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Libro PDF Estación Once Emily St. John Mandel

Estación Once  Emily St. John Mandel

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EL rey estaba de pie en un círculo de luz azul,
algo inestable. Era el acto cuarto de El rey Lear,
una noche de invierno en el Elgin Theatre de
Toronto. Esa misma noche, un poco antes, tres
niñas, versiones infantiles de las hijas de Lear,
habían representado un juego de palmas en el
escenario mientras la audiencia iba entrando, y en
ese momento volvían en forma de alucinaciones en
la escena de la locura. El rey trastabilló e intentó
atraparlas mientras ellas revoloteaban de acá para
allá entre las sombras. El actor que hacía de rey se
llamaba Arthur Leander. Tenía cincuenta y un años
y llevaba una corona de flores en el pelo.
—¿No me conocéis? —preguntó el actor que
hacía el papel de Gloucester.
—Me acuerdo muy bien de tus ojos —contestó
Arthur, distraído por la versión infantil de
Cordelia, y entonces fue cuando pasó.
Hubo un cambio en su cara, se tropezó y
extendió la mano para sujetarse en una columna,
pero no calculó bien la distancia y se dio un fuerte
golpe contra ella en el canto de la mano.
—De cintura para abajo son centauros —dijo,
y no solo no era el verso que tocaba, sino que lo
dijo casi sin aire, con una voz apenas audible.
Se llevó la mano al pecho y la sostuvo allí
como si fuera un pájaro herido. El actor que hacía
de Edgar lo estaba observando detenidamente. En
ese momento todavía era plausible que Arthur
estuviera actuando, pero en la primera fila, tras la
orquesta, un hombre se estaba levantando de su
asiento. Estudiaba para ser técnico sanitario. La
novia del hombre le tiró de la manga y le dijo
entre dientes:
—¡Jeevan! ¿Qué estás haciendo?
El propio Jeevan no estaba muy seguro al
principio y oía murmurar a la gente de las filas de
detrás pidiendo que se sentara. Un acomodador se
le estaba acercando. La nieve empezó a caer en el
escenario.
—Goza el gorrión… —dijo Arthur en un
susurro, y Jeevan, que conocía muy bien la obra,
se dio cuenta de que había retrocedido doce
versos—. El gorrión…
—Señor —le interpeló el acomodador—, ¿le
importaría…?
Pero Arthur Leander se estaba quedando sin
tiempo. Se tambaleó con la mirada perdida y a
Jeevan le quedó claro que ya no estaba siendo
Lear. Apartó al acomodador de un empujón y subió
a la carrera los escalones que llevaban al
escenario, pero un segundo acomodador se
acercaba corriendo por el pasillo, lo que le obligó
a lanzarse al escenario sin tiempo para subir las
escaleras restantes. Estaba más alto de lo que le
había parecido y tuvo que darle una patada al
primer acomodador, que había logrado agarrarle
de la manga. La nieve era de plástico, registró
Jeevan en un resquicio de su mente, trocitos de
plástico traslúcido que se pegaban a su chaqueta y
le rozaban la piel. Edgar y Gloucester estaban
distraídos por la conmoción y ninguno estaba
mirando a Arthur, que tenía la espalda apoyada en
una columna de contrachapado y la mirada vacía.
Se oyeron gritos entre bambalinas y dos sombras
se apresuraron a acercarse, pero Jeevan ya había
llegado junto a Arthur, justo a tiempo para cogerle
antes de que cayera, inconsciente, y tumbarle con
cuidado en el suelo. La nieve caía espesa a su
alrededor y resplandecía a la luz azul y blanca.
Arthur no respiraba. Las dos sombras (dos
guardias de seguridad) se habían detenido unos
pasos antes de llegar hasta ellos, seguramente
porque se dieron cuenta a esas alturas de que
Jeevan no era un fan que había perdido el juicio.
Desde el público se elevaba un clamor de voces,
destellos de los flashes de las cámaras de los
móviles y exclamaciones en la oscuridad que no
llegaban a distinguirse.
—Dios santo —exclamó Edgar—. Oh, Dios.
—Había abandonado el acento británico que había
estado fingiendo durante la representación y
sonaba como si fuera de Alabama, precisamente su
verdadero lugar de origen.
Gloucester se había arrancado la venda de
gasa que le tapaba media cara (para ese momento
de la obra a su personaje le habían sacado los
ojos) y parecía petrificado en donde estaba,
boqueando como un pez.
El corazón de Arthur no latía. Jeevan empezó
la RCP1. Alguien gritó una orden y el telón bajó
con un siseo de la tela y una sombra que dejó a la
audiencia fuera de la ecuación y redujo a la mitad
la luz del escenario. La nieve de plástico seguía
cayendo. Los guardias de seguridad se habían
apartado. Las luces cambiaron, del blanco y azul
de la tormenta de nieve pasaron a un fulgor
fluorescente que en comparación parecía amarillo.
Jeevan siguió con su tarea en silencio bajo la luz
amarillenta del color de la mantequilla, mirando
de vez en cuando la cara de Arthur. Por favor,
pensaba, por favor. Arthur tenía los ojos cerrados.
