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Libro PDF Fablehaven La ascensión del lucero de la tarde Brandon Mull

Fablehaven La ascensión del lucero de la tarde  Brandon Mull

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Alyssa sacudió la cabeza como si a Kendra le faltara un tornillo.
—Debes de ser la chica más exigente del planeta.
Por el altavoz resonó la monótona retahíla de avisos matutinos. Case charlaba con
Jonathon White. Jonathon sonreía y se reía. Era extraño: Jonathon era un memo, no el tipo de
chico que haría migas con un esperpento de feria. Kendra se fijó en que Jenna Chamberlain y
Karen Sommers se cruzaban miradas y cuchicheos como si también ellas encontrasen atractivo
a Case. Al. igual que Alyssa, no parecía que fueran en broma. Kendra recorrió toda el aula con la
mirada y no encontró ni a un solo alumno a quien el aspecto de Case pareciera causar repulsión.
¿Qué estaba pasando? Nadie que tuviera esta pinta tan extraña podría entrar en una
clase sin hacer que más de uno levantara las cejas.
Y, de pronto, vio lo que estaba pasando en realidad.
Casey Hancock parecía inhumanamente deforme y horrendo porque no era humano.
Debía de ser una especie de trasgo con aspecto de muchacho normal a ojos de todos los demás.
Sólo Kendra era capaz de ver su auténtica imagen, un don que era la secuela de haber sido
besada por centenares de hadas gigantes.
Desde que se marchó de Fablehaven hacía casi un año, sólo en dos ocasiones había
visto criaturas mágicas. Una vez había reparado en un hombre barbudo de apenas treinta
centímetros de estatura que sacaba un trozo de manguera de un montón de desperdicios, detrás
del local del cine. Cuando quiso acercarse para verlo mejor, el hombrecillo se metió por una
alcantarilla. En otra ocasión vio lo que parecía un buho dorado con rostro humano. Cruzó la
mirada con la criatura durante un segundo y el bicho batió rápidamente sus doradas alas para
alzar el vuelo.
Esta clase de infrecuentes visiones solían estar vedadas a los ojos de los mortales. Su
abuelo Sorenson le había mostrado los efectos de la leche mágica, que permitía a la gente ver a
través de las ilusiones tras las que generalmente se ocultaban las criaturas místicas. Cuando los
besos de las hadas habían convertido esa capacidad en algo permanente, el abuelo le había
advertido de que a veces era más seguro para uno no ver determinadas cosas.
Y aquí estaba ahora, sin poder apartar los ojos de un monstruo grotesco que fingía ser el
nuevo de la clase. La señora Price pasó por el pasillo de los pupitres repartiendo los anuarios.
Kendra, absorta, se puso a garabatear en la cubierta de su ejemplar. ¿Por qué estaba aquí esa
criatura? Seguro que tenía algo que ver con ella. A no ser que los repulsivos trasgos se infiltrasen
de forma rutinaria en el sistema educativo estatal. ¿Había venido a espiar? ¿A causar
problemas? Casi con toda certeza tramaba alguna fechoría.
Kendra levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba mirándola fijamente desde
delante, con la cabeza vuelta hacia ella. Debería estar contenta de saber que el nuevo
compañero de aula ocultaba su verdadera identidad, ¿no? Saber aquello le puso nerviosa, pero
le serviría para prepararse para contrarrestar cualquier amenaza que pudiera plantearle.
Gracias a ese don secreto, podría vigilarle de cerca. Si lo hacía bien, Case no se daría
cuenta de que podía ver su auténtica imagen.
El Centro de Enseñanza Media Roosevelt, con su forma de caja gigante, estaba
construido de manera que en invierno los estudiantes no tuvieran que salir al exterior en ningún
momento. Los pasillos interiores lo comunicaban todo entre sí y la sala en la que se organizaban
las asambleas se utilizaba también como cafetería cubierta. Pero ahora que lucía el sol de junio,
Kendra se encontró en una mesa redonda del exterior, con sus bancos curvilíneos ensamblados
al pie, en compañía de tres amigas con las que se había sentado a tomar el almuerzo.
Kendra escribía una dedicatoria en el anuario de Brittany, mientras masticaba un bocado
del sandwich relleno. Trina estaba escribiendo una dedicatoria en el de Kendra; Alyssa, en el de
Trina; y Brittany en el de Alyssa. Para Kendra era importante escribir un mensaje largo y lleno de
significado. Al fin y al cabo, esas tres chicas eran sus mejores amigas. Escribir «Que pases un
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buen verano» podría servir para los conocidos, pero las amigas de verdad requerían algo más
original. La clave residía en mencionar chistes concretos que habían compartido, o cosas
divertidas que habían hecho juntas durante el curso. En ese momento, Kendra estaba
escribiendo sobre aquella vez en que Brittany no podía parar de reír mientras intentaba hacer
una exposición oral en la clase de Historia.
De golpe y porrazo, y sin que nadie le invitara, Casey Hancock se sentó a su mesa con
una bandeja de almuerzo en las manos, con un buen pedazo de lasaña de la cafetería, unas
zanahorias cortadas y leche con cacao. Trina y Alyssa se apretujaron para dejarle sitio. Que un
chico, a solas, se sentase en una mesa ocupada por cuatro chicas era casi una osadía sin
precedentes. Trina parecía ligeramente molesta. Alyssa le lanzó una mirada a Kendra en la que
parecía decirle que acababa de tocarle la lotería. ¡Ojalá Alyssa pudiera ver el verdadero aspecto
de su nuevo amor platónico!
—Creo que no nos conocemos —anunció Case con voz bronca y forzada—. Soy Case.
Acabo de trasladarme aquí. —Sólo de oírle hablar, a Kendra le escoció la garganta.
