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Libro PDF Gernika – Mario Escobar

Gernika - Mario Escobar

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Las piedras rojizas de Salamanca
asomaron desde el sendero y el hombre
se detuvo unos instantes para contemplar
las torres de las iglesias de la ciudad.
Onésimo había estudiado allí veinte
años antes, junto a aquellas calles de
piedra que simbolizaban en cierto
sentido la fuerza y el poder de la Iglesia.
Después de varios años en América,
ahora le parecía un tiempo lejano y un
país extraño. Demasiadas cosas habían
cambiado en muy pocos años. La caída
del Rey, la ansiada República, los
disturbios y la quema de iglesias, los
rumores de revolución y después la
guerra. Parecía como si la historia se
hubiera concentrado y tuviera prisa por
terminar con todo lo que él, unos años
antes, había creído inamovible e
inmutable. Hasta la existencia de Dios
era asunto de discusión.
Se ajustó el macuto y sintió un nudo en
el estomago. Su misión no era fácil.
Llevaba una carta escrita de puño y letra
por el propio papa; pero en aquella
España, confusa y turbulenta, nada
aseguraba el éxito de su tarea.
El obispo de Bilbao y el lehendakari
Aguirre no se ponían de acuerdo. El
obispo quería que se negociara una paz
por separado con los italianos; por el
contrario, el cardenal Pacelli había
prometido que el papa obligaría a
Franco y a sus generales a aceptar el
acuerdo bajo pena de excomunión si era
necesario, pero Aguirre pensaba que si
Franco y Mola no estaban conformes, ni
el papa podría lograr un alto fuego en el
frente norte.
Una patrulla se aproximó al clérigo y un
sargento bajó de la destartalada
camioneta para pedirle los papeles.
—¡Ostias, es vasco! —dijo el sargento
sorprendido—. ¿Qué hace tan lejos de
su casa, padre? ¿No sabe que estamos en
guerra?
—Tengo que entrevistarme
inmediatamente con el general Mola, es
un asunto muy urgente.
—¿El general Mola? El general no está
en Salamanca —dijo el sargento
jugueteando nervioso con los papeles
del cura.
—No es posible, me han asegurado que
está en la ciudad. ¿Dónde se encuentra
el general? —preguntó el sacerdote
impaciente.
—Esa es información secreta. Me tendrá
que acompañar, padre —dijo el sargento
indicándole que trepara a la camioneta.
Le ayudaron a subir. El vehículo cambió
de dirección, metiéndose peligrosamente
en la cuneta; después regresó al camino,
descendiendo a toda velocidad hacia la
ciudad de piedra.
Llevaron al sacerdote hasta una plaza
irregular y aparcaron frente a lo que en
otros tiempos había sido un colegio
religioso. En la entrada dos soldados les
dieron paso y el sargento siguió su
camino, sin soltarle el brazo al
religioso, por lo que debió ser en otro
tiempo un antiguo claustro. Después,
llamó con los nudillos sobre una gruesa
puerta de madera y entró sin esperar
contestación.
—Le dejo al sospechoso. Es un cura
vasco y quiere ver al general Mola —
dijo el sargento al ayudante.
Este asintió y con un ademán invitó al
sacerdote a que se sentase.
—No tardará mucho —dijo el ayudante
mirando la puerta cerrada de enfrente—.
Ha tenido suerte.
—Me han dicho que no se encontraba en
la ciudad —dijo Onésimo sorprendido.
—Ha llegado esta misma mañana —
contestó el ayudante—, aunque le
recibirá primero el director del SIM1.
El sacerdote se sentó en un sofá de
terciopelo rojo, ajado y con visibles
manchas de sangre. Intentó concentrarse
en alguna oración, pensar en su vida de
seminarista en Salamanca, pero no
ignoraba que las cosas no estaban
saliendo como las tenía previstas.
La puerta del despacho se abrió y
apareció un hombre vestido de civil.
Apenas cruzaron la mirada cuando el
ayudante le invitó a pasar.
Un hombre con el pelo corto, de
facciones vulgares, ojos saltones y
semblante serio le observó desde la
mesa del despacho.
—Padre Onésimo Arzalluz, creo que
anda un poco lejos de Las Vascongadas
—dijo leyendo sus papeles.
—Vengo en misión especial con una
carta del papa…
—¿Una carta del papa? —preguntó el
oficial levantándose de la silla.
—Disculpe —dijo el sacerdote después
de tragar saliva—. Tengo una misión
especial, soy un negociador, debo ver al
general Mola de inmediato.
—¿No sabe quién soy yo? —dijo el
oficial mirando fijamente al sacerdote.
El hombre no supo qué decir,
simplemente encogió los hombros y
agachó la cabeza.
—Soy José Ungria, el director del SIM.
