---------------

Libro PDF Fablehaven Brandon Mull

Fablehaven  Brandon Mull

Descargar Libro PDF Fablehaven Brandon Mull


sus ojos la vegetación emborronada por efecto de la velocidad. Cuando notaba que
debido a la imagen se mareaba, dirigía la vista al frente y la fijaba en algún árbol, y lo
acompañaba con la mirada mientras se aproximaba lentamente al vehículo para pasar
por su lado como una centella y después perderse de vista poco a poco en la distancia.
¿La vida era también así? Se podía mirar hacia delante, al futuro, o hacia atrás,
al pasado, pero el presente transcurría demasiado deprisa como para asimilarlo. A
veces quizá. Hoy no. Hoy cruzaban en coche las montañas arboladas de Connecticut
por una autovía de dos carriles que no se acababa nunca.
—¿Por qué no nos habías dicho que el abuelo Sorenson vivía en la India? —se
quejó Seth.
Su hermano tenía once años e iba a empezar sexto. Se había cansado de jugar
con su consola (prueba de que aquel viaje en coche estaba siendo verdaderamente
interminable).
Su madre se giró para mirar al asiento trasero.
—Ya no falta mucho. Disfruta del paisaje.
—Tengo hambre —dijo Seth.
Ella empezó a rebuscar en una bolsa de supermercado repleta de aperitivos y
tentempiés.
—¿ Unas crackers con crema de cacahuete ?
Seth estiró el brazo para coger las galletitas. Su padre, al volante; pidió una
Almond Roca. Las últimas Navidades había decidido que las Almond Roca eran sus
chocolatinas favoritas y que debía tener alguna a mano todo el año. Casi seis meses
después seguía haciendo honor a su resolución.
—¿Tú quieres algo, Kendra?
—Estoy bien.
Kendra volvió a fijar la atención en el vertiginoso desfile de árboles. Sus padres
se iban de crucero por Escandinavia durante diecisiete días en compañía de todas las
tías y los tíos por el lado materno de la familia. Iban todos gratis. No porque hubiesen
ganado ningún concurso. Se iban de crucero porque los abuelos de Kendra habían
muerto asfixiados.
La abuela y el abuelo Larsen habían ido a ver a unos parientes en Carolina del
Sur. Los parientes vivían en una caravana. La caravana tuvo no se sabe qué problema
relacionado con un escape de gas y habían perecido todos mientras dormían. Mucho
Brandon Mull Fablehaven
tiempo atrás, la abuela y el abuelo Larsen habían especificado que cuando muriesen,
todos sus hijos y sus cónyuges tenían que hacer un crucero por los mares
escandinavos, empleando cierta suma de dinero asignada a tal efecto.
Los nietos no habían sido invitados.
—¿No os vais a aburrir como unas ostras, metidos en un barco diecisiete días?
—preguntó Kendra.
Su padre le lanzó una mirada por el espejo retrovisor.
—Supuestamente la comida que dan es fabulosa. Caracoles, huevas de
pescado…, la bomba.
—A nosotros el viaje no nos hace ninguna ilusión —repuso la madre en tono
triste—. No creo que vuestros abuelos tuvieran en mente una muerte accidental cuando
plantearon ese deseo. Pero trataremos de pasarlo lo mejor posible.
—El barco va haciendo escala en varios puertos —añadió el padre para cambiar
deliberadamente el curso de la conversación—. Y te dejan bajar unas horas.
—¿Este viaje en coche va a durar también diecisiete días? —preguntó Seth.
—Ya casi estamos —le respondió su padre.
—¿Tenemos que quedarnos en casa de los abuelos Sorenson? preguntó
Kendra.
Lo pasaréis estupendamente. Deberíais sentiros honrados. Casi nunca invitan a
nadie a su casa. —Precisamente. Apenas los conocemos. Son unos ermitaños. —
Bueno, son mis padres —repuso él—. De algún modo, yo sobreviví.
La carretera dejó de serpentear entre montañas cubiertas de bosque al
atravesar una población. Mientras esperaban a que un semáforo se pusiera en verde,
Kendra se quedó mirando a una mujer obesa que estaba llenando el depósito de
combustible de su furgoneta. El parabrisas de la furgoneta estaba sucio, pero la señora
no parecía tener la menor intención de lavarlo.
Kendra miró hacia delante. El parabrisas del todoterreno deportivo daba pena,
lleno de bichos muertos espachurrados, a pesar de que su padre lo había restregado
bien la última vez que habían parado a repostar. Hoy habían venido desde Rochester
sin parar.
Kendra sabía que los abuelos Sorenson no les habían invitado a quedarse en su
casa. Había escuchado a hurtadillas la conversación entre su madre y el abuelo
Sorenson, cuando le había planteado la idea de dejarles a los chicos. Fue durante el
funeral.
El recuerdo del funeral hizo estremecer a Kendra. Antes de la ceremonia se hizo
el velatorio, con la abuela y el abuelo Larsen expuestos en sus dos idénticos ataúdes.
A Kendra no le gustó ver al abuelo Larsen con maquillaje. ¿A qué chalado se le habría
ocurrido la idea de, al morir alguien, tener que pagar a un taxidermista para retocar al
difunto para su última aparición en público? Ella prefería mil veces recordarlos vivos, y
no expuestos grotescamente con sus mejores galas. Los Larsen eran los abuelos que
habían formado parte de su vida. Habían pasado juntos muchas vacaciones y largas
temporadas.
Kendra apenas podía recordar haber pasado algo de tiempo en compañía de los
abuelos Sorenson. Más o menos en la época en que se casaron sus padres, los
abuelos Sorenson habían heredado unas propiedades en Connecticut. Nunca les
habían invitado a ir a verlos y rara vez iban ellos a Rochester. Cuando se decidían a
Brandon Mull Fablehaven
hacerlo, generalmente iba uno de los dos. Sólo habían ido juntos en dos ocasiones.