Hubo un movimiento en el telón, alguien que
agitaba la tela desde el otro lado en busca de una
apertura, y de repente un hombre mayor con un
traje gris se puso de rodillas junto al pecho de
Arthur, frente a Jeevan.
—Soy cardiólogo —anunció—. Walter Jacobi.
Los cristales de las gafas hacían que sus ojos
se vieran más grandes de lo normal y le raleaba el
pelo en la zona de la coronilla.
—Jeevan Chaudhary —se presentó Jeevan.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. La gente
se movía a su alrededor, pero todos, excepto
Arthur y ahora ese otro hombre que acababa de
aparecer, le parecían distantes y poco definidos.
Era como estar en el centro de una tormenta, pensó
Jeevan, los tres, Arthur, Walter y él, en el único
punto en calma. Walter le tocó la frente al actor
con suavidad, como un padre que quiere calmar a
un niño con fiebre.
—Han llamado a una ambulancia —dijo.
El telón cerrado proporcionaba al escenario
una inesperada intimidad. Jeevan estaba pensando
en aquella vez, años atrás, que entrevistó a Arthur
en Los Ángeles durante su breve carrera de
periodista de entretenimiento. Estaba pensando en
su novia, Laura, y preguntándose si estaría
esperando en su asiento de la primera fila o si
habría salido al vestíbulo. Estaba pensando: por
favor, empieza a respirar otra vez, por favor.
Estaba pensando en la forma en que el telón
bajado hacía las veces de cuarta pared y convertía
el escenario en una habitación, con un espacio
cavernoso en vez de techo, cruzado por metros y
metros de pasarelas y luces entre las que alguien
podía colarse sin ser detectado. Qué idea más
ridícula, se dijo. No seas idiota. Pero ya se le
había erizado el vello de la nuca y tenía la
sensación de que alguien le observaba desde allí
arriba.
—¿Quiere descansar y le tomo el relevo? —
preguntó Walter.
Jeevan entendió que el cardiólogo se sentía
inútil, así que asintió, apartó las manos del pecho
de Arthur y Walter continuó siguiendo el ritmo.
No parecía del todo una habitación, pensó
Jeevan entonces, mirando al escenario que le
rodeaba. Era demasiado transitorio con todas esas
puertas y espacios oscuros entre bastidores y la
falta de un techo propiamente dicho. Más bien una
terminal, se dijo, una estación de tren o un
aeropuerto, un lugar por el que todo el mundo pasa
con prisa. La ambulancia había llegado y un par de
sanitarios, una mujer y un hombre con uniformes
oscuros que apartaron a Jeevan a un lado, se
acercaron a través de la nieve, que seguía cayendo
absurdamente, y se cernieron sobre el actor caído
como un par de cuervos. La mujer era tan joven
que podría pasar por adolescente. Jeevan se
levantó y se alejó unos pasos. Notó bajos sus
dedos que la columna en la que se había apoyado
Arthur era lisa y suave, madera pintada para que
pareciera piedra.
Había por todas partes tramoyistas, actores,
funcionarios anónimos con carpetas.
—Por todos los santos —oyó Jeevan decir a
uno—, ¿es que no hay nadie que pueda parar esa
maldita nieve?
Regan y Cordelia estaban cogidas de la mano y
lloraban junto al telón, Edgar estaba sentado con
las piernas cruzadas en el suelo cerca de ellas
cubriéndose la boca con la mano. Goneril hablaba
en voz baja por el móvil. Las pestañas postizas
proyectaban sombras sobre sus ojos.
Nadie miraba a Jeevan, y se le ocurrió que su
papel en esa representación había terminado. Los
sanitarios no parecían estar consiguiendo nada.
Quiso encontrar a Laura. Probablemente le estaría
esperando en el vestíbulo, preocupada. Tal vez
(era una idea vaga, pero una idea al fin y al cabo)
su acción le habría parecido admirable.
Por fin alguien consiguió parar la nieve y los
últimos copos traslúcidos cayeron flotando.
Jeevan estaba buscando la forma más fácil de
abandonar el escenario cuando oyó un gemido y
vio que venía de una niña en la que se había fijado
antes, una actriz, que estaba de rodillas en el
escenario al lado del pilar de madera que había a
su izquierda. Jeevan había visto la obra cuatro
veces, pero nunca antes con actores infantiles, y le
parecía que era una puesta en escena innovadora.
La niña parecía tener siete u ocho años. No dejaba
de limpiarse los ojos con un gesto que le dejaba
rastros de maquillaje tanto en la cara como en el
dorso de la mano.
—Fuera —dijo uno de los sanitario; el otro se
apartó en el momento en que el cuerpo de Arthur
recibía una descarga del desfibrilador.
—Hola —saludó Jeevan a la niña.
Se arrodilló a su lado. ¿Por qué nadie había
venido para llevársela y que no viera todo
aquello? La niña estaba observando a los
sanitarios. Jeevan no tenía experiencia con niños,
aunque siempre había querido tener uno o dos, así
que no sabía muy bien cómo hablar con ellos.
—Fuera —volvió a decir el sanitario.
—Mejor que no mires —dijo Jeevan.
—Se va a morir, ¿verdad? —Intentaba
contener los sollozos.
