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Libro PDF Estación de penurias Glen Cook

Estación de penurias Glen Cook

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Un viento incesante azota la llanura. Susurra sobre el empedrado gris que va de
horizonte a horizonte. Canturrea alrededor de dispersos pilares negros, como un
coro de fantasmas. Mueve las hojas y esparce un polvo traído desde lejos. Acaricia
el cabello de un cadáver que ha yacido imperturbable durante una generación,
momificándose. Juguetón, el vendaval introduce una hoja en la boca del cadáver,
abierta en un grito silencioso, y vuelve a sacarla. El viento trae el aliento del
invierno.
El rayo salta de pilar en pilar como un niño que juega a la rayuela. Por un
momento hay color en la llanura espectral.
Los pilares podrían confundirse con reliquias de una ciudad caída. No lo son.
Son demasiado pocos y están colocados demasiado al azar. Y nunca se ha caído
ninguno, aunque los dientes del voraz viento han roído profundamente muchos.
1
… fragmentos…
… nada más que fragmentos ennegrecidos que se desmenuzan entre mis dedos.
Chamuscadas esquinas de páginas que revelan media docena de palabras en una escritura
abigarrada, de contenido ilegible.
Todo lo que quedaba de dos volúmenes de los Anales. Mil horas de trabajo. Cuatro
años de historia. Desaparecidos para siempre.
¿O no?
No quiero volver. No quiero revivir el horror. No quiero reclamar el dolor. Ahora
mismo, aquí ya hay un dolor demasiado intenso para soportarlo. Y de todos modos no hay
forma de abarcar la totalidad de un espanto así. La mente y el corazón, que ya han logrado
cruzar hasta la otra orilla, se niegan a asumir la enormidad del viaje.
Y no hay tiempo. Estamos en guerra.
Siempre estamos en guerra.
El tío Doj quiere algo. Mejor que pare. Las lágrimas hacen que se corra la tinta.
Me va a hacer beber algún extraño filtro.
Fragmentos…
… por todas partes, fragmentos de mi trabajo, de mi vida, de mi amor y de mi dolor,
esparcidos en esta estación de penurias…
Y en la oscuridad, esquirlas del tiempo.
2
¡Eh, ahí! Bienvenido a la ciudad de los muertos. No te importe que esos tipos te miren
fijamente. Los fantasmas no suelen ver muchos extranjeros…, al menos muchos
extranjeros de disposición amistosa. Tienes razón. Sí que parecen hambrientos. Suele pasar
durante esto de los asedios.
Trata de no parecer un asado de cordero.
¿Crees que es una broma? Mantente alejado de los nar.
Bienvenido a Dejagore, nombre que los taglianos dan a esta trampa mortal. Los
morenitos sureños a quienes se la arrancó la Compañía Negra la llaman Borrascosa. La
gente que vive aquí siempre la había llamado Jaicur… incluso cuando eso era delito. Y
quién sabe cómo la llaman los nyueng bao. ¿Y a quién le importa, eh? De todas formas ni
hablan ni son parte de la ecuación.
Ese es uno de ellos. Ese golfillo de allí, escuchimizado y de rostro cadavérico. Todos los
de por aquí son de alguna tonalidad del marrón, pero la suya es diferente. Tiene cierto
tinte grisáceo. Casi mortecino. Es imposible confundir a un nyueng bao con cualquier otra
cosa. Sus ojos son como un carbón pulido que ningún fuego podrá calentar nunca.
¿Ese ruido?
Parecen Mogaba, los nar y la primera legión cazando sureños de nuevo. Casi todas las
noches se cuela alguno. Son como los ratones de campo. Es imposible librarse de ellos.
El otro día encontraron unos que llevaban ocultos desde que la Compañía se apoderó
de la ciudad.
¿Qué tal el olor de ahí afuera? Era peor antes de que los sureños empezaran a enterrar
los cuerpos. Quizá las palas eran una maquinaria demasiado complicada para ellos.
Los terraplenes alargados que salen de la ciudad a modo de radios tienen cadáveres
apilados dentro a modo de armazón. A veces no prensan la tierra bien y los gases de la
putrefacción hacen explotar los montones. En esos momentos es cuando deseas que el
viento sople en otra dirección.
Ya ves lo optimistas que son, todas las zanjas que están excavando para llenarlas. Gran
parte de la tierra se usa en las rampas.
Los elefantes son lo peor. Tardan una eternidad en pudrirse por completo. Una vez
intentaron quemarlos, pero solo lograron enfurecer a los buitres. Así que, donde pudieron,
arrastraron los cuerpos y los incorporaron a las rampas.
¿Quién? ¿El tipo bajito y feo con el sombrero aún más feo? Ese es Un Ojo. Tienen que
haberte advertido acerca de él.
¿Que a qué viene lo de Un Ojo? Por lo del parche. Ocurrente, ¿no?
El otro retaco es Goblin. También deberían haberte advertido acerca de él. ¿No? Bueno,
mantente alejado de ellos. Mejor todo el tiempo, pero especialmente si están discutiendo, y
muy particularmente si han estado bebiendo. Como magos no es que muevan montañas,
pero son más de lo que tú puedes manejar.
Por patéticos que sean, son la principal razón de que los sureños se mantengan ahí
fuera en el campo, pasándolas canutas, y dejen los opulentos lujos de la ciudad a las tropas
taglianas y a la Compañía Negra.
No. Ahora presta atención. Goblin es el blanco. Vale, tienes razón, ya se está retrasando
su baño anual. Goblin es el que parece un sapo, Un Ojo es el del sombrero y el parche.
Los chavales de los tabardos que en tiempos fueron blancos son soldados taglianos.
Hoy en día, todos y cada uno de ellos se preguntan a diario qué estupidez los llevó a
enrolarse en las legiones.
La gente que lleva las sábanas de colores y las expresiones infelices son los lugareños.
Los jaicuri.
Imagínate. Cuando la Compañía y las legiones vinieron desde el norte y sorprendieron
a Sombra de Tormenta, recibieron a los recién llegados como a liberadores. Sembraron las
calles de pétalos de rosa y de sus hijas favoritas.
Ahora, el único motivo para que no apuñalen a sus liberadores polla espalda es que la
alternativa es mucho peor. Ahora están lo bastante vivos para pasar hambre y sufrir
abusos.
Conjura Sombras no es famoso por su dulzura y por besar niños.
