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¿Hay alguien aquí? – Pepe Ramos

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Resumen y Sinopsis 

24 DE ABRIL
ra una noche estrellada. Son de esas cosas que no se pueden olvidar, sobre todo porque ver un cielo así en una ciudad es difícil, y sin embargo la luna brillaba
como nunca y el resto de las estrellas la acompañaban como centinelas en una noche de guardia. Hoy se cumplen 5 años y aquí estamos los dos, depositando
como siempre un ramo de flores, mientras ella llora desconsoladamente. Intento servir de pañuelo de lágrimas, quiero aliviarla de la carga que lleva y que le hace
sufrir sobremanera, pero es imposible, no lo consigo.
¡Te quiero! clama entre sollozos ¡Siempre te querré!
El cielo se tiñe de negro, las primeras gotas de una lluvia suave comienzan a caer y se mezclan con las lágrimas que ella empieza a derramar. Permanecemos unos
instantes más allí contemplando aquel trozo vacío de tierra dónde hace cinco años encontraron el cadáver.
Aquel día no lo puedo olvidar. Lo llevo grabado en mi memoria a fuego. Estábamos en el único bar del pueblo, en las afueras, cercano a la carretera. Era una reunión
de amigos con la única intención de celebrar simplemente la camaradería que nos unía desde hacía años. Alrededor de una mesa compartíamos unas cervezas y unos
bocadillos, mientras jugábamos una partida de dardos.
Venga, te toca.
Era mi turno. No es modestia pero de toda la cuadrilla, soy el mejor jugando, el hecho de tener una diana en casa también ayuda a ello. Así que me coloqué sobre la
línea, apunté y… ¡60 puntos! ¡Triple 20! Apunté de nuevo y el dardo se clavó junto al otro. Lo cierto es que aunque practique a diario, la suerte siempre es una ayuda
y admito que aquel día, especialmente, estuve muy inspirado. Mi tercer tiro también se clavó en el triple 20. He de confesar que pocas veces me ocurría algo parecido y
sonreí. Mi rival no tuvo tanta suerte, apenas sumó 45 puntos tras conseguir dos dardos en el 20 y uno en el 5. Parecía claro que las cervezas no las iba a pagar yo. Era
esa otra de las costumbres que solíamos realizar los viernes, quién pagaba las consumiciones. Unas veces lo hacíamos, como aquel día, jugando a los dardos, otras lo
hacíamos jugando a las cartas, o incluso a los dados y a los bolos. Lo importante era compartir juntos unas horas, reírnos y pasarlo bien. Era el día que dedicábamos a
nosotros, los amigos; nuestras parejas lo hacían también, se reunían y charlaban de sus cosas. Era algo que desde los primeros momentos de relación decidimos: los
viernes por la tarde era el día de los amigos.
Recuerdo que hacía un tiempo maravilloso, bien es cierto que la primavera ya hacía tiempo que se había instalado, pero con esos traicioneros golpes de frío que la
caracterizan; las noches no dejaban de ser una sorpresa y uno tenía que ir prevenido para cualquier cambio de tiempo imprevisto. Recuerdo también que aquel día el
local estaba bastante lleno, además de nuestro grupo de amigos, había diez personas más, lo cual dado el tamaño del garito tenía su mérito. Algunos llevaban varias
copas encima, y aun quedaban algunas horas hasta el cierre del local, sin embargo a nosotros nos bastaba con tomar un par de cervezas por cabeza, no queríamos
emborracharnos, tan solo pasar un rato juntos.
¡Otro 180! gritaba mi compañero de partida hoy creo que no pagamos nosotros. Me entran ganas de pedir otra ronda…
Estoy de suerte, eso es todo fue lo único que alcancé a decir.
Uno de los chicos que se encontraban en la barra, empezó a subir el volumen de su voz, al parecer había empezado una discusión. Rápidamente fue zanjada por el
dueño, el mismo que servía las copas y que no permitía ningún tipo de altercado en su bar. Si proseguía con esa actitud, lo echaría de allí. El joven pidió perdón, pero no
tardó mucho en enfrascarse en otra conversación elevada de tono. No sería la última, aquello fue el desencadenante de todo lo que ocurrió después, desgraciadamente.
Me tocaba de nuevo, triple 19, triple 20, doble 12. Habíamos ganado. Esta noche ni Pedro ni yo pagaríamos las copas. Juan, Javier, Iván y Miguel nos miraban con
envidia, entre ellos tendrían que jugar la partida para decidir quién abonaría las consumiciones.
Recuerdo que cuando los jóvenes de la barra abandonaron el local, uno de ellos me dio un golpe al no poder mantener el equilibrio, me pidió perdón con una voz
pastosa, tan típica de aquellos que han bebido en exceso y a los que les cuesta expresarse con claridad. Se quedaron en la puerta, justo en el sitio dónde apenas un par de
semanas más tarde el dueño instalaría la terraza, cuando el buen tiempo definitivamente llegase.
Nosotros, una vez decidido quién pagaba, nos dedicamos a las confidencias, a mantener encendida la llama de la amistad, a recordar los buenos momentos vividos,
los no tan buenos, a sonreír con los chistes malos y a reírnos con los buenos. Simplemente éramos un grupo de compañeros reunidos por el puro placer de la amistad.
Dos horas más tarde abandonábamos el lugar. Nos despedimos y quedamos en encontrarnos dentro de una semana en el mismo sitio. Nunca más volveríamos a vernos.
Alguien no recuerdo quién, me dijo que fuese con él en el coche; le dije que no, hacía una noche preciosa y quería pasear. Además, no vivía demasiado lejos de allí,
ya que mi casa quedaba justo a la entrada del pueblo siguiendo la misma carretera en la que se encontraba el bar, donde seguían aquellos jóvenes, bebiendo, medio
