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Libro PDF Eugénie Grandet Honoré de Balzac

Eugénie Grandet  Honoré de Balzac

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obras futuras. Vislumbra el edificio que le
asegurará dinero y honor (pues pretende ser fiel al
destino que le asigna su nombre de pila)[4]. Este
«industrial» que no se amilana ante esa ingente
tarea es también un visionario no menos
infatigable: entre los dos, han situado el escrito y
la escritura bajo el signo de la velocidad.
La escritura balzaquiana de 1833 cubre tres
géneros distintos. Por un lado, el escritor sueña
aún con igualar a algunos grandes nombres de la
Edad Media y del Renacimiento gracias a la
redacción de novelas cortas que llevarán como
título general Cuentos droláticos y que se
publicarán en grupos de diez. El entusiasmo por
esa época, entonces ensalzada e imitada en todos
los ámbitos de la vida artística[5], y una cultura
literaria alimentada de obras clásicas, entre ellas
las de Rabelais, constituyen la base de esa
intención audaz que Balzac considera entonces su
gran proyecto literario. «Es un monumento
literario construido para algunos entendidos», le
escribe a la condesa Hanska. «[…] Si no le gustan
los Cuentos de Lafontaine [sic], ni los de
Boccaccio, y si no la vuelve loca Ariosto, tendrá
que dejar a un lado los Cuentos droláticos, aunque
sean mi más hermosa parte de gloria en el
futuro[6]». Eugénie Grandet se publica a la vez
que la segunda decena de Cuentos, mientras
Balzac redacta las páginas que constituirán la
tercera[7]. Esta prosa extraña, que sigue siéndolo
para el lector de hoy, quien no puede dejar de
sorprenderse ante la naturaleza de los relatos y de
la lengua del «siglo XV[8]», ofrece a la novela un
contrapunto divertido y subido de tono al que
conviene dar espacio.
Por otro lado, algunas novelas ya publicadas y
varios proyectos en curso empujan a Balzac a
pensar en un conjunto más vasto, esta vez
aligerado de toda referencia al pasado e incluso
decididamente moderno en el sentido de que sus
ambiciones de forma y de contenido superarán con
mucho la producción novelesca tradicional. Si
bien hay que esperar a 1842 para que La comedia
humana tenga la construcción que conocemos, en
1833 retoma su curso, tal como demuestra el
contrato firmado en otoño entre el autor y la
señora Charles-Béchet, librera de París.
Eso no es todo. Según confiesa el propio
escritor, la correspondencia compite diariamente
con la práctica novelesca. Para sus familiares
(entre ellos su hermana, Laure Surville) y sus
amigos (entre ellos Zulma Carraud), Balzac será
toda su vida un epistológrafo prolijo y fiel. Y eso
sin contar las cartas a la condesa Hanska. En
febrero de 1832 ha distinguido en su correo un
breve mensaje firmado por «la Extranjera» y
enviado desde Odessa. Esta relación epistolar que
acaba de empezar incluye veintiséis cartas, en su
mayoría muy largas y escritas durante varios días,
solo en el año 1833. «Me he empeñado en
escribirte y E[ugénie] G[randet] protesta[9]», le
comenta Balzac el 18 de octubre a quien ya llama
su «querido amor».
Dividido entre novelas largas y cortas (de
momento las cartas pertenecen al ámbito privado),
aquel que no teme compararse con una
«caldera[10]» y una «máquina de vapor» no ha
dejado de hacer «gemir las prensas». No obstante,
sus editores tienen más de un motivo para estar
irritados. El escritor se ve afectado ya por dos
manías que no se corregirán con los años. La
primera consiste en hacer poco caso de los
calendarios; la segunda, en redactar a trozos, por
decirlo de algún modo. Las pruebas son una
ocasión para realizar interminables ampliaciones
textuales que las asemejan rápidamente al «castillo
de unos fuegos artificiales dibujado por un niño»,
según la bonita frase de Théophile Gautier[11].
Además, Balzac no duda en prometer obras de las
cuales no ha escrito una sola línea, anunciar
proyectos de nombre altisonante que solo son aún
cáscaras vacías y vender lo imaginario como si
vendiera aire, un «sueño» de literatura[12].
En octubre de 1833, cuando el editor Charles
Gosselin le ha tomado ojeriza y el de El médico de
aldea, Louis Mame, lo ha llevado ante los
tribunales, Balzac entra en negociaciones con un
nuevo librero. El proyecto es ingente. Se trata de
la venta de doce volúmenes, en gran medida aún
inexistentes, que formarán los Estudios de
costumbres del siglo XIX. El título resulta tan
claro como ambicioso. Transmite directamente tres
datos esenciales de la poética balzaquiana: su
método (la observación atenta), su objeto (los
hábitos de vida) y su momento (la época
contemporánea). La comedia humana está en
gestación: empieza a tomar cuerpo y forma.
Eugénie Grandet compone el primer volumen del
quinto tomo; en el segundo volumen, el escritor
dispone en desorden algunos textos más cortos,
entre ellos El ilustre Gaudissart, redactado para
la ocasión en pocos días. El contrato no tarda en
firmarse, y la cantidad recibida es importante[13].
La publicación no espera al final del año para
empezar y Balzac vuelve a estar en apuros, de
pluma y de dinero.
De entrada, conviene entender esa actividad
incesante, acompañada de la voluntad no de
escribir una novela, sino de crear una obra
ambiciosa y multiforme. Eugénie Grandet
pertenece primero a un conjunto llamado Estudios
de costumbres, sección Escenas de la vida en
provincias. Dentro de la estructura más vasta de
La comedia humana, la novela formará un tríptico
con Úrsula Mironet y Pierrette; admirables
figuras de mujeres, solteros, parisinos que se
aventuran en provincias, individuos desgarrados
por divergencias de intereses y jóvenes pobres
devorados por la ambición vendrán a engrosar el
conjunto. Al principio la obra se aproxima más
modestamente a El mensaje, La granadera, La
mujer abandonada, Los solteros (que se
convertirá en El rector de Tours) y El ilustre
Gaudissart. Antes de quedar absorbidos a su vez
en el programa final, estos textos forman la familia
un tanto heteróclita de la que Eugénie Grandet
solo es un miembro, el rincón del cuadro del que
solo es un detalle.
