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Libro PDF Free soul Alma libre Ana R. Vivo

Free soul Alma libre Ana R. Vivo

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Barcelona
ISBN: 978-84-945034-1-2
Depósito legal: B-5582-2016
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ANA R. VIVO
Prologo
Por fin llegó la hora maligna. Mammy Bessie
había insistido mucho en que el hechizo debía
practicarse a las tres de la madrugada, que era
cuando se abría la puerta que conducía al más allá
y permitía ver lo que nos deparaba el futuro. Era
evidente que los espíritus oscuros se habían
conjurado contra ella, una pobre mujer que solo
ansiaba la felicidad de su familia y la suya.
Sobre todo la suya… Bessie se lo había dicho
muy claro, solo ella podía romper el
encantamiento que sumía a los suyos en una
perpetua desgracia tras otra. Pero esta vez lo iba a
conseguir. Mammy le había explicado cómo
hacerlo. A las tres de la madrugada debía
colocarse junto a la ventana, delante del espejo,
desnuda, bajo la luna plateada, para permitir que
sus rayos bañaran las redondeces de su cuerpo.
De modo que así lo hizo, pero mientras el reloj
del comedor terminaba de dar la tercera
campanada sintió que alguien se colocaba a su
espalda. Con los ojos cerrados, sin atreverse a
mirar, aguantó estoicamente el escalofrío que le
recorría la columna vertebral. Podía percibir la
luz de la luna llena resbalando por su vientre,
penetrando en su piel para alcanzar su útero
estéril. La sensación de unos largos dedos
rodeándole las caderas para que se girara era tan
real que Nora gimió aterrada.
Unos tambores lejanos sonaron con toda
claridad, aunque ella sabía que solo estaban en su
cabeza, que todo era parte del conjuro y del agua
de ceniza que había ingerido poco antes de
desnudarse.
Sabiendo que debía mirar al espejo para ver su
futuro, para salvar a su familia de una oscuridad
eterna, para asegurarse de que pronto albergaría el
fruto de su matrimonio, levantó lentamente los
párpados. Pero no vio su vientre redondeado por
la simiente que crecería en su interior, sino que
todo su cuerpo estaba cubierto por unas manchas
oscuras, como la piel de una jirafa, que le confería
una apariencia irreal.
Esta vez no gimió, sino que aulló con todas sus
fuerzas. Después, enmudeció al ver que aquellos
dedos que le rodeaban la cintura se cerraban con
fuerza, como si pretendieran partirla en dos. Eran
huesudos, horribles y tan largos que parecían
terminar en cuchillas afiladas.
Gritó, gritó y gritó. Hasta que alguien encendió
la luz del dormitorio y todo se esfumó. Lo último
que vio antes de desmayarse fue a su marido. Verlo
correr hacia ella con el gesto prieto y los ojos
desorbitados resultaba demasiado insoportable.
Capítulo 1
Marie cerró los ojos para intentar dormirse, tal
y como le había indicado su madre minutos antes,
pero era del todo imposible. En dos horas ya sería
el día siguiente, cumpliría nueve años y su padre
le había prometido una fiesta especial. Por otro
lado, las risas, los gritos, el entrechocar de los
vasos y los aplausos ascendían por la escalera de
caracol que unía el Free Soul con la casa y la
habían terminado de desvelar. Le encantaba vivir
encima de un club de jazz; sobre todo, disfrutaba
relatándoles a sus amigos del colegio las
extravagantes experiencias de las que era testigo
muchas noches. Les hablaba de cuando su padre
subía al escenario con la banda para deleitar a su
público con un constante flujo de bulliciosa
música cajún, un dialecto francés proveniente de
la antigua Arcadia. Los acordes de los violines,
guitarras y la pequeña acordeón de Jeff, el único
mulato de la banda, se propagaban por las puertas
abiertas de par en par en las cálidas noches de
primavera, confiriéndole el aspecto de la ajetreada
calle Bourbon. Matt, el marido de tía Nora, Tinny
y Charley conformaban el quinteto musical junto a
Jeff y a su padre, René, que siempre decía que
eran amigos desde antes de nacer.
Aquella noche, Marie se sentó en las escaleras
y, como tantas otras veces, se quedó escondida,
observando a la gente que bailaba al compás de la
música alegre y desordenada. Le encantaba la
forma en la que René se mecía con suavidad
mientras tocaba el violín. Era un gran músico, a
pesar de lo que dijera el abuelo Peter. No sabía
cómo lo hacía, pero cuando tenía entre sus manos
algún instrumento era capaz de ser absorbido por
su melodía durante horas. Se perdía entre las
brumas de los acordes, y si se trataba del piano, al
finalizar cada obra, el público quería más y más,
aplaudía y silbaba mientras él bebía
ceremoniosamente de su vaso de whisky y le
indicaba a tío Matt que volviera a llenarlo. «Sin
hielo», fuerte y seco, como siempre lo tomaba.
No obstante, las noches especiales eran las de
los viernes y los sábados. El ambiente del Free
Soul cambiaba de forma sorprendente. Su madre
se acicalaba con su vestido más bonito, estaba
preciosa cuando se recogía la melena rubia en un
moño alto y se maquillaba como si fueran a cenar
a un lujoso restaurante del barrio francés. Ella
seguía conservando el linaje y la educación social
que tanto molestaba a tía Nora. «Tu mujer tiene la
clase y el orgullo que da el viejo dinero» —solía
reprocharle a su hermano cuando creía que nadie
la escuchaba—. «Cualquier día te mandará al
cuerno y te dejará por otro» Pero su padre siempre
sonreía, deslizaba los dedos por el teclado del