desnudos y vomitando junto a la puerta del local, tal vez como venganza por haberlos echado. Miré hacia atrás por última vez para contemplar a mis amigos alejarse.
No los volví a ver más. Aquel 24 de abril hacía una noche excepcionalmente hermosa, la visibilidad era total y el cielo brillaba con su miríada de estrellas saludándome y
eso a pesar de las luces de las farolas de la carretera que llevaban encendidas un par de horas. Sonreí, y a pesar de que no hacía frío, subí la cremallera de la cazadora, me
arrebujé en ella y empecé a caminar. Escuchaba el canto de los grillos y a saber que otros animales que les acompañaban en aquel coro nocturno. Dejé que se llenasen mis
fosas nasales del olor de los jazmines y las lilas. Caminaba despacio, disfrutando de cada centímetro de aquel paseo que no tenía por costumbre realizar de noche.
Entonces llegué a la fatídica curva. No me dio tiempo a esquivarlo, no lo vi llegar. Aquellos jóvenes que no habían parado de beber durante toda la noche, volvían a sus
casas montados en un coche rojo, al que por descuido, por los efectos del alcohol o por otra causa que desconozco, no llevaba las luces encendidas. No lo vi y
A
posiblemente ellos no me vieron a mí. Acabé en la cuneta, morí casi al instante, mientras ellos huían sin pararse a auxiliarme.
24 de abril. Hoy hace cinco años de todo, y aquí estamos mi mujer y yo, ella empapándose con la lluvia que al final cae con fuerza, yo en vano intentando
consolarla diciéndole que sigo aquí, que también la quiero y la querré siempre, que la amo con locura. Pero no me ve, no me escucha, no puedo hacer nada por calmar su
dolor. Tardé mucho en entender por qué no podía, pero ahora lo sé. Soy un fantasma. Se gira, por fin se marcha, me atraviesa y su fragancia me llega. Unas lágrimas
espectrales ruedan por mi mejilla, le susurro al oído que la querré eternamente. Se detiene, se vuelve nuevamente, es como si hubiese notado mi presencia. Llora
amargamente y se arrodilla sin importarle si el barro que lo cubre todo la manchará. Levanta su rostro, entre las gotas que se deslizan por su cara, mezcla del agua que
cae y las lágrimas que derrama; esboza una sonrisa, la primera en cinco años, mientras susurra:
Yo también te querré siempre.
EL JUEGO
(O por qué los Dioses del Olimpo desaparecieron para siempre)
quella mañana estaba soleada y hermosa como hacía mucho que no se veía, tal vez porque Zeus llevaba días desaparecido. Se decía que había bajado a la tierra divertirse un rato con las bellas mujeres del otro lado del monte y que estaba deleitándose en sus placeres y disfrutando del buen vino, de las caricias que éstas
le ofrecían y de la buena comida. Los dioses se paseaban de un lado a otro hastiados, aburridos porque hacía tiempo que no se les ocurría nada interesante que
hacer para fastidiar a los humanos, lo cual constituía su hobby favorito. Unos jugueteaban con naranjas haciendo malabarismos imposibles, otros intentaban sin éxito
componer algún tema digno de dioses, como lo que eran, sin conseguirlo. Los menos simplemente descansaban. Bien es cierto que cuando Zeus andaba por allí las cosas
funcionaban mejor, por ello era el jefe, y siempre había algo que hacer. Llevaban días, exactamente los mismos que hacía que había partido el boss, sin atender las
peticiones de los humanos y si se dignasen a escuchar, oirían quejas, lamentos, desesperaciones, y pocos, muy pocos agradecimientos.
En un monte cercano, un joven griego, atractivo, bien formado y trabajador, se dirigía a ellos claramente enfadado ya que su tierra no estaba dando frutos. Llevaba
varios días de quejas inútiles como parecía a simple vista y empezaba a blasfemar contra ellos. Alguien, por fin, por casualidad, escuchó los lamentos y le dijo a
Dionisio:
Alguien se está quejando y mucho.
Como movidos por un resorte, todos se giraron para ver y escuchar las súplicas y maldiciones que el interfecto soltaba por su boca y que no eran aptas para oídos
de unos dioses como ellos. Hermes, que acababa de volver de sus ejercicios diarios, dijo algo de lo que se tendrían que arrepentir todos, para siempre:
¿Qué tal si le damos algunos poderes? A ver si es capaz de sacar algo positivo de esa tierra seca y agrietada que tiene por huerto, y de paso nos reímos un rato.
Te recuerdo que no está Zeus, es él quién puede conceder poderes.
No digas tonterías, Afrodita, todos podemos.
Es cierto dijo Hefesto que pasaba por allí y puede ser divertido.
Hicieron una especie de cónclave. Los había a favor y en contra de la moción y estuvieron largo rato discutiendo. A lo lejos, ahora que prestaban atención, seguían
escuchando los lamentos y quejidos del pobre hombre, también sus constantes malas palabras y sus feos gestos. Finalmente, por escaso margen, decidieron que la
propuesta de Hermes fuese aceptada y fue él mismo, el encargado de descender a tierra, hablar con el hombre y proponerle el plan de ser un dios por un día. No
pensaban en las consecuencias que eso iba a traer.
Poco después Hermes se dirigió donde se encontraba

Título: Hay alguien aquí
Autores: Pepe Ramos
Formatos: PDF
Orden de autor: Ramos, Pepe
Orden de título: Hay alguien aquí
Fecha: 18 sep 2016
uuid: d2719fe4-6dda-4443-afb2-e15b265264d0
id: 449
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 1.16MB

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