¿Los niños que hay por todas partes? ¿Esos golfillos casi felices y regordetes? Nyueng
bao. Todos nyueng bao.
Los jaicuri casi dejaron de hacer niños con la llegada de los Maestros de las Sombras.
La mayoría de los pocos que nacieron no logró sobrevivir a las penalidades desde entonces.
Al puñado que sigue respirando lo tienen protegido con más ferocidad que cualquier
tesoro. No verás a ninguno correr desnudo por las calles, chillando e ignorando por
completo a los extraños.
¿Quiénes son los nyueng bao? ¿Nunca has oído hablar de ellos?
Esa es una buena pregunta. Y difícil de responder.
Los nyueng bao no hablan con los que no son de su pueblo, salvo mediante su
portavoz, pero se dice que son peregrinos que venían de vuelta de un hadj que han de hacer
obligatoriamente una vez cada generación, y que se vieron atrapados por las
circunstancias. Los soldados taglianos dicen que proceden de unas vastas marismas en el
delta de un río al oeste de Taglios. Son una minoría minúscula y primitiva aborrecida por
las religiones mayoritarias: gunni, vehdna y shadar.
El pueblo nyueng bao hace la peregrinación al completo. Y al completo se vieron
atrapados en esta mierda de aquí, en Dejagore.
Tienen que mejorar su sentido de la oportunidad. O deberían trabajar su habilidad
para aplacar a sus dioses.
La Compañía Negra hizo un trato con los nyueng bao. Goblin y su portavoz charlaron
durante media hora y llegaron a un acuerdo. Los nyueng bao ignorarían a la Compañía
Negra y a los taglianos que están bajo la responsabilidad de la Compañía, y a su vez los
nyueng bao serían ignorados.
Funciona. Casi todo el tiempo.
Sus hombres son de esa clase a la que no quieres enfadar. No le aguantan mierda a
nadie.
Nunca empiezan nada…, excepto, según los taglianos, cuando se ponen demasiado
testarudos para hacer lo que se les dice.
Parecen que razonan igual que Un Ojo.
Patea a esos cuervos. ¡Se están volviendo cada vez más atrevidos! Se creen que son los
dueños de esto… ¡Hey! Tienes uno. ¡Agárralo! No son buena comida, pero son mejor que
nada. Mierda. Se escapó. Demonios, suele pasar. Vamos a la ciudadela. La situación se ve
mejor desde allí.
3
¿Esos tipos? Son de la Compañía. Nunca lo habrías dicho, ¿no? ¿Los blancos de ahí abajo?
El del pelo revuelto es Cangilón. Ha resultado ser un sargento bastante bueno. Está lo
bastante loco. Con él están Otto y Lamprea. Llevan por aquí más tiempo que cualquiera,
salvo Goblin y Un Ojo. Esos dos han sido de la vieja guardia durante generaciones. Un Ojo
tiene que estar ya por los doscientos.
Ese grupo también es de la Compañía. Escaqueándose del trabajo. El vejestorio es
Resuello. No sirve para mucho. Nadie sabe cómo logró salir de la bronca gorda. Dicen que
abrió cabezas como el que más.
Los otros dos negros son el Grotesco y el Fenómeno. No sé por qué. No tienen nada
raro. Parecen un par de estatuas de ébano pulido, ¿no?
¿Crees que esos nombres salen de un sombrero? Hay que ganárselos con esfuerzo. De
hecho, normalmente sí que salen del sombrero de Un Ojo. Sí, probablemente tengan
nombres reales. Pero llevan tanto tiempo llamándolos por el mote que incluso a ellos les
cuesta recordarlos.
Goblin y Un Ojo son los principales que no tienes que olvidar. Y recuerda no dejarlos
nunca a tu espalda. No se les da bien enfrentarse a la tentación.
Esta es la Calle que brilla como las gotas del rocío. Nadie sabe porqué se llama así.
Llena la boca, ¿eh? Tienes que oírlo en jaicuri. Te desencaja las mandíbulas. Esta es la ruta
que siguió la Compañía para ir a apoderarse de la torre. Quizá le cambien el nombre por
Calle del río de sangre.
Sí, la Compañía cargó por aquí en plena noche, matando todo lo que se movía, y llegó
allí antes de que nadie supiera lo que estaba pasando. Subieron en tromba por la torre con
la ayuda de Cambiaformas, y le dejaron ayudarles a liquidar a Sombra de Tormenta antes
de eliminarlo a él.
Era una vieja deuda de la Compañía. Se la tenían jurada a Cambiaformas de otra
generación, cuando Formas, al ayudar a Atrapa Almas a quebrar la resistencia de una
ciudad, asesinó a Tam-Tam, el hermano de Un Ojo, mientras la Compañía estaba al
servicio del síndico de Berilo. Matasanos, Un Ojo y Goblin, Otto y Lamprea son los únicos
que quedan de aquellos tiempos. Joder, Matasanos ya no está. ¿No? El tontaina enamorado
de la historia está enterrado en uno de esos montones, fertilizando la llanura. Ahora el
Viejo es Mogaba. Más o menos, en su cabeza.
Los que la forman van y vienen, pero la Compañía permanece. Cada hermano, grande
o pequeño, es un aperitivo que las fauces del tiempo aún no han devorado.
Aquellos monstruos de hombretones negros que vigilan las puertas son nar. Son
descendientes de la Compañía Negra de hace siglos. Bestias imponentes, ¿no? Mogaba y un
rebaño de sus colegas se unieron a la misión de la Compañía en Gea-Xle. A la vieja guardia
no le caen bien.
Si los reúnes a todos y los exprimes, no sacarías ni dos onzas de sentido del humor.
Antes había más que ahora, pero es que siguen haciéndose matar. Están locos de atar
todos ellos. Para ellos la Compañía es una religión. Solo que su Compañía no es la
Compañía Negra de la vieja guardia.
Y eso se hace más evidente a cada hora que pasa.
Todos los nar miden más de metro ochenta. Todos los nar corren como el viento y
saltan como gacelas. Mogaba seleccionó exclusivamente a los más atléticos y aguerridos
para unirse a la búsqueda de Khatovar. Todos los nar son rápidos como felinos y fuertes
como gorilas. Todos los nar usan las armas como si hubieran nacido con ellas en las
manos.
