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Libro PDF Fernando el Católico Henry Kamen

Fernando el Católico Henry Kamen

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Capítulo 1. Los primeros
años
De una heroica educación sale
un heroico rey. El claro Sol,
que entre todos los reyes
brilla, es el Cathólico
Fernando, en quien
depositaron la naturaleza
prendas, la fortuna favores, y
la fama aplausos.
or el testimonio directo de su padre
sabemos que don Fernando nació en
la población aragonesa de Sos, cerca de la
frontera con Navarra, en torno a las dos de
la tarde del viernes 10 de marzo de 1452.
Don Juan de Aragón y su esposa doña
Juana hicieron saber a sus súbditos, con
comprensible orgullo, la buena nueva.
Don Juan, de la familia castellana de los
Trastámara, que por aquel entonces
gobernaba las provincias de Aragón, tenía
cincuenta y cuatro años y ostentaba los
títulos de rey de Navarra y lugarteniente
general de Aragón y Valencia. A lo largo
de las siguientes páginas apuntaremos qué
significaba poseer esos títulos y cómo
tales dignidades influyeron en la historia
del infante recién nacido.
Fernando era el segundo hijo de don
Juan: el monarca ya tenía otro vástago,
don Carlos, príncipe de Viana, que por
esas fechas contaba treinta y dos años y le
estaba disputando a su padre la Corona de
Navarra. Castellano por carácter y actitud,
y señor de las anchísimas tierras de la
familia de los Trastámara en Castilla, don
Juan estaba empeñado en mantener todo el
poder y los privilegios de su familia, una
obsesión que dejó en herencia a sus hijos.
Castilla, al igual que Aragón, fue siempre
el foco central de su actividad política.
Cuando nació su hijo, ya llevaba cinco
años casado con su esposa, la poderosa,
hermosa y ambiciosa heredera castellana
Juana Enríquez de Mendoza, que tenía
diecinueve años cuando se desposó con
él. Castellano por linaje, tanto paterno
como materno, el recién nacido y futuro
rey de Aragón tuvo siempre en realidad
una mentalidad castellana. Don Fernando
fue bautizado solemnemente un año
después de su nacimiento en la catedral de
Zaragoza. En aquel entonces era bastante
normal que el bautismo no fuera inmediato
y se retrasara durante un tiempo
considerable.
El infante don Fernando no nació en
un mundo precisamente tranquilo y
pacífico. Durante muchos años se habían
desatado disputas y conflictos que atañían
al control político de las tierras
peninsulares, y en ningún lugar eran las
trifulcas más ásperas que en los reinos de
Aragón, donde Fernando I, que procedía
de una rama de los Trastámara (la familia
que ostentaba también la corona
castellana), había sido elegido rey en el
año de 1410. A este le sucedió su hijo
Alfonso V, posteriormente conocido como
el Magnánimo, que prefirió establecer su
residencia personal no en tierras
peninsulares españolas, sino en ultramar,
en el reino de Nápoles, que había
heredado, como correspondía, por ser el
monarca aragonés. Durante su ausencia en
tierras italianas, el gobierno de sus
dominios en la península recayó en su
hermano menor Juan, que fue designado
como lugarteniente general de la Corona
de Aragón. El título de lugarteniente lo
convertía a todos los efectos en
representante directo del rey ausente. Esto
significaba en realidad que Juan
gobernaba las provincias y territorios que
constituían la Corona de Aragón, pero
solo como una representación del dicho
Alfonso V.
En 1419 Juan se casó con Blanca
(Bianca), viuda del rey de Sicilia e hija
del rey Carlos III de Navarra, y, por tanto,
se convirtió en el rey titular de Navarra a
través de su esposa, que en realidad era la
verdadera poseedora de los derechos de
sucesión. Cuando Carlos murió en 1425,
Juan y Blanca fueron proclamados reyes.