—No lo sé.
Quería decirle algo que la tranquilizara, pero
tenía que reconocer que la cosa no pintaba bien.
Arthur estaba inmóvil en el escenario, le habían
dado dos descargas y Walter le sujetaba la muñeca
mientras miraba muy serio a lo lejos a la espera de
notar el pulso.
—¿Cómo te llamas?
—Kirsten —dijo la niña—. Me llamo Kirsten
Raymonde. —El maquillaje era desconcertante.
—Kirsten, ¿dónde está tu madre? —preguntó
Jeevan.
—No viene a recogerme hasta las once.
—Certifíquelo —concluyó uno de los
sanitarios.
—¿Y quién se ocupa de cuidarte cuando estás
aquí?—
Tanya, la domadora.
La niña no dejaba de mirar a Arthur. Jeevan se
movió para bloquearle la línea de visión.
—Nueve y catorce de la noche —anunció
Walter Jacobi.
—¿La domadora? —volvió a preguntar
Jeevan.
—Así la llaman —explicó—. Es la que me
cuida cuando estoy aquí.
Un hombre con traje había entrado por la
derecha del escenario y hablaba aceleradamente
con los sanitarios, que estaban sujetando a Arthur
con correas a la camilla. Uno de ellos se encogió
de hombros y apartó la manta para colocar una
mascarilla de oxígeno sobre la cara del actor.
Jeevan se dio cuenta de que iban a hacer esa farsa
pensando en la familia de Arthur, para que no se
enteraran de su muerte por las noticias de la noche.
Le conmovió que demostraran tanto tacto.
Jeevan se levantó y le tendió la mano a la niña,
que sorbía por la nariz.
—Vamos a ver si encontramos a Tanya —dijo
—. Seguramente te estará buscando.
Lo dudaba profundamente. Si Tanya hubiera
estado buscando a esa niña, seguro que ya la
habría encontrado. Se llevó a la niña entre
bastidores, pero el hombre del traje había
desaparecido. La zona tras el escenario era un
caos lleno de ruido y agitación y se oyeron gritos
para que abrieran paso a la procesión que
acompañaba a Arthur, presidida por Walter. El
desfile desapareció por el pasillo en dirección a la
puerta de atrás y la conmoción creció en su estela,
todo el mundo gritando, hablando por teléfono,
arremolinándose en grupitos que contaban la
historia una y otra vez, de boca en boca («Y
cuando miré, ya estaba cayendo…»), ladrando
órdenes o ignorando las órdenes que ladraban
otros.—
¿Ves a Tanya entre toda esta gente? —
preguntó Jeevan. No le gustaban mucho los
tumultos.
—No. No la veo por ninguna parte.
—Bueno, tal vez deberíamos quedarnos
quietos en un sitio para que así ella nos encuentre
a nosotros.
Jeevan recordó haber leído una vez ese
consejo en un folleto que hablaba de lo que debes
hacer si te pierdes en un bosque. Había unas
cuantas sillas contra la pared del fondo y fue a
sentarse en una. Desde allí se veía el
contrachapado sin pintar de la parte de atrás del
decorado. Un tramoyista estaba barriendo los
copos de nieve.
—¿Arthur se va a poner bien? —Kirsten se
había encaramado a una silla a su lado y se
agarraba con fuerza la tela del vestido con las dos
manos.
—Hasta hace un momento estaba haciendo lo
que más le gustaba del mundo —contestó Jeevan.
Basaba esa afirmación en una entrevista que le
habían hecho a Arthur en The Globe and Mail y
que él había leído hacía un mes: «He esperado
toda mi vida a tener la edad suficiente para hacer
el papel de Lear y no hay nada que me guste más
que estar en el escenario, su inmediatez». Pero
esas palabras parecían vacías en retrospectiva.
Arthur era principalmente un actor de cine y ¿de
verdad hay alguien en Hollywood que quiera
envejecer?
Kirsten se quedó callada.
—Quiero decir que si actuar fue lo último que
hizo —explicó Jeevan—, entonces la última cosa
que hizo le estaba haciendo muy feliz.
—¿Y ha sido la última cosa que ha hecho?
—Creo que sí. Lo siento.
Para entonces la nieve ya formaba una pila
brillante detrás del escenario, una montañita.
—Es lo que más me gusta en el mundo a mí
también —confesó Kirsten un momento después.
—¿El qué?
—Actuar —dijo.
Fue entonces cuando una mujer joven con la
cara humedecida por las lágrimas salió de entre la
gente con los brazos extendidos. Le cogió la mano
a Kirsten y casi ni miró a Jeevan. La niña sí miró
una vez por encima del hombro y después
desapareció.
Jeevan se levantó y salió al escenario. Nadie
le detuvo. Casi esperaba encontrar a Laura donde
la había dejado, en medio de la primera fila
(¿cuánto tiempo había pasado?), pero cuando
consiguió atravesar el telón de terciopelo, el
público no estaba y los acomodadores estaban
limpiando y recogiendo programas tirados entre
las filas e incluso un pañuelo olvidado sobre el
respaldo de un asiento. Salió al lujoso vestíbulo
con su alfombra roja procurando evitar las
miradas de los acomodadores. Cuando llegó vio
que quedaban algunas personas del público, pero
Laura no estaba entre ellas. La llamó al móvil,
pero había apagado el teléfono antes de la
representación y aparentemente no lo había
encendido de nuevo.