Los Sorenson eran agradables, pero sus visitas habían sido demasiado infrecuentes y
breves como para que surgiera un verdadero vínculo, Kendra sabía que la abuela
había dado clases de Historia en una facultad y que el abuelo había viajado mucho,
como dueño de una pequeña empresa de importación. Eso era todo.
Todo el mundo se sorprendió cuando el abuelo Sorenson se presentó en el
funeral.
Habían pasado más de dieciocho meses desde la última vez que los Sorenson
habían ido a verlos. El abuelo se había disculpado por que su mujer no asistiera al
funeral, ya que se encontraba enferma. Parecía que siempre había alguna excusa. A
veces, Kendra se preguntaba si se habrían divorciado en secreto.
Hacia el final del velatorio, Kendra oyó a su madre tratar de convencer al abuelo
Sorenson para que cuidase de los chicos. Estaban en el pasillo de al lado del área del
velatorio. Kendra les oyó hablar antes de alcanzar la esquina, y se detuvo a escuchar.
—¿Por qué no pueden quedarse con Marci? —Normalmente se quedarían, pero
Marci también viene al crucero.
Kendra se asomó a mirar desde la esquina. El abuelo Sorenson llevaba una
americana marrón con coderas y pajarita. —¿Dónde se quedan los chicos de Marci? —
En casa de sus suegros. —¿Y si contratáis una canguro?
—Dos semanas y media es mucho tiempo para contratar una canguro.
Recuerdo que alguna vez comentaste que te gustaría que fuesen a pasar unos días
con vosotros.
—Sí, lo recuerdo. ¿Tiene que ser a finales de junio? ¿Por qué no en julio?
—La fecha del crucero está cerrada. ¿Qué diferencia habría?
—En esa época todos andamos siempre más atareados de lo normal. No sé,
Kate. Ya no tengo práctica con crios.
—Stan, no tengo ningunas ganas de hacer este crucero. Para mis padres era
importante, y por eso vamos. No es mi intención obligarte si no quieres. —Parecía a
punto de echarse a llorar.
El abuelo Sorenson suspiró.
—Supongo que podremos encontrar algún lugar donde encerrarlos,
En ese momento, Kendra se alejó del pasillo. Desde entonces, sin decir nada a
nadie, le había preocupado la perspectiva de quedarse en casa del abuelo Sorenson.
Tras dejar atrás la población, el todoterreno deportivo subió por una empinada
pendiente. A continuación la carretera rodeó un lago y se perdió entre colinas cubiertas
de bosque. De vez en cuando pasaban por delante de un buzón particular. A veces se
divisaba una casa entre los árboles; otras sólo se veía un largo camino de acceso.
Tomaron una carretera más estrecha y prosiguieron el viaje. Kendra se inclinó
hacia delante y comprobó el nivel del combustible.
—Papá, te queda menos de un cuarto del depósito —dijo. —Ya casi hemos
llegado. Lo llenaremos cuando os hayamos dejado.
—¿Por qué no podemos apuntarnos al crucero? —preguntó Seth—. Podríamos
escondernos en los botes salvavidas. Y vosotros podríais birlar comida para nosotros.
—Chicos, os lo pasaréis mucho mejor con los abuelos Sorenson —le contestó
su madre—. Esperad y veréis. Dadles una oportunidad.
—Ya hemos llegado —dijo su padre.
Brandon Mull Fablehaven
Salieron de la carretera por una pequeña carretera de grava. Kendra no veía ni
rastro de una casa, únicamente el sendero que se perdía entre los árboles al doblar por
un recodo.
Con la grava crujiendo bajo los neumáticos, fueron dejando atrás varios letreros
en que se les advertía de que se encontraban en propiedad privada. Otros letreros
prohibían el paso a los intrusos. Llegaron a una cancela metálica baja que estaba
abierta, pero que podía cerrarse para impedir el acceso.
—¡Es la carretera de entrada más larga del mundo! —se quejó Seth.
Cuanto más se adentraban, menos convencionales resultaban los letreros. En
vez de leerse «Propiedad privada» y «Prohibido el paso», rezaban: «ATENCIÓN: CALIBRE
12» o «Los INTRUSOS SERÁN PERSEGUIDOS».
—Estos letreros son curiosos —comentó Seth. Más bien siniestros — murmuró
Kendra.
Al cabo de otra curva del camino, llegaron a una verja alta de hierro forjado,
coronada con unas flores de lis. La doble puerta estaba abierta. A cada lado, la verja se
extendía entre los árboles hasta más allá de donde le alcanzó la vista a Kendra. Cerca
de la verja había un último letrero: «MUERTE SEGURA».
—¿Está paranoico el abuelo Sorenson? —preguntó Kendra.
—Los letreros son una broma —respondió su padre—. El abuelo heredó estas
tierras. Estoy seguro de que la verja venía en el lote.
Una vez cruzaron por la puerta, seguía sin haber casa alguna a la vista. Sólo
más árboles y maleza. Cruzaron un puentecillo que salvaba un riachuelo y subieron por
una suave pendiente. Los árboles terminaban allí de repente, y mostraban una casa al
otro lado de una vasta explanada de hierba.
La casa era grande, pero no enorme, con un montón de tejados y hasta una
torrecilla. Después de la verja de hierro forjado, Kendra se había esperado un castillo o
una gran mansión. Construida a base de madera oscura y piedra, la casa parecía vieja,
y sin embargo, en buen estado de conservación. El terreno impresionaba más. Delante
de la casa había un brillante jardín de flores. Unos setos podados y un estanque de
peces añadían un toque personal al jardín. Detrás de la casa se levantaba, imponente,
un enorme granero marrón, de por lo menos cinco pisos de alto, rematado por una
veleta.
