisó, concentrando toda su fuerza en la nalga izquierda de la mujer. La sorpresa la hizo pegar un saltito sobre los altos tacones, pero
antes de que volviera a afirmarse el duro cuero dejaba su firma sobre la nalga vecina y apenas un segundo después volvía a cruzar de nuevo ambos glúteos, clavándose en
la tela y doblándose sobre la carne, abrazaba a la hembra de una cadera a la otra.
El viejo oso decidió que ya era suficiente calentamiento. Las enormes zarpas agarraron los bajos de la falda y la subieron de un tirón, enrollándola en la cintura. La
lencería negra apareció ante Sebastián, ajustándose a la curva de la carne como una segunda piel. Las líneas rosadas por el cinturón se apreciaban con claridad sobre la
carne blanca y se difuminaban tras la semitransparencia del fino encaje, que se hundía sin remedio en el profundo surco que separaba aquellas dos masas de densa carne
de mujer.
Seb apenas pudo disfrutar del excelente desfile de lencería, pues el ruso, introduciendo dos dedos bajo el elástico, mandó de un tirón el fino encaje a reunirse con los
zapatos de tacón.
El nuevo golpe, contra la piel desnuda, impactó, bien dirigido, sobre el suave pliegue que unía el excelente trasero con dos muslos no menos notables. La mujer dejó
escapar un leve quejido, un gritito ahogado de la garganta y amortiguado por los labios cerrados.
A partir de ese momento, la lluvia de cuero continuo constante, sin prisa pero sin pausa. El brazo experto de Dimitri combinaba sin un orden aparente un amplio
repertorio de golpes: en una nalga o en la otra, en ambas o en los muslos, fuertes o ligeros, profundos o superficiales… Un par de veces dejó que el cuero se perdiera en
el centro de la cruz, por ese sendero que conduce directamente al altar femenino. Ante estas invasiones la buena mujer no podía evitar un respingo y un nuevo quejido
ahogado, quizás un poco más agudo. Pero invariablemente se recomponía enseguida y volvía de nuevo a afirmarse sobre los altos tacones aguardando con resignación el
siguiente correctivo.
El anciano ya empezaba a exhalar con fuerza cuando decidió parar. La mano enorme se lanzó a explorar la carne recién castigada. Acariciaba la piel con rudeza,
intentando difuminar las bien definidas marcas rojizas como un Leonardo moderno, practicando el esfumatto sobre la cara más apetecible de una más que sensual
Monalisa.
-Muchacho, permíteme decirte algo sobre las mujeres -se dirigía a Seb con el hablar entrecortado, mientras clavaba sus dedos agarrando una generosa porción de
carne enrojecida-. La experiencia me ha demostrado que un trasero recién marcado las vuelve mucho más complacientes.
El ingeniero era hombre de demostraciones prácticas. Por eso ahora el doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad
femenina, disfrutaba tranquilamente de una boquita obediente echado en una tumbona en sus recién estrenados jardines.
-Años…
Dimitri suspiraba mientras lo decía, la voz apagada de un triunfador cuando se da cuenta de que el fracaso es una opción tan real como otra cualquiera. Estaba
tumbado en el jardín de Sebastián, con la joven viuda antes ellos, firme sobre los tacones de aguja y con el trasero aun intacto. Exponía a su joven vecino el problema. La
voz apagada le hacía parecer menos enérgico, más cercano a la edad que realmente tenía. La tristeza volvía momentáneamente más humano al coloso.
-Llevaba años con nosotros -negaba levemente con la cabeza, rechazando una realidad que no podía controlar-; el primer amigo que ha muerto en nuestra comunidad.
Cierto que ya contaba los cincuenta cuando llegó, pero aun así… Siempre pensé que yo sería el primero en marcharme.
Un ¡Ja! apagado y débil surgió de la boca del ruso, tan ambiguo que Seb no supo interpretarlo. Quizás fuera el humor irónico de un viejo que ve como sobrevive a un
amigo más joven. O tal vez la reacción de deportividad del corredor que liderando la carrera ve como lo adelantan en la línea de meta, robándole los honores del triunfo.
Sospechaba que había algo de lo primero, y mucho de lo segundo.
-¿Y ella? -preguntó Sebastián, los ojos clavados aún en la curva de la cadera cubierta por el luto.
-Lizbeth… La esposa de Hermann. Cuarenta y un años y sana. Aún tiene mucho que ofrecer. Queremos que te la quedes.
Las cejas del médico se arquearon por la sorpresa. Su mirada se desprendió de las curvas femeninas para ir a clavarse en el hombre tumbado a su lado.
-¿Creía que ibais a darme una virgen joven?
El ruso recuperó su sonrisa habitual movido por la sorpresa de su vecino. Se tomó su tiempo antes de aclarar la confusión, saboreando su habano mientras dejaba
crecer la incertidumbre en la mente de Sebastián.