Alyssa se presentó a sí misma y a las demás. Case había estado en dos clases con
Kendra desde su presentación en el aula del grupo. Había sido bien recibido cada vez que había
tenido que ponerse delante de los alumnos para ser presentado, especialmente por parte de las
chicas.
Case se llevó un trozo de lasaña pinchado en el tenedor a su boca desdentada, lo que
ofreció a Kendra un atisbo de su lengua negra y estrecha. Verle masticar le revolvió las tripas.
—¿Y a qué os dedicáis por aquí para pasarlo bien? —preguntó Case mientras masticaba
zanahoria.
—Pues empezamos por sentarnos con las personas que conocemos —replicó Trina.
Kendra se tapó la sonrisa con la mano. Nunca le había estado tan agradecida a Trina por
ponerse borde con alguien.
—¿Esta es la mesa de la gente guay? —repuso Case haciéndose el sorprendido—.
Había planeado empezar por abajo e ir escalando puestos poco a poco.
Aquella respuesta dejó a Trina sin palabras. Case le guiñó uno ojo a Alyssa para dar a
entender que no iba de malas. Para ser un trasgo cubierto de costras, era de lo más hábil.
—Tú estabas en varias de mis clases —le dijo Case a Kendra, y engulló otro bocado de
lasaña—. En Lengua y en Mates. —No resultaba fácil aguantar la mirada a ese par de ojos bizcos
y mantener una expresión agradable en el rostro.
—Es cierto —logró responder Kendra.
—No tengo que examinarme de los finales —dijo él—. Ya terminé el curso en mi antiguo
colegio. Sólo he venido para pasar el rato y conocer gente.
—Eso mismo me pasa a mí —intervino Brittany—. Pero Kendra y Alyssa siempre sacan
sobresalientes.
—¿Sabéis qué? —soltó Case—, detesto ir solo al cine, pero aún no he hecho amigos.
¿Vosotras querríais salir a ver una peli esta noche?
—Claro —respondió Brittany.
Kendra estaba pasmada ante la extravagante bravuconada de plantear salir con cuatro
chicas a la vez el primer día que pisaba uno un colegio nuevo. ¡ Ese trasgo era el trasgo más
hábil de todos los tiempos! ¿Qué era lo que se proponía?
—Yo iré —replicó Alyssa.
—Vale —accedió Trina—. Y si te portas muy bien, a lo mejor hasta te dejo firmarme el
anuario.
—No concedo autógrafos —respondió Case con brusquedad—. Kendra, ¿tú vienes?
La chica titubeó. ¿Cómo podría aguantar durante una película entera sentada al lado de
un bicho tan asqueroso? Pero ¿cómo podría abandonar a sus amigas? Ella era la única que
sabía en lo que se estaban metiendo.
—Igual sí —admitió.
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El costroso diablejo se comió el último bocado de lasaña.
—¿ Qué tal si nos encontramos a las siete en la entrada del cine? El de Kendall, al lado
del minicentro comercial. Sólo confiemos en que, con suerte, pongan algo bueno esta noche.
—Las demás se mostraron conformes mientras el chico se levantaba y se alejaba.
Kendra observó a sus amigas, que conversaban animadamente acerca de Case. Se
había metido a Alyssa en el bote a primera vista. Brittany era presa fácil. Y Trina era de la clase
de chicas a las que les gusta ser maliciosas, pero que luego se sienten atraídas si el chico les
planta cara. Kendra supuso que ella también se habría quedado impresionada si no supiera que
era un monstruo repulsivo.
De ningún modo podía contarles a sus amigas la verdad acerca de Case. Cualquier
acusación les parecería un disparate. Pero casi con toda certeza aquel espantajo andaba
tramando algo turbio.
Sólo había una persona en toda la ciudad a la que Kendra podía hablarle de su situación.
Y no era precisamente la persona más responsable de su entorno.
Seth ocupó su lugar en la alineación y se colocó contra Randy Sawyer. Randy era veloz,
pero bajo. Seth había empezado el año escolar con una estatura algo menor que la mayoría de
los chicos de su curso, pero ahora que acababa el año era ya más alto que la media. La mejor
estrategia contra Randy consistiría en avanzar mucho y sacar el máximo partido de su ventaja en
cuanto a la estatura.
Spencer McCain se lanzó el balón hacia sí mismo y retrocedió. Salieron cuatro chicos,
mientras otros cuatro cubrían la posición. Un defensa se quedó en la línea por si las moscas.
Seth dribló como si fuese a echar a correr a través del campo, pero entonces salió disparado en
dirección a la zona de marca. Spencer lanzó la pelota, dibujando una elevada espiral. El pase
quedó algo corto, pero, retrocediendo para coger la pelota, Seth saltó más alto que Randy y se la
llevó. Al instante, Randy asió a Seth con las dos manos, y lo derribó justo al lado de la sudadera
de Chad Dupree, que señalaba el límite de la zona de marca del campo.
—Tercero y gol —declaró Spencer, mientras se acercaba a paso ligero.
—¡Seth! —exclamó una voz.
El chico se dio la vuelta. Era Kendra. Su hermana no solía dirigirle la palabra en el colegio.
El Centro de Enseñanza Media Roosevelt comprendía de sexto a octavo, por lo que Seth se
encontraba en la franja inferior de la jerarquía, tras haber terminado en el centro de primaria el
año anterior. —Un segundo —le respondió.
Los chicos estaban alineándose. Seth se colocó en posición. Spencer se pasó la pelota a
sí mismo y a continuación le lanzó un pase corto que fue interceptado por Derek Totter. Seth ni
siquiera se molestó en perseguir a Derek. Era el chico más rápido de su curso. Derek avanzó a
toda pastilla hasta la zona de marca del campo contrario.
Seth fue hacia Kendra, trotando por el campo.
—¿Qué, trayéndonos buena suerte, como de costumbre? —dijo.
—Ese pase fue una birria.
—Spencer sólo hace de quarterback porque es el que lanza las mejores espirales. ¿Qué
pasa?