No obstante, la entusiasta acogida general de
la novela tras su publicación, su éxito creciente en
vida de Balzac y la enseñanza de la literatura tal
como se define a partir de la Tercera República le
asegurarán otro destino. Estos diversos factores no
solo contribuyen a hacer enseguida de Eugénie
Grandet el texto balzaquiano por excelencia
(reduciendo así al escritor a no ser más que «el
autor de Eugénie Grandet»); además, convierten
en un texto clásico una obra que posee
aparentemente el mérito de representar la novela
realista en su mejor forma: una intriga simple y
bien llevada, unos personajes concretos, un
contenido comprensible y una moral
irreprochable[14]. Desde entonces, el éxito de
Eugénie Grandet no cesa de aumentar. Forma
parte de las novelas más reimpresas entre 1860 y
1899, se convierte en una presencia regular en
concursos y aulas y figura en el programa de
oposiciones a las cátedras universitarias de 1889.
Lectura recomendada en la enseñanza secundaria
obligatoria y adaptada en tres ocasiones para la
televisión, la novela cuenta hoy en día con
dieciséis ediciones disponibles en el mercado.
Eugénie Grandet, modesta pieza de esa
auténtica torre de Babel que es La comedia
humana[15] y breve interludio en la redacción
continua de cuentos, novelas y cartas (Balzac solo
tardó unos meses en escribirla), posee no obstante
el privilegio de pertenecer a ese escaso número de
obras que constituyen el mínimo común bagaje
literario de la nación francesa.
Método
A punto de dar a leer su novela, Balzac cede a la
necesidad de añadir un preámbulo a fin de
proponerle al lector algunas reflexiones antes de
mostrarle Saumur y la casa del padre Grandet.
Esta introducción de dos páginas, suprimida en la
edición definitiva (La comedia humana de 1842
es introducida por el famoso prólogo), enuncia a
su modo la formidable tarea que se ha asignado el
escritor.
Es cierto que la elección de las provincias
para situar la novela puede sorprender, y Balzac es
el primero en reconocerlo. Las provincias resultan
lejanas y desconocidas; no poseen «ni relieves ni
salientes»; son monótonas, silenciosas y secretas,
de una naturaleza en apariencia «hueca». Pero la
realidad es mucho más tormentosa. Pasiones y
misterios, dramas, «desenlaces en una sola
palabra»; todo tipo de acontecimientos se dan en
ellas. Las provincias son una prodigiosa reserva
de fábulas para quien está dispuesto a mirar muy
de cerca y con paciencia. Porque ignoran lo
accidental y lo fútil, obran a largo plazo; bajo un
aspecto insignificante, la vida adopta en ellas aires
de tragedia; las desgracias se transforman allí en
destinos.
El trabajo del escritor consiste por ello en
devolver «detalles y medias tintas» a los cuadros
olvidados, en reconstituir «el círculo de minucias»
que preside los dramas y los alimenta. Se trata de
observar, analizar y comprender (es decir, de
desmontar mecanismos o, por el contrario, de
restablecer un comportamiento a partir de un
detalle); se trata de copiar y de reproducir
(estudio, croquis, retrato, miniatura, repite el
escritor, muy marcado por el modelo pictórico).
Para ello, el «artista» se disfraza de investigador y
aprendiz de pintor, de analista y anticuario, ese
amante de objetos curiosos de mundos olvidados.
Antes de ser naturalista, fisiólogo y psicólogo,
Balzac se entrega decididamente a la escena de
género (por algo es amigo de Delacroix y del
pintor Gérard, a cuyas recepciones del miércoles
por la tarde Balzac acude con asiduidad)[16].
Saumur, una calle de Saumur, sus casas
comerciales tres veces seculares, los productos
que exponen a la venta, los hechos y gestos de
cada cual, la importancia de la meteorología, la
casa del señor Grandet, su biografía a partir de
1789, la naturaleza y las razones de su fortuna, su
existencia cotidiana, la sociedad que le rodea y el
temor que inspira forman seguramente una
introducción un poco sorprendente para quien cree
tener entre las manos una obra entretenida. Este
comienzo puede parecer largo (ocupa una decena
de páginas), demasiado detallado (conocemos
hasta el color de las rayas del chaleco del padre
Grandet) y aún más desconcertante porque la
novela lleva en su cubierta el nombre de una
muchacha.
Los contemporáneos de Balzac fueron los
primeros en quejarse[17], aunque eso equivaliese a
desconocer la naturaleza innovadora de una
narración que pretendía ser un «estudio» y que por
tanto no podía concebirse sin «esas preparaciones
didácticas contra las que protestan ciertas
personas ignorantes y voraces que desean
emociones sin soportar sus principios
generadores, la flor sin la semilla, la criatura sin
la gestación[18]». Así se justifica Balzac en La
búsqueda del absoluto, que aparece pocos meses
después de la publicación de Eugénie Grandet. La
«escena de vida» que trata de transmitir y la
realidad que pretende «copiar» (el autor no elude
la palabra) deben ser inteligibles. Tal como
observará en el prólogo, es el principio de
relación de los elementos entre sí que falta en las
novelas, por otra parte admirables, de Walter
Scott[19]. Por consiguiente, es esencial demostrar
que tras la cosa observada, la avaricia del padre
Grandet, la piedad de Eugénie o la desenvoltura de
Charles, hay, como en la naturaleza, una sucesión
de etapas (de la gestación de la criatura a su
nacimiento, de la semilla a la flor), un proceso que
conviene describir con cuidado, pues de no
hacerlo la historia se volvería arbitraria y poco
comprensible. Detrás de la elección de un tema y
la invención de una novela existe una verdadera
búsqueda de método.
«La mayoría de los observadores», sigue
escribiendo Balzac, «pueden reconstruir las
naciones o los individuos en toda la verdad de sus
costumbres, según los restos de sus monumentos
públicos o mediante el examen de sus reliquias
domésticas. La arqueología es a la naturaleza
social lo que la anatomía comparada a la
naturaleza organizada[20]». Eso equivale a tomar
en consideración una vez más el vínculo de causa
y efecto, reiterar el deseo de una comprensión de
naturaleza histórica, aunque cambiando de modelo.
Del mismo modo que la arqueología (ya cruzada
con la sociología) pretende reconstituir a partir de
un fragmento de arquitectura un mundo como suma
de costumbres, la práctica novelesca debe
interpretar, plantear relaciones, remontarse a la
fuente de los comportamientos. Por consiguiente,
todo se sostiene y tiene sentido: el carácter de un
personaje se lee tanto en su indumentaria como en
sus particularidades físicas o en su interior, el
menor detalle tiene valor de indicio, toda parte
conduce al conjunto que ilumina. En busca ya de
un origen que será la idea fija del naturalismo,
obsesionado por los modelos y las ciencias que
convoca en desorden, el realismo en literatura
plantea así su legitimidad. En realidad, solo aspira
a una racionalidad bien entendida.