—Me encanta —dijo la madre de Kendra—. Ojalá nos quedáramos todos.
—¿Nunca habías estado aquí? —preguntó Kendra.
—No. Vuestro padre vino un par de veces antes de casarnos.
—Hacen lo imposible por evitar las visitas —dijo él—. Ni yo ni el tío Carl ni la tía
Sophie hemos pasado mucho tiempo aquí. No lo entiendo. Sois unos afortunados,
chicos. Lo vais a pasar genial. Aunque sólo sea por una cosa: os podéis pasar todo el
tiempo jugando en la piscina.
Se detuvieron delante del garaje.
La puerta principal se abrió y apareció el abuelo Sorenson, seguido de un
hombre alto y desgarbado de orejas enormes y de una mujer delgada de más edad.
Seth y sus padres salieron del coche. Kendra se quedó dentro y observó.
El abuelo se había presentado en el funeral perfectamente afeitado, pero ahora
lucía una barba blanca de varios días. Iba vestido con unos vaqueros gastados, unas
botas de faena y una camisa de franela.
Brandon Mull Fablehaven
Kendra estudió a la mujer mayor. No era la abuela Sorenson. Pese a su pelo
blanco, con mechones negros aquí y allá, su rostro poseía la cualidad de parecer joven.
Sus ojos almendrados eran negros como el café y sus rasgos sugerían un vestigio de
antepasados asiáticos. Baja y ligeramente encorvada, conservaba una belleza exótica.
El padre de los chicos y el larguirucho abrieron el maletero del todoterreno
deportivo y empezaron a sacar maletas y bolsos de lona.
—¿Vienes, Kendra? —le preguntó su padre.
Kendra abrió la puerta y descendió al suelo de grava.
—Dejad las cosas dentro sin más —le estaba diciendo el abuelo a su hijo—.
Dale las subirá a la habitación.
—¿Dónde está mamá? —le preguntó.
—Ha ido a ver a tu tía Edna.
—¿A Misuri?
—Edna se está muriendo.
Kendra apenas había oído hablar de la tía Edna en toda su vida, por lo que la
noticia no significó gran cosa para ella. Levantó la vista para contemplar la casa. Se fijó
en que el cristal de las ventanas presentaba burbujas. Bajo los aleros había nidos de
pájaros adheridos.
Todos se dirigieron a la puerta principal de la casa. El padre de los chicos y Dale
portaban los bolsos más grandes. Seth llevaba una bolsa de lona más pequeña y una
caja de cereales. La caja de cereales era su kit de emergencia. Estaba llena de
cachivaches que él consideraba que podrían serle útiles para alguna aventura: gomas
elásticas, una brújula, barritas de cereales, monedas, una pistola de agua, una lupa,
unas esposas de plástico, cuerda, un silbato.
—Ésta es Lena, nuestra ama de llaves —dijo el abuelo. La mujer mayor asintió e
hizo un leve gesto de saludo con la mano— . Dale me ayuda con la jardinería.
Eres una preciosidad, ¿eh? —le dijo Lena a Kendra—.
Debes de tener unos catorce años. —Lena tenía un ligero acento que Kendra no
consiguió identificar. —Los cumplo en octubre.
De la puerta principal colgaba una aldaba de hierro que representaba un trasgo
con los ojos entrecerrados y un anillo en la boca. La gruesa puerta tenía unas
voluminosas bisagras.
Kendra entró en la casa. El suelo del vestíbulo era de madera lustrada. En una
mesa baja había un jarrón de cerámica blanca con un arreglo floral mustio. En un
lateral se veía un perchero alto, de hierro, junto a un banco negro con el respaldo alto y
tallado. De la pared colgaba un cuadro de una cacería del zorro.
Kendra podía ver el interior de otra estancia, cuyo suelo de madera aparecía
cubierto en su mayor parte por una alfombra bordada de grandes dimensiones. Igual
que la casa misma, los muebles eran antiguos, pero en buen estado de conservación.
Los sofás y las sillas eran, casi todos ellos, del tipo que esperarías encontrar en una
visita a un lugar histórico.
Dale estaba subiendo por las escaleras con algunos de los bolsos. Lena se
excusó y se metió en otra habitación.
—Vuestro hogar es precioso —le elogió la madre—. Ojalá tuviéramos tiempo
para que nos los enseñarais.
—Tal vez cuando regreséis —dijo el abuelo.
Brandon Mull Fablehaven
—Gracias por acceder a que los chicos se queden con vosotros —le dijo su hijo.
—Un placer. Pero no quiero entreteneros.
—Vamos con el tiempo bastante justo —se disculpó él.
—Portaos bien, chicos, y haced caso al abuelo Sorenson en todo lo que sea —
les dijo su madre a los chicos, y abrazó a Kendra y a Seth.
Kendra notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Luchó por contenerlas.
—Qué disfrutéis del crucero.
—Estaremos de vuelta antes de que os deis cuenta —le contestó su padre, que
rodeó a Kendra con un brazo y le revolvió el pelo a Seth.
Diciendo adiós con la mano, sus padres salieron por la puerta abierta. Kendra
se acercó al umbral y los miró mientras ellos se montaban en el coche. Al iniciar la
marcha, su padre tocó el claxon. Kendra volvió a luchar por contener las lágrimas,
mientras el todoterreno deportivo se perdía de vista entre los árboles.
Seguramente sus padres estarían riéndose, sintiendo el alivio de hallarse solos
para disfrutar de las vacaciones más largas de su vida de casados. Prácticamente
podía oír el tintineo de sus copas de cristal al brindar. Y allí estaba ella, abandonada.