—Necesito que veas una cosa —respondió Kendra.
Seth se cruzó de brazos. Todo esto era muy poco habitual. No sólo hablaba con él
estando en el colegio, sino que ¿además quería que la acompañara a algún sitio?
—¡Sacamos! —chilló Randy.
—Estoy en pleno partido —dijo Seth a su hermana. —Es un asunto tipo Fablehaven. Seth
se volvió hacia sus amigos.
—¡Disculpad! Tengo que irme un momento. —El y Kendra se alejaron juntos—. ¿De qué
se trata?
—¿Te acuerdas de que aún puedo ver criaturas mágicas? —Sí.
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—Hoy ha entrado un chico nuevo en algunas de mis asignaturas —le explicó—. Está
haciéndose pasar por humano, pero, en realidad, es un monstruo asqueroso.
—¡Ostras!
—Mis amigas le consideran un bombón. Yo no puedo ver su aspecto. Quiero que tú me lo
describas. —¿Dónde está? —preguntó Seth.
—Allí, hablando con Lydia Southwell —dijo Kendra, señalando disimuladamente. —;El
rubio?
—No lo sé. ¿Lleva una camisa roja y negra? — ¡Sí que es guapo! —exclamó Seth,
admirado. —¿Cómo es?
—Tiene los ojos más cautivadores que te puedas imaginar.
—Corta el rollo —le exigió Kendra.
—Debe de estar pensando en cosas maravillosas.
—¡Seth, te lo digo en serio! —El timbre sonó, anunciando el final del recreo.
—¿De verdad que es un monstruo? —preguntó Seth.
—Se parece un poco a la criatura que entró por la ventana la Noche del Solsticio —dijo
Kendra.
—¿La que rocié de sal?
—Sí. ¿A quién pretende parecerse?
—¿Es una broma? —preguntó Seth con recelo—. No es más que un chico nuevo que te
hace tilín, ¿a que sí? Si te da corte, puedo ir yo a pedirle su número de teléfono.
—No estoy de broma. —Kendra le dio un manotazo en el brazo.
—Está cachas. Tiene un hoyuelo en el mentón. El pelo rubio. Lo lleva un poco
despeinado, pero le queda bien. Como si fuera a propósito. Probablemente podría conseguir un
papel en una telenovela. ¿Basta con esto?
—¿No está calvo ni cubierto de costras y pus? —quiso verificar Kendra.
—Para nada. ¿De verdad es repulsivo?
—Me da ganas de vomitar. Gracias, nos vemos luego. —Kendra se marchó a toda prisa.
Don Galán de Telenovela se iba también, sin dejar de conversar con Lydia Southwell.
Para ser un monstruo, tenía buen gusto. Lydia era una de las chicas más monas del colegio.
Seth supuso que más le valía volver a clase. El señor Meyers había amenazado con
dejarle castigado después de clase si volvía a llegar tarde.
Kendra guardaba silencio mientras su padre la llevaba en coche al cine. Había intentado
convencer a Alyssa para que no fuera. Alyssa había empezado a comportarse como si
sospechara que Kendra en secreto quisiera a Case todo para ella. Y como Kendra no podía
contarle a su amiga la verdad, no le quedó más remedio que tirar la toalla. Al final, Kendra había
decidido ir con ellos, pues concluyó que no podía dejar a sus amigas en compañía de un trasgo
con malévolos planes.
—¿Qué peli vais a ver? —preguntó su padre.
—Lo decidiremos allí —respondió Kendra—. No te preocupes, nada no apto.
Kendra deseó poder contarle a su padre el tormento por el que estaba pasando, pero él
no sabía nada sobre las propiedades mágicas de la reserva natural que dirigían los abuelos
Sorenson. Creía que se trataba de una finca normal y corriente.
—¿Estás segura de que llevas bien la preparación de los exámenes finales?
—No he dejado de hacer ninguno de los deberes del colegio en todo el año. Ahora sólo
tengo que dar un rápido repaso. Pienso arrasar.
Kendra lamentó no poder hablar con el abuelo Sorenson de la situación. Había intentado
llamarle por teléfono. Por desgracia, el único teléfono que tenían sus abuelos siempre daba el
mismo resultado: un mensaje automatizado que informaba de que la llamada no podía realizarse
con los números que había marcado. La única alternativa de que disponía para contactar con él
era el correo postal. Así pues, por si acaso la comunicación telefónica resultara imposible durante
un tiempo, había escrito una carta al abuelo en la que le describía lo que estaba pasando, una
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carta que pensaba enviar al día siguiente. Le había ido bien contar el martirio que estaba viviendo
a otra persona que no fuera Seth, aunque sólo fuese por escrito. Con suerte, podría hablar con el
abuelo por teléfono antes incluso de que le llegase la carta.
Su padre paró en el aparcamiento del cine. Alyssa y Trina esperaban ante la fachada
principal del edificio. A su lado estaba el asqueroso trasgo vestido con camiseta y pantalones de
camuflaje.
—¿Cómo sé a qué hora he de venir a buscarte? —preguntó su padre.
—Le dije a mamá que os llamaría desde el móvil de Alyssa.
—De acuerdo. Que lo pases bien.
Cosa muy poco probable, pensó Kendra al bajarse del todoterreno.
—Eh, Kendra —la llamó Case con su voz ronca. Le llegaba el olor de su colonia a tres
metros de distancia.
—Estábamos empezando a preocuparnos de que no vinieses —dijo Alyssa.
—Llego justo a tiempo —recalcó Kendra—. Los que habéis llegado pronto sois vosotros.
—Vamos a elegir la peli —propuso Trina.
—¿Y Brittany? —preguntó Kendra.
—Sus padres no la han dejado venir —dijo Trina—. Están obligándola a estudiar.
Case dio una palmada.
—Bueno, ¿qué vamos a ver?