—Laura —le dijo a su contestador—, estoy en
el vestíbulo. No sé dónde estás.
Se acercó a la puerta del baño de señoras y le
preguntó a la encargada de los servicios, pero la
mujer le dijo que no había nadie dentro. Dio una
vuelta completa al vestíbulo y después fue al
guardarropa, donde su abrigo seguía colgado en
una percha junto a los pocos que todavía
quedaban. El abrigo azul de Laura no estaba.
La nieve caía en Yonge Street. Al salir del
teatro Jeevan se quedó desconcertado al ver ese
eco de los trocitos de plástico traslúcido que
todavía tenía pegados a la chaqueta tras su paso
por el escenario. Media docena de paparazzi se
habían pasado la noche apostados junto a la puerta
de atrás, por la que salían los actores. Arthur no
era tan famoso como antes, pero sus fotos todavía
se podían vender, sobre todo ahora que estaba
envuelto en un complicado divorcio con una
modelo/actriz que le había puesto los cuernos con
un director.
Hasta hacía muy poco Jeevan había sido
paparazzi. Intentó pasar desapercibido entre sus
antiguos colegas, pero las habilidades
profesionales de alguien de ese colectivo incluían
una capacidad excepcional para detectar a
personas que intentan que nadie se fije en ellas, así
que se lanzaron sobre él en un abrir y cerrar de
ojos.
—Qué buena pinta tienes —comentó uno—.
Menudo abrigo llevas. —Jeevan llevaba un
chaquetón de marinero que no abrigaba todo lo
necesario, pero que lograba lo que él pretendía: no
parecerse a sus antiguos colegas, que normalmente
llevaban anoraks de plumas y vaqueros—. ¿Dónde
andas ahora, tío?
—En un bar, de camarero —contestó Jeevan
—. Y estudiando para ser técnico sanitario.
—¿Técnico de emergencias? ¿De verdad?
¿Quieres dedicarte a recoger borrachos de las
calles?
—Quiero hacer algo que tenga alguna
trascendencia, si es a eso a lo que te refieres.
—Sí, bueno. Estabas dentro del teatro, ¿no?
¿Qué ha pasado?
Unos cuantos estaban hablando por teléfono.
—Te lo aseguro, ese tío está muerto —decía
uno que estaba cerca de Jeevan—. Sí, claro, la
nieve estropea la foto, pero mira lo que te acabo
de mandar, mírale la cara cuando le están subiendo
a la ambulancia…
—No sé qué ha pasado —contestó Jeevan—.
Simplemente cerraron el telón a mitad del cuarto
acto. —Lo dijo en parte porque en ese momento no
quería hablar de lo que había pasado con nadie,
excepto tal vez con Laura, y en parte porque no
quería hablar de eso específicamente con ellos—.
¿Se lo han llevado en una ambulancia? ¿Y lo
habéis visto?
—Lo han sacado por la puerta de atrás, lo han
subido en la ambulancia y se lo han llevado —
contó uno de los fotógrafos. Estaba fumando un
cigarrillo con movimientos rápidos y nerviosos—.
Sanitarios, ambulancia y todo el rollo.
—¿Qué pinta tenía?
—¿La verdad? Parecía un puto cadáver.
—Hay bótox y bótox —apuntó otro.
—¿Alguien ha hecho una declaración oficial?
—quiso saber Jeevan.
—Un tío con traje ha salido para hablar con
nosotros. Cansancio y, no te lo vas a creer,
deshidratación. —Varios rieron—. Siempre es
cansancio y deshidratación con esta gente, ¿no?
—Deberían decírselo —comentó el hombre
que había dicho lo del bótox—. Alguien debería
tener el buen corazón de coger a un par de estos
actores y decirles: «Vamos a ver, chicos, corred la
voz: tenéis que beber mucho líquido y dormir de
vez en cuando, ¿vale?».
—Pues me temo que yo he visto menos que
vosotros —concluyó Jeevan, y fingió que alguien
importante le llamaba.
Subió por Yonge Street con el teléfono frío
pegado a la oreja y se refugió en un portal a media
manzana para volver a marcar el número de Laura.
Seguía teniendo el teléfono apagado.
Si llamaba a un taxi estaría en su casa en
media hora, pero le apetecía estar fuera,
respirando el frío aire, lejos de los demás. La
nieve ahora caía con más fuerza. Se sintió extraña
y culpablemente vivo. Qué injusto que su corazón
latiera perfectamente mientras en alguna parte
Arthur estaba frío y rígido. Siguió hacia el norte
por Yonge Street con las manos hundidas en los
bolsillos del abrigo y la nieve azotándole la cara.
Jeevan vivía en Cabbagetown, al noreste del
teatro. Hasta su casa había una distancia que
cuando tenía veinte años se habría hecho andando
sin darse ni cuenta, solo unos kilómetros de ciudad
por los que pasaban tranvías rojos, pero hacía
tiempo que no se daba un paseo como ese. No
tenía claro si estaba en condiciones de caminar
tanta distancia, pero al girar a la derecha en
Carlton Street sintió una cierta energía que le hizo
dejar atrás la primera parada del tranvía y seguir
adelante.