Kendra cerró la puerta. Seth, ensimismado como siempre, examinaba las intrincadas
piezas de un juego de ajedrez ornamental.
El abuelo estaba en el vestíbulo, observando a Seth con semblante cortés pero
incómodo.
—Deja esas piezas de ajedrez en su sitio —dijo Kendra—. Parecen caras.
—Oh, no pasa nada —replicó el abuelo. Por cómo lo dijo, Kendra estaba segura
de que se sentía aliviado al ver que Seth depositaba las piezas en el tablero—. ¿Os
muestro vuestra habitación?
Siguieron al abuelo por las escaleras y por un pasillo alfombrado hasta llegar al
pie de una angosta escalera de madera que conducía a una puerta blanca. El abuelo
reanudó la subida por los peldaños crujientes de esta segunda escalera.
—No solemos tener invitados, y menos aún niños —dijo el abuelo por encima
del hombro—. Creo que estaréis más cómodos en el desván.
Abrió la puerta y los chicos entraron detrás de él. Kendra se había preparado
para encontrarse telarañas e instrumentos de tortura, y se llevó un alivio al ver que el
desván era una alegre estancia de juegos. Espaciosa, limpia y luminosa; la alargada
estancia contaba con dos camas, estanterías repletas de literatura infantil, armarios
roperos independientes, unos pulcros locadores, un unicornio balancín, varios arcones
para juguetes y una gallina en una jaula.
Seth se fue derecho a por la gallina.
—¡Cómo mola! —Metió un dedo entre los finos barrotes para intentar tocar las
plumas del ave, color naranja dorado.
—Cuidado, Seth —le avisó Kendra.
No Ir pasará nada -dijo el abuelo—. Ricitos de Oro es más una mascota
doméstica que una gallina de corral. Vuestra
abuela es quien se ocupa generalmente de ella. Pensé que no os importaría
sustituirla mientras está fuera. Tendréis que darle de comer, limpiarle la jaula y
recolectar los huevos.
—¡Pone huevos! —Seth estaba maravillado y encantado.
Brandon Mull Fablehaven
—Un huevo o dos al día, si la mantenéis bien alimentada —puntualizó el abuelo.
Y señaló un cubo blanco de plástico lleno de grano, cerca de la jaula—. Un cucharón
por la mañana y otro por la noche deberían bastar para cuidarla. Tendréis que
cambiarle el relleno de la jaula cada dos días, y aseguraros de que tiene agua
suficiente. Todas las mañanas le damos un pequeño cuenco de leche. —El abuelo
guiñó un ojo—. Ese es el secreto de su producción de huevos.
—¿ Podemos sacarla alguna vez ? —La gallina se había acercado lo bastante
como para que Seth pudiera acariciarle las plumas con un dedo.
—Sólo guardadla después en la jaula otra vez. —El abuelo se inclinó para meter
un dedo en la jaula y Ricitos de Oro le dio un picotazo de inmediato. El hombre retiró la
mano—. Nunca le he caído muy simpático.
—Algunos de estos juguetes parecen caros —dijo Kendra, que estaba de pie
junto a una recargada casita de muñecas victoriana.
—Los juguetes están hechos para que se juegue con ellos —respondió el
abuelo—. Procurad mantenerlos en buen estado y será más que suficiente.
Seth dejó la gallina para acercarse a un pequeño piano que había en un rincón
de la habitación. Aporreó las teclas, y a Kendra le pareció que las notas que sonaron
tenían un timbre diferente a lo que había esperado. Se trataba de un pequeño
clavicémbalo.
—Considerad esta habitación vuestro espacio —dijo el abuelo—. Dentro de lo
razonable, no os daré la lata con que tengáis el cuarto recogido, siempre que tratéis el
resto de la casa con respeto.
—De acuerdo —dijo Kendra.
—Tengo también malas noticias que daros. Estamos en id momento álgido de la
temporada de garrapatas ¿Habéis oído
hablar alguna vez de la enfermedad de Lyme?
Seth negó con la cabeza.
—Creo que sí —contestó Kendra.
—Se descubrió por primera vez en la ciudad de Lyme, en Connecticut, no muy
lejos de aquí. Se contagia por la picadura de la garrapata. Este año el bosque está
llenito de ellas.
—¿Y en qué consiste? —preguntó Seth.
El abuelo hizo una pausa solemne.
—Empieza con un sarpullido. En poco tiempo puede provocar artritis, parálisis e
insuficiencia cardiaca. Aparte de eso, con enfermedad o sin ella, no querréis que se os
metan garrapatas en la piel y se pongan a chuparos la sangre. Cuando intentas
arrancarlas, se les desprende la cabeza. Y cuesta sacarlas.
—¡Qué asco! —exclamó Kendra.
El abuelo asintió con semblante muy serio.
—Son tan pequeñas que casi no se ven, al menos hasta que se atiborran de
sangre. Entonces, se hinchan hasta quedar del tamaño de una uva. En cualquier caso,
la cuestión es que no tenéis permiso para meteros en el bosque bajo ninguna
circunstancia, chicos. Quedaos en la pradera de hierba. Violad esta norma, y vuestros
privilegios de permanencia al aire libre os serán revocados. ¿Nos entendemos?
Kendra y Seth asintieron.
Brandon Mull Fablehaven
—Además, no debéis entrar en el granero. Demasiadas escaleras de mano y
trastos de labor viejos y oxidados. Las mismas normas que valen para el bosque, valen
también para el granero: poned un pie allí, y os pasaréis el resto de las vacaciones
metidos en esta habitación.