La pareja tuvo tres hijos: Carlos, que
ostentaría el título de príncipe de Viana;
Blanca, casada con Enrique IV de Castilla
—y después repudiada—; y Leonor, que
se casó con un noble francés, Gastón,
conde de Foix. Los tres matrimonios
acabarían siendo enormemente
importantes para el futuro de la monarquía
en España. Cuando la reina Blanca murió,
la Corona de Navarra pasó a su hijo
mayor, Carlos, el príncipe de Viana, de
acuerdo con las leyes del reino y el
incuestionable derecho sucesorio de la
reina difunta. En aquel entonces Carlos
contaba con veintiún años de edad. Sin
embargo, en el testamento, Blanca
especificaba que antes de asumir la
corona navarra, Carlos debía obtener «la
bendición y la aprobación de su padre».
Semejante premisa evidentemente
confirmaba los derechos de Carlos, pero
dejaba el control efectivo de la situación
en manos de su esposo. Esta fue la
cláusula que inmediatamente dio lugar a
gravísimos enfrentamientos.
Cuando quedó claro que su padre no
mostraba ninguna disposición a ceder el
título de rey, Carlos se tuvo que conformar
con ejercer las funciones de monarca,
pero bajo el título de lugarteniente general
tras la muerte de su madre. Era una
situación que prometía incendiar Navarra,
donde las familias nobles que mantenían
rivalidades desde mucho tiempo atrás —
sobre todo entre los partidos llamados
beamonteses y agramonteses— ahora
también tomaban partido en la
confrontación entre el rey Juan y su hijo.
El segundo matrimonio de Juan, en 1444,
con Juana Enríquez, no contribuyó en nada
a mejorar las relaciones entre padre e
hijo, porque el rey envió a su esposa a
Navarra para que controlara el gobierno
de su vástago. Furioso ante aquella
intromisión de su madrastra, Carlos se
alió con la facción beamontesa. Los
agramonteses, por el contrario, abrazaron
la causa de la reina, e inmediatamente
estalló el conflicto armado. Los bandos
combatientes, dirigidos por padre e hijo
respectivamente, disputaron una batalla en
la que el príncipe fue hecho prisionero.
Así pues, el infante don Fernando
creció en un ambiente de conflicto
familiar. Fueron años de confusión y
enfrentamientos en la práctica totalidad de
los territorios peninsulares, una confusión
que los historiadores han descrito
habitualmente apoyándose en la
interminable retahíla de los nombres
familiares que participaron en dichos
conflictos. Hubo guerras civiles en
Navarra, en Castilla, y en cada rincón de
la península. Don Juan hizo todo lo
posible para asegurarse el poder y la
autoridad en Cataluña, donde la ciudad de
Barcelona parecía reticente a aceptar sus
credenciales, forzándolo a pasar más de
dos años y medio —de 1454 a 1457— en
la ciudad, negociando su posición con la
nobleza catalana. Fue allí donde la madre
de Fernando dio a luz a su hermana.
Los primeros años del príncipe don
Fernando transcurrieron junto al
Mediterráneo, disfrutando de un clima
benigno y las festivas costumbres de la
tierra. En 1457 la familia real hizo un
viaje a Castilla con el fin de mantener un
encuentro formal con el rey castellano
Enrique IV, con quien habían firmado un
tratado de amistad. Aquel fue uno de los
grandes logros obtenidos —y anhelados—
en una época especialmente beligerante, y
a partir de entonces se entablaron
constantes conversaciones para establecer
alianzas matrimoniales entre ambas
coronas. Al final, la posición de don Juan
se consolidó enormemente al año
siguiente, en 1458, cuando su hermano
mayor, el rey de Aragón, Alfonso el
Magnánimo, murió en Nápoles. Alfonso
estableció en su testamento que la Corona
de Aragón (incluidas Sicilia y Cerdeña)
pasarían a manos de su hermano menor,
que ahora asumía el título de rey de
Aragón con el nombre de Juan II. También
dejó dicho en sus últimas voluntades que
el Reino de Nápoles pasaría a manos de
su hijo ilegítimo Ferrante, una decisión
que tendría enormes consecuencias para el
nuevo monarca aragonés, que seguía
manteniendo estrechos lazos familiares
con los territorios italianos.