Llegó a Allan Gardens Park, más o menos a
medio camino, y ahí fue donde se encontró
sorprendentemente lleno de una alegría
inesperada. Arthur ha muerto, se dijo, no has
podido salvarle, no hay nada por lo que estar
alegre. Pero sí lo había: estaba eufórico porque
toda su vida se había estado preguntando a qué se
iba a dedicar y ahora estaba seguro, absolutamente
seguro, de que quería ser técnico sanitario. En
momentos en los que otras personas solo eran
capaces de quedarse mirando, él quería ir un paso
por delante.
Sintió un absurdo deseo de entrar en el parque
corriendo. La tormenta hacía que el parque se
viera extraño, todo nieve y sombras, siluetas
negras de árboles y el brillo líquido de la bóveda
de cristal de un invernadero. Cuando era pequeño
le gustaba tumbarse boca arriba en el patio y ver la
nieve caer sobre él. Cabbagetown se veía a solo
unas manzanas, desde allí ya se apreciaban las
luces atenuadas por la nieve de Parliament Street.
El teléfono vibró en su bolsillo. Se paró para leer
un mensaje de Laura: «Tenía dolor de cabeza, así
que me he venido a casa. ¿Puedes traer leche?»
Y en ese momento todo su ímpetu desapareció.
No podía avanzar ni un paso más. Había comprado
las entradas para el teatro con la intención de que
fueran un gesto romántico, un «vamos a hacer algo
romántico porque no paramos de discutir», y ella
le había dejado tirado allí, en el escenario
haciéndole la RCP a un actor muerto, y se había
ido a casa. Y ahora quería que fuera a comprar
leche. Como había dejado de andar, Jeevan sintió
frío. Tenía los dedos de los pies entumecidos.
Toda la magia de la tormenta se había esfumado y
la felicidad que sentía un momento antes se estaba
diluyendo. La noche era oscura y estaba llena de
movimiento, con la nieve cayendo con fuerza y en
silencio y unos coches aparcados en la calle de los
que solo se veían sus amortiguadas siluetas. Tuvo
miedo de lo que podía decir si se iba a casa con
Laura. Pensó en buscar un bar en alguna parte,
pero no quería hablar con nadie y la verdad era
que tampoco tenía ganas de emborracharse.
Únicamente quería estar solo un momento mientras
decidía adónde ir después. Entró en el silencio del
parque.
QUEDABA poca gente en el Elgin and Winter
Garden Theatre Centre para entonces. Una mujer
lavando los trajes en Vestuario y cerca un hombre
planchando. Una actriz, la que hacía de Cordelia,
bebiendo tequila entre bastidores con el ayudante
del director de escena. Un tramoyista joven
limpiando el escenario y moviendo la cabeza al
ritmo de la música de su iPod. En un camerino la
mujer que se ocupaba de cuidar a las actrices
infantiles intentaba consolar a la niña que estaba
en el escenario cuando Arthur murió, y que no
paraba de llorar.
Seis rezagados habían recalado en el bar del
vestíbulo, donde afortunadamente todavía quedaba
un camarero. El director de escena estaba allí, y
también Edgar y Gloucester, un maquillador,
Goneril y un productor ejecutivo que estaba entre
el público. En el mismo momento en que Jeevan
cruzaba entre los montículos de nieve de Allan
Gardens Park, el camarero le estaba sirviendo un
whisky a Goneril. La conversación había derivado
hacia el tema de informar a la familia de Arthur.
—Pero ¿«qué» familia? —Goneril estaba
encaramada en un taburete. Tenía los ojos rojos.
Sin maquillaje su cara parecía de mármol, la piel
más pálida y más inmaculada que había visto el
camarero en su vida. Fuera del escenario parecía
mucho más menuda, también mucho menos
malvada—. ¿A quién tenía?
—Tenía un hijo —dijo el maquillador—.
Tyler.—
¿De qué edad?
—¿Siete u ocho? —El maquillador sabía
exactamente la edad que tenía el hijo de Arthur,
pero no quería que nadie se diera cuenta de que
leía las revistas de cotilleo—. Me parece haber
oído que vive con su madre en Israel o Jerusalén o
Tel Aviv, no sé. —Sabía que era Jerusalén.
—Ah, sí, aquella actriz rubia —intervino
Edgar—. Elizabeth, ¿no? ¿Eliza? Algo así.
—¿Su exmujer número tres? —preguntó el
productor.
—Creo que la madre del niño es la exmujer
número dos.
—Pobre niño —comentó el productor—.
¿Tenía Arthur alguien a quien estuviera unido?
Esa pregunta provocó un silencio incómodo.
Arthur había estado teniendo una aventura con la
mujer que cuidaba a las actrices infantiles. Todos
los presentes lo sabían, excepto el productor, pero
ninguno sabía si los demás conocían esa
información. Gloucester fue el que pronunció el
nombre de la mujer.
—¿Dónde está Tanya?
—¿Quién es Tanya? —preguntó el productor.