—De acuerdo —replicó Seth, que cruzó la habitación en dirección a un caballete
colocado sobre una lona llena de manchurrones de pintura. Apoyado en el caballete
había un lienzo sin estrenar. Había más lienzos blancos apoyados contra la pared
próxima, junto a baldas repletas de tarros de pintura—. ¿ Puedo pintar?
—Os lo digo por segunda vez: sois los amos de esta habitación —respondió el
abuelo—. Sólo procurad no destrozarla. Tengo un montón de tareas que atender, así
que puede que no me veáis mucho el pelo, Aquí tiene que haber suficiente cantidad de
juguetes y entretenimientos para manteneros ocupados.
—¿Y tele? —preguntó Seth.
—No hay ni tele ni radio —respondió el abuelo—. Normas de la casa. Si
necesitáis cualquier cosa, tenéis a Lena, que nunca andará muy lejos—. Señaló un
cordón morado que colgaba de la pared, cerca de una de las camas—. Tirad de esa
cuerda si la necesitáis. De hecho, dentro de unos minutos, vendrá con vuestra cena.
—¿No vamos a cenar juntos? —preguntó Kendra.
—Algunos días. Ahora mismo tengo que pasar por el henar del lado este. Puede
que no vuelva hasta tarde.
—¿Cuánta tierra posees? —preguntó Seth.
El abuelo sonrió.
—Más de lo que debiera. Vamos a dejarlo ahí. Chicos, os veré por la mañana.
—Dio media vuelta para marcharse y entonces se detuvo, al tiempo que buscaba algo
en el bolsillo de su abrigo. Se dio la vuelta y tendió a Kendra una pequeña arandela en
la que había prendidas tres pequeñas llaves de tamaños diferentes—. Cada una de
estas llaves encaja en una cerradura de esta habitación. A ver si conseguís averiguar
qué abre cada una.
El abuelo Sorenson salió de la habitación y cerró la puerta tras él. Kendra se
quedó escuchando sus pisadas al descender la escalera. Se colocó junto a la puerta,
esperó y a continuación probó a girar el picaporte lentamente. Kendra abrió la puerta
con cuidado, se asomó a mirar la escalera vacía y entonces cerró. Por lo menos no los
había dejado encerrados.
Seth había abierto un baúl de juguetes y estaba examinando su contenido. Los
juguetes eran de otra época, pero se encontraban en excelente estado. Soldados,
muñecas, rompecabezas, peluches, bloques de madera.
Kendra se acercó distraídamente a un telescopio que había junto a una ventana.
Observó por la mirilla, colocó el telescopio de manera que pudiese mirar a través del
cristal de una ventana y se puso a ajustar los mandos de enfoque. Consiguió hacer
más nítida la imagen, pero no logró que se viera del todo bien.
Dejó de mover los mandos y observó la ventana. Los cristales estaban hechos
de vidrio irregular, como los de la parte delantera de la casa. Las imágenes llegaban
distorsionadas antes de pasar por el telescopio.
Descorrió un pestillo y empujó la ventana para abrirla. Desde allí se dominaba el
bosque que quedaba al este de la casa, iluminado por las tonalidades doradas de la
Brandon Mull Fablehaven
puesta de sol. Kendra acercó el telescopio a la ventana, se entretuvo un poco más en
ajustar el enfoque y consiguió ver con toda nitidez las hojas de los árboles de allá
abajo.
—Déjame ver —dijo Seth. Se había puesto a su lado.
—Antes recoge todos esos juguetes. —Junto al baúl abierto había un revoltijo de
juguetes.
—El abuelo ha dicho que aquí dentro podemos hacer lo que nos dé la gana.
—Sin convertirlo todo en un desastre. Estás poniéndolo todo patas arriba ya.
—Estoy jugando. Esto es un cuarto de juegos.
—¿No te acuerdas de que mamá y papá nos dijeron que teníamos que recoger
nosotros solitos nuestras cosas?
—¿No te acuerdas de que mamá y papá no están aquí?
—Se lo diré.
—¿Cómo? ¿Les vas a poner una notita en una botella? Para cuando regresen,
ni siquiera te acordarás.
Kendra se fijó en que había un calendario en la pared. —Lo anotaré en el
calendario.
—Vale. Y mientras tanto yo echaré un vistazo con el telescopio.
—Esto es lo único de toda la habitación que estaba usando yo. ¿Por qué no te
buscas otra cosa?
—No me había fijado en el telescopio. ¿Por qué no lo compartes? ¿No nos dicen
también mamá y papá que compartamos las cosas?
—De acuerdo —respondió Kendra—. Todo tuyo. Pero voy a cerrar la ventana.
Están entrando bichos. —Lo que tú digas. Kendra cerró la ventana.
Seth miró por la mirilla y se puso a mover los mandos de enfoque. Kendra
contempló detenidamente el calendario. Era de 1953. Cada mes iba acompañado de
una ilustración de un palacio de cuento de hadas.
Pasó las hojas hasta dar con la de junio. Hoy era 11 de junio. Los días de la
semana no coincidían con los actuales, pero igualmente pudo contar los que faltaban
hasta que volviesen sus padres. Estarían de vuelta el 28 de junio.
—Este cacharro ni siquiera enfoca bien —se quejó Seth.
Kendra sonrió.
Brandon Mull Fablehaven
2
Juntando pistas
A la mañana siguiente, Kendra se sentó a la mesa del desayuno justo enfrente
de su abuelo. Encima de él, el reloj de madera de la pared marcaba las 8.43. Por el
rabillo del ojo percibía un reflejo de luz que se movía. Seth estaba usando el cuchillo de
untar la mantequilla para reflejar los rayos del sol. Estaba sentada demasiado lejos de
la ventana como para tomar represalias.
—A nadie le gusta que el sol le dé en los ojos, Seth —dijo el abuelo. Seth paró.
—¿Y Dale? —preguntó.