¿El resto? ¿Los que se llaman a sí mismos la vieja guardia? Sí, es cierto. La Compañía es
más que un trabajo. Si solo fuera un trabajo, solo alquilar las espadas al mejor postor, la
Compañía Negra no estaría en esta parte del mundo. En el norte había trabajo de sobra. Al
mundo nunca le faltan potentados con ganas de avasallar a sus súbditos o sus vecinos.
La Compañía es una familia para sus miembros. La Compañía es el hogar. La
Compañía es una nación de marginados, solitaria y desafiante ante el mundo.
Ahora la Compañía intenta completar su ciclo vital. Está buscando su lugar de
nacimiento, la legendaria Khatovar. Pero todo el mundo parece decidido a que Khatovar
sea inaccesible, una virgen oculta para siempre tras un velo de sombras.
La Compañía es el hogar, cierto, pero Matasanos era el único que se ponía melancólico
con esa maldita visión de las cosas. Para él la Compañía Negra era un culto mistérico…
aunque nunca llegó tan lejos como Mogaba y lo convirtió en una vocación religiosa.
Cuidado donde pisas. Todavía no han limpiado el desastre del último ataque, por si
no te habías dado cuenta con el olor. Los jaicuri ya no ayudan demasiado. Quizá sea falta
de orgullo cívico.
¿Los nyueng bao? Se limitan a estar ahí. Se quitan de en medio. Tienen esta idea de que
pueden mantenerse neutrales. Ya aprenderán. Conjura Sombras les va a enseñar. En este
mundo nadie se mantiene neutral. Lo mejor que puedes hacer es escoger el bando.
¿Que estás un poco desentrenado? No pasa nada. Unas pocas semanas corriendo arriba
y abajo, repeliendo los ataques de tanteo de Conjura Sombras y saliendo en alguna de las
incursiones preventivas de Mogaba y estarás tan listo como el filo de una espada nyueng
bao.
¿Es que pensabas que los asedios consistían en sentarse por ahí a relajarse y esperar a
que el contrario se aburriera?
Amigo, resulta que el contrario es un lunático de los que echan espumarajos por la
boca.Y no es solo que esté loco. Es un hechicero. Uno de los poderosos, aunque aquí todavía
no ha demostrado mucho. Antes de que el Viejo se hiciera matar en la bronca que nos dejó
a todos atrapados aquí, hirió malamente a Conjura Sombras. Desde entonces el viejo
diablo no ha sido el mismo. Pobrecito mío.
Aquí estamos, la cima de la torre. Y ahí está el puñetero burgo, dispuesto como en uno
de esos mapas tridimensionales que tanto le gustaban a la Dama.
Vaya, sí. Esos rumores también han llegado aquí. Empezaron con algunos prisioneros
sureños. Quizá esa del norte era Kina. O algo. Pero no podía haber sido la Dama. Murió
justo allí. Cincuenta tipos la vieron caer. La mitad murió tratando de rescatarla.
¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo que no estás seguro? ¿Cuántos testigos oculares hacen
falta? Está muerta. El Viejo está muerto. Todos los que no lograron entrar antes de que
Mogaba cerrara las puertas están muertos.
Toda la peña está muerta. Todos menos los que quedamos aquí. Y nosotros estamos
atrapados entre lunáticos. No se sabe quién está más loco, si Mogaba o Conjura Sombras.
¿Lo ves todo? Eso es lo que hay. Dejagore resistiendo el asedio de los Maestros de las
Sombras. No es demasiado impresionante, ¿no? Pero cada una de esas zonas quemadas
recuerda una feroz negociación cuerpo a cuerpo, casa por casa, con los sureños.
En Dejagore los incendios empiezan con facilidad.
Se supone que en el infierno hace calor, ¿no?
4
… quién soy, en la improbable y remota probabilidad de que mis escritos sobrevivan. Me
llamo Murgen, portaestandarte de la Compañía Negra, aunque cargo con la vergüenza de
haber perdido el estandarte en combate. Me encargo de los Anales extraoficiales porque
Matasanos está muerto, Un Ojo no quiere y pocos más saben leer o escribir. Yo soy el
heredero preparado por Matasanos. Lo haré aunque no tenga permiso oficial.
Seré tu guía durante algunos meses, o semanas, o días, lo que tarden los sureños en
llevar la presente situación a su inevitable final.
Ninguno de los que estamos dentro de las murallas va a salir de esta. Hay demasiados
de ellos y demasiado pocos de nosotros. Nuestra única ventaja es que nuestro comandante
está tan loco como el suyo. Eso nos hace impredecibles. Pero no es que proporcione mucha
esperanza.
Mogaba no se rendirá mientras sea capaz de apoyarse con una mano y tirar piedras
con la otra.
Supongo que mis escritos se los llevará un viento negro y nunca los tocará ojo alguno.
O puede que se conviertan en la yesca que Conjura Sombras utilice para prender la pira del
último hombre al que asesine tras tomar Dejagore.
Por si alguien encuentra esto, hermano, comenzamos. Este es el Libro de Murgen,
último de los Anales de la Compañía Negra.
El largo relato se desarrolla.
• • • • •
Moriré perdido y asustado en un mundo tan extraño que de él no puedo comprender ni
una décima parte concentrándome con toda mi alma. Es tan viejo…
El tiempo tiene su peso aquí. Tradiciones milenarias sustentan unas estupideces
increíbles, perfectamente asumidas. Decenas de razas, culturas y religiones coexisten en
una mezcolanza que debería ser volátil, pero que ha persistido tanto tiempo que los
conflictos no son más que temblores reflejos en un cuerpo anciano demasiado cansado
para seguir preocupándose.
Taglios no es más que un principado grande. Hay decenas más, la mayor parte ahora
en las Tierras de las Sombras, todos muy parecidos.
Las principales etnias son los gunni, los shadar y los vehdna, nombres que definen
religión, raza y cultura, todo a la vez. Los gunni son los más numerosos y extendidos. Los
templos gunni, dedicados a un panteón pasmosamente extenso, son tan numerosos que
siempre hay uno a la vista.
Físicamente son pequeños y de tez oscura, aunque no negroides como los nar. Los
hombres gunni visten túnicas parecidas a togas siempre que el tiempo lo permite. La
brillante mezcla de colores describe la casta, culto y oficio de pertenencia. Las mujeres
también se visten de colores brillantes, pero envueltas por varias capas de ropa. Llevan las
caras cubiertas por velos si están solteras, aunque se casan jóvenes. Llevan la dote en forma
de joyas. Antes de salir se pintan la frente con los símbolos de casta, culto y oficio de sus
maridos y padres. Nunca llegaré a descifrar esos jeroglíficos.