«Aquí no hay ninguna invención», volverá a
decir Balzac en el epílogo suprimido, sin temor a
instalar su narrativa entre dos términos y reavivar
los viejos problemas de la verosimilitud. Copia,
desde luego, pero copia trucada (puesto que hay
novela), o copia artificial (puesto que pasa mejor
por la pintura que por lo real)[21]. Arqueología e
historia sin duda, pero paralelamente a la
observación inmediata, a una viva atención
dirigida a lo contemporáneo. Las distinciones se
confunden, lo verdadero y lo falso se mezclan, el
pasado y el presente se entrelazan. Además, en
este último punto Balzac obra de forma astuta: las
provincias que finge pintar sobre la naturaleza en
1833 corresponden en realidad a la Anjou de la
Restauración (el relato empieza en octubre de
1819). En esta tensión, el realismo balzaquiano
halla quizá su definición más evidente: la de ser,
bajo la apariencia de una realidad copiada con
exactitud, un prodigioso montaje ficticio.
Al anuncio de este proyecto estético, que se
halla aún en la fase de constitución, solo le falta
una declaración de intenciones ideológicas. En el
prólogo de 1842, el escritor se referirá a ella de
forma explícita al elogiar la monarquía, el
catolicismo y la familia, al apelar al teórico de la
reacción de Bonald. No hay nada de todo eso en el
preámbulo de Eugénie Grandet. No obstante, la
dedicatoria a Maria du Fresnay, añadida en 1839 y
que hace del nombre de la joven amante de Balzac
la rama de boj bendito que debe «santificar» la
novela, recuerda claramente el tono general de la
empresa. Costumbres y moralidad se ponen a buen
recaudo, el catolicismo ejerce de centinela, la
novela debería ser edificante, sobre todo porque
Eugénie Grandet se dirige también a la piadosa
condesa Hanska, con quien el escritor se ha
reunido en Neuchâtel durante el otoño y a la que
regalará el manuscrito recién terminado.
Sentimientos
Un anochecer de mediados de noviembre, mientras
se celebra el cumpleaños de Eugénie, alguien
llama a la puerta. El destino hace su entrada bajo
la forma de un dandi con vestimenta de viaje. En la
sala de los Grandet no produce menos efecto,
afirma el texto, que un caracol en un panal, que una
jirafa en pleno París (pág. 48). No se puede ser ni
más extraño ni más extranjero. Subyugada por este
«fénix de los primos» (pág. 49), Eugénie siente
que se le cae la venda de los ojos. La inspiración
le llega en menos de una hora. A los veintitrés
años, es alcanzada (por fin) por el amor. Ya
sabemos qué ocurre después: las promesas
intercambiadas, la marcha de Charles, su regreso
ocho años más tarde del brazo de otra, la pena de
Eugénie. «¡Un desastre espantoso y absoluto!»
(pág. 192).
«Gran geógrafo de las pasiones[22]», Balzac
sabe escribir con simplicidad sin ser simple. No
basta decir que es un excelente conocedor de los
sentimientos humanos: desde que en 1829, en La
fisiología del matrimonio, analizó los menores
movimientos del corazón en su relación con la
sociedad, se aseguró la fidelidad y la admiración
de un público ante todo femenino. «El señor
Balzac», observa Sainte-Beuve, «[…] aborda el
tema del sexo como un confidente que consuela, un
confesor similar a un médico[23]».
Tras leer Eugénie Grandet, las mujeres
aplaudieron la obra y expresaron su entusiasmo al
autor[24]. Se identificaron con la heroína como
habrían podido hacerlo con una hermana o una
amiga, la compadecieron, lloraron con ella y
comprendieron su dolor. Demostraron así que la
lectura es sobre todo una cuestión de
reconocimiento y de identificación. Es cierto que
Balzac se esfuerza al máximo para conseguir ese
efecto. En el capítulo del amor enumera con
actitud complaciente una serie de prejuicios,
pequeño catecismo para uso de las almas sensibles
y de los espíritus tímidos que se reconocen
fácilmente en esta muchacha declarada
expresamente «semejante a todas las mujeres».
El escritor construye su intriga sentimental
sobre dos verdades a las que inscribe en el orden
de la «naturaleza». Ambas poseen la misma
importancia, y solo existen unidas. Balzac empieza
ensalzando las delicias de un nacimiento: la
llegada del amor, su reconocimiento y los cambios
repentinos que produce (entre ellos la coquetería).
A continuación detalla los pensamientos que
genera el amor y las virtudes que suscita: piedad,
modestia, probidad, simplicidad, generosidad y
pudor. Eugénie Grandet no evoca tanto la Venus de
Milo como las delicadas vírgenes de Rafael o de
los pintores españoles. Todo en ella es puro,
ingenuo, casto y auténtico. «Sublime» es el
adjetivo que resume sus cualidades, «suave» el
que pinta un sentimiento ante todo cristiano. El
amor de Eugénie, pasado por el barniz dulzón de
la santidad, tiene como modelo, dice Balzac, los
keepsakes ingleses (pág. 48) y las novelas de
Auguste Lafontaine, representante alemán de lo
edificante, lo conmovedor y lo admirable en
literatura. Este amor es «divino» (el adjetivo se
repite en varias ocasiones), se parece al de los
ángeles. Además, tiene como objeto a un joven a
quien se compara con las «apariciones celestes»
(pág. 48), con un serafín.
El amor, delicioso tormento, aúna los
contrarios. Es felicidad y también sufrimiento.
Eugénie no tarda en descubrirlo. «La vida de las
mujeres será siempre sentir, amar, sufrir y
sacrificarse» (pág. 145), escribe Balzac como
buen moralista. La mujer enamorada es compasiva.
Se complace en el reconocimiento del duelo, en el
consuelo y en la prevención de alguna nueva pena.
No obstante, esa compasión suele volverse contra
aquella que la ha manifestado. El amor verdadero,
escribe Balzac, «vive de su dolor y muere de ello»
(págs. 192-193). Si ciertas mujeres abandonadas
apuñalan a su amante, otras, como Eugénie, «se
arrastran moribundas y resignadas, llorosas y
perdonando, rezando y recordando hasta el último
suspiro» (pág. 192). Vínculo causal ineludible,
encadenamiento inevitable que preside el noble
destino de las heroínas de novela.