—Dale y yo nos levantamos hace unas horas. Está fuera, trabajando. Yo he
venido sólo para haceros compañía en vuestra primera mañana en la casa.
Lena puso un cuenco delante de Seth y otro delante de Kendra.
—¿Qué es esto? —preguntó Seth.
—Crema de trigo —respondió Lena.
—Se adhiere a las costillas —añadió el abuelo.
Seth probó la crema de trigo con su cuchara.
—¿Qué lleva? ¿Sangre?
—Bayas del jardín y confitura casera de frambuesa —explicó Lena, al tiempo
que dejaba sobre la mesa una fuente con tostadas, mantequilla, una jarra de leche, un
cuenco con azúcar tostadas, mantequilla, una jarra de leche, un cuenco con
azúcar y otro con mermelada.
Kendra probó la crema de trigo. Estaba deliciosa. Las bayas y la confitura de
frambuesa le daban el toque perfecto de dulzor.
—¡Pero qué bueno! —exclamó Seth—. Y pensar que papá está comiendo
caracoles…
—Chicos, recordad las normas relativas al bosque —dijo el abuelo.
—Y no meternos en el granero —observó Kendra.
—Buena chica. Detrás hay una piscina, que hemos preparado para vosotros:
con su adecuado equilibrio químico y todo lo demás. Podéis explorar los jardines. Y
siempre podéis subir a jugar a vuestra habitación. No tenéis más que respetar las
normas y nos llevaremos bien.
—¿Cuándo vuelve la abuela? —preguntó Kendra.
El abuelo bajó la vista a sus manos.
—Eso dependerá de tía Edna. Podría ser la semana próxima. Podría ser dentro
de un par de meses.
—Me alegro de que la abuela se recuperara de su enfermedad —comentó
Kendra.
Brandon Mull Fablehaven
—¿Qué enfermedad?
—La que le impidió ir al funeral.
—Ah, sí. Bueno, seguía aún un poco floja cuando partió hacia Misuri.
El abuelo se comportaba de una manera un tanto peculiar. Kendra se preguntó
si le costaba tratar con niños.
—Me da pena no haber llegado a tiempo de verla —dijo Kendra.
—A ella también. En fin, será mejor que me marche ya. —No había probado
bocado. Echó la silla hacia atrás, se levantó y se apartó de la mesa mientras se frotaba
las palmas de las manos en los vaqueros—. Si vais a la piscina, no os olvidéis de
poneros protección solar. Os veré más tarde, chicos.
—¿En la comida? —preguntó Seth.
—Más bien a la hora de la cena. Lena os ayudará con cualquier cosa que
necesitéis. Y se marchó.
Enfundada en su bañador y con una toalla echada al hombro. Kendra salió por
La puerta al porche trasero. Llevaba un espejo de mano que había encontrado en la
mesilla de noche que había junto a su cama. Tenía el mango de madreperla con
incrustaciones de diamantes falsos. El día estaba un tanto húmedo, pero la
temperatura resultaba agradable.
Se acercó a la baranda del porche y contempló el jardín trasero, tan bien
cuidado y perfectamente podado, con sus senderos de piedras blancas serpenteando
entre los arriates de flores, los setos, los huertecillos, los árboles frutales y las plantas
en flor. Los tallos entrelazados de las parras cubrían con sus rizos celosías colgadas.
Todas las plantas parecían hallarse en plena floración. Kendra no había visto nunca
flores así de radiantes.
Seth estaba bañándose ya. La piscina tenía el fondo negro y estaba rodeada de
piedras para darle el aspecto de un estanque. Kendra bajó rápidamente los escalones y
tomó un sendero en dirección a la piscina.
El jardín rebosaba vida. Había colibríes que pasaban como flechas entre la
vegetación, con las alas casi invisibles mientras revoloteaban suspendidos en el aire.
Abejorros gigantes de panzas peludas zumbaban de flor en flor. Una asombrosa
variedad de mariposas aleteaba por el lugar con sus alas de papel de seda.
Kendra pasó por delante de una fuentecilla seca con forma de estatua de rana.
Y se detuvo al ver que una gran mariposa se posaba en el borde de un bebedero de
pájaros vacío. Tenía unas alas enormes de color azul, negro y violeta. Nunca había
visto una mariposa de colores tan vivos. Por supuesto, era la primera vez que pisaba
un jardín de semejante categoría. La casa no era exactamente una mansión, pero la
finca era digna de un rey. No era de extrañar que el abuelo Sorenson tuviera tantas
cosas que hacer.
El sendero llevó finalmente a Kendra ante la piscina. La zona de la orilla estaba
pavimentada con losas multicolores. Había varias tumbonas y una mesa redonda con
una gran sombrilla.
Seth saltó a la piscina desde una piedra que sobresalía, y se zambulló con Las
piernas recogidas, salpicando a lo grande. Kendra dejó la toalla v el espejo encima de
la mesa y cogió un bote de protección solar Se untó de crema blanca la cara, los
brazos y las piernas hasta que su piel la absorbió.
Brandon Mull Fablehaven
Mientras Seth buceaba, Kendra cogió el espejo. Inclinó la parte reflectante de
modo que reflejase la luz del sol en el agua. Cuando Seth sacó la cabeza, Kendra se
aseguró de que el manchón brillante de luz solar le diese de lleno en la cara.
—¡Eh! —gritó él, que se apartó a brazadas. Pero ella mantuvo el destello del
espejo en su nuca.
Seth se agarró al borde de la piscina y se volvió para mirarla de nuevo; levantó
una mano y guiñó los ojos para protegerse de la luz. Tuvo que apartar la mirada.
Kendra se echó a reír.
—Corta ya —dijo Seth.
—¿No te gusta?