Los shadar son de piel más clara, como blancos norteños bronceados. Son altos,
normalmente más de un metro ochenta. Ni se afeitan ni se peinan la barba, a diferencia de
los gunni. Algunas sectas nunca se cortan el pelo. No tienen el baño prohibido, pero es un
vicio que practican con escasa frecuencia. Los shadar visten de gris y llevan turbantes para
definir su posición social. Comen carne. Los gunni no. Nunca he visto ninguna mujer
shadar. Quizá los niños se los traiga la cigüeña.
Los vehdna son el grupo étnico tagliano menos numeroso. Son de piel más clara, como
los shadar, pero de menor estatura, constitución más delgada y rasgos fieros. No
comparten los valores austeros de los shadar. Su religión lo prohíbe casi todo,
prohibiciones que suelen honrar incumpliéndolas a menudo. Les gusta algo de color en la
ropa, aunque no tanto brillo como a los gunni. Llevan pantalones y zapatos de verdad.
Incluso los más pobres se tapan el cuerpo y llevan algo en la cabeza. Los gunni de casta
baja solo llevan taparrabos. Las mujeres casadas vehdna solo visten de negro. Solo se les
pueden ver los ojos. A las mujeres vehdna solteras no se las puede ver.
Solamente los vehdna creen en otra vida. Y solo para los hombres, excepto unas pocas
santas guerreras e hijas de profetas, que tuvieron bastantes pelotas como para ser
consideradas hombres honorarios.
Los nyueng bao, que no se suelen dejar ver, llevan caftanes amplios y ligeros
pantalones bombachos, normalmente negros. Hombres y mujeres. Los niños van
desnudos.
Todas las ciudades de por aquí son un caos glorioso.
Siempre es día de festividad religiosa para alguien.
5
Desde la torre de la ciudadela resulta evidente que Dejagore es todo un invento. Por
supuesto, la mayoría de las ciudades amuralladas están diseñadas teniendo en cuenta la
probabilidad de que, parte del tiempo, los estados colindantes estén gobernados por
matones. Por supuesto, los gobernantes de tu ciudad nunca serán peores que tiranos
benévolos, y su única ambición será acrecentar la gloria de la ciudad.
Hasta la aparición de los Maestros de las Sombras hace poco menos de una generación,
la guerra era un concepto ajeno a esta parte del mundo. Por aquí no se habían visto
ejércitos ni soldados en los siglos transcurridos desde la partida de la Compañía Negra.
Y a este improbable paraíso llegaron los Maestros de las Sombras, señores de la
oscuridad venidos de los confines de la tierra que trajeron consigo todos los lobos de la
vieja pesadilla. Pronto hubo ejércitos ineptos acá y allá. Acecharon reinos desprevenidos
como crueles leviatanes que ni siquiera los dioses pudieron contener. La marea oscura se
extendió. Las ciudades se derrumbaron. Los Maestros de las Sombras decidieron
reconstruir unas pocas afortunadas. A la gente de las recién formadas Tierras de las
Sombras se les dio a elegir: obediencia o muerte.
Jaicur renació como Borrascosa, sede de la Maestra de las Sombras Sombra de
Tormenta, la que podía hacer bramar al viento y el trueno en la oscuridad. La que había
llevado el nombre de Tormentosa en otra época y lugar.
Primero Sombra de Tormenta levantó una mota de trece metros de altura sobre las
ruinas de la capturada Jaicur, en el centro de una llanura que había hecho aplanar por
completo a sus esclavos y prisioneros de guerra. La tierra para la mota provino del anillo
de colinas que rodeaba la llanura por completo. Una vez estuvo completa y sus laderas
estuvieron revestidas con varias capas de piedra importada, Sombra de Tormenta
construyó su nueva ciudad sobre ella. Y la rodeó con murallas también de trece metros de
alto. Y no olvidó las últimas teorías sobre torres albarranas para el fuego de cobertura y el
papel de las barbacanas en la protección de los accesos elevados.
Todos los Maestros de las Sombras parecían poseídos por una necesidad paranoica de
buscar la seguridad en sus hogares.
Pero en ningún momento sus planes tuvieron en cuenta la posibilidad de tener que
resistir la brutal ofensiva de la Compañía Negra.
Desearía que fuéramos la mitad de malos de lo que parece por como hablo.
Dejagore tiene cuatro puertas. Cada una de ellas se encuentra en uno de los cuatro
puntos de la rosa de los vientos. Cada una de ellas está al final de una calzada
pavimentada que viene directamente de las colinas. Solo la carretera del sur registra algún
tráfico en estos días.
Mogaba ha sellado tres de las puertas y solo ha dejado poternas que sus nar mantienen
vigiladas constantemente. Mogaba está decidido a luchar. Y está igualmente decidido a
que ninguno de nuestros andrajosos legionarios taglianos se escape y no caiga con él.
Ninguno de nosotros, seamos la vieja guardia de la Compañía Negra, nar, jaicuri,
taglianos, nyueng bao ni nadie más que haya tenido la desgracia de quedar atrapado aquí,
va a salir con vida. No a menos que Conjura Sombras y su banda se aburran tanto que se
vayan a buscar a otro a quien avasallar. Eso mismo. Tienes el ocho y el diez de espadas y
vas a jugarte el culo a que sacas el nueve.
Tienes más posibilidades de sacar ese nueve que nosotros de salir de aquí.
El campamento fortificado de los sureños está al sur de la ciudad. Está tan cerca que
podemos alcanzarlo con la artillería pesada. Puedes ver los maderos chamuscados donde
tratamos de incendiarlo el día de la gran batalla. Desde entonces también hemos hecho
algunas incursiones, pero ya no tenemos suficientes fuerzas para arriesgarnos.
Pero no parecemos desanimar a Conjura Sombras.
Igual que la mayoría de los señores de la guerra, no deja que la realidad se interponga
en su camino y le impida hacer lo que desee.
La artillería los despierta cinco noches de cada cinco, a horas aleatorias. Eso los
mantiene malhumorados y cansados, y mucho menos efectivos cuando atacan. El
problema es que tanto esfuerzo también nos tiene a nosotros malhumorados y cansados. Y
también tenemos otros proyectos en marcha.