Negociaron la cuestión durante unos pocos minutos. Case quería ver La medalla de la
vergüenza, sobre un asesino en serie aficionado a atemorizar a veteranos que habían recibido
la Medalla de Honor del Congreso. Al final renunció a ver la peli de acción cuando Trina le
prometió que le compraría palomitas. La película ganadora fue Cámbiame el puesto, la historia
de una chica bastante torpe que consigue quedar con el chico de sus sueños cuando su mente
cambia de cuerpo y entra en el de la chica más popular de la escuela.
Kendra no había querido perderse esa película, pero ahora le preocupaba pasar un mal
rato viéndola. Nada como hacer arrumacos con un trasgo calvo durante una peli mala de chicas.
Tal como había sospechado, le costó muchísimo concentrarse en la historia. Trina se
había sentado a un lado de Case y Alyssa al otro, y estaban compitiendo por atraer su atención.
Habían comprado un envase de palomitas tamaño gigante para los cuatro. Kendra declinaba la
invitación cada vez que le ofrecían palomitas. No quería coger nada que esas zarpas llenas de
verrugas hubiesen tocado.
Para cuando los créditos de la producción subieron por la pantalla, Case ya tenía un
brazo alrededor de Alyssa. No paraban de cuchichear y reírse en voz baja. Trina se había
cruzado de brazos y miraba con cara de pocos amigos. Con monstruito o sin él, ¿cuándo había
salido algo bien si varias chicas salían juntas en compañía de un chico en el que todas estaban
interesadas?
Case y Alyssa iban cogidos de la mano al salir del cine. La madre de Trina la esperaba en
el aparcamiento. Trina se despidió secamente y se marchó muy indignada.
—¿Me dejas el móvil un momento? —preguntó Kendra—. Tengo que llamar a mi padre.
—Claro —respondió Alyssa, tendiéndoselo.
—¿Quieres que te llevemos? —le preguntó Kendra mientras marcaba el número.
—No estoy lejos —respondió Alyssa—. Case me ha dicho que me acompañaba.
El trasgo dirigió a Kendra una extraña sonrisa maliciosa. Por primera vez, se preguntó si
Case era consciente de que ella conocía su verdadera identidad. Parecía regodearse de ver que
Kendra no podía hacer nada al respecto.
Intentó mantener una expresión neutra. Su madre contestó la llamada y Kendra le dijo
que necesitaba que fueran a buscarla. Después, le devolvió a Alyssa el teléfono.
—¿No es un trecho bastante largo para ir andando? Os podemos llevar a los dos.
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Alyssa lanzó a Kendra una mirada en la que le preguntaba por qué se empeñaba en
arruinar algo que era espectacular. Case le rodeó los hombros con el brazo con una mirada
lasciva.
—Alyssa —dijo Kendra en tono firme y cogiéndola de la mano—, necesito hablar contigo
en privado un segundo. —Tiró de Alyssa hacia ella—. ¿No te importa, Case?
—Ningún problema. De todos modos, tengo que ir corriendo al lavabo —dijo, y entró en el
edificio del cine.
—¿Qué te pasa? —se quejó Alyssa.
—Piénsalo —dijo Kendra—. Casi no sabemos nada de él. Acabas de conocerle hoy. No
es ningún chaval. ¿Estás segura de que quieres irte andando tú sola en mitad de la oscuridad
con él? Así es como una chica puede meterse en un buen lío.
Alyssa la miró con cara de incredulidad.
—Estoy segura de que es un buen chico.
—No, de lo que estás segura es de que es guapo y bastante gracioso. Muchos psicópatas
parecen chicos majos al principio. Por eso, antes de pasar un rato a solas, los chicos y las chicas
salen unas cuantas veces y van a sitios públicos. ¡Sobre todo si tienes catorce años!
—No lo había pensado así —admitió Alyssa.
—Deja que mi padre os lleve a los dos a casa. Si quieres hablar con él, hazlo delante de tu
casa. No en una calle oscura y solitaria.
Alyssa dijo que sí con la cabeza.
—Puede que tengas razón. Seguro que no pasa nada por estar un rato con él a una
distancia de mi casa desde la que puedan oír mis gritos…
Cuando Case volvió a salir, Alyssa le explicó el plan, excepto la parte en que habían
hablado de la posibilidad de que fuese un psicópata. Al principio se opuso, diciendo que sería un
crimen no ir andando a casa en una noche tan agradable como aquélla. Pero al final consintió,
cuando Kendra le recordó que eran más de las nueve.
El padre de Kendra se presentó a los pocos minutos con el todoterreno y no tuvo ningún
inconveniente en acercar a Alyssa y a Case a su casa. Kendra se montó en el asiento delantero.
Alyssa y Case iban detrás, hablándose en susurros y cogidos de la mano. El padre de Kendra
dejó a los tortolitos delante de la casa de Alyssa; Case le explicó que vivía en esa misma calle.
Al marcharse, Kendra miró atrás para observarlos. Dejaba a su amiga junto a un trasgo
repulsivo y maquinador. ¡Pero no podía hacer nada más! Por lo menos, Alyssa estaba delante de
su casa. Si pasaba algo, podría gritar o correr a refugiarse dentro. Dadas las circunstancias, eso
tendría que bastar.
—Parece que Alyssa tiene novio —observó su padre.
Kendra apoyó la cabeza contra la ventanilla.
—Las apariencias engañan.
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Hablar con desconocidos
Al día siguiente Kendra llegó a su clase con varios minutos de antelación. Mientras iban
entrando compañeros, aguardó en su silla con el corazón en un puño, esperando a que
apareciera Alyssa. Case franqueó la puerta y aunque Kendra estaba observándole, él no se fijó
en ella. Fue hacia la parte delantera del aula y se detuvo cerca de la mesa de la señora Price,
charlando con Jonathon White.