—Todavía no han venido a recoger a una de
las niñas. Creo que Tanya está en el camerino de
las niñas. —El director de escena nunca había
visto morir a nadie. Estaba deseando fumarse un
cigarrillo.
—Bueno —retomó Goneril—, ¿y quién más
hay? Tanya, el niño, todas sus exmujeres, ¿alguien
más? ¿Hermanos? ¿Padres?
—¿Quién es Tanya? —volvió a preguntar el
productor.
—¿De cuántas exmujeres estamos hablando?
—El camarero estaba secando un vaso.
—Tiene un hermano —dijo el maquillador—,
pero no me acuerdo cómo se llama. Solo sé que
una vez mencionó que tenía un hermano menor.
—Creo que son unas tres o cuatro —aportó
Goneril, hablando de las exmujeres—. ¿Tres?
—Tres. —El maquillador parpadeó para
apartar las lágrimas—. Aunque no sé si ya había
llegado a firmar su último divorcio.
—¿Así que Arthur no estaba casado con nadie
en el momento de… bueno, no estaba casado con
nadie esta noche? —El productor se dio cuenta de
que lo que había dicho sonaba fatal, pero no se le
ocurría otra forma de decirlo. Arthur Leander
había entrado en el teatro solo unas horas atrás y
parecía inconcebible que no fuera a entrar otra vez
por la misma puerta al día siguiente.
—Tres divorcios —dijo Gloucester—. ¿Os lo
imagináis? —Él se acababa de divorciar. Estaba
intentando recordar lo último que le había dicho
Arthur. ¿Algo sobre un bloqueo en el segundo
acto? Ojalá pudiera recordarlo—. ¿Han informado
a alguien? ¿A quién llamamos?
—Yo debería llamar a su abogado —concluyó
el productor.
Esa solución era indiscutible, pero tan
deprimente que el grupo bebió durante varios
minutos en silencio antes de que alguien encontrara
fuerzas para volver a hablar.
—Su «abogado» —comentó el camarero por
fin—. Dios, qué cosas. Te mueres y los que quedan
llaman a tu «abogado».
—¿Quién más hay? —volvió a preguntar
Goneril—. ¿Su agente? ¿El niño de siete años?
¿Las exmujeres? ¿Tanya?
—Ya, ya —contestó el camarero—. Es solo
que me parece terrible.
Reinó entre ellos el silencio de nuevo. Alguien
hizo un comentario sobre que la nieve se había
puesto a caer con fuerza, algo absolutamente cierto
que todos pudieron comprobar al mirar a través de
las puertas de cristal que había en el extremo del
vestíbulo. Desde el bar la nieve parecía casi
abstracta, como salida de una película ambientada
en una calle desierta con mal tiempo.
—Bueno, pues por Arthur —brindó el
camarero.
En el camerino de las niñas Tanya le dio a
Kirsten un pisapapeles.
—Toma —le dijo poniéndoselo en las manos a
Kirsten—, voy a seguir intentando localizar a tus
padres. Tú solo mira qué bonito es esto e intenta
dejar de llorar…
Y Kirsten, a solo unos días de cumplir ocho
años, con los ojos llenos de lágrimas y la
respiración entrecortada, miró el objeto y pensó
que era la cosa más hermosa, maravillosa y
extraña que había tenido en las manos en su vida.
Era un trozo de cristal con una nube de tormenta
atrapada en su interior.
En el vestíbulo, los congregados en el bar
acercaron los vasos para brindar.
—Por Arthur —repitieron.
Se quedaron bebiendo unos minutos más y
después salieron a la tormenta y cada uno tomó una
dirección.
De todos los que habían estado en el bar esa
noche, el camarero fue el que sobrevivió más
tiempo. Murió tres semanas después en una
carretera que salía de la ciudad.
JEEVAN deambuló totalmente solo por Allan
Gardens Park. Dejó que la fría luz del invernadero
le atrajera como un faro y, rodeado de montículos
de nieve que ya le llegaban a media pantorrilla,
disfrutó del placer infantil de ser el primero en
dejar huellas sobre el manto blanco. Cuando miró
dentro del invernadero sintió la calma que le
proporcionaba el paraíso interior, las flores
tropicales desdibujadas por el cristal empañado,
las hojas de palmera con esa forma que le
recordaban a unas vacaciones que pasó en Cuba
mucho tiempo atrás. Iría a ver a su hermano,
decidió. Tenía muchas ganas de contarle a Frank lo
de esa noche, tanto el horror de la muerte de
Arthur como la revelación de que lo que tenía que
hacer con su vida era convertirse en técnico
sanitario. Hasta esa noche no había estado seguro.
Llevaba mucho tiempo buscando una profesión.
Había sido camarero, paparazzi, periodista de
entretenimiento, paparazzi de nuevo y después
otra vez camarero, y eso solo en los últimos doce
años.