Como ya se habrá entendido, el autor no tiene
intención de apelar a la independencia de las
muchachas o de introducir una perturbación y una
rebelión tempestuosas en su novela. En este punto,
no comparte ni las pretensiones de su
contemporánea George Sand (que acaba de
publicar Lelia desde una perspectiva muy
distinta), ni las sutilezas de Gustave Flaubert, a
quien se considera su heredero en cuanto a
realismo. Si Balzac pinta lo que denomina el
«ilotismo» (pág. 22) de las mujeres de provincias,
esa condición de esclava sin autonomía y sin
deseo que define a la señora Grandet, a su criada y
más tarde a Eugénie, es para lamentarlo (y pintar
sin ambages sus siniestras consecuencias), no para
proponer un remedio. Ese espejo ofrecido a las
mujeres para que se reconozcan en él no pretende
ser un manifiesto; se trata de una constatación
meticulosa y resignada. Habla incansablemente de
sufrimientos y no deja de hacer valer una
condición dolorosa que conviene aceptar en
nombre de la naturaleza y de la confianza en Dios.
En este punto el mensaje no puede ser más claro:
«Hija mía», le dice la señora Grandet a Eugénie,
«solo en el cielo hay felicidad» (pág. 173). «Mi
madre llevaba razón. Sufrir y morir» (pág. 193),
concluye Eugénie tras la lectura de la carta de
Charles que le anuncia su boda con la señorita
d’Aubrion.
La mujer es un ángel, el deseo es cortado de
raíz y el placer resulta inexistente. Es la moral
asexuada de un cristianismo que guarda silencio en
torno a estas cuestiones. En ese sentido, el
matrimonio de conveniencia de Eugénie no es tanto
el signo invertido de su pasión por Charles como
el emblema de una ficción que arrasa la feminidad
y la sexualidad en nombre de la religión. Si el
amor se transforma en una custodia (Eugénie no
halla otro destino para el dinero de Charles) es
porque, puesto bajo el manto del dolor, nunca ha
sido nada más que una ofrenda acompañada de un
sacrificio. El pudor solo conoce de la ostentación
su tímido contrario: la renuncia. Por ese motivo,
tras la embriaguez de unos días inolvidables y un
tiempo de rebelión vana contra el despotismo
paterno, no habrá para Eugénie otro destino que
una vuelta a la nada concretada en algunos
jugadores de cartas sentados a una mesa en una
sala llena de humo, y después en un simulacro de
unión que no cambiará su forma de vivir y de
sentir.
Como si ese fuese el propósito del autor, la
novela está llena de criaturas que parecen
pertenecer al género femenino por accidente.
Nanon, Hércules doméstico, recuerda a un soldado
veterano. La señora Grandet posee una fealdad que
no requiere comentarios. En cuanto a su hija, tiene
la belleza de las estatuas: del Júpiter de Fidias
tiene la cabeza y la frente, «masculina pero
delicada» (pág. 66). La recatada Eugénie lo ignora
todo de una feminidad cuyos signos enuncia la
novela, aunque de forma discontinua y a la inversa.
Porque es Charles Grandet quien tiene modales de
niña bonita, un equipaje de muchacha coqueta y
costumbres de mujer mimada. Por eso es él el
objeto de todas las miradas, de la admiración y de
los sueños. Dos o tres veces, Eugénie se desliza en
la habitación de su primo para contemplarlo
mientras duerme[25]. Al mirarlo, experimenta «las
emociones de delicada voluptuosidad que
despiertan en un joven las fantásticas figuras
femeninas dibujadas por Westall en los keepsakes
ingleses» (pág. 48). Mirando a ese hombre de
aspecto tan femenino, Eugénie descubre sus
propias carencias: la blancura de la tez, la finura
de las manos, la gracia de los modales de su
primo; observa su imagen en el espejo y no se ve
lo bastante bonita. Solo es y será mujer en lo
moral.
La feminidad, susurra Balzac en este retrato al
contrario, es una sutil combinación de elegancia y
distinción, de coquetería y de artificio, que
solamente París puede producir. Supone una
ligereza que la moda del momento califica de
«adorable», pero de la que una señorita de Saumur
educada de forma religiosa no sabría dar muestras,
como ninguna mujer en el universo restringido de
las provincias. La señora des Grassins (la única
que presenta cierta hermosura en esta galería de
mujeres poco agraciadas), empujada a la búsqueda
de intrigas amorosas por un padre Cruchot
achispado, justifica su negativa con una razón:
«[…] estamos en provincias, padre» (pág. 57).
Esta frase lo resume todo. Mujeres y sexualidad
existen, pero en otra parte, fuera de las murallas de
Saumur.
En París el señor des Grassins se encapricha
de una actriz, y Annette no pasa mucho tiempo
lamentándose; en las islas, Charles se pierde en
«orgías de todos los colores» (pág. 185); en el
barco que les devuelve a Francia, la señora
d’Aubrion no tiene los escrúpulos de la señora des
Grassins hacia su futuro yerno. Son indicios y
también esbozos de otros relatos, de seducciones
decididamente ajenas a las provincias, a las
costumbres ingenuas y a los hábitos castos que las
caracterizan. Eugénie Grandet puede aparecer así
como la versión ingenua y depurada de esos
Cuentos droláticos que tratan sobre todo de
seducción y de placer, una historia nacida para
resaltar por contraste esos retratos «rabelaisianos»
de cuya inspiración, la truculencia y desenlace
burlón[26] carece a pesar de haberse escrito en la
misma época. Balzac, autor de dos estilos que
constituyen ante todo dos formas antinómicas de
hablar de la mujer y de contar el amor, da aquí con
pleno conocimiento de causa una versión religiosa
y sublime del verdadero sentimiento que solo
puede existir en las provincias, «sublimidad
perdida» que halla en el pequeño muro en ruinas
del jardín de los Grandet (pág. 65) una imagen
muy acertada.
El ruido del dinero
Eso no significa que la novela sea una simple
obrita (algo áspera) y Balzac, la versión francesa
de Auguste Lafontaine (sin la ingenuidad). Eugénie
Grandet no cuenta una historia, sino dos. Una se
conoce, se debate en la plaza (pues es cierto que
en las provincias se vive en público); la otra
permanece oculta. Si bien el amor de Eugénie no
es un misterio para nadie y centra las
conversaciones de todo Saumur, el mundo ignora
la cuantiosa fortuna de su padre.
En enero de 1844 Balzac reconoce en una carta
a la condesa Hanska que ha luchado con un
prestigioso modelo durante la redacción de la
novela. Pero allá donde Molière pintó la avaricia,
explica, él mismo ha querido mostrar al avaro[27].
El avaro de Balzac no es, como en Molière, la
caricatura viva de un conocido defecto. Se llama
Félix Grandet, mide 1,62 m; come de pie una
tostada y bebe un vaso de vino blanco; desde 1791
lleva una corbata negra y un sombrero de
cuáquero. Antes de ser un arquetipo, es un
individuo definido por una condición[28].