El ascenso al trono de Juan II
revitalizó sus planes políticos, y tendría
importantes consecuencias para su
segundo hijo, Fernando. Tal y como hemos
visto, Juan había mantenido una larga
disputa con su hijo mayor, el rebelde
Carlos príncipe de Viana, a propósito de
los territorios navarros. Juan nunca
mantuvo buenas relaciones con su hijo
mayor, y deseaba apartar a Carlos del
gobierno navarro en favor de Fernando,
que poco a poco comenzó a recibir toda
una retahíla de títulos y posesiones de
manos de su padre. La concesión
arbitraria de títulos era una costumbre que
practicaban los señores feudales en la
Europa medieval, y mediante esta práctica
Juan confiaba en otorgar a Fernando un
estatus que todos los demás reconocerían.
Muy significativamente, en julio de 1458
el príncipe fue investido con los títulos de
duque de Montblanc, conde de Ribagorza
y señor de Balaguer, y además se le
concedieron los territorios y los títulos
correspondientes de Nápoles y Sicilia,
unos territorios que pertenecían
íntegramente a la Corona de Aragón. Pero
no era solo una cuestión de títulos y
honores. La posesión de dichos títulos y
de las tierras asociadas a ellos generaban
una importantísima y vital fuente de
riquezas y rentas que durante los años de
su minoría de edad fueron administrados
por Pedro de Vaca, a quien el rey Juan
había designado como tutor del infante.
El conflicto más importante acaecido
en el seno de la familia durante la infancia
de Fernando fue el que mantuvo
enfrentados a su medio hermano, el
príncipe de Viana, con su padre. Los
problemas relativos a la sucesión al trono
de la Corona de Aragón pasaron a un
primer plano definitivamente en 1459,
cuando Juan II cumplió los sesenta años.
El rey había sido aceptado formalmente
como gobernante en todas las provincias y
territorios de la corona, pero al mismo
tiempo tuvo que afrontar serios problemas
como rey de Navarra, donde la mitad del
país se negaba a reconocerlo como
monarca. Situada a los pies de la
cordillera pirenaica y estratégicamente
enclavada entre los territorios de Francia
y España, Navarra se vio constantemente
acuciada por las luchas intestinas entre sus
nobles. Los conflictos internos entre los
partidos de las dos familias rivales, los
agramonteses (favorables a Juan) y los
beamonteses (partidarios de su hijo
Carlos), también afectaron a los
equilibrios en otras partes de España,
porque los diferentes partidos y familias
también buscaron el apoyo de la Corona
de Castilla. Uno de los herederos al trono
de Navarra, Blanca, la hermana de Carlos,
se casó con Enrique IV de Castilla, que
estaba deseando intervenir en un conflicto
que solo podría reportarle beneficios.
También había una amenaza procedente
del norte: lógicamente, algunas familias
navarras solicitaron el apoyo de Francia,
que tradicionalmente había sido el país
natal de sus gobernantes. Como titular del
trono de Navarra, Juan también tuvo que
afrontar la eterna hostilidad francesa, pues
sus oponentes pudieron contar sin falta
con los nobles del otro lado de los
Pirineos siempre que desearon hostigar al
monarca aragonés. El problema más
importante en aquellos momentos,
íntimamente ligado a todos los temas que
acabamos de mencionar, era la rebeldía
del príncipe de Viana respecto a su padre.
Don Carlos de Viana, tal y como
hemos visto, nació en 1421, y era hijo de
Juan y su primera esposa, la reina Blanca
de Navarra. Cuando Blanca murió, en
1441, el trono debería haber pasado por
derecho sucesorio a su hijo, pero su
esposo Juan tomó el control del reino y
apartó a Carlos. Dado que las Cortes de
Navarra reconocieron los derechos
sucesorios de Carlos, los conflictos se
tornaron inevitables. La tensión entre
padre e hijo se acentuó cuando en 1444
Juan se volvió a casar con la castellana
Juana Enríquez. La nueva reina,
decididamente empeñada a partir de 1452
en reclamar los derechos para su propio
hijo Fernando, se convirtió en un feroz
enemigo de Carlos, que procuró encontrar
aliados no solo en Navarra, sino también
en Nápoles y en los reinos hispánicos.