—Que lo dejes. No volveré a hacerlo. Ya me ha abroncado el abuelo.
Kendra dejó el espejo en la mesa.
—Este espejo es mucho más brillante que un cuchillo de untar mantequilla —
dijo—. Apuesto a que ha causado ya un daño irreparable en tus retinas.
—Espero que sí, así te reclamaré ante los tribunales daños por un billón de
dólares.
—Buena suerte. Debo de tener unos cien en el banco. Podría llegarte para
comprar un par de parches para ojos.
Seth nadó enojado en dirección a ella y Kendra se acercó al borde de la piscina.
Y cuando él empezó a encaramarse para salir, ella le empujó al agua otra vez. Le
sacaba casi una cabeza y normalmente podía con él si entablaban pelea, pero si
acababan luchando él sabía escabullirse hábilmente.
Seth cambió de táctica y empezó a salpicarla, empujando la mano rápidamente
contra la superficie del agua. El agua estaba fría y, al principio, Kendra se encogió,
pero entonces se tiró a la piscina saltando por encima de la cabeza de Seth. Tras el
impacto inicial, enseguida se acostumbró a la temperatura y se alejó de su hermano en
dirección a la parte menos honda.
Él fue a por ella, y acabaron enzarzándose en un combate a ver quién salpicaba
más al otro. Con las manos entrelazadas, Seth dibujó amplios círculos con los brazos,
rozando con fuerza la superficie del agua. Kendra empujaba el agua con ambas manos
batiéndola de tal modo que no salpicaba tanto como él,
pero sí de forma más dirigida. Pronto se cansaron. No resultaba fácil ganar un
combate acuático cuando ambos contrincantes estaban ya calados.
—Echemos una carrera —propuso Kendra cuando empezaron a salpicarse
menos.
Echaron varias carreras en la piscina. Primero nadaron en estilo crol, luego de
espaldas, luego braza y al final de costado. Después de eso se inventaron
impedimentos, como nadar sin utilizar los brazos, o hacer anchos saltando a la pata
coja por la parte menos honda. Solía ganar Kendra, pero Seth era más veloz en estilo
espalda y en algunas de las carreras con impedimentos.
Cuando Kendra se aburrió de jugar, salió de la piscina. Se dirigió a la mesa para
coger la toalla y se frotó con ella la larga melena, disfrutando de la textura gomosa del
cabello, dividido en mechones compactos por efecto de la humedad.
Seth se subió a lo alto de una roca que había cerca de la parte más profunda.
— ¡Mira este abrelatas! —Saltó con una pierna estirada y la otra recogida.
Brandon Mull Fablehaven
—Bien hecho —dijo Kendra para apaciguarlo cuando sacó la cabeza del agua.
Entonces dirigió la vista hacia la mesa y se quedó petrificada. Colibríes, abejorros y
mariposas revoloteaban en el aire por encima del espejo de mano. Otras cuantas
mariposas y un par de enormes libélulas se habían posado directamente en la faz del
espejo.
—¡Seth, ven a ver esto! —le llamó Kendra, susurrando con todas sus fuerzas.
—¿El qué?
— Tú ven.
Seth salió de la piscina y fue hasta Kendra pisando sin hacer ruido y con los
brazos cruzados. Se quedó mirando la nube palpitante que daba vueltas encima del
espejo.
—¿Qué hacen?
—¿No lo sé? —respondió ella—. ¿A los insectos les gustan los espejos?
A éstos sí.
Mira esa mariposa roja y blanca. Es enorme.
—Igual que esa libélula —indicó Seth. —Ojalá tuviera una cámara de fotos. Te
reto a que cojas el espejo.
Seth se encogió de hombros. —Vale.
El trotó hasta la mesa, agarró el espejo por el mango, se fue corriendo hacia la
piscina y se zambulló. Algunos insectos se dispersaron al momento. La mayoría voló
en la dirección que había tomado Seth, pero se dispersaron también antes de alcanzar
la piscina.
Seth emergió del agua.
—¿Tengo alguna abeja?
—Saca el espejo del agua. ¡Lo vas a estropear!
—Cálmate, está bien —dijo él, nadando hacia el borde.
—Dámelo. —Kendra le quitó el espejo de la mano y lo secó con su toalla.
Parecía intacto—. Hagamos un experimento.
Kendra colocó el espejo bocarriba en una silla de asiento reclinable y se apartó.
—¿ Crees que volverán ?
—Ahora lo veremos.
Kendra y Seth se sentaron ante la mesa, no lejos de la silla. Pasado menos de
un minuto llegó volando un colibrí y se quedó suspendido por encima del espejo. Al
poco se le unieron unas cuantas mariposas. Un abejorro se posó sobre el cristal. En
cuestión de minutos se había formado otro enjambre de pequeñas criaturas aladas
encima del espejo.
—Ve a darle la vuelta —dijo Kendra—. Quiero ver si lo que les atrae es el espejo
en sí o el reflejo.
Seth fue a cuatro patas hasta el espejo. Los animalillos no parecieron percatarse
de su llegada. Alargó el brazo lentamente, dio la vuelta al espejo y a continuación se
retiró a la mesa.
Las mariposas y las abejas que se habían posado en el espejo alzaron el vuelo
cuando Seth le dio la vuelta, pero sólo unas pocas de aquellas criaturas aladas se
marcharon volando. La mayor parte del enjambre se quedó revoloteando cerca. Un par
de mariposas y una libélula se posaron en la silla misma, junio al filo del espejo.
Alzando el vuelo, volcaron el espejo v a punto estuvieron de tirarlo de la silla.
Brandon Mull Fablehaven
Con la superficie reflectora de nuevo visible, el enjambre se agolpó encima.
Varias de las criaturas se posaron en ella.