Frank vivía en una torre de cristal con vistas al
lago en el extremo sur de la ciudad. Jeevan salió
del parque, esperó un rato en la acera dando
saltitos de vez en cuando para calentarse y se
subió a un tranvía que pareció salir flotando de la
noche, un barco fantasma en medio de la
oscuridad. Apoyó la frente en la ventanilla
mientras recorría Carlton Street, el mismo camino
por el que había venido. La tormenta era ya casi
una ventisca y el tranvía avanzaba lentamente, casi
a paso humano. Le dolían las manos de haber
estado comprimiendo el corazón inmóvil de
Arthur. Qué triste, sobre todo al recordar todas las
veces que le hizo fotos en Hollywood tantos años
atrás. Le vino a la mente la niña, Kirsten
Raymonde, preciosa con su maquillaje teatral, el
cardiólogo arrodillado con su traje gris, las
arrugas de la cara de Arthur y sus últimas palabras
(«El gorrión…»), y eso le hizo pensar en pájaros,
en Frank con sus prismáticos las pocas veces que
habían ido a avistar aves, en el vestido de verano
favorito de Laura, que era azul con una tormenta de
loros amarillos, en Laura, ¿qué iba a ser de ellos?
Todavía era posible que él más tarde regresara a
casa o que ella en cualquier momento le llamara y
le pidiera disculpas. Casi había vuelto al lugar
donde había empezado todo, al teatro, cerrado y
oscuro unas pocas manzanas más al sur. El tranvía
paró inesperadamente muy cerca de Yonge Street y
vio que un coche se había quedado atravesado en
las vías y tres personas lo estaban empujando
mientras las ruedas giraban en la nieve. El teléfono
vibró otra vez en su bolsillo, pero esta vez no era
Laura.
—Hua —saludó.
Pensó en Hua, que era su mejor amigo aunque
apenas se veían. Habían sido camareros en el
mismo bar durante dos años mientras Hua
estudiaba para el examen de acceso de Medicina y
Jeevan intentaba sin éxito establecerse como
fotógrafo de bodas; después Hua entró en la
facultad de Medicina y Jeevan se fue con otro
amigo a Los Ángeles para dedicarse a fotografiar
famosos. Ahora Hua trabajaba largos turnos en el
hospital Toronto General.
—¿Has visto las noticias? —Hua hablaba con
una intensidad peculiar.
—¿Esta noche? No, tenía entradas para el
teatro. De hecho, no te vas a creer lo que me ha
pasado. Pues resulta que yo…
—Espera, escúchame, necesito que me digas
con sinceridad si te va a dar uno de tus ataques de
pánico si te cuento algo muy, muy malo.
—Hace tres años que no tengo un ataque de
ansiedad. Mi médico dice que todo eso era una
circunstancia puntual relacionada con el estrés, ya
lo sabes.
—Vale, ¿has oído hablar de la gripe de
Georgia?
—Claro —contestó Jeevan—, ya sabes que
intento estar al tanto de las noticias.
El día anterior había surgido una noticia sobre
una nueva y alarmante gripe en la República de
Georgia y había informes contradictorios sobre
tasas de mortalidad y número de víctimas. Los
detalles eran bastante vagos. El nombre que
estaban utilizando las noticias, la gripe de
Georgia, le había parecido a Jeevan sencillamente
hermoso.
—Tengo una paciente en la UCI —prosiguió
Hua—. Una chica de dieciséis años que vino en
avión desde Moscú anoche y se presentó en
Urgencias con síntomas de gripe a primera hora de
esta mañana. —En ese momento Jeevan notó el
agotamiento de la voz de Hua—. Las cosas no
pintan bien para ella. Pero bueno, a media mañana
teníamos doce pacientes más, mismos síntomas,
resulta que estaban todos en el mismo vuelo.
Todos dicen que empezaron a sentirse mal en el
avión.—
¿Parientes? ¿Amigos de la primera
paciente?
—No hay ninguna relación. Solo se subieron
todos al mismo avión en Moscú.
—¿Y la chica de dieciséis…?
—No creo que vaya a sobrevivir. Así que
tenemos a ese grupo inicial de pacientes, los
pasajeros del vuelo de Moscú. Y después esta
tarde llega un nuevo paciente. Mismos síntomas,
pero no iba en el vuelo. Es un empleado del
aeropuerto.
—No estoy seguro de entender lo que…
—Un agente de puerta de embarque —continuó
Hua—. Estoy diciendo que el único contacto que
tuvo con los otros pacientes es que habló con uno
sobre dónde podía coger el transporte para ir a su
hotel.—
Oh —contestó Jeevan—. Eso suena muy
mal. —El tranvía seguía atrapado por el coche
atravesado—. Así que deduzco que vas a trabajar
hasta tarde esta noche…
—¿Recuerdas la epidemia de SRAG? —
preguntó Hua—. ¿La conversación que tuvimos?
—Recuerdo que te llamé desde Los Ángeles
cuando oí que el hospital estaba en cuarentena,
pero no me acuerdo qué te dije.
—Estabas como loco. Tuve que ponerme a
hablar contigo hasta que te calmaste.
—Bueno, sí que me acuerdo de eso. Pero oye,
en mi defensa diré que lo ponían bastante…
—Me dijiste que te llamara si había una
epidemia de verdad.
—Me acuerdo.
