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Eva en el laberinto – R. Freire

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Resumen y Sinopsis 

Sandra. Envidia
Sólo los estrechos lazos que me unían a Cristina me animaron a salir aquella noche. Como todos los viernes, había regresado exhausta, con la ropa oliendo a comida
barata y con calambres en las piernas después de una jornada de trabajo de más de diez horas en la cafetería. En realidad, lo que más me apetecía hubiera sido tumbarme
en el sofá delante del televisor, con un bol de palomitas en una mano y el mando a distancia en la otra. ¿Un poco patético para una chica que acababa de cumplir los
treinta? Podría ser, pero tiempo atrás había decidido que lo mejor era no pensar demasiado en ello.
De cualquier modo, mi amiga era siempre tan insistente que allí estaba yo, en la puerta de su casa, con el pelo todavía mojado después de una ducha rápida y una
botella de vino que había rescatado del fondo de la despensa a modo de tarjeta de visita.
¡Qué guapa estás! sonrió cálidamente Cristina al abrirme la puerta. No hacía falta que trajeras nada.
Es sólo una tontería protesté para cerrar el círculo de frases hechas.
Pero no había hipocresía alguna en nuestra relación. Como de costumbre, nos saludamos con un prologando y sincero abrazo y muchos besos sonoros en las
mejillas. A veces me resultaba curioso pensar en el vínculo que tenía con Cristina. Nos habíamos conocido en una edad en la que ambas empezábamos a descubrir que
nuestra sexualidad era diferente, y podría haberse pensado que el destino nos brindaba la ocasión perfecta para experimentar juntas aquel mundo nuevo que empezaba a
insinuarse. Sin embargo, jamás había sucedido nada entre nosotras. Nos queríamos muchísimo, nos apoyábamos la una a la otra siempre que era necesario, pero nunca,
nunca, hubo el menor atisbo de química desde un punto de vista sexual.
Y hoy, mi amiga quería presentarme a su nueva pareja, y yo me alegraba por ella y, a pesar de lo vacía que me sentía últimamente, había hecho el esfuerzo de aceptar
su invitación porque sabía que de no hacerlo se habría sentido muy decepcionada.
Estoy muy nerviosa cuchicheó en mi oído mientras me hacía seguirla a través de su angosto pasillo. Espero que te guste.
Claro que va a gustarme traté de tranquilizarla.
En realidad, Cristina y yo no solíamos tener el mismo gusto con las mujeres. Hasta en eso nos compenetrábamos: si a ella la interesaba una recién llegada al grupo, lo
habitual era que a mí no me resultase en absoluto atractiva, y lo mismo sucedía en la dirección contraria. No obstante, esta vez la veía tan ilusionada que me había hecho
la firme propuesta de mentir si era necesario; ya se encargaría el tiempo de hacerla ver a mi amiga si se había equivocado o no con su elección.
Pero no hubo lugar para más deliberaciones, pues ya podía ver a una joven que se levantaba de su sitio y con expresión amistosa se acercaba a mí para saludarme.
Ésta es Sandra dijo mi amiga señalándome a su pareja como si fuera un tesoro que temiera mostrar al mundo por primera vez.
¡Qué ganas tenía de conocerte! me saludó efusivamente la desconocida. Cristina me ha hablado tanto de ti que ya me parece que somos viejas amigas.
Estoy segura de que os vais a llevar muy bien.
Por supuesto aseguré sonriendo mientras dejaba que mi amiga me quitara la botella de vino de las manos para ponerla a enfriar.
Contradiciendo la regla general que ya he mencionado, a primera vista no me pareció mal, la tal Sandra. Muy bajita y quizá demasiado delgada, pero tenía unos
dientes blanquísimos y perfectamente alineados que mostraba mucho al reír, y unos ojos chispeantes que generaban una simpatía instantánea. Por lo demás, pensé que
no hacían mala pareja: mi amiga no era precisamente alta y, aunque últimamente había engordado demasiado, todavía podía considerarse una mujer atractiva.
Hubo un leve instante de incomodidad cuando Cristina nos dejó solas mientras atendía algo en la cocina, pero enseguida la joven encontró un tema de conversación
que rompiera el silencio:
Me ha dicho Cris que trabajas de camarera.
Sí… una experiencia inenarrable, créeme.
Claro que te creo rió ella con complicidad. Yo también trabajé un tiempo sirviendo copas, ¡es horrible!
Afortunadamente, la cafetería está en un sitio de oficinas y cerramos los fines de semana. De otro modo creo que no lo resistiría.
Estaba muy sorprendida. Habitualmente, detesto hablar de mi trabajo, especialmente con la gente que ha tenido la suerte o la habilidad de haber encontrado algo
mejor y más cómodo. Sin embargo, había algo en la mirada franca de Sandra y en su modo afectuoso de escucharte que hacía que te sintieras cómoda incluso al tratar un
tema tan poco sugerente.
Espero que tengáis hambre chicas nos interrumpió nuestra anfitriona entrando con una bandeja humeante.
¡Qué barbaridad! exclamé ¿has decidido hacernos perder la línea?
Ojalá pudiera hacerlo, ¡sois las dos tan repugnantemente perfectas!
No te pongas triste rió Sandra, ¡ya sabes cuánto me gustan a mí estas curvas!
Mientras hablaba, la joven se levantó y abrazó a Cristina, que se dejó hacer con evidente satisfacción ante mi mirada un poco incómoda. Luego, antes de separarse,
las dos se besaron fugazmente en los labios.
¿Por qué me había sentido tan fuera de lugar? Al fin y al cabo, se trataba de Cristina, mi amiga de toda la vida, en su presencia yo nunca podría estorbar por muy
enamorada que ella estuviera. Por otro lado, las dos habían sido discretas, su demostración de afecto apenas había durado unos cuantos segundos y de ningún modo
podría juzgarse como excesiva. Entonces…
Cabeceando, decidí que tan sólo estaba cansada y que lo único que necesitaba era reponer fuerzas y pasar una relajada velada en la mejor compañía.
***
La noche discurrió de un modo agradable y tranquilo. A pesar de mi cansancio, el vino, la amena charla y la exquisita cena me habían permitido disfrutar de la
reunión hasta mucho más tarde de lo esperado. Sandra había resultado ser un hallazgo excelente: sabía escuchar, tenía un sentido del humor brillante y era buena
conversadora. Por una vez, tendría que felicitar a Cristina. Además, ¡se las veía tan enamoradas! Aunque en ningún momento mostraron que les importunara mi
presencia, a veces se cogían de las manos o se miraban a los ojos con esa mirada que hacía ya tanto tiempo que nadie me dirigía, y entonces yo no podía evitar un
pequeño sentimiento de tristeza que intentaba desterrar rápidamente. Me alegraba sinceramente por mi amiga: si había alguien que se merecía que le pasara algo bueno
era ella, que tantas veces había tenido que

Título: Eva en el laberinto
Autores: R. Freire
Formatos: PDF
Orden de autor: Freire, R.
Orden de título: Eva en el laberinto
Fecha: 18 sep 2016
uuid: 6a32f499-2a67-4d9f-b511-6e6357687423
id: 432
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 0.66MB

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