Tras dibujar a Grandet en su particularidad, el
escritor lo coloca con un gesto de naturalista en
una «familia». Esa familia, observa, se reconoce
en «ciertos hábitos indefinibles, unos movimientos
furtivos, ávidos, misteriosos» (pág. 19). La suma
de esas manifestaciones imprecisas compone un
lenguaje, lenguaje secreto que «conforma en cierta
medida la masonería de las pasiones» (ibid.).
Acaba de surgir la palabra que basta para
relacionar a este avaro con todos los personajes
importantes del mundo balzaquiano que se está
gestando.
En efecto, la pasión de Félix Grandet le
proporciona una serie de rasgos que comparte con
jugadores o voluptuosos, coleccionistas o
especuladores. «Los hombres de pasiones»,
observa Balzac en Papá Goriot, «[…] [esa gente]
se forja una idea y ya no la suelta jamás. Solo
tienen sed de determinada agua, bebida en
determinada fuente. […] Para unos, esa fuente es
el juego, la Bolsa, una colección de insectos, de
cuadros, la música; para otros, es una mujer que
sabe prepararles golosinas[29]». La pasión es una
idea fija, un capricho que decide sobre la
existencia y la marca como un punzón, una
chifladura que no deja de parecer ridícula y fútil a
quienes no la comparten. Se puede calificar de
manía, pero es mucho más que eso: el discurso
médico gusta de designarla con el nombre de
«monomanía», y la moral la reprueba llamándola
«vicio». No obstante, la pasión, siempre marcada
por el exceso, es esa cima que distingue al ser
humano de cualquier otra especie viviente. Es el
motor de las acciones humanas, el motivo de sus
más altas manifestaciones: «Sin [pasión]», tal
como escribe Balzac en el prólogo de La comedia
humana, «la religión, la historia, la novela y el
arte serían inútiles[30]». Sin pasión, dice en El
médico de aldea, los hombres son «útiles e
insípidos como el pan blanco[31]».
Al igual que el matrimonio, el aseo o la
gastronomía, la avaricia posee su «fisiología»: sus
manifestaciones se describen, su actividad se
analiza, sus signos forman un sistema y se
interpretan. La pasión de Grandet se lee en sus
ojos, amarillos como el color de las monedas que
manipula; se adivina en la protuberancia que
remata su nariz y que, a modo de enseña
libidinosa, se estremece ante la idea de alguna
ganancia económica adicional; se resume en su
traje pasado de moda, en sus modales mezquinos,
en su casa fría y triste. El antiguo tonelero oculta
su pensamiento a todo el mundo; del mismo modo,
oculta con el mayor cuidado las operaciones que
efectúa y la naturaleza de los beneficios que
obtiene. Por la noche, en el silencio de un gabinete
cuidadosamente aislado del resto de la casa,
Grandet acaricia sus escudos, se deleita con su
color y el ruido que hacen cuando los manipula.
«Mima» su oro (pág. 61), sueña con cifras y
pagarés, disfruta de su fortuna. Una economía de
fachada, hecha de pequeñeces y mezquindades,
oculta así una inmensa satisfacción interior, un
placer tan egoísta como desenfrenado.
No obstante, la invención balzaquiana no
consiste tanto en enumerar las manifestaciones de
una monomanía y constituir así una semiología
precisa del comportamiento que implica, como en
imaginar, para hacer de ella una novela, la
extraordinaria dinámica que supone su
funcionamiento. En Eugénie Grandet, el dinero no
es solo un valor; es una energía, un temible campo
magnético que lo atrae todo hacia sí y al que todo
conduce. El inmovilismo de las provincias y el
tiempo que se arrastra en la esfera de los relojes
de péndulo parecen aún más irrisorios porque
conviven con su contrario, un dinero que se
intercambia, que circula y que se transforma para
crecer, convertirse en tierras o en bonos del
tesoro.
Félix Grandet no se enriquece al estilo del
señor de La Bertellière o de la señora Gentillet,
ancianos ahorradores cuya fortuna ha heredado y
que se conformaron con amasar escudos, llamando
una «prodigalidad» a una inversión (pág. 18).
Desde 1789 sabe cómo sacarle provecho a todo.
¿Abadías, granjas, viñedos y praderas se
transforman en bienes nacionales y se ponen en
venta? Él compra. ¿Se convierte en alcalde? Él
encarga la construcción de excelentes caminos que
conducen a sus propiedades, propiedades que a
continuación inscribe en el catastro de la forma
más ventajosa. Así se plantan las bases de unos
ingresos sólidos. Pero hace falta más para llegar a
las cifras indicadas al final de la novela. La
fortuna de Grandet crece a una velocidad
vertiginosa gracias a dos habilidades. La primera
consiste en su capacidad de efectuar una
evaluación rápida de las posibles ganancias y
tomar una decisión inmediata (es lo que ocurre con
la venta de su oro en Nantes o con la venta de su
producción de vino a los belgas); en ese aspecto,
es un «tigre». La segunda de sus habilidades
consiste en una inmensa paciencia. En efecto, el
avaro es capaz de esperar su hora sin perder de
vista ninguno de los movimientos que agitan las
plazas comerciales; en ese aspecto, es una «boa».
El antiguo tonelero practica la usura, y se la hace
pagar a un alto precio antes de descubrir la renta,
esa nueva posibilidad de enriquecerse gracias al
préstamo puesto en marcha por el Estado[32]. La
considerable fortuna que lega a su hija en 1827 es
el resultado de una avaricia hecha pasión, pero
también de una notable comprensión de los
mecanismos del mundo financiero moderno. Por
algo se rodea de un banquero y de un notario.
¿Exageración? Zulma Carraud y Sainte-Beuve
fueron los primeros en hacerle notar la
extravagancia de las cantidades indicadas, la
imposibilidad práctica de los beneficios
imaginados por Balzac[33]. El propio escritor
modificó esos datos en varias ocasiones,
consiguiendo que las cuentas resultasen cada vez
más improbables. Y es que aquí el dinero es ante
todo un sueño de dinero, una dinámica que toma
sus imágenes de la pintura y de la alquimia, una
energía que atraviesa la novela de un lado a otro y
cuyas cifras como signos (y no como expresión de
un valor efectivo) representan el continuo atractivo
que ejerce. El «realismo mítico[34]» está ahí: en
ese dinero en sumas, en cifras, en cálculos
arrojados a manos llenas en la novela y que hacen
de Eugénie Grandet una epopeya de la riqueza
que se está constituyendo, una novela picaresca
sobre el arte de acumular beneficios, una ficción
del provecho. A pesar de las apariencias (entre
ellas un vocabulario muy marcado por las finanzas
y el derecho notarial), Balzac no tiene otra
intención que mostrar, más allá del carácter
pasmoso de los gastos, la extraordinaria movilidad
de la fortuna, el formidable enmarañamiento de los
negocios durante la Restauración, el dinero como
resorte, como motor, como fuente viva[35].