Dondequiera que fuera, el culto y
encantador Carlos ganaba aliados para su
causa, y lo mismo ocurrió en Cataluña.
Además, consiguió también el apoyo de
Francia. Se casó con Agnes, hermana del
duque Felipe de Borgoña; la joven murió
sin darle descendencia ocho años después,
y los únicos hijos del príncipe fueron tres
vástagos que tuvo fuera del matrimonio.
La disputa entre padre e hijo se
resolvió en distintos conflictos armados
entre Navarra y Aragón, en los cuales
Carlos salió derrotado a pesar de los
poderosos apoyos con que contaba, y no
era el menor el que le proporcionó la
mismísima ciudad de Barcelona. La gran
urbe mediterránea era uno de los puntos
de discusión fundamentales entre el rey y
los catalanes. La hostilidad entre padre e
hijo tenía como fundamento, ya se ha
dicho, la reivindicación de los derechos
sucesorios de Carlos. Sin embargo, al
tiempo que tenían lugar estos
enfrentamientos, Juan estaba procurando
reforzar la posición de Fernando. En 1459
procuró asegurarse el apoyo de Enrique
IV de Castilla mediante el matrimonio
entre Fernando y la hermana de Enrique,
Isabel. Ese fue el primer indicio con que
contamos de semejante propuesta, que más
tarde se revelaría como un acontecimiento
de excepcional importancia en la
evolución de los reinos de España. Juan
siempre observó con interés la Corona de
Castilla, porque era el territorio con
mayor población, el reino más poderoso y
el más rico de la península. Aquella
propuesta inicial quedó en nada… de
momento; había otros problemas más
acuciantes, y el principal era el príncipe
de Viana.
Una buena parte de los prebostes
ciudadanos de Barcelona estaba decidida
a dar un apoyo firme y público a las
pretensiones de Carlos, que fue recibido
con todos los honores en la ciudad. Juan
se apresuró a acudir a Cataluña y mantuvo
varias entrevistas con su hijo para hacer
las paces. Sin embargo, todos los
grupúsculos que tenían alguna razón para
sentirse descontentos con Juan adoptaron
la táctica de conceder todo su apoyo a
Carlos. Tanto en Aragón como en Cataluña
las Cortes insistieron en que solo jurarían
lealtad a Juan si el rey confirmaba a
Carlos como su sucesor. Enrique IV de
Castilla no dudó en abrir negociaciones
con Carlos; incluso le propuso a Carlos
casarse con su medio hermana, la princesa
Isabel, y unir de este modo los intereses
de Aragón y Castilla. Las cosas pintaban
francamente mal para Juan. Carlos llegó a
estar convencido de que su padre quería
acabar con él y que estaba intentando
envenenarlo.
El día 2 de diciembre de 1460 por la
mañana, precisamente cuando el príncipe
estaba a punto de despedirse de su padre
en la residencia real de Lérida (Lleida),
Juan dio órdenes de que arrestaran a
Carlos y a su principal consejero, el prior
de Navarra. Fue un movimiento
arriesgado, porque el rey estaba
desafiando a una oposición poderosísima
con semejante arresto. Aquello también
iba contra las cláusulas de reconciliación
acordadas a principios del año 1460,
cuando Carlos había sido reconocido
como heredero de su padre. Es
improbable que Juan se sorprendiera
mucho por el estallido de protestas y
quejas a lo largo y ancho de sus reinos, y
no solo en Navarra, sino por toda la
Corona de Aragón, donde los catalanes se
sintieron particularmente agraviados
porque el arresto había tenido lugar en
Lleida.
