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Libro PDF Fiorenza Thomas Mann

Fiorenza  Thomas Mann

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Florencia renacentista del siglo XV,
con sus arengas contra la
corrupción y podredumbre de una
ciudad entregada al placer) y
belleza (encarnada en Lorenzo y su
obsesión por el arte). En medio de
la lucha se encuentra la hermosa
Fiore, amante de Lorenzo y blanco
de ataques de Savonarola, como
alegoría de la belleza y de la
decadencia de la propia ciudad. En
el diálogo entre los antagonistas
Lorenzo pregunta, «¿Debemos ver
el mundo dividido en dos mitades
hostiles? ¿Usted dice que el espíritu
y la belleza se oponen?», a lo que
Savonarola responde, «Son
opuestos, sostengo la verdad que
he padecido. ¿Quiere usted una
prueba que le demuestre que estos
dos mundos son irreconciliables y
eternamente extraños uno al otro?
El deseo. ¿Lo conoce? Donde se
abren abismos, los une con su arco
iris, y donde existe abre abismos».
Mann plasmó a la perfección los
resortes del poder, ya sea que se
sustente en categorías terrenales o
espirituales, ya sea que glorifique el
placer de los sentidos o la elevada
renuncia que pretende purificar el
alma. Al final, Savonarola y Lorenzo
se revelan como dobles opuestos, y
el triunfo temporal del primero
mostraría con los años su carácter
efímero. Fiore insta al Prior de San
Marcos a abandonar el poder y
comportarse como un verdadero
monje, a quien Mann hace
responder con una magistral frase
que bien podría sintetizar la
voluntad que mueve a los
poderosos: «Amo el fuego».
Thomas Mann
Fiorenza
ePub r1.0
Titivillus 21.11.15
Título original: Fiorenza
Thomas Mann, 1906
Traducción: Raúl Falcó
Posfacio: Raúl Falcó
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
FIORENZA
PERSONAJES
JERÓNIMO SAVONAROLA, Prior de
San Marcos
LORENZO DE MÉDICI, EL
MAGNÍFICO
PEDRO
JUAN (El futuro Papa León X)
(Sus hijos)
JUAN PICO DE LA MIRANDOLA
ÁNGEL POLICIANO
MARSILIO FICINO
(Humanistas)
SEÑOR LUIGI PULCI, poeta
GRIFONE
FRANCESCO ROMANO
GHINO LEONE
ALDOBRANDINO ÉRCOLE
ANDREUCCIO SIMONETTO
GUIDANTONIO
PANDOLFO
DIONEO
(Artistas)
PIERLEONI, médico de Lorenzo
NICCOLO CAMBI, burgués de
Florencia
OGNIBENE, alumno de Botticelli
GENTILE, paje
FIORE, amante de Lorenzo
Guardias, pajes, burgueses de Florencia
Fecha: tarde del 8 de abril de 1492
Lugar: la Villa Médici en Careggi,
cerca de Florencia.
PRIMER ACTO
El despacho del Cardenal Juan de
Médici. Es una habitación íntima en el
piso superior de la villa. Tapicería en
las paredes; en los intervalos, estantes
repletos de libros y manuscritos
enrollados. Ventanas a buena altura del
suelo con amplios alféizares. La
entrada, disimulada por una tapicería,
está en medio de la pared del fondo. A
la izquierda, una mesa cubierta con
una manta de pesado brocado y encima
un tintero, plumas, papeles. En el
proscenio, un sillón adornado con el
blasón de esferas, en el que se apoya el
mango de un laúd. En la pared de la
derecha, un cuadro grande de tema
teológico. Estante con vasijas
artísticas.
I
En el sofá, en primer plano a la
derecha, está sentado el joven cardenal
Juan —diecisiete años, pequeño bonete
rojo, ancho cuello blanco y esclavina
roja— rostro bonito, tierno, espiritual.
Cerca de él, en el sillón, Ángel
Policiano, lleva un largo vestido,
oscuro y plisado, con mangas
ahuecadas, cerrado alrededor del
cuello con ribete blanco. Su rostro
bondadoso y sensual, enmarcado con
bucles grises, de nariz corva y boca
arrugada, está vuelto hacia el
cardenal, quien, muy miope, juega con
sus lentes de aro. Unos libros —
algunos abiertos— están en desorden
sobre el mantel de la mesa. Policiano
sostiene uno entre sus manos.
POLICIANO: Y ahora, Juan, amigo e
hijo de mi gran y bienamado
amigo Lorenzo, vuelvo a la
esperanza, al deseo más
legítimo y fundado, que, como
yo, el mundo sediento de
sabiduría formula al mirarte…
No pienses que descuido las
consideraciones que debo a tu
augusto rango en la jerarquía
sagrada.
JUAN: Perdóneme, maestro Ángel.
¿Ha oído usted decir que,
recientemente, en la catedral,
el Padre Jerónimo ha
declarado que, en la jerarquía
de los espíritus, el predicador
cristiano se clasifica justo
después de la última categoría
de los ángeles?
POLICIANO: ¿Cómo? Quizás…
Puede que algo de eso haya
oído. Pero en fin… Lo que
quisiera hacerte evidente es
que el vicario de Cristo del
cual, según el curso probable
de los acontecimientos, serás
llamado un día a llevar la
tiara, no irá en contra de su
misión sagrada al acoger
favorablemente mi deseo, que
es el de todos los amantes de
la hermosa sabiduría. Se trata
de la santificación de Platón,
Juan, ya lo sabes. Es divino, y
hacer de él un dios es sólo un
mandato de la razón. Que este
acto razonable y magnífico le
esté reservado a un Papa de la
casa de los Médici, no
solamente lo leen en el cielo
los astrólogos sino que
conforma un orden lógico y
verosímil. Sin duda alguna,
Cristo no podría sino aprobar
la canonización del antiguo
filósofo. Las sibilas
profetizaron muchas veces la
venida de Cristo. No creo
necesario recordarle a mi
alumno los versos tan alusivos
de Virgilio. El mismo Platón,
según tradición fidedigna, lo
anunció en términos muy
claros y podemos leer en
Porfirio que los mismos
dioses habían reconocido la
piedad y la devoción
extraordinarias del Nazareno,
afirmando su inmortalidad y
que, en suma, le habían
otorgado el más favorable de
los testimonios… En fin, Juan
mío, quieran los dioses
permitirme vivir el día en que
colmarás el deseo que no dejo

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