¿Iba a acabar la foto de Alyssa estampada en los envases de leche? De ser así, Kendra
no podría sino sentirse culpable. No debió dejar a solas a su amiga con ese trasgo, ni por un
segundo.
Menos de dos minutos antes de que sonara el timbre, Alyssa entró en el aula. Dirigió la
vista a Case, pero no hizo ningún gesto de saludo hacia él. En lugar de eso, se fue derecha a su
pupitre y se sentó al lado de Kendra.
—¿Estás bien? —preguntó Kendra.
—Me besó —respondió Alyssa entre dientes, con una sonrisa forzada.
—¿Que te qué? —Kendra trató de disimular el asco que le daba—. No se te nota muy
entusiasmada.
Alyssa sacudió la cabeza con expresión de arrepentimiento.
—Me lo estaba pasando genial. Estuvimos charlando un rato delante de mi casa cuando
nos dejasteis. El estaba realmente mono y gracioso. Entonces, se acercó a mí. Yo estaba
aterrada. .., vamos, que casi no le conozco, pero a la vez era todo como emocionante. Hasta que
me besó. Kendra, el aliento le olía a perro.
Kendra no pudo evitar soltar una carcajada.
A Alyssa le llenó de alegría su reacción y se animó un poco.
—Te lo digo en serio. Le olía a rancio. A putrefacto. Como si no se hubiese cepillado los
dientes desde que nació. Fue tan horroroso que no podría describirlo. Pensé que iba a vomitar.
Casi vomito, te lo juro.
Mirando el leproso cuero cabelludo del bicho al que Alyssa había besado, Kendra no
pudo evitar imaginarse lo mal que debía de saberle la boca. Al menos, la ilusión que
enmascaraba su verdadera identidad no había servido para disimular su mal aliento.
El timbre sonó. La señora Price estaba exhortando a un puñado de alborotadores del
fondo del aula para que ocupasen sus asientos.
—¿Y qué hiciste? —susurró Kendra.
—Creo que se dio cuenta de cuánto me extrañó lo de su aliento. Se me quedó mirando
con una sonrisa extraña, como si se lo hubiera esperado. A mí me había dado tanto asco que no
estuve muy amable. Le dije que tenía que irme y me metí corriendo en casa.
—¿Se acabó la historia de amor? —preguntó Kendra.
—No pretendo ser superficial, pero sí. Puede quedárselo Trina. Va a necesitar una
máscara de gas. ¡No sabes qué asco! Me fui directamente al cuarto de baño para hacer gárgaras
con el colutorio. Cuando le veo ahora, me produce escalofríos. ¿Alguna vez has comido algo que
te ha hecho vomitar, y luego ya nunca más has podido ni pensar en que volvías a comerlo?
—Alyssa —interrumpió la señora Price—. El curso no acaba hasta dentro de cuatro días.
—Perdón —dijo Alyssa.
La señora Price cruzó el aula hasta su mesa y se sentó. Sobresaltada, dio un brinco al
tiempo que se azotaba la falda. La señora Price miró a la clase con los ojos entornados.
—¿Alguien ha puesto una chincheta en mi silla? —preguntó sin poder creerlo. Se palpó la
falda y miró por la silla y por el suelo—. Me ha hecho daño y no tiene la menor gracia. —Puso los
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brazos en jarras, mirando intensamente al grupo—. Alguien ha tenido que ser. ¿Quién lo ha
hecho?
Nadie decía nada. Los alumnos se intercambiaban miradas de soslayo. Kendra no podía
imaginar que nadie hubiese hecho algo tan dañino, ni siquiera Jonathon White. Hasta que
recordó que Case se había quedado cerca de la mesa de la señora Price al principio de la clase.
La señora Price se apoyó en la mesa mientras se frotaba la frente con una mano. ¿Iba a
echarse a llorar? Era una profesora bastante guay. Era una mujer de mediana edad, con el pelo
negro y rizado; sus rasgos eran finos y usaba mucho maquillaje. No se merecía que un trasgo le
gastase dolorosas bromas.
Kendra se planteó chivarse. Habría delatado al bicho sin pensárselo. Pero para sus
compañeros de clase habría sido como chivarse de un chico guay. Y aunque era el principal
sospechoso, en realidad no le había visto hacer nada.
La señora Price pestañeaba y se mecía.
—No me siento muy… —empezó a decir con la voz pastosa, y entonces se desplomó en
el suelo.
Tracy Edmunds chilló. La clase entera se puso de pie para ver mejor. Un par de chicos
acudieron a toda prisa a ayudar a la profesora desmayada. Uno le buscó el pulso en el cuello.
Kendra se acercó. ¿Estaba muerta la señora Price? ¿La había pinchado el trasgo con
una aguja envenenada? Case se había agachado a su lado.
—Llamad al señor Ford —gritó Alyssa.
Tyler Ward salió corriendo por la puerta, supuestamente para avisar al director.
El chico que le buscó el pulso a la profesora, Clint Harris, anunció que le latía el corazón.
—Probablemente sólo se haya desmayado por la chincheta —conjeturó.
—Levantadle los pies —dijo alguien.
—No, levantadle la cabeza —intervino otra persona.
—Esperad a que venga la enfermera —indicó una tercera voz.
La señora Price abrió la boca para coger aire y se incorporó, con los ojos como platos.
Parecía estar momentáneamente desorientada. Entonces, señaló hacia los pupitres.
—Volved a vuestro sitio, pronto.
—Pero es que acaba usted de desma… —fue a decirle Clint. — ¡A vuestro sitio! —repitió
la señora Price en tono más contundente.
Todo el mundo obedeció.
La señora Price se colocó delante del grupo, con los brazos cruzados, y fue mirando uno
a uno a todos los alumnos como tratando de leerles el pensamiento.
—Nunca me había encontrado con semejante pandilla indisciplinada de víboras en toda
mi vida —les espetó—. Si nada me detiene, haré que os expulsen a todos.