¿Por qué su propuesta de negociación no
ha utilizado los canales habituales? —
preguntó Ungria.
El sacerdote comenzó a sudar, levantó la
vista y observó el rostro impaciente del
director del SIM. Después pronunció
unas palabras que dejaron boquiabierto
al oficial.
—El PNV está dispuesto a rendirse sin
condiciones, pero antes tengo que ver
urgentemente al general Mola.
1 Servicio de Información Militar
creado por Franco en 1937.
Primera parte
El amigo del Führer
1
Salamanca, 10 de abril de 1937
El soldado alemán intentó bajarse los
pantalones, pero la mujer le tiraba de
ellos y terminó cayendo sobre la cama.
La prostituta soltó una carcajada
mientras el soldado maldecía en su
idioma. Al final se liberó de la ropa y se
lanzó sobre la mujer. Los muelles
comenzaron a chirriar con el bamboleo
de los dos cuerpos. La prostituta se
subió sobre el alemán y comenzó a
acariciarle el pelo rubio, cortado a
cepillo, mientras sus rizos negros le
velaban en parte la cara. La puerta se
entreabrió lentamente, pero ninguno de
los dos se percató del intruso que les
observaba desde el umbral. Después, el
desconocido entró en el cuarto y se
quedó unos segundos en silencio.
—Rügen Soldado —dijo el intruso.
El joven se giró y miró confundido al
hombre. No le reconoció. Vestía
gabardina gris, un sombrero de ala
ancha que le ensombrecía la cara y unas
gafas oscuras, a pesar de ser noche
cerrada.
El alemán intentó incorporarse mientras
se subía los pantalones. Tiró de ellos,
pero se le engancharon en los pies.
Levantó la cabeza y pudo advertir la
pistola que apenas brillaba bajo la luz
mortecina del cuarto.
—¡No! —gritó abalanzándose sobre el
desconocido.
Dos fuertes detonaciones retumbaron
por el cuarto. A la mujer le parecieron
dos petardos, como los que se arrojaban
al paso de los novios en su Valencia
natal, pero cuando vio el cuerpo esbelto
y joven del alemán tendido en el suelo y
el charco de sangre, comenzó a gritar
con los ojos cerrados y tapándose la
cara con las manos. El hombre apuntó a
la mujer, pero justo cuando estaba a
punto de disparar comenzó a escuchar
voces en el pasillo. Miró hacia la
puerta, guardó el arma y se esfumó de la
habitación.
En el pasillo, media docena de soldados
y prostitutas corrían medio desnudos.
Algunos estaban armados, pero nadie
reparó en él. Caminó deprisa hasta la
planta baja y salió a la fría noche
salmantina. Antes de girar la calle echó
una última mirada al edificio. Todas las
ventanas estaban iluminadas, pero la
calle se encontraba tranquila, como si
los españoles ya se hubieran
acostumbrado a escuchar tiros a media
noche.
2
Salamanca, 11 de abril de 1937
Hugo Sperrle entró en el despacho
resoplando como un toro a punto de
embestir. Su ceño fruncido, el pelo
peinado hacia atrás, los ojos fríos e
inexpresivos, le daban un aire de oficial
prusiano que al general Mola le
exasperaba. El ejército español siempre
había sido pro alemán y muchos
oficiales españoles habían estudiado o
visitado el Tercer Reich para admirar
sus grandes logros militares, pero
aquella era su guerra y ningún maldito
germano le levantaba la voz en su
despacho.
—¡General Mola, esto es inadmisible!
—Tranquilícese, Sperrle, será mejor
que se siente y me cuente lo que ha
sucedido —dijo Mola con el labio
torcido en una sonrisa forzada.
—¿No sabe lo que ocurrió anoche? —
preguntó el alemán con los ojos
desorbitados.
—¿Anoche? ¿Hubo alguna misión
especial anoche? —dijo Mola
extrañado.
—No. ¿Es que no le informan de lo que
pasa enfrente del propio cuartel general?
Mola se removió inquieto en su silla y
dejó que el alemán se sentara antes de
seguir hablando.
—Uno de mis chicos ha sido asesinado
en…
—¿Asesinado? —le interrumpió el
general Mola.
—Sí, estaba de permiso en la ciudad.
Ya sabe que los chicos están deseando
salir de Burgos; en cuanto tienen unos
días de permiso se vienen a Salamanca,
allí las autoridades municipales son tan
estrictas que no permiten prostíbulos.
—Ya está al corriente de que en algunas
cosas España sigue siendo un país
mojigato. Si yo le contara como son las
putas en Marruecos, eso si que es una
delicia… —dijo Mola rememorando sus
años en el Protectorado.
—No he venido para hablar sobre putas,
general. Un joven oficial, un piloto, ha
sido asesinado en un prostíbulo ayer por
la noche. Vieron a un tipo que

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