¡Qué importa entonces la verosimilitud de las
cifras! En La comedia humana los camaradas de
masonería de Félix Grandet se llaman Gobseck,
Cornélius o Claes, al igual que ocurre con ese
fantástico anticuario de La piel de zapa que parece
salir directamente de un cuadro, para ser exactos
El pesador de oro de Gerrit Dou[36]. Esos hombres
son usureros y comerciantes, pero sueñan con
fortunas tan fabulosas como las de los cuentos y
con transmutar en oro todo lo que cae en sus
manos. El oro es para ellos un sueño, una visión,
un fantasma de omnipotencia que oculta siempre en
cierta medida la sombra del diablo. Mientras
Grandet calcula una y otra vez sus beneficios, tiene
la impresión de bogar sobre un «río de oro» (pág.
95). Afirmar que es avaro es quedarse corto.
Grandet es un artista, un poeta del luis de oro y del
doble napoleón, el cantor de una existencia que ha
hecho de la acumulación de capitales su trabajo y
su recreación, su razón y su objetivo. «Me gusta el
amarillo» (pág. 152), dice Grandet, y puede
afirmarse que ese gusto resume toda su pasión. Por
otra parte, a su alrededor todo tiene el color del
oro: el amarillo, como por contagio, lo ha
invadido todo: los rostros y el mobiliario, la ropa
e incluso el papel pintado.
Ironía y melancolía
Podría creerse que la novela se halla construida
sobre un poderoso contraste: el amor enfrentado
contra la avaricia, Eugénie contra su padre, un
antagonismo inicial que acaba arrastrando una
larga serie de oposiciones. Pero en ese punto la
narrativa balzaquiana es más hábil, y solo parece
aprovechar los contrastes para mostrar mejor que
el dinero tiene siempre y necesariamente la última
palabra[37].
La escena central de la novela no es ese
momento en que Charles, aprovechando la
oscuridad, besa a su prima, momento interrumpido
por el curioso «¡Amén!» (pág. 138) de la criada
Nanon. El corazón de la intriga está ocupado en
realidad por una escena que evoca transportes de
otro tipo. En ella se ve a Félix Grandet y a su
criada «unidos por una gruesa vara» (pág. 116).
Esta sirve para sostener un barrilete lleno de
escudos que se enviará a Nantes, donde la noticia
de la construcción de varios barcos ha hecho
aumentar bruscamente la cotización del oro. Para
Balzac es una forma de pervertir la novela de
amor centrándola en torno a una escena
sorprendente: atraída por todo ese alboroto,
Eugénie contempla estupefacta a la luz de una sola
vela la unión perversa de la figura menuda de su
padre y de su inmensa criada, la copulación
imaginada del servilismo y del dinero.
El matrimonio de la rica heredera con el
presidente de Bonfons no contradecirá esa escena:
en la casa Grandet, no habrá otra boda que la de
las propiedades y de los libros de cuentas, otro
goce que el de una posesión acrecentada de dinero
contante y sonante. Contra el amor (ridiculizado de
todas las formas posibles), en nombre del único
principio que ahora tiene sentido (el dinero),
Balzac le ofrece a la novela un final deprimente
que elimina el sentimiento y da fuerza de ley al
interés bien entendido. ¿Acaso no estaba ya
contaminado el tierno acercamiento de los dos
primos? En él, Eugénie le daba a Charles su bolsa
(y no su corazón o su virtud); el joven le dejaba
como prenda un estuche de aseo y unos retratos. El
amor apenas surgido no parecía tener otra urgencia
que tomar la forma de una transacción comercial:
allá donde Eugénie prestaba, Charles garantizaba
el préstamo mediante el depósito de un valor (por
otra parte, a su regreso a Francia le devolverá a su
prima el capital y los intereses; y esta le restituirá
sus bienes).
La pasión de Félix el bien llamado era
portadora de una satisfacción directamente
proporcional al aumento de sus capitales; la de la
hija funciona a la inversa. Por apostar por lo único
y construir sobre la arena del amor, Eugénie
conoce una insatisfacción aún más grande porque
el objeto de su pasión le ha sido arrebatado
pronto, lo ha esperado mucho y nunca se le ha
devuelto. La pasión del padre era disfrute diario,
mientras que la de la hija es eterna frustración.
Esta es la ironía de la que Balzac, con un
escepticismo que puede sorprender en una novela
tan preocupada por exponer múltiples referencias
religiosas, subraya que es «la base del carácter de
la Providencia» (pág. 35); esa es también la razón
de la melancolía de la heroína, que hace de la
pérdida de Charles un duelo del que una no se
recupera[38]; ese es por fin el drama que da a esta
«escena de la vida en provincias» la cruel
coloración de una «tragedia burguesa[39]» (pág.
147).
«La casa cargada de melancolía donde
tuvieron lugar los acontecimientos de esta historia
era precisamente una de esas residencias
venerables, restos de un siglo en el que las cosas y
los hombres tenían esa sencillez que las
costumbres francesas pierden día a día», se lee en
las primeras páginas de la novela (pág. 16). Antes
de que Eugénie se entregue definitivamente a la
melancolía, ésta ya se halla presente en el lugar
que habita, un sentimiento particular que invita a la
tristeza y al pesar. Pero la palabra, repetida tres
veces en las dos primeras páginas, no se conforma
con sellar la coherencia, tan apreciada por el
autor, entre un personaje y su lugar de vida;
designa asimismo un estado de ánimo que afecta
también al narrador.
«En ellas está la historia entera de Francia»
(pág. 14), escribe Balzac ante las viejas casas de
Saumur, situando la novela bajo el signo de una
melancolía emblemática. Para describir las
provincias, el escritor ha evocado desde un
principio la landa, el claustro y la ruina, detalles
de un imaginario romántico de la desolación que
se inspira en Chateaubriand. Esa melancolía puede
recordar discretamente una posición política:
Balzac, legitimista desde hace poco, debe de
añorar, con la marcha de los Borbones, el clima de
la Francia de la Restauración; pero ese sentimiento
es mucho más que eso: una convicción profunda
que guía el gran proyecto de diseccionar las
entrañas de las provincias y bastaría por sí sola
para justificarlo.