Kendra arrugó el ceño. Aquello no era propio de la señora Price, ni siquiera en esas
circunstancias. Su voz tenía un matiz diferente, cruel y odioso.
La profesora agarró el borde del pupitre de Jonathon White. Estaba en primera fila debido
a sus reiterados problemas de disciplina.
—Dígame, hombrecito, ¿ quién ha puesto una chincheta en mi silla?
La profesora apretaba los dientes. Tenía infladas las venas del cuello. Parecía a punto de
estallar.
—Yo… no lo vi —tartamudeó Jonathon. Kendra nunca le había oído hablar asustado.
—¡Embustero! —gritó la señora Price, al tiempo que levantaba la parte frontal de su
pupitre de tal modo que se le volcó encima al chico. Como el asiento y la mesa estaban unidos,
Jonathon cayó al suelo también, y se golpeó la cabeza con el pupitre de detrás.
La señora Price avanzó hasta el siguiente pupitre, el de Sasha Goethe, su alumna
predilecta.
—¡Dime quién ha sido! —le exigió, fuera de sí, escupiendo saliva al hablar.
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—Yo no… —fue todo lo que Sasha alcanzó a decir antes de ver su pupitre volcado
igualmente.
A pesar de la conmoción que sentía, Kendra se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Case no había envenenado a la señora Price. Fuera lo que fuera lo que la había pinchado, la
había envuelto en una especie de maleficio.
Kendra se puso de pie y exclamó:
—¡Ha sido Casey Hancock!
La señora Price se detuvo y miró a Kendra a través de los ojos entornados.
—¿Casey? —Su voz sonó suave y mortífera. La señora Price se acercó a Kendra.
—¡Cómo osas acusar a la única persona de esta clase que sería incapaz de hacerle daño
a una mosca! —Kendra empezó a retroceder. La señora Price prosiguió con voz pausada, pero
evidentemente furibunda—. Has sido tú, ¿verdad? Y ahora señalas a otros, culpas al nuevo, al
que no tiene amigos. Muy rastrero, Kendra. Muy rastrero.
La chica llegó al fondo del aula. La señora Price estaba ya a escasa distancia. Medía sólo
un par de centímetros más que Kendra, pero llevaba los dedos encorvados como garras y le
ardían los ojos de malicia. Aquella profesora, generalmente serena, parecía como si sólo
pensase en matar.
Cuando ya estaba a sólo unos pasos de Kendra, la señora Price dio un salto. Kendra
esquivó el ataque y huyó corriendo por otro pasillo entre pupitres, en dirección a la puerta, en la
parte delantera del aula. La señora Price estaba justo detrás de ella cuando Alyssa sacó un pie y
la enfurecida profesora tropezó y salió volando.
Kendra abrió la puerta a toda prisa y se topó de bruces con el señor Ford, el director.
Detrás de él estaba Tyler Ward, jadeando.
—La señora Price está fuera de sí —le explicó Kendra.
Chillando, la señora Price se abalanzó hacia ella. El señor Ford, un hombre corpulento de
complexión robusta, interceptó a la desquiciada profesora y le sujetó los brazos a los costados.
—¡Linda! —dijo en un tono de voz que denotaba que no podía dar crédito a lo que estaba
pasando—. Linda, cálmese. Linda, ya basta.
—Son todos unos gusanos —dijo ella entre dientes—. Todos, unas víboras. ¡Unos
diablos! —La profesora siguió forcejeando enérgicamente.
El señor Ford echó una ojeada al aula y reparó en los pupitres volcados.
—¿Qué está pasando aquí?
—Alguien le puso una chincheta en la silla y ella se ha puesto como loca —explicó entre
sollozos Sasha Goethe, de pie junto a su pupitre tirado.
—¿Una chincheta? —preguntó el señor Ford, todavía tratando de controlar a la
profesora, que seguía retorciéndose.
De pronto, la señora Price echó con fuerza la cabeza hacia atrás, golpeando al señor
Ford en toda la cara. El hombre se tambaleó, y tuvo que soltarla.
La señora Price empujó a Kendra a un lado y salió corriendo por el pasillo. El señor Ford,
atónito, se había puesto la mano debajo de la nariz para recoger la sangre que le salía de la nariz.
Desde la otra punta del aula, Casey Hancock, el trasgo disfrazado, sonreía a Kendra
maliciosamente.
Cuando terminó la jornada escolar, Kendra acabó hasta la coronilla de narrar una y otra
vez el incidente que había tenido lugar en su aula. Por todo el centro se oía el murmullo de que la
señora Price se había vuelto majara. La profesora, totalmente desquiciada, había salido
corriendo del recinto del centro. Había dejado su coche en el aparcamiento y no se la había
vuelto a ver desde entonces. Conforme se extendía el rumor de que Kendra había acusado a
Case y había sido atacada por ello, no paraban de bombardearla a preguntas.
Kendra se sentía fatal por la señora Price. Estaba segura de que alguna extraña magia de
trasgo había provocado aquel arrebato, pero al director del centro no podía plantearle esa teoría.
Al final, Kendra tuvo que reconocer que no había visto realmente a Case poner nada en la silla.
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Tampoco le había visto ninguna otra persona, al parecer. Ni siquiera pudieron encontrar la
chincheta. Y, por supuesto, no podía decir nada sobre la identidad secreta de Case, porque no
había ningún modo de demostrarlo, salvo convenciendo al señor Ford de que le besase en la
boca.
Mientras iba andando hacia el autocar, Kendra reflexionó sobre lo injusto de la situación.
La reputación de una profesora inocente había quedado por los suelos y el culpable obvio salía
totalmente indemne. Gracias a su disfraz, el trasgo seguiría haciendo de las suyas sin pagar las
consecuencias. ¡Tenía que haber una manera de detenerle!