La reacción de un cronista catalán de
la época, Melchor Miralles, fue esta:
En lo dit any […], lo senyor rey e senyora
reyna […] volentse coronar; e açó la terra
no u consentí, per sguart com lo
primogènit don Carles no hera en lo regne,
per la qual rahó hac grans congoxes que lo
senyor rey volia que los regnes et terres e
gents juraren don Fernando, son fill e fill de
la senyora reyna doña Johana. E en açó, lo
regne de Aragó e totes les altres terres li
contradigueren […], de què lo dit senyor
rey pres molt congoxa, e la senyora reyna
molt magor, en tanta manera que no’s
poria dir la grandissima congoxa e ennug
de la dita senyora.
Tres días después de la detención del
príncipe, el 5 de diciembre, las Cortes
catalanas ordenaron a los diputados de la
Generalitat que exigieran la liberación
inmediata del príncipe. Tal fue el
principio de un grave conflicto entre el rey
y los catalanes, y ambos comenzaron a
prepararse militarmente para respaldar
sus posicionamientos. Los catalanes
llevaron a cabo reclutamientos y
dispusieron tropas bajo el mando de
militares experimentados. El populacho,
sin esperar el apoyo militar, marchó sobre
Lérida con el fin de adueñarse de la
persona del heredero Carlos. El rey,
debidamente informado de la situación,
ordenó que se le preparara la cena a la
hora habitual, pero al anochecer huyó a
caballo con un par de escoltas nada más,
hasta Fraga. Cuando comprendió que ni
siquiera la población de Fraga era segura,
reclamó a toda la familia real, incluido
don Fernando, pero también al príncipe
prisionero, y se los llevó a todos a
Zaragoza. Esto aconteció la primera
semana de febrero. Poco después, trasladó
a Carlos a la fortaleza de Morella, una
prisión que hoy se llamaría «de alta
seguridad», en el camino del sur, hacia el
Reino de Valencia. En Zaragoza, Juan
intentó reunir un ejército aragonés capaz
de hacer frente a los rebeldes catalanes.
Pero la llama de la rebelión había
prendido ya en todos los reinos orientales
de España, y también en Navarra, e
incluso podían oírse los ecos de la
desafección en Cerdeña y Sicilia. El rey
de Castilla apoyaba a Carlos, así que
aprovechó la circunstancia para invadir
Navarra, y los aliados beamonteses de
Carlos también cooperaron con esos
movimientos bélicos adentrándose en
Aragón. La situación para Juan era
desesperada, porque entendió que todos
los apoyos le estaban fallando: en
Navarra, los aliados de Carlos se
levantaron a favor del príncipe, en Aragón
las Cortes se negaron a apoyar las
medidas militares del rey, y en Cataluña
las fuerzas de la Generalitat acabaron
invadiendo Fraga. Al final, Juan tuvo que
ceder a la presión. El 25 de febrero de
1461 ordenó la liberación de Carlos y
permitió que se lo entregaran a los
catalanes.
Carlos de Viana partió de Sant Boi el
12 de marzo con la intención de hacer una
entrada triunfal en Barcelona. Iba
acompañado por varios miembros de la
aristocracia catalana, la nobleza y los
representantes de los gremios de
mercaderes. Los consellers de la ciudad
salieron a su encuentro en L’Hospitalet.
También había sido recibido por los
diputados de la Generalitat, el arzobispo
de Tarragona y otros altos dignatarios. Un
ejército de soldados, armados con
ballestas, acompañó al príncipe hasta el
portal de Sant Antoni, una de las entradas
nobles de la ciudad, donde resonaron los
gritos de «Visca don Carlos!». El
conflicto parecía estar resuelto por fin.
Pero el 23 de septiembre de ese año, justo
siete meses después de la liberación y de
la entrada triunfal en Barcelona, don
Carlos murió repentinamente, cuando
apenas había cumplido los cuarenta y un
años. Inmediatamente comenzó a correr el
rumor de que había sido envenenado por
su madrastra, la reina Juana. La opinión
generalizada en nuestros días es que la
causa de la muerte pudo

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