Conjura Sombras es un rompecabezas. No es el primero de su clase con el que se cruza
la Compañía. Los pesos pesados que hemos conocido en el pasado, enfrentados a una
situación como esta, habrían pasado por encima de Dejagore como si fuera un hormiguero
antes de ir a buscar un desafío de verdad. Pero aquí los pesos ligeros Goblin y Un Ojo
logran apañarse lo bastante rápido y traicioneramente para parar las débiles estocadas de
Sombras.
Su debilidad es un misterio.
Te pone nervioso que un enemigo no haga todo lo que tú crees que puede hacer. Y un
Conjura Sombras no llega a ser un cabrón de los gordos gracias a su amabilidad.
Un Ojo lo ve todo desde el punto de vista más perverso. Dice que Sombras no está
dando la talla porque Sombra Larga lo tiene cogido y lo está debilitando deliberadamente.
La típica lucha por el poder de toda la vida, pero con la Compañía de por medio.
Antes de que llegáramos nosotros, el mayor reto de los Maestros de las Sombras era
enfrentarse unos con otros.
Por principio Goblin casi nunca está de acuerdo con Un Ojo en nada. Afirma que
Conjura Sombras nos está dando una pausa mientras se repone de unas heridas que eran
más serias de lo que sospechábamos.
Lo que yo creo: seis de una y media docena de la otra.
Los cuervos vuelan en círculos sobre el campamento de los sureños. Siempre en
círculos. Algunos vienen, algunos van, pero como mínimo hay una docena en todo
momento. Más cuervos vienen a molestarnos día y noche. A cualquier sitio al que voy, en
cualquier momento, hay un cuervo cerca. Excepto bajo techo. No entran bajo techo. No los
dejamos. Los que lo intentan acaban en la cazuela de alguien.
Matasanos les tenía manía a los cuervos. Creo que ahora lo comprendo. Pero los
murciélagos me gustan aún menos.
No vemos murciélagos tan a menudo. Los cuervos los cazan a casi todos (estos cuervos
no temen salir de noche). Y a los que no cazan los cuervos los cazamos nosotros, casi
siempre. Es inevitable que algunos escapen. Y eso no es bueno.
Espían para los Maestros de las Sombras. Son ojos de malignidad de largo alcance, que
llegan a donde nuestros enemigos no pueden manipular la oscuridad viviente.
Solo quedan dos Maestros de las Sombras. Conjura Sombras tiene problemas. No
tienen el alcance ni el control que exhibían cuando podían gobernar y gobernaban las
sombras hasta el mismo corazón de los territorios taglianos.
Están desapareciendo de escena.
Es un sueño.
Pero los sueños se convierten fácilmente en pesadillas.
6
Cuando miras abajo desde la ciudadela tienes que preguntarte cómo pueden salir adelante
los jaicuri, apiñados dentro de las murallas de Dejagore. La verdad es que no pueden, ni
ahora ni nunca.
Hubo un tiempo en que las colinas que rodeaban la llanura estaban cubiertas de
granjas, huertos y viñedos. Después de que llegara la sombra, las explotaciones fueron
desapareciendo gradualmente y las familias de campesinos abandonaron la tierra. Y luego
llegó la némesis de la sombra, la Compañía Negra, hambrienta tras la caminata al sur
desde la victoria del vado de Ghoja. Y luego llegaron los ejércitos sureños que nos
machacaron.
Ahora las colinas no tienen más que recuerdos de lo que una vez fueron. Ni siquiera los
buitres limpian los huesos tan bien como han sido limpiadas esas colinas.
Los campesinos más inteligentes huyeron al principio. Sus hijos repoblarán la tierra.
Más tarde, los más tontos corrieron aquí, a la falsa seguridad de las murallas de
Dejagore. Cuando Mogaba está de especial mal humor echa a varios cientos por la puerta.
No son más que bocas que gritan pidiendo que las llenen. La comida hay que guardarla
para los que están dispuestos a morir defendiendo las murallas.
Los lugareños que no contribuyen o que muestran propensión a enfermar o sufrir
heridas salen por las puertas justo detrás de los campesinos.
Conjura Sombras solo acepta a los que están dispuestos a ayudarle a levantar las obras
de asedio y cavar las fosas para los muertos. Lo primero significa trabajar bajo andanadas
de proyectiles disparados por los antiguos amigos de dentro, mientras que lo segundo
significa preparar el lecho donde se yacerá una vez que ya no se sea útil.
Difícil elección.
Mogaba es incapaz de comprender por qué su genio militar no es aclamado
universalmente.
No se mete con los nyueng bao. Todavía no. No han contribuido mucho a la defensa
de Dejagore, pero tampoco consumen recursos.
Sus hijos engordan mientras el resto de nosotros tiene que apretarse el cinturón.
Ya no se ven muchos gatos ni perros. Los caballos sobreviven solo porque están
protegidos militarmente, y solo un puñado de ellos. Vamos a comer bien cuando se acabe
el pienso.
La caza menor, como ratas y palomas, empieza a escasear. A veces se puede oír el grito
ultrajado de un cuervo pillado por sorpresa.
Los nyueng bao son supervivientes.
Son una raza que posee un solo rostro impasible.
Mogaba no los molesta básicamente porque cuando alguien lo hace, todos ellos se dan
por aludidos. Y consideran la lucha un asunto muy serio, religioso.
Se quitan de en medio siempre que pueden, pero no son pacifistas. Un par de veces los
sureños han lamentado tratar de entrar en la ciudad por su zona.
En ambas ocasiones los nyueng bao organizaron unas carnicerías impresionantes.
Entre los jaicuri se rumorea que devoran a sus enemigos.
Cierto es que se han encontrado huesos humanos con evidencias de haber sido
troceados y cocinados. Los jaicuri son principalmente de religión gunni. Los gunni son
vegetarianos.
Yo no creo que los nyueng bao sean los responsables, pero Ky Dam se niega a
desmentir incluso las afirmaciones más siniestras acerca de su gente.
Quizás acepte cualquier cosa que haga que los nyueng bao parezcan más peligrosos.
Quizá le interesan esa clase de habladurías para generar miedo.
Los supervivientes saben echar mano de las herramientas que tienen a mano.
