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Familia al instante Leigh Duncan

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Travis Oak contemplaba el atestado pasillo de la Escuela
Elemental Orange Blossom, en el que seiscientos niños
charlaban y reían en el cambio de clase. Apoyó un hombro en el
hormigón rosado de la pared cuando vio a la señora Edwards
abrir la puerta de la clase de sexto. Una nueva oleada de críos
avanzó hacia él. Unos cuantos se separaron para dirigirse a su
siguiente clase; otros, atraídos por el aroma a patatas fritas que
emanaba de la cafetería, apretaron el paso. Y un chiquillo de
expresión avispada se le acercó.
–Hola, entrenador. ¿A qué hora son las pruebas el sábado?
–A las nueve en punto, bateador –le respondió, mientras se
recordaba que tendría que reclutar a algún padre o madre de
los niños de su equipo que estuviera dispuesto a trabajar como
asistente y ocuparse de responder las preguntas que surgían a
diario–. Toda la información está en el dossier que os dimos a
principio de temporada. ¿Has practicado esas bolas con cambio
de velocidad que te enseñé?
–Sí, entrenador. Cuando mi padre vuelve a casa por las
noches, practico con él antes de ir a batear.
Travis notó el ligero cambio que se había producido en los
ojitos castaños de Tommy Markham, y supo que acababa de
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contarle una trola. No es que dudara de que practicase con su
padre; como la mayoría, Thomas Markham tenía grandes planes
para su hijo en la liga profesional.
–No estarás lanzando bolas curvas, ¿verdad?
Tommy enrojeció, y Travis se pasó una mano por el pelo,
que se había dejado crecer un poco más ahora que ya no se
pasaba doce horas al día sudando en un campo de béisbol. En
un par de años, el brazo de Tommy tendría la fuerza suficiente
para poder lanzar esa clase de bolas, pero hasta que llegase ese
momento, intentarlo era pedir a gritos una lesión.
–Vamos a ver: concéntrate en puntería y velocidad; nada de
bolas curvas hasta que cumplas los trece. Tu codo te lo
agradecerá más adelante.
–¡Pero entrenador, tendría que ver cómo me sale!
Recordando la simetría absoluta de un lanzamiento
perfecto, Travis se dejó ir: la textura del cuero blanco y frío en la
palma de la mano, el índice palpando la costura. Brazo arriba,
los pies alineados con el home plate, toda su energía volcada en
el poderoso lanzamiento. Un golpe rápido. La continuación del
movimiento. El fantasma de un dolor en el costado rompió su
concentración. Parte de su trabajo consistía en evitar que los
niños se hiciesen daño.
–No hay nada más bonito que una curva bien hecha, pero
limítate a las bolas rápidas y con cambio de velocidad, o te
pasarás la temporada calentando banquillo.
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Tommy arrastró un pie por el suelo.
–Sí, señor. Nos vemos en el entrenamiento.
Travis se quedó mirando cómo el niño se fundía con el resto
de chicos de sexto. El corazón y el amor que sentía por aquel
juego hacían del chiquillo el sueño de cualquier entrenador,
pero más tarde o más temprano, tanto Tommy como su padre
tendrían que admitir el hecho de que Tom Jr. haría mejor
concentrándose en sus deberes del colegio. Hacía falta más que
un brazo fuerte y un buen bate para jugar en la liga profesional.
¿Acaso no era él prueba viviente de ello? A pesar de poseer
ambas cosas, nunca había conseguido jugar con los grandes.
Nunca había oído a los espectadores corear su nombre.
Se acercaba la hora de inicio de la siguiente clase cuando
sonó su busca. Sin detenerse para hablar, contestó:
–Oak.
–Señor Oak, la señora O’Donnell dice que hay problemas en
el pasillo, delante de su despacho –un zumbido ahogaba la voz
de la secretaria–. ¿Podría ir a ver qué ocurre?
–¿Ha dicho de qué se trata, Cheryl?
Un «problema» podía ser desde que un pájaro se hubiera
colado en el pasillo hasta un intruso armado.
–Una pelea.
–Voy para allá.
Apretó el paso y llegó enseguida al pasillo C. En las contadas
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ocasiones en que lo llamaban para que interviniera en una
pelea, con que plantara ante los participantes su metro noventa
de estatura conseguía que se separaran de inmediato y se
dispersaran. Pero en aquella ocasión no fue así. Había un círculo
de estudiantes rodeando a los contendientes, y de ellos salían
gritos de ánimo:
–¡Dale, Dylan! ¡Dale!
Travis caminó aún más rápido.
–¡Abrid paso!
El círculo de estudiantes se abrió para dejarlo pasar, y
agarrando a cada muchacho por un hombro, puso firme la voz
para decir:
–¡Basta, caballeros! ¡Ya es suficiente!
Los chavales seguían con los puños en alto e intentaban
soltarse de él. Al más alto lo conocía de las clases de educación
física de sexto, y lo miró a los ojos.
–Dylan Jonson, he dicho que ya está bien.
Dylan bajó los brazos y Travis se volvió hacia el otro
muchacho. Bastó con verle las mejillas enrojecidas bajo una
melena despeinada de pelo rubio para saber que el recién
llegado al quinto curso de Orange Blossom seguía muy
enfadado.
–Hijo, ya basta.
Aquel chaval había llegado a mitad de curso, y dado que
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ninguno de los dos había conseguido que un solo puñetazo
impactase con su contendiente, bastaría con echarles una buena
bronca.
–¡Yo no soy su hijo! –espetó, lanzando un brazo.
El golpe fue a estrellarse contra las costillas de Travis, en el
punto en el que precisamente se habían roto hacía ya tres años,
dando al traste con sus sueños de profesional en el béisbol.
Miró al muchacho con mayor respeto y preparó su tono más
intimidatorio.
–Una tontería más y los dos vais al despacho del director.
El miedo y la vergüenza aparecieron por primera vez en los
ojos azules del ofensor, que aún tenía los puños apretados,
aunque había bajado los brazos. Los enemigos dieron un paso
atrás y Travis respiró hondo. No quería tener que enviarlos al
despacho del director, así que se volvió a los espectadores:
–Todo el mundo a clase.
El timbre sonó en aquel instante, y los muchachos se
desperdigaron por el corredor como las hojas empujadas por
una ráfaga de viento. Dylan aprovechó el ruido para decir algo
que Travis no pudo oír, y el nuevo, lanzando un grito, se tiró a él.
Aquella vez consiguió darle un puñetazo.
–¡Eh! –lo agarró por un brazo antes de que pudiera volver a
usar los puños–. ¿Quieres meterte en líos? Porque me parece
que acabas de comprarte unos cuantos boletos.
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