—¿Has visto eso? —preguntó Kendra.
—Qué cosa tan rara —comentó Seth.
—¿ Cómo han podido tener la fuerza suficiente para levantarlo?
—Eran varias a la vez. ¿Quieres que le dé la vuelta otra vez? —No, me da
miedo que se caiga y se haga pedazos. —De acuerdo. —Se puso la toalla al cuello—.
Voy a cambiarme.
—¿Te importa llevarte el espejo?
—Bueno, pero me largo pitando. No me apetece que me piquen.
Seth se acercó lentamente al espejo, lo cogió de la silla y echó a correr por el
jardín en dirección a la casa. Parte del enjambre le persiguió perezosamente y a
continuación se dispersó.
Kendra se envolvió la cintura con la toalla, cogió la crema protectora que Seth se
había dejado y se encaminó hacia la casa.
Cuando llegó al cuarto de juegos del desván, se encontró a Seth vestido con
vaqueros y una camisa de camuflaje de manga larga. Recogió del suelo la caja de
cereales que le servía de kit de supervivencia en casos de emergencia y se fue hacia la
puerta.
—¿Adónde vas?
—No es asunto tuyo, a no ser que quieras venir.
—¿ Cómo voy a saber si quiero ir si no me dices adónde vas ?
Seth la evaluó con la mirada.
—¿Me prometes que guardarás el secreto?
—A ver si lo adivino: vas al bosque.
—¿Quieres venir?
—Vas a pillar la enfermedad de Lyme —le advirtió Kendra.
—Y a mí qué. En todas partes hay garrapatas. Igual que Inedia venenosa. Si la
gente dejara que eso la detuviera, nadie Iría nunca a ninguna parte.
—Pero el abuelo Sorenson no quiere que nos metamos en el bosque —
protestó ella.
—El abuelo no va a estar por aquí en todo el día. No va a enterarse nadie, a no
ser que te chives.
—No lo hagas. El abuelo ha sido amable con nosotros. Deberíamos obedecerle.
—Tienes el mismo valor que un cubo de arena.
—¿Qué tiene de valiente desobedecer al abuelo?
—Vamos, que no vienes, ¿no?
Kendra vaciló.
—No.
—¿Te chivarás de mí?
—Si me preguntan dónde estás, sí.
—No tardaré mucho.
Seth salió por la puerta. Kendra oyó sus pisadas al bajar los escalones.
Cruzó la habitación en dirección a la mesilla de noche. El espejo de mano
estaba allí encima, al lado de la arandela con las tres llavecitas. La noche anterior se
había pasado un buen rato tratando de descubrir qué abría cada llave. La más grande
Brandon Mull Fablehaven
abría un joyero que había sobre la cómoda, repleto de alhajas de fantasía: gargantillas
de diamantes, pendientes de perlas, colgantes de esmeraldas, anillos de zafiro y
pulseras de rubíes, todo de mentira. Aún no había descubierto lo que abrían las otras
dos.
Cogió las llaves de la mesilla. Eran todas diminutas. La más pequeña no medía
más que una chincheta. ¿Dónde encontraría una cerradura tan minúscula?
La noche anterior había dedicado casi todo el rato a probar con cómodas y
baúles de juguetes. Algunas de las cómodas tenían cerradura, pero estaban ya
abiertas y las llaves no encajaban. Lo mismo le pasó con los baúles de juguetes.
La casa de muñecas victoriana atrajo su atención. ¿Qué mejor lugar para
encontrar pequeñas cerraduras que en el interior de una casita de muñecas? Soltó los
cierres y, al abrir la casita, descubrió dos pisos y varias habitaciones llenas de muebles
en miniatura. Cinco personitas de mentira habitaban la casa: un padre, una madre, un
niño, una niña y un bebé.
El grado de detalle era extraordinario. Las cainitas tenían su colcha, su manta,
sus sábanas y sus almohadas. Los sofás estaban hechos con almohadones de quita y
pon. Los grifos de la bañera giraban de verdad. Los armaritos tenían ropita colgada
dentro.
El gran armario de la habitación de matrimonio de la casita de muñecas levantó
las sospechas de Kendra. En el centro tenía una cerradura desproporcionadamente
grande. Kendra insertó la llave más diminuta y la giró. Las puertas del armario se
abrieron de par en par.
Dentro había algo envuelto en papel dorado. Al abrirlo, vio que se trataba de un
bombón en forma de capullo de rosa. Detrás del bombón encontró una llavecilla
dorada. La unió a las otras tres en la arandela. La llave dorada era más grande que la
llave que abría el armario, pero más pequeña que la llave que abría el joyero.
Kendra mordió un trocito del capullo de rosa de chocolate. Estaba blando y se
fundió en su boca. Era el bombón más rico y cremoso que había probado en su vida.
Se lo comió en tres mordiscos más, paladeando cada bocado.
Volvió a indagar en el interior de la casita, investigando cada mueble de juguete,
rebuscando en cada armarito, mirando detrás de cada cuadro en miniatura que
decoraba las paredes. Al no hallar más cerraduras, echó los cierres de la casa de
muñecas.
Repasó la habitación con la mirada, tratando de decidir cuál sería el siguiente
sitio en que miraría. Sólo le quedaba una llave, o tal vez dos, si la llave dorada abría
también algo. Había examinado casi todos los objetos de los baúles de juguetes, pero
siempre podía cerciorarse por segunda vez. Había mirado en los cajones de las
mesillas de noche, en las cómodas y en los armarios roperos a conciencia, así como en
todos los adornos de las estanterías. Podía haber cerraduras en los sitios más
insospechados, como, por ejemplo, debajo de la ropita de una muñeca o detrás del
pilar de una cama.
Kendra acabó junto al telescopio. Aunque le parecía

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------