Me gustaría que hablaran. Me apuesto a que podrían contar historias que te harían
palidecer y te pondrían los pelos como escarpias.
¡Ah, Dejagore! Esos días de solaz, paseando por el infierno con una sonrisa.
¿Cuánto pasará antes de que la diversión se vaya de la ciudad?
7
Cansado hasta los huesos, igual que he estado cada noche desde que puedo recordar, fui a
hacer mi guardia en la muralla. No tenía ninguna gana e incluso menos fuerzas. Sentado
en el parapeto, me dediqué a acordarme de la parentela de todos mis amiguetes del alma
sureños. Me temo que no exhibí demasiada creatividad, pero lo compensé con virulencia.
Ahí afuera estaban preparando algo. Podían oírse traqueteos y murmullos, y se veían
antorchas moviéndose arriba y abajo.
Había todos los heraldos de una noche sin sueño. ¿No podía esa gente ser normal y
ocuparse de sus asuntos durante las horas normales?
No sonaban más entusiastas que yo. Capté el ocasional comentario soez sobre mí o mis
antepasados, como si este jaleo fuera culpa mía. Supongo que estaban motivados
principalmente porque sabían con seguridad que nunca volverían a casa si no
recapturaban Borrascosa.
Quizá ninguno de los dos bandos iba a salir de esta con vida.
Un cuervo graznó, burlándose de todos nosotros. Ni me molesté en tirarle una piedra.
Había niebla, una tenue bruma húmeda que iba y venía. Más allá de las colinas del sur
acechaba el rayo. Todo el día había hecho calor y humedad, y se había puesto ferozmente
tormentoso a la caída de la tarde. En las calles había lagos de agua. Los ingenieros de
Sombra de Tormenta no habían dado demasiada prioridad al drenaje, a pesar de las
ventajas naturales a su disposición.
No iba a ser una buena noche para asaltar murallas altas. Y tampoco mucho mejor
para defenderlas.
Con todo, casi sentía pena por los pobres cabroncetes de abajo.
Candelas y Rubro terminaron gruñendo la larga subida desde la calle. Cada uno de
ellos llevaba un pesado saco de cuero. Candelas se quejó.
—Ya estoy demasiado viejo para esta mierda.
—Si funciona, todos llegaremos a viejos.
Ambos se apoyaron en los mellones mientras recuperaban el aliento. Luego arrojaron
los sacos a la oscuridad. Alguien allí abajo maldijo en un dialecto sureño.
—Te jodes, gilipollas —rugió Rubro en respuesta—. Vete a casa y déjame dormir.
Todos los de la vieja guardia invertían tiempo cargando tierra.
—Lo sé —me dijo Candelas—. Lo sé. ¿Pero de qué sirve estar vivo si estas demasiado
cansado para que te importe?
Si lees los Anales sabrás que nuestros hermanos han dicho lo mismo desde el principio.
Me encogí de hombros. No se me ocurrió nada inspirado. Normalmente uno no trata de
justificar ni de motivar, sino de seguir adelante.
—Goblin quiere verte —gruñó Candelas—. Nosotros te cubriremos el sitio.
—¡Sí, conozco vuestra jerigonza de las Tierras de las Sombras! ¡Que os jodan! —gritó
hacia abajo Rubro en un cascado dialecto de las Tierras de las Sombras.
Gruñí. Era mi guardia, pero podía irme si quería. Mogaba ya ni se molestaba en fingir
que intentaba controlar a la vieja guardia. Nosotros hacíamos nuestra parte. Manteníamos
las posiciones. Solo es que no nos amoldábamos a su idea de cómo debía ser la Compañía
Negra.
Pero iba a haber una refriega de mil demonios si el Maestro de las Sombras y su circo
se ponían en marcha.
—¿Dónde está?
—En la tres —eso lo dijo en lengua de signos. La usamos frecuentemente si hablamos
de negocios estando a la vista. Los murciélagos y los cuervos no pueden leerlo. Ni nadie de
la facción de Mogaba.
—Volveré —dije.
—Claro.
Bajé la empinada y resbaladiza escalera, con los músculos doloridos al anticipar el peso
del saco que iba a cargar cuando subiera.
¿Qué podía querer Goblin? Probablemente alguna decisión sobre algo trivial. Ese
enano y su colega monocular evitan religiosamente el asumir cualquier responsabilidad.
La mayor parte del tiempo yo estoy al mando de la vieja guardia, ya que nadie más
quiere preocuparse.
• • • • •
Nos hemos establecido en una zona de edificios altos de ladrillo cerca de la muralla, al
sudoeste de la puerta norte, que es la única puerta que sigue funcionando. Desde los
primeros momentos del asedio hemos estado mejorando nuestra posición.
Mogaba piensa en términos ofensivos. No cree que pueda ganarse una guerra desde
detrás de unas murallas de piedra. Quiere enfrentarse a los sureños en las murallas,
rechazarlos y luego salir en tromba y aplastarlos. Lanza incursiones preventivas y ataques
de hostigamiento para mantenerlos inseguros. No se prepara para la posibilidad de que
entren en la ciudad en cantidad significativa, aunque casi todos los ataques colocan a los
sureños en nuestro lado de las murallas antes de que podamos concentrar fuerzas
suficientes para repelerlos.
Algún día, en algún momento, las cosas no irán al gusto de Mogaba. Algún día la gente
de Conjura Sombras se apoderará de una puerta. Algún día vamos a presenciar un
combate urbano a escala total.
Eso es inevitable.
La vieja guardia está preparada, Mogaba, ¿y tú?
Nos haremos invisibles, su Arrogancia. Ya hemos jugado antes a este juego. Hemos
leído los Anales. Seremos los fantasmas que matan.
Eso esperamos.
Las sombras son la cuestión. Las sombras son el problema. ¿Qué saben? ¿Qué serán
capaces de descubrir?
A esos villanos no se les llamó Maestros de las Sombras solo porque les encantara la
oscuridad.
8
Con la excepción de tres puertas ocultas, todas las entradas al alojamiento de la Compañía
han sido tapiadas con ladrillo. Y lo mismo con toda ventana por debajo del tercer piso. Los
callejones y callejuelas ahora son un laberinto de trampas mortales. Las tres entradas
practicables solo pueden alcanzarse mediante escaleras exteriores, tramos que en su
totalidad están cubiertos por proyectiles. Donde hemos podido, hemos reforzado contra el
fuego.