-La tendrás, camarada… La tendrás -expulsaba el humo en una larga exhalación mientras señalaba con el mentón a la mujer que permanecía en pie delante de ellos-.
Considérala un extra, un regalo de la comunidad en agradecimiento por el servicio que vas a prestarnos.
-¿Qué servicio?
-Hermann era el único médico de la villa. Durante años ha estado cuidando la salud de nuestra pequeña comunidad. Además, instruyó a Lizbeth para que le ayudara.
-Takasuke también es médico. Leí su libro cuando era estudiante.
-Takasuke es investigador. Una vieja rata de laboratorio. Eres el único médico de verdad que tenemos. Y ahora ella te pertenece.
-¿Así que será mi… enfermera?
-Será lo que quieras que sea -Dimitri suspiró con resignación-. Es la primera viuda de nuestra comunidad. Al perder a su esposo no sabíamos qué hacer con ella,
quién tenía más derecho a quedársela. A ti te puede ser útil como médico; es el criterio más justo que se nos ha ocurrido.
Así que allí estaba el doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad femenina, con su verga larga y gruesa alojada en la
profundidad inacabable de la garganta de aquella desconocida, disfrutando tranquilamente echado en una tumbona de sus recién estrenados jardines.
La hembra era un regalo inesperado de sus nuevos vecinos, una montura ya usada pero que se conservaba briosa. Todo en ella era contraste: madura pero fresca,
delgada con curvas, seria y discreta aunque complaciente. Un ejemplar demasiado bueno para desperdiciarlo, pero un problema a la hora de decidir qué hacer con él.
Ante un problema nunca antes presentado, la Sociedad, todos hombres racionales e inteligentes, había optado por la solución utilitaria: era la esposa de Hermann y
la ayudante del médico. Hermann estaba muerto, pero seguía habiendo médico y seguía necesitando ayudante. Por eso ahora era el doctor Sanz el que bombeaba con su
miembro la húmeda boca de Lisa.
El corpachón de Dimitri ya se perdía más allá de la linde de la mansión. Instantes antes se había despedido de Lisa con dos palmadas potentes sobre los glúteos
enrojecidos, que la mujer había respondido con un quejido, amortiguado por la carne que la atragantaba. Para Sebastián, un consejo:
-Es tuya, camarada. Disfrútala -y añadió, volviéndose cuando ya se iba-: practica con ella antes de que llegue tu esposa.
Y con esto le dejó a solas con su nueva ayudante. Cuando se hubo alejado, Seb apoyó una mano en la mejilla de la mujer, que detuvo de inmediato el movimiento de
succión, esperando obediente que un gesto masculino le indicara lo que debía hacer a continuación. Con una ligera presión bajo la mandíbula la incitó a levantar la mirada
y pudo comprobar por primera vez el color gris claro de los ojos de la viuda, brillantes por la humedad.
-¿Qué voy a hacer contigo?
No obtuvo respuesta ni la esperaba: aquella morena menuda y delgada poco podía decir con su verga incrustada en la tráquea. La contempló unos instantes, antes de
agarrar el discreto moño y reanudar con ritmo acelerado el movimiento de entrada y salida. Tiraba del pelo azabache hasta sacar casi por completo su miembro de la
boca y enseguida presionaba la nuca hasta que notaba la nariz de la mujer clavada en su vientre. La verga describía un movimiento constante en todo su largo recorrido,
chapoteando al adentrarse entre los gruesos labios y retirándose arrastrando largos hilos de saliva. Una lágrima recorría la mejilla de la mujer, un reflejo de respuesta
provocado por el brusco cambio de ritmo.
Cuando sintió los primeros espasmos del final Seb apretó con ambas manos la nuca de la mujer, estampando la frágil cabeza contra su entrepierna. La descarga fue
brutal: una sucesión interminable de abundantes y pegajosos disparos que se perdieron directamente en el esófago de la hembra. Cuando la descarga empezaba a perder
fuerza, se inclinó hacia adelante en la tumbona y descargo con mano firme tres fuertes azotes en la grupa levantada de su yegua. Esta empezó a succionar con más
ímpetu buscando extraer la mayor cantidad posible del alimento con que la premiaba su nuevo dueño.
Se desplomó en la tumbona, agotado, mientras la boca complaciente de Lisa daba una última pasada. Los labios sellados sobre el miembro de Sebastián aprovecharon
lo que quedaba de firmeza en la carne masculina, recorriendo toda su extensión desde la base hasta la punta, arrastrado consigo cualquier resto que pudiera quedar sobre
la piel de su hombre. La verga del médico abandonó finalmente la boca de su ayudante, húmeda y limpia.
La hembra levantó la cabeza mirando a Sebastián en busca de aprobación. Un resto de semen se había derramado de su boca y ahora asomaba por la comisura de los
gruesos labios.

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