—Ejem. —Un hombre que caminaba al lado de Kendra carraspeó para llamar su
atención. Absorta en sus pensamientos, la chica no se había dado cuenta de que se le había
acercado. El hombre iba vestido con un elegante traje que tenía pinta de haber quedado pasado
de moda hacía siglos. La chaqueta tenía cola de frac y llevaba un chaleco a juego. Era el tipo de
traje que habría esperado ver en una representación teatral, no en la vida real.
Kendra se detuvo y se volvió hacia el hombre. Por un lado y por otro pasaban los
chavales en dirección a los autocares.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó.
—Disculpa, ¿tienes hora?
Su chaleco tenía una cadena de reloj. Kendra la señaló. —¿Eso de ahí no es un reloj ?
—Es sólo la cadena, mi niña —respondió él, dándose unas palmaditas en el chaleco—.
Me desprendí del reloj hace ya algún tiempo. —Era un hombre bastante alto, con el pelo negro
ondulado y el mentón afilado. Aunque el traje era elegante, estaba arrugado y raído, como si
hubiese dormido con él puesto varias noches seguidas. El tipo tenía cierta mala pinta. Kendra
resolvió inmediatamente no permitir que la convenciese de subirse a una furgoneta sin
ventanillas.
Ella llevaba reloj de pulsera, pero no miró la hora.
—Acaban de terminar las clases, así que serán las tres menos veinte pasadas.
—Permite que me presente. —El hombre le mostró una tarjeta de visita, que sostuvo en
su mano enguantada de blanco, como dando a entender que quería que la leyera pero no que la
cogiera. La tarjeta decía:
ERROL FISK
COGITADOR. RUMIADOR. INNOVADOR
—¿Cogitador? —leyó Kendra dubitativamente. Errol miró la tarjeta y le dio la vuelta
rápidamente.
—No era por ese lado —se disculpó con una sonrisa. El reverso decía:
ERROL FISK
EXTRAORDINARIO ARTISTA CALLEJERO
—Eso sí que me lo creo —dijo Kendra. El hombre miró la tarjeta y, con cara de chasco,
volvió a darle la vuelta.
—Eso ya lo he… —fue a decir Kendra, pero no era así.
ERROL FISK
UN REGALO ESPECIAL DEL ClELO PARA LA MUJER
Kendra se echó a reír.
—¿Qué es esto? ¿Hay una cámara oculta en alguna parte? Errol comprobó la tarjeta.
—Te pido disculpas, Kendra, habría jurado que me había deshecho de ésa hace mil años.
—No le he dicho cómo me llamo —replicó la chica, súbitamente en guardia.
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—No hacía falta. Eras la única de estos jóvenes que tenía aspecto de hado-tocada.
—¿ Hado-tocada ?
Pero ¿quién era ese tío?
—Tengo entendido que recientemente notaste la presencia de un visitante no grato en tu
colegio, ¿es así?
Ahora sí que había llamado plenamente su atención. —¿Sabe lo del trasgo?
—El kobold, para ser exactos, aunque muchas veces la gente los confunde. —Dio la
vuelta a la tarjeta una vez más. Ahora decía:
ERROL FISK
EXTERMINADOR DE KOBOLDS
—¿Usted puede ayudarme a librarme de él? —preguntó Kendra—. ¿Le ha enviado mi
abuelo?
—Él no. Un amigo suyo.
En ese momento, Seth llegó a donde estaban, con la mochila colgada de un hombro.
—¿Quién es el maestro de ceremonias? —le preguntó a Kendra.
Errol mostró la tarjeta para que Seth la leyera.
—¿Qué es un kobold? —Seth dio a Kendra unas palmadas en el hombro. —Eh, vas a
perder el bus. —Kendra se dio cuenta de que estaba tratando de ofrecerle una excusa para
librarse del desconocido.
—Puede que hoy vuelva andando a casa —respondió Kendra.
—¿Seis kilómetros y medio? —preguntó Seth.
—O le pida a alguien que me lleve. El trasgo que besó a Alyssa y que jugó una mala
pasada a la señora Price es un kobold. —Kendra le contó a Seth lo del desastroso incidente
durante el almuerzo. Era la única persona capaz de entender la verdadera historia.
—Oh —dijo Seth, evaluando a Errol con una mirada nueva—. Ya entiendo. Creí que era
un vendedor. Y es un mago.
Errol desplegó en abanico una baraja de naipes salida de ninguna parte.
—No vas desencaminado —respondió—. Elige una carta.
Seth cogió un naipe.
—Enséñasela a tu hermana.
Seth le mostró a Kendra un cinco de corazones.
—Vuelve a meterla en la baraja —le indicó Errol.
Seth volvió a meterla de tal manera que Errol no pudiera ver el anverso de la carta.
Errol dio la vuelta a la baraja entera para mostrársela a los chicos, desplegadas aún en
forma de abanico. Todas eran el cinco de corazones.
—¡Es el truco más malo del mundo! —protestó Seth—. Todas las cartas son iguales.
Claro que sabe la que he cogido.
—¿Todas son iguales? —dijo Errol, dando la vuelta a los naipes y pasándolas con los
pulgares—. No, estoy seguro de que estás equivocado. —Volvió a darles la vuelta y los naipes
formaban una baraja normal de cincuenta y dos cartas diferentes.
—¡Ostras! —exclamó Seth.
Errol colocó las cartas boca abajo y volvió a disponerlas en abanico.
—Nombra una —dijo.
—Jota de trébol —dijo Seth.
Errol mostró las cartas. Todas eran la jota de trébol. Nuevamente, les dio la vuelta.
—Kendra, nombra una carta. —El as de corazones.
Errol les mostró que la baraja entera estaba compuesta por ases de corazones. Después,
se guardó el mazo en un bolsillo interior.
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—Vaya, realmente es usted mágico —declaró Seth. Errol sacudió la cabeza. —Soy sólo
legerdemain. —¿Leger… qué?