Las provincias de los usos y costumbres, de la
vida a pasos cortos y de las calles y casas bellas
como libros de horas están desapareciendo. En
efecto, todo conspira contra ellas: París y el
dinero, la «civilización» y el gobierno[40]. Así
pues, el Balzac anticuario se encuentra frente a su
objeto como el etnólogo estará más tarde frente a
los salvajes a los que quiere estudiar: fascinado
por un objeto de observación cuyo principal
interés es desaparecer, no procede tanto a un
«estudio» como a una especie de crónica de una
muerte anunciada, de entierro anticipado, por lo
que su postura es necesariamente melancólica[41].
El jardín de Grandet resume bien lo que hace
surgir en pleno Saumur una ilusión en la que se
unen amor y naturaleza, pero que, a través de una
comparación medieval («el sepulcro de un
caballero enterrado por su viuda en la época de
las cruzadas», sugerido por el abandono del
jardín) sella una insuperable nostalgia y dibuja
sobre el blasón del tiempo un abismo indeleble.
Ese es también el sentido último de un relato que
no será, por muchas razones, una novela cortesana:
la sencillez de las costumbres se pierde, el dinero
extiende por todas partes su imperio. El escritor es
solo un escribano febril, dividido entre la tristeza
y el sarcasmo, de las historias de su tiempo antes
de que caigan en el olvido.
Ironía y melancolía se disputan tanto las
primicias del relato como sus conclusiones. Le dan
su dimensión singular, su espesor afectado.
También hacen de él, en consonancia con esa
nueva estética definida por Victor Hugo en el
prefacio de Cromwell, una novela romántica en la
que lo sublime se aúna con lo grotesco, en la que
se ríe tanto como se llora. El dinero, del que la
avaricia de Grandet es a la vez síntoma y
epifenómeno, gangrena la trama novelesca y la
materia semántica según un principio que Balzac
observa con convicción. Ahora acapara la vida,
las ocupaciones y los pensamientos de todo el
mundo; modela la condición humana de la Francia
del siglo XIX. Puede que los efectos de esta
situación sean catastróficos (el autor se toma la
molestia de intervenir en este punto en dos
ocasiones: págs. 42 y 95-96), pero desde luego
son inevitables. Cierta Francia desaparece; cierta
forma de vivir se difumina. Así lo quiere un
tiempo situado bajo el signo del progreso y de la
metamorfosis[42].
Toda la genialidad de Balzac está ahí, en la
percepción aguda de una época, de un ambiente y
de un lugar, en el arte supremo de mezclar lo real y
su multitud de detalles verdaderos con el género
novelesco, que utiliza para sus propios fines, que
los inmortaliza transformándolos. Eugénie
Grandet, novela de la espera y del sacrificio,
cuadro de las costumbres confinadas de las
provincias y de los goces secretos del «hombre de
pasión», conserva el poder de seducción de las
grandes novelas. Como ellas, muestra e instruye,
enternece y divierte; como ellas, no debe dejar de
encantar.
MARTINE REID
CRONOLOGÍA
1799
Nace en Tours el 20 de mayo y es
confiado a una nodriza hasta la edad de
cuatro años. Su padre es un funcionario de
origen campesino; su madre procede de una
familia de acaudalados merceros parisinos.
Napoleón Bonaparte derroca el
Directorio y se convierte en primer cónsul
de Francia.
Hölderlin, Hiperión.
1804
Primer Imperio: Napoleón se convierte
en emperador de Francia e inicia la
conquista de Europa.
Schiller, Guillermo Tell.
1805
Nelson derrota a la flota francesa y
española en la batalla naval de Trafalgar.
Napoleón derrota a las tropas austrorrusas
en Austerlitz y luego a las prusianas en
Jena.
Chateaubriand, René.
1807
Es enviado al internado Oratorian en la
ciudad de Vendôme, donde pasa los cinco
años siguientes. Nacimiento de su
hermanastro Henri (ya tiene dos hermanas
menores: Laure y Laurence).
1812
Napoleón es derrotado en su desastrosa
campaña de Moscú contra el zar Alejandro
I.
Byron, Las peregrinaciones de Childe
Harold.
1814
La familia se traslada a París, donde
Balzac prosigue con su educación.
Las tropas aliadas entran en París.
Napoleón abdica y se convierte en rey de
Elba. Primera Restauración: subida de Luis
XVIII al trono francés.
Austen, Mansfield Park. Goya, El dos y
el tres de mayo de 1808.
Napoleón regresa triunfante a París, donde
gobierna durante cien días antes de ser
1815 derrotado en Waterloo. Segunda
Restauración: Luis XVIII recupera el trono.
1816-
1819
Comienza su formación jurídica asistiendo
a clases en la Sorbona; entra en el despacho
de un abogado, maître Guillonnet-Merville,
y luego de un notario, maître Passez.
1819
Decidido a iniciar una carrera de
escritor, se traslada a una buhardilla en la
rue Lesdiguières.
Scott, Ivanhoe. Géricault, La balsa de
la Medusa.
1820
Acaba un drama en verso, Cromwell,
que sus familiares y amigos consideran
condenado al fracaso.
Shelley, Prometeo liberado. Keats, Oda
a una urna griega.
1821
Publica novelas de inspiración gótica,
muchas escritas en colaboración, con los
seudónimos Lord R’hoone y Horace de
Saint-Aubin. Escribe poemas y obras de
teatro.
Constable, El carro de heno.
1822
Inicia una relación sentimental con Laure de
Berny, casada, veintidós años mayor que él
y madre de nueve hijos.
1824
El Feuilleton littéraire vapulea a
Horace de Saint-Aubin. Balzac se plantea el
suicidio.
Muere Luis XVIII, y le sucede Carlos X.
Beethoven, Novena sinfonía.
1825
Crea una empresa de edición e
impresión que publica ediciones de Molière
y La Fontaine. Conoce a Victor Hugo.
Grillparzer, La felicidad y el fin del rey
Ottokar.
1828
El negocio de impresión quiebra
dejándole endeudado. Su determinación
literaria se refuerza.
Schubert, Schwanengesang (El canto
del cisne).
1829
Frecuenta los salons, introducido por la
duquesa d’Abrantès. Muere su padre.
Publica Los chuanes, la primera novela que
firma con su nombre.
1830
Publica numerosos relatos breves, entre
ellos Gobseck, La vendetta y Sarrasine.
Revolución de julio. Abdica Carlos X.
Monarquía de julio. Luis Felipe se
convierte en rey.
Delacroix, La Libertad guiando al
pueblo. Berlioz, Sinfonía fantástica.
1831
Adopta un estilo de vida por encima de
sus medios. La piel de zapa establece su
reputación. Empieza a utilizar sistemática y
públicamente la partícula «de» antes de su
apellido.
