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Libro PDF Fuiste mi verano Daniela 2 – Neira

Fuiste mi verano (Daniela 2) – Neira

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adaptarnos al crudo invierno que le
sigue. Sí, septiembre es un mes odiado
por muchos. Sin embargo, a mí me gusta
el otoño. Me gustan los días como el de
hoy, cuando las calles se tiñen de tonos
ocres y rojos, y el viento forma
remolinos de hojas sobre el asfalto.
Cuando escuchas las risas de los niños
que bajan la calle correteando con sus
mochilas a cuestas al salir del colegio y
los atardeceres llegan antes, pero son
igual de intensos.
También me gusta el invierno. Y la
lluvia para leer frente a la ventana con
una taza de té. Y el verano. Creo que no
es cuestión de lo que traiga el paso del
tiempo, sino de saber apreciar lo bonito
que nos regala. Como con las personas y
como con cada etapa que vivimos. Claro
que hasta que no pasas por una situación
concreta que te haga abrir los ojos,
como hace unos meses me ocurrió a mí,
no te das cuenta de lo bonito que cada
instante abarca y te centras en lo malo,
en ver las pérdidas, el vaso medio vacío
y entonces eres incapaz de ver con
claridad lo que te rodea.
Estamos a un paso de finalizar
septiembre y, echando la vista atrás, me
parece increíble que esté dirigiéndome a
hacer lo que voy a hacer. Estoy algo
nerviosa, pero completamente segura.
Supongo que mi inquietud es inevitable,
ya que ni siquiera hace un año que todo
comenzó, aunque lo sienta en mi piel
como si hubieran pasado varios.
La vida es una constante lista de
objetivos, y en realidad da igual que
estemos en el inicio del curso o sea el
primer día del año, porque cada nueva
etapa a la que te enfrentas en la vida
tiene los suyos propios para que esta
funcione y para que dejes
definitivamente atrás la que ya ha
terminado. Mientras camino con rapidez
calle abajo, me dedico a pensar en mis
nuevos objetivos marcados, porque, a
pesar de que yo no he tenido un verano
memorable ni siento la presión del
inicio del curso, sí que siento en la piel
que estoy viviendo un nuevo comienzo,
un nuevo capítulo. Al menos tengo la
certeza de que estoy cerrando por fin
uno, a pesar de que por momentos no me
creí capaz de hacerlo. Y este es el
primer paso. Tengo que hacerlo,
necesito hacerlo y, por encima de todo y
lo más importante, deseo hacerlo.
Recorro a paso firme las calles con los
brazos cruzados sobre el pecho para
resguardarme del fuerte viento. Minutos
después, giro la última esquina y me
dirijo a mi primer objetivo, una
cafetería que ya conozco y que alberga
recuerdos. A pesar de ellos, no siento
dolor, ni rabia, ni siquiera una ligera
tristeza, sino que únicamente me llena el
pecho una nostalgia sana. Abro la puerta
acristalada y el calor del local me
sonroja las mejillas en el acto. Me quito
la cazadora y el pañuelo anudado al
cuello, y lo busco entre la gente. Lo veo
sentado al final, en una pequeña mesa.
Tiene la mirada fija en su cerveza y no
me ve hasta que prácticamente me siento
frente a él.
—Hola. Lamento llegar tarde.
—Ho… hola. No te he visto llegar,
perdona.
Se levanta y me da dos besos. Yo se los
doy al aire. Es extraño, pero no tanto
como si hubiese sido solo un beso,
porque eso siempre es más íntimo, más
cercano y ahora mismo nosotros no lo
somos; incluso me sorprende que, al
palpar la tensión que nos envuelve, lo
hayamos sido en algún momento.
—Te veo bien—me dice con una sonrisa
sincera y con ojos cálidos.
—Yo a ti también.
Se ríe y no puedo evitar acompañarlo un
poco avergonzada.
—Sigues mintiendo fatal.
—Lo sé, lo siento, a veces se me olvida
que eres tú—me muerdo el labio y le
confieso lo que él sabe de sobra—.
Estás horrible, Martín. En serio, ¿te has
peinado hoy?