—Leger de main. Una expresión de origen francés que significa «ligero de manos».
—¿Tiene un puñado de barajas escondidas en la manga? —preguntó Seth.
Errol le guiñó un ojo.
—Ahora sí que estás sobre la pista.
—Es bueno —dijo Seth—. Me he fijado mucho.
Errol prendió la tarjeta de visita entre dos dedos, a modo de tenazas, la plegó para
metérsela en la palma de la mano e inmediatamente abrió la mano. La tarjeta había
desaparecido.
—La mano es más rápida que el ojo.
Los autocares habían empezado a salir. Siempre salían formando una hilera de cinco.
—Oh, no —exclamó Seth—. ¡Mi autocar!
—Yo puedo acercaros a casa, chicos —se ofreció Errol—. Aunque supongo que sería
más apropiado que os pidiese un taxi. Yo pago. De cualquier modo, tenemos que hablar sobre
ese kobold.
—¿Cómo se ha enterado tan rápido? —preguntó Kendra, recelando—. El kobold
apareció ayer. Y esta misma mañana he enviado la carta al abuelo Sorenson.
—Buena pregunta —dijo Errol—. Vuestro abuelo tiene un viejo amigo que se llama
Coulter Dixon, que vive por esta zona. Le pidió a Coulter que velara por vosotros. Cuando Coulter
se olió lo del kobold, me llamó. Soy un especialista.
—Entonces, ¿conoce a nuestro abuelo? —preguntó Seth.
Errol levantó un dedo.
—Conozco a un amigo de vuestro abuelo. En realidad nunca he visto a Stan en persona.
—¿Y por qué lleva ese traje tan raro? —le preguntó Seth. —Porque me chifla.
—¿Y por qué lleva guantes? —siguió Seth—. Hace calor.
Errol lanzó una furtiva mirada por encima del hombro, como si se dispusiera a contarles
un secreto.
—Porque mis manos estás hechas de oro puro y me preocupa que alguien pueda
robármelas.
Seth abrió los ojos como platos.
—¿En serio?
—No. Pero recuerda este principio: a veces las mentiras más disparatadas son las más
creíbles. —Se quitó un guante y dobló los dedos, dejando así ver una mano normal y corriente,
con vello negro en los nudillos—. Un mago callejero necesita sitios en los que esconder las
cosas. Los guantes cumplen ese fin. Lo mismo ocurre con una chaqueta larga en un día cálido. O
un chaleco lleno de bolsillos. O un reloj de pulsera o dos. —Se remangó un poco y dejó ver un par
de relojes.
—¡Si me preguntó la hora! —dijo Kendra.
—Perdóname. Necesitaba un pretexto para hablar contigo. Tengo tres relojes. Un reloj
puede ser un escondrijo perfecto para una moneda de plata. —Errol se apretó la muñeca y a
continuación levantó entre los dedos un dólar de plata. Se puso el guante de nuevo y, mientras lo
hacía, la moneda se esfumó.
—Entonces, sí que tiene reloj de cadena —dijo Kendra.
Errol sacó la cadena, de la que no colgaba nada.
—Desgraciadamente, no. Era verdad. Lo empeñé. Necesitaba comprar unas peinetas
para mi novia.
Kendra sonrió, captando la referencia. Errol no le explicó el misterio a Seth.
—Bueno, ¿he aprobado la inspección? —preguntó.
Kendra y Seth se miraron.
—Si te deshaces del kobold—dijo Kendra—, creeré todo lo me que digas.
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Errol se mostró un tanto preocupado.
—Bueno, mirad, la cosa es que voy a necesitar vuestra ayuda para conseguirlo, así que
vamos a tener que confiar los unos en los otros. Podrías llamar a vuestro abuelo, y él podría
contaros lo de Coulter, al menos. Y entonces se pondría en contacto con Coulter, que le hablaría
de mí. O a lo mejor Coulter ya se ha puesto en contacto con él. De momento, pensad que vuestro
abuelo no le ha contado a prácticamente nadie que te tocaron las hadas, y estoy seguro de que
os instó a mantener en secreto esa información. Sin embargo, yo estoy enterado de esa noticia.
—¿Qué quieres decir con eso de que las hadas me tocaron? —preguntó Kendra.
—Que las hadas compartieron su magia contigo. Que eres capaz de ver criaturas
fantásticas sin ayuda.
—¿Tú también puedes verlas? —preguntó Seth.
—Desde luego, siempre y cuando me ponga mi colirio. Pero tu hermana puede verlas en
todo momento. Eso me lo contó Coulter directamente.
—De acuerdo —dijo Kendra—. Contrastaremos todo esto con el abuelo. Pero hasta que
nos responda, confiaremos en que estás aquí para ayudarnos.
—Fabuloso. —Errol se dio unos toquecitos en la sien—. Ya estoy tramando un plan. ¿Qué
posibilidades tenéis de escabulliros de casa mañana por la noche ?
Kendra hizo una mueca de dolor.
—Eso va a ser algo difícil. Al día siguiente tengo exámenes finales.
—Sí, claro, claro… —dijo Seth, poniendo los ojos en blanco—. Haremos como si nos
fuésemos a dormir pronto y nos escapamos por la ventana. ¿Te va bien si nos encontramos
hacia las nueve ?
—A las nueve sería casi perfecto —respondió Errol—. ¿Dónde fijamos el punto de
encuentro?
—¿Conoces la gasolinera de la esquina de Culross con Oakley? —sugirió Seth.
—La encontraré —respondió Errol.
—¿Y si mamá y papá se dan cuenta de que no estamos? —preguntó Kendra.
—¿Qué preferirías: arriesgarte a que te castiguen o seguir viéndotelas con el feo de tu
amigo? —le preguntó Seth.
Seth tenía razón. No había que darle más vueltas

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