Victor Hugo, Notre-Dame de París.
Pushkin, Borís Godunov.
Viaja mucho. Inicia su correspondencia
con Ewelina Hanska, una condesa polaca.
Se une al partido neolegitimista
1832 (ultraconservador) y publica ensayos
políticos. Dicen que está enloqueciendo.
Louis Lambert, El coronel Chabert.
Goethe, revisión final de Fausto antes
de su muerte.
1833
Se encuentra con la condesa Hanska por
primera vez en Suiza. Firma un contrato
para la publicación de Estudios de
costumbres del siglo XIX, una obra
colectiva que alcanzará doce volúmenes en
los cuatro años siguientes. El médico de
aldea, Eugénie Grandet.
1834
Nacimiento de Marie du Fresnay, su
supuesta hija con Maria du Fresnay. Se
convierte en amante de la condesa Hanska.
Conoce a la condesa Guidoboni-Visconti.
Tiene la gran idea de crear personajes
recurrentes entre novelas, y empieza a
adaptar obras anteriores para establecer una
continuidad. Historia de los trece, La
búsqueda del absoluto.
1835
Pasa tres semanas con la condesa
Hanska en Viena, por última vez en ocho
años. Papá Goriot, Serafita y Estudios
filosóficos.
Gautier, Mademoiselle de Maupin.
1836
Nace Lionel-Richard Guidoboni-
Visconti, su supuesto hijo. Muere Laure de
Berny. Liquida La chronique de Paris, un
periódico comprado el año anterior.
Comienza en Inglaterra la publicación
por entregas de Los papeles póstumos del
Club Pickwick. Unos meses más tarde se
publica por entregas La solterona de
Balzac en La Presse, el primer romanfeuilleton.
1837
La condesa Guidoboni-Visconti salda sus
deudas para evitar que vaya a la cárcel. Su
tílburi es embargado por los alguaciles.
Viaja a Italia, donde se aloja en los mejores
hoteles. Exposición de su retrato con hábito
de monje por Louis Boulanger. César
Birotteau.
1838
Visita a George Sand (que inicia una
relación de nueve años con Chopin en esa
misma época). Viaja por Cerdeña, Córcega
y la península Itálica. Contrae más deudas
tras especular con unas minas de plata
sardas. La casa Nucingen.
1840
Se estrena su obra de teatro Vautrin,
prohibida poco después. Lanza la Revue
parisienne, que quiebra; su crítica de La
cartuja de Parma de Stendhal aparece en el
tercer y último número. Se traslada a Passy
con su madre y con su ama de llaves y
amante Louise de Brugnol.
1841
Firma el contrato para la publicación de La
comedia humana, proyecto del año anterior
que abarca la totalidad de su obra. Úrsula
Mironet, Un asunto tenebroso.
Compara los tipos humanos con
especies animales en el prólogo de La
comedia humana. Le retrata un
daguerréotypeur. Muere el marido de la
1842 condesa Hanska. La oveja negra. Su obra
de teatro Los recursos de Quinola es un
fracaso.
Gógol, Almas muertas. Verdi, Nabucco.
1843
Visita a la condesa Hanska en San
Petersburgo. Posa para David d’Angers. Su
salud es mala. Escribe una carta de
presentación a la condesa Hanska para
Liszt, que trata de seducirla. Finalización de
Las ilusiones perdidas, en tres partes.
Honorine.
1844
Debido a sus problemas de salud, viaja
y se relaciona poco. Colecciona muebles y
pinturas. Modeste Mignon, y publicación
del comienzo de Los campesinos.
Dumas, Los tres mosqueteros. Turner,
Lluvia, vapor y velocidad. Heine, Nuevos
poemas.
1845
Viaja por Europa con la condesa
Hanska, la hija de esta y su prometido.
Poe, El cuervo y otros poemas. Wagner,
Tannhäuser.
1846
La condesa Hanska da a luz a un bebé
muerto que habría recibido el nombre de
Victor-Honoré. La prima Bette.
1847
La condesa Hanska permanece cuatro
meses en París, y él la convierte en su
heredera legal. Pasan el invierno en
Ucrania. El primo Pons. Finalización de
Esplendores y miserias de las cortesanas.
Charlotte Brontë, Jane Eyre. Emily
Brontë, Cumbres borrascosas.
1848
Regresa a París. Presencia el saqueo de
las Tullerías. Su obra de teatro La
madrastra es un éxito de crítica. Los
problemas de salud le impiden trabajar con
regularidad. Regresa a Ucrania.
Revolución de febrero. Segunda
República. Luis Bonaparte es elegido
presidente. Levantamientos revolucionarios
en toda Europa. Abolición definitiva de la
esclavitud en los territorios franceses.
Marx y Engels, El manifiesto
comunista. Gaskell, Mary Barton.
Thackeray, La feria de las vanidades.
1849 Su salud se deteriora gravemente. Empieza
a trabajar en proyectos que nunca acabará.
1850
Se casa con la condesa Hanska en
marzo, en Wierzchownia. A su regreso a
París en mayo, Balzac ya no puede leer ni
escribir. Muere el 18 de agosto. Se hace un
molde de la mano con la que escribía.
Victor Hugo pronuncia una oración fúnebre
en el Père Lachaise.
Courbet, Entierro en Ornans.
Eugénie Grandet
PREÁMBULO A LAS
PRIMERAS EDICIONES
(1833-1839)
En lo más profundo de las provincias hay cabezas
que merecen un juicioso estudio, personajes de
extraordinaria originalidad, existencias serenas en
su superficie y arrasadas en secreto por
tumultuosas pasiones; y, sin embargo, allí las
asperezas más marcadas de los caracteres y las
exaltaciones más apasionadas acaban por verse
abolidas debido a la persistente monotonía de las
costumbres. Ningún poeta ha tratado de describir
los fenómenos de esta vida que desaparece,
reblandeciéndose con el paso del tiempo. ¿Y por
qué no? Si hay poesía en la atmósfera de París,
donde sopla un simún que se lleva las fortunas y
rompe los corazones, ¿no la hay también en la
lenta acción del siroco de la atmósfera provincial
que mitiga los más impetuosos corajes, relaja las
fibras y enroma las pasiones? Si en París las cosas
ocurren, en las provincias las cosas pasan: allí, ni
relieves ni salientes; pero allá, dramas en silencio;
allí, misterios hábilmente disimulados; allá,
desenlaces en una sola palabra; allí, enormes
valores obtenidos mediante el cálculo y el análisis
de las acciones más indiferentes. Allá se

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