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Forajido – Marisa Sicilia

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Resumen y Sinopsis 

Media docena de niños de diferentes edades bostezaban apoyados sobre las mesas que hacían de improvisados pupitres. Felicity alzó la voz tratando de contagiar
su entusiasmo al infantil auditorio.
Y es por eso que no debemos robar ni mentir, ni por supuesto asesinar a nuestros semejantes. Veamos, ¿quién puede recitar de corrido los Diez Mandamientos?
Solo una mano se alzó con rapidez. Felicity sonrió a la pequeña de los Richardson.
Sé que los sabes, Laura, pero ¿qué tal si dejamos que alguien más se anime? ¿Qué me dices, Jimmy? ¿O tú, Samuel?
Los aludidos se rascaron la cabeza, pensativos. Jimmy empezó:
Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Muy bien le alentó Felicity. ¿Y qué más?
No matarás.
Estupendo, ¿y…?
No robarás.
Eso es.
Y…
Jimmy puso cara de hacer un esfuerzo tremendo, pero la inspiración no llegó. Laura volvió a alzar la mano impaciente.
Piensa tranquilo, no tenemos ninguna prisa.
Varios suspiros desencantados sonaron de fondo.
¿No pegarás a tu hermano pequeño?
Las risas sonaron a coro.
No, Jimmy, aunque es un buen punto. Podemos considerarlo un extra. ¿Te acuerdas de alguno más?
El pequeño siguió pensando. La paciencia de Felicity comenzó a resentirse. ¿Era tanto pedir que se aprendiesen diez sencillas normas al dedillo? Otra mano se
levantó al fondo.
Sí, dime, Peter, ¿conoces la respuesta?
No, señorita McIntyre, ¿pero puedo irme ya? Mi madre me ha dado permiso para ir de pesca.
Todos los rostros se volvieron hacia ella esperanzados. Cualquiera de ellos tenía mejores cosas que hacer una mañana de domingo de primavera que quedarse allí
encerrados.
Felicity se supo derrotada.
Está bien. Podéis iros, pero recordad leer en vuestras casas el fragmento que hemos estudiado. No lo olvidéis: Moisés y la travesía del desierto.
No, señorita McIntyre respondieron a coro y salieron huyendo de la escuela dominical. Todos. Incluso Laura.
Suspiró, pero no perdió el ánimo. Estaba acostumbrada a tratar con aquellas pequeñas bestezuelas. Era un triunfo mantenerlos sentados y que se presentasen
vestidos y calzados. Además, pensó a la vez que consultaba el pequeño relojito que llevaba prendido del vestido con una fina cadena, ella también tenía más cosas que
hacer.
Constance la estaba esperando en la puerta del salón parroquial. Era una mujer bajita, redonda y pacífica, de cabellos oscuros entre los que se mezclaba alguna cana.
Muy distinta de Felicity que era de estatura mediana, constitución no generosa pero tampoco en exceso delgada, de cabellos cobrizos que llevaba recogidos muy tirantes
en torno al rostro y piel blanca salpicada de pequeñas pecas. Sus ojos entre verdes y grises habrían sido bonitos si los cristales de las gafas no hubiesen velado su
desconcertante efecto. Ambas tenían treinta años cumplidos y estaban solteras. Mala combinación para una mujer en Carsons o en cualquier otro lugar, pero tanto la
una como la otra habían asumido su condición y no dejaban que les impidiese llevar un vida activa y gratificante a los ojos del Señor, que era la vara por la que medían
sus actos.
Con todo, había límites que siempre sería complicado traspasar para cualquier mujer, fuese soltera o casada, en Carsons o en Missouri.
¿Lista, Constance? preguntó Felicity colocándose los guantes y ajustándose el chal.
Si tú lo estás… contestó su amiga que era fundamentalmente tímida, y solo su timidez y la docilidad de su carácter la empujaban a seguir la corriente a
Felicity.
Pues adelante.
La mañana de mayo era despejada. El viento soplaba a rachas y barría el polvo de las calles. La señora Dobson, la mujer del juez, las saludó y el viejo Joe se llevó la
mano al sombrero cuando se cruzaron. Pasaron frente a la oficina del sheriff. Varios carteles de «Se busca» amarilleaban pegados en la fachada. Uno era más nuevo y
capturó su atención. Unos ojos inertes la contemplaron desde la pared. Felicity reprimió un escalofrío y en silencio elevó una plegaria para que el Señor librase a
Carsons y a toda Oklahoma de aquellos indeseables.
Enseguida llegaron a su destino. Felicity miró a su compañera para infundirle valor. Era curioso porque, pese a la debilidad de carácter de Constance y a su mayor
fortaleza, si no contase con la asistencia de su amiga, difícilmente Felicity se habría decidido a cruzar las puertas del bar. Estaba muy mal visto que una mujer entrase
sola, e incluso acompañada en un saloon, de hecho, muchos de ellos ni siquiera lo permitían. A no ser que la mujer en cuestión fuese bailarina o corista o tuviese algún