—Lo cierto es que no me acuerdo—se
revuelve el pelo más aún y me mira a
los ojos nervioso; la tensión de su
cuerpo casi se puede tocar—. Llevas
meses dándome largas. No has vuelto a
contestarme a una sola llamada hasta
ayer, ¿por qué?
Tiene razón y eso me hace sentir un
poco mal por pensar que su aspecto es
culpa mía, porque realmente está hecho
un asco, pero yo necesitaba
desprenderme de todo lo que me seguía
doliendo, encontrarme poco a poco a mí
misma y actuar en consecuencia.
Además, la culpa de su estado sigue
siendo solo suya.
Ayer decidí contestar por fin a sus
llamadas y acepté verlo. No lo veía
desde el cumpleaños de Marina, la
última noche que pasé con Luca.
Aquella noche que cada vez que
recuerdo me provoca calor y dolor a la
vez en la piel. Han pasado cuatro meses
y, a pesar de eso que dicen de que
cuando echas en falta a alguien parece
que no pasa el tiempo, a mí me ha
ocurrido lo contrario, porque percibo
aquellos días como si los hubiese vivido
hace años, como si la vida volara
delante de mis ojos y aquellos días no
fueran más que un sueño lejano. No
obstante, eso también ha sido un motivo
para mantenerlo alejado de mí, porque
sé que si lo hubiera llamado para
apoyarme en él tras la marcha de Luca,
aunque solo hubiera sido por la
costumbre y la comodidad del cariño
conocido, quizá hubiese caído de nuevo
o hubiese enredado más las cosas y el
motivo entonces sí que hubiera sido la
necesidad. Y si una cosa tengo clara es
que yo ya no necesito a Martín; dejé de
necesitarlo hace mucho tiempo. Sin
olvidar que sus actos para mí no tienen
perdón; ni siquiera comprendo, al mirar
atrás y verme planteándome que había
una posibilidad de que sí que lo
tuvieran, el porqué de aquellos
pensamientos. Y es que el miedo y la
soledad son algo horrible cuando toman
el control, el problema es que es muy
fácil darse cuenta de ello a toro pasado
y no cuando realmente es necesario.
—Martín, yo…
—¿Es por Luca?—una punzada en el
pecho—. Ni siquiera sé si te ves con él
—trago saliva y me recreo en el
hormigueo que escuchar su nombre aún
me produce en el cuerpo—. No sé nada,
porque Marina me ignora si le hablo de
ti. Ya no conozco a tus amigos, no sabía
a quién preguntar.
—No es por Luca. Él…
—Déjame hablar, por favor. Os vi bien
—abro los ojos sorprendida y Martín
me agarra de las manos con dulzura; yo
solo siento frío—. De verdad, te estoy
hablando como amigo, sin tener en
cuenta todo lo demás. Cuando te vi con
él bailando aquel día, lo entendí.
Siento un ligero mareo. Es la emoción,
lo sé, el volver por un instante a aquella
pista de baile, a lo que sentí entre sus
brazos, con su aliento sobre mi oído y su
jodido olor a verano… Tengo que
obligarme a olvidarlo, pero, si hasta mi
ex me lo recuerda, no es fácil. También
sé que debería dejar el tema y centrarme
en lo que he venido a decirle a Martín,
pero no soy capaz, porque me puede la
curiosidad de lo que creyó ver él
estando yo en brazos de otro.
—¿Qué fue lo que entendiste?
—Que teníais algo que tú y yo nunca
tuvimos, independientemente de lo que
te hice. No sabría explicarlo, pero fue
como verte desde otra perspectiva.
—No te entiendo, Martín.
Clava sus ojos en mí y veo cierta
confusión en los suyos, como si no
entendiese muy bien qué es lo que
intenta explicarme, pero que ahí está, y
también el dolor que le produce haberlo
descubierto.
—Lo que intento explicarte es que vi a
otra Daniela diferente a la que yo
conocía, a una que conmigo estaba
escondida, pero con él no. ¿Sueno como
un loco?
Le aprieto las manos y me río. Sí que
puede parecer un razonamiento loco
escuchado desde fuera, pero le entiendo,
porque es lo que Luca me hacía sentir,
que con él era yo sin más y que con

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