piano e iniciaba una nueva balada.
De modo que los fines de semana la banda se
vestía con sus mejores galas, los focos iluminaban
dramáticamente el escenario y el abarrotado local
quedaba en una íntima penumbra que invitaba a
susurros y confidencias. El público también era
distinto. Hombres vestidos de traje y mujeres
bellas, adornadas como reinas de carnaval, aunque
ninguna podía competir con Marlene, su madre,
que se paseaba entre las mesas para saludar a los
clientes como si fueran invitados y disfrutaran de
una maravillosa fiesta, amenizada por los tristes
acordes de un blues, con Jeff al saxofón y su padre
al piano.
Marie adoraba la forma en la que René
cautivaba a todos con el calor de su mirada
oscura. Era un hombre guapo, de pelo negro y piel
bronceada. «Como todos los criollos», solía decir
con desprecio
su abuelo. Pero a las mujeres les daba igual
que descendiera de inmigrantes franceses,
suspiraban al verlo inclinarse sobre el teclado,
mientras sus manos lo recorrían como si lo
acariciaran. Cuando entonaba alguna balada triste,
que hablaba de desamor, sus labios se pegaban al
micrófono como si lo besara y su madre le sonreía
sin que nadie más se diera cuenta, aunque ella
desde su posición privilegiada en las escaleras no
perdía detalle. También sabía que en cuanto se
marchara el último cliente, tendría que correr a su
cuarto para fingir que llevaba horas durmiendo;
entonces los dos subirían a la casa con una botella
de vino blanco del caro, de aquel que a su madre
le gustaba tanto y que René solo servía a personas
exclusivas los fines de semana.
Normalmente se dormía con los susurros
amortiguados de sus padres en el cuarto de al lado.
Le gustaba escuchar sus conversaciones de
amantes mientras hacían el amor, porque sentía que
toda la felicidad de su pequeño mundo se
concentraba en aquel diálogo, lleno de matices e
intensa pasión.
Tres años más tarde.
Marie cumpliría doce años al día siguiente y
esta vez su cumpleaños coincidía con Mardi Gras,
que según la tradición cristiana siempre antecedía
al miércoles de Ceniza, dando comienzo a
Cuaresma y Semana Santa. Su familia, en realidad
la familia de su padre, era muy tradicional por eso
nunca se saltaba ni uno de los espléndidos desfiles
de carnaval. Su madre y ella iban muy temprano
hasta el distrito de Uptown, donde comenzaba el
colorido desfile Zulú para continuar con la
cabalgata del rey del carnaval y sus peñas de
súbditos que concluían en la calle Canal. Le
gustaba coger al vuelo los collares y juguetes que
se lanzaban desde las carrozas, así luego los
colgaba a lo largo de la puerta que llevaba a su
casa, por la escalera de caracol, formando una
original y exclusiva cortina de cuentas de colores.
Más tarde perseguían a las animadas comparsas
que discurrían alegremente por las calles y plazas,
visitando durante todo el día los establecimientos
y bares que encontraban a su paso. A Marie le
hacía gracia cómo Jeff y Tinny se las ingeniaban
para mezclarse con la gente para atraer con el
saxofón y la trompeta a los turistas que paseaban
de un lado para otro; le recordaba aquel cuento del
flautista de Hamelín que solía contarle su padre
cuando era mucho más pequeña, en el que el
protagonista tocaba y tocaba su flauta para que lo
siguieran los ratones hasta su gruta. En este caso
hasta el Free Soul.
«¡Ah, sí, aquellos eran los mejores
cumpleaños!»
René los esperaba sentado al piano, con sus
ojos negros y melancólicos, mirando al público sin
ver, y sonriendo a medida que la música se
mezclaba con el desgarrado llanto del saxo de Jeff
y la trompeta de Tinny que se sentaban a su lado en
el escenario. El local se llenaba de gente, tía Nora
y su madre comenzaban una nueva jornada sin
pausa que duraría toda la noche y ella se
escabullía hacia las escaleras de caracol, donde
pasaba desapercibida y disfrutaba de aquel
ambiente mágico e inigualable.
Siempre había sido así hasta aquel Mardi Gras
que coincidía con su doceavo cumpleaños, en el
que su vida y la de su madre cambiaron
drásticamente. Al principio no supo muy bien qué
estaba ocurriendo, después, con los años, la
perspectiva real de los acontecimientos se fue
diluyendo hasta quedar en un recuerdo borroso en
el que simplemente aceptaba la versión
descafeinada y dulce de su madre, así como la
irreverente de su abuelo.
Aquella noche el club estaba a rebosar, no
cabía ni un alfiler, y René estaba dejando al
público sin respiración, como cada vez que tocaba
la trompeta aunque él siempre prefiriera el piano.
Muchos expertos lo comparaban con Miles Davis
y, a decir verdad parecía que la hiciera llorar; los
acordes eran gemidos, lamentos en tonos largos
que abocaban a la melancolía. Cuando terminó la
balada se hizo un silencio, una pausa que nadie se
atrevía romper. Entonces fue cuando escuchó un
ruido infernal, como si la casa entera se
desquebrajara y sus viejas paredes crujieran de
dolor. La voz
atronadora del abuelo Peter se elevó desde el
comedor del apartamento, debía de haber subido
por la puerta trasera que daba al callejón y parecía
enojado, como siempre. Al principio se alegró de
que se hubiera acordado de su cumpleaños, estaba
a punto de echar a correr escaleras arriba para
darle un abrazo cuando el llanto pausado de su
madre, y el tono airado de él, la dejaron
literalmente pegada al escalón.
Weiser era un refutado congresista de Luisiana
que vivía

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