otro trabajo aún más indecoroso que una señorita honesta como Felicity debía ignorar. No era el caso. Conocía a varias mujeres de la vida, chicas muy jóvenes a las que
había ayudado a alejarse de aquella espiral de perdición. Buenas chicas a las que sus pasos les habían guiado por el camino equivocado y, al igual que muchos otros, solo
necesitaban un empujón en el sentido correcto. Y eso precisamente era lo que había ido a hacer al saloon de la calle principal de Carsons. Lo que sucedía era que no
todos estaban dispuestos a dejarse orientar. Por eso Felicity agradecía tanto la presencia de Constance. Complementaba su valor. Se sentía mucho más segura y más
decidida si la tenía a su lado.
Vamos allá.
Empujaron las puertas abatibles y, acostumbradas a la claridad del exterior, el ambiente más oscuro del saloon hizo que necesitasen un momento para adaptar la
vista. Otros sentidos reaccionaron con mayor rapidez. El local hedía a vaca, a alcohol rancio y a más olores desagradables y almizclados.
Varios de los hombres que bebían y hablaban de sus asuntos en la barra, se volvieron hacia la puerta y, al reconocerlas, apartaron el rostro maldiciendo en voz más
o menos baja. Era la reacción habitual. No es que le gustase, pero la razón de ser en la vida de Felicity era llevar la Palabra donde más se la necesitaba. Y no era ningún
secreto que allí se la necesitaba y mucho.
Miró a su alrededor con la vista ya más acostumbrada y enseguida localizó a un posible objetivo. Se dirigió hacia él con paso firme seguida de cerca por Constance.
George Scott, debería darte vergüenza. Tu mujer acaba de dar a luz. Tienes dos pequeños más. Estarán esperándote en casa y tú mientras gastando el sueldo en
alcohol.
George, veintiséis años, las botas de montar y la ropa de trabajo aún puesta pese a ser domingo, casi se ruborizó y retorció su sombrero abochornado por la mirada
de censura de Felicity.
Ha sido solo un trago, señorita McIntyre. Un hombre tiene derecho a un respiro después de una semana de duro trabajo.
Eso mismo dijiste la última vez y estabas borracho cuando tu esposa se puso de parto. Si no hubiese sido por los Wharton, a saber qué les habría ocurrido.
Las dos mujeres miraron a George con reproche. Él esquivó sus miradas. Dejó el vaso a medias, musitó unas palabras confusas y se levantó del taburete tras
depositar unas pocas monedas sobre la barra.
De todas formas, ya me iba.
Felicity y Constance cruzaron sonrisas satisfechas. George no era mal hombre, pero le gustaba demasiado el whisky. Algunos más se levantaron siguiendo su
ejemplo. El barman las miró con mala cara. Aquellas solteronas puritanas le espantaban a la clientela. Más de una vez había sostenido una violenta discusión con
Felicity por ese mismo motivo, pero no había forma de hacerle desistir y cualquier cosa era mejor que oírla recitar versículos de la Biblia en medio del saloon.
Un hombre permanecía en la barra aferrado a su vaso de bourbon. La cabeza inclinada con el sombrero ocultándole el rostro. La barba oscura y cerrada. El polvo de
sus ropas indicaba lo que Felicity ya sabía, aquel tipo no era de por allí y solo estaba de paso.
No fue una razón lo bastante buena para acallarla.
Buenos días, hermano. ¿Sabe que Dios le ama y solo espera un pequeño gesto para volver a acoger en su amoroso seno a las ovejas descarriadas del rebaño?
Tom tenía muchas preocupaciones en la cabeza. Aunque pudiese parecer lo contario permanecía alerta a cuanto ocurría en el local. Había oído aquella voz aguda
recriminar algo a un hombre, pero la había ignorado, pese a su tono molesto. Aquello no iba con él. Sin embargo, ahora sonaba demasiado cerca para hacer oídos sordos.
Alzó el rostro y miró a la mujer por debajo del ala de su sombrero.
Señora, no sé quién es ni me importa, pero se ha equivocado de hombre.
Felicity se quedó petrificada por efecto de aquella mirada. Era fría como el acero, peligrosa, profunda y tan definida como el resto de sus facciones. El mentón
amplio y firme con un hoyuelo en medio de la barbilla que la barba no ocultaba del todo, la mandíbula cuadrada, los hombros anchos, el rostro curtido por el sol…
Felicity estuvo a punto de abrir la boca y dar un paso atrás. Logró contenerse a tiempo.
No estoy casada, así que llámeme señorita, señorita Felicity McIntyre. Y le advierto que no es nada considerado por su parte replicar en ese tono. «La respuesta
amable calma la ira; la respuesta grosera aumenta el enojo». Proverbios 15:1.
El barman puso los ojos en blanco, pero

Título: Forajido
Autores: Marisa Sicilia
Formatos: PDF
Orden de autor: Sicilia, Marisa
Orden de título: Forajido
Fecha: 18 sep 2016
uuid: 7ea54ba9-78e0-49d0-b963-a31f9ffb6744
id: 446
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 0.49MB

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