Para la Compañía Negra no hay inactividad durante los días de asedio. Hasta Un Ojo
trabaja. Cuando logro encontrarlo.
Todos los hombres están demasiado ocupados y demasiado cansados para reflexionar
sobre nuestra situación.
Después de entrar por una puerta oculta, conocida solo por los hermanos de la vieja
guardia, los cuervos y los murciélagos, las sombras, los observadores nyueng bao del otro
lado de la calle y cualquier nar interesado en llevar el control desde la barbacana norte,
bajé pesadamente tramo tras tramo de escaleras. Llegué a un sótano donde Cangilón
dormitaba junto a una escuálida velita. A pesar de lo silencioso que yo caminaba, abrió un
ojo. No perdió el tiempo pidiéndome la contraseña. Apoyado en la pared tras él había un
destartalado y combado armario con una puerta que colgaba precaria de una bisagra
dañada. Abrí la puerta suavemente y entré.
Cualquier fuerza ajena a nosotros que hubiera llegado al sótano habría encontrado que
el contenido del armario eran unas reservas de comida desesperadamente escasas.
El armario oculta un túnel. Hay túneles que unen todos nuestros edificios. Mogaba y
cualquier otro interesado podrían esperárselo. Si lograban llegar hasta nuestro sótano, un
poco de trabajo les mostraría lo que esperaban encontrar.
Aquello debería satisfacerlos.
El túnel llegaba a otro sótano. Allí dormían varios hombres, en medio de una
enormidad de cacharros y un olor parecido al de la madriguera de un oso. Avancé
lentamente hasta que me reconocieron.
Si hubiera sido un intruso, no habría sido el primero en no volver de los subterráneos.
Entonces entré en los sitios realmente secretos.
La nueva Borrascosa se alzaba sobre la antigua Jaicur. No se habían hecho esfuerzos
por demoler la antigua ciudad. Muchas de las estructuras anteriores se encontraban en
excelentes condiciones.
Tenemos un laberinto asombroso excavado aquí abajo, donde nadie debería pensar en
buscar. Y se hace un poco más grande cada vez que un saco de tierra va por la muralla o
alguno de nuestros otros proyectos. Pero no es un habitáculo acogedor. Hace falta fuerza
de voluntad para descender a un sitio húmedo y oscuro donde el aire apenas se mueve, las
velas nunca llegan a cobrar vida del todo y hay al menos una posibilidad de que cualquier
sombra albergue una muerte entre gritos.
Y yo personalmente tengo algo en contra de quedar enterrado vivo.
Y la práctica no hace que mejore.
Lamprea y Otto, Goblin, Un Ojo y yo ya hemos pasado por esto antes, en la Llanura
del Miedo, donde estuvimos unos cinco mil años viviendo como tejones bajo el suelo.
—¿Dónde está Goblin, Cletus?
Cletus es uno de tres hermanos que sirven como ingenieros y maestros artilleros.
—Tras esa esquina. En el siguiente sótano.
Cletus, Loftus y Longinus son unos genios. Han descubierto cómo hacer bajar aire
fresco por las chimeneas de estructuras existentes arriba hasta los túneles, hacerlo fluir
lentamente por el complejo y luego expulsarlo por otras chimeneas. Simple ingeniería,
pero a mi me parece magia. Un flujo de aire respirable, aunque lento y nunca puro, nos
viene bien.
Aunque no sirve para aminorar la humedad y el olor.
Encontré a Goblin. Le sostenía una vela a Longinus mientras este colocaba mortero
fresco en una cantería recién rascada, a la altura de los ojos.
—¿Cuál es el problema, Goblin?
—Ha llovido tela marinera allá arriba, ¿eh?
—Los dioses han cogido un río en alguna parte y lo han dejado caer aquí. ¿Por qué?
—Aquí abajo tenemos un millar de goteras.
—¿Problemas graves?
—Más adelante puede. No tenemos drenaje. Estamos en el punto más bajo que
podemos alcanzar a menos que el duodécimo túnel vaya bien.
—Me parece un problema de ingeniería.
—Lo es —dijo Longinus alisando el mortero—. Y Cletus lo previo. Desde el principio
fuimos impermeabilizando. El problema es que eso no puede verse hasta que empieza a
llover realmente en serio. Hemos tenido suerte de que no haya sido como en la estación de
lluvias. Tres días así y habríamos acabado inundados.
—Sigue sonando a problema de ingeniería. ¿Lo puedes resolver, no?
Longinus se encogió de hombros.
—Trabajaremos en ello. Eso es todo lo que podemos hacer, Matasanos.
Buena puya. Como diciéndome que dejara a cada uno hacer su trabajo.
—¿Para eso me queríais? —Parecía poca cosa, incuso para Goblin.
—No. Longo, no oirás nada. —El hombre de rostro de sapo hizo un complejo gesto con
tres dedos de la mano izquierda al decir aquello. Los dedos dejaron tras de sí la estela de
un casi imperceptible resplandor. Longinus volvió al trabajo como si estuviera sordo.
—¿Es tan importante que tenías que dejarlo fuera?
—Habla. No pretende hacer mal alguno, pero no puede evitar repetir todo lo que oye.
—Y lo embellece al contarlo. Lo sé. Dime.
—Ha pasado algo con el Maestro de las Sombras. Ha cambiado. Un Ojo y yo
convenimos que estamos seguros desde hace una hora, pero creemos que lleva así algún
tiempo. Nos lo ha estado ocultando.
—¿El qué?
Goblin se inclinó para acercarse, como si Longinus todavía pudiera escuchar algo.
—Se ha recuperado, Murgen. Ha vuelto casi a la normalidad. Se ha estado recuperando
antes de caer sobre nosotros con toda su fuerza. También convenimos que ha estado
ocultando el cambio más a su compañero Sombra Larga que a nosotros. No le damos tanto
miedo.
Me envaré al recordar los extraños movimientos que sucedían ahora mismo en la
llanura que nos rodeaba.
—¡Mierda!
—¿Qué?
—Va a venir esta noche. Pronto. Cuando bajé estaban tomando posiciones. Pensé que
era lo de siempre. Mejor ponerse en alerta.
Salí con la energía que me quedaba, anunciando el estado de alerta cada vez que veía a
alguien.
9
Conjura Sombras no se dio prisa. La Compañía tomó sus puestos en la muralla. La escoria
tagliana que estaba bajo nuestro mando se preparó tanto como era capaz normalmente.
Mandé avisar a Mogaba y al portavoz Ky Dam. Mogaba es un capullo y un lunático, pero
no es tonto. Cree que mantiene el trabajo separado de sus asuntos personales. Si Goblin
afirmaba que teníamos problemas graves, lo escucharía.
Sonaron alarmas por todas partes. En el exterior de las murallas se alzaron gritos de ira
al darse cuenta de que nos habíamos anticipado.
La población civil empezó a responder. El miedo se extendió por las calles oscurecidas.
Esto daba la sensación de ser más gordo de lo normal. Como siempre, los más ancianos
entre los jaicuri recordaron la primera llegada de los Maestros de las Sombras. Por aquel
entonces la primera oleada enemiga consistió en mortíferos destellos de oscuridad.
—¿Alguna sombra ahí fuera, Un Ojo?
—Ninguna de esas, Murgen. Tienen que venir desde Lugar de Sombras. Sombra Larga
tendría que estar en ello.
—Bien. —Yo he visto lo que las sombras pueden hacer, a pequeña escala. Los jaicuri
tenían razón al estar asustados.
—Pero puedo prometerte que va a haber hechicería. Ya se está acumulando.
—Me encanta esa forma que tienes siempre de animarme, gorgojo. —Examiné las
murallas más allá de nuestra sección. Costaba ver mucho, pero parecía que cualquier
asalto se encontraría con una defensa decidida.
Lo que no significaría nada si Sombras estaba en buena forma.
—¡Murgen!
—¿Qué?
—¡Detrás de ti!
Miré.
Ky Dam, portavoz de los nyueng bao, acompañado por un hijo y varios nietos, me
pidió con un gesto si podía subir al parapeto. Solo el hijo iba armado. Era un hombre
achaparrado y frío del que se rumoreaba que era una especie de maestro espadachín.
Asentí.
—Bienvenido a bordo.
El portavoz tenía el aspecto de ser mil años mayor que Un Ojo, pero tuvo la suficiente
vitalidad para subir sin ayuda. Tampoco es que tuviera mucho que mover. Su pelo estaba
distribuido uniformemente por su cabeza y su rostro, pero le quedaba bastante poco.
Estaba cubierto de manchas de la vejez. La piel había perdido el color. Era más pálido que
muchos de nosotros, los norteños.
Hizo una ligera reverencia.
Yo le respondí del mismo modo, intentando imitar exactamente su inclinación.
Aquello indicaría un respeto entre iguales, lo que debería hacerme ganar algunos puntos,
ya que aunque yo era más joven aquí tenía más autoridad, porque estaba en territorio de la
Compañía y era un pez gordo de la misma.
Qué inteligente soy, me esfuerzo todo lo posible en ser cortés con el portavoz. Y
constantemente les recuerdo a los muchachos que sean respetuosos y no se metan con los
nyueng bao, aunque los provoquen. Estoy intentando que asuman una visión a más largo
plazo de lo normal.
En estas extrañas tierras no tenemos ningún amigo.
Ky Dam miró la llanura oscurecida. Su presencia era fuerte. Muchos jaicuri creen que
es un hechicero. Goblin y Un Ojo dicen que se le puede considerar mago en el sentido más
arcaico de la palabra: un hombre sabio.
El vejete tomó una bocanada de aire que pareció incrementar su aura de fuerza.
—Esta noche será diferente.
Hablaba tagliano sin ningún acento.
—Su amo ha recuperado sus poderes.
El portavoz me miró son seriedad, y luego a Goblin y Un Ojo.
—Ah. Así.
—Exactamente. —Siempre había querido decir eso cuando algún carcamal se pusiera
críptico. No pude contenerme cuando se me presentó la oportunidad perfecta.
Ojeé la escolta del portavoz. El espadachín parecía demasiado achaparrado y
corpulento para su reputación. Pero así era. No muchas cosas cruzan la barrera cultural.
Los nietos tenían el mismo aspecto que cualquier hombre nyueng bao en la flor de la
vida. Como si fueran a condenar sus almas si sonreían o demostraban alguna emoción.
Como si llevaran tapones de cactus en el culo, en palabras de Goblin.
Seguí con mi trabajo mientras Ky Dam ponderaba la noche. La escolta se mantuvo
fuera de mi camino.
Llegó Cangilón.
—Todo listo, jefe.
Y los hombres del Maestro de las Sombras también parecían estar listos para jugar. Sus
cuernos empezaron a sonar como toros en celo.
—No tardará mucho —gruñí. Aunque podían posponerlo otros veinte años. No me
importaba. No tenía prisa.
Un mensajero tagliano subió a trompicones desde la calle, tomó aliento a duras penas
y logró transmitir que Mogaba me quería ver.
—De camino. En menos de cinco minutos —le dije. Rastreé la oscuridad con la mirada
—. Defiende el fuerte, Cangilón.
—Justo lo que necesita esta unidad, otro cómico.
—Oh, los mataré.
Ky Dam dijo algo. El espadachín forzó la vista para mirar a la oscuridad. Por espacio
de medio latido se produjo un resplandor fantasmagórico en las colinas. ¿Una estrella? ¿El
reflejo de una estrella? No. La noche era fría, húmeda y estaba nublada.
—Puede que esté pasando más de lo que aparenta a primera vista, Guerrero de Hueso
—dijo el portavoz.
—Quizá. —¿Guerrero de Hueso?—. Pero a diferencia de los nyueng bao no somos
guerreros. Somos soldados.
El anciano comprendió aquello enseguida.
—Como desees, Soldado de Piedra. Puede que no todo sea lo que parece.
¿Se estaba inventando aquello sobre la marcha?
No parecía muy alegre con sus suposiciones. Se dio la vuelta y se apresuró a bajar las
escaleras. A sus nietos les costó seguirle el ritmo.
—¿De qué iba eso? —preguntó Cangilón.
—No tengo ni idea. Me ha convocado su Santidad el Príncipe de la Compañía.
Al poner pie en la escalera, miré a Un Ojo. El diminuto mago contemplaba fijamente
las colinas, más o menos el punto que había observado antes Ky Dam. Parecía a la vez
intrigado e infeliz.
No tuve tiempo de preguntar. Ni me sentía muy inclinado.
Ya había recibido bastantes malas noticias.

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