—Hemos ingresado a más de doscientos
pacientes desde esta mañana —dijo Hua—. Ciento
sesenta en las últimas tres horas. Quince han
muerto. Las Urgencias están llenas de casos
nuevos. Tenemos camillas aparcadas en los
pasillos. El Ministerio de Sanidad de Canadá está
a punto de anunciarlo. —No era solo agotamiento,
entendió Jeevan. Hua tenía miedo.
Jeevan tiró del cordón de la campanilla y se
dirigió a la puerta de atrás. Se dio cuenta de que
estaba examinando a los otros pasajeros. La mujer
joven con la bolsa de la compra, el hombre con el
traje que jugaba con su teléfono, la pareja mayor
que hablaba en hindi en voz baja. ¿Alguno de ellos
vendría del aeropuerto? De repente fue consciente
de las respiraciones de todos a su alrededor.
—Ya sé lo paranoico que te puedes poner —
apuntó Hua—. Créeme, serías la última persona a
la que llamaría si creyera que no es nada, pero…
Jeevan estrelló la palma de la mano contra el
panel de cristal de la puerta. ¿Quién habría tocado
la puerta antes que él? El conductor le miró mal
por encima del hombro, pero le abrió para que
saliera. Las puertas se cerraron tras Jeevan con un
susurro y se vio de nuevo envuelto por la tormenta.
—Pero no crees que esto sea nada.
Jeevan dejó atrás el coche atravesado con las
ruedas girando inútilmente en la nieve. Yonge
Street quedaba justo delante de él.
—Estoy seguro de que es algo más que nada.
Oye, tengo que volver al trabajo.
—Hua, ¿llevas todo el día trabajando con esos
pacientes?
—Estoy bien, Jeevan, estaré bien. Tengo que
irme. Te llamo luego.
Jeevan se guardó el teléfono en el bolsillo y
siguió caminando entre la nieve, giró hacia el sur y
bajó por Yonge Street hacia el lago y la torre
donde vivía su hermano. ¿De verdad estás bien,
Hua, viejo amigo, o «estarás» bien? Él estaba muy
inquieto. Las luces del Elgin and Winter Garden
Theatre Centre quedaban justo delante. El interior
del teatro estaba oscuro a esas horas, los pósteres
seguían anunciando El rey Lear con un Arthur con
flores en el pelo mirando a una luz azul que
llegaba desde arriba y con Cordelia muerta, inerte
en sus brazos. Jeevan se quedó un momento
observando los pósteres. Después siguió
caminando despacio, pensando en la extraña
llamada de Hua. Yonge Street estaba casi desierta.
Se detuvo a descansar un momento en el umbral de
una tienda que vendía maletas y vio un taxi que se
iba abriendo camino lentamente por la calle llena
de nieve, iluminando la tormenta con sus faros, y
esa visión, la de la nieve en esa luz, le llevó de
vuelta durante un momento al escenario del Elgin
Theatre con su extraña tormenta artificial. Sacudió
la cabeza para apartar la imagen de la mirada
vacía de Arthur y siguió caminando en un
aturdimiento exhausto hasta que por fin cruzó las
sombras y las luces anaranjadas bajo la autopista
Gardiner Expressway para alcanzar el extremo sur
de Toronto, un mar de cristal.
En Queens Quay la tormenta de nieve era más
violenta y el viento llegaba azotando desde el otro
lado del lago. Jeevan ya había llegado por fin al
edificio de Frank cuando Hua le volvió a llamar.
—Estaba pensando en ti —dijo Jeevan al
contestar—. ¿De verdad…?
—Escúchame —ordenó Hua—, tienes que irte
de la ciudad.
—¿Qué? ¿Esta noche? Pero ¿qué está pasando?
—No lo sé, Jeevan. Esa es la respuesta corta.
No sé qué está pasando. Es una gripe, eso es
obvio, pero nunca he visto nada como esto. Es muy
rápida. Y parece que se está extendiendo a toda
velocidad…
—¿Se está poniendo peor?
—Las Urgencias están llenas —afirmó Hua—,
lo que es un problema, porque, a estas alturas, la
mitad del personal de esa ala está demasiado
enfermo para trabajar.
—¿Se la han contagiado los pacientes?
En el vestíbulo del edificio de Frank el portero
nocturno hojeaba un periódico. Detrás y un poco
por encima de él había una pintura abstracta roja y
gris bien iluminada. Ambos, portero y cuadro,
proyectaban reflejos alargados en el suelo pulido.
—Es el periodo de incubación más rápido que
he conocido. Acabo de ver a una paciente que
trabaja en el hospital, es camillera, y estaba aquí
cuando empezaron a llegar los primeros pacientes
esta mañana. Empezó a sentirse mal cuando
llevaba unas horas de turno, se fue a casa antes de
acabarlo, su novio la trajo hace dos horas y ahora
está con ventilación mecánica. Si te ves expuesto a
esto, enfermas en cuestión de horas.
—¿Crees que se va a extender fuera del
hospital? —A Jeevan le estaba costando pensar
con claridad.
—No, sé que ya está fuera del hospital. Es una
epidemia en toda regla. Si se está extendiendo
aquí, lo está haciendo también por toda la ciudad,
y no he visto nunca nada como esto.
—Me estás diciendo que debería…
—Te digo que tienes que irte ya. O, si no
puedes irte